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Full text of "La epopeya de Artigas; historia de los tiempos heroicos de la República Oriental del Uruguay"

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ñ 



La Epopeya de Artigas 



ARTIGAS 




Monumento de Angelo Zanelli que será erigido en Montevideo 



Al Doctor Juan Zorrilla de San Martín, 
en cuya grande obra me he inspirado 
para mi modesto trabajo. En prenda de 
homenaje reverente. 

Roma, 2 de Julio de 1916. 

Angelo Zanelli 



Juan Zorrilla de San TUartín 



LA EPOPEYA 

DE 

ARTIGAS 



Historia de los tiempos heroicos de !a 

República Oriental del Uruguay 



Segunda edición 
corregida y ampliada por el autor 



Tomo I 



LUIS QILI, Librero-Editor 

Claris. 82. BARCELOnA 

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A7Zé 






ES PROPIEDAD DEL AUTOR 



M. GALVE, impresor 



V 



ORIGEN DE ESTE LIBRO 



Ministerio 

DB 

Rei^aciones Exteriores 



Montevideo, mayo lo de 1907. 
Considerando: 

i.° Que honrar a los héroes sirve, a un tiempo, de 
premio, de estimulo y de ejemplo; 

2.° Que es un anhelo del alma nacional el pensamien- 
to de levantar una estatua al Generai< Artigas, liber- 
tador y mártir, héroe por la abnegación, por el denuedo 
y por el infortunio; 

3.° Que no es posible retardar por más tiempo el 
advenimiento del día en que, según dijera el DOCTOR 
Caritos María Ramírez, los niños, el ejército y el pue- 
blo se inclinarán ante la estatua del gran calmnniado 
de la Historia de América, del héroe infortunado cuya 
póstiuna glorificación ha de ser perdurable estímulo de 
las abnegaciones patrióticas, que sólo reciben de sus 
contemporáneos la ingratitud, el insulto y el martirio; 

4.° lyo dispuesto en la Ley de 5 de juicio de 1883, y 



VI ORIGEN DE ESXE WBRO 

en el inciso E del articulo i.°de la LEY DE 23 DE marzo 
DE 1906; 

Kl Presidente de la República 

DECRETA: 

Articulo 1° Eríjase en la plaza de la Independencia 
un monumento a la inmortal memoria del Generai, 
José Artigas, precursor de la nacionalidad oriental, 
procer insigne de la emancipación americana. 

Artículo 2° Llámese a concurso para la presenta- 
ción de bocetos, al que podrán concurrir los escultores 
uruguayos y extranjeros que lo deseen, instituyéndose 
dos premios en dinero, el primero de dos mil pesos, y 
el segundo de mil. Con el propósito de asegurar la con- 
currencia de escultores de fama mtmdial, se pedirán bo- 
cetos a cuatro grandes artistas, abonándoseles por cada 
uno de ellos, embalado en el taller, la siuna de mil dos- 
cientos pesos. 

Articulo 3° Cuando todos los bocetos se encuentren 
en Montevideo, se nombrará im. jurado, compuesto de 
personas competentes, encargado de determinar cuál 
deberá aceptarse. 

Articulo 4° Desígnase al doctor Juan Zorrii,i,a 
DE San ]\Lvrtín para que, de acuerdo con las instruc- 
ciones del Gobierno, prepare una Memoria sobre la 
personalidad del Generai, Artigas, y los datos docu- 
mentarlos y gráficos que puedan necesitar los artistas. 

Artículo 5.° Solicítese por el Ministerio de Rei,a- 
ciones Exteriores el concurso de los escultores, for- 
múlense las bases correspondientes, hágase saber a quie- 
nes corresponda y publíquese. 

WILLIMAN 
Al^VARO Gunvi,oT — Jacobo Varei^a Acevedo 



origen de este wbro vii 

Ministerio 
Rei<aciones Exteriores 

Montevideo, mayo i6de 1907. 

Remito a usted copia del Decreto por el cual el Go- 
bierno resuelve erigir una estatua al General Artigas, 
y lo designa a usted para preparar una Memoria sobre 
dicha personalidad, y los datos docvunentarios y grá- 
ficos que puedan necesitar los escultores. 

Confiando en que usted prestará al Gobierno, y al 
País, el concurso de su notorio buen gusto y prepara- 
ción en historia y en. artes, aceptando la honrosa distin- 
ción de que se le ha hecho objeto, aprovecha la opor- 
tunidad para saludarle atentamente. 

Jacobo Varei,a Acevedo 

Al doctor don Juan Zorrilla de San Martín. 



Montevideo, 27 de mayo de 1907. 

!^xcmo. señor Ministro de Relaciones Exteriores, doctor 
don Jacobo Várela Acevedo. 

Señor Ministro: 

Con satisfacción sólo comparable al temor que me in- 
fimde la desproporción entre mis fuerzas y la magnitud 
de la honrosa tarea que se me confia, acepto agradecido 
la de dar a los artistas, de acuerdo con las instrucciones 
del Gobierno, el canon del monumento que se levantará, 
por fin, en Montevideo, a nuestro grande Artigas. 

Quiera V. E. hacerse intérprete de mi gratitud ante 
el señor Presidente de la República, por el que considero 
el más alto honor que pudiera discernírseme como ciu- 



Vm ORIGEN DE ESTE I<IBRO 

dadano, y dígnese aceptar también V. E., personal- 
mente, las protestas de ese mi cordial reconocimiento, 
con las muy afectuosas de mi grande estimación. 

Juan Zorrii,i,a de San Martín 



Montevideo, marzo i." de 1912. 
A la Asamblea General: 

Por decreto de 16 de mayo de 1907, el Gobierno con- 
fió al doctor Juan Zorrilla de San Martín el encargo 
de redactar una Memoria sobre la personalidad del Ge- 
neral Artigas, con motivo del concurso promovido para 
su monmnento. 

El doctor Zorrilla de San Martín cumplió el encargo, 
escribiendo ima obra que la crítica nacional y extran- 
jera han consagrado como completo y brillante estudio 
sobre el fundador de la nacionalidad uruguaya. 

El Gobierno considera que esa Memoria sale de las 
proporciones de una Memoria común, y merece la re- 
tribución que le ha fijado, no tanto teniendo en cuenta 
precisamente su valor absoluto, sino para dar al autor 
ima recompensa por el tiempo que le dedicó, substra- 
yéndolo a otras ocupaciones reproductivas. 

En consecuencia, el Poder Ejecutivo pide a V. H. la 
autorización para poder disponer de la simia de cinco 
mil pesos, que el Gobierno ha creído oportimo asignar 
al doctor Zorrilla de San Martín, según el adjunto pro- 
yecto de Ley. 

Saludo a V. H. con la mayor consideración, 

BATLLE Y ORDÓÑEZ 
José Romeü 



ORIGEN DE ESTE I.IBRO IX 

Montevideo, 24 de abril de 1912. 



Señor: 



El Poder Kjecutivo ha puesto el «Cúmplase» a la si- 
gviiente Ley: 

«Poder Ejecutivo 

El Senado y la Cámara de Representantes de la Re- 
pública Oriental del Uruguay, reunidos en Asamblea 
General, decretan: 

Articulo 1° Autorízase al Poder Ejecutivo para en- 
tregar al doctor Zorrilla de San Martín la cantidad 
de cinco mil pesos, por la obra sobre Artigas que escri- 
bió en cimiplimiento del encargo que le confiara el Go- 
bierno por decreto de 16 de mayo de 1907. 

Artículo 2° La expresada stuna se imputará a gas- 
tos generales. 

Articulo 3° Comuniqúese, etc. 

Sala de Sesiones de la Honorable Cámara de Repre- 
sentantes, en Montevideo, a 16 de abril de 1912.' 

Eugenio Lagarmii,i,a 

Presidente 

M. Cl,AVEI,I,I 
Secretario» 

Saludo a usted atentamente, 

A. ROMEU 
Ofidal Mayor 

Al doctor don Juan Zorrilla de San Martín. 



x^ 



CARTA CONFIDENClAIv 

Ai, señor Ministro de Relaciones Exteriores. 
Mi estimado señor Ministro: 

Tras largo pensar en la mejor forma, y más adecua- 
da, de preparar mi Memoria sobre la personalidad de 
Artigas, y ofrecer a los escultores los datos gráficos a 
que se refiere el decreto de lo de mayo de igoy, llegué 
a persuadirme de que, en vez de redactar un cuaderno 
de informaciones, libro documentado, o cosa por ese 
estilo, era mejor que yo hablase directamente con los 
artistas a quienes debo instruir, y, sobre todo, inspirar. 

El signo escrito, asi fuere el más expresivo, nunca 
lo es tanto como la viva voz. Esta consiente una discre- 
ta familiaridad que juzgo muy propicia a la transmi- 
sión de la enseñanza, pues se compadece con alguna di- 
fusión o insistencia en los conceptos esenciales, que, 
si grave defecto en lo escrito, no lo es tanto, me parece, 
y hasta puede constituir una cualidad en lo hablado. 
Por otra parte, la afectuosa conversación, bien que fácil 
y sencilla, es susceptible de aquella dignidad que, según 
Emerson, pertenece a los objetos naturales, y que no 
se halla en los artificiales, mantiene la atención sobre 
los asuntos más serios y difíciles, y, con el calor del 
aliento personal, transmite, como ningún otro signo 
humano, la emoción estética. 



Xn CARTA CONIflDENCIAI, 

Si usted comparte mi opinión, le ruego quiera recorrer 
estos apuntes, que pongo en sus manos, en cumplimiento 
de la tarea que sobre mí he tomado. Eso es, palabra más, 
palabra menos, lo que yo diré a los artistas, si usted juz- 
ga que es eso lo que másconvietie inculcarles o sugerirles. 

He cuidado, ante todo. y sobre todo, como tisted lo ad- 
vertirá, de decir la verdad histórica más auténtica y 
depurada; pero, no echando en olvido el objeto que debo 
perseguir, Jie procurado que la verdad no permanezca 
inerte, como materia amorfa, en el entendimiento de 
mis oyentes, sino que, penetrando en la interna sensi- 
bilidad, se transforme en imagen, y, llegando con ésta 
hasta el corazón, despierte en él sentimientos o emo- 
ciones. Que son éstas las qite reciben forma o expre- 
sión, en el proceso psicológico, que todos conocemos, 
de la creación estética. 

No creo que deba preocuparme más de lo justo el 
temor de que, por ello, me moteje alguno de poeta, y, 
por ende, califique esta mi obra de mera fábula o fic- 
ción. Nada fuera más hacedero que conjurar ese peli- 
gro: con no hacer uso sino de los vocablos y frases im- 
personales, y de una sola pieza, del dialecto o argot 
profesional, sin omitir algunos apéndices con docu- 
mentos, mi obra resultaría verdaderamente venerable 
y seria, porque nadie la leería, si ya no fuese algún 
investigador paciente. 

Pero yo he debido despojarme de todo respeto humano, 
y, al darme a mí misino la libertad, dar a los otros lo que 
más tienen derecho a exigirme en este caso, y es lo más 
serio y respetable que hay en el mundo: la sinceridad. 

Todos o casi todos sabemos que no es cierto que la 
verdad muera o se destruya por ser colocada en el cora- 
zón de los hombres, bien así como no se aniquila la se- 
milla por ser depositada en el de la tierra. Precisamente 



CARTA CONIflDENCIAI, XIH 

es ese, y no otro, el destino de ambas, el de la verdad y 
el de la simiente: transformarse, en su entrañable abrazo 
con el alma o con la tierra; dar flores y frutos en ésta; 
despertar pasiones y prácticas virtudes en aquélla. 

Por ley de nuestra humana naturaleza, la percepción 
de la verdad va siempre acompañada del deseo (tanto 
más vivo cuanto aquella percepción es más intensa y 
clara) de hacerla prevalecer. Y hacer prevalecer la ver- 
dad no es otra cosa, si bien se mira, que convertirla, no 
tanto en simple noticia o término de conocimiento, cuanto 
en objeto de amor y en motor de la humana voluntad. 

En estos, y otros análogos razonamientos, se fundan 
los que sostietten que la finalidad primordial de la his- 
toria de los pueblos no es otra que la formación del pa- 
triotismo, es decir, del sentimiento racionai, de amor 
a la patria y el culto de sus héroes. 

Y si ese debe ser el objeto práctico de la historia en 
general, ¿qué mucho que lo persiga la que narra y co- 
menta los pasados hechos para mover precisamente la 
facultad creadora de un artista, y sugerirle un patrió- 
tico monumento? 

Ahora bien, sólo hay un recurso, según se me alcanza, 
para llegar, con la verdad triunfante, hasta la fantasía 
o el corazón de los humanos: el celeste poder de la be- 
lleza. Vis superba formae. 

¡La Belleza! ¡La divina Armonía! Yo la he llamado 
en mi auxilio, y ojalá que no en vano, al dictar estas 
lecciones. Hube de buscarla, inconscientemente primero, 
al sólo predisponer mi espíritu al estudio, por aquello 
de que quien vio una vez a Helena no puede vivir sin 
ella; pero he recurrido también, y muy especialmente, 
al amparo de la potente diosa, para no defraudar la espe- 
ranza de los que han creído que yo podría transmitir a 
otros corazones la pasión de la patria reflejada en el mió, 



XIV CARTA CONFIDENCIAIv 

con respecto al héroe cuyo monumento vamos a erigir. 

Porque debo manifestar aquí esa ingenua convicción. 
Usted me dice, en su comunicación oficial, que he sido 
designado para la tarea que sobre mí he tomado, a causa 
de una preparación en historia y en artes que genero- 
samente me atribuye. Va a permitirme un cuasi des- 
acato. No, no es esa la causa principal, o mucho me equi- 
voco, de la ventura que me ha cabido en suerte: nuestra 
historia está escrita, y bien escrita y documentada; 
en cuanto a la preparación en artes, debemos suponer 
que los artistas la tienen tanto o más que yo. 

Lo que acaso faltaba, para inspirar a éstos el monu- 
mento, era una fórmula, no sólo veraz, sino imagina- 
tiva y pasional, de nuestra fe cívica; la expresión, no 
tanto de lo que sabemos o conocemos, cuanto de lo que 
sentimos y amamos los orientales en nuestra historia. 

Me parece que fué la esperanza de que pudiera ser 
yo el rapsoda de aquella fe, el móvil del artículo 4.° del 
decreto de 10 de mayo de igoy. Se me ha elegido por- 
que he creído; porque mi vida entera ha sido una cons- 
tante comunión, instintiva al principio, reflexiva y 
científica después, con los fieles del triunfante dogma 
cívico que en ese hombre Artigas, a quien usted llama, 
y no sin mucha causa, el gran cal,umniado de la 
HISTORIA americana, ha visto el hombre orbital de 
nuestro tiempo heroico. Se ha esperado hallar en mí 
una de tantas almas sonoras, capaces de condensar, 
más o menos íntegramente, el alma colectiva de este 
pueblo: la tradición nacional, el conjunto de imágenes 
amadas, y de emociones sentidas, y de nombres Pro- 
nunciados, y de líneas y colores y expresiones prefe- 
ridos, cuya comunidad constituye, más aun que el 
territorio, y hasta más que la raza y la lengua, la enti- 
dad moral que el hombre llama patria. 



CARTA CONFIDENCIA!, XV 

He dicho más o menos íntegramente, y podría 
agregar más o menos fielmente, porque no es posible 
coincidir en absoluto, y en todos los detalles, con todos 
y cada uno de nuestros hermanos, en el comentario de 
la patria histórica. Ese reflejo integral del espíritu del 
pasado, que se refunde en absoluto con el del presente y 
se proyecta sobre el del futuro de una nación; esa reen- 
carnación del alma de los ¡techos pretéritos, en un orga- 
nismo literario, fuerte y perfecto, que es lo que constituye 
la suprema y veraz historia, eso no ha podido esperarse, 
ni se ha esperado de mí, porque esa es obra de Genio. 
Y todos sabemos que yo no lo soy, ni mucho menos. 

A falta de genio, se recurre en estos casos, y se ha 
recurrido en el actual, al creyente sencillo y comuni- 
cativo, que es quien más puede aproximarse a la fiel 
y sentida expresión de lo que es esencial, invulnerable, 
en las tradiciones nacionales; de lo que es necesario 
conservar incólume para que la patria exista. 

Respetuoso de mí mismo; depositario de una misión 
que me ha parecido elevadísima, he procurado dar lo 
que he juzgado que de mí se esperaba: hacer desapare- 
cer mi propio yo, hasta donde ello puede ser compati- 
ble con la sinceridad, a fin de que la patria toda entera 
piense y sienta en mí, se escuche a sí misma, se reco- 
nozca en mis palabras, y las halle dignas de vincular 
su pasado con su presente, y de animar el bronce que 
legaremos a los futuros hombres. 

Se me ocurre que alguien podrá decir que estas lec- 
ciones son demasiado largas para su objeto, más ex- 
tensas de lo que los artistas escultores pueden soportar. 
No debo tener por hombre avisado a quien tal piense 
y me guardaré muy mucho de compartir ese dictamen. 
Ningún artista, que se respete a sí mismo, se aventu- 
raría a emprender ^l monumento de Artigas con una 



XVI CARTA CONFIDENCIAI, 

Preparación menor que la de estas confereficias, si ya 
no fílese que apareciera un vidente extraordinario, a 
quien nada habría que enseñar. Bien es verdad que tal 
pudiera presentarse entre los escultores, que, con la 
simple lectura de una cartilla o ligera información, 
se juzgara habilitado para poner manos a la obra, y 
aun para darle cima; pero no seria yo quien calificara 
de artista, ni siquiera de hombre de bien, a quien de 
tal suerte procediera. Las obras así realizadas más 
son objeto de granjeria que de culto, y el arte es cosa 
seria y casi sagrada. El pueblo oriental reclama, y, 
sin pasarse de exigente, puede reclamar del artista que 
ha de ser su elegido, algo más que un producto suntua- 
rio o decorativo de sus manos expertas: le exige conoci- 
miento perfecto, imagen luminosa, inspiración hon- 
rada. Yo he hablado lo que he juzgado necesario para 
dar eso a los artistas; ni más ni menos. Y, sin presu- 
mir haber salido con mi intención, no desespero de lle- 
gar a producir, en quien con pureza de alma me escu- 
chare, la vibración inicial, siquiera, de una noble ar- 
monía y perdurable. 

El decreto a que obedezco, en que se llama a concurso 
a los artistas, no Umita el número de los que pueden 
acudir al llamado; éstos, los que han de escucharme, 
pueden ser muchos, infinitos, todos los hombres capa- 
ces de interesarse por los bellos espectáculos. Esos son, 
en resumidas cuentas, los artistas con quienes hablo. 

Y he aquí cómo y por qué de estas históricas confe- 
rencias, tan ingenuas y tan fáciles, puede llegar a for- 
marse un libro sano en sti moralidad, amable acaso 
en su estructura estética, y plazca al cielo que no del 
todo fugaz o inconsistente. 

Juan ZorrilIvA de vSan Martín 



)(.\^l^ 



PREFACIO 

DE ESTA SEGUNDA EDICIÓN 



Un prólogo o prefacio en esta segunda edición de 
I^A Epopeya de Artigas es menos inútil de lo que 
parece. No se trata de hacer el elogio de la obra, cuj^o 
autor es conocido; trátase sólo de que sus nuevos lec- 
tores, los extraños sobre todo, sepan, a ciencia cierta, 
si van a leer o no un libro auténtico. Auténtico, en 
este caso, vale tanto como decir épico u objetivo, es 
a saber, evocador del espíritu o vida interior, no de 
un hombre, sino de un pueblo o nación. 

Que fué ese el propósito del autor, es fuera de duda; 
él afirma que lo que quiso fué «realizar una forma o 
símbolo, no sólo veraz, sino imaginativo y pasional, 
de la fe cívica uruguaya»; la expresión, no tanto de 
lo que saben, cuanto de lo que sienten y aman los 
orientales del Uruguay en su historia; deseó llegar 
hasta «hacer desaparecer su propio yo, en cuanto 
elle es compatible con la sinceridad, a fin de que la 
patria toda pensara y sintiera en él, se escuchara a 
sí misma y se reconociera en sus palabras». 

Conviene, pues, que los que esta edición lej'eren 
sepan a qué atenerse, sobre si el autor ha salido o no 
con su intento. 

T. I.-2 



Xvni PREFACIO 

El Gobierno de la República dice, en el Mensaje 
incorporado a esta edición, que Zorrilla de San Martín, 
para llenar el encargo que le confirió, ha escrito una 
obra que la crítica nacional y la extranjera han con- 
sagrado. Y, juzgándola merecedora de recompensa, 
pide a la Asamblea I/Cgislativa la sanción de una ley 
especial que la autorice, y conceda los recursos. I^a 
Cámara dictó la lej^ de acuerdo con la Comisión res- 
pectiva, que, constituida por los diputados Jaime 
Ferrer Oláis, José Enrique Rodó, Ubaldo Ramón 
Guerra, Alberto Zorrilla y Joaquín de Salterain, se 
creyó «en el deber de repetir, con el Poder Ejecutivo 
y con la Comisión Informante del Honorable Senado, 
que la indicada remimeración no era más que una 
modesta recompensa al autor de una obra de valor 
absoluto evidentemente superior». 

Dejar constancia, pues, de dónde y cuándo ha reci- 
bido este libro la consagración extranjera, y ante 
todo la nacional, a que gobierno y legislatura se re- 
fieren, es el objeto del prefacio que va a leerse. 

A dos clases de crítica ha dado ocasión hasta ahora 
lyA Epopeya de Artigas: a la general española, que 
la ha juzgado como obra de arte (la historia lo es ante 
todo), y a la ríoplatense, que la ha apreciado también 
como vindicación del héroe. En esta última conviene 
distinguir dos impresiones: la de los platenses orien- 
tales, compatriotas del autor, y la de los occidentales 
del Plata y del Uruguay, que han conser\'-ado el nom- 
bre genérico de argentinos, y que, si bien hermanos 
de aquéllos en el origen y en los ideales patrios, tienen 
que sentirse sorprendidos, cuando menos, ante esta 
corrección de la que ellos, con general buena fe, han 
tenido por veraz historia de ambos pueblos. 

También es el caso de consignar la consagración 



PREFACIO XIX 

recibida por este libro de parte de los que podríamos 
llamar septentrionales del Plata y del Uruguay: de los 
paraguayos. I^a acogida de éstos, entusiasta y urá- 
nime, es, en sí misma, un dato histórico. 

Falta todavía conocer la impresión que este libro 
puede despertar en el resto de la América española. 
Esta no lo conoce aún, pues la primera edición, 
provisional, puede decirse, y entorpecida por su 
alto precio, ha caminado poco; la presente, más 
ágil y andariega, llevará a esos pueblos la noticia de 
su existencia, y ellos hablarán. 



II 



No sería fácil encontrar un intérprete más autori- 
zado de la crítica española que el insigne Marcelino 
Menéndez y Pelayo, hoy ya inmortal, porque ha 
muerto. Su juicio sobre lyA Epopeya de Artigas es 
acaso el último veredicto, sobre producción literaria, 
que nos ha quedado de aquel clarísimo ingenio. Muy 
poco antes de morir, escribió desde Santander zl autor 
de esta composición histórica: 

«Mi querido amigo: 

i>Recibí, en Santander, a principios del año, La Epo- 
peya DE Artigas, que es, en efecto, una verdadera 
epopeya en prosa, una evocación histórica, realizada 
por un gran poeta. No tengo suficientes datos para 
juzgar de aquel período crítico de la América del Sud, 
y confieso que la lectura de los escritores argentinos, 
apasionadamente hostiles a Artigas, había creado en 
mí una disposición desfavorable al caudillo oriental. 
Pero creo que usted ha adivinado su pensamiento 



XX PREFACIO 

político, y ha conseguido poner en clara luz su extraña 
y vigorosa personalidad.)) 

lyO que, en boca de Menéndez y Pela^^o, significa 
ese título de epopeya en prosa, o evocación histó- 
rica, o adivinación de pensamiento, sólo puede ser 
apreciado por quien sepa lo que aquel maestro, tan 
avaro de sus consagraciones, generalmente definitivas, 
entiende por inspiración épica, contrapuesta a la 
lírica o subjetiva, o a la simple narración documentada. 
Bl gran crítico español ha explicado ese su concepto 
de la creación épica, en varias de sus obras magis- 
trales, y su veredicto sobre la de este historiador de 
Artigas es una muy seria ratificación de lo que la 
Asamblea y el Gobierno uruguayo afirman, de la crí- 
tica extranjera, con relación a este libro. 

También Miguel de Unamuno, que ha hecho de él 
un estudio muy recomendable, ha puesto de relieve 
su carácter épico, coincidiendo con Menéndez y Pe- 
layo hasta en los términos. «Epopeya, dice, y así es: 
una epopeya en prosa; pero en prosa poética.» 

«Se ha escrito esta obra, agrega, ante todo para los 
artistas, para los escultores, si bien sea ello un pretexto 
par a haberla escrito. Y la epopeya es ya un monumento, 
aere perennius, más duradero que el bronce. Dudo 
mucho que artista alguno del cincel pueda erigir, 
al culto y a la memoria de Artigas, un monumento, 
en mármol o en bronce, más sólido que éste. El monu- 
mento que el presidente Williman decretaba está 
ya en pie, y canta como una estatua no puede cantar.» 

«El modo de hacer Zorrilla su Artigas en nada se 
parece al modo de hacer Taine su Napoleón. Taine 
era un crítico y un filósofo sistemático, muy grande 
en su campo, pero no, en rigor, un historiador. Zo- 



PREFACIO XXI 

rrilla es, ante todo y sobre todo, un poeta. ¿Y un his- 
toriador? Paréceme que con poesía se llega mejor a 
la entraña, a la verdad verdadera de la historia, que no 
con filosofía sistemática. Michelet es más verdadero 
que Taine; no depende de la documentación.» 

«De frases Carlylescas está llena IvA Epopeya de 
Artigas; pero lo está mucho más de frases Sanmarti- 
nescas, de frases del mismo Zorrilla de San Martín, 
de aquellas sonoras y henchidas que vienen rodando 
por sus escritos desde el Tabaré. Haj^ frases de esas 
que valen un poema, y descripciones, digo, no, na- 
rraciones, narraciones poéticas, que justifican am- 
pliamente lo de epopeya. Aquella marcha de Artigas 
con su pueblo; aquellos sus últimos años en el Para- 
guay; aquel retrato poético, no pictórico, de don 
Gaspar Rodríguez de Francia...» 



III 



Podemos pasar al segundo aspecto crítico: al efecto 
producido por este libro en la conciencia argentina, 
que, malgrado el apasionamiento hostil a Artigas, 
advertido por Menéndez y Pelayo, no puede consi- 
derarse extranjera. 

Ivos escritores argentinos han guardado silencio 
hasta ahora ante I/A Epopeya de Artigas; pero 
todo autoriza a creer que es un silencio respetuoso y 
respetable. Sin embargo, una personalidad muy llena 
de carácter, el doctor don Enrique B. Moreno, Minis- 
tro Plenipotenciario de la República Argentina en 
la Oriental del Uruguay, ha roto aquel silencio, en 
estos términos valientes y precursores: 



XXn PREFACIO 

«Montevideo, agosto 23 de 1912. 
Siñor do:tor don Juan Zorrilla de San Martín, 

Mi ilustre amigo: 

Tármino en este momento la lectura de su libro 
monumental, y le escribo estas líneas bajo la impresión 
profunda que deja en mi espíritu. 

Diríase que el recuerdo de Artigas flotaba impal- 
pable en la atmósfera de nuestra historia, casi esfu- 
mado después de su voluntario destierro, cuando 
usted emprendió la tarea magna, patriótica, de le- 
vantar la lápida de su sepulcro, y mostrar la extraña 
personalidad de aquella figura colosal, a la luz de 
documentos históricos desconocidos hasta hoy. 

¿Vendrá la controversia? 

Tal vez. 

Si así fuera, j'o formulo im voto, que es al mismo 
tiempo un augurio. Que el libro o los libros que se 
escriban, comentando su Epopeya de Artigas, se 
inspiren en los altísimos sentimientos de justicia que 
han dictado las páginas de su monumento literario. 

Mi mano en la suya, con la expresión de mi admi- 
ración por su talento, 

Enrique B. Moreno.» 

Esa serena carta, que parece salir en una sola pieza, 
como la instintiva exclamación de un espíritu sincero 
y honrado, da la nota ajustada al diapasón de este 
libro. Ningún elogio hubiera podido conmover más 
hondamente a su autor, puede decirse sin reserva, 
que ese rápido estrechón de manos del representante 
de la patria más amada y más servada por Artigas, 
después de la que lo proclama su padre y fundador. 



PREFACIO XXni 

Y más querida, después de la propia, por el mismo 
vindicador del héroe. 



IV 



En cuanto al juicio del Paraguay, éste se expresó 
sin reservas, con ocasión de la visita hecha por Zorri- 
lla a ese país, en el que fué objeto, por parte del Go- 
bierno y del pueblo, de manifestaciones tales y tan 
unánimes, que bien puede afirmarse, con el Gobierno 
oriental, que este libro de historia uruguaya, tan iden- 
tificada con la del Paraguay, quedó allí consagrado 
por la crítica. Los más reputados intérpretes de su 
pensamiento. Moreno, O'Leary, Báez, Pane, lo fueron 
de su impresión sobre esta obra, como lo fueron la 
prensa periódica y la juventud. 

«Zorrilla de San Martín, dice el doctor don CeciHo 
Báez, es el pensador más alto de la América Latina; 
es el primer orador del Río de la Plata...» 

«lyA Epopeya de Artigas, agrega en su estudio 
El doctor Zorrilla historiador, es un poema en prosa, 
en que vibran al unísono el aliento poderoso del tri- 
buno y la fuerza creadora del poeta. Así como en el 
alma de Tabaré palpita la leyenda indiana, el alma 
pura y fuerte, inspirada y cálida del adalid oriental 
resplandece en esa epopeya civil de sus proezas. 

»Tal es la concepción histórica de Zorrilla de San 
Martín: es el marco y el plan de la historia del Uru- 
guay. Bajo este punto de vista, él confirma el aserto 
de Aristóteles, que dice: el poeta es superior al simple 
narrador de sucesos, porque la poesía es la substancia 
y el alma de la historia. 

oGracias a sus geniales creaciones conocemos, pues, 



XXIV PREFACIO 

el alma de una raza extinta y la complexión moral de 
la nación uruguaya. 

»Es que los hombres superiores tienen una visión 
más clara de la realidad que los demás mortales; 
poseen, por decirlo así, la intuición de las cosas ocul- 
tas; cierto instinto de adivinación que les permite 
contemplar mejor que otros los aspectos diversos de 
la verdad. Esa es la cualidad de los espíritus sagaces 
y de los genios. lyos mejores historiadores son los que 
nos hacen conocer el pasado de la humanidad en toda 
su variedad y plenitud orgánica, y, especialmente, 
el genio de cada pueblo. A ese grupo selecto de histo- 
riadores pertenece el bardo oriental, quien, por la 
índole de sus creaciones, es un psicólogo y un soberbio 
evocador del pasado.» 

El doctor Pane dice a Zorrilla: «Habéis completado 
la trilogía: La Leyenda Patria, vuestra oda por exce- 
lencia; el Tabaré, vuestra epopeya o alegoría epopé- 
yica; I/A Epopeya de Atítigas, vuestras nueve musas 
juntas. 

»Seguid habiéndonos de Amor y de Poesía, esto es, 
de Tabaré y de Artigas. Porque así como esos dos 
amores, sexual el uno y patrio el otro, se confunden 
en el seno materno de la misma inspiración, así ambos 
amores orientales se hermanan con nuestro amor pa- 
trio: Tabaré es el amor del Paraguay; Artigas es el 
amor al Paraguay.» 

Y el doctor don Fulgencio Moreno, por fin, para no 
maltiplicar las citas demasiado, decía a su auditorio: 
«Este huésped uruguayo es realmente un amigo nues- 
tro; es un antiguo y leal amigo, que ha vi\ido algo 
de nuestra vida, a pesar de todas las distancias; por- 
que dentro de su corazón han resonado también los 
acordes lejanos de nuestro pasado, que hemos sentido 



PREFAao XXV 

vibrar, de un modo inconfundible, en las estrofas de 
sus cantos y en los períodos armoniosos de su prosa». 
Con esas notas, extraídas entre muchas de igual 
naturaleza, está llenado el objeto de este Prefacio 
con relación a la república paraguaya. 



V 



Parece ahora innecesario decir que la autenticidad 
de lyA Epopeya de Artigas ha quedado popularmen- 
te ratificada por el pueblo oriental; conviene, sin em- 
bargo, que quede aquí la voz de algunos de sus intér- 
pretes. La más propicia de las ocasiones de hacerse 
oir se ofreció al aparecer el libro. Este precedió de 
cerca la solemne conmemoración, en mayo de 1911, 
de la batalla de Las Piedras. Gobierno y pueblo cele- 
braron entonces el centenario de la patria; erigieron 
en el campo de la batalla un bello obelisco, y, en los 
días de la fiesta, el entusiasmo de las multitudes dijo 
sus verdades. 

Ahora bien, en esos actos se vio cómo el autor de 
este libro ha logrado su intento de rapsoda; cómo aquel 
pueblo pensaba y sentía en él, y se escuchaba y reco- 
nocía en las palabras de su boca. Acaba de aparecer 
(diciembre de 191 2) un libro. El Centenario de la 
Batalla de Las Piedras, publicado por la Dirección 
General de Instrucción Primaria, y nada más condu- 
cente al propósito de este Prefacio que reproducir 
algo de lo que en aquél se dice. 

La forma, en primer lugar, en que el autor de La 
Epopeya de Artigas hizo pasar su espíritu por sobre 
las cabezas de sus conciudadanos está descrita así: 
«Dictadas las leyes y decretos que ordenaban la ce- 



XXVI PREFACIO 

lebración de aquel glorioso aniversario, faltaba que 
la palabra humana despertase, por la evocación de 
los grandes recuerdos, el sentimiento y entusiasmo 
populares. Bsa hermosa misión correspondió, entre 
otros, al doctor Zorrilla de San Martín, que pronvmció 
la primera y la última conferencias, siempre elocuente, 
sincero e inspirado. Él dio su palabra, sin limitación, 
cada vez que le fué reclamada, y sin imponer plazos 
ni condiciones. Bien es verdad que no necesitaba para 
ello de preparación, y que no le era difícil satisfacer 
su propio anhelo y el de sus compatriotas. El doctor 
Zorrilla acababa de escribir el libro que le había sido 
encomendado por el Gobierno; su espíritu, lleno de las 
ideas, de las verdades, de los recuerdos, de las nobles 
pasiones que animan esa su Epopeya de Artigas, 
conservaba la vibración inicial que la había inspirado, 
y el verbo que sacude multitudes brotaba de su boca, 
como el agua de la fuente, con sólo abrirla. Su palabra 
fué, pues, la más copiosa en las fiestas del Centenario 
de Las Piedr as; T^ronnnció la primera, que fué la des- 
pertadora del sentimiento nacional, en la conferencia 
que, invitado por el magisterio, dio, en el Ateneo de 
Montevideo, el 27 de abril. El 25 de mayo, en la inau- 
guración del monumento erigido en elmismo campo de 
la batalla, pronunció, en representación de la comisión 
oficial del centenario, de que formaba parte, el dis- 
curso que clausuró aquel acto; en la manifestación 
organizada por la juventud de Montevideo, fué en- 
cargado por ésta de dirigir al pueblo la palabra, y 
lo hizo en la plaza de Cagaficha, ante una multitud 
que lo aclamaba. En la gran velada social que el Co- 
mité de la Juventud organizó en el teatro de Solís, 
el discurso en honor de los vencedores en el concurso 
estaba encargado a un distinguido orador; éste se 



pREFAao xxvn 

inhabilitó la víspera del acto, y la juventud organiza- 
dora recurrió, una vez más, a Zorrilla de San Martín; 
era el único que, en tales circunstancias, de la noche 
a la mañana, podía salvar la situación. Zorrilla la 
salvó, pronunciando un resonante discurso... Además 
de eso, habló en distintas ocasiones, con motivo del 
centenario: dio una elocuente lección de historia pa- 
tria al profesorado y alumnos del colegio seminario 
de Montevideo; tomó parte en el acto de apoteosis 
realizado en el Chih Solís de Las Piedras; habló varias 
veces, desde su domicilio particular, al pueblo que 
lo acompañaba hasta él, después de sus conferencias; 
prodigó, según se ha dicho, como un fuerte obrero del 
pensamiento, su palabra y su concurso, sin limitación 
ni condiciones, siempre y cu ando le fueron reclamados, 
para honrar, y hacer conocer y sentir y amar las 
tradiciones de la patria.» 

Numerosos fueron, en la prensa y en la tribuna, 
los órganos de esa consagración nacional de este libro. 
Debe consignarse, en primer término, el testimonio 
del mismo Inspector Nacional de Instrucción Pública, 
doctor don Abel J. Pérez. Bn el bello estudio con que 
precede la publicación antes recordada, el doctor 
Pérez, después de rendir justo homenaje a los obreros 
de tres décadas en la obra de la vindicación de Ar- 
tigas, Carlos María Ramírez, Justo Maeso, Francisco 
Bauza, Clemente Fregeiro, Isidoro de María, Eduardo 
Acevedo, adjudica su puesto épico a esta composi- 
ción histórica, diciendo: 

«Realizada la obra reivindic adora con el esfuerzo 
combinado de tantos ciudadanos eminentes, el pro- 
ceso histórico, con toda su preciosa e irrefutable do- 
cumentación, estaba terminado; pronto a pronunciarse 
el fallo triunfador. Pero si a la mirada de la ciencia 



XXVIll PREFAÜO 

todo se había hecho; si todo se había acumulado para 
la solución sincera y amplia de un litigio siempre 
latente, siempre en suspenso, faltaba, en cambio, a 
esa obra, la suprema caricia de la santa poesía, que 
da vida al mármol y al bronce, que engrandece la 
acción humana, y que, volando sobre las pasiones 
de un minuto, es la única capaz de condensar, en su 
acción deslumbradora, el alma de cada pueblo, el es- 
píritu de cada patria; ella, alienta a la lucha, cuando 
la defensa propia le impone el sacrificio; llora y con- 
suela en los dolores con el himno de las esperanzas; 
canta y perpetúa los triunfos inmortalizados en es- 
trofas, y, tomando en sus alas a los héroes que caen 
en la contienda, los lleva, al través de las edades, 
reverdeciendo perpetuamente sus laureles, engran- 
deciendo sus nombres y sus acciones, poetizando su 
último sueño, y atrayendo sobre sus tumbas, con sus 
cantos, el holocausto de las generaciones nuevas, 
que realizan y consagran las apoteosis. 

»Esa ha debido ser, y esa ha sido, la noble misión 
de Zorrilla de San Martín, el poeta nacional por ex- 
celencia, el cantor inspirado, cuya lira parece tener 
por misión mantener el culto bendito de nuestros 
lares patrios, y el fuego sagrado del alma nacional.» 

Oiremos ahora a los intérpretes de la nueva gene- 
ración. Pérez Sánchez, por ejemplo, dice en su dis- 
curso: 

«Para las almas que sienten; para los que elegimos 
la vida en que vamos, con sus risas y llantos de placer 
o dolor, antes que la vida de las regiones heladas en 
que hasta las lágrimas se congelan al caer; para los 
que no dudamos de Artigas, porque vimos en él al 
verdadero padre, que, abandonado en el antro de 
la selva, esperó, hasta morir, la vuelta de sus hijos 



PREFAÜO XXIX 

pródigos; para todos, en fin, para la humanidad en- 
tera, ahí queda el Artigas de Zorrilla de San Martín, 
la palabra cálida, el acento vibrante, la prédica gene- 
rosa del más grande orador del habla castellana.» 

V dijo el doctor José Pedro Segundo a la sociedad 
congregada en el teatro SoUs: 

«Sería curioso seguir la rehabilitación artiguista, 
desde la leyenda adversa hasta la gloria de hoy... 
lyc veríamos, por ejemplo, en Carlos María Ramírez, 
héroe digno de laurel, pero todavía contrabandista 
y antipatriota en el abandono del segundo sitio de 
Montevideo; en Francisco Bauza, personal e impul- 
sivo en extremo, pero, sobre todo, inferior, puesto 
que no supo morir...; en Ivorenzo Barbagelata, limpio 
de toda mancha en su juventud, que era el período 
más tenebroso; en Eduardo Acevedo, moral e histó- 
ricamente superior a todos los hombres de Mayo; 
en Héctor Miranda, redactor personal de las famo- 
sas Instrucciones, para llegar, por fin, a I^a Epopeya 
de Zorrilla de San Martín, donde el guerrero alcanza 
las alturas del «Héroe» de Carlj^le, motor del mundo, 
y necesario en la historia para la revelación del se- 
creto destino de su pueblo.» 

Oigamos, para terminar, al doctor Héctor Miranda, 
autor del estudio sobre las Instrucciones del año 13 a. 
que José Pedro Segundo se refiere, y que, arrebatado 
prematuramente por la muerte, es hoy objeto de apo- 
teosis por parte de la juventud americana: 

«Artigas es el hombre completo, el tipo clásico del 
hombre afirmativo y dinámico... El concepto de Ar- 
tigas pensador y fundador (fundador de la patria 
y precursor de la independencia absoluta), héroe pro- 
vincial, nacional y continental, el de vistas más cla- 
ras y visiones más altas, se hace cada día más nítido, 



XXX PREFACIO 

más real, y, al mismo tiempo, más grande y más bello. 

»Hay una enorme distancia del Artigas de los pri- 
meros cronistas y de las primeras consagraciones, 
el temerario guerrillero indómito en su leonera ma- 
tinal, simple blandengue de la patria, de melena al 
viento en el recio entrevero, al Artigas del presente, 
estadista y patriarca, soñador y hombre, en que el 
cerebro que piensa prima sobre la mano que batalla, 
y en que el sable de Las Piedras cede su puesto a la 
pluma de las Instnicciones. 

»Hay una diferencia esencial entre ese concepto 
nebuloso e instintivo y la admiración ponderada y 
consciente déla hora que corre, como hay un notable 
paso desde la masa documental inconexa de Justo 
Maeso, al ordenamiento seriado de Eduardo Acevedo; 
desde la improvisación vivaz y resonante de Carlos 
María Ramírez, a la apología razonada y épica de 
Zorrilla de San Martín, libro terminal, monumento que 
habla, historia viva, más perenne que mármoles y 
bronces, poblada de hombres que andan, de jaguares 
que aullan y de muchedumbres que palpitan.» 

Después de las populares, una última consagración 
oficial de este libro puede, y aun debe, agregarse a 
las que primero lo reconocieron fiel intérprete de la 
fe cívica. El nuevo Gobierno de la nación, en marzo 
de 1915, acordó la conmemoración centenaria del 
día en que fué enarbolada, por primera vez, en Mon- 
tevideo, la bandera tricolor de Artigas. Con el mensaje 
de práctica, envió un proyecto de ley a la Asamblea 
I/egislativa; y en aquel mensaje, como único y su- 
ficiente fundamento de la ley que fué sancionada y 
llevada a ejecución brillante, transcribe la página 
de este libro en que se expresa lo que aquel pabellón 
significa en la historia nacional y en la de América. 



PREFACIO XXXI 



VI 



Basta con lo dicho para que los lectores de esta 
Epopeya de Artigas sepan, a ciencia cierta, que leen 
una rapsodia recogida en un ambiente vivo por quien 
lo ha vivido y respirado. En esta segunda edición 
el autor no ha rectificado en casi nada el relato de 
la primera; pero lo ha ampliado tanto, y tanto lo ha 
enriquecido con nuevos hechos documentados; de tal 
manera ha cuidado su estilo y ajustado las propor- 
ciones de su forma estética, que la otra edición, apre- 
miada por perentorio plazo, pudiera ser considerada 
como el anuncio o primera prueba de la presente, 
completa y definitiva. En ésta figuran copiosos do- 
cumentos inéditos; nuevos retratos o semblanzas de 
personajes, agregados a la ya larga galería anterior, 
y presentados en su ambiente, vivos, con todo su 
color personal y su significado sociológico; nuevos 
elementos, por fin, para que los hombres del presente 
puedan ser testigos personales de los hechos pasados, 
y juzgarlos por sí mismos. 

Y si se tiene en cuenta que esta edición, por su 
precio y número, llegará adonde la otra no pudo llegar, 
podemos decir que es ahora cuando este libro aparece. 

No es probable que desaparezca sin dejar huella, 
y será inútil ponerle trabas; es preciso abrirle paso. 
Con ese solo objeto, y sólo para esta edición, ha sido 
escrito este Prefacio. 

Montevideo, 191 5. 



i^\ 



^ 



\\ 



CONFERENCIA PRIMERA 

INTRODUCCIÓN 

Omgen y carActer de estas conferencias. — El dios interior. 

I<A — CIUDAD DE IS. — El PASADO ANTE EL PRESENTE. — ^EL GRAN 
CALUMNIADO DE LA HISTORIA AMERICANA. — I<A MISIÓN DE LOS 
RAPSODAS. — El ATRACTIVO DE LA FRIVOLIDAD. 



Amigos artistas: 

El Gobierno de la República ha querido que hable 
en su nombre con vosotros, los que os disponéis a 
satisfacer la necesidad que experimenta el pueblo 
oriental de dar forma artística perdurable al más 
alto exponente de su vida y de su gloria. Tengo que 
haceros conocer y sentir, sentir sobre todo, por medio 
de palabras musicales, el personaje que vais a inter- 
pretar. 

Debo reunirme, pues, con vosotros, no tanto para 
investigar sucesos o controvertir problemas histó- 
ricos, cuanto para suministraros datos, elementos 
gráficos, síntesis cronológicas, y, sobre todo, para 
hablar de nuestra historia, de modo que mis palabras 
penetren vivas en vuestras almas, dejen en ellas im- 
presiones sinfónicas, despierten imágenes visibles, 
evoquen personas reales, y hagan surgir en vuestra 

T. I.-3 



2 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

imaginación un monumento habitado por un espí- 
ritu. 

Bueno será que establezcamos, según eso, la natu- 
raleza y el carácter que van a tener nuestras conver- 
saciones. Al hablaros de un héroe, yo no podré menos 
de sentir, lo confieso, la influencia de Carlyle, el in- 
tenso pensador inglés, que es quien más sinceramente, 
me parece, nos ha hablado de los tales héroes. 

Y dice ese insigne maestro: «Aquel que, de cual- 
quier manera, nos hace ver, mejor de lo que antes 
sabíamos, la hermosura de un lirio de los campos, 
¿no nos lo presenta como un efluvio de la fuente de 
toda belleza, o como la escritura visible del Gran 
Hacedor del Universo? El ha cantado para nosotros, 
y nos ha hecho cantar con él, un versículo de un sa- 
grado salmo. ¡Cuánto más no hará el que canta, el 
que cuenta, o el que inocula en nuestros corazones 
los nobles hechos, los sentimientos, los dolores y las 
grandes hazañas de uno de nuestros humanos!» 

Creo que, pues tratamos de la erección de un al- 
tar cívico, es esa mi misión para con vosotros; tal 
es, cuando menos, la que me propongo desempeñar. 

No es tanto la de mostraros el lirio de los campos, 
cuanto la de haceros notar y sentir intensamente 
su expresión estética; no tanto haceros conocer de 
cerca, y con la más escrupulosa verdad, a Artigas, 
cuanto haceros advertir su forma homérica, la reve- 
lación de un principio espiritual que hay en su carne 
de hombre, y la virtud, en grado heroico, que lo hace 
objeto de nuestro culto nacional. 

Os veo a todos a mi lado, atentos, dispuestos a 
recoger las ideas e inspiraciones que puedan encen- 
derse en mi boca; os miro y os hablo como a amigos 
íntimos, como a hermanos identificados conmigo, y 



INTRODUCCIÓN , 3 

con mi tierra, en un común sentimiento de amor a 
un ideal de verdad y de belleza, que forma el culto 
cívico de una nación amable, y que busca forma en 
mis palabras primero, y la buscará en el mármol, o 
en el bronce en que vais a inocular vuestro espíritu, 
después. 

¿Y cómo realizar esa identificación, si os miro a 
los ojos, y sólo reconozco a algunos de vosotros, a los 
que son mis hermanos en la patria, y que, como yo, 
aman y sienten la tradición materna americana, y, 
dentro de ésta, con mayor intensidad, la fe tradicio- 
nal de la nación oriental o uruguaya? 

Sois europeos la mayor parte de vosotros, los gran- 
des, los indiscutidos; estáis compenetrados de vuestra 
historia secular; sentís el tipo heroico de vuestras 
patrias respectivas; también, por vuestra educación 
clásica, os es conocido el ambiente romano, y el griego, 
y el egipcio, y el caldeo, y el árabe. Veis los héroes 
de hierro de la reconquista española, las armaduras 
de plata de los Nibelungos, los blancos alquice- 
les o albornoces sobre el fondo de los arcos de herra- 
dura, o sobre el ocre del desierto; vuestra formación 
estética os hace familiares los héroes de Homero, 
y las visiones de Dante, y los hombres vivos de Sha- 
kespeare, y los guerreros muertos de Ossián. Pero 
nuestra América, sus tradiciones, sus héroes, sus le- 
yendas, con ser como son tan recientes, y acaso por 
eso mismo, son para vosotros algo exótico, que mi- 
ráis quizá con indiferencia (iba a decir con desdén) 
y que no despierta en vuestras almas el dios interior 
que emerge de la sombra, en las entrañas del artista, 
cuando éste siente moverse en ellas el nuevo ser, 
engendrado en el misterio de la vida por el pensa- 
miento germinal. 



4 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Y sin embargo, es preciso que ese dios aparezca en 
vosotros, si habéis de realizar una obra digna de vos- 
otros mismos y del pueblo que ha contado con vues- 
tro ingenio. Esa es mi misión: evocarlo con palabras 
que sean soplo de espíritu, ráfagas de vientos sono- 
ros y sagrados, saturados del polen de desconocidos 
estambres. Y sólo así realizaréis obra sincera, obra 
de fe. Y el espíritu no se retirará jamás de vuestro 
bronce, ni convertirá vuestro monumento en idolá- 
trico emblema. Tengo la esperanza de haceros cre- 
yentes, hombres de fe milagrosa; confío en lograr 
despertar vuestra triunfante visión interna, cual- 
quier quesea el nombre de vuestra patria; cualesquiera 
vuestros dioses y vuestros mitológicos altares. Tengo fe 
absoluta en la intensidad del tipo que se ofrece a 
vuestra creación, en su carácter original, en sus pro- 
yecciones, en su obra, en el nimbo de luz que lo 
envuelve y compenetra. Vais a estar en presencia 
de un héroe: un creador, un mensajero. Con sólo mos- 
trároslo, yo removeré en vosotros la idea absoluta 
de patria; y ésta es la misma en todas las regiones 
y en todos los hombres, sea cual fuere la forma en que 
se ofrezca. Vais a ver cómo nace una patria entre 
los cortinajes de nubes tempestuosas que envuelven 
su cuna, y recordaréis la frase de Job, el viejo enor- 
me, dirigida a Dios: «Tú envolviste la tierra en sus j 
nieblas, como se envuelve un niño en sus pañales», j 
Vais a verla nacer, como el árbol de su simiente casi j 
imperceptible, con el solo concurso del cielo y de la i 
tierra: aire, sol, humus, fuerza o ley misteriosa de f 
universal germinación. Voy a mostraros a Artigas, \ 
que se proyecta, como un mito, sobre el fondo obscuro >: 
de nuestros tiempos heroicos; a haceros conocer su í 
época y su ambiente, con la mayor plasticidad po- - 



INTRODUCCIÓN 5 

sible; su significado; la enorme proyección de su som- 
bra en el cuadro espléndido de la revolución de Amé- 
rica, y su perpetua palpitación subterránea bajo el 
suelo sagrado que los orientales pisamos, y amamos, 
y sentimos latir en nosotros mismos. 

«El mármol tiembla ante mí», decía el escultor 
Puget. Yo tiemblo ante el mármol, al pretender 
desempeñar mi misión; miro de alto abajo la figura 
monolítica del héroe del Uruguay, y entro en un te- 
meroso recogimiento. 



II 



«Cada botón, dice Amiel, no florece más que una 
vez, y cada flor no tiene más que un minuto de per- 
fecta belleza. Así, en el huerto del alma, cada sen- 
timiento tiene su momento floreal.» Yo quisiera, 
mis queridos artistas, poneros en contacto con mi 
espíritu, sólo en los momentos cenitales, en que, 
como todo espíritu de hombre, tiene relámpagos de 
faro; pero esos momentos brillan y pasan. No podemos 
sentarnos a esperar el paso de esos frágiles instantes. 
No hay tiempo que perder. Hablemos, pues. 

Recuerdo que, no hace muchos años, me cupo tam- 
bién el honor de dar el canon de la estatua de I^ava- 
lleja, que, modelada por nuestro pujante artista na- 
cional Juan Ferrari, que me escucha entre vosotros, 
se levanta hoy en la plaza de la ciudad de IVIinas. 

Yo os aseguro que no sentí entonces lo que ahora; 
mi tarea fué muy sencilla; no vacilé un momento: 
un rato de introspección; media hora de conversa- 
ción con el artista; una docena de páginas escritas, 
fueron bastante. I^a valle ja fué un soldado, un sol- 



6 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

dado instintivo, temerario, heroico, al que los suce- 
sos arrastraban a la gloria; Ivavalleja es un grito de 
batalla. Montadnos a caballo un héroe, artista amigo; 
aquí tenéis su uniforme y su figura física; montád- 
noslo en un caballo nutrido del trébol y de la grami- 
11a de la patria, nervudo, inteligente, sofrenado por 
un brazo de hierro; poned ese jinete en medio del 
combate por la tierra nativa; hacedle alzar la cabeza 
para que se le vea bien una luz que lleva en la frente, 
como una cicatriz; hacedle salir de los labios de bron- 
ce un grito perdurable, y habréis creado a I^avalleja. 

Hoy tengo que dar el canon de Artigas. 

¡Oh! Artigas es otra cosa. Os equivocaríais si vie- 
rais en él un soldado, una batalla, un grito, un eje- 
cutor. Artigas, oh hermanos, ha sido un enigma; 
fué un silencio, un enorme silencio. Se ha dicho que 
el silencio y el reposo son el estado divino, porque 
toda palabra y todo gesto son pasajeros. 

Itos orientales creemos poseer, en ese hombre Ar- 
tigas, no sólo al héroe de la patria, sino al de la Amé- 
rica Española independiente; al del Río de la Plata 
sobre todo. Él es la personificación más alta y más 
genuina del nacer tempestuoso del continente que 
descubrió Colón, a la vida de la independencia polí- 
tica, y, sobre todo, a la de la democracia triunfante, 
la verdadera, la sola independencia. El es la fe en 
el pueblo americano. 

Artigas está sentado entre un sepulcro y una cuna; 
entre el morir de la soberanía del hombre sobre el 
pueblo, y el nacer de la soberanía del pueblo, instru- 
mento de Dios, sobre el hombre en sociedad; él en- 
carna en absoluto lo segundo. Veréis, en torno y al 
lado suyo, figuras encendidas, pero crepusculares, 
mezcla de luz y sombra, con vestigios del pasado y 



INTRODUCCIÓN 7 

reflejos del porvenir, con ideas monárquicas hereda- 
das y anhelos de independencia, es decir, la apa- 
riencia, la no entidad. Artigas es el héroe autóctono, 
la realidad: en él no hay crepúsculo; el sol naciente 
le da en la cara, y dibuja con fuego sus contornos 
rígidos. Veréis, pues, en él, los rasgos propios del men- 
sajero, del héroe: la soledad, la visión pro f ética, la 
revelación del mensaje divino, el secreto manifiesto, 
que acaban todos por entender. Veréis, por consi- 
guiente, al lado de la admiración rayana en culto, 
el desconocimiento, la contradicción, la persecución, 
el odio; la corona, por fin, que, como la de todos los 
héroes, será de espinas. Y la resurrección. 



III 



Bl monumento que vais a crear, hermanos artis- 
tas, se erigirá en Montevideo, en un alto promonto- 
rio; será el altar cívico de la Patria Oriental. Pero, 
además de eso, él va a representar una sideral apari- 
ción en nuestra América, que aun no ha fijado bien 
las estrellas polares en su celeste planisferio histó- 
rico. Como esos astros cuya luz aun no ha llegado 
a la tierra. Artigas no ha sido visto, ya no digo en el 
mundo, pero ni siquiera en América. Su aparición 
va a sorprender a muchos; pero acabará por impo- 
nerse a todos. 

Por causas que os haré meditar, una leyenda ve- 
nenosa, una fatal conspiración histórica ha pesado, 
hasta no hace mucho tiempo, sobre la memoria de 
este nuestro Artigas, y sobre el corazón de la Patria 
Oriental, por consiguiente; una maligna conspiración 
de irracionales odios y de rencores injustos, que nos 



8 LA. EPOPEYA DE ARTIGAS 

ha hecho padecer muchas congojas. La historia ame- 
ricana ha sido un sepulcro, más que un sepulcro, un 
infernal cerco dantesco, para ese altivo desdeñoso 
de la gloria. No sin mucha razón, el Gobierno de mi 
país, en el elocuente decreto en que me encarga que 
os instruya de su intención, llama a Artigas el gran 
calumniado de la historia americana. 

Acaso recordaréis la leyenda de aquella Ciudad de 
Is, de que nos habla Renán en sus Recuerdos de in- 
fancia y juventud; aquella ingenua historia de una 
villa tragada por el mar, narrada por los pescadores 
de la comarca bretona. Éstos aseguran que, en los 
días de tempestad, se ven las puntas de los campana- 
rios de la villa sumergida, en el hueco de las olas. 
Y, en los días de calma, sube desde el abismo, y se 
oye vagamente, el lejano son de sus campanas me- 
lodiosas. 

Así ha estado resonando, para muchos americanos, 
mis amigos artistas, el nombre de este Artigas, en 
medio de las sombras y de las olas que amontonaron 
sobre él, cometiendo un grande error, los que habla- 
ron primero, y en voz más alta, de la historia de los 
tiempos heroicos del Río de la Plata. 

«El error más odioso, dice Renán, al contarnos la 
leyenda bretona, es creer que se sirve a la patria 
calumniando a los que la han fundado. Todos los 
siglos de una nación son las hojas de un mismo libro. 
I/)s verdaderos hombres de progreso son aquellos 
que tienen, como punto de partida, un profundo res- 
peto hacia el pasado. Todo cuanto hacemos, todo 
cuanto somos, es el resultado de un trabajo secular. 
En cuanto a mí, jamás me siento más firme en mi 
fe liberal que cuando pienso en los milagros de la 
antigua fe, ni más ardiente en el trabajo del porve- 



INTRODUCCIÓN 9 

nir que cuando paso las horas escuchando las cam- 
panas de la Ciudad de Is.» 

Ese pensamiento predispone a la magna inspiración, 
como el otro de Carlyle, según el cual los bárbaros 
viejos reyes del mar de la le3''enda heroica inglesa, que 
desafiaban al océano embravecido y a todos sus mons- 
truos, son los abuelos de Nelson, y tienen parte en el 
gobierno de la Inglaterra actual. ¡Cuánto más cerca 
está Artigas de nosotros, que lo que están esos abue- 
los de Nelson de los ingleses contemporáneos! 

IvO que seamos nosotros para el pasado, amigos 
míos, eso será para nosotros el porvenir. Cuanto 
mayor sea nuestra nobleza para juzgar a nuestros 
padres, tanto más noble será la disposición que lega- 
remos a nuestros hijos, para ser juzgados por ellos. 
Y esa será la grandeza de la patria. Que las patrias, 
más aun que de sus hijos vivos, se forman del con- 
junto de sus grandes hijos muertos. 

El odioso error de que habla Renán va pasando en 
nuestra América, que ha incurrido en él más de una 
vez; por todas partes están surgiendo, como las pun- 
tas de sonoras torres sumergidas, las lanzas de caudi- 
llos desterrados, y se echan a volar sus voces, como 
las de musicales campanas, que aparecen en el aire 
sonando a gloria. 

Ninguno puede resurgir, sin embargo, a la faz de 
América, con el altivo gesto marmóreo de este Arti- 
gas, a que vais a dar vida perdurable. 

Vamos a crearlo precisamente en el momento pro- 
picio, en su verdadero día: en el centenario de la Re- 
volución de mayo. 

Yo tomo sobre mí el haceros comprender, sentir 
intensamente sobre todo, cómo Artigas es el hombre 
que personifica la revolución de 1810; cómo es él, 



lO r.A EPOPEYA DE ARTIGAS 



quien, desde su promontorio oriental, verá salir el 
sol del mes de Mayo, sin que su luz le ofenda los ojos. 



IV 



Bscuchadme con alguna atención, amables amigos 
míos; leeremos el menor número posible de documen- 
tos comprobantes; pero conoceremos los indispen- 
sables, y los más sugestivos. No en ellos, sin embargo, 
sino en nosotros mismos, veremos proyectada la ver- 
dad, hija luminosa de la niebla; ella brotará, en mar- 
mórea desnudez, sin saber cómo ni cuándo, del fon- 
do del agua removida por nuestro espíritu, como el 
ángel de la piscina probática. 

Concretemos, pues, de nuevo, nuestro propósito. 
No nos reunimos a estudiar historia, sino a hablar 
sobre ella, y a condensar, en forma estética, su alien- 
to melodioso. Si la música es el vapor del arte, según 
Víctor Hugo, la poesía y la tradición legendaria son, 
en cierto modo, el vapor de la historia, dice Joaquín 
González, brioso artista. Creo que eso está bien dicho. 
Y es eso lo que vamos a hacer nosotros: condensar, 
cristalizar, en divina forma, ese melodioso vapor. 

Pero como yo no debo presumir en todos vosotros, 
con ser quienes sois, el conocimiento de los hechos, 
así sean los más notorios y sencillos, he aquí que me 
veré en el caso de hacer algo que sirva hasta de lec- 
tura para los niños (el hombre es un niño de cuatro 
mil años), una especie de historia gráfica; algo de aque- 
llo que decía Rene Doumet, cuando hablaba de l'art 
de préter aux idees sérieuses l'attrait de la frivolité. 
Eso es lo que hacía a maravilla aquel griego, niño por 
lo semibárbaro, que llamamos Homero sin conocer 



INTRODUCCIÓN II 

a ciencia cierta su nombre; y algo de eso tiene tam- 
bién, a lo que yo entiendo, en sus cuentos o historias 
vivas, el otro bárbaro de Shakespeare, el inglés, al 
que podríamos agregar el italiano que hizo la his- 
toria infernal y divina, llena de verdades seculares, 
que llamó Divina Comedia. ¡Comedia! Creo que más 
comediante que todos esos era el otro insigne con- 
tador de historias esenciales, el español que nos contó 
la vida de Don Quijote. Un verdadero caballero, por 
cierto, este Don Quijote, lo que se llama un caballero. 

Pero esos épicos historiadores son escasos induda- 
blemente. Si no lo fueran tanto, estoy completamente 
seguro de que este Artigas, de que voy a hablaros, 
tendría el suyo. 

I/) tendrá, en corriendo que corra su ciclo histó- 
rico; pero entretanto, fuerza nos será contentarnos 
con ser muy sinceros y verídicos. Que, no pocas veces, 
en la sincera verdad llega a encontrarse la suprema 
belleza. 

Escuchadme, pues, oh hermanos artistas, con fér- 
til atención; yo os diré la verdad estética, la suprema; 
yo he leído, en alguna parte, que Sócrates decía que 
sólo los artistas son verdaderamente sabios. Os ha- 
blaré a los ojos y a los oídos; las luces más expresi- 
vas, los colores más armoniosos, los sonidos más subs- 
tanciales y vivientes que encuentre en mi memoria, 
para vosotros serán; para transmitir, por simpatía, 
a vuestro organismo, la pasión o conmoción orgánica 
más noble y más intensa de la patria uruguaya, que 
espera vuestra obra. Y haré que améis a Artigas, 
como nosotros lo amamos, para que podáis com- 
prenderlo. 

Os confieso que me siento ufano y feliz con esta 
misión, que me ha cabido en suerte, de profetizaros 



12 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el pasado, y daros el ritual de nuestro culto cívico; 
la de ser el rapsoda que recitaba al pueblo griego los 
poemas homéricos, mediante el salario de un cordero. 
Puedan mis palabras, amigos míos, que quisiera 
llenar de sol y de ritmos ágiles, alumbraros la senda, 
haceros amable y no difícil el camino, y conduciros 
al amor y a la posesión de la belleza inviolada. 



1^ 



CONFERENCIA TI 
El. TEATRO 



Origen de los pueblos de América. — ^El continente ame- 
ricano. — Su estructura. — Su reparto entre España, Por- 
tugal E iNGLATERItA.. — I<A LÍNEA DE ALEJANDRO VI. — I,A 

América del Sur. — El mundo atlántico y el mundo andi- 
no. — El lote de Esp.\ña y el de Portugal. — La cuenca del 
Amazonas. — I,a del Plata y sus tributarios. — La región 
andina. — La atlántica tropical. — La atlántica subtropi- 
cal. — Buenos Aires y Río de Janeiro. — Montevideo. — 
La tierra de Artigas. — Su carácter. — Descripción de su 
territorio. — Geología, etnología, fauna, flora. — Sus lími- 
tes naturales. 



Amigos artistas: 

Hemos hablado de Artigas, como del héroe de la 
independencia americana. Es preciso, pues, que ha- 
blemos algo sobre los pueblos de América, sobre su 
origen, y sobre su emancipación de las metrópolis o 
naciones europeas que descubrieron el continente, lo 
conquistaron de sus primitivos habitadores, y lo re- 
poblaron y colonizaron. Es indispensable que hable- 
mos hoy especialmente de eso, siquiera sea en somera 
forma. 



14 I*A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Me habéis de perdonar si yo os considero, oh mis 
hermanos artistas europeos, más ajenos acaso de lo 
que realmente estáis a las cosas de este mundo nue- 
vo. Quizá, sin merecerlo, tenéis que pagar vosotros 
la ignorancia, muy parecida al desdén, que adverti- 
mos los iberoamericanos en hombres y publicacio- 
nes de Eviropa, cuando tratan de nuestra geografía 
y de nuestra historia. Mal de vuestro grado, habéis 
de escucharme, por tanto, con resignación, así os 
diga las cosas más corrientes y vulgares; mi deber es 
procurar que no sólo las conozcáis, sino que también 
las sintáis y las améis. Yo espero poder sugeriros algu- 
nas ideas grandes, dignas de la forma perdurable, 
si predisponéis vuestro espíritu a la resonancia mu- 
sical. Iva palabra arrojada al oído del alma, he dicho 
yo en alguna parte, tiene el sonido de la piedra arro- 
jada al abismo: toman ambas las proporciones de la 
capacidad en que sus ecos se difunden. Ensanchad, 
pues, la noche atenta de vuestro espíritu, y entre 
mis palabras se harán algunos silencios armoniosos 
y habitados por nuevos seres. 

Conozcamos, ante todo, el teatro en que va a des- 
arrollarse la acción; tomemos una carta geográfica, 
y miremos un rato nuestro continente americano. 
Hagamos uso de la carta más sencilla, de la que más 
nos aleje del concepto científico, y mejor nos vigo- 
rice el estético; ésa, que nos da la silueta de nuestro 
continente, sus grandes sistemas orográficos e hidro- 
gráficos, montañas y ríos, y nos indica las simples 
latitudes y longitudes: los polos arriba y abajo, la 
línea del Ecuador en el centro, los trópicos o para- 
lelos equidistantes del Ecuador, al Norte y al Sur 
de éste, correspondientes a los puntos solsticiales, 



El, TEATRO 15 

y distante cada uno de ellos 26 grados y minutos de 
la línea ecuatorial. Más de 52 grados geográficos en- 
tre ambos. Ahí tenéis los dos trópicos: el de Cáncer, 
al Norte del Ecuador, en el hemisferio boreal; el de 
Capricornio, al Sur, en el austral; la región del calor, 
cuyo centro es el Ecuador, entre ambos trópicos; la 
de los fríos que van hacia los polos, al Norte y al Sur 
de esa gran franja caliente que circunda la tierra. 

Este nuestro continente, como lo veis, ocupa la 
tercera parte del planeta que habitamos; caben en él 
todos los climas, todos los hombres de la tierra, todos 
los productos; se extiende de polo a polo; toca allá 
arriba los hielos del polo ártico; adelanta hacia la 
línea del Ecuador, la cruza, y se aleja de nuevo ha- 
cia el Sur, para hundirse allá, en los otros fríos, en los 
hielos del polo antartico. Tiene casi cuarenta millo- 
nes de kilómetros cuadrados, sin contar las tierras 
árticas. 

Su silueta es simplicísima, sin embargo; son dos 
enormes triángulos unidos. Pero observad algo fun- 
damental por lo que dice a mi propósito: el del Norte 
apoya su dilatada base allá en el polo boreal; toma su 
mayor ensanche, entre el Atlántico y el Pacífico, en 
la zona fría y templada, al Norte del trópico de Cán- 
cer, ahí, donde leéis Canadá, Estados Unidos, y se 
va adelgazando a medida que se acerca al Ecuador, 
ahí, donde leemos Méjico, Centro América, Antillas, 
hasta hundir su vértice, adelgazado por la rotura 
del golfo de Méjico, en las proximidades ecuatoria" 
les, en el istmo de Panamá. El triángulo del Sur, por 
el contrario, apoya su base en el Ecuador; cobra su 
mayor amplitud en la zona cálida, al Norte del tró- 
pico de Capricornio, ahí donde se lee Brasil, Vene- 
zuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay; 



1 6 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

y, a medida que se aleja del trópico, se va estrechan- 
do, Uruguay, Argentina, Chile, hasta aproximar su 
vértice patagónico al polo austral, en el Cabo de Hor- 
nos. I^as tres partes de esta América del Sur, 14 mi- 
llones de kilómetros, están en la zona tórrida; sólo 
una cuarta parte, algo más de cuatro millones, vive 
en la templada. 

Bste mundo nuevo, ignorado del antiguo hasta 
hace cuatro siglos, ayer no más, como quien dice, 
y habitado por hombres y por razas sin historia, fué 
descubierto y repoblado por la raza europea, al ra- 
yar el siglo XVI. Y os digo repoblado, porque es pre- 
ciso observar que la conquista de Europa, en el Nue- 
vo Mundo, no fué lo que la de Roma, pongo por caso, 
en el antiguo, en que cada región conservó su raza 
predominante, sus costumbres y su tipo, y formó su 
lengua. La conquista europea fué una repoblación, 
una substitución de un pueblo por otro pueblo, como 
base sociológica. Los aborígenes de América han sub- 
sistido, y subsistirán, hasta que se consume la defi- 
nitiva evolución de la estirpe americana; ya los ve- 
remos dar su sangre a nuestra independencia, como 
da el sándalo su perfume al hacha que lo hiere; re- 
gar con ella un árbol de cu3^os frutos no comerán) 
entonces les atribuiremos su significado estético, y 
aun social. Pero los indios sólo existieron como enti- 
dades humanas, que ejercieron su influencia antro- 
pológica más o menos persistente o fugaz; la entidad 
colectiva no aparece, ni interviene para nada. La 
civilización de este nuestro Nuevo Mundo es, desde su 
origen, la civilización europea, la cristiana; no la 
azteca, ni la incásica, ni la guaranítica. En América 
continuó, pues, la historia, no de los aborígenes des- 
cubiertos, que casi no la tenían, sino la de los euro- 



El, TEATRO 17 

peos descubridores; allí debían servir de piedra an- 
gular a las nuevas sociedades las ideas cristianas, 
depuradas, en la lenta evolución progresiva del linaje 
humano, de las escorias que a ellas se adhieren, des- 
figurándolas, y ofreciendo como substancias los sim- 
ples accidentes. 



II 



Pues bien, hermanos artistas: ese gran hallazgo 
del genio navegante; ese nuevo mundo que salió al 
paso de Colón, que descubrió a Colón, cuando éste 
corría en sus carabelas, al final del siglo xv, en busca 
del Oriente asiático, tocó en suerte, en resumidas 
cuentas, a tres pueblos europeos, que se lo dividieron: 
España, Portugal e Inglaterra. Cada uao de esos 
pueblos llevó a su pedazo de mundo su sangre mate- 
rial; pero, más que eso, llevó lo que constituye su vida 
íntima: su lengua, como base de la civilización que 
allí establecía. Vosotros sabéis que la lengua es, para 
un pueblo, lo que la sangre para un organismo. Como 
ésta determina la constitución del hombre, aquélla 
establece el temperamento de una nación, su idiosin- 
crasia, su carácter. El lenguaje, producto vivo del 
hombre interior, como dice Schlegel, es una perpetua 
sugestión; la misma asimilación de las ideas extra- 
ñas tiene que hacerse previa traducción de ellas a 
la lengua del que las absorbe, 3'' la traducción es, en 
sí misma, una transformación en substancia propia, 
una adaptación a nuestro modo de ser. 

Se distribuyeron, pues, el continente, no varias 
razas, como ha solido decirse (no hay tal raza latina 
ni tal raza anglosajona), sino tres pueblos de la mis- 
r. 1.-4 



1 8 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

ma raza caucásica o europea, pero de lenguas dife- 
rentes: english spoking jolk. dicen los británicos, 
«pueblos de lengua inglesa». Hubo, pues, tres Améri- 
cas: la de lengua española, la de lengua portuguesa y 
la de lengua inglesa. 

España, con Colón y sus sucesores, tomó posesión, 
a contar del año 1492, del núcleo de su lote en las 
Antillas, a 17 grados de latitud Norte, precisamente 
sobre el trópico de Cáncer. Algo se dilató más tarde 
hacia arriba, hacia el frío, pero no mucho; su expan- 
sión se realizó hacia abajo, hacia el Ecuador. I^a pri- 
mera tierra continental en que pisó fué la emboca- 
dura del Orinoco: ahí tenéis su delta, a 10 grados del 
Ecuador, sobre el mar de las Antillas. 

Portugal que, después de doblar, con Vasco de 
Gama, el Cabo de Buena Esperanza, insiste en cir- 
cundar el Asia hacia la India, es llevado, con Alvarez 
Cabral, el año 1500, a la punta más oriental del con- 
tinente, al Brasil, en el grado 17 de latitud austral, 
sobre el trópico de Capricornio. Precisamente a la 
misma distancia del Ecuador de la tierra ocupada 
por España en el otro hemisferio. 

Inglaterra, que había sido la primera en recono- 
cer las costas de la América del Norte, pasa casi un 
siglo sin reservarse en ella su parte. 

Sin contar las primeras expediciones de Gilbert 
y Raleigh en 1578 y 1581, es sólo en 1606, un siglo 
después de España y Portugal, cuando el rey Jaco- 
bo I celebra acto de estable soberanía sobre su lote, que 
divide en dos partes iguales de costa y tierra, entre 
los grados 34 y 45 de latitud Norte. 

Esa circunstancia ha hecho decir últimamente al 
ex presidente de Estados Unidos, Roosevelt, algo que 
revela su tendencia a penetrar en el fondo de las co- 



Ely TEATRO 19 

sas, y a revelar novedades viejas. Al colocar en Wash- 
ington, en mayo de igo8, la piedra fundamental del 
Palacio de las Repúblicas Americanas, en el que se 
levantará la estatua de Artigas, el héroe hispano- 
americano por excelencia, como lo veremos, decía a 
las de origen ibérico, en nombre de la grande de cepa 
inglesa, que él representaba: «Vosotras sois, en cierto 
sentido, nuestras hermanas mayores, pues representáis 
civilización más antigua en este continente; nosotros 
somos los jóvenes. Vuestros padres, los explorado- 
res españoles y portugueses, conquistadores, legisla- 
dores y arquitectos de repúblicas, habían consegui- 
do una civilización floreciente en los trópicos y en 
la zona templada del Sur, mientras que toda la Amé- 
rica al Norte del Río Grande permanecía todavía sin 
delinear y en estado primitivo». 

Esa es la verdad: América es el mundo de Colón, el 
latino. Si queréis, podemos llamarla el Nuevo Lacio. 
Y también podemos llamar a Colón el nuevo Eneas, 
si os es grato. 

Fijaos ahora, hermanos artistas, en la forma en 
que se reparten ese Nuevo Lacio sus descubridores. 
Notad primeramente el lote del inglés, el llegado más 
tarde: es la parte más amplia del continente; está en 
el mismo hemisferio y en la misma latitud de Europa, 
en plena zona supertropical; es la región americana 
más próxima a las costas europeas; se extiende de 
océano a océano, del Atlántico al Pacífico: cinco mil 
kilómetros, una superficie de nueve millones de kilóme- 
tros. Creo que es esa, y no otra, la razón principal por- 
que la América anglosajona se ha adelantado a la ibérir 
ca en la conquista del bienestar : su proximidad a Euro- 
pa y su clima; no una supuesta superioridad de raza . En 
ese mundo se hablará inglés por los siglos de los siglos. 



2o I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Inglaterra y España se dividen, pues, la América 
del Norte. Pero la parten a lo ancho, de Oriente a 
Occidente; la porción supertropical amplísima, la 
más cercana a Europa, para Inglaterra; la parte in- 
ferior, más estrecha, más apartada del mundo anti- 
guo, para España. 

ItSL América del Sur, que es la que debemos estu- 
diar especialmente, se reparte entre España y Portu- 
gal; pero no a lo ancho, como la del Norte, sino a lo 
largo. El papa Alejandro VI, encargado por ambos 
pueblos de designar el lote que a cada uno debe corres- 
ponder, traza con su báculo la línea divisoria. Esa 
línea cortó el continente, de arriba abajo, en dos 
partes: la de la derecha, bañada por el Atlántico, y 
que tiene por núcleo geológico el gran macizo oro- 
gráfico del Brasil, y por cuenca hidrográfica la enorme 
del Amazonas, pertenecerá a Portugal; la de la iz- 
quierda, que se recorta sobre el Pacífico, y tiene por 
núcleo la formación andina, a España. 

Pero obser\^emos aquí una circunstancia más, la 
fundamental, la que más dice a nuestro propósito, 
y en la que deseo fijéis vuestra atención toda entera. 

Como hemos advertido, la espléndida herencia de 
Portugal tiene por cuenca la del suntuoso Amazonas; 
pero notad que éste corre de Occidente a Oriente; 
sigue el mismo paralelo, el del Ecuador; atraviesa, 
por consiguiente, la misma tierra, con el mismo clima, 
idénticos productos, café, algodón, azúcar, cacao, 
selvas tropicales. El Amazonas es un enorme río in- 
terior. 

Observad ahora, más al Mediodía, esa otra forma- 
ción hidrográfica, que, arrancando del Brasil, casi 
confundiendo sus fuentes con las de los tributarios 
meridionales del Amazonas, en la zona tórrida, corre 



EI< TEATRO 21 

hacia el Sur: son los ríos Paraná, Paraguay y Uru- 
guay, que van a perderse allá en el Río de la Plata, 
a los 35 grados, en la zona templada. Esos ríos corren 
de Norte a Sur, atraviesan diferentes latitudes, dis- 
tintos climas; en sus fuentes crecen los naranjos, los 
algodoneros, los bananos, el café; en su desemboca- 
dura, el trigo, el maíz, las gramíneas; recorren 20 gra- 
dos geográficos. Y observad esto, sobre todo: ellos 
parten en dos, de Norte a Sur, el continente sudamerica- 
no; determinan la línea de separación, el tajo, digá- 
moslo así, entre la formación geológica atlántica y la 
andina. Esos dos macizos orográficos, el del Atlán- 
tico y el del Pacífico, no son, como se ha dicho, rami- 
ficaciones de los Andes, ni cosa que se le parezca; 
son dos mundos distintos. El primero, completamente 
apagado, sin un solo volcán, es millares de años ante- 
rior al segundo, que está en perpetua ignición, que es 
un rosario de cráteres en actividad, como no hay 
otro en el planeta. Ivos cíclopes trabajan aún en esas 
fraguas subterráneas, y quitan más de una vez el 
sueño a los hombres de la costra terrestre, con sus 
fuelles endiablados y sus estentóreos martillazos; es 
un mundo en construcción. 

En cambio, los que trabajaron en el subterráneo 
atlántico, nos dejan vivir en paz hace diez o quince mil 
años, felizmente; han terminado la labor milenaria. 

Seguidme con alguna atención, amigos artistas, 
para fijar esta idea con el mayor cuidado; tomemos, 
una vez más, la carta geográfica que nos sirve de guía. 
Seguid esa línea trazada aproximadamente por el 
báculo de Alejandro VI de Norte a Sur, y veréis cómo 
ella, arrancando de las proximidades del Orinoco, 
allá en el Norte, a 10 grados del Ecuador, cruza el 
continente, siguiendo la cuenca de los ríos que lo par- 



22 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

ten en dos, y se pierde en el océano, allá a los 30 gra- 
dos de latitud Sur. 

No se imaginaba el Pontífice, seguramente, que la 
línea que él marcaba sobre un planisferio equivocado, 
si bien no se identificaba con la que traza la ciencia 
geológica moderna en las profundidades de la costra 
terrestre, se aproximaba bastante a ella. I^a América 
del Sur está formada por una enorme llanada entre 
la cordillera de los Andes y la del Brasil. Si bien exis- 
ten dos cordilleras atravesadas, la transversal, en el 
centro, que separa la cuenca del Plata de la del Ama- 
zonas, y la de Parima, allá en el Norte, que divide 
la del Amazonas de la del Orinoco, esos son acciden- 
tes. I/> son tanto, que esos tres grandes ríos se conftm- 
den en susfuentes. Día vendrá en que un barco, entran- 
do por el Orinoco, en el mar de las Antillas, saldrá 
al Atlántico por el Plata. Bse barco navegará por el 
fondo, entre dos verdaderos continentes. 

Pues bien: yo creo, con una luminosa hipótesis 
científica, que la cuenca del Amazonas, y sobr-e todo 
la del Plata, estuvieron, en un día sin historia, ocu- 
padas por el océano. El Brasil era una isla colosal 
en el Atlántico, un verdadero continente, si ya no es 
que formaba parte del que engranaba en África, quizá 
en Europa; de la soñada AÜántida. ¿Qué sé yo? Sea 
de ello lo que fuere, me parece evidente que el Brasil 
era un mundo distinto del que tenía por núcleo la 
cordillera de los Andes. 

No importa que nos engolfemos un poco en estas 
observaciones científicas, mis amigos artistas; yo 
quiero que os deis cuenta de lo que significa esa enor- 
me grieta inferior de la América del Sur, por donde 
sale al mar el Río de la Plata, y a donde van a parar 
el Paraguay, el Paraná y el Uruguay. I,a hipótesis 



El, TEATRO 23 

que os ofrezco no es nueva. Ya en 1832, Carlos Dar- 
win, calculando la edad de los restos fósiles de los te- 
rrenos pampeanos, vio en el Plata un gran brazo de 
mar que, en época remotísima, cubría la provincia de 
Entrerríos. Esas conchas que allí se ven, sólo viven 
en el mar. D'Orbigny confirmó y amplió esa hipóte- 
sis, diez años después: hizo llegar el océano hasta el 
medio Paraná. Herbert Smith, recientemente, en 1886, 
con su imaginación científica, vio al Atlántico pene- 
trar e inundar las pampas, hasta el extremo septen- 
trional de Corrientes, y recibir las aguas del Paraguay, 
del Paraná y del Uruguay, que allí desembocaban, 
separados por centenares de kilómetros. Estos tres 
ríos emprendieron la obra muchas veces secular de 
expulsar al océano y terraplenar esa cortadura in- 
mensa, acarreando a ella, disueltas en sus aguas, las 
mesetas del Brasil central y del bajo Perú oriental. 
Aun hoy, esos ríos depositan en el estuario ochenta 
millones de metros cúbicos de aluvión por año. Se 
formaron las primeras bandas arenosas; aparecieron 
las primeras sirtes, las primitivas dunas; las mare- 
jadas de casquijos se amontonaban, se esparcían o se 
disolvían a merced de los vientos, hasta formarse las 
islas, los archipiélagos más o menos adheridos a las 
puntas de las costas recién nacidas; se levantaban 
por un lado los territorios, mientras por otro se abrían 
profundísimas honduras, que llenaba el mar, y de 
que aun son testimonio las lagunas saladas de Cór- 
doba y la Rioja... En resumen: todo aquello fué cu- 
bierto por la gran planicie fluvial que ocupa la hon- 
donada arrebatada al Atlántico: la cuenca del Plata 
y sus tributarios. 

No son incompatibles estas hipótesis, aunque lo 
parezcan, con la última que debe la ciencia al ilustre 



24 I/A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Florentino Amegbino. Rectificando conceptos clásicos, 
este sabio platense coloca en Aniéiica, en su región 
patagónica, que llega a suponer unida a la de Austra- 
lia al través de la Oceanía, el núcleo cósmico del globo 
terráqueo, y la cuna de la humanidad. Pero esa remo- 
tísima conjetura científica, si bien atribuye a la región 
del Pacífico la mayor antigüedad, es conciliable con 
la que, suponiendo nuevas convulsiones geológicas en 
épocas posteriores, ve con claridad, en nuestro con- 
tinente, esas dos formaciones de que os hablo y sus 
influencias sobre el hombre: la apagada del Atlántico 
y la incandescente del Pacífico. 

Según eso, el límite inferior de los dominios portu- 
gueses, si éstos habían de obedecer a la ley geológica, 
hubiera debido ser esa gran cortadura primitiva: el 
Río de la Plata y los grandes ríos Paraná, Paraguay y 
Uruguaj^ que en él desaguan, y que son los que, en 
esa latitud, determinan la separación entre la forma- 
ción andina y la atlántica. Con esos límites, Portugal, 
partiendo de sus dominios tropicales, en que coloca 
el núcleo sociológico de su conquista atlántica, que 
será Río Janeiro, hubiese penetrado con su lengua 
en la zona subtropical, en la tierra del trigo, del maíz, 
de las gramíneas; su límite arcifinio hubiera sido el 
Río de la Plata, y algunos de sus afluentes que vienen 
de las entrañas mismas del Brasil, el río Uruguay 
seguramente, porque me parece indudable que son 
las costas orientales del Uruguay y del Plata, de for- 
mación más antigua y más firme que los declives de 
la margen occidental, las que trazan el borde inferior 
del gran macizo brasileño. Ese fué el sueño secular 
de Portugal y del Brasil: llevar sus dominios hasta el 
Plata y el Uruguay. 

Pero no fué así. En ambas márgenes del estuario 



El, TEATRO 25 

había de hablarse español por los siglos de los siglos: 
la línea de Alejandro VI, que limitó el dominio por- 
tugués, pasaba más al Norte de la embocadura del 
Plata. Ese macizo atlántico no iba a pertenecer todo 
él a Portugal; debía ser partido a lo ancho, allá en las 
latitudes subtropicales, entre Portugal y España. En su 
extremo inferior, en el otro extremo del ocupado por 
Río Janeiro, puerto suntuoso del trópico, debía fun- 
darse una ciudad española, Montevideo, puerto lumi- 
noso de la zona templada, que, hablando en castellano, 
había de impedir la llegada hasta el Plata de la in- 
fluencia sociológica de la ciudad portuguesa del Norte; 
Montevideo debía arrastrar a su órbita de rotación 
el ángulo inferior del gran macizo orográfico del Brasil. 

Al llegar aquí, se me ocurre que acaso pudiera ser 
oportuno el deciros ya el por qué os estoy dando 
todos estos datos. Pero no quiero detenerme demasiado 
en esta idea. Bien comprendéis que, en estos repartos 
entre las metrópolis europeas, están los fundamentos 
de las que serán distintas naciones americanas. Os 
estoy ofreciendo, por consiguiente, la genealogía de 
éstas; necesito de toda vuestra paciencia, quieras 
que no. 

Quedaba, pues, una región atlántica, precisamente 
la que se desarrolla en el comienzo de la zona subtro- 
pical y termina en la curva que forma la entrada del 
gran estuario, que debía pertenecer a la numerosa 
familia hispánica, pero sin perder su carácter étnico 
diferencial. 

A España, descubridora del Río de la Plata, le es- 
taba reservado todo el lote subtropical de la Améri- 
ca del Sur; toda la región equivalente a la que cupo 
en suerte a Inglaterra en la América del Norte, si bien 
incomparablemente menor que ésta, por la estruc- 



26 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

tura del continente austral, que se adelgaza a medida 
que penetra en la zona templada. 

De esa manera, en la región austral de la América 
del Sur se formaron tres grandes lotes bien definidos: 
uno andino, perteneciente a España, con su núcleo 
en Buenos Aires de un lado de los Andes, y con San- 
tiago de Chile del otro. Y dos atlánticos: el del Norte, 
con su núcleo sociológico en Río Janeiro, para Por- 
tugal; el del Sur, con su centro en Montevideo, para 
España. 

La metrópoli española no comprendió entonces lo 
que significaba esa su propiedad en ambas márgenes 
del estuario meridional. 

El Río de la Plata no tenía oro; el oro estaba allá 
arriba, en los Andes, en las altiplanicies del Perú. 
«Vale un Perú, vale un Potosí», se decía para expre- 
sar riqueza, riqueza rápida, de aventurero. 

Iva metrópoli española desdeñó el territorio orien- 
tal del Plata. Pero allí dejó su lengua; con su lengua, 
su espíritu; y con éste, unido a las fuerzas de las leyes 
geológicas y étnicas, el germen de un pueblo indepen- 
diente por naturaleza de los demás hispanoameri- 
canos: el pueblo oriental, la patria de Artigas. Esta, 
separada déla occidental andina por razones geológicas 
y geográficas, que neutralizaban las sociológicas que 
a ella la unían, está también separada de la septentrio- 
nal atlántica por causas sociológicas y climatéricas, 
que neutralizaban las geológicas y etnológicas que a 
ella la hubieran vinculado. 

Si bien lo meditáis, encontraréis en eso la causa 
más remota, pero no la menos profunda, de la forma- 
ción de nuestra Patria Oriental, independiente de la 
argentina y de la brasileña. No es obra de los hom- 
bres; es ley de la naturaleza, voluntad de Dios. 



EIv TEATRO 27 



III 



Dueña, en el Norte, de la región occidental de la 
América Meridional, España cruzó con Balboa el 
istmo de Panamá, y descubrió el mar Pacífico; si- 
guió hacia el Sur, descubriendo y conquistando las 
costas andinas, el imperio de los incas, la región de 
los araucanos; pasó el Cayambé, el Chimborazo; llegó 
al Aconcagua, que arde sobre los Andes. Había, pues, 
cruzado el trópico de Capricornio, y tomado pose- 
sión de Chile, en la zona templada, pero haciendo 
centro de sus conquistas al viejo imperio del Perú, 
la región de los hijos del Sol, la de los incas, la del oro. 
Allí pondrá el puerto, el único puerto de América: 
en Panamá, en Puerto Bello. Sólo por allí tendrá 
entrada el mundo viejo a la nueva Hispania. 

Pero al mismo tiempo, por el lado del Atlántico, 
España navegaba hacia el Sur, hacia la zona tropi- 
cal, en busca del estrecho que debía unir el Atlántico 
con el mar de Balboa; descendía, con Juan Díaz de 
Solís, a lo largo de las costas del Brasil; atravesaba 
el trópico de Capricornio; navegaba 2.000 leguas, y, 
tomando entonces rumbo de Este a Oeste, llegaba 
al Río de la Plata, del que tomaba posesión. 

Pero, escuchadlo bien: España cree que su pedazo 
de mundo americano no tiene por núcleo la formación 
atlántica, sino la andina; será dueña, pues, del conti- 
nente que, en tiempo remotísimo, estuvo separado, 
por el mar, del que ha tocado en suerte a Portugal. 
Funda la Asunción primeramente, y, sobre todo, 
Buenos Aires, que será la cabeza de su dominio en 
el Sur. Pero hace todo eso con intención de incorporar 



28 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el RÍO de la Plata a su lote andino, cuyo núcleo prin- 
cipal es el Perú, con Lima, la ciudad de los reyes, 
por capital. 

Su afán es el de poner en contacto a los conquis- 
tadores del Plata con los del Perú, a los del Atlántico 
con los del Pacífico; hacer un gran bloque de todo eso, 
con entrada por el Norte. IMientras los conquistadores 
del Perú bajan por los contrafuertes de los Andes en 
busca de los del Plata, y fundan a Tucumán, éstos suben 
hacia el Norte y el Oeste, y, por allí, se encuentran. 

Así va España tomando posesión de este mundo, 
y plantando en él sus jalones, que son ciudades. Pi- 
zarro funda Lima en 1535; en el mismo año, don 
Pedro de Mendoza abre los cimientos de Buenos 
Aires, que don Juan de Garay radica definitivamente, 
en 1580; Quesada funda Santa Fe de Bogotá, en 
1538; Valdivia se fija en Santiago, en 1547; I/>zada 
funda Caracas, en 1567; Ayolas la Asunción, en 1534. 

Todos piensan en la región que se extiende entre 
el Plata y el Pacífico, con los Andes por columna 
vertebral. En cuanto a ese otro pedazo de tierra entre 
el Plata y el Atlántico, apenas si se alzan las mu- 
rallas de la Colonia, sin más propósito que el de con- 
servar la posesión, disputada por Portugal; se le con- 
sidera otra cosa distinta. 

Miremos nosotros, oh amigos artistas, con mayor 
intensidad que sus descubridores, ese pedazo de Amé- 
rica que, determinado hacia el Sur por la curva que 
traza el Plata al derramarse en el Océano, llega hacia 
el Norte, por el Atlántico, hasta la línea divisoria, 
trazada por el Pontífice y por los tratados posterio- 
res, de los dominios españoles y portugueses; ése, 
que no pertenece a la formación andina sino a la at- 



KI, TEATRO 29 

lántica, al levantamiento del Brasil, pero se desarro- 
lla en la zona templada, que corresponde, en los 
Estados Unidos del Norte, a la Georgia, a la Carolina 
del Norte y del Sur; ése, que, casi olvidado por España, 
pertenece al macizo geológico del Brasü, al lote de 
Portugal, pero habla español. Forma una unidad geo- 
gráfica perfectamente definida; constitU5''e una enti- 
dad étnica y sociológica imposible de confundir. Para 
fijaros más esa idea, os quiero hacer advertir desde 
ahora una circunstancia fundamental, que más tar- 
de examinaremos más: todos los dominios españoles 
que formaron el virreinato del Plata, el mundo an- 
dino, dependían de un solo puerto de salida, al que 
convergía toda la región: Buenos Aires. Pero ese 
pedazo ultraplatense u oriental del Plata era indepen- 
diente de Buenos Aires en ese sentido; independien- 
te por naturaleza. Sólo él tenía salida propia, comu- 
nicación amplia y libre con el mundo, puertos en el 
Plata y el Atlántico, incomparablemente superiores 
al de la capital del virreinato: la Colonia, Monte- 
video, Maldonado, Coronilla, toda la profundísima 
costa atlántica, la más cercana a Europa, la más 
accesible, la verdadera puerta de entrada y de salida 
para toda la región subtropical del continente. 

Veréis cómo, más tarde, ese territorio no será bra- 
sileño ni será argentino, porque ni Buenos Aires, ni 
Río Janeiro pueden ser su cabeza. Lo veréis despren- 
derse independiente, como un desgarrón de la tierra, 
teniendo por núcleo el puerto de Montevideo. Espa- 
ña casi no pensará en él: durante más de un siglo, los 
habitantes de Buenos Aires van allí a cazar vacas; 
los faeneros cruzan el Plata, acampan a orillas de al- 
gún arroyo, matan animales, los desuellan, secan al 
sol sus cueros, y regresan al mundo habitado, al vi- 



30 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

rreinato, dejando la carne a merced de las fieras sal- 
vajes. Ese territorio será sólo, como dice Mitre, una 
servidumbre de Buenos Aires; la vaquería de Buenos 
Aires se le llamó. 

Será preciso que los portugueses pretendan, por re- 
petidas veces, pasar la línea divisoria de Alejandro VI, 
para que España se acuerde de que allí se habla, y 
debe hablarse, su lengua; será menester que surja, 
por fin, allá en 1726, dos siglos después de fundado 
Buenos Aires, un gobernador español, don Bruno 
Mauricio de Zabala, que se dé cuenta del problema y, 
obedeciendo a reiteradas órdenes del rey, funde a 
Montevideo, para que todos los elementos sociológicos 
embrionarios de esa tierra característica se agrupen 
y comiencen a tomar cohesión, a ser un organismo, a 
sentir, a pensar, en torno de una ciudad nueva, distinta 
de las demás metrópolis hispánicas, hasta por sus 
pequeños monumentos arquitectónicos coloniales, que 
son de la restauración, mientras los otros son de la 
decadencia. 



IV 

Ahora bien, mis amigos: ese trozo de América, el 
único que había tocado a España en la región atlán- 
tica del Sur, era «el pedazo más envidiable, dice el 
sabio Martín de Moussy, el rincón más admirable del 
Nuevo Mundo, por su topografía, por su clima, por 
BU hidrografía y su fertilidad». 

Tomad de nuevo un momento la carta geográfica 
para mirarlo, mis bravos artistas, porque es preciso 
que lo observemos un buen rato. Yo quiero que viva- 
mos juntos en él algunas horas. Seguid el relieve de 



El, TEATRO 31 

esas costas oceánicas, en que se estrella el Atlántico; 
ved en seguida, del otro lado, el inmenso caudal de 
agua que viene de los ríos Paraná, Paraguay y Uru- 
guay, que se derraman en ese océano por intermedio 
del Plata, cuyas aguas, de un verde esmeralda, se dilu- 
yen en el azul del mar. Pero advertid, sobre todo, los 
perfiles de las costas. 

El navegante deja, allá en el Norte, los puertos tro- 
picales, cuyo tipo excelso es la baliía de Río Janeiro, 
sin igual en el mundo, y costea en seguida el conti- 
nente, hallando muy pocos puertos de fácil acceso 
en un trayecto de doscientas leguas; la montaña cicló- 
pea, con su piel de bosques verdinegros, es ceñuda y 
poco sociable. Al llegar, en cambio, a la región tem- 
plada, las costas oceánicas y las del estuario, más 
amigas y menos altaneras, ofrecen a cada paso su 
hospitalidad a los que llegan: la rada profundísima 
de Coronilla, ya en territorio Oriental, sobre el Océa- 
no; la de Maldonado en seguida; la graciosa de Mon- 
tevideo, por fin, son las puertas obligadas de entrada 
de la región subtropical de América para quien llega 
del Atlántico. 

Miremos ahora el territorio encerrado en ese marco. 
Todo en él es homogéneo, armónico y expresivo; 
parece modelado, por un artista, con la quintaesen- 
cia del humus fecundo o del limo plástico de nues- 
tra América. A diferencia de la región que se extiende, 
en la misma latitud, del otro lado de la cuenca flu- 
vial, región plana, de terrenos blandos de aluvión, 
con grandes pampas o con bosques mediterráneos, 
la tierra oriental está formada por una serie de graní- 
ticas colinas, en que la espesa alfombra de vegetación 
herbácea, compuesta de más de quinientas especies de 
gramíneas, abriga el cuerpo de esa tierra, como la 



32 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

piel de un animal sobre la que pasan estremecimien- 
tos vitales. 

Por la superficie, corre también la vida por una 
red circulatoria de arterias hidrográfícas, que dan 
a esas colinas el aspecto de los lóbulos de un cerebro 
irrigado por sangre copiosa. I^as tres grandes vertien- 
tes que van, ya hacia el Uruguay, ya hacia el Plata 
o el Atlántico, forman la cuenca del río Negro, que 
atraviesa el país de parte a parte, de oriente a ponien- 
te, como el centro del estremecimiento arterial, y 
abren el lecho de catorce ríos, de centenares de arro- 
yos caudalosos y de millares de pequeñas corrientes 
que se mueven y dan la nota de la vida carminosa 
en todas las hondonadas. En el fondo de éstas se 
encuentra siempre el reflejo del árbol sobre el agua; 
en el remanso quieto, o en la corriente rumorosa y 
ágil. 

Sus mayores alturas no llegan a seiscientos metros; 
y aun en ellas, la espiga del trigo puede germinar 
hasta en las cumbres. Son sólo ondulaciones más al- 
tas de una sinuosa superficie intacta. En algunas 
parcelas del territorio, la osamentación granítica rom- 
pe la piel que la recubre, y asoma en grandes bloques 
pétreos heteroformes, que son largas sierras, o cerros 
aislados como bloques erráticos, y que cobran formas 
arquitectónicas, semejantes a torreones cilindricos 
o a edificios ciclópeos derrumbados. Esos bloques pa- 
recen más bien caídos de lo alto que brotados de la 
tierra; no matan, por consiguiente, la rica vegetación 
que los circunda, y trepa por sus grietas, y forma, en 
las honduras, lujuriantes manchones de vegetación 
arbórea, en medio a los tupidos matorrales. Si se pe- 
netra en esas zonas ásperas excepcionales; si se cruza 
por el fondo de la sierra, o se trepa el cerro, se expe- 



Elv TEATRO 33 

rimenta la sensación estética de lo grandioso, del pai- 
saje de montaña, con tanta intensidad como en las 
excelsas cordilleras: la eminencia y la sima; el peñón 
abrupto cortado a pico; la mole granítica suspendida 
en el vacío; el precipicio; el largo desfiladero inacce- 
sible; el breñal-madriguera en las honduras; el árbol 
tortuoso agarrado a la roca con sus tentáculos de 
raíces color de piedra; el nacer y el morir del sol tras 
la mole fantasma; la proyección de la montaña en 
la llanura. 

Pero allí lo grandioso es sólo efecto de lo relativo 
en nuestra sensación; la sierra aparece grande, porque 
las largas colinas en que se levanta de improviso son 
pequeñas; lo grandioso está en nosotros, aunque su- 
gerido por la expresión del mundo exterior, en que 
nada es enorme. 

Ese paisaje no imprime carácter al territorio; la 
montaña no cierra ni recorta sus dilatados horizon- 
tes sin orillas; la vegetación arbórea natural es escasa. 
La región de los árboles gigantes americanos, como la 
de la montaña excelsa, está más arriba de la línea di- 
visoria entre España y Portugal, en la región que se 
acerca al trópico, en la zona brasileña, en que crecen 
los palmares y los bananeros resonantes, y se pro- 
duce el café y el algodón y el añil. En la tierra que 
observamos, la colina granítica, envuelta en su man- 
tillo vegetal, produce el trigo y el maíz, como en 
región alguna del mundo; las flores del peral y del man- 
zano y del durazno, importados de Europa, anun- 
cian sus primaveras, llenas de sol fresco y coloreado 
con vigor. La flora indígena es escasa: árboles y ar- 
bustos tortuosos, y de frutos agrios en su mayor 
parte, que no cobran las proporciones de los tropica- 
les. Ellos bastan, sin embargo, para formar, con los 

T. 1.-5 



34 ItA EPOPEYA DE ARTIGAS 

matorrales y las enredaderas salvajes, largos bosques 
impenetrables, sobre cuyos árboles pequeños emergen 
de trecho en trecho algunos colosales, en que anidan 
águilas, y fabrican las cotorras, innumerables y chi- 
llonas, sus colgantes viviendas espinosas. Pero esos 
bosques crecen siempre a lo largo de los arroyos 
y los ríos, y se extienden más o menos en sus már- 
genes y en sus confluencias, según es más o menos 
rápido el declive de las colinas en cuya convergen- 
cia corre el agua, entre los árboles y marañas. Si 
hay allí una llanura, las aguas que permanecen for- 
man el bañado, el extenso pantano cubierto de jtm- 
cos y plantas acuáticas, en que anidan los patos in- 
numerables, se levantan las bandas de garzas blancas 
como nubes del poniente, pasean las cigüeñas, nadan 
las nutrias, y lanzan los chajás sus gritos estridentes. 
Fuera de esos bajos, en que se deposita el humus, 
arrastrado por las lluvias al borde de las corrientes, 
no existen arbolados naturales; las colinas y los va- 
lles son el dominio exclusivo de la gramínea rastrera 
e invasora, salpicada de trecho en trecho por el car- 
dal de flores azules, o por el matorral de chircas ver- 
des. Alguno que otro ombú solitario se levanta en la 
cumbre délas lomas; manchones de palmares, copiosos 
y agrupados los unos, ralos y dispersos los otros, 
dan su nota original en las costas atlánticas, o a ori- 
llas del Uruguay, y recuerdan que esa tierra es la 
extremidad del macizo orográfico brasileño; todas las 
variedades de palmeras viven alegres y sanas en este 
suelo, lejos del trópico. Pero todo eso es accidente: 
el perpetuo ondular de la colina, de un bermellón 
verde característico, es lo que imprime su sello a 
la tierra; los horizontes se ensanchan y se renue- 
van, modificando la línea curva de las lomas elás- 



Elv TEATRO 35 

ticas que se reproducen sin cesar; aparecen y se 
levantan las más lejanas en la convergencia de las 
que descienden en primer término; suben y bajan; 
ondulan en el espacio, como enormes turgencias de 
senos nubiles que respiran dormidos. Muchas de estas 
feraces colinas, las más extensas, son achatadas: 
una larga meseta o llanura se ofrece a la vista, una 
vez escalada la pendiente; una llanura granítica, 
exuberante de vida vegetal; un lago verde, de bri- 
llante inmovilidad fecunda. 

El insigne botánico Augusto de Saint Hilaire, que 
recorrió estos campos en 1821, me salva del peligro 
de transmitiros, como verdad objetiva, lo que pu- 
diera ser sólo impresión subjetiva con relación a mi 
tierra. Saint Hilaire se expresa así sobre ella: «Aunque 
poco variado, el aspecto de estos campos no fatiga 
como el de los inmensos desiertos de Goyaz y de IVIi- 
nas. El aire de alegría que reina en todo este país de- 
pende acaso de la idea de riqueza y de abundancia 
que dan estos tan excelentes pastos; pero más toda- 
vía del color del cielo, de un azul tierno, en extremo 
agradable a la vista, y de la luz, que, sin deslumbrar, 
como en los trópicos, tiene una vivacidad y una ful- 
guración desconocidas en el Norte de Europa». 

Iva fauna indígena no era más rica que la flora ar- 
bórea. Los seres cálidos, que habitan innumerables 
las regiones tropicales; las fieras; los reptiles defor- 
mes; los habitantes de la misteriosa selva medite- 
rránea, en que cuelgan los racimos enormes que des- 
tilan los azúcares hipnóticos, en que se enrosca el 
boa y cantan los suntuosos pájaros extáticos sus 
himnos al sol, no hallan en esta región su ambiente 
propicio. Aquí, la calandria y el zorzal cantan a la 
aurora, en coro con los tordos y los mirlos negros; 



36 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el águila traza en el aire su espiral silenciosa; el teru- 
tero lanza gritos de guerra o de sorpresa; el venado, 
de pie sobre la loma, recorta su silueta delicada, 
sobre los amplios horizontes de larguísimos crepúscu- 
los anaranjados; el avestruz recorre las llanuras, en 
las que deja el montón de sus enormes huevos amari- 
llos; el carpincho sale del río a pastar en la orilla; la 
perdiz corre silbando entre los pastos olorosos, o llena 
el viento de los temblores musicales de sus alas. 

Tales eran las notas características de la vida orgá- 
nica de esa región, que, no ofreciendo asilo propicio 
a las semillas ni a los seres animados que vienen del 
trópico, y que se detienen en sus fronteras, parecía 
estar a la espera de sus verdaderos dueños en el reino 
animal. Cuando éstos llegaron, con la colonización 
europea, la nota de la vida propia, esperada por la 
gramínea exuberante, dio su carácter definitivo a la 
comarca: el toro y el caballo, al pisar aquella tierra 
intacta, dura; al sentir el olor de la vida, en el de sus 
pastos azoados; al ver aquellas colinas ilimitadas, 
abiertas al fogoso correr de la yeguada y al pastar 
de la vaca y del rebaño innumerable, sintieron la 
alegría y la pujanza del vivir; vivieron y se repro- 
dujeron en forma tal, que, en muy pocos años, los 
animales vacunos y caballares llegaron a tomar las 
proporciones que en otros países cobran las plagas; 
llenaban las colinas del Sur y subían hacia el Norte, 
hasta encontrar la línea en que se detenían los seres 
vivos que venían del trópico. 

El caballo, sobre todo, transformó el aspecto de 
la tierra y las costumbres de su habitador. El habi- 
tante prehistórico de esta región, el indio nómada, 
no tenía caballo, andaba a pie; no poseía, pues, la 
tierra. Al llegar aquel animal, como si se fundie- 



EI< TEATRO 37 

ran los dos seres, apareció el centauro, el ser habi- 
litado para ser dueño de aquellas colinas ilimitadas, 
que, con sus pastos y sus ganados, nutrían al hombre 
nuevo: el hombre a caballo. 

¡Qué vinculada está la historia de los animales a 
la historia de los humanos! 

Cuando se buscan símbolos de la independencia de 
América, se recuerdan aquellos doce potros maravi- 
llosos de la litada, que galopaban sobre las espigas 
sin doblarles los tallos, y sobre las aguas sin mojarse 
los cascos; se piensa en Poseidón que, golpeando la 
roca con su tridente, ve surgir el caballo, nacido de una 
grande ola marina y dotado del cuello ondulante y 
de la blanca espuma de la ola. En la mitología de la 
América libre, el caballo hubiera sido el animal sa- 
grado. 

Con esos elementos, amigos artistas, tenéis el am- 
biente de que ha de estar compenetrado el héroe 
oriental: colinas ilimitadas y solitarias, bajo un cielo 
de esplendente azul; bosques en las corrientes; ga- 
nados innumerables en las laderas verdes; inmensas 
yeguadas que recorren las sinuosas llanuras; rebaños 
de ovejas, y, dominándolo todo, «el hombre domador 
de caballos», como llama Homero al héroe troyano, 
el alma de aquella expresiva naturaleza, el hombre 
fuerte, capaz de pensar sin apearse del corcel, y de 
oir su propia voz interna en medio del ruido de las 
grandes voces. 

Os he descrito todo esto, porque yo creo que la 
creación escultórica, aun la estatua personal aisla- 
da, tiene un fondo invisible poblado de infinitos seres, 
un ambiente amplísimo que la compenetra, y que 
irradia de sus propias líneas expresivas y sonoras. 
En una actitud se refleja una montaña, y una puesta 



38 hA EPOPEYA DE ARTIGAS 

de sol, y hasta una tempestad. Yo debo, no sólo hace- 
ros conocer, sino haceros ver, y sentir, y amar. Es pre- 
ciso que viváis en esta tierra; que, llegado el caso, 
no os limitéis a saber lo que hicieron Artigas y sus 
soldados, sino que los veáis cruzar esas colinas que 
os he descrito, jinetes en sus potros desnudos, todavía 
sin domar; descender a los bajos o bañados montuo- 
sos, en busca del vado escondido entre los árboles; 
cruzar a nado las corrientes; refugiarse en la sierra 
abrupta o en el bosque impenetrable; proyectarse 
sobre el horizonte anaranjado por el sol poniente. 

Si aun quisierais daros cuenta de dónde comien- 
za, y adonde termina esa tierra, como entidad geo- 
gráfica, de límites geológicos bien perceptibles, podéis 
advertir que ella es la punta subtropical del gran ma- 
cizo orográfico cuneiforme del Brasil, el vértice in- 
ferior del dilatado triángulo formado por la línea 
horizontal del Amazonas, y por las dos líneas conver- 
gentes de las costas atlánticas, por un lado, y de los 
ríos que vienen del Norte a unirse en el estuario del 
Plata, y desembocar con él en el Océano, por el otro. 
Bn ese vértice inferior está Montevideo. De este 
núcleo social, como de un centro luminoso, cuyo 
chorro de luz se va ensanchando y debihtando a 
medida que se aleja del foco, hasta fundirse en la 
obscuridad, subía hacia el Norte el espíritu de la 
nación española. Algo así como lo que pasa en el 
fenómeno físico, ocurría en el étnico y sociológico, 
con respecto a los límites naturales de la Banda Orien- 
tal. Estos eran precisos, inconfundibles, en el ángulo 
inferior: el mar y el fondo de los ríos son sus lados, 
imposibles de borrar; pero la línea superior, como la 
que divide la luz de la sombra en el extremo del cono 



El. TEATRO 39 

luminoso, era difusa, indeterminada. Como se dilu- 
yen la luz y las tinieblas, se fundían allí el límite su- 
perior español y el inferior portugués; el radio de 
acción que desciende de Río Janeiro y el que sube 
de Montevideo. Era, pues, preciso trazar convencional- 
mente esa línea, y eso dio origen a la guerra tres veces 
secular entre España y Portugal, que trasladó a Amé- 
rica el divorcio que existía, y existe aún en Europa, 
entre los dos pueblos ibéricos. 

Las metrópolis trazaron varias veces aquella fron- 
tera, y la escribieron en sus tratados de paz, que eran 
la sentencia de sus enconadas guerras, o el someti- 
miento a las resoluciones de las potencias o monarcas 
europeos. Entonces era más fuerte España, y la luz 
del foco hispánico subía hasta muy arriba. Alvar Nú- 
ñez Cabeza de Vaca atravesó de Santa Catalina a la 
Asunción por territorio español; las Misiones se fun- 
daron a esa altura; Ceballos, el primer virrey de Bue- 
nos Aires, las trazó allí por la fuerza; pero la diploma- 
cia artera las borró desde los lejanos gabinetes. Esa 
era la línea indicada por la naturaleza, la que hemos 
visto distinguir a los seres animales y vegetales en su 
marcha migratoria, y que el homo sapiens suele per- 
cibir menos claramente que la planta y que el bruto. 
Veréis cómo ésa fué la que tuvo Artigas trazada en 
su pensamiento como límite septentrional de su patria; 
la que hubiera trazado en la realidad, salvando todo 
el lote hispánico para la nación atlántica española, a 
no ha.ber sido hostilizado por hombres insensatos de 
su propia estirpe. 

Pero, pasado el período colonial, cuando los hijos 
se emanciparon de los padres, hispánicos y lusitanos 
volvieron a luchar por el trazado de esa frontera arti- 
ficial. El hijo atlántico de España, la Banda Orien- 



40 LiK EPOPEYA DE ARTIGAS 

tal, era entonces el más débil de la familia hispánica; 
había sido abandonado por sus hermanos; era, en 
ese momento, menos fuerte que el hijo de Portugal, 
el inmenso Brasil independiente. Y fué éste quien, 
con previsión inteligente y sagaz, impuso la fron- 
tera. Una gran parte de la región subtropical atlán- 
tica, que fué española, y debió ser nuestra, quedó 
incorporada a la opulenta herencia portuguesa. Pero 
no importa; esas líneas, más o menos arbitrarias, 
que trazan los hombres, por la fuerza, en la super- 
ficie de la tierra, jamás podrán borrar las que están 
trazadas por la naturaleza en sus entrañas. Ellas ade- 
lantarán más o menos, por otra parte, en la zona in- 
definida, achicarán más o menos la esfera de acción 
política del núcleo inconfundible, pero jamás apaga- 
rán a éste. 

Se achicó, sin duda alguna, la del núcleo hispánico; 
se la achicó todo cuanto fué posible arrebatar a la de- 
bilidad del heredero de España; pero no tanto que se 
le quitasen los elementos de vida; no tanto que se 
arrancara la raíz al vigoroso retoño atlántico del 
árbol español, que hoy es nuestra uruguaya patria. 

Se ha dicho que lo que quedó es pequeño. ¡Pequeño! 
Jamás tendré por hombre de buen sentido a quien 
tome en cuenta esa circunstancia para juzgar de la 
razón de ser de un pueblo, de la vida de un organismo: 
su tamaño. Ese territorio no es pequeño: tiene dos- 
cientos mil kilómetros cuadrados; cuatro o cinco na- 
ciones europeas caben en él; puede contener ochenta 
millones de habitantes con menos densidad que Bél- 
gica. Pero no creo que valga la pena hablar de eso. 
1/5 que interesa es que os deis cuenta, mis buenos 
amigos, de la conservación de esa región, indepen- 
diente por naturaleza, como la sede de un pueblo ne- 



Elv TEATRO 41 

cesariamente distinto de los demás pueblos, chicos 
o grandes, que lo rodean. Acaso lo que perdió en ex- 
tensión hacia el Norte, lo ganó en intensidad en su 
núcleo meridional. 

Se ha quedado con lo más homogéneo, con lo in- 
discutible, con lo inconmovible. Si el mapa de la Amé- 
rica del Sur no fuera aún definitivo, la República 
Oriental del Uruguay será centro de atracción, nebu- 
losa espiral, jamás satélite. I^a geografía manda en la 
historia. 

Y llegamos, por fin, a nuestro propósito. En esa 
región, en la margen oriental del Plata, nació Artigas, 
nieto de un hidalgo y de una dama españoles; nació 
en su núcleo urbano, en Montevideo, y casi con éste, 
cuarenta años después de fundado por sus abuelos. 
Artigas es la encamación de todas esas leyes de que 
os he hablado; él es la transformación de esos ele- 
mentos vitales en forma humana inteligente, en visión 
imperiosa, en dinamismo heroico, en núcleo de rota- 
ción que envuelve la nebulosa generatriz de un cuerpo 
luminoso de luz propia, centro de días y de noches. 

Ese pedazo de nuestra América tenía en ella su 
misión propia, como la pequeña Grecia en el mundo 
antiguo. El cómo la llenó constituye nuestra historia. 



CONFERENCIA III 

EN IvA REGIÓN DE I,AS MADRES 



I,A GEOLOGÍA Y LA HISTORIA. — I,A «ENTELEQUIA» O EL ALMA DE 
LAS NACIONES. — I<A CIUDAD. — I<AS CIUDADES AMERICANAS COMO 
NÚCLEOS DE ESTADOS INDEPENDIENTES. — BUENOS AIRES, MON- 
TEVIDEO Y RÍO JANEIRO. 



Amigos artistas: 

En mi conferencia anterior yo pretendí, como os 
lo decía, haceros penetrar hasta las visceras de la 
Patria Oriental, llevándoos hasta las entrañas de la 
tierra, y hasta las más profundas quizá de los pro- 
blemas sociológicos, en busca de la más remota razón 
de ser de la patria evocada por Artigas. Tal era lle- 
vado Fausto a la región silente de las madres o de 
las causas. En esa subterránea región, según Paul de 
Saint Víctor, la antigüedad reverenciaba las raíces 
sagradas de todas las cosas: tesoros de metales y de 
piedras preciosas, frutos y plantas en germen, culti- 
vos y sepulturas, efluvios de antros y de trípodes pro- 
f éticos, leyes inmutables que desenvuelven el mundo 
y le sirven de bases sustentadoras. Confieso que eso 
es demasiado horadar; meterse acaso en demasiadas 



44 i-A e;popeya de artigas 

honduras. Quizá encontremos en ellas, sin embargo, 
alguna línea, y hasta alguna vigorosa nota de color 
para vosotros. 

Pero si bien yo quisiera haceros extraer, de las mis- 
mas entrañas ígneas de la tierra americana, el hierro 
y el cobre de que formaréis el bronce de vuestra esta- 
tua, no pretendo con ello presentaros las influencias 
geológicas, y étnicas, y climatéricas, como el único 
factor determinante de la formación de los Estados; 
ni siquiera me atrevo a clasificar, por orden de im- 
portancia relativa, los múltiples agentes, sociológicos 
históricos, geográficos, térmicos, que concurren a con- 
glomerar las células o unidades primitivas de las na- 
ciones. 

Federico Amiel, el melancólico ginebrino de alma 
germánica o germanizada, hubiera dado, me parece, 
una importancia muy grande, en nuestro caso, al 
factor geológico que yo os indico. «Juzgar nuestra 
época, dice en su Diario Intimo, desde el punto de 
vista de la historia universal; la historia, desde el 
punto de vista geológico, y la geología desde el punto 
de vista de la astronomía, es una emancipación del 
pensamiento.» Yo no llegaré a tanto. Esas teorías de 
conjunto, a que se adhiere tan firmemente el pen- 
samiento del Norte; esos métodos comprensivos, de 
donde han salido, según la opinión de Bourget, tan- 
tos sistemas, desde el de Schelling hasta el de Hart- 
mann, pasando por Hegel y Schopenhauer; esa ten- 
dencia a salir de la realidad sensible, para vivir sólo 
en la abstracción, en lo absoluto, cuando estamos 
rodeados por todas partes de lo contingente, no se 
compadece con nuestra naturaleza heleno-latina, ima- 
ginativa y pasional. Pero, sin afirmar que ello sea in- 
dispensable para que nuestro pensamiento se eman- 



EX I<A REGIÓN DE LAS MADRES 45 

cipe, yo creo que la influencia de los factores externos, 
la constitución geológica del suelo, la temperatura, 
la fauna, la flora, sobre los factores internos, carac- 
teres físicos, morales e intelectuales, de los hom- 
bres que constituyen una sociedad política, es un ele- 
mento de importancia capital en el estudio de los 
orígenes de un pueblo. Y lo es en el de los del pueblo 
oriental del Uruguay. 

Acabo de leer un interesante ensayo de don Miguel 
de Unamuno, insigne amigo mío, y para conmigo 
siempre generoso, a pesar de nuestras fundamentales 
disidencias, en que ese ilustre escritor examina el 
problema de que ahora tratamos: el por qué, una vez 
desmembrada naturalmente la América española de 
su metrópoli, se formaron en ella diversos estados, 
independientes entre sí; por qué fueron estos diez y 
seis, y no veintiséis, o catorce, o siete. 

Unamuno toma en consideración un discurso que 
yo pronuncié al inaugurarse la estatua de Lavalleja, 
de que hemos hablado. Enuncié yo allí, efectivamente, 
con la fugacidad exigida por la oración popular es- 
parcida a voces en el viento, algo de lo que ahora es- 
toy diciendo: el por qué de la emancipación necesaria 
del Uruguay, no sólo de España, sino también de los 
otros pueblos americanos; el agente dinámico, por 
consiguiente, que estaba en la subconsciencia de Ar- 
tigas, y hace de éste un héroe, un poseído del espíritu 
regulador de las grandes fuerzas que rigen el universo. 

Unamuno, que, rara avis. sabe lo que escribe cuan- 
do lo hace en la prensa periódica europea sobre cosas 
de América, después de afirmar que yo sostengo 
en mi discurso, que el Uruguay tuvo que ser una na- 
ción independiente por constituir una unidad geográ- 



46 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

fica subtropical y atlántica, se aparta de esa opinión, 
como disiente de la que, siguiendo a Carlyle, designa 
a los héroes como núcleo de conglomeración socio- 
lógica. El cree y sostiene que lo que ha constituido 
principalmente esos centros de rotación, en la Amé- 
rica española, cuya conquista hemos esbozado, han 
sido las ciudades que se fundaron. Bl sentimiento de 
patria, de persona internacional, es de origen ciuda- 
dano, dice; civilización deriva de Civis, de donde tam- 
bién viene ciudad, Civitas. Montevideo hizo al Uru- 
guay, como Buenos Aires a la Argentina, y lyima, 
Bogotá, Caracas, Quito, hicieron a los estados de que 
son capital. Güemes o I^ópez, caudillos argentinos, 
hubieran hecho lo que Artigas, a haber existido, en 
las regiones que acaudillaron, ciudades cor. las con- 
diciones requeridas. 

Como lo veis, el erudito pensador español no nie- 
ga en absoluto la influencia étnica; discute sólo en 
cuanto a su importancia relativa. Yo le atribuyo, es 
verdad, alguna ma^^or importancia que él en la for- 
mación de las naciones, de la uruguaya especialmente. 
En cuanto al innegable influjo de las ciudades, pro- 
blema angular es ése en nuestra historia, que Una- 
muno ha entrevisto; es todo el de Artigas, precisa- 
mente; viejo y largo y universal problema: la pugna 
entre el principio que atribuye a la ciudad la potencia- 
lidad casi exclusiva de hacer la patria, la ciudad- 
repúbHca, y el que halla tal virtud en toda la nación, 
en la influencia racional de todos y cada uno de los 
que la componen. Veremos cómo es el primero de 
esos agentes el que inspira y mueve a los émulos del 
héroe ríoplatense; defender la capital, salvar la capi- 
tal es todo para ellos, como para las abejas salvar la 
reina en la colmena; como para ciertos animales escon- 



BN I.A REGIÓN DE I,AS MADRES 47 

der o inmunizar la cabeza. Artigas es lo contrario: 
todo, para él, es salvar el principio, el sistema, como 
entonces se decía, el alma popular que, como la indi- 
vidual, reside toda en todo el cuerpo y toda en cada 
una de las partes. Bso es todo Artigas. 

Si miramos bien en ello, podremos fácilmente per- 
cibir en esos dos instintos, más que doctrinas, la 
remota generación o principios anímicos de las dos 
tendencias políticas contrapuestas: la aristocrática mo- 
nárquica, y la democrática que busca su forma en la 
republicana. Y, sin disimulamos los escollos propios 
de cada una de ellas; sin siquiera dar por resuelto 
dogmáticamente ese problema de las formas, bien 
podemos afirmar que la humanidad cree hoy lo que 
Artigas creyó; tiende a la difusión, y no a la concen- 
tración del agente creador y conservador de la vida 
en las naciones; ve en la democracia el ideal de liber- 
tad, de justicia y de paz a que aspira, y en la forma 
representativa republicana el camino más racional, 
entre los conocidos, para alcanzarlo. 

Nuestra América, cuando menos, hija predilecta 
de la democracia, piensa así con imánime criterio, 
y ése será el nuestro, por lo tanto, para juzgar a Arti- 
gas ante la Historia. Nada, pues, más oportuno, para 
disponemos a asistir a ese proceso interesante, que 
aceptar la meditación, a que nos mueve la del publi- 
cista español, sobre la influencia de las ciudades en 
la formación de los estados. 

La ciudad es, efectivamente, el núcleo de civili- 
zación; pero no de vida; como no lo es la cabeza en 
el organismo humano, por más que en ella resida es- 
pecialmente el pensamiento. No es causa; es también 
efecto. Yo creo que, al revés de lo que pasa en lo in- 
animado, en que las partes preceden al todo, y lo de- 



48 I^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

terminan siguiendo un orden mecánico, en el ser vivo 
(y una nación lo es a su manera) el todo parece prece- 
der a las partes, y determinarlas según una ley progre- 
siva de finalidad. Es un fin que crea sus medios. Existe, 
o mucho me equivoco, un principio interior, cuya ac- 
tividad precede a la manifestación del ser social vivo, 
mantiene su unidad, su identidad permanente, al tra- 
vés de las transformaciones perpetuas, y dirige su evo- 
lución, según el tipo que debe realizarse, sin obstar a la 
libertad de la persona humana, cuyo destino es el fin 
de la sociedad. Todo concurre a la formación de los esta- 
dos: el agente de vida forma la capital conjuntamente 
con el pueblo a que ha de servir de núcleo inteligente, 
como se forma el cerebro y el corazón, al par de los 
últimos filamentos nerviosos, en el organismo sensible. 

No creo que sea intempestivo penetrar un poco 
más, aunque sea muy poco, en este interesante pro- 
blema. Hagámoslo, mis queridos amigos, siquiera sea 
por esta vez. Yo os prometo corregirme, en adelante, 
de esas vagas ideologías. No puedo resistir a la ten- 
tación de haceros compartir mi visión clara sobre la 
aparición de la patria de Artigas, de Artigas mismo, 
como el cumplimiento de leyes o el producto de fuer- 
zas providenciales, incontrastables, más fuertes que 
el libre querer de los hombres que edifican capitales. 
Sin esa convicción, jamás percibiríais, en todo su ca- 
rácter y magnitud, al hombre que es el agente heroico 
de aquellas fuerzas, y que es arrebatado por ellas, 
como el profeta por el espíritu del fuego. Bien me doy 
cuenta de vuestra impaciencia por llegar cuanto an- 
tes a la historia concreta; pero no hay remedio: tengo 
que poner a prueba vuestra virtud. Dadme media 
hora de atención; sólo media hora. 



EX I,A REGIÓX DE L,ÁS MADRES ^9 

Hipólito Taine, el orfebre del diáfano estilo, en su 
Filosofía del Arte, pronunció, para juzgar de la civi- 
lización helénica, la palabra entéléchie, que él escribe 
en caracteres griegos, que no conozco, desgraciada- 
mente. Nosotros diremos entelequia, si os parece. I^a 
palabra es lo de menos; vamos al concepto. Entele- 
quia, en la lengua de Aiistóteles, es, en un ser vivo, 
el principio de su organización, de su unidad y de su 
vida; es su forma, su principio informador, por oposi- 
ción a su materia. 

Ese concepto del filósofo griego fué visto por I^eib- 
nitz; pero éste, como intérprete del espiritualismo 
monístico, que ve en la materia el espíritu con el pen- 
samiento amortiguado, consideró esa llamada entelequia 
como el principio dinámico de los mónadas o seres pri- 
mitivos, lya misma doctrina moderna de la evolución 
cuenta con esa entidad empírica, que me parece muy 
interesante. El plan arquitectónico que sigue cada indi- 
vidualidad orgánica, según la ley llamada de unidad 
de composición, obliga a reconocer un principio in- 
terno, director de las transmutaciones que estudia 
la morfología moderna. Según eso, la doctrina aris- 
totélica de la entelequia se parece mucho a lo que 
Claudio Bernard llama idea directiva de la vida, y 
mucho más todavía a la idea-fuerza, de que habla 
Fouillée, en su Evolucionismo de las I deas- fuer zas. 
Llámesele como se quiera, yo creo que existe un prin- 
cipio ordenador y regulador de todas las energías, 
que se reúnen en un centro, para formar la individua- 
lidad viva concreta. 

De ese concepto saca Aristóteles su definición del 
alma, del alma en general, en todos los seres anima- 
dos: «la entelequia de un cuerpo natural orgánico». 

Taine se apasiona por esa definición; «ella hubiera 

T. I.-6 



50 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

podido ser escrita, dice, por todos los escultores grie- 
gos; es la idea madre de la civilización helénica». 
Aceptadla vosotros, si ella os inspira, mis amigos 
artistas. Pero Taine la aplica especialmente al alma 
humana, y de ahí deduce, como es obvio, que el ser 
moral no es sino el término y como la flor del animal 
físico. En eso se equivoca, como yerra también al 
atribuir tal aplicación a Aristóteles. Éste, lo mismo 
que los filósofos cristianos, aunque ve en el alma del 
hombre la entelequia de su cuerpo, el principio de su 
organización, de su unidad, de su vida (su forma subs- 
tancial, dicen los escolásticos), también descubre en 
ella, y sobre todo, un orden de funciones hiperorgá- 
nicas. I^as operaciones del pensamiento y de la virtud 
son algo más que la flor terminal del cuerpo huma- 
no. Aristóteles las atribuj'e al alma, que es substan- 
cia, que es en sí y se concibe por sí, que es espiritual, 
porque lo son muchos de los objetos de sus opera- 
ciones privativas, que sobrevive a la destrucción del 
cuerpo, y que es simple, indisoluble, inmortal. Y 
creada por Dios para informar el cuerpo, dice la filo- 
sofía cristiana. 

Pero si ese concepto de entelequia, o como queráis 
llamarle, no es aplicable al organismo del hombre, 
se me ocurre que lo es, en cierto modo, al social y 
político que llamamos estado o nación, como lo es 
a los organismos puramente sensitivos, en que el 
alma, aunque simple, desaparece con el organismo. 
A mí me sirve, cuando menos, a maravilla, para dar 
forma musical a mi concepto de patria. Tomadlo si- 
quiera, mis amigos, como una sonora imagen, cual- 
quier que sea vuestro criterio filosófico. Existe, me 
parece, un principio de organización, de unidad, de 
vida, constituido por múltiples elementos, geológi- 



En r<A REGIÓN DE r,AS MADRES 5 1 

eos, étnicos, biológicos, climatéricos, históricos, que 
informa los organismos sociológicos o colectivos, y 
que, no teniendo más misión que la de informarlos, 
desaparece con ellos. I^as patrias concretas no son 
espirituales; no son, pues, inmortales; viven en el tiem- 
po; éste las transforma, las aniquila. A ellas, por lo 
que difieren del hombre, es aplicable la doctrina mo- 
derna del transformismo, de la selección, de la conser- 
vación de la vida por la muerte. Pero esas patrias, 
en tanto viven, en cuanto conservan el principio 
informador que constituye su yo permanente, que les 
da carácter, unidad, vida orgánica. Y ese principio es 
tanto más enérgico y persistente, tanto más inmor- 
tal, si me permitís la paradoja, cuanto más se identi- 
fica con el orden o divina ley del universo, y es una 
nota de su recóndita armonía. O mucho me equivoco 
o el patriotismo no es otra cosa que la fe en ese prin- 
cipio con relación a la propia tierra; es la creencia en 
la relativa inmortalidad de ésta, basada en la identi- 
ficación del principio que la informa con las leyes 
más enérgicas e inmutables. 

Por eso y para eso, para hacer razonable, inque- 
brantable, la fe patriótica de esta nación de Artigas, 
yo os he hecho conocer, mis amigos, los agentes geoló- 
gicos que hacían, de la región oriental del Plata, un 
territorio capaz de imprimir diferencias étnicas a los 
seres humanos que en él constituyeron un pueblo, de 
dar existencia a un Genio de los Orientales, como dirá 
el ilustre Monterroso; por eso no puedo pensar, con 
Unamuno, que la entelequia, el principio vital de la 
Patria Oriental, haya sido sólo la ciudad de Montevi- 
deo, como no lo fué en la platense la de Buenos Aires; 
tampoco la aparición de un héroe, sea personal o 
. colectivo. 



52 I/A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Veréis cómo no nació el Uruguay porque existía 
Montevideo; sino que existió Montevideo, y se des- 
arrolló, con las condiciones requeridas para ser núcleo 
de civilización, porque existía el Uruguay, porque el 
principio vital, complejo, indescifrable, hijo de la ma- 
dre naturaleza, preexistía en aquella región atlántica 
subtropical, cuyos habitantes, desde los aborígenes 
hasta nosotros, han estado y están bajo el influjo 
misterioso de la tierra, del factor étnico. 

Era ese principio vital el que animaba a Artigas, 
el que creó su figura heroica, con su carácter y su vi- 
sión o mensaje. No sólo no consagró éste, al crear la 
patria, el predominio absoluto de su ciudad natal, 
Montevideo, como querían hacerlo sus rivales con 
Buenos Aires, sino que impuso a aquélla el de toda 
la región, sin perjuicio de darle la influencia y el sig- 
nificado que le eran propios. Artigas no se radicó 
jamás en Montevideo. Veréis cómo la primera capital 
de esta nuestra República Oriental del Uruguay fué 
Purificación, el caserío primitivo, no Montevideo. Des- 
de allí. Artigas dirigió toda la patria, Montevideo 
inclusive, y aun la región occidental, sin excluir el 
pueblo de Buenos Aires, que vio en él, tanto como 
la oriental, el solo conductor heroico. Montevideo no 
hubiera hecho al Uruguay; todo lo contrario; ya veréis 
cómo, si la idea de patria democrática sufrió quebran- 
tos, éstos los sufrió en Montevideo, como los padeció 
de muerte en Buenos Aires. Sólo vivió íntegra en el 
pensamiento de Artigas, que concentraba el espíritu 
de toda su tierra germinal. 

Oportunamente hemos de medir la distancia in- 
conmensurable que hay entre el héroe del Uruguay, 
y Güemes, y I^ópez, y otros agentes, más o menos 
enérgicos, pero secimdarios, de la independencia ame- 



EN r^A REGIÓN DE I. AS MADRES 53 

ricana, que obedecían a aquél. La hay mayor acaso 
entre Artigas y San Martín o Belgrano, por ejemplo; 
son cosas muy distintas, completamente distintas. 
Difícilmente se dará, como lo veremos en nuestras 
conversaciones, un cúmulo de circunstancias más ad- 
versas a la conquista de la independencia, que las 
que rodearon el nacer de la República Oriental del 
Uruguay; nadie hubiera visto en aquel pedazo de 
América atlántica, con una población total de se- 
tenta u ochenta mil habitantes, la región de tm pue- 
blo independiente, distinto de los demás, y mucho 
menos el eje de la revolución democrática en el Plata. 
Pero ese trozo del continente era casi toda la región 
atlántica subtropical de la América del Sur, fuera de 
la costa patagónica; su equivalencia en la del Norte, 
a igual latitud, tiene dos millones de kilómetros. 
Y allí había un alma, la entelequia de un pueblo, un 
carácter, que aim hoy persiste, y es observado, y 
fácihnente distinguido, como nota diferencial de tma 
persona colectiva. 



II 



Pero existe un error, radicalmente contrario al de 
Unamtmo, y en él incurriríamos, con gran menoscabo 
de nuestra preparación para la comprensión de Ar- 
tigas, si no atribuyéramos a esa ciudad de Montevi- 
deo la influencia que le corresponde, en la formación 
de la patria de que hoy es capital. Sí, la tiene y grande. 
Artigas, el héroe de esa tierra, nació en Montevideo, 
como hemos dicho; en Montevideo recibió las prime- 
ras indelebles impresiones de la vida y la primera 
educación. Y, sin entrar a profundizar demasiado el 



54 I-A EPOPEYA DE ARTIGAS 

problema de las influencias recíprocas entre el hom- 
bre, primer factor de progreso, y la sociedad en que 
vive, no es posible negar la existencia de ese doble 
influjo. El hombre es más hijo de su tiempo que de su 
madre. 

Incurre, pues, en un error, el historiador Mtre, 
por ejemplo, cuando sostiene precisamente todo lo 
contrario de Unamuno: que, en la formación del Uru- 
guay, no obró el influjo de la ciudad. Para Mitre, el 
Uruguay no tenía una ciudad que pudiera servir de 
núcleo a una nación. En el Plata no había más que 
Buenos Aires. «I^a insurrección de la Banda Oriental, 
dice, nacida en las campiñas, sin un centro urbano que 
le sirviese de núcleo, privada así de toda cohesión y 
de todo elemento de gobierno regular, fué el patri- 
monio de multitudes desagregadas, emancipadas de 
toda ley, que al fin la hicieron política y militarmente 
ingobernable, entregándola desorganizada al arbitrio 
del caudillaje local, que, convirtiéndola en insurrec- 
ción contra la sociabilidad argentina, le inoculó ese 
principio disolvente.» 

Pues bien: el historiador argentino tampoco tiene 
razón al afirmar que Montevideo no era un centro 
urbano que sirviese de núcleo, al rayar la era de la 
independencia americana. No sólo era eso, sino que, 
desde su fundación, fué, no una de tantas ciudades 
coloniales secundarias con tendencias autonómicas, 
sino una metrópoli importante, característica, y rival 
de Buenos Aires. En el curso de nuestras conversa- 
ciones veréis la importancia política y social que ad- 
quirió Montevideo, los hombres que en él descollaron 
y fueron colaboradores de Artigas, y lo que era su 
población cuando llegó el momento de la independen- 
cia. El brigadier don Cornelio Saavedra, primer pre- 



EN LA REGIÓN DE I^AS ^L4DRES 55 

sidente de la Junta revolucionaria formada en Bue- 
nos Aires el 25 de mayo de 1810, vio mejor que Mitre 
lo que era Montevideo. I^eed este fragmento de sus 
Memorias postumas: «Todos saben cuánto se trabajó 
a fin de que Montevideo se imiformase al nuevo sis- 
tema adoptado; mas bastaba que Buenos Aires hu- 
biese tenido la iniciativa en aquella empresa, para 
que aquel pueblo se opusiese y lo contradijese; él fué 
siempre, para Buenos Aires, lo que Roma para Car- 
tago». El parangón es ingenuo, no hay duda; Cartago 
no formaba parte del mundo romano, como Monte- 
video del español; pero el recuerdo del buen Saavedra 
no deja de ser sugestivo. No fueron, pues, las cam- 
piñas orientales, no las solas multitudes, las que obe- 
decieron al principio disolvente; éste partió de Monte- 
video, de su ingénita rivalidad con Buenos Aires. 
Y ese fenómeno, que es cierto, y que ha sido permanen- 
te, no puede ser efecto del capricho de un hombre ni de 
varios hombres; y, sin el conocimiento de sus ver- 
daderas causas, jamás podríamos comprender el alto 
significado de Artigas. Es preciso que las examine- 
mos. 

Montevideo no fué el principio vital, hondo, com- 
plejo, de nuestra patria; pero fué, no hay lugar a 
duda, uno de sus productos; acaso el más importante. 
Esa su rivalidad con Buenos Aires, que advierte in- 
genuamente Saavedra, tenía raíces, que este escla- 
recido patricio no pudo percibir, pero que vosotros 
comprenderéis ahora, y profundizaréis mucho más, 
a medida que adelantemos el curso de nuestras ama- 
bles conversaciones. Buenos Aires se opuso a la fun- 
dación de Montevideo; miró con ojeriza el nacimien- 
to del hermano legitimario que iba a dar núcleo ur- 



56 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

baño a lo que era servidumbre o vaquería de Buenos 
Aires, y a arrebatar a éste el monopolio del comercio 
del Plata, como puerto único. Una vez fundada la 
ciudad, entorpeció cuanto pudo su prosperidad, se 
opuso al reparto de tierras en la región oriental, 
al establecimiento de un faro en Montevideo, a la 
habilitación de su puerto, y, después de habilitado, 
a sus mejoras, a la construcción de recobas en la pla- 
za, etc. Todo eso era natural: aquella ciudad re- 
cién nacida al otro lado del Plata, con puerto pro- 
pio superior a Buenos Aires, con territorio separado 
del virreinato, no era Córdoba ni Tucumán que, si 
bien tuvieron su espíritu local y su autonomía, eran 
miembros de un gran cuerpo geográfico, de que Bue- 
nos Aires tenía que ser puerto y cabeza. Montevideo, 
por el contrario, era núcleo de otra región, cabeza de 
otro organismo, producto de otra vida, materia de 
otra forma substancial, de otra entelequia, si no os ha 
molestado demasiado la palabra griega. Y bien cono- 
cemos el error económico de entonces, del que no 
estaban exentos, por cierto, los mismos americanos 
que se lo imputaban a España. Por eso la nueva 
ciudad pugnó, a su vez, por su emancipación de 
Buenos Aires, desde muy poco después de su fun- 
dación. Esa tendencia ingénita cobró forma radical 
con ocasión de la reconquista de la capital del virrei- 
nato contra los ingleses, que la conquistan en 1805. 
Entonces, el cabildo y el comercio de Montevideo, 
que han iniciado con el gobernador aquella recon- 
quista, envían directamente a Madrid un agente o 
embajador, con la misión de reclamar para su ciudad, 
en pugna con la trasplatina, la gloria principal de 
aquella hazaña. La obtiene, por fin, y consigue que 
ella se consagre en su escudo colonial y en su título 



EN I^A REGIÓN DE IvAS MADRES 57 

de Reconquistadora. Pero el embajador lleva muy 
especialmente el encargo de obtener de España «la 
independencia de esta Gobernación del virreinato de 
Buenos Aires»; pide, en consecuencia, «la creación de 
un consulado o tribunal en Montevideo, en virtud de 
la rivalidad y de las tendencias opresoras del de Bue- 
nos Aires». 

Todo eso, y mucho más que no cabe en la índole 
de nuestras conversaciones, os convencerá de que no 
puede afirmarse que Montevideo no fuera un centro 
urbano que sirviese de núcleo a la Región Oriental 
del Plata. 

Pero lo que sí puede y debe afirmarse, porque cons- 
tituye, mucho más que los intereses materiales, la 
causa de la rivalidad entre ambas ciudades, y expli- 
ca el carácter y la acción de Artigas, el hijo por exce- 
lencia de Montevideo, es que la ciudad oriental, fun- 
dada dos siglos después de la occidental, tuvo un 
carácter, si no antagónico, muy distinto del de su her- 
mana mayor, y que, unido a las causas étnicas que 
hemos notado, le señalaron distinto destino histó- 
rico. Montevideo fué una plaza fuerte, un bastión; 
era una ciudad menos señorial, menos suntuosa que 
su hermana ultraplatense; sintió menos el influjo 
del abolengo; no tuvo el carácter de semicorte colo- 
nial de otras ciudades más antiguas; fué la sede de 
una especie de democracia foral ingénita, en contra- 
posición de las aristocracias reflejas de que fué asiento 
Buenos Aires, y que allí engendraron esas tendencias 
opresoras a que se refiere el embajador de Montevideo 
en España, y que veremos después confirmadas. 

Y como la independencia americana, de que ya es 
tiempo que comencemos a hablar, no será otra cosa 



5^ I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

que el espíritu surgente de la democracia en el Nuevo 
Mundo, he ahí cómo y por qué Montevideo, más 
aun que Buenos Aires, está llamada a ser el núcleo 
urbano, no sólo de la región oriental, sino de todos 
los pueblos del Plata, en el proceso sociológico de la 
emancipación democrática de América. Y por qué 
Artigas, hijo de la plaza fuerte oriental, será el indis- 
cutido caudillo popular en todo el antiguo virreinato. 
Si don Cornelio Saavedra hubiera pensado en eso, 
acaso se hubiera percatado de por qué Montevideo 
fué la Cartago de la Roma occidental, en la lucha, 
que vamos a estudiar, de la independencia de estos 
pueblos. 



III 



Y bien; ya es tiempo, mis amigos artistas, de que 
comencemos a hablar algo de eso: de la emancipación 
de este continente. Os creo ya, gracias a vuestra ama- 
ble paciencia, más que debidamente preparados. 
^1 Hemos visto cómo se dividió la América entre In- 
glaterra, España y Portugal, y cómo, en esos repartos 
de los colonizadores europeos, se echaron los cimien- 
tos de los futuros estados americanos. Ha llegado, 
pues, el momento de ver a éstos nacer. 

Finaliza el siglo xvni, y comienza el xix. 

Dos siglos ha durado la dominación inglesa en Amé- 
rica; tres la española y la portuguesa. Creo que pen- 
saréis conmigo que es bastante, para dominación de 
estados sobre continentes, al través del Océano At- 
lántico, con todas sus aguas. Eso no podía ser eterno; 
había de tener un término, como todas las cosas de 
este mundo; las contrarias a la naturaleza, sobre todo. 



EN Í,A REGIÓN DE LAS MADRES 59 

Para justificar la independencia de la América es- 
pañola, se ha levantado muchas veces el proceso de 
la colonización de España. No hay para tanto, me 
parece; basta el sentido común, de que era intérprete 
Montesquieu, cuando profetizaba la emancipación del 
Nuevo Mundo, diciendo en el Espíritu de las leyes: 
«Ivas Indias son lo principal; la España es lo accesorio. 
Es en vano que la política quiera someter lo prin- 
cipal a lo accesorio». «Un mundo no puede ser rebel- 
de», decía también un ministro de la Gran Bretaña. 

El juicio contra el sistema colonial de España es 
serio, no hay duda alguna; pero yo os haré gracia de 
él. Creo que, para glorificar nuestra independencia, 
ese proceso huelga. 

I^a colonización española no fué ni podía ser buena, 
sin por eso afirmar que fuese peor que cualquier otra 
en aquella época. Creo que fué menos mala que las 
otras, sin excluir algunas de las modernísimas. Si la 
hubiéramos de juzgar por las Leyes de Indias, tendría- 
mos que calificarla de perfecta. Esas ordenanzas, pese 
a sus defectos inevitables, son un monumento de glo- 
ria para España; el testamento de Isabel la Católica 
es una página conmovedora. No fueron las leyes, 
pues, sino su infracción por los hombres que aquí 
vinieron, lo que debe llamarse malo. Pero así hubie- 
ran venido a este Nuevo Mundo colonias de arcángeles 
o serafines, en vez de aventureros, soldados y fim- 
cionarios de la corona, no por eso hubiera sido menos 
justificada la emancipación de los hombres de este 
continente de los del otro. 

Aquellos hidalgos y soldados españoles que, al 
quedar sin empleo por la terminación de la guerra 
secular contra los moros, vinieron a la conquista de 
América en busca de aventuras, de gloria y de riquezas. 



6o I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

de riquezas sobre todo, fueron hombres animosos, ex- 
traordinarios; las fabulosas hazañas de Hércules y de 
Teseo no superan a la realidad de sus proezas. Nosotros 
mismos las recordamos con orgullo, como gloria de 
nuestra estirpe. Somos de española raza; aquellos 
héroes fueron nuestros padres, los nuestros precisa- 
mente, los de los que hemos nacido en América, no 
de los españoles que han vivido y viven en Europa. 
De ellos arranca, por otra parte, nuestra nacional 
genealogía; ellos fueron los primeros arquitectos de 
estas nuestras patrias americanas. Cuando los legis- 
ladores de este mi país independiente mandaron que 
se alzase la estatua de Artigas, que vais a modelar, 
ordenaron al mismo tiempo, y ordenaron bien, que 
se levantara la de don Bruno Mauricio de Zavala, el 
hidalgo español que fundó a Montevideo. ¡Gran ca- 
ballero, insigne capitán, incólume magistrado este 
don Bruno Mauricio de Zavala! Levantaremos, sí, 
su estatua, en Montevideo, cerca de la de Artigas. 
Artigas es un héroe de la gente hispánica. No quiso 
ser políticamente español; pero amó y glorificó su raza, 
de la que nunca renegó. Y don Juan Díaz de Solís, 
descubridor del Río de la Plata, es progenitor soberbio 
de esta tierra. Y lo es Garay de la Argentina, y Val- 
divia de la chilena... ¡Oh, los bravos, los buenos arqui- 
tectos vestidos de hierro! ¡lyatresveces heroica España, 
madre de estirpes, la más noble de las madres! 

Siempre recordaré que fui yo, como embajador 
de mi país, quien interpretó este sentimiento de 
América, con aplauso de todos sus representantes, 
cuando nos reunimos, en 1892, a conmemorar, en tor- 
no del convento de la Rábida, como en una Tierra 
Santa, el cuarto centenario del descubrimiento. Y dije 
allí: 



En IvA región de IvAS madres 6i 

«El descubrimiento de América, su conquista, su 
colonización, fueron un desgarrón de las entrañas de 
España; por esa herida enorme se derramó su sangre 
sobre el otro mundo... Hoy hace cuatro siglos, ganó 
la raza hispánica; pero perdió la nación política de 
Europa; y lo que ella perdió fué nuestra vida, fué 
nuestra herencia. 

»No seremos nosotros, los americanos, los que le 
reprochemos la genial locura que nos engendró: la 
decadencia es gloria en estos casos, como lo es la san- 
gre perdida en la batalla, las cicatrices en el pecho, 
la santa palidez de la mujer convaleciente después 
de haber sido madre dolorosa de un hombre, que es 
también un mundo.» 

Pero una vez realizada la obra magna de fundar 
estas nuevas sociedades cristianas, que tanto enal- 
tece a España, se ofreció el problema más natural que 
ofrecerse puede: ¿para quién fueron fundadas? 

Pues, ¿para quién habían de serlo, sino para sus 
propios miembros? ¿Puede tener acaso la sociedad 
civilizada otro objeto que el bien de sus propios miem- 
bros? 

Ahora bien, mis amigos: aquellos soldados de hie- 
rro y funcionarios de la corona, que aquí venían a 
hacer la voluntad del rey, o la propia, porque el rey 
estaba lejos; aquella servidumbre del pueblo, y sobre 
todo del indio, que en vano procuraba defender el 
misionero, y aun el mismísimo rey; aquel orgullo, 
sobre todo, aquel desdén del español que venía de 
ultramar, hacia el nativo o criollo, al que, yo no sé 
por qué, consideraba de especie inferior, aunque fuera 
su propio hijo, provocando en él una irresistible rebe- 
lión, segúp lo observó Azara; aquel monopolio comer- 



62 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

cial de la metrópoli; aquella prohibición, en América, 
de toda industria o cultivo que pudieran hacer com- 
petencia a los de la península; aquel aislamiento de 
las colonias entre sí, y con lo demás del mundo que 
no fuera Bspaña... en fin, creo que no es necesario 
demostrar la existencia de la noche a medianoche. 

Bien sabemos que todo ello era defecto de la época, 
no sólo de Bspaña; pero es indudable que eso no po- 
día ser, y despertaba el natural irresistible instinto 
de emancipación. Iva independencia étnica precedió, 
de mucho tiempo, en América, en la española, no 
en la inglesa, a la independencia política, no hay 
punto de duda. Estas sociedades coloniales no tenían 
por objeto único, ni siquiera predominante, el bien 
de sí mismas, de sus habitadores; el hombre era para 
la autoridad que se le remitía desde el otro hemis- 
ferio, no la autoridad para el hombre; el bien par- 
ticular, que no deja de ser tal por llamarse quien 
lo disfruta rey de España o Corte de España, estaba 
sobrepuesto al bien común, sobre todo al de las clases 
que deben ser preferidas, las más humildes e indefen- 
sas; las colonias eran consideradas cosas, propiedades, 
medios de que disponía la metrópoli para sus fines; 
no personas, sociedades instituidas en orden a la feli- 
cidad de su pueblo... 

Hemos dado, al fin, mis amigos, con lo esencial, 
en todo esto: el pueblo, el pueblo americano. Todo lo 
demás es accidental. 

En esos tres siglos de coloniaje, imperceptiblemen- 
te, como el capullo del gusano de seda tejido de in- 
visibles hebras de substancia vital, se había formado 
de este lado del Atlántico esa entidad: el pueblo ameri- 
cano. El pueblo americano, entendedlo bien: no el 
pueblo español residente en la tierra que conquistó. 



EN LA REGIÓN DE I<AS MADRES 63 

El hombre no es un accssorio de la tierra, ni puede ser 
materia de conquista; la tierra, en cambio, se inocula 
en él y le imprime su carácter. Aquí, en la América 
española, mucho más que en la inglesa, pese a lo di- 
cho en contrario, y dicho sea en honor de España, 
había nacido esa entidad biológica, mezcla de persis- 
tencias y transformaciones, de persistencia indígena y 
de transformación caucásica, fruto de influencias re- 
cíprocas, substráctum de progreso evolutivo, sin solu- 
ciones de continuidad: una masa nativa, autóctona 
en cierto sentido, con fuerzas de asimilación predo- 
minantes; el pueblo americano civilizado, una ver- 
dadera persona. Y vosotros bien sabéis lo que es eso, 
una persona, en contraposición a una cosa: algo que es 
fin de sí mismo, no medio para que otros realicen o 
consigan el suyo. 

Pues bien: el que más crea en la existencia de esa en- 
tidad colectiva, pueblo americano; el que dé concien- 
cia y orientación humana a ese fenómeno sociológico 
producido por las fuerzas misteriosas y constantes de 
la vida universal, ése será el héroe de la independen- 
cia de América. Yo os prometo demostraros que ese 
hombre fué Artigas: eso es Artigas: el nexo, el gran 
nexo personal, inteligente, fuerte, de aquellas trans- 
formaciones y persistencias. 

Excusado me parece decir que el régimen monár- 
quico absoluto, que había sido la base de las naciones 
modernas europeas, lo fué del gobierno de sus colo- 
nias. El poder real había sido un progreso, sin duda al- 
guna, sobre el feudal; las unidades nacionales se con- 
glomeraron, en la Europa occidental, en torno del 
rey absoluto, feudal de los feudales y señor de los 
señores. Este apareció entonces, a los ojos de los pue- 



64 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

blos, no como una entidad terrestre que ascendía, 
sino como algo celeste que había bajado a la tierra, con 
su corona en la cabeza y su cetro en la mano. No se 
vio en él una entidad que surgía de la masa social 
y se elevaba sobre ella por sus servicios reconocidos, 
y que debía ser acatada porque servía, y mientras 
servía, sino una entidad celestial, un hombre sagrado, 
mejor dicho, que debía ser venerado, y aun amado, 
por los siglos de los siglos, con prescindencia de sus 
actos, así fueran éstos los más opuestos al bien co- 
mún. Ese fetichismo tomó en España forma legal en 
la ley de Partidas, según la cual «el pueblo debe ver 
e conoscer como el nome del Rey es el de Dios e tiene 
su lugar en la tierra, para facer justicia e derecho e 
merced; e ningún orne non podría amar a Dios cum- 
plidamente sinon amase a su Rey». 

De ahí que el monarca era considerado «como el 
Vicario de Dios sobre la tierra, y como el propieta- 
rio de todos los países sujetos a su cetro». 

No era, pues, la autoridad, la que tenía su origen 
en Dios; era el primogénito de la familia A o B. No 
era la esencia del poder público la que brotaba de fuen- 
te divina; era el accidente, la forma en que ese poder se 
ejercía: el Rey Nuestro Señor de carne y hueso, ele- 
fante blanco hecho nacer expresamente por los dio- 
ses inmortales para representarlos. Hoy miramos esa 
creencia, en nuestra América, como se mira una inte- 
resantísima vetusta ruina; como el bello almenado 
castillo que ya no sirve; como la vieja armadura que 
ya no asusta. 

La substitución de ella por la racional creencia de 
que el hombre-autoridad no es una cosa distinta por 
naturaleza de los demás hombres, sino el primero en- 
tre los iguales, y que el dueño de los países no es el 



EN •L.A REGIÓN DE I,AS MADRES 65 

que ejerce la autoridad, así tenga un cetro en la mano 
o deje de tenerlo, así se llame rey o presidente o como 
quiera llamársele, sino el país mismo compuesto de 
gobernantes y gobernados, es decir, el pueblo cons- 
tituido en organismo vivo, que crea sus propios me- 
dios de transformación espontánea; la aparición de 
esa entidad pueblo, persona colectiva formada de per- 
sonas humanas con todos los atributos esenciales de 
la persona, igualdad de especie, libertad, propiedad, 
dignidad, fe en sí mismo, aptitud natural, divina por 
consiguiente, para imprimir a su organismo la estruc- 
tura política más conducente a su fin, y todo lo demás 
que conocemos; el nacer, pues, de la democracia con- 
génita, es decir, del orden civil, en que todas las fuerzas 
jurídicas y económicas cooperan proporción almente al 
bien, no de un hombre o de una familia o clase o ciudad 
privilegiadas, sino a la felicidad común, y tienden, en 
último resultado, al bien preponderante de las clases 
inferiores; la aparición, en una palabra, del pueblo 
americano viable, dueño de sí mismo, eso y sólo eso 
es lo que va a determinar el desgarrón sangriento de 
las entrañas ibéricas, producido por el desprendi- 
miento de la América emancipada. 

Bien comprendéis, por consiguiente, que indepen- 
dencia y caducidad de la monarquía europea serán, 
en América, la misma cosa. 

Todo esto os parecerá, sin duda, muy claro y sen- 
cillo; lo es hoy indudablemente. Pero al estallar la 
revolución no lo era tanto. Eran pocos los que veían 
eso tan claro como hoy se ve. I^a vieja doctrina, que 
ataba con vínculo sagrado las colonias a su rey y 
señor, dominaba entonces en muchas almas, y tenía 
tanto más arraigo en éstas, y en los sentimientos y 

T. 1.-7 



66 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

costumbres de las ciudades o núcleos de sociabilidad, 
cuanto más antiguas y más señoriales fueran esas 
ciudades. 

Buenos Aires, dos siglos mayor que Montevideo, 
estaba más compenetrado de ella, como Méjico o 
Ivima; sus hombres más descollantes, formados mu- 
chos de ellos en la Kuropa monárquica, la sentían 
circular en sus arterias. 

Como hemos dicho antes, Bspaña concentró todo 
su interés en su gran virreinato andino, cuyos centros 
fueron, al Norte, I^ima, la ciudad que fué llamada 
de los Reyes, y, al Sur, sobre la margen occidental 
del Plata, Buenos Aires, dependiente del virrey de 
lyima hasta el año 1776, en que, organizado el virrei- 
nato del Plata, y transformada su capital en residen- 
cia también de virreyes, comienza a sentirse con algo 
de reina. A las viejas poblaciones de esos virreinatos 
andinos lleva España sus elementos sociológicos; en 
ellas forma sus hombres, sus aristocracias tributarias; 
en ellas, en Lima, en Chuquisaca, en Córdoba, en 
Buenos Aires, funda las universidades reales, en que 
se educan los togados coloniales y los sacerdotes lega- 
listas, que custodiarán el fuego sacro de la doctrina 
real. Los veréis sostenerla por instinto, aun en medio 
de las luchas del pueblo por su independencia demo- 
crática; la primera idea que tiene Belgrano, antiguo 
alumno de Salamanca, en Buenos Aires, y con él mu- 
chos otros, al vislumbrar la independencia, es ofre- 
cer el trono del Plata a la princesa Carlota, hermana 
de Femando VII. Ni siquiera conciben, pues, la idea 
de independencia plena que animará a Artigas. 

Tres clases de elementos ve José Manuel Estrada 
en la revolución argentina: «el gaucho, hijo de la en- 
comienda; la muchedumbre urbana, condenada a la 



EN LA REGIÓN DE I<AS MADRES 67 

miseria, y la aristocracia criolla, conocedora de las 
cuestiones sociales, pero impregnada con los ejemplos 
de arrogancia en que había sido educada». 

«I^as aspiraciones de la masa a la soberanía, agrega 
el pensador bonaerense, se estrelló contra la impoten- 
cia de la sociedad para establecer la democracia bajo 
formas regulares, porque la colonización de España 
traía estos dos grandes caracteres: la idolatría realista; 
la desigualdad civil.» 

En todo eso hay mucho de verdad. 

Pero existía esa región oriental, separada de los 
virreinatos por el Río de la Plata, y, muy especial- 
mente, esa nueva ciudad de Montevideo, sin más 
brillo que el del bronce de sus cañones, adonde no 
llegaron, o llegaron muy atenuadas, las grandezas, 
y donde, al lado de algunos pocos patricios análogos 
a los de Buenos Aires, puede distinguirse, con mucha 
claridad, un elemento que le imprime todo su carác- 
ter: una selección criolla intelectual, a la que perte- 
nece Artigas, y que se identifica con la masa popular. 
lya idolatría realista venía a Montevideo en los espa- 
ñoles; pero no contaminaba a los nativos; de éstos 
no procedían los ejemplos de arrogancia. 

I^a aristocracia criolla fué desconocida en este lado 
del Plata; sus pobladores fueron todos hombres de 
trabajo; no hubo marqueses orientales, como los hubo 
en otras regiones americanas. 

Montevideo no tuvo universidad real, ni claustros 
regalistas. Una aula de latinidad dirigida por los pa- 
dres franciscanos, que se hacen cargo de ella desde 
la expulsión, en 1768, de la Compañía de Jesús, y 
que, en 1787, establecen el primer curso de filosofía 
y teología, es todo su núcleo intelectual. Ese conven- 
to será el foco revolucionario; esos frailes francisca- 



68 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

nos, los solos maestros, no son doctores de Salamanca; 
no han venido de España; son nativos, orientales en 
su mayor parte; entre ellos está Monterroso, que será 
el precursor y secretario de Artigas; Lamas, que será 
su capellán. Y todos ellos serán expulsados en masa 
de Montevideo por los españoles, como amigos de los 
matreros, en cuanto estalle la revolución. De esas 
aulas saldrán Pérez Castellano, y Larrañaga, y Ron- 
deau, y el mismo Artigas. Los hombres de pensamien- 
to, en la tierra oriental, emanan de la masa popular; 
son el mismo pueblo que piensa 

El ambiente de Buenos Aires, con sus sesenta o 
setenta mil habitantes, y su Corte, y su Audiencia, 
y su Junta Superior de Hacienda, y su Intendente, y 
su Virrey, su Virrey sobre todo, y sus ejemplos de arro 
gancia, no podía menos de producir la aristocracia 
criolla de que habla Estrada. Y la majestad sagrada 
del rey, alma de toda aristocracia, tendrá que apare- 
cer, como un Mefistófeles blanco, en el pensamiento de 
los grandes hombres bonaerenses, cuando sientan mo- 
verse en sus entrañas, como la palpitación de una hija 
de pecado, la idea de independencia. El blanco espíritu 
enervará nacientes energías, y separará a sus poseídos 
de la masa popular. Y ésta será llamada la barbarie, la 
legión infernal. Y t^enio infernal, su caudillo heroico. 

Creo, mis amigos artistas, que, sin dar por agotado 
este tema, de suyo inagotable por lo complejo, ya estáis 
pasablemente iniciados en el carácter y la misión de 
las dos márgenes del Plata, y, en especial, de las ciuda- 
des tan candorosamente llamadas Roma y Cartago por 
el bravo y noble hidalgo don Cornelio de Saavedra. 

Éste hizo ese ingenuo parangón a falta de otro me- 
jor; pero bien comprendemos lo que quiso decir. Era 
una gran verdad entrevista. 



63 



CONFERENCIA IV 

WASHINGTON 

I<A INDEPENOENCLÍL DE AMÉRICA. — L,A AMÉRICA INGLESA. — ^El 

INDIO. — Washington y Artigas. — Washington, Fraxklin y 

Iv.\FAYETTE. "El. APOYO DE FRANCIA.. I,OS ESTADOS UNIDOS 

DE América. — El piomero en la paz y en la guerra y en el 

CORAZÓN DE SUS CONCIUD.\DANOS. 



¿Cómo ofreceros, oh amigos artistas, en forma mar- 
mórea, el cuadro trágico, que debo haceros sentir, 
de un mundo nubil, vestido de hierro, que se arranca 
de los brazos de su madre, para acogerse a los de una 
joven diosa, que brota desnuda, ceñida de su casco 
de oro, y con su tirso de laureles? 

¡Dejarás a tu padre y a tu madre, y seguirás a tu 
amada, oh espíritu del mundo americano, valiente 
espíritu!... Y tu beso será fecundo, como el amor del 
sol que baja del cielo. Y, como los retoños en torno 
del olivo, crecerán tus hijos numerosos, renuevos de 
diosa, que serán inmortales. 

lyas madres resistirán, se aferrarán a sus hijos, y 
sus manos se convertirán en garras, que se hundirán 
en las carnes. Y correrá mezclada la sangre de las 
generaciones abrazadas. 

¡Amor de fiera!... ¡I^a hembra del león, encelada ante 



70 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

la pubertad de sus cachorros, que han sentido la re- 
velación de la vida! 

Escuchad, oh amigos artistas, el rugir de la inde- 
pendencia de nuestra América; ese grito tiene que 
hacerse substancia musical en vuestro bronce sonoro; 
tiene que brotar de abajo, de las hondas armonías, 
y elevarse y subir hasta la frente de vuestro Arti- 
gas pensativo. 

Yo debo imponeros de las dos faces del suceso: el 
desprendimiento total del mundo americano del eu- 
ropeo, y los desgarrones parciales que en aquél se 
hicieron; sobre todo el de la región que yo os he pre- 
sentado casi desprendida del conjunto: la que baña 
el Plata y el Atlántico en las zonas subtropicales: 
la tierra de Artigas. 

Si recordáis el reparto del nuevo continente, que 
os narré en una de nuestras conferencias anteriores; 
si tenéis presente el lote adjudicado al descubridor 
británico allá, en el Norte de las latitudes supertro- 
picales, las más próximas a Europa; si conocéis, por 
fin, el origen libre, y no oficial, de la colonización in- 
glesa, y el camino que en Inglaterra habían hecho 
los principios que han de servir de base a la democra- 
cia americana, bien comprenderéis cómo y por qué 
la primer frase de amor dirigida a la visión surgente 
de la luz había de ser pronunciada en inglés, y por qué 
ha de ser un inglés quien ha de hablar las primeras 
palabras germinales. Es éste un varón del que tendre- 
mos mucho que hablar al hablar de Artigas. Tenemos 
que mirarlo ahora, aunque sea de paso: es preciso 
que miremos a Washington. 

I/as colonias inglesas comienzan a sentir su puber- 
tad, y a realizar obra de varón, como lo hacen más 



WASHINGTON 7 1 

tarde las españolas: en defensa de su propia metró- 
poli; en la de su propia lengua. I^a independencia 
angloamericana comienza en la guerra colonial con- 
tra los franceses, que se creen dueños del curso del 
Misisipí, y que pretenden cortar el continente del 
Norte como se cortó el del Sur — de arriba abajo — , 
para darle dos dueños. No: toda la zona supertropi- 
cal de aquella América hablará inglés. 

En esa guerra, que comienza en 1752 y termina, 
por la toma de Quebec, en 1759, y por el tratado de 
París de 1763, que incorpora el Canadá al dominio 
de la Gran Bretaña, ya figura y descuella, en defen- 
sa del pabellón británico, ese joven militar de Virgi- 
nia llamado Jorge Washington. 

Así veréis surgir a nuestro Artigas, en defensa de 
su lengua, cuando, cincuenta años más tarde, In- 
glaterra ataque los dominios españoles en el Plata. 
También él es un militar español; Montevideo, su 
ciudad natal, será la que más esfuerzos haga por ex- 
pulsar al inglés, y defender la zona de acción de su 
lengua castellana. Muchos émulos de Artigas, por el 
contrario, verán en eso un accidente; lo mismo que- 
rrán hablar en español que en inglés o en francés. 

Pero el espíritu americano que encarna Washing- 
ton al defender la lengua inglesa contra el francés, 
como el que encarnará más tarde Artigas, en el Sur, 
al defender la española contra el inglés, no era, ni 
podía ser, el de conservar eternamente aquella región 
para la corona o la dinastía de Inglaterra. Algo más 
que eso se había incubado en el tiempo; para algo 
más grande había de hacer el pueblo americano su 
gran revolución: iba a realizarla para hacerse dueño 
de sí mismo, no para conservar sus anteriores dueños, 
ni mucho menos para cambiarlos por otros. 



72 r^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Algunos creyeron esto último, sin embargo, en la 
Améiica inglesa; muchos en la española. Hubo mo- 
narquistas aquí y allá. 

Washington no lo creyó así; Artigas no lo creyó 
así. Ambos eran hijos de su tierra; brotaron de ella, 
crecieron en ella. Y creyeron en la 'personalidad del 
pueblo americano. 

Ni un momento solo de vacilación en Washington; 
ni uno solo en Artigas. Son dos caracteres; los dos 
caracteres en las dos fuertes familias. 

Tanto sobre el uno como sobre el otro se ejercía 
la influencia de las tradiciones coloniales, más libres, 
sin duda alguna, en el Norte que en el Sur; pero esas 
tradiciones no fueron las que infundieron en esas dos 
almas el mismo pensamiento: fué la visión genial, cuyo 
origen, en que intervienen cielo y tierra, es complejo 
y misterioso. 

Iva América de Washington proclama su indepen- 
dencia el 4 de julio de 1776; treinta y tantos años 
antes que la española tropical de Bolívar y que la 
subtropical de Artigas. Pero el espíritu que engendra- 
rá en la libertad, el espíritu creador, era llevado sobre 
las aguas, en la América inglesa, cien años antes de 
encarnarse. Era distinto, sin embargo, en ambos mun- 
dos, y nada puede caracterizar más enérgicamente al 
héroe del Uruguay que el parangón entre esos espíri- 
tus: Washington es el primero; Artigas el segundo. 

I/)S angloamericanos eran ingleses nacidos o resi- 
dentes en América. Al principio de la revolución con- 
taban una población de dos millones; una quinta 
parte era formada de negros esclavos de las colonias 
del Sur; el resto, de ciudadanos ingleses. Éstos no 
mezclaron su sangre con la del indio, como lo hicie- 
ron los españoles; los colonizadores ingleses impor- 



WASHINGTON 73 

taban mujeres de la metrópoli, mujeres buenas o 
malas, pero an£;losajonas de pura sangre; las luchas 
religiosas y políticas arrojaban también familias en- 
teras al otro lado del mar. lyos indios aborígenes, los 
hijos primitivos de la tierra, no formaban parte de la 
población; la colonización británica los extinguía; 
ñié con ellos más cruel que la española y la portu- 
guesa, pese a todo cuanto se ha dicho para confundir 
a España. Hubo gobernadores ingleses que pagaban 
algunos dólares por cada cabeza de indio, como se 
paga la de un lobo. Si alguien utiliza más tarde al 
hombre aborigen en la guerra, como podría utilizar 
un rebaño de fieras para lanzarlo sobre el enemigo, 
será el inglés contra el angloamericano. Éste no pe- 
dirá al indio su sangre para emanciparse: Washing- 
ton mandó soldados ingleses; mandó también fran- 
ceses; no mandó indígenas. I^a América inglesa no 
los necesitaba para su independencia, que, a pesar 
de lo dicho en contrario, fué, más aún que la hispá- 
nica, un gran episodio de la evolución política eu- 
ropea. 

I/a América española sí necesitaba del pueblo, de 
todo el pueblo, del indígena especialmente, que for- 
maba, con el europeo, una sola estirpe; sin él no hu- 
biera habido independencia. Con sólo combinaciones 
políticas, por más sutiles e ingeniosas que fueran, la 
América española no hubiera sido libre; mucho me- 
nos republicana. El pobre indio, el hombre americano, 
amó a Artigas. Y Artigas lo amó también; lo creyó 
hombre, compatriota; lo hizo soldado. 

Esa es la causa quizá del punto más negro de la 
independencia angloamericana: la conservación de la 
esclavitud. 

Y la de la gloria de nuestro Artigas, al lado del 



74 I'A. EPOPEYA DE ARTIGAS 



mismo Washington: Artigas no conoció esclavos: los 
indios americanos le dieron su última sangre; un 
negro fué su último amigo. 



II 



Iva independencia étnica estaba, pues, más hecha 
en la América española; pero la política lo estaba más 
en la inglesa. Esta, al llegar su separación de la metró- 
poli, era ya independiente, puede decirse; era demo- 
crática y republicana. «En el carácter de los ameri- 
canos, escribió el inglés Burke, en 1775, el amor a la 
libertad es rasgo predominante. Este espíritu de li- 
bertad es probablemente más poderoso en las colo- 
nias inglesas que en ninguna otra parte de la tierra.» 

El pueblo tenía allí, en efecto, una conciencia co- 
lectiva, que flotaba, no sólo en sus masas populares 
campesinas, sino, sobre todo, en la de las ciudades; 
formaba sus asambleas provinciales elegidas por él; es- 
taba persuadido de que el rey de Inglaterra no era 
ni podía ser el dueño de América; ésta pertenecía 
a los americanos ingleses, que aceptaban su autori- 
dad de gobernante, mientras él aceptara la dignidad 
y los derechos de sus gobernados. Y si non, non. 

«Ivas cartas dadas por los soberanos a las colonias, 
dice Stevens, eran cartas de corporaciones comer- 
ciales. Por otra parte, los artículos de dichas cartas, 
en lo referente al gobierno de las colonias, seguían de 
muy cerca las líneas del gobierno inglés, lo que ayudó 
poderosamente a las colonias a establecer en su seno 
las instituciones sajonas. Ivos colonos no se limitaron 
a los artículos de dichas cartas; llenaron los vacíos 
que en ellas encontraron, copiando textualmente las 



WASHlNGtON 75 

instituciones inglesas originales; y el resultado fué 
que, por iniciativa del pueblo mismo, cada gobierno co- 
lonial fué una reproducción fiel del gobierno de la me- 
trópoli... I/as asambleas legislativas no fueron creadas 
desde luego; pero tomaron nacimiento ellas mismas, 
porque estaba en la naturaleza de los ingleses el re- 
unirse en asambleas.» 

Hay, pues, una diferencia fundamental entre los 
pueblos de origen inglés y los de origen español: éstos 
querían la independencia para conquistar sus liber- 
tades; aquéllos para conservar las 3'a conquistadas. 

Entre los derechos que los angloamericanos pro- 
clamaban estaba, sobre todo, el que es base de toda 
democracia: es el pueblo quien paga los impuestos, 
y es él quien debe votarlos; ese dinero sale del pueblo, 
y debe volver al pueblo en forma de servicio al bien 
común, incluido en éste el mismo sostenimiento de 
la autoridad, así se llame autoridad real. ¿La colonia 
no tenía representantes en el Parlamento inglés? 
Pues entonces, el Parlamento inglés no podía votar 
impuestos para las colonias. 

Ese principio era claro e inconcuso para el anglo- 
americano; su negación era la tiranía. Y la tiranía 
era la disolución de la autoridad. Y, caducada ésta, 
¿quién ha de tomar posesión de esa entidad moral 
res nullius, la autoridad, sino el pueblo mismo? Esa 
es la base de toda la revolución americana, base angular. 

¡El rey! La majestad real estaba ya muy quebran- 
tada, por muchas causas, en el mundo inglés de Amé- 
rica. Ya en 1765, con motivo de un impuesto no 
consentido por la nación, suenan, en la asamblea pro- 
vincial de Virginia, como un toque de llamada, las 
palabras de Patricio Henry: «César tuvo un Bruto; 
Carlos I un Cromwell, y Jorge III...» 



76 LX EPOPEYA DE ARTIGAS 

Ese delito de lesa majestad no hubiera sido cometi- 
do en las grandes ciudades de la América española. 
Ésta hizo su independencia al grito de jViva Fernan- 
do VII I Fué Artigas, sólo el bárbaro Artigas, quien, 
antes que nadie soñara en articularlas en el Río de 
la Plata, pronunció palabras semejantes a las de Pa- 
tricio Henry. «Yo no defiendo a su rey», diiá al virrey 
de Ivima, cuando el momento se presente. 

La metrópoli inglesa quiere imponer tma nueva 
contribución, y el pueblo americano dice que no, 
que no quiere. Recurre la primera a la fuerza, y a la 
fuerza recurre el segundo. I/)s primeros choques en- 
tre los ciudadanos y las tropas ocurren en 1770; co- 
rre la primera sangre inglesa. Todas las clases sociales 
resisten el impuesto, todas, las altas y las bajas. Itos 
prácticos se rehusan a conducir al puerto los bu- 
ques conductores de te, que es el artículo gravado; el 
pueblo impide su venta; ataca, por fin, en la rada de 
Boston, a los barcos que lo conducen, y arroja al 
agua la mercancía. 

«Nadie debe vacilar en emplear las armas, para de- 
fender intereses tan preciosos», escribe Washington. 

¿Qué intereses? — No era ciertamente el puñado de 
te arrojado al agua. No; Washington no podía defen- 
der con las armas un puñado ni muchos puñados de 
te. Aquel te era símbolo de la opresión del hombre 
sobre el hombre, del menoscabo de un atributo esen- 
cial de la personalidad humana, o de la colectiva de 
un pueblo: de su derecho a ser dueño de sí mismo, y 
de las cosas en que, con su trabajo, inocula su perso- 
nalidad inalienable. Eso se llama derecho de propie- 
dad, y es lo que hace intolerable el impuesto arbitra- 
rio, porque es la aplicación de un hombre, o de un 



WASHINGTON 77 

pueblo, a la consecución del destino de otro pueblo, 
o de otro hombre. Y eso era lo que Washington cali- 
ficaba de precioso interés. 

Un Congreso general, al que concurren todas las 
provincias, reconocidas como autónomas e iguales, 
reunido en Filadelfia (1774); una primera batalla 
campal en lyexington; un nuevo Congreso en la misma 
ciudad, en 1775, que se dirige al rey y al pueblo de 
la Gran Bretaña, y anuncia al mundo las razones que 
tiene para apelar a las armas, y emite moneda, y or- 
dena la formación de un ejército de veinte mil hom- 
bres; y nuevas y resonantes batallas, en que corre la 
sangre inglesa, todo eso es la revolución americana. 
Pero es todo eso... y Jorge Washington, Este es ele- 
gido general en jefe de los ejércitos americanos. I^os 
conducirá hasta el fin, hasta dejar a su patria hecha 
en su torno, condensada en él, refundida en él, con 
todas sus grandes obras, con sus vitales ideas. 

«lyas cosas han llegado a tal punto, que nada tene- 
mos que esperar de la justicia de la Gran Bretaña», 
dice Washington. 

Y la pluma de Tomás Jefferson traza, sin vacilar, 
las cifras del evangelio cívico americano, proclamado 
el 4 de julio de 1776 en la cumbre de un Sinaí: «Nos- 
otros, reunidos en Congreso general, después de ha- 
ber invocado al Juez Supremo de los hombres, en 
testimonio de la rectitud de nuestras intenciones, 
declaramos solemnemente que estas Colonias Unidas 
tienen el derecho de llamarse Estados I^ibres e In- 
dependientes». 

No cabe en los límites de estas conversaciones, 
oh amigos, el trazaros ni siquiera las líneas fundamen- 
tales del hombre Washington; yo he buscado sólo la 
ocasión de nombrároslo: su solo nombre, es luminosa 



78 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

sugestión. Él es el caudillo, en la grande, en la ver- 
dadera acepción de la palabra; es el núcleo que 
arrastra su cauda luminosa; él es pensamiento; es fe, 
sobre todo, fe en la pubertad de América, al par que 
nervio y acción. 

Al lado de esa figura de oro, yo voy a ofreceros, 
sin envidia y sin temor, la de hierro de nuestro cau- 
dillo, de nuestro profeta. I^a luz ofenderá los ojos de 
los que han estado sentados en la obscuridad; pero 
vosotros, que veis la lumbre interior que circula en 
el mármol, al parecer opaco y muerto, vosotros acep- 
taréis el parangón, que no comprenderán los que sólo 
viven en las apariencias de las cosas, entre la luz solar 
meridiana que envuelve la forma del suntuoso héroe 
del Norte, y la luz de aurora, hija del mismo sol, que 
compenetra la sombra del héroe pobre que el Uru- 
guay ofrece como arquetipo a la América española. 

Iva revolución de la independencia angloameri- 
cana es, como antes os lo he dicho, el desarrollo na- 
tural en América del principio democrático; pero su 
estallido puede considerarse como un gran episodio 
de la política internacional europea; allí no lucha sólo 
el mundo nuevo contra el antiguo: éste libra también 
sus batallas intestinas, y todo se funde, y casi se con- 
funde, en un solo problema político. 

Después de los primeros triunfos de Washington, 
Franklin es enviado a Francia, a buscar la alianza de 
ésta, enemiga a la sazón de Inglaterra. 

Fijaos bien, mis amigos, en la figura de este hombre, 
Franklin, que es lo que yo llamo un hombre, una per- 
sona, un pensamiento, un carácter. Él habla con los 
reyes absolutos como tal persona, es decir, como la 
persona de los instados Unidos. Y no ha de hablar de 



WASHINGTON 79 

arreglos y concesiones que comiencen por poner en 
duda los atributos esenciales de la persona de su pa- 
tria. El rey I^uis XVI vacila al principio; no se atre- 
ve a arrostrar la empresa; no reconoce al enviado en 
carácter oficial. Pero el pueblo lo reconoce bien; va- 
rios señores franceses se declaran en favor de la inde- 
pendencia de América, y uno de ellos, el marqués de 
I^afayette, carga un buque de armas y pertrechos, 
y se embarca a ofrecer su espada al pueblo ame- 
ricano. 

El Congreso de Estados Unidos lo nombra mayor 
general (1777). 

De eso al reconocimiento oficial hay sólo un paso, 
y éste se da meses después, tras nuevos triunfos de 
la causa nueva. Francia reconoce la independencia 
de los Estados Unidos, en un tratado con Franklin. 
Es ese un tratado de alianza, que hace estallar la 
guerra entre Francia e Inglaterra, arrastrando a la 
Europa casi entera. Inglaterra tiene en su contra a 
Ivuis XVI; tiene también a España, que ha aceptado 
la alianza francesa; tiene a Holanda; tiene, por fin, la 
liga de la neutralidad armada: Rusia, Suecia, Dina- 
marca. Notad eso, de paso por ahora, amigos míos: 
es I^uis XVI, el nieto de Ivuis XIV, el rey de indeleble 
origen, quien da la mano a Washington, de soberano 
a soberano; son las banderas blancas flordelisadas y 
el oriflama hispánico los que flotan imidos al tricolor 
democrático, en la lucha contra el otro rey antiguo. 

¡No importa!... El fiero leopardo inglés, que pa- 
reció inclinado a reconocer la independencia de los 
Estados Unidos, para evitar una conflagración europea, 
se sintió herido en su orgullo, y se rebeló. No, no ha- 
bía de ser indigno de sus cachorros americanos. Sus 
zaípazos atruenan la tierra; levantan espuma en los 



8o LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

mares, sobre todo. Una escuadra francesa, al cargo 
del almirante d'Estaing, ha partido para América; 
setenta navios aliados amenazan las costas inglesas; 
los corsarios hostilizan, en los mares de América y 
de Europa, el comercio de Inglaterra. Esta defiende 
sus costas, arrebata a los franceses sus colonias de 
las Antillas, aferra con las garras crispadas a Gibral- 
tar, amenazado por los esfuerzos combinados de 
Francia y España, y lucha con tales bríos en territo- 
rio americano, que sólo la entereza de Washington 
sostiene la causa. Washington se agiganta, al pro- 
yectarse sobre el fondo pálido de los desfallecimien- 
tos de su pueblo. Hay momentos en que se queda casi 
solo; los soldados reclaman sus sueldos, desertan de 
las filas; los enganches no dan resultado; faltan tien- 
das de campaña, y ese es un grave inconveniente. 
Washington es desconocido, es tratado de inepto, de 
bárbaro y aun de ladrón y facineroso, como lo será 
Artigas. 

Pero permamce, es. 

I/afayette ha pasado a Francia, a pedir auxilio al 
rey. I^uis XVI nombra a Washington teniente ge- 
neral de sus ejércitos, y pone a sus órdenes un cuerpo 
de seis mil franceses. I^a Europa batalla en Amé- 
rica. Una nueva escuadra cruza el mar, y la guerra 
continúa encarnizada y heroica: luchas, combates, 
campañas con suerte varia, traiciones, desfallecimien- 
tos y, sobre todo, el pensamiento de Washington, 
que flota sobre las aguas, la espada de Washington 
que, al salir de la vaina, brilla y desaparece, como 
un meteoro sobre el fondo de una noche sin estrellas. 

El leopardo inglés se echa, por fin, en la arena, en- 
sangrentado y jadeante, pero sin perder su actitud 
de noble fiereza. No está rendido, pero está cansado; 



WASHINGTON 8t 

comprende, por otra parte, sin duda, que la que lo 
ha vencido es su propia sangre. Mira a Washington, 
y ruge sin odio. 

Inglaterra trata, por fin. El 3 de septiembre de 1783, 
los agentes de los Estados Unidos y de la Gran Bre- 
taña firman el tratado de Versalles, en que se reco- 
noce la independencia del pueblo angloamericano. 

La gran nación del Nuevo Mundo ha surgido, y 
va a emprender su marcha triunfante hacia el por- 
venir. 

Pero también hay allí incrédulos, como los vere- 
mos más adelante en los émulos de nuestro Artigas. 

«Sólo la monarquía, dijeron algunos, puede conso- 
lidar la patria recién nacida.» Eso fué dicho por muchos 
oficiales del ejército; y uno de ellos, en nombre de sus 
compañeros, se dirigió a Washington, exponiéndole 
la ventaja de la coronación de un rey. 

En caso de haber rey, ¿quién sino Washington ha- 
bía de serlo?... El hombre, Washington no tuvo un 
momento de vértigo; era un inmune. Y escribió: «Nin- 
gún suceso, en el transcurso de esta guerra, me ha 
afligido tanto como saber que tales ideas circulan 
en el ejército. Busco en vano en mi conducta qué es 
lo que ha podido alentaros a hacerme una proposi- 
ción semejante, que me parece preñada de las mayores 
desgracias que puedan caer sobre mi país». 

Después, al rechazar una tercera elección de Pre- 
sidente de la República, se retiró a Mont Vernon, y 
allí murió, simple ciudadano de un pueblo dueño de 
sí mismo: First in War. First in Peace and First in 
the Heart of his Countrymen. 

Eso fué el hombre Washington: una fe, un carác- 
ter, una virtud. 

Busquemos a su hermano, mis amigos artistas, en 

T. 1.-8 



82 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

la historia de la independencia ibérica, si es que ésta 
lo tuvo; busquemos al creyente en el pueblo ameri- 
cano; al que fué, entre nosotros, el carácter, y la vir- 
tud, y la fe; al primero en la paz, al primevo en la gue- 
rra, al primero en el corazón de sus conciudadanos. 



^ 



CONFERENCIA V 

Mil. OCHOCIENTOS DIEZ 

I,A América espaííola. — I<os Estados Unidos hispánicos no 

ERAN posibles. — I<A DESMEMBRACIÓN TOTAL DE LA METRÓPOLI 
Y LAS desmembraciones PARCIALES. — I,A REGIÓN ORIENTAL DEL 

Plata. — I,a doble lucha con España y Portugal. — ^España 
ante la emancipación de sus hijos. sus títulos y sus pre- 
tensiones. — su derecho imprescriptible. — toma de buenos 
Aires por los ingleses. — I/A reconquísta. — Napoleón. — ^El 

REY prisionero. — I<A INDEPENDENCIA ESPAÑOLA. — I<A INDE- 
PENDENCIA AMERICANA. — 181O. — I<OS DOS NÚCLEOS. — VenC 

zuela. — Bolívar. — El Río de la Plata. —El 25 de mato 
DE 1 8 10. — ^Bl espíritu de Mayo. 



Amigos artistas: 

Allá queda, en el Norte, constituida en torno de 
Washington, la gran federación angloamericana, con 
medio continente por territorio: de los 30 a los 60 gra- 
dos geográficos de latitud. 

El resto de América continúa bajo las dominacio- 
nes española y portuguesa, que se la han dividido 
a lo largo. 

¿Permanecerá todo eso español? 

Había quien así lo creía muy seriamente. Debía 
ser de España por los siglos de los siglos. Ivos títulos 



§4 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

de esa propiedad eran imprescriptibles, por lo sagra- 
dos: el descubrimiento, una guerra justa, la Bula de 
Alejandro VI. Hasta la palabra divina, la del pro- 
feta Isaías, según Solórzano, aseguraba el dominio 
de España sobre América para siempre jamás. Esa 
palabra decía: «Palomas con tan arrebatado vuelo 
como cuando van a su palomar; las ya salvadas arro- 
jarán saetas a su predicación, a Italia, a Grecia y 
a las islas más apartadas, y le traerán en retorno su 
oro y su plata juntamente con ellos». ¿Puede darse 
nada más claro? Isaías hablaba de América, sin duda 
alguna. Esas palomas (columba) no son otras que 
Colón (Colomho) el descubridor. Mientras exista, 
pues, un solo español, allá o aquí, aquende o allende 
el Atlántico, ése, y nadie más que ése, será, por dere- 
cho divino y humano, el dueño de América con todos 
-sus hombres, en representación del rey, supremo 
dueño. 

No es necesario desvanecer todo eso, me parece. 

¿Se formarán entonces los Estados Unidos de la 
lengua española, como se formaron, en el Norte, los 
de la lengua inglesa ? . . . 

Advertid muy mucho, mis amigos, la siguiente 
circimstancia, que no se suele tener en cuenta: los 
Estados Unidos se hicieron independientes, en 1776, 
con trece estados, limitados por el Misisipí: con la 
tercera parte del territorio que hoy poseen; ahí se 
formó en sentimiento de nacionalidad. En 1803 com- 
praron a los franceses la I/uisiana, que les duplicó 
el territorio; en 1848 compensaron a Méjico por la 
conquista de Tejas, Nuevo Méjico y California, que 
lo triplicó. Así se formó la enorme plataforma de la 
nación americana, de nueve o diez millones de kiló- 
metros cuadrados, y extendida de uno a otro océano; 



MU, OCHOCIENTOS DIEZ 85 

SU dominio territorial no es, pues, herencia de la metró- 
poli, sino en pequeña parte; es expansión, absorción, 
debidas a la fuerza orgánica de aquel pueblo que creyó 
en sí mismo, que no invocó el derecho de ajenos reyes 
para cimentar el propio. Pero advertid, mis amigos, 
que ese enorme territorio, que se dilata entre los 70 y 
los 130 grados de longitud; que tiene 50 grados geo- 
gráficos de ancho, de Este a Oeste, del Atlántico 
al Pacífico, sólo tiene 30 de largo de Norte a Sur, 
entre los 30 y los 60 grados de latitud, en la misma 
latitud de Europa, de España, Francia, Austria, Ita- 
lia. Aquello es un continente concentrado. Fijaos bien 
en vuestra carta geográfica. 

Aun así, la tendencia a la desmembración sacó la 
cabeza en la guerra de Secesión; pero no tuvo sufi- 
ciente energía: el enorme bloque supertropical no per- 
dió su cohesión. 

Notad ahora lo extenso de la América española; 
tomad vuestra carta. Tiene 30 grados geográficos 
de longitud en el hemisferio Norte, y 55 en el Sur: 
85 grados de largo, con un ancho medio que no al- 
canzará a 20 grados: lo ancho ahí es el mundo por- 
tugués tropical: el Brasil. El español es una enorme 
serpiente que ondula en el mar, y cuya espina dorsal 
son los Andes; comienza en el trópico de Cáncer, en 
la América del Norte, allá en el hemisferio boreal, 
cruza el Ecuador, atraviesa el trópico de Capricor- 
nio, penetra en la zona subtropical, y hunde su vértice, 
por fin, allá en las profundidades del polo antartico. 
l/os montes, los ríos, el clima, la estructura, la exten- 
sión, la extensión sobre todo, son barreras naturales 
insuperables. En ese mundo, por otra parte, las di- 
versas inmigraciones formaron distintos núcleos de 
sociabilidad absolutamente incomunicados que se fun- 



86 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

dieron con la estirpe indígena; la lengua común no 
les servía de vínculo, porque no se hablaban, ni se 
cambiaban productos, ni ideas, ni nada; las regiones 
que ocupaban, de clima y de estructura diferentes, 
creaban costumbres, intereses y tendencias discre- 
pantes. 

No es, pues, posible concebir estados unidos con- 
tra esa desunión, hija de la geología, de los elementos 
étnicos, del clima, de la distancia enorme, de las cos- 
tumbres e intereses diferentes, y de la falta de un 
cuerpo con fuerza centrífuga suficiente paia conglo- 
merar todo aquello. 

No se formarán, pues, los Estados Unidos Hispano- 
americanos; sólo nacerá oportunamente una solida- 
ridad de causa y de acción, una federación más o 
menos informe e instintiva, pero transitoria, contra 
el enemigo común, y cuya base sine qua non tendrá 
que ser el respeto mutuo de las soberanías parciales, 
más o menos embrionarias, como lo era toda la so- 
ciabilidad de América. 

Comprender eso, era comprender la revolución de 
independencia; desconocerlo, era violentarla, ani- 
quilarla. 

Dos problemas, pues, ofrecerá la independencia de 
la gente ibérica del continente: el desprendimiento 
inevitable de todo éste, y la formación, no menos in- 
evitable, de los diversos estados soberanos a que aquél 
dará ocasión. Para lo primero, todos los estados his- 
panoamericanos tendrán que luchar con una metró- 
poli, la española; para lo segundo, la lucha intestina 
no podrá evitarse. 

Pero había uno, el Estado Oriental del Uruguay, 
cuya posición os he precisado en mis conferencias an- 
teriores, que tenía un carácter especial. Esa comarca, 



un, OCHOCIENTOS DIEZ 87 

que hablaba español, y que, como el Paraguay y 
Bolivia, estaba unida en cierto modo al virreinato 
español del Plata, como Buenos Aires y Chile lo es- 
taban anteriormente al del Perú, y el Ecuador y Vene- 
zuela al de Nueva Granada; esa comarca, digo, ten- 
drá que luchar también con la madre patria española, 
en unión de sus hermanos; pero eso no le será bas- 
tante para hacerse independiente con su lengua y 
sus costumbres, si no combate también contra la metró- 
poli portuguesa, que, si no la posee, la amenaza desde 
dos siglos atrás, y cuya pretensión secular es tras- 
pasar la línea divisoria entre los dominios portugue- 
ses y españoles, penetrar en la zona subtropical, y 
dar por límite a su vasto territorio la margen orien- 
tal del Plata y del Uruguay. Ksa pretensión es causa 
de rencillas entre Portugal y su hermana España, 
cuando se trata de la partición de la herencia común; 
pero Portugal y España son una misma cosa cuando 
se trata de la conservación de aquélla para la corona 
ibérica; son aliados forzosos contra la emancipación 
americana. I^a lucha con Portugal será rasgo caracte- 
rístico, sin embargo, de la independencia oriental; 
sólo ese Estado Oriental, él sólo, defenderá a la Amé- 
rica entera de aquel aliado natural de todo dominador 
europeo del continente, y que, más aun que España, 
es, en la costa atlántica, el enemigo protagonista de 
la independencia del continente. 



II 



España, como hemos visto en nuestra anterior con- 
ferencia, fué aliada de los Estados Unidos; coadyuvó 
a su esfuerzo contra la metrópoli británica; reconoció 



88 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

sin vacilar su independencia. Proclamó, pues, el de- 
recho de la gente inglesa, en América, a dejar a su 
padre y a su madre, y a seguir su visión de libertad. 

^; Había de reconocer otro tanto en su propio mun- 
do?... 

- ¡Ah, no! La madre España no reconoció, desgra- 
ciadamente, tal derecho en sus hi]os; no concedió 
a sus entrañas bastante fuerza para haber termina- 
do, en tres siglos, lo que la madre inglesa había ter- 
minado en dos; no creyó haber concebido varones. 
Y, para su honor, los había engendrado, y los parirá 
con dolor, con desgarramiento de sus visceras. Es la 
ley de la vida universal. 

Como las bellezas marchitas, que se juzgan incó- 
lumes al mirarse en el espejo, sin darse cuenta de que 
sólo se ven los ojos llenos de recuerdos, la España, 
con el pensamiento fijo en sus pasadas glorias, no po- 
día convencerse de que estaba muy quebrantada, 
al rayar del siglo xrx. 

Vosotros conocéis mejor que yo, amigos artistas, 
el camino que se ha seguido para llegar a esa declina- 
ción, lyas naciones tienen sus ciclos. I^a España del 
siglo XVI, la del descubrimiento y conquista de Amé- 
rica, estaba ya muy lejos. Bien sabéis que, en el si- 
glo XVII, desapareció su hegemonía y surgió la de 
Francia con Luis XIV, le Roi Soleü. Francia era en- 
tonces la señora del mundo, moral y materialmente; 
su rival ya no será España, sino Inglaterra, que ha 
realizado su gran revolución en 1688. Luis XIV co- 
loca en el trono de Recaredo a su nieto Felipe V; subs- 
tituye la dinastía de los Austrias, que de Carlos V y 
Felipe, su hijo, ha venido a parar en el infeliz Carlos II, 
por la de los Borbones. Este Borbón, Felipe V, con que 
se inicia el siglo xviii, y que da su nombre a nuestra 



Mir< OCHOCIENTOS DIEZ . 89 

ciudad ds San Felipe de Montevideo, es el predecesor 
del pobre Carlos IV, con quien vamos a encontramos 
al finalizar ese siglo, y comenzar el xix. Y Carlos IV 
es el padre de Fernando VII. 

El siglo xvni de España está, pues, como estru- 
jado entre Luis XIV y Napoleón Bonaparte. Lo han 
consumido los remados, llenos de intrigas palaciegas, 
de Felipe V y de sus hijos y nieto, Fernando VI, 
Carlos III y Carlos IV, mientras que, en Francia, 
se ha pasado de Luis XIV a la Revolución Francesa 
y a Napoleón, al través de Luis XV y Luis XVI. 
España ha tenido que someterse a las exigencias de 
las combinaciones continentales, hasta figurar sus 
reyes como aliados de la revolución; de la misma revo- 
lución francesa que decapitó al rey. Y he aquí a Bo- 
naparte, que, surgido de esa revolución, viene tam- 
bién a España, por la corona del nieto de Luis XIV. 

Confesemos que la patria de Carlos V está muy 
lejos; y más aun la de las Cortes de Castilla, y las del 
férreo Justicia de Aragón. 

Pero España se mira en sus glorias pasadas; no 
puede convencerse de que es madre; rechaza la idea 
de una emancipación amistosa de sus hijos ameri- 
canos, que algún grave pensador insinúa, como fe- 
nómeno inevitable, en tiempo de Carlos III. ¡No... 
jamás! La América ha de permanecer sometida, 
perpetuamente sometida; nunca será persona. 

A los primeros síntomas de emancipación, España 
sintió un espasmo de fiera; su zarpazo fué terrible; su 
rugido espantoso. Un indio, Tupac-Amarú, preten- 
dió alzarse en el Perú, en 1780, precisamente cuando 
los angloamericanos, con la protección de España, 
se levantaban contra la madre Inglaterra. 

Después de ver matar en su presencia, y entre su- 



90 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

plicios, a su mujer, a sus hijos y a sus parientes más 
cercanos, cuatro caballos, atados a las cuatro extre- 
midades del rebelde, tiraron hacia los cuatro vientos; 
tiraron mucho rato, porque el cuerpo era muy duro; 
pero éste al fin estalló, como un odre de sangre. Sus 
pedazos fueron repartidos, para servir de escarmiento. 

Pero muy pronto, otro síntoma de gravísimo pro- 
nóstico aparece. Ya no es un indio, ni nada que se le 
parezca, quien pretende alzarse con la América, 
arrebatándola a su dueña; es Inglaterra, que, no per- 
donando a España sus forzados contubernios con los 
enemigos de la Gran Bretaña, con IvUis XVI primera- 
mente, y con la revolución y Bonaparte después, 
quiere desquitarse de la pérdida de su América del 
Norte, con la conquista de toda la española, que de 
tiempo atrás preparaba, pues tanto en Venezuela 
como en Buenos Aires tenía agentes rentados con ese 
objeto. El general venezolano Miranda, grande fi- 
gura exótica, era la cabeza de esa conspiración bri- 
tánica. Artigas será el reverso de este tipo gené- 
rico. Artigas no buscará a Inglaterra ni a nadie; no 
cambiará el dominio español por nada de este mundo 
que no sea la libertad, el dominio de América sobre 
sí misma. Ese, notadlo bien, será el rasgo caracterís- 
tico de Artigas entre los libertadores americanos. 

Inglaterra rompe con España en 1804. Acude ésta, 
en mala hora, a Napoleón, y, en esa peligrosa com- 
pañía, va, con su aun poderosa escuadra, a Trafalgar. 
Bien sabe el mundo cómo cayó España, el 21 de oc- 
tubre de 1805, en aquella jornada. No en vano se 
creía sin quebranto en su belleza heroica, al mirarse 
los ojos. I^a raza no ha declinado... Trafalgar es her- 
mana de Lepanto. 

Pero allí se sumergió el poder naval de España, 



Mil, OCHOCIENTOS DIEZ 9 1 

Inglaterra, vencedora, se lanza sobre America; 
los mares son suyos; en sus innumerables barcos aun 
humean las mechas de los cañones de Trafalgar. Y 
con ellas encendidas, penetra, segura de sí misma, 
en el Río de la Plata, puerta principal, sin duda al- 
guna, de los dominios españoles en América. Allí 
están, a ambos lados de esa puerta, Montevideo, 
en la margen izquierda meridional, y Buenos Aires, 
en la derecha del grande estuario, con sus banderas 
españolas enarboladas. 

I^a escuadra del comodoro Popham, con tropas de 
desembarco, al mando de Beresford, mira de lejos 
los cañones de las fortalezas de Montevideo, y pasa de 
largo, a velas desplegadas. Cruza el inmenso río; des- 
embarca en las inmediaciones de Buenos Aires. Sue- 
nan en tierra sus clarines; baten las alas rojas en el 
aire sus banderas de rapiña. 

Y de un vuelo, de un solo vuelo atrevido, van a 
posarse, como dueñas, en el alcázar de la capital del 
virreinato, que ve substituir asombrada el pabellón 
español por el inglés. 

El marqués de Sobremonte, virrey español, ante el 
amago de la invasión, ni siquiera pensó en la defensa; 
huyó hacia el interior, y dejó abandonada la capital. 
Unos dicen que fué cobarde, otros que no; que se 
retiró al interior, en procura de más eficaz defensa. 
Pero eso no hace al caso. El hecho es que Buenos 
Aires despierta asombrado, al verse inglés de la noche 
a la mañana. Aquello es un sueño de oprobio; la vieja 
sangre española hierve en sus venas; es preciso vol- 
ver por el honor de la estirpe. I/iniers y Pueyrredón 
son el núcleo; I^iniers, sobre todo. Piensan en la 
reconquista. 

Y entonces aparece la otra metrópoli del Plata: 



92 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Montevideo, el Montevideo que, según el historiador 
Mitre, no constituía un centro urbano de cohesión. 

La convulsión heroica que entonces se apoderó 
de la población oriental fué una revelación estupen- 
da. Todas las fuerzas vitales de aquel organismo se 
condensaron en un esfuerzo inverosímil, bajo la direc- 
ción de don Pascual Ruiz de Huidobro, bizarro gober- 
nador de Montevideo, hidalgo español. Se organiza 
una expedición reconquistadora; se la coloca al man- 
do de I/iniers, que ha venido de Buenos Aires en bus- 
ca de apoyo; el pueblo armado cruza el río en barcas, 
en botes, por el aire, yo no sé cómo; toma tierra en 
la otra margen; recoge los elementos occidentales 
que allí lo esperaban anhelantes; corre hacia la plaza 
de Buenos Aires, como un enjambre irritado; rodea el 
baluarte inglés; lo expugna hasta con el pecho de los 
caballos, que se estrellan en él; arranca el pabellón 
extraño; repone el español. Os aseguro, mis amigos, 
que aquella fué realmente una gran mañana. 

El memorable suceso se consumó el 12 de agosto 
de 1806. I/)s ingleses, los vencedores de Trafalgar, 
se han ido sin banderas; éstas quedan cautivas, como 
recuerdo perpetuo. 

Pero no es tanto el hecho cuanto su espíritu lo que 
más reclama aquí nuestra atención. Esa reconquista 
de Buenos Aires, que inicia Montevideo, es el primer 
acto llevado a término -por libre resolución de un pueblo 
americano, con prescindencia y desacato de un virrey, 
en defensa, no tanto del rey, cuanto de la estirpe espa- 
ñola en América, de la religión, de la lengua, de las 
tradiciones paternas. El virrey Sobremonte huyó, como 
hemos visto, de la cmdad, ante el ataque inglés; pero, 
en la esperanza de reconquistarla, dirigió una circular 
a todas las provincias, pidiéndoles contingentes. El 



Mil, OCHOCIENTOS DIEZ 93 

gobernador de Montevideo recibió la suya, con orden 
de remitir inmediatamente la tropa veterana y la 
artillería de campaña. Ruiz de Huidobro contestó que 
no, «que había tenido por conveniente suspender la 
publicación de la circular, por hallarse autorizado por 
el Cabildo de Montevideo para la reconquista))- y, en 
cuanto a la tropa solicitada, «no podía enviársela, 
porque debía marchar en la expedición». 

Y así fué, efectivamente; marchó en la expedición 
reconquistadora. 

He aquí, pues, al Cabildo de la ciudad de Monte- 
video, de la que será declarada la Muy Fiel y Recon- 
quistadora, que, por sí y ante sí, se erige en autoridad. 
Y ese I^iniers, precisamente, a quien el pueblo de 
Montevideo arma caballero de su derecho, será el 
nuevo virrey del Río de la Plata, designado por el 
pueblo. 

Caro tenía que costar a Montevideo esa su fogosa 
reconquista de Buenos Aires. He ahí a Inglaterra 
que vuelve por su honor. Una nueva y formidable 
escuadra inglesa, al mando de Auchmuty, penetra 
en el Plata, y se une a la del comodoro Popham, que 
ha ocupado Maldonado, no sin heroica resistencia. 
Esta vez es Montevideo el blanco primero de las iras 
británicas; iras temibles, si las hay. 

Montevideo se apresta a la defensa, al sacrificio. 
El inglés desembarca en el Buceo: lOO cañones y 
5.700 hombres rodean la ciudad. El virrey Sobre- 
monte que, expulsado de Buenos Aires, se ha refu- 
giado en Montevideo, inicia una resistencia en las 
afueras, pero pronto se retira. No así los vecinos de 
la ciudad; éstos salen imprudentemente al campo, 
y ima batalla encarnizada y desastrosa se libra en el 



94 I'A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Cardal, el 20 de enero de 1807. El inglés avanza; 
la escuadra dirige sus fuegos sobre la ciudad; ésta es 
batida por mar y tierra; un círculo de fuego la en- 
vuelve; sus cañones rugen. 

Se abre, por fin, una brecha en las murallas, que 
los defensores cierran con todo cuanto encuentran: 
fardos de cuero, bolsas, muebles, con sus propios 
cuerpos sobre todo; allí luchan y mueren. 

Isleños están nuestros recuerdos de la defensa de 
esa brecha dantesca; aquí encuentro, entre mis pape- 
les de familia, el recuerdo del abuelo de mis hijos, don 
Juan Benito Blanco, joven de quince años, que, des- 
pués de haber asistido a la reconquista de Buenos 
Aires, cae mortalmente herido en esa brecha de Mon- 
tevideo, su patria. Aun después de abierta brecha, 
y de penetrar por ella el torrente invasor, Huidobro 
hace fuego de cañón desde la cindadela hacia el centro 
de la plaza; los vecinos, desde las ventanas, desde los 
tejados, desde las esquinas, disparan sus armas, arro- 
jan agua hirviendo; el ejército inglés avanza, haciendo 
fuego por compañías como una máquina; el pabellón 
español flota ceñudo en los baluartes, entre el humo 
que sube lentamente. 

I/)s ingleses, pasando por sobre 400 cadáveres de 
montevideanos, tendidos en las calles, al lado de los 
muertos rubios vestidos de colorado, se hacen dueños, 
por fin, de la ciudad oriental, el 3 de febrero de 1807. 

Y van a reconquistar Buenos Aires: son 12.000 
hombres, al mando de Whitelocke, que ha llegado 
con imponentes refuerzos. 

Pero ya no es posible; Buenos Aires se ha hecho 
soldado, y está de pie. lyiniers, nombrado popular- 
mente gobernador, en reemplazo de Sobremonte, 
les sale al encuentro, pero es rechazado; los ingleses 



Mn. OCHOCIENTOS DIEZ 95 

siguen tras él, y atacan la ciudad el 5 de julio. Alzaga, 
español bizarro, organiza la defensa; el choque for- 
midable se produce, y el inglés queda vencido por el 
animoso pueblo bonaerense. Whitelocke ha capitu- 
lado el día 6; ha pactado con I^iniers la evacuación 
completa del Río de la Plata, la de Montevideo in- 
clusive, por más que no han faltado quienes han que- 
rido prescindir del rescate de Montevideo como con- 
dición del pacto, I^iniers entre ellos. Es Alzaga quien 
impone la evacuación de la ciudad reconquistadora. 

Y es bastante, amigos artistas, para que os forméis 
una idea de esas invasiones inglesas. Huelga el comen- 
tario. El pueblo se ha dado cuenta de que es varón. 
Y de que puede vencer sin virreyes. 

Sólo os haré notar dos detalles sugestivos. 

Recordaréis que, en la lucha colonial de Inglate- 
rra con Francia, que precedió a la independencia 
de los Estados Unidos, comenzó a figurar, en defensa 
de su metrópoli, un joven capitán llamado Jorge 
Washington. También en estas invasiones inglesas al 
Río de la Plata nos encontramos con un capitán o 
ayudante mayor, José Artigas, quien, hallándose en- 
fermo, al ver que su regimiento se queda de guar- 
nición en Montevideo cuando sus camaradas han 
partido a la reconquista de Buenos Aires, ruega al 
gobernador Huidobro que le permita incorporarse a 
la gloriosa cruzada. Huidobro accede; le da un pliego 
para Wniers. Artigas cruza solo el río; alcanza la ex- 
pedición, cuando ésta va a expugnar a Buenos Aires; 
pelea en los Corrales de Miserere, en el Retiro, en la 
Plaza Victoria. Rendido el inglés, es él quien se pre- 
senta a Huidobro en Montevideo con el parte de la 
victoria; ha repasado el río en una barca; ésta ha 
naufragado, y el animoso tripulante, desnudo como 



96 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

el heraldo de Maratón, ha ganado la orilla a nado, 
con la feliz noticia. 

Corre con su escuadrón a defender a Maldonado 
de la agresión inglesa; vuelve a Montevideo, y, con 
las tropas de Sobremonte, se opone al desembarco 
del enemigo en el Buceo; Sobremonte hu3-e, pero él 
se repliega a la plaza amenazada; lucha en el Cardal 
«con el mayor enardecimiento, sin perdonar instante 
ni fatiga». Asaltada y tomada la ciudad, él no se rinde; 
se embarca para el Cerro, y hostiliza sin cesar a los 
ingleses, durante los seis meses de su primer domi- 
nio... Barbagelata nos ha narrado todo esto muy bien, 
con muchos documentos comprobantes. El Artigas 
caudillo comienza allí, cuando lucha prescindiendo de 
Sobremonte. 

Otro detalle final, y pasaremos a otra cosa. 

Las dos ciudades del Plata han quedado, y con ra- 
zón, igualmente orgullosas de sí mismas, con la expul- 
sión de los ingleses; pero se miran con celo. Buenos 
Aires agradece oficialmente a Montevideo su concur- 
so; pero va a España, a reclamar para sí la gloria de 
la reconquista. La ciudad oriental no lo consiente: 
la reconquistadora es ella, y sólo ella; suya, y de nadie 
más, es la gloria. Montevideo invoca en España su 
derecho preferente a los laureles; cuenta allí la his- 
toria; discute con Buenos Aires; presenta sus pruebas; 
triimfa, por fin. El rey de España le documenta para 
siempre ese triunfo: concede a Montevideo «el título 
de Muy Fiel y Reconquistadora, con la facultad de 
agregar a su escudo las banderas que apresó en aque- 
lla reconquista, con una corona de oro sobre el Cerro, 
atributo heráldico de aquel escudo, atravesada con 
otra de las reales armas, palma y espada». 

Está bien. Coronas de oro, palmas, reales armas... 



^^I, OCHOCIENTOS DIEZ 97 

abalorios que valen por su significado histórico; valen 
indudablemente. Pero esos pueblos han ganado, me 
parece, algo más que una palma simbólica y una es- 
pada pintada. ¿No se pensará, siquiera, en su derecho 
a un principio de emancipación? 

Eso, jamás: la América debía continuar como pro- 
piedad de su madre, mientras ésta se conservase due- 
ña de sí misma. ]\'Iientras exista un español, un nacido 
en la península, éste, y nadie más que éste, debe man- 
dar en América. Y aim más: como el pueblo portu- 
gués a doña Inés de Castro, según la le3'enda, el ame- 
ricano debe permanecer fiel, no sólo a España, sino 
a la monarquía española; besar la mano a su esque- 
leto, y acatar su sombra cadavérica. 

Comprenderéis, mis amigos, que eso no pudo ser. 
I/a América española, desde Méjico hasta Patagonia, ha 
sentido el estremecimiento de su pujante pubertad. 
Ese rechazo de las invasiones inglesas, que hemos 
visto, no ha sido una causa, ni siquiera una ocasión 
de independencia; ha sido un efecto de la étnica ya 
consumada; falta sólo la accidental, la política. 

Ved cómo ésta se manifiesta, por fin, en su ple- 
nitud. 

Napoleón, que, a principios del siglo pasado, reco- 
rre triunfante la Europa, y traza con su espada nue- 
vas fronteras arbitrarias en el antiguo continente, 
y regala coronas reales a sus deudos y capitanes, re- 
suelve apoderarse de la península ibérica y de los 
reyes, nuestros señores. España es aliada de Napoleón, 
como lo eran entonces los aliados: estaba amarrada 
a él. Portugal lo es de Inglaterra; es enemigo del Cé- 
sar, por consiguiente. Éste, Bonaparte, a pretexto 
de pasar sus tropas a Portugal — cuyo rey huye al 
Brasil ante el amago, y establece su corte en Río 

T. I.-9 



98 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Janeiro, — las hace penetrar en España, con anuencia 
del rey Carlos IV, su aliado, que, temeroso del par- 
tido político que se ha formado en torno de su hijo 
Fernando, cree hallar apoyo para su corona en el 
flamante emperador francés. Aquella corte española 
es una miseria, una verdadera miseria; aquellas ma- 
jestades de todo tenían menos de majestuosas, preciso 
es confesarlo. Y de sagrado, o divino, mucho menos. 
El pueblo español, grande a pesar de sus reyes, se 
alarma ante la invasión francesa; el partido de Fer- 
nando asalta la casa del ministro Godoy, y obliga a 
Carlos a abdicar la corona en su hijo. Pero Napoleón, 
a título de arreglar las rencillas de la familia real es- 
pañola, la invita a pasar a Bayona, donde, tratados 
los infelices monarcas como entidades despreciables, 
son obligados a poner la férrea corona de España en 
manos de Bonaparte, que así tendrá una más de que 
disponer. El pueblo se levanta airado y heroico; el de 
Madrid se hace fusilai en las calles, el 2 de mayo de 
1808, lo que da por resultado el coronamiento de José 
Bonaparte, como rey de España. En seguida, el pue- 
blo todo, como un solo corazón de león, se revuelve 
contra el usurpador de su propia soberanía. En ejer- 
cicio de ésta, instintivamente, prueba que es un or- 
ganismo vivo, capaz de crear sus propios medios de 
existencia; elige Juntas Provinciales primero, que, 
en representación del rey ausente, acaudillan la 
resistencia de la nación; un Consejo de Regencia 
después; se reúne, por fin, en las Cortes de Cádiz, y, 
bajo el fuego de los cañones franceses, dicta leyes al 
porvenir: sanciona la Constitución de 1812. Y el pue- 
blo español reconquista, en lucha homérica, su inde- 
pendencia, agregando al catálogo de sus glorias secu- 
lares los nombres de Bailen, de Zaragoza, de Gerona... 



Mlh OCHOCIENTOS DIEZ 99 



III 



¿Y América? ¿Qué hará América mientras en Es- 
paña el rey está prisionero, y el pueblo — sólo el pue- 
blo español, no sus reyes ni sus Consejos reales — 
combate por su independencia? 

¿Aguardar, impasible y resignada, a que en Europa 
se resuelva de sus destinos, y se le haga saber cuál 
es el dueño, nuevo o viejo, que en definitiva le ha 
tocado en suerte, y si ha de hablar en francés, o en 
español, o en inglés? 

Eso es lo digno y lo justo, en el concepto de la me- 
trópoli, y de sus agentes en América; eso es lealtad. 

Pero el pueblo americano ya no puede hacer tal 
cosa; sería indigno de su propia madre. El también 
luchará por su vida, por su independencia, como el 
español; con el mismo título, con el mismo brío. 

¿En España está el rey Fernando VII prisionero, y 
las Juntas, emanadas del pueblo español, lo repre- 
sentan?... Pues los virreyes de Fernando en América 
deben considerarse también prisioneros, y dejar su 
puesto a Juntas emanadas del pueblo americano, que 
no tienen por qué ni para qué ir a reunirse en Cádiz; 
Cádiz está demasiado lejos de América, y demasiado 
cerca de Bonaparte y de la corte española fugitiva. 

¿I^as Juntas españolas conservan la soberanía para 
el soberano, es decir, para el rey prisionero Fernan- 
do VII, el legítimo, el sagrado, el dueño?... Pues otro 
tanto harán las americanas para el soberano de Amé- 
rica, prisionero a su vez hace mucho tiempo; también 
lucharán por esa causa, con el mismo heroísmo con 
que lucha el pueblo español. 

Pero... he aquí que se nos ofrece el problema, todo 



loo I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el problema: el soberano prisionero ya no es, en Amé- 
rica, aunque lo parezca, Femando VII ni sus sucesores; 
eso es lo que hay aquí de más grave y serio. Cuando, 
debelado Napoleón en Waterloo, vuelva Femando a su 
trono de Madrid, después de su cautiverio, a restaurar 
el gobierno absoluto tambaleante, ya habrá nacido en 
esta América, por la ley de la universal germina- 
ción, por la de la constante renovación de la vida, 
otro soberano legítimo, más legítimo que el prisio- 
nero de Bonaparte por cierto. 

El nacimiento, en estas tierras, de ese príncipe he- 
redero de los reyes presos, de todos los reyes cadu- 
cos, no ha sido notificado, es verdad, a las naciones, 
con la solemnidad del ceremonial sagrado; no ha sido 
presentado un niño a la corte en una bandeja de oro; 
pero ciego hubiera sido quien no se hubiera dado 
cuenta pe su venida al mundo. Fué él, precisamente, 
quien expulsó a los ingleses conquistadores, hace 
dos años. Sin él, ^qué hubiera sido del dominio, no 
sólo de la nación, pero aun de la lengua española en 
el Plata? 

Y los virreyes, y sus delegados, y sus cortes colo- 
niales no eran ciegos; tampoco lo eran los españoles 
residentes en las colonias. Bien veían que el heredero 
de Fernando estaba ya en la tierra americana, y que 
ese tal heredero no era ni podía ser un rey español. 
El derecho imprescriptible que creían poseer en su 
propia sangre les impedía, sin embargo, reconocer 
al nuevo soberano recién nacido; tenían que estran- 
gular a ese bastardo en su cuna; no podía haber más 
rey que el rey. 

Y la cuna eran esas Juntas, que, emanadas del pue- 
blo, de que eran núcleo los cabildos, y con presidencia 
de virreyes, y gobernadores, y capitanes generales. 



Mn, OCHOCIENTOS DIEZ I Oí 

se forman en América como en España, y se disponen 
a reconocer, y conservar, y defender, los derechos del 
soberano legítimo contra el usurpador. 

¿El soberano legítimo se llamaba entonces Fernan- 
do VII, y Napoleón I el intruso?... Pues las Juntas 
americanas se constituirán al grito de ¡Viva Fernan- 
do VIH... 

El nombre es lo de menos, como es lo de menos lo 
que puedan pensar individualmente tales o cuales 
promotores de aquel movimiento, ignorantes de su 
esencia. Hasta hubo virreyes españoles que presidie- 
ron la formación de esas Juntas. 

Itos virreyes, y gobernadores, y peninsulares resi- 
dentes en América oyeron, sin embargo, generalmente, 
en aquel grito, un clamor de rebelión. Se dieron cuenta, 
pues, de la realidad oculta en las apariencias. Y los 
unos, los americanos, se lanzaron contra los otros, 
los españoles, e iniciaron una lucha que duró quince 
años, al final de los cuales se verá que el soberano 
legítimo, llamado Femando VII por los primeros, 
no era ni podía ser el fruto concebido por el tiempo 
en la antigua monarquía, sino el que palpitaba en 
las entrañas del pueblo de América, que, como todo 
organismo vivo, tenía que formar de su propia subs- 
tancia, y no de elementos ajenos, su cabeza, al par que 
su corazón y su brazo; el soberano que se aclamaba 
era, pues, el héroe o caudillo que surgiera del pueblo, 
fuente inmediata de autoridad soberana. 



IV 



Eso es lo que significan, mis queridos amigos, las 
efemérides consagradas por los estados americanos: 



102 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el 21 de septiembre de 1808 en Montevideo; el 10 
de agosto ds 1809 en Qiito; el 25 de mayo del mismo 
año, y el 16 de julio, en Chuquisaca y I^a Paz; el 19 
de abril en Caracas; el 22 de mayo de 1810 en Carta- 
gena de Indias; el 25 de mayo de ese mismo 1810 en 
Buenos Aires, y también en Montevideo, y el 20 de 
julio en Bogotá, y el 18 de septiembre en Santiago 
de Chile, y el 14 de mayo de 1811 en la Asunción, 
y el 16 de septiembre, por fin, de 1810, con el 14 de 
mayo de 1811, Junta de Zitácuaro y Grito de Dolores, 
en Méjico. Tales cifras, amadas de los pueblos, conme- 
moran la formación de Juntas de Gobierno americanas, 
en substitución del virrey, para mejor custodiar los 
derechos del rey. 

Esas regiones constituían las subdivisiones, más o 
menos arbitrarias, del dominio español, al iniciarse 
la independencia. Allá, en la América del Norte, estaba 
el virreinato de Méjico o Nueva España, el mundo de 
los aztecas, entre uno y otro océano, y alrededor del 
golfo enorme, con la Capitanía General o Provincia 
de Guatemala; en la América Meridional, que es la 
que vamos a examinar especialmente, se encontraba 
el Virreinato de Nueva Granada, en el Norte, con su 
punta en el Istmo de Panamá, y con su sede en Santa 
Fe de Bogotá; y la Presidencia de Quito, más al Sur, 
sobre el Pacífico; y a la derecha, sobre el mar de las 
Antillas, la Capitanía General de Venezuela. 

Bl Virreinato del Perú, que había comprendido todas 
las posesiones españolas de la América del Sur, hasta 
Santiago de Chile, hasta Buenos Aires y Montevideo, 
estaba allá, también en el Pacífico, con su remedo de 
opulenta sede en Lima, la gran ciudad colonial; de él se 
había desprendido, y formaba una capitanía genera], 
Chile, la tierra de los araucanos, tendida a lo largo de 



Mn, OCHOCIENTOS DIEZ I03 

los estrechos contrafuertes de los Andes, con su centro 
sociológico en la ciudad de Santiago. Y, por fin, des- 
prendido también del Perú en los últimos tiempos de 
la colonia, estaba el Virreinato de Buenos Aires, que 
había arrastrado consigo, hacia el Atlántico, hacia el 
Plata, un territorio de más de la mitad de Europa: 
todo el que se extiende entre los Andes y la cordillera 
del Brasil, desde las altiplanicies del Perú meridional, 
hasta el Río de la Plata. Este virreinato comprendía 
el Alto Perú; la actual Bolivia, con su ciudad de Char- 
cas y su cerro de Potosí; las actuales Provincias Argen- 
tinas, tributarias geográficamente de la ciudad de 
Buenos Aires, único puerto de esa región; el Paraguay, 
con su vieja Asunción, dormida en sus bosques de 
naranjos; y, por fin, del otro lado de la gran cuenca, 
con los caracteres originales que os he descrito, la 
Gobernación Oriental, con la plaza fuerte de Monte- 
video, puerto magnífico de la margen izquierda del 
Plata, como núcleo sociológico. 

Como bien lo comprendéis, mis amigos artistas, 
esas agrupaciones arbitrarias de territorios hetero- 
géneos, habían de disolverse o rectificarse con la di- 
solución del régimen colonial; en ellas no se tenían 
para nada en cuenta los intereses, y mucho menos 
los derechos, de los distintos pueblos esparcidos en 
ese inmenso territorio, sino, como lo hemos dicho 
antes, las conveniencias de la dueña y señora de to- 
dos ellos. Abrir el juicio testamentario de la madre 
común significaba, por consiguiente, iniciar, ipso facto, 
la partición de su herencia entre sus distintos hijos 
varones, herederos todos ellos al mismo título, los 
menores, lo mismo que los mayores, Chile y el Uru- 
guay y el Paraguay, lo mismo que el Perú o Buenos 
Aires. I/as divisiones del coloniaje no daban ni 



104 ^A. Epopeya de artigas 

quitaban derechos; no los constituían, sobre todo, 
superiores a las leyes étnicas, geográficas, socioló- 
gicas, biológicas, si queréis, que determinan la volun- 
tad de los pueblos, y que forman las distintas perso- 
nas colectivas. 



V 



En 1810 se creyó en América que España iba a 
caer por fin, toda entera, en poder de los franceses 
de Napoleón; el ejército invasor había pasado Sierra 
Morena; la Junta Central se había refugiado en la 
isla de León; habíase formado un Consejo de Regen- 
cia. La autoridad de los virreyes había caducado, 
por ende, en América. Sin rey, ¿cómo concebir al vi- 
rrey? La autoridad era aquí, por consiguiente, res 
nullius, cosa de nadie. Pertenece, en tales casos, como 
antes hemos dicho, al primer ocupante, y éste puede 
serlo el pueblo entero, que se erige en fuente inmediata 
de soberanía, y consagra, con su designación o su acep- 
tación, al hombre o a los hombres en que debe residir. 
Ese es el origen de la democracia republicana. Y ese 
fué el espíritu autóctono, creador de la revolución de 
América. Ese principio es el orden, la divina armonía. 

Llegó, pues, el momento: toda la América se le- 
vantó de una vez a gobernarse a sí propia. El fuego 
central es el mismo en todo el continente; los cráteres 
que se abren son varios. Allá en el Norte, después de 
Quito, aparece el volcán principal en Caracas, en la 
Capitanía General de Venezuela, Virreinato de Nueva 
Granada. En el Sur, tras la gran conmoción de Co- 
chabamba y La Paz, ahogadas en sangre, estalla el 
nuevo fuego en Santiago de Chile; pero, sobre todo, y 



^^I:< ochocientos diez 105 

como núcleo principal, en Buenos Aires. Entre ambas 
zonas incandescentes, la del Norte y la del Sur, hay 
una apagada: el Perú. lyima, su gran capital, será el 
último baluarte español, al que convergerán encres- 
padas las olas del Plata y las del Orinoco. 

Era el mes de mayo de 1810. El pueblo de Buenos 
Aires, a quien el mismo virrey había revelado fran- 
camente, el día 18, la desastrosa situación de Espa- 
ña, hervía en la Plaza Mayor; quería Junta, como la 
metrópoli; Junta que gobernase en ausencia del 
rey. Pero aquella gente quería más: clamaba por la 
deposición inmediata del virrey. ¡Una barbaridad! 
Aquel organismo estaba con fiebre; elaboraba o repo- 
nía instintivamente un miembro que le faltaba. Y 
era nada menos que la cabeza. 

Era virrey a la sazón don Baltasar Hidalgo de Cis- 
neros, quien, designado tal por la Junta de España, 
en substitución de Iviniers, el héroe de la reconquista 
que fué levantado por el pueblo y apoyado por las 
tropas, había ocupado su puesto en julio de 1809. 
El i.° de enero de ese año noveno, Liniers se vio en 
el caso de sofocar, con el apoyo de las milicias, presi- 
didas por el americano don Comelio Saavedra, nacido 
en Potosí, una conspiración fraguada contra él por el 
español Alzaga, alentado por Elío, gobernador de 
Montevideo, que, en 1808, le había ya negado su obe- 
diencia, lyos españoles miraban de reojo a Liniers, 
por su origen francés; lo creían accesible a la influen- 
cia de Bonaparte, cuyos emisarios trabajaban en el 
Plata. 

Pero otra conspiración estuvo por producirse en cam- 
bio, en favor de I^iniers, cuando Cisneros llegó, poco 
después, de España, a substituirlo: se intentaba recha- 



I06 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

zar al virrey enviado por la metrópoli, y sostener al 
designado por el pueblo. I^a lealtad de I^iniers, hom- 
bre de bien a carta cabal, y la indecisión de las tropas, 
retardaron la hora magna, y abrieron el camino al 
último virrey, que ocupó su puesto, como hemos dicho, 
el 30 de julio de 1809. Todo anunciaba, sin embargo, 
que aquella hora estaba a punto de sonar. Una heroica 
sublevación, que fué ahogada en sangre, estalló, des- 
pués de la llegada de Cisneros, en Cochabamba y I^a 
Paz; en Buenos Aires y Montevideo se formaban nú- 
cleos de conspiradores, cuyos trabajos secretos se sen- 
tían en el aire. 

Una diferencia fundamental había entre estos tra- 
bajos, sin embargo: en Buenos Aires, el espíritu se con- 
centraba en la ciudad; los jefes de fuerzas militares 
formaban parte de los conspiradores; don Cornelio 
Saavedra, jefe del Batallón de Patricios, era su prin- 
cipal exponente, y presidirá la primera Junta; el es- 
píritu predominante, sin excepción, era monárquico; 
doña Carlota de Borbón, hermana de Fernando VII, 
era el astro del nuevo día, al parecer. 

En Montevideo, por el contrario, el espíritu palpita 
difundido en todo el pueblo de la Banda Oriental; los 
conspiradores se reúnen, generalmente, fuera de los 
muros; no esperan nada de las tropas; se alejan de ellas. 
Bntre esos conspiradores, Suárez, Larrañaga, los Váz- 
quez, Barreiro, Pacheco, etc., está Artigas, Éste, que 
será el hombre, comenzará por abandonar los viejos 
soldados que manda, para acaudillar la masa popular 
de la que saldrán los nuevos, y que, como lo veréis, es, 
en ambas márgenes del Plata, la verdadera autora 
de la revolución de Mayo. Esa no ha pensado en doña 
Carlota; no la conoce. 

Es indudable que Cisneros, mejor que nadie, se dio 



Mn, OCHOCIENTOS DIEZ 107 

cuenta de que su autoridad estaba allí como un medio 
en la puerta de una escuela, según suele decirse. Bajo 
la presión popular, y ante la actitud de los jefes milita- 
res, que salieron garantes de la seguridad pública, hubo 
de autorizar la convocación, por el Ayuntamiento, de 
una asamblea plebiscitaria o Cabildo abierto, que 
determinase la voluntad del pueblo sobre lo que debía 
hacerse, en caso de una pérdida total de la penín- 
sula. Bien es verdad que el virrey autorizaba eso 
«a condición de que nada se haga que no sea en ob- 
sequio del amado soberano Fernando VII, o no res- 
pete la integridad de sus dominios, pues la monarquía 
es una e indivisible»; pero bien comprendéis, amigos 
artistas, que lo que el pueblo quería, pese a todo cuan- 
to hicieran y dijeran los cabildos o asambleas, o pro- 
motores académicos, no era propiamente eso, ni cosa 
parecida. 

El Cabildo abierto se reunió el 22 de mayo; sus miem- 
bros fueron elegidos por el Ayuntamiento, y convoca- 
dos personalmente por esquelas. 

Ese acto fué el decisivo de la revolución, por más 
que allí, según dice Groussac, no había nadie con la 
visión, ni siquiera confusa, del edificio futuro. No im- 
porta: ya aparecerá quien la tenga. 

Se sentaron en la sala, presididos por el Cabildo, 
249 de las 450 personas que habían sido convocadas; 
votaron 224. Allí estaban los representantes del clero 
y la milicia, alcaldes, empleados, abogados, escriba- 
nos, comerciantes, catedráticos, vecinos distingui- 
dos. Era una asamblea de privilegiados; no había 
delegados directos del pueblo. Pero tampoco eso 
importa gran cosa; también el pueblo aparecerá cuan- 
do llegue el caso. El Cabildo, que se decía su repre- 
sentante, no lo era, ni por su origen, ni por sus ideas: 



I08 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

recomendó a la asamblea que evitase toda innova- 
ción o mudanza, por peligrosas; la amenazó con las 
miras absorbentes de Portugal; le advirtió que sus 
resoluciones tenían que nacer de la ley, o del consenti- 
miento de todos los pueblos o provincias interiores 
del reino. En fin: se ve claro que el propósito esencial 
de aquel Cabildo era uno ante todo: que no se tocase 
al virrey. Y era lo contrario, precisamente, lo que el 
pueblo quería: quería tocarlo; deshacerse del virrey, 
como primera providencia. 

Me parece excusado detallaros los votos de ese 
célebre Congreso; los hubo innumerables. Desde el 
que quería la continuación del virrey, tal cual estaba, 
o asociado a otras entidades; desde el que optaba 
porque el Cabildo gobernase, mientras no se organi- 
zara un gobierno emanado de España, hasta el que 
proponía la creación de un gobierno emanado de 
la nación; desde la doctrina del derecho ingénito 
radicado en la persona del monarca, hasta la más ex- 
trema que consagra el derecho popular, todos los pa- 
receres tuvieron allí su intérprete. De todo aquello 
surgió, por fin, la resolución siguiente: «Consultando 
la salud del pueblo, y, en atención a las actuales cir- 
cunstancias, debe subrogarse el mando superior en 
el Excmo. Cabildo de esta capital, con voto decisivo 
del señor Síndico Procurador General, ínterin se cons- 
tituye, en el modo y forma que se estime por el Exce- 
lentísimo Cabildo, la corporación o Junta que debe 
ejercerlo, y sin que quede duda de que es el pueblo 
quien confiere la autoridad». 

Bien cabía, como se ve, dentro de esa resolución, 
el vuelco reclamado por el pueblo; pero todo depen- 
día de la ejecución de lo resuelto, y ésta quedaba, 
según vemos, al arbitrio del Cabildo. El Cabildo no 



Mil, OCHOCIENTOS DIEZ log 

sólo no la ejecutó, sino que la desfiguró por su cuen- 
ta y riesgo; declaró, al día siguiente, que el virrey 
habia cesado en el mando; pero que no por eso quedaba 
separado de él en absoluto, sino que se le nombrarían 
asociados en el ejercicio de sus funciones, hasta que 
se convocara la Junta General, que debía proceder 
de todo el virreinato. 

En esa resolución se modificaban dos puntos esen- 
ciales de la del 22: se suprimía la última cláusula, que 
consagraba el origen popular de la autoridad, y se 
apelaba a los demás pueblos del virreinato, no por res- 
peto a éstos ciertamente, sino porque de las provin- 
cias se esperaba la reacción contra lo resuelto en la 
capital. Veréis cómo será el mismo lyiniers quien la 
intentará en Córdoba. 

El virrey aceptó lo acordado, como era de esperar- 
se; pero indicó la conveniencia de consultar a los co- 
mandantes de la guarnición. Éstos dijeron que lo 
que el pueblo quería era la cesación del virrey en el 
mando. 

Muy bien; el Cabildo no se desorientó: creó enton- 
ces una Junta provisoria de cinco miembros, entre 
los que figuraban dos promotores patriotas, Castelli 
y Saavedra; pero esa Junta estaba presidida por Cis- 
neros. El virrey no era virrey; pero era presidente de 
la Junta; no podía dar orden eficaz sin la rúbrica de 
los otros; pero conservaba su dignidad. Y así se es- 
peraría lo que dijeran las provincias interiores. 

Eso fué aceptado por los patriotas: por los coman- 
dantes militares, por los patricios. I/)S miembros de 
la nueva Junta, Castelli y Saavedra entre ellos, pres- 
taron juramento solemne el día 24 de mayo; juraron 
conservar estos dominios para Fernando, y acatar 
en un todo las leyes del reino. Desfilaron solemne- 



lio I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

mente entre el pueblo silencioso, y tomaron posesión 
de sus puestos en la fortaleza. 

I^a revolución estaba, pues, terminada; se había 
desvanecido. En ese día, dice Groussac, en ese 24, 
los conductores del movimiento de Mayo habían ab- 
dicado. 

Pero, entre el 24 y el 25, apareció la otra entidad, 
la que vamos a ver aparecer muy a menudo en esta 
liistoria; la que hallará en Artigas su cabeza genial 
y su conciencia personal: el pueblo anónimo. Este, 
acaudillado por algunos agitadores, entre los que des- 
cuellan French y Berruti, no ratificó lo hecho por los 
patricios y letrados; no quería nada con el virrey. El 
hervor de la muchedumbre llegó hasta la nueva Junta. 
Ésta juraba el día 24, a las tres de la tarde, y a las 
nueve de la noche, instigada por Saavedra y Castelli 
arrepentidos, devolvía al Cabildo, en lacónica comu- 
nicación, el poder que de él había recibido, y que le 
quemaba las manos. Es preciso nombrar otra Junta, 
le decía, para calmar la efervescencia popular. 

En ese estado de cosas rayó el día 25 de mayo de 
1 810. El Cabildo no se daba por vencido. Se reunió 
en las primeras horas de ese día, e intentó rechazar 
la renuncia de la Jtmta, y conminarla a sostener su 
autoridad por la fuerza. El populacho, la barbarie, 
invadió entonces la casa capitular; algunos indivi- 
duos anónimos gritaron, en nombre de esos bárbaros, 
protestando contra el nombramiento de Cisneros, e 
increpando al Cabildo por haber violado lo resuelto 
el 22. ¡Si hubiera sido posible castigar el desacato! 
El Cabildo convocó a los jefes militares con ese ob- 
jeto, y éstos declararon que ellos mismos no se consi- 
deraban seguros contra el pueblo. Este, mientras ellos 



Mn, OCHOCIENTOS DIEZ III 

hablaban, golpeaba las puertas de la sala capitu- 
lar, y daba voces endiabladas. 

¡Pues que el diablo cargue con él! se dijo el Cabil- 
do. Y envió una diputación al virrey, indicándole la 
conveniencia de su renuncia. Esta no se hizo esperar; 
llegó verbalmente. 

Todavía se pensaba en una nueva componenda. 
Castelli y Saavedra proyectaban el mantenimiento 
de la Junta con el simple cambio de piesidente, cuan- 
do un grupo tumultuario penetró hasta la sala del 
Ayuntamiento, y declaró, a su modo, que el pueblo 
reasumía la autoridad, destituía la Junta nombrada, 
y proclamaba una nueva. Esta se había formado, 
no se sabe dónde a ciencia cierta, ni importa nada 
el saberlo; el pueblo anónimo la hacía propia, y la 
imponía porque sí: Presidente: Saavedra, el jefe del 
Batallón de Patricios; Vocales: Castelli, Belgrano, 
Azcuénaga, Alberti, Matheu y I^arrea. Moreno y Paso, 
Secretarios. 

El Cabildo, desde los balcones de la casa consis 
torial, pactó con el pueblo que, en escaso número, 
estaba reunido en la plaza. «¿Dónde está el pueblo?» 
preguntó. «Sonad la campana y aparecerá», le fué res- 
pondido. 

El Cabildo no sonó la campana: pactó con aquel 
grupo, en el que no se veía a ninguno de los promo- 
tores del motín, y reconoció el nuevo Gobierno: el 
que estaba escrito en la lista anónima. 

Poco después, tronaban los cañones en sus trone- 
ras antiguas; se estremecían las campanas en las altas 
torres venerables, y daban gritos; flotaban en el aire, 
como pájaros recién salidos del nido, las escarapelas 
bicolores, blancas y azules, que llevaban los hombres 
a guisa de distintivo, y éstos se abrazaban, como quien 



112 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

celebra la llegada de un viajero que se esperaba, y 
que, al fin, estaba allí. La primera Junta de Gobierno 
está, pues, formada; la primera autoridad, emanada 
de la nación, que destituye a un virre3^ 

Eso es, reseñado ligeramente, el 25 de Mayo y 
sus equivalentes en América, mis buenos amigos: la 
mañana de un largo día de la historia. Una esplén- 
dida mañana. 



VI 



Trátase ahora, amigos míos, de designar el héroe 
de esa gran revolución que se inicia: del 25 de Mayo 
y sus consecuencias. 

¿Quién había realizado aquello en Buenos Aires? 
¿Había allí un hombre? O mejor dicho: ¿estaba allí 
el hombre, la conciencia humana depositarla del pen- 
samiento fundamental de la persona colectiva que 
allí nacía? «El Cabildo abierto del 22 de mayo, dice 
Groussac, señala el acto decisivo de la revolución ar- 
gentina. A él concurrieron, para combinarse o comba- 
tirse, las fuerzas vaiias, afines o refractarias, que, 
de años atrás, venían trabajando el complejo orga- 
nismo... En todos estaba la conciencia de un cambio 
necesario; pero en nadie la visión, siquiera confusa, 
del edificio futuro que de los escombros coloniales 
podía y debía surgir.» «...Todo monumento con ins- 
cripciones nominativas en que se consagre «a los auto- 
res» de la revolución de Mayo, tiene que cometer la 
enorme injusticia de desconocer a sus verdaderos hé- 
roes, que son anónimos.» 

«Aquel movimiento no tuvo caudillo, dice el maes- 
tro don José Manuel Estrada. En el Río de la Plata 



Mii< ocHocreNTos DIEZ 113 

la revolución se desarrolló por la coincidencia de 
todas las pasiones populares; y sabéis que el populacho 
de Buenos Aires, llamado en horas de desaliento, salvó 
la naciente nacionalidad, y puso sobre las cumbres 
de la historia su ídolo y su lámpara.? 

y dice otro maestro, don Domingo F. Sarmiento, 
en su Facundo: «Buenos Aires, en medio de todos 
estos vaivenes, muestra la fibra revolucionaria de 
que está dotada. En Venezuela, Bolívar es todo. Vene- 
zuela es la peana de esa colosal figura; Buenos Aires 
es una ciudad entera de revolucionarios; Belgrano, 
Rondeau, San Martín, Alvear y los cien generales 
que mandan sus ejércitos, son sus instrumentos, su 
brazo; no son su cabeza ni su cuerpo. En la Repú- 
blica Argentina no puede decirse «el general tal liber- 
tó al país», sino «la Junta, el Directorio, el Congreso, 
el Gobierno de tal o cual época mandó al general tal 
que hiciese tal cosa». 

Observemos aquí, de paso, que lo que dice Sar- 
miento no es del todo exacto; veréis cómo ese gene- 
ral Rondeau, recordado por él, continuará el segundo 
sitio de Montevideo, que dará en tierra con el dominio 
español en el Plata, a pesar de las órdenes del go- 
bierno de Buenos Aires, que le imponen levantar el 
asedio; sabréis oportunamente cómo el otro, Belgrano, 
librará la batalla de Tucumán, a ruego angustioso de 
los tucumanos, pero contra las instrucciones del triun- 
virato de Buenos Aires, que lo llama premiosamente 
a la capital; veréis, por fin, cómo el tercero, San Mar- 
tín, el más grande de los tres, realizará la expedición 
al Perú, violando mandatos expresos del gobierno cen- 
tral, cuyos planes entorpece con ella. Pero Sarmiento 
tiene razón, no cabe duda, cuando juzga que en nin- 
guno de esos generales estuvo el pensamiento integral 

T. 1.-10 



114 I<^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

de la revolución, ni la visión remota del edificio futuro, 
ni la acción, por consiguiente, del héroe, del arquitecto 
de patrias. Ésta estuvo sólo en otro, que no era gene- 
ral de Buenos Aires, ni su enviado, y que vais a cono- 
cer muy bien. 

Por ahora, para que os deis cuenta, mis amigos, de 
lo que significa eso que dice Sarmiento, y os iniciéis 
en el conjunto de la revolución hispanoamericana, es 
menester que sepáis quién es ese Bolívar de que aquél 
nos habla, porque, efectivamente, es una figura colosal. 

Y, antes que a Bolívar, bueno es que conozcamos 
al mismo Sarmiento, porque es un voto de calidad 
cuando se trata de Artigas. Sarmiento fué su detrac- 
tor encarnizado: pero tiene mucho de aquel profeta 
Balaam que bendecía al pueblo de Israel, cuando, 
montado el buen vidente en una burra, iba con el 
propósito deliberado de echarle maldiciones y con- 
juros. Lo indeliberado era en Balaam la profecía; lo 
indeliberado es en Sarmiento la verdad. Hombre de 
lucha, escritor inspirado, diplomático, general, y hasta, 
a ratos perdidos, presidente de la República Argenti- 
na, este Sarmiento fué un varón insigne por muchos 
conceptos; pero lo fué, sobre todo, porque vio más 
de una vez verdades intrínsecas que no se veían, y 
las habló con sinceridad casi infantil. No era papeló- 
filo; no se sometía más de lo justo a la tiranía de los 
documentos, ni rendía gran culto a los manuscritos 
viejos, ni a los nuevos; pero leía dentro de sí mismo 
con claridad, y decía cosas reales, casi inconscientes. 
Por eso hubo quien lo llamó loco, y por eso hoy le 
llaman genio, y no sin causa. En Buenos Aires le han 
erigido una bella estatua marmórea. Se le erigirán 
otras probablemente. 

Y, conocido Sarmiento, pasemos a Bolívar. 



Mu, OCHOCIENTOS DIEZ II 5 



VII 



Ya hemos dicho que el fuego central revoluciona- 
lio hizo erupción al mismo tiempo en toda América; 
por todas partes se abrieron cráteres. 

En Caracas, lo mismo que en Bogotá y en Quito, 
la invasión de Napoleón, y la prisión de Fernando VII, 
determinan algo semejante a lo que hemos visto en 
Buenos Aires. También es el pueblo quien allí se le- 
vanta: depone al virrey o gobernador, crea una Jun- 
ta de Gobierno, aclama a Fernando VII, etc., etc. Y se 
empeña en una lucha homérica. Allí, lo mismo que en 
Chuquisaca la mártir, y al revés de Buenos Aires, 
donde nunca se oj'^ó un tiro español, la represión es 
inmediata y espantosa. Venezuela es la tierra de la 
guerra u muerte, la más sangrienta de la revolución 
americana. Pero de en medio de aquellos populachos, 
tan briosos como el de Buenos Aires, surge un caudi- 
llo (tiene razón Sarmiento), que, más aun que por 
su genio militar, por su arraigo en el pueblo, puede 
ofrecerse como el espíritu de aquellas multitudes, 
inflamado en una conciencia de hombre. 

Es el mismo Sarmiento el que precisa el carácter 
de ese hombre Bolívar. Dice, criticando una biogra- 
fía que sobre él se escribió: «En esa biografía, como en 
toaas las otras que c'e él se han escrito, he visto al 
general europeo, a los mariscales del imperio, a un 
Napoleón menos colosal; pero no he visto al caudillo 
americano, al jefe de un levantamiento de las masas; 
veo un remedo de la Europa; nada que me revele 
la América. 

^Colombia tiene llanos, vida pastoril, vida bárbara. 



Il6 tA EPOPSYA DE ARTIGAS 

americana pura, y de ahí partió el gran Bolívar; de 
aquel barro hizo su grandioso edificio... 

»La manera de tratar la historia de Bolívar de los 
escritores europeos y americanos conviene a San Mar- 
tín, y a otros de su clase. San Martín no fué caudillo 
popular; era realmente un general. Habíase educa- 
do en Europa, y llegó a América, donde el gobierno 
era revolucionario, y pudo formar a sus anchas el 
ejército europeo, disciplinarlo y dar batallas regula- 
res, según las reglas de la ciencia. Su expedición sobre 
Chile es una conquista en regla, como la de Italia 
por Napoleón. Pero si San Martín hubiese tenido que 
encabezar montoneras, ser vencido aquí para ir a 
reunir un grupo de llaneros por allá, lo hubieran col- 
gado a la segunda tentativa.» 

^...A Bolívar, al verdadero Bolívar, no lo conoce 
aún el mundo; y es muy probable que, cuando lo tra- 
duzcan a su idioma natal, aparezca más sorprendente, 
y más grande aún.» 

Todo eso tiene mucho de verdad. Vosotros debéis 
tenerlo muy en cuenta cuando tracéis la figura de 
Artigas. Pero acaso no es toda la verdad. 

Es preciso que conozcamos a Bolívar, como hemos 
conocido a Washington, para llegar a Artigas. Nos 
hace falta para apreciar a éste por contraste. 

Simón Bolívar fué grande, efectivamente, por eso 
que dice Sarmiento: porque de aquel barro, del pueblo 
americano, hizo su grandioso edificio. Aparece en la his- 
toria, muy joven aun, cuando se constituyen las prime- 
ras juntas en Caracas; es enviado en una comisión a 
Inglaterra, y regresa cuando está empeñada la lucha; 
llega a Nueva Granada, y de allí pasa a Venezuela, 
su patria, como libertador; da batallas; cae en la pri- 



Mil, OCHOCIENTOS DIEZ II7 

mera jornada; emprende una nueva, y triunfa; pasa 
los Andes septentrionales, empresa que no tiene su- 
perior en la historia humana, y se abre camino, con 
victorias estupendas, hasta Bogotá. De la fusión de 
Venezuela y Nueva Granada constituye la primera 
patria colombiana, la Gran Colombia; refunde en ésta 
la provincia de Quito; triunfante en el Norte, des- 
ciende, en busca del baluarte español, al bajo Perú, 
y lo domina; se encuentra en el camino con San Mar- 
tín, excelso capitán ríoplatense que sube victorioso 
del Sur, y San Martín se desvanece a su contacto, 
como luz que en luz mayor se disipa; persigue al ene- 
migo hasta el Perú alto; acaba con él en Junín. en 
Ayacucho, donde Sucre, el mariscal sin tacha, brilla 
a su lado como estrella acompañante. 

Para que os deis cuenta de lo que todo eso signifi- 
ca, como empresa militar, básteos saber que Bolívar 
dirigió como jefe treinta y seis batallas, de las que ganó 
diez y ocho; fué derrotado en seis, y se retiró en doce. 
I/a guerra que él sostuvo fué la más encarnizada de 
América; guerra a muerte, sin cuartel, llena de ho- 
rrores y de martirios. 

Pero si el guerrero genial y fulgurante aparece en 
él, no pasa otro tanto, ni mucho menos, con el pensa- 
dor. Todo en él son vértigos, tinieblas, resplandores 
intermitentes. Mientras al golpe de su espada hace 
brotar la patria de la roca, Bolívar procura encau- 
zarla hacia un porvenir que él ha soñado, pero que 
no ve con claridad: una gran monarquía criolla bajo 
el protectorado de Inglaterra; una república aristo- 
crática; una confederación americana, especie de 
magno imperio, o de algo así. En todo eso pensó. 
Nunca creyó en la posibilidad de una república de- 
mocrática. Se juzgó a sí mismo el hombre necesario; 



Il8 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Que OS baste saber, para daros cuenta de esto, que^ 
de los veinte años que duró su vida pública, fué, du- 
rante diez y ocho, jefe supremo, presidente o dictador 
de la compleja nación primitiva que surs;ía de su 
cabeza volcánica, y que lo aclamaba como a un dios. 

Pero más que la historia, yo quiero que conozcáis 
el carácter, el significado de esa especie de meteoro. 
Bolívar no es Washington; es mucho más grande y 
mucho más chico que Washington; es su contraste. 
Veréis cómo no es tampoco Artigas: el contraste con 
éste es todavía mayor, si cabe. Bolívar fué una lla- 
marada en las tinieblas, agitada por el viento hura- 
canado; Artigas, como lo veremos, fué una luz fija, 
fija como la mirada de unos grandes ojos desconocidos; 
no disfrutó jamás las delicias del triunfo en las cm- 
dades; no tuvo ambición de rey; se ignoró a sí mismo. 

Bolívar es un vastago de sangre azul; es hijo de 
noble; se casó en Madrid con una sobrina del marqués 
del Toro. Es \in hombre de letras; ha estudiado, via- 
jado por Europa, donde ha vivido en contacto con 
príncipes; jugó con el mismo Femando VII; asistió 
en París a la coronación de Bonaparte. Ha formado 
parte de los núcleos revolucionarios constituidos por 
Miranda en Inglaterra, para envolver la independencia 
americana en los problemas políticos europeos y ha- 
cerla brotar de ellos, aunque fuera entregándola a la 
Gran Bretaña. Ha presenciado las convulsiones inter- 
nas de la Europa revolucionaria; las ideas flotantes 
en el aire europeo resuenan en su cabeza, sin llegar a 
formar una armonía; la aturden algunas veces. 

Pero su enérgica personalidad no es arrastrada 
por esas formidables influencias; se sobrepone aellas: 
es original, completamente original; tiene un pensa- 
miento propio, no aprendido, sino aparecido en él. Hay 



Mn, ochocienxos diez 119 

momentos en que Bolívar es el tipo del montonero ame- 
ricano, un criollo de alma y cuerpo; piensa y obra como 
caudillo heroico. Hay otros en que no se distingue en él 
al hombre de esta tierra, ni siquiera al de tierra alguna; 
vive en los vapores o en el fuego, como la salamandra; 
sube y baja, como llama vibrátil y policroma en forma 
de lagarto. Pero no por eso se ve en él al hombre euro - 
peo; es Bolívar. Es escritor, verdadero escritor, inspira- 
do, grandilocuente, hasta crítico de su propio cantor 
Olmedo; y buen crítico. Es poeta, orador, habitante del 
país de ensueño; es estadista empírico, filósofo intermi- 
tente; sus proclamas y arengas son batallas; son poe- 
mas sus combates. Es grandioso; no lo llamo teatral, 
aunque lo parece, porque es sincero. I^a ambición de 
gloria, de poder, de mando militar, es el motor in- 
mediato de aquel espléndido instrumento, formado 
para las triunfales sinfonías. Quería refundir en su 
propia persona a Washington y a Napoleón; no que- 
ría ni podía ser ninguno de los dos. En cuanto a Arti- 
gas, no lo conocía; no lo veía. 

Pero en él, a la vera de las visiones que flotan ala- 
das en el alma y la libertan, vivían rampantes las 
pasiones que hormiguean en la carne, el gusano bru- 
tal del espíritu. ¡Las pasiones de Bolívar! Nadie las 
ha sentido más altas, ni más bajas. Y las pasiones son 
las enemigas del carácter. Era orgulloso, impetuoso, 
irritable; las palabras se derramaban de su boca, 
como la sangre de una herida, cuando montaba en 
cólera; pero era rápido en deponer la ira. El movi- 
miento, la perpetua transición, la satisfacción inme- 
diata y rápida de sus apetitos eran su vida. El reposo 
en un sitio o en un afecto era para él la muerte; no 
se veía a sí propio con intensidad; se ausentaba de 
sí mismo a cada paso, ya por abstracción, 3'a por dis- 



I20 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

tracción. Amaba con los sentidos, es decir, no amaba. 
El incienso de la adulación y de la lisonja cortesana, 
que lo envolvieron como a nadie; la garra de los de- 
leites voluptuosos; los hombres y las mujeres, todos 
tenían poder sobre él, y hacían intermitente la luz de 
aquel genio, que pasaba de las grandes claridades a las 
tinieblas sin orillas. En sus épocas de pobreza y de 
angustia piensa en el suicidio; en las de ambición, 
sueña en su propia corona imperial; en las de desalien- 
to, se vuelve a Fernando VII, y le llama el más grande 
y glorioso de los monarcas de la tierra, el único pa- 
dre y dueño de América. Un día dice a su amigo 
íntimo, el inglés Sutherland, entre bromas y veras, 
al despedirlo: «Cuando yo me encuentre desemba- 
razado de los españoles, y usted venga a visitarme, 
lo tendré a usted de rodillas para besarme las ma- 
nos». Mr. Sutherland repetía a su hijo Roberto 
esa frase, que por algo quedó tan grabada en su me- 
moria, como lo comprendéis. Es muy conocido el 
brindis que pronuncia Bolívar en el banquete que 
ofrece a San Martín en Guayaquil: «Por los dos hom- 
bres más grandes de la América del Sur: San Mar- 
tín y yo». 

lya fiebre que lo agotaba, y le conservaba, al mismo 
tiempo, la existencia y el genio, lo mató, por íin, en 
la plenitud de su vida y de sus desencantos; murió a 
los cuarenta y siete años, después de ver destrozada, 
por sus propios tenientes, la soñada Unión Colombiana 
que él legisló; después de más de una tentativa de 
asesinato contra él; desalentado y devorado de pesar; 
«menos intrépido contra la calumnia que contra los 
puñales», dice don José Tomás Guido. Y de su obra 
quedó sólo la realidad intrínseca; los sueños se dilu- 
yeron en la aureola dorada que circunda su cabeza. 



Mu, OCHOCIENTOS DIEZ 121 

Y la realidad intrínseca de Bolívar, la permanente 
al través de las variaciones, era eso que dice Sarmien- 
to: la fe en el pueblo, en el barro; la parte que él tenía 
de común con ese mismo barro germinal; lo que te- 
nía de común precisamente con Washington y con 
Artigas, en medio de las enormes distancias aparen- 
tes de esos tres hombres, que ocupan los tres ángulos 
del gran polígono histórico americano. Bolívar tuvo 
fe en América, aunque la tuvo mayor en sí mismo; se 
sentía las alas, y las juzgaba de fuerza ilimitada. No 
existen de esas alas en el mundo; por eso su misma 
fe en América sufrió congojas; el héroe no murió en 
aquella fe como veréis morir a Artigas, que se negó 
a sí propio por confesarla. Ese mismo desencanto, sin 
embargo, nos revela en Bolívar la existencia del en- 
canto, del ideal entrevisto en medio de las tempes- 
tades. 

Bolívar creyó sinceramente en la existencia orgá- 
nica del pueblo americano recién nacido; se refundió 
en él, se identificó con él, con sus grandezas y sus 
miserias. Quiso ser su cabeza, es cierto; pero cabeza 
articulada, irrigada por la misma sangre de todo el 
organismo. Después de realizada la independencia, 
pensó en organizar aquello, y se sintió confundido, 
y con razón. I^a república no es una semilla: es un 
fruto. Aquello, allá como acá, era una materia cós- 
mica caótica. Pensó, como hemos dicho, en la mono- 
cracia, en el gobierno del hombre necesario, en sena- 
dos vitalicios y aun hereditarios, en cualquier cosa 
que conjurara el peligro de disgregación de aquellas 
moléculas hirvientes; él aprobó el coronamiento de 
Itúrbide en Méjico, a título de que, «no pudiendo 
hacerse otra cosa, ello era preferible a la coronación 
en América de príncipes Borbones de Francia o Es- 



122 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

paña, o austríacos, o de otra dinastía». Así lo dice su 
secretario Pérez en nota oficial. Pero todo eso, y todo 
lo dímás que quiera atribuírsele con ese objeto, hasta 
su propia tiranía, había de salir del pueblo mismo, del 
organismo americano, cu3'o definitivo desprendimiento 
de la metrópoli era el alma de su pensamiento o visión 
proféticos. «Me ruborizo al decirlo, dice en tmo de sus 
mensajes al Congreso; la independencia es el único 
bien que hemos adquirido a costa de todos los demás; 
pero ella nos abre la puerta para reconquistarlos.» 
Bl vio lo grosero, lo primitivo de aquel barro; pero 
no renunció a él, como materia prima de la obra 
que su genio entreveía; llegó a hablar hasta de una 
nueva casta americana, formada de la fusión de todas 
nuestras razas, en que se fundía su propia sangre 
hidalga con la del indio, con la del negro. Todo me- 
nos volver a la antigua servidumbre. «Venezuela 
no ha solicitado ni solicitará jamás su incorporación 
a la nación española, ni la mediación de potencias; 
no tratará jamás con España, sino de igual a igual, 
en paz y en guerra», dice en el Congreso de Angostura. 
Ks el ideal que reaparece como la luna entre las nubes. 
Allí se pensó en una monarquía; pero, como en 
los Estados Unidos, el monarca había de ser el héroe, 
Bolívar. Santander, uno de sns generales, escribe 
a éste una carta en que le dice que aceptaría la monar- 
quía si el monarca fuese él, el Libertador. BoHvar re- 
chaza; no se resuelve a echar mano a esa corona que 
pasa tentándole ante sus ojos, y que él mira con avi- 
dez. I/O vemos gestionar expresamente el estableci- 
miento en Colombia de una monarquía inglesa; pero 
en todo eso se percibe su propósito de ser él, y sólo él, 
el Inca. No quiere ser el instrumento de Inglaterra; 
sueña en hacer de ésta su instrumento contra España, 



Mil, OCHOCIENTOS DIEZ I23 

y en favor de la libertad de América. Sueños, sueños, 
sueños. El general Páez le propone el cetro, encargán- 
dole el secreto. Bolívar contesta con estas palabras: 
«A la sombra del misterio no trabaja sino el crimen». 

Terminemos este rápido esbozo; no hay nada que 
más desoriente que el seguir la rotación de ese vértice 
central de nuestra historia; yo, cuando menos, con- 
fieso que, no pocas veces, ese hombre fosforescente 
me hace perder la cabeza. Hay momentos en que no 
se sabe si uno está viendo pasar por el cielo la sombra 
de un águila que viene del sol, o si es la de una mari- 
posa enorme que revolotea en tomo de una hoguera 
que puede ser un astro; pero de lo que no cabe duda 
es de que se está en presencia de una criatura infla- 
mada de luz propia o muy cercana al foco de que 
procede el día. Bolívar tuvo maestros; pero no precur- 
sores; fué un espíritu autóctono, una nebulosa espiral. 

Y eso, la aparición en él de un carácter nuevo, dis- 
tinto de los preexistentes, y que sólo en América pudo 
entonces formarse, eso, más aun que sus condicio- 
nes intelectuales o imaginativas, es lo que hace de 
Bolívar el glorioso exponente de la revolución ame- 
ricana en el Norte. Sus otras condiciones, educación, 
elocuencia, imaginación, teorías empíricas, genio mili- 
tar, son simples accidentes, que sólo toman ser unidos 
a la substancia; ceros gloriosos que parecen nimbos 
triunfales, pero que son aureolas de humo sin la uni- 
dad que los preside. 

VIII 

Iva revolución americana tuvo, pues, mis amigos 
artistas, un héroe, allá en el Norte, lo que se llama 
un héroe, es decir, un protagonista, una concien- 



124 I- A EPOPEYA DE ARTIGAS 

cia humana depositaría de su pensamiento integral, 
más o menos claro: fe en el pueblo, independencia 
de toda dinastía europea. 

¿No existirá algo semejante en esta América sub- 
tropical? ¿No vivirá el héroe de Carlyle, el hombre 
de carne y hueso, no una fórmula, una abstracción, 
ya que, según Víctor Hugo, la multitud tiene demasia- 
dos ojos para tener una mirada, y demasiadas cabe- 
zas para tener un pensamiento? 

Como hemos visto, Groussac no encuentra a nadie 
con la visión, siquiera confusa, del edificio futuro, 
entre los hombres del 25 de mayo de 1810; Estrada 
está en el mismo caso; Sarmiento dice que tampoco 
lo ve allí, ni lo reconoce en ninguno de los cien genera- 
les, San Martín, Belgrano, Rondeau, Alvear, que man- 
daron ejércitos argentinos. 

El héroe de la revolución de Mayo existía, sin em- 
bargo, mis amigos artistas; existía felizmente. Y 
por eso, porque también aquí tuvo la sociedad ener- 
gías bastantes para formarlo de su propia substancia, 
por eso triunfó el pueblo, a despecho y pesar de todos 
los hombres de poca fe, y de las multitudes incapaces 
de pensar. Nosotros lo vamos a encontrar, lo vamos 
a reconocer entre mil, sin que pueda confundírsele con 
hombre alguno. 

Pero demos a cada cual lo suyo. Fué ese extrava- 
gante de Sarmiento quien, antes que nosotros, y pese 
a las tinieblas de sus preocupaciones, entrevio la reali- 
dad y pronimció su nombre, cuando nadie lo pronun- 
ciaba; es él quien, al hablar de Bolívar lo que hemos 
leído, nos dice en su Facundo, el año 1840: «Sí los espa- 
ñoles hubieran penetrado en la República Argentina el 
año XII, acaso nuestro Bolívar hubiera sido Artigas, 



Mil, OCHOCIENTOS DIEZ 1 25 

si este caudillo hubiera sido, como aquél, tan 'pródiga- 
mente dotado por la naturaleza y la educación^. 

¡Nuestro Bolívar hubiera sido Artigas! ¡Oh pro- 
feta Balaaml 

¿Por qué Artigas, y no alguno de los otros bravos 
caudillos de esta tierra, ingenuo Sarmiento, siendo 
así que los hubo tan heroicos? ¿Por qué no San Mar- 
tín o Pueyrredón o Güemes? 

¿Y qué tenía de común el caudillo oriental con el 
venezolano (ya que algo de común, y muy esencial, 
había de tener para ser su equivalente), no siendo, 
como no lo eran, ni los estudios en Europa, ni la 
naturaleza, ni la educación, ni el aparato exterior? 

Eso es lo que no podía percibir Sarmiento con cla- 
ridad, y lo que ha ignorado la historia ríoplatense, y 
aun americana, hasta ayer no más; y es eso lo que 
voy a haceros ver yo, mis amigos artistas: lo que 
hay de común entre Artigas y los pocos videntes 
de las cosas futuras; lo que hay en él de idéntico 
con el genio, que, en la región de los iguales, aparece 
con su visión, y que, como el Proteo poliforme de 
la fábula, se \iste con la túnica de Moisés, o con la 
armadura de Juana de Arco; se envuelve en la clá- 
mide de César, o en el capuchón de Dante; se pone 
el uniforme de Washington, o la chaquetilla de capi- 
tán de blandengues de este caudillo americano. 

Y eso es lo que debemos convertir en bronce so- 
noro, amigos míos. 

¡Acaso nuestro Bolívar hubiera sido Artigas 1 

¡Oh viejo Sarmiento, hombre de bien! ¿Mirabas 
por el ojo de la cerradura? 

Sí, era eso lo que estaba allí dentro: Artigas fué el 
Bolívar del Sur, como éste, con ser la antítesis de 
Washington, fué el Washington del Norte, porque era 



I26>, l,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el solo caudillo, es decir, el solo núcleo de cohesión 
orgánica, el principio substancial, inmanente, de vida 
propia, en estos pueblos. Era un Bolívar menos ígneo 
o fulgurante que el otro, como que nació en una tierra 
fría y sin volcanes; menos tentado de exóticas apari- 
ciones, como que, encerrado en su pobre tierra ameri- 
cana, no aprendió doctrinas enciclopédicas, no se creyó 
todo en su patria, como Bolívar lo creyó de sí mismo 
y Sarmiento de Bolívar; no se codeó con príncipes, 
ni conoció grandezas señoriales, ni pudo pensar en 
emular a Bonaparte, ni a ningún César coronado; 
menos poeta, menos elocuente, como que su visión 
era silenciosa, de ojos de sibila, inaccesible al carnal 
deleite. Pero fué más autóctono, incomparablemente 
más autóctono que Bolívar, más creyente en el pueblo 
americano, más carne de nuestra carne y hueso de 
nuestros huesos, más atento y obediente a la voz de 
su dios interior, y tan distinto como aquél, en el 
carácter, de todo lo preexistente. Artigas es el equili- 
brio, la ponderación, la plenitud. Él es el grande. 
Y es más difícil ser grande que ser sublime. 

Por él, y sólo por él, mis amigos, podemos afirmar 
que la revolución en el Río de la Plata tuvo un pen- 
samiento, y fué, desde su origen, una verdadera re- 
volución, mucho más republicana que la del Orinoco. 
Él es, pues, el hombre del 25 de mayo de 1810, si es- 
tablecemos esa cifra como el primer día de la patria 
que hoy existe en este mundo austral americano. 



IX 

Porque eso es lo que debemos dejar establecido, 
y con mucha precisión, una vez por todas, en nuestra 



MU, OCHOCIENTOS DIEZ 1 27 

conversación de hoy, amigos míos : si el rey que se 
aclamaba en la plaza de Buenos Aires el 25 de mayo 
con el nombre de Fernando VII, era realmente el 
Fernando VII de carne y hueso, ludibrio a la sazón 
de Bonaparte, o era el nuevo rey, el pueblo ameri- 
cano; si el movimiento de 1810 era una simple evolu- 
ción política, es decir, la aparición de una fuerza 
progresiva que, combinada con la conservadora exis- 
tente, dará tma resultante análoga intermedia, o si 
era, como hoy se proclama a grito herido, y se canta 
en los himnos patrios, el levantarse de «una nueva y 
gloriosa nación»; si se trata, en una palabra, de la 
reforma del coloniaje, o de su abolición; si el camino 
que había de emprenderse, por consiguiente, era el 
de la línea curva, suave y armoniosa, cuya dirección 
está indicada en cada instante por la del momento 
que la precede, o el de la línea recta, rígida y dura, 
brutal si queréis, que no cambia de rumbo sin esta- 
llar y romperse. 

Hoy parece todo eso muy sencillo; para quien sólo 
conociera la historia por los cantos y los mármoles, 
sería una verdad inconcusa que todos y cada uno de 
los proceres de Mayo creyeron lo segundo, y no pu- 
dieron creer otra cosa. 

Pero eso, como la existencia de América, era el 
secreto manifiesto revelado al genio, mis amigos; eso 
fué sentido por Artigas; sólo él lo creyó, cuando me- 
nos, con la obstinación del poseído de un dios. Él fué el 
bárbaro, en el sentido clásico de la palabra: extraneus, 
el distinto de los demás, el extraño. 

Son muy fáciles de distinguir las tres entidades clá- 
sicas en la gestación de nuestra vida: la del que quiere 
la continuación del dominio europeo; la del que aspira 
al condominio o participación del pueblo americano; la 



128 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

del que proclama, por fin, la caducidad de aquél y 
el pleno dominio de éste sobre sí mismo. 

Los patricios de la revolución de Mayo, sometidos 
a las leyes biológicas que antes hemos estudiado, 
fueron grandes y gloriosos; pero eran el hombre viejo; 
no podían abrigar aquella fe de los ingenuos, trans- 
portadora de montañas; no la abrigaron. 

Se estudian esos varones ilustres, uno a uno, Bel- 
grano. Moreno, Pueyrredón, Castelli, Rivadavia, Gar- 
cía, para encontrar al hombre de suprema sinceridad, 
o, lo que es lo mismo, de convicción clara y propósito 
fijo, y yo os aseguro, mis amigos, que tienen razón 
Estrada y Sarmiento y Groussac y todos los que 
dicen que no se le encuentra en la plaza de Buenos 
Aires. Se busca entonces al hombre de ciencia emi- 
nente, que pueda suplir, con una convicción muy 
arraigada, la falta de inspiración creadora, y tam- 
poco se da con él; allí no había tm sabio. 

Si alguno de entre ellos pudiera reclamar la prima- 
cía, ése no sería otro, me parece, que el joven secre- 
tario de la Junta de Mayo, don Mariano Moreno, al 
que se designa generalmente con el predicado de 
Numen de la Revolución. Él era, no hay que dudarlo, 
el alma mater, el maestro de aquella Junta, que lo 
reconocía «como el solo capaz, por sus vastos conoci- 
mientos y talentosa, de trazarle su rumbo. 

Bueno será que conozcamos, siquiera sea somera- 
mente, a ese joven héroe; hoy podemos penetrar has- 
ta el fondo de su pensamiento, a la luz de sus escri- 
tos que poseemos, y damos cuenta del lugar que ocu- 
paba en las tres categorías de que antes hablamos. 

Moreno fué el fundador y director de La Gaceta 
de Buenos Aires, órgano de la revolución; el redac- 
tor de los manifiestos, decretos y comunicaciones 



Muy OCHOCIENTOS DIEZ I29 

de entonces; el encargado por la Junta de la redac- 
ción de un Plan de las Operaciones que el Gobierno 
Provisional debe poner en práctica para consolidar 
la Gra>ide Obra de nuestra libertad e independencia. 
Se lee todo eso, y mucho más, y uno se convence 
de que, si bien el joven revolucionario era una altiva 
figura, descollante en su medio, no era el hombre 
nuevo de América, ni tampoco un estadista de grati 
preparación científica. Abogado formado en la Uni- 
versidad colonial de Chuquisaca, ejercía Moreno su 
profesión en Buenos Aires; poco antes de estallar 
la revolución, había defendido, en una exposición 
memorable, las buenas doctrinas sobre libertad de 
comercio de las colonias, por más que su visible ten- 
dencia a mantener el monopolio de Buenos Aires, 
le hace incurrir en los mismos errores que combate 
en la metrópoli. No era, sin embargo, tm econo- 
mista; sus conocimientos eran mucho menos vas- 
tos, menos profundos sobre todo, de lo que juzgaban 
sus compañeros; sus ideas económicas rudimentarias, 
frágiles y vacilantes. No lo eran menos las políticas: 
casi no tenía noticia exacta de la revolución inglesa, 
ni de la angloamericana; le era desconocida la cons- 
titución de los Estados Unidos, que había de ser el mo- 
delo de la de su patria. Había estudiado alguno de 
los enciclopedistas franceses; su oráculo era Rous- 
seau; pero si bien Moreno sintió que los principios 
en que se había formado se conmovían al nocivo in- 
flujo del filósofo ginebrino, no se dejó dominar por 
él en absoluto; quiso conciliar lo inconciliable; divulgó 
el Contrato Social, pero suprimiendo el capítulo en 
que se atacan las doctrinas religiosas, que el procer 
profesaba, y conservó incólumes. El año 1810 lo encon- 
tró en ese momento de crisis: nada estaba maduro en él. 

T. l.-ii 



130 tA Epopeya de artigas 

Leamos algunos párrafos, siquieía, del interesante 
estudio de Paul Groussac, apologista de Moreno, so- 
bre la preparación científica de éste. Me parece que 
Groussac acierta en su semblanza. 

«Mariano Moreno, dice, estaba imbuido en algunos 
escritores del siglo xviii, especialmente filósofos y 
enciclopedistas; a éstos los sabía de memoria, puede 
decirse, entretanto que parece ignorar a los demás, 
y, entre ellos, al más giande e ilustre de todos... El 
Espíritu de las Leyes, la magna obra política del siglo, 
la sola que contuviera algo más que peligrosas uto- 
pías, hipótesis inverificables o apasionadas declama- 
ciones, no se encuentra citada en los escritos de Mo- 
reno, ni parece que le pida nada, a no ser lo que se le 
alcanzaría por el reflejo de Filangieri. 

oEste brillante y especioso napolitano, discípulo 
de Montes quien, y sublevado algo ridiculamente con- 
tra su maestro, sí que ejerció, junto con Jovellanos, 
una marcada influencia sobre Moreno... 

i>Pero éste muy pronto... deja correr su verbo to- 
rrentoso, que arrastra en su carrera, mezclados con 
ideas y frases propias, detritus y astillas innumera- 
bles de Mably, Volney, Rousseau; sobre todo de Ray- 
nal, el fogoso y desmelenado historiador del Comer- 
cio europeo en ambas Indias... 

»Villemain ha señalado esta preponderancia y pre- 
sencia visible del Contrato Social en los debates de la 
América latina, siendo así que casi nunca se le cita 
en las asambleas de los Estados Unidos. 

»Para Moreno no existe nada entre la Asamblea 
Nacional y el Imperio: las leyes, las constituciones, 
los Derechos del hombre, las arengas de los Girondinos 
y Jacobinos, son letra muerta para el revolucionario 
argentino. ¡Ninguna experiencia ni enseñanza pueden 



MU, OCHOCIENTOS DIEZ 1 31 

extraerse de los triunfos y catástrofes, de las conquis- 
tas y excesos de la Convención! El caso es tan extraor- 
dinario, que señalo este nuevo punto de vista a los 
historiadores futuros. Sin reparar para nada en que, 
de las tempestades y cataclismos contemporáneos, 
ha surgido a la historia un mundo nuevo, como una 
Atlántida del seno del océano, el pensador colonial 
continúa extractando de Rousseau y Mably sus abun- 
dantes referencias a las constituciones de Esparta 
y Atenas, y suministrando copiosos ejemplos de Mi- 
nos y Licurgo a los diputados de Santiago, Jujuy, Ta- 
rija y demás provincias, que ya se ponen en camino 
para derrocarle.» 

Creo que con esto tenemos bastante para compren- 
der que el Numen, el verdadero Numen de la revolu- 
ción de Mayo, no había aparecido en Mariano Moreno, 
sin por eso negar que había algo en aquella noble ca- 
beza de treinta años, y mucho en aquel ígneo corazón 
atormentado. 

Su pensamiento integral, en cuanto al fin de la re- 
volución americana y a los medios que debían em- 
plearse para su triunfo, está consignado en ese 
Plan de Operaciones, que os he dicho le fué encar- 
gado por la Junta. Este largo documento era desco- 
nocido hasta hace muy poco; su aparición produjo 
un estupor parecido al pánico; los principios en él 
adoptados, el despotismo sobre todo, son contrarios 
a la revolución de Mayo; los medios, proclamación 
engañosa de Fernando VII, crueldad, terror, exter- 
minio, doblez, traiciones, son contrarios a la natura- 
leza. Hasta se aconseja allí la cesión de la isla de Mar- 
tín García a Inglaterra, en cambio de su protección; 
hasta se proyecta la conquista del Brasil... Ilusiones 
o atrocidades. 



132 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Groussac ha hecho inteligentes esfuerzos por demos- 
trar que ese estupendo documento es apócrifo. No 
vacilo en afirmar, tras detenido estudio, que Grous- 
sac tiene razón: ese documento no es de Moreno; ha 
sido escrito con posterioridad a su fecha, y por un 
detractor de la revolución de Mayo. Pero este igno- 
rado autor ha impreso tal verosimilitud a su obra, 
que el Ateneo de Buenos Aires, que es quien la ha di- 
vulgado últimamente, lo ha hecho creyéndola perfec- 
tamente auténtica. Si se estudian, efectivamente, los 
actos y decretos de la Junta de Mayo, inspirada por 
Moreno, se concluye en que, si bien esos actos no se 
ajustaron al documento apócrifo, éste se ajusta de 
tal manera a aquellos actos, que sólo una mirada muy 
experta puede percibir el engaño. Veremos cómo se 
recurrió al terror, y a muchos otros de los medios 
que ese documento dice aconsejados por Moreno; 
en cuanto a la proclamación, sincera o engañosa, del 
rey, la Junta decía, en un manifiesto de agosto de 
1810, redactado por su ilustre secretario, que «la 
capital había jurado solemnemente fidelidad a su 
amado monarca Fernando VII y la guarda constan- 
te de sus derechos; y desafiaba al mundo entero a 
que descubriera en su conducta un solo acto capaz de 
comprometer la pureza de su fidelidad». La biogra- 
fía de Moreno, escrita por su hermano Manuel, con- 
firma también ese concepto. 

No quiero hablaros demasiado, mis amigos, de ese 
Plan de Operaciones; ni siquiera os aconsejo que lo 
leáis... por si es realmente apócrifo. Fijémonos, sin 
embargo, en la contestación que en él da Moreno, 
o quienquiera que sea, cuando se le consulta sobre 
los medios de incorporar la Banda Oriental a la revolu- 
ción, sometiendo su capital, Montevideo, que, como 



Jin, OCHOCIENTOS DIEZ I33 

lo veréis, fué necesario arrebatar por la fuerza al do- 
minio extranjero. «Sería muy del caso, contesta, 
atraerse a dos sujetos, por cualquiera interés y pro- 
mesas, así por sus conocimientos, que nos consta son 
muy extensos en la campaña, como por sus talentos, 
opinión, concepto y respeto: son el capitán de drago- 
nes, don José Rondeau, y el capitán de blandengues, 
don José Artigas, quienes, puesta la campaña en este 
tono, y concediéndoles facultades amplias, comesio- 
nes, gracias y prerrogativas, liarían en poco tiempo 
progresos tan rápidos, que antes de seis meses podría 
tratarse de formalizar el sitio de la plaza.» 

Esa visión atribuida a Moreno sobre Artigas nos 
daría mucho que pensar, amigos míos, mucho, sin 
duda alguna, y mucho que hablar. Moreno fué el 
hombre, de la revolución argentina, que hubiera po- 
dido, acaso, comprender y aun secundar a Artigas; 
él fué quien más participó de su visión democrática, 
aunque sólo la percibía al través de exóticos precon- 
ceptos que la desfiguraban. Pero si no hemos de per- 
der el sentido de la proporción en nuestras conferen- 
cias, es menester que nos limitemos a lo dicho sobre 
este punto. 

El doctor Moreno fué un relámpago; brilló y se 
apagó en el océano. A fines de 1810 se vio extrañado 
de su patria, y murió en el viaje; hay quien dice que 
envenenado. 

Que tanta agua era necesaria para apagar tanto 
fuego, dijo Saavedra, al saber la muerte del luminoso 
joven en el mar. 

¿Quién puede ofrecerse a nuestro examen como su 
substituto en Buenos Aires? ¿Quién como el hombre 
representativo, que queda allí, del pensamiento de 



134 ^^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

Mayo, y que, por su sinceridad, tenga derecho, lo que 
se llama derecho, a ser creído y obedecido por los de- 
más hombres? 

Allí estaba don Manuel J. García, persona de ta- 
lento y de vasta ilustración; pero de éste no hay que 
hablar, por ahora; él será el agente de restauración 
monárquica más apasionado del Plata; no hay en él, 
ni remotamente, una persona. ^Hablaremos de don 
Bernardo de Monteagudo, el Marat de la revolución 
americana, que termina también renegando del prin- 
cipio republicano, o del amable Belgrano, que cono- 
ceremos más adelante, o del doctor Agrelo, grandi- 
locuente orador? No; no es posible vacilar: el gran 
personaje que descuella en Buenos Aires, aun sobre 
Belgrano, es don Bemardino Rivadavia. Éste sí que 
era un hombre de Estado; sus ideas eran firmes y 
maduras. Tócanos averiguar cuáles eran esas ideas 
sobre la revolución de Ma^'o. 

A juzgar por sus primeros actos, se hubiera dicho 
que este Rivadavia era realmente el hombre de la 
nueva fe, el bárbaro, el mimen, ya que en ese orden de 
simbólico lenguaje hemos entrado. Entre otros gestos 
expresivos, podemos observar uno, que lo es mucho, 
de este rígido personaje. 

Asistía a un banquete que, a fines de 1812, se ofre- 
cía a San Martín, llegado recientemente de Europa, 
y que era coronel de los granaderos a caballo. San Mar- 
tín brindó por el establecimiento de una monarquía en 
el Plata. En mala hora lo hizo, Rivadavia se alzó como 
una furia; estaba poseído de tal indignación, al parecer 
republicana, que amenazó a San IVIartín con una bote- 
lla. Y se la hubiera arrojado a la cabeza, dice el testigo 
ocular que el incidente nos narra, sin la interposición 
del brazo de Alvear, joven recién llegado también. 



MIL, OCHOCIENTOS DIEZ 135 

Convengamos en que fué muy oportuna y feliz la 
interposición del teniente Alvear. Y lo fué, mis ami- 
gos, no sólo porque salvó la cabeza de San Martín, 
preciosa cabeza por cierto, del aleve golpe del fiero 
Rivadavia, sino porque éste no iba a tardar mucho 
tiempo en ser más realista que San Martín, y que 
Alvear, y que todos los demás miembros de la Junta 
de Mayo, pues iba a serlo más que el mismo Fernan- 
do VII. 

Debo adelantaros aquí, por muy conveniente a la 
formación de vuestro criterio, el conocimiento de la 
opinión de este Rivadavia sobre la revolución de Mayo. 
Está consignada en la exposición que él, en compañía 
del no menos insigne don Manuel Belgrano, presenta 
al rey destronado don Carlos IV, padre de Fernan- 
do VII, en i6 de mayo de 1815. Rivadavia y Belgrano, 
como Diputados y Plenipotenciarios del Gobierno de 
las Provincias del Plata, van a pedir a Carlos IV, al 
infeliz Carlos IV, «que ceda en favor de su hijo, don 
Francisco de Paula (otra innocua persona), el domi- 
nio y señorío natural de aquellos pueblos, consti- 
tuyéndole rey». 

Es muy original el fundamento de esa actitud, y 
es eso lo que yo quiero haceros notar especialmente. 
Según esos plenipotenciarios, la revolución del 25 de 
mayo, si bien aclamó y seguía aclamando y juran- 
do a Fernando VII, en todo pensaba, menos en sos- 
tener los derechos de éste, por la sencilla razón de 
que Fernando no los tenía, ni por pienso. Quien los 
tenía, según Rivadavia en 1815, era Carlos IV. Éste 
era el, rey legítimo de América, pues su derrocamien- 
to por Fernando VII había sido una verdadera ini- 
quidad, qtie sólo apoyaban los españoles residentes en 
América, pero no los americanos. Éstos habían perma- 



136 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

necido y permanecían fieles, como debían, a su amado 
rey don Carlos IV, a quien Dios guarde. 

Rivadavia y Belgrano establecen, entonces, en 
nombre de América, los tres principios siguientes: 
«I. o A aquellos pueblos no es adaptable otro go- 
bierno que el monárquico, 2.° Ningún príncipe ex- 
tranjero prometía la seguridad y las ventajas de uno 
de la familia de Vuestra Majestad. 3.0 En caso de 
no poderse conseguir ésta, que se ha tenido siem- 
pre por la mayor ventaja, debía preferirse la integri- 
dad de la monarquía.» 

No entraré, mis amigos, en las intenciones o re- 
servas mentales de esos hombres, cuando tales cosas 
hacían y decían; mucho menos a condenarlos porque 
así pensaban; pero yo os aseguro que si, en aquel 
tiempo, no hubiera habido algo más que eso que vemos 
en Buenos Aires; si no hubiera existido el pueblo ar- 
gentino, oriental y occidental, y, sobre todo, el ór- 
gano inteligente de esa nueva persona internacional, 
el hombre plenamente sincero en obras y palabras, 
y con derecho, lo que se llama derecho, a ser obedecido, 
ya que sólo la verdad lo tiene, poco o nada hubiera 
sido la revolución de Mayo. 

Aquellos ilustres proceres ganaron la gloria de des- 
pertar al pueblo; ello basta para que los llamemos 
grandes. Pero lo despertaron en la prudente esperanza 
de llevarlo más o menos lejos, según las circunstan- 
cias. No bien se dieron cuenta de que lo que habían 
iniciado era una colosal revolución, no supieron qué 
hacer con ella, y quisieron volver atrás; cuando ad- 
virtieron que lo que habían concitado contra el león 
hispánico era un cachorro de león, que sentía en las 
entrañas el salto fisiológico de la pubertad y el esta- 
llar de sensaciones ignotas, no se sintieron de su es- 



Mn, OCHOCIENTOS DIEZ . 137 

pede; comprendieron que, lejos de arrastrarlo, tenían 
que ser arrastrados por él; pensaron en prevenirse 
contra sus zarpazos, en domesticarlo cuando menos... 
y hasta en matarlo, en último caso. 

No era posible. Alea jacta est. 

No se vencen los leones sino con leones. Y no se 
les acaudilla sin serlo. 

No es exacto, felizmente, que ese león caudillo no 
hubiera nacido en nuestro Río de la Plata, aunque 
no se le haya visto en la plaza de Buenos Aires: él 
estaba entre nosotros, os aseguro que estaba entre 
nosotros, y que voy a hacéroslo reconocer, a poco que 
tengáis ojos para mirar y oídos para oir. 



Ii9 



CONFERENCIA VI 
I,A FECHA INICIÁIS 

I,A REVOLUCIÓN DE MaYO EN MONTEVIDEO. — El CABILDO ABIERTO 
DE 21 DE SEPTIEMBRE DE l8o8. — 'Bí ENVIADO DE BUENOS AlRES 

ANTE EL Cabildo de Montevideo en i8io. — I,as expedi- 
ciones AUXILIARES. — Al Alto Perú. — Al Paraguay. — ^A la 
Banda Oriental. — Suipacha. — Don Gaspar Rodríguez de 
Francia. — I,a revolución de Mayo en la Asunción. — "Ei. 
DOCTOR Francia en su guarida. — Independencia del Para- 
guay. — ^El despertar de la Banda Oriental. — El pueblo 

MATINAL. 



Amigos artistas: 

El 25 de mayo de 1810 ha sido consagrado, y no sin 
verdadera causa, como la cifra inicial de independen- 
cia en nuestra América austral. El sol de nuestra 
bandera es el de ese día, el de Mayo, el mismo que 
alumbra a la argentina. 

Bien es verdad que no ha faltado quien quiera rei- 
vindicar, para Montevideo, la gloria de haber pro- 
clamado, antes que nadie, no sólo en el Plata, sino en 
América, en 1808, la fórmula de independencia; pero 
creo que es ése un detalle de significado más socio- 
lógico que político. 



140 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

No falta razón, sin embargo, para fundar esa acción 
reivindicatoria, que, cuando menos, serviría para 
confirmar lo que dijimos antes, sobre la importan- 
cia de Montevideo como centro urbano. 

Bl movimiento del 25 de mayo de 1810, en Buenos 
Aires, fué precedido, efectivamente, de uno muy aná- 
logo que tuvo lugar dos años antes, el 21 de septiem- 
bre de 1808. en Montevideo, donde se ve reaparecer 
el espíritu que, en 1806, animó a Ruiz de Huidobro 
para iniciar la reconquista de Buenos Aires con- 
tra los ingleses. Gobernaba entonces en la capital, 
como virrey, don Santiago I/iniers, el mismo I^i- 
niers a quien Montevideo había confiado su expe- 
dición reconquistadora, y al que vamos a Ver fusilado, 
en defensa de su rey, por la expedición que los hom- 
bres de Mayo enviarán al Alto Perú. Mandaba en 
Montevideo, como gobernador, el general don Francis- 
co Javier de Klío, noble y empecinada persona, desig- 
nado por el rey Carlos IV, en 16 de julio de ese año 
1808, para recibir la plaza de los ingleses desalojados 
del Plata. Acaecida la invasión de Napoleón en Es- 
paña, Blío cree que I^iniers, por su origen francés, no 
ofrece garantías a la defensa de la patria española 
contra Bonaparte, y mucho más después de sus rela- 
ciones con un señor Sassenay, enviado por Napoleón 
al Río de la Plata; le pide, en nota oficial, que renun- 
cie el mando; se resiste a secundar sus órdenes, como 
se había resistido Ruiz de Huidobro a secundar las 
de Sobremonte en 1806. I/iniers decreta entonces 
la separación de Klío, enviándole como substituto a 
tm capitán de navio de la real armada, Michelena, 
«que tenía fama de valentón y aire de matamoros», 
con orden de reducirlo a prisión. EHo, en plena rebe- 
lión contra el virrey, rechaza a Michelena, «después 



I,A FECHA INICIAIv I4I 

de haber enarbolado el uno una pistola, y recurrido 
el otro a los puños, en la primera entrevista». 

Y hete aquí que el pueblo de Montevideo, unido a los 
jefes militares, se levanta amotinado; rodea, sos- 
tiene y aclama a EHo; se reúne en tumultuoso ple- 
biscito; celebra el clamoroso Cabildo abierto de 21 de 
septiembre, formado de cincuenta y cuatro miembros, 
entre los cuales hay veinte delegados directos del pue- 
blo; expulsa a Michelena; proclama a Fernando VII, 
y, rompiendo sus vínculos con Buenos Aires, y aun 
con el gobierno de la metrópoli, se separa del virrei- 
nato, y forma una Junta de Gobierno independiente, 
para custodiar los derechos del rey prisionero. Todo se 
hizo, según las actas capitulares, ^por ser ese el voto del 
pueblo). 

lyos detalles que esas actas nos ofrecen son precio- 
sos, para apreciar aquel suceso y vivir en aquel am- 
biente; para darnos cuenta, sobre todo, de lo que esa 
ciudad de Montevideo, cuna de Artigas, representa 
en la emancipación de América. Michelena llegó a 
Montevideo el 17 de septiembre con sus credencia- 
les, que presentó al Cabildo Justicia y Regimiento de 
la ciudad; éste lo reconoció en su carácter de gober- 
nador reemplazante de EHo, por acuerdo unánime, 
que firmó en su presencia en la noche del día 20. Pero 
he aquí que, no bien ha terminado el acto, se oye en 
las puertas y ventanas de la «casa de la ciudad» una 
de gritos infernales, y golpes y amenazas, que sus- 
pende a todo el mxmdo. Algunos capitulares se aso- 
man a las ventanas. Es el pueblo de Montevideo, el 
poptílacho, que, informado de la resolución que acaba 
de adoptarse, viene a ponerle su veto. I<as voces se 
oyen claramente: ¡Viva EHo! ¡Viva Femando VII! 
¡Abajo lyiniers! ¡Cabildo abierto! ¡Cabildo abierto! 



142 lyA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Es la escena que tendrá lugar dos años después, el 
25 de mayo de 1810, en Buenos Aires: el despertar 
del populacho. 

Se hace advertir a Michelena lo que pasa afue- 
ra. Era un inmenso pueblo, dice el libro capitu- 
lar, que se difundía por la plaza Mayor. El equi- 
valente, pues, del que, en pequeño número, apareció 
en Buenos Aires. No había más remedio que sus- 
pender el acto; darlo por no consumado; aplazar 
para el día siguiente la resolución. Y al día siguiente, 
21 de septiembre, se repite la misma escena: el pue- 
blo afuera «con grande algazara y otras demostra- 
ciones», dice el acta; los municipales adentro; crujen 
las puertas y ventanas; las voces, claras y distin- 
tas, penetran por ellas; el pueblo, dice el libro, repite 
los clamores de la noche anterior, e insiste en sus pre- 
tensiones. Y, para no excitar más al pueblo exaltado, 
agrega, los señores capitulares adoptaron el tempera- 
mento de permitir que eligiese de su albedrío un 
determinado número de sujetos que explicase sin con- 
fusión sus instancias. Fueron designados veinte ciu- 
dadanos, cuyos nombres son los más ilustres dé nues- 
tra historia. Elío, que se encontraba en la sesión, 
quiso entonces retirarse; pero no se le permitió, «por- 
que su presencia no obstaba a que cada uno expresase 
lo que concibiese ser la voluntad expresa o tácita del 
soberano». Algunos cabildantes se asoman personal- 
mente a las puertas, y piden al pueblo que las despeje, 
que guarde moderación, que espere tranquilo. 

Y se resolvió: «Que la orden del virrey debía obe- 
decerse, pero no cumplirse^; que era el caso de recurrii, 
contra su resolución, a la Audiencia territorial, y aun 
a la Jimta de Sevilla; que Elío había de quedar mien- 
tras tanto como el legítimo gobernador de Montevideo, 



LA FECHA INICIAI, . 1 43 

for ser ese el voto del pueblo, a cuya instancia se habían 
todos congregado; y que, por fin, la Junta que allí 
se formó y organizó, a ejemplo de las formadas en 
España, debía subsistir como la particular de aquel 
puebloD. 

La muchedumbre que aguardaba en la plaza, al 
ser notificada de esa resolución, estalló en clamores 
de entusiasmo, que se repetían cada vez que se incor- 
poraba a ella, saliendo de la «casa de la ciudad», cual- 
quiera de los que habían sido intérpretes de su veto: 
Magariños, el guardián del convento de San Fran- 
cisco, fray Carvallo, Salvañach, Pereira, Vilardebó, 
Chopitea, Murguiondo, Diago, Illa; Pérez Castellano, 
sobre todo, autor de la fórmula adoptada. 

Eso fué el Cabildo abierto de 21 de septiembre de 
1808. I/a primera Junta de origen popular nacida 
en la América española quedó constituida allí. No sin 
causa, pues, se conmemora en nuestra República 
Oriental del Uruguay, como cifra gloriosa, ese 21 de 
septiembre de 1808. 

lyiniers hizo responsable a EHo «de las fatales conse- 
cuencias que pueden venir a estas provincias del 
escandaloso y abusivo medio adoptado en el Cabildo 
abierto»; pero hubo de someterse al hecho; el pueblo 
de Montevideo había procedido con la misma espon- 
tánea energía y con la misma independencia del virrey, 
con que muy poco antes, de acuerdo entonces con 
I/iniers, había iniciado la reconquista de Buenos Aires 
contra el inglés. 

Esto es muy análogo, casi idéntico, como lo veis, 
a lo realizado el 25 de maj-o de 1810 en Buenos Aires, 
salvo la representación directa del pueblo, que en la 
Junta de Mayo no existió; el derecho del pueblo a 
organizarse sin intervención de la metrópoli, y la 



144 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

autonomía regional, basada en la igualdad de los pue- 
blos, quedaron allí consagrados. El presbítero orien- 
tal doctor Pérez Castellano, miembro de la Junta de 
Gobierno de Montevideo, decía entonces a su obispo, 
el de Buenos Aires, que lo censuraba por su participa- 
ción en ella: «I^os españoles americanos somos herma- 
nos de los españoles de Europa... I^os de allá, viéndose 
privados de nuestro muy amado rey, han tenido 
facultades para proveer a su seguridad común, creando 
Juntas, y creándolas casi al mismo tiempo, y como 
por inspiración divina. I^o mismo podemos hacer, sin 
duda, nosotros, -pues somos igualmente libres... 

&Si se tiene a mal que Montevideo haya sido la pri- 
mera ciudad de América que manifestase el noble y enér- 
gico sentimiento de igualarse con las ciudades de su 
madre patria... la obligaron a ello circunstancias no- 
torias. También fué la primera ciudad que despertó el 
valor dormido de los americanos.» 

Esa es la fórmula, como lo veis, de la revolución 
de Ma5'o, Pérez Castellano fué su autor, sin que por 
eso podamos atribuirle una visión más clara del por- 
venir que la que atribuimos a los hombres de Buenos 
Aires, a quienes el ilustre presbítero oriental miró 
siempre con malos ojos. 

IMitre, I^pez, Florencio Várela, el deán Funes, 
historiadores argentinos, son los que han adjudicado 
a ese suceso carácter fundamental. «I^a Junta de 
Montevideo, dice Mitre, es un punto hacia el cual 
convergen las líneas de la historia, y de que parten 
todos los que de él se han ocupado, sea que lo hayan 
interpretado del punto de vista jurídico, o en sus 
relaciones con el desenvolvimiento futuro de la revo- 
lución, que él contenía en germen, y que debía pro- 
ducir la descomposición del gobierno colonial, como 



I^A FECHA INICIAL I45 

acertadamente lo establece el señor I/>pez, al asig- 
narle su importancia causal en el momento preciso 
en que se produjo.» 

«I<a creación de la Junta de Montevideo en 1808, 
agrega Mitre, a imitación de las que se habían forma- 
do en España... fué la primera repercusión de la re- 
volución de la metrópoli sobre su colonia, que sugirió 
la teoría y dio el tipo de la revolución que debía pro- 
ducirse más tarde. 

♦Instrumento de intereses extraños, movido pro- 
miscuamente por pasiones propias y ajenas, Monte- 
video, sin embargo, fué el primer teatro en que se 
exhibieron, en el Río de la Plata, las dos grandes es- 
cenas democráticas que constituyen el drama revo- 
lucionario: el Cabildo abierto, y la constitución de 
una Jimta de propio gobierno nombrada popular- 
mente. 

»Este suceso tuvo gran repercusión en América, 
y su alcance no se ocultó a la observación de los es- 
píritus perspicaces, que presentían la revolución y 
la independencia. 

»Iya Junta del 25 de Mayo de 1810, sería, con otros 
elementos y tendencias, la repetición de la de 1808 
en Montevideo, y la abortada en Buenos Aires en 
1809...» 

En nuestra conferencia anterior os hice conocer 
la exposición de Belgrano y Rivadavia a Carlos IV. 
En ella, esos diputados y plenipotenciarios del Go- 
bierno de las Provincias del Plata, denuncian al go- 
bernador Elío, de que ahora hablamos, como el ver- 
dadero y único revolucionario contra la metrópoli; 
es él, según aquéllos, quien, con los españoles residen- 
tes en el Plata, ha conspirado contra el único legíti- 
mo soberano y rey de la monarquía española, que no 

T. I.- 1 2 



146 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

es otro, según los plenipotenciarios, sino don Car- 
los IV, que Dios guarde; es Elío quien ha apoyado 
a Fernando VII, contra la lealtad del pueblo ameri- 
cano hacia su rey. Recordando entonces Belgrano y 
Rivadavia el momento en que Elío se rebela contra 
I/iniers y tiene lugar el Cabildo abierto de Monte- 
video, de que estamos hablando, dicen lo siguiente: 
«Pero don Javier Elío se separó entonces de la obe- 
diencia de todas las autoridades de la capital, y 
formó un Gobierno independiente, en una Junta que fué 
la primera de toda la América». 

En esas razones, pues, muy dignas de consideración, 
por cierto, y en muchas otras que huelgan aquí, se 
apoyan los que reclaman, para Montevideo, el título 
de cuna de la revolución en la América austral. Pero 
yo atribuyo a todo eso, con ser tan importante, una 
secundaria importancia: recordemos que también se 
ha reclamado para los normandos, para los irlandeses, 
y hasta para los chinos, la gloria del descubrimiento 
de América. 

No; el que descubrió la Americano era tal chino ni 
normando; fué Cristóbal Colón, el geno vés que todos 
conocemos. Y fué Buenos Aires, la gran ciudad río- 
platense, capital del antiguo virreinato, fué su vale- 
roso pueblo, su populacho, como dice Estrada, quien 
pudo marcar, y marcó con eficacia, el 25 de mayo 
de 1 810, la hora prima de nuestra vida indepen- 
diente. Allí estaba el virrey, y sólo allí tenía que ser 
depuesto, como lo fué. Aun suponiendo que Mon- 
tevideo hubiese llegado hasta destituir a su gober- 
nador español, lo que no sucedió ni se pretendió, 
ese acto no hubiera tenido la trascendencia de la 
destitución del virrey en Buenos Aires. ¿Quién puede 
dudarlo^ Nada importan las intenciones o sospechas 



I,A FECHA INICL\ly 147 

sobre el porveni que los instigadores de esos plebis- 
citos pudieron abrigar; las de los principales de Mon- 
tevideo en 1808 no eran más claras, por cierto, que 
las de los de Buenos Aires en 1810, Artigas estaba 
en la sombra todavía. Esc nuestro doctor Joseph 
Pérez Castellano, por ejemplo, autor de la fórmula 
célebre, era un sabio y virtuoso ciudadano, que no 
sin causa glorificamos; pero no podemos hacerlo por- 
que tuviese una visión más precisa que la de Riva- 
davia o Belgrano, por ejemplo, sobre el espíritu de 
la revolución que provocaban. Pérez Castellano fué 
tan sincero como Rivadavia; cuando, en substitución 
de los héroes anónimos, aparezca Artigas, el héroe 
personal, con su visión profética, el sabio doctor 
oriental, anciano de setenta años, no podrá ya com- 
prenderlo ni recibir su revelación; mirará de reojo 
sus alianzas con Buenos Aires, porque sólo verá en 
éstas una defección de la buena causa, de la oriental 
española; creerá ver por eso en el gran caudillo, y 
así lo dice en alguno de sus escritos, el Don Julián 
Oriental, que, por odio al rey, al don Rodrigo mo- 
derno, da entrada en nuestra tierra a los moros. lyos 
moros son, para él, los hombres de Buenos Aires, 
«violadores, dice, del juramento más solemne que 
jamás se le hizo a Dios en favor de su rey». 

Si debemos, pues, atribuir al Cabildo abierto de 
Montevideo su importancia sociológica, no cabe equi- 
pararlo, en sus consecuencias políticas, con el plebis- 
cito de Mayo que, en la capital del virreinato, da en 
tierra con el virrey. 

Aquel golpe audaz fué decisivo desde el primer 
momento; fué el disparo certero que rompe el ala 
izquierda, la del corazón, al pájaro de osamenta 
férrea. Toda la lucha que seguirá a ese golpe ten- 



148 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

drá por objeto la ya imposible reconquista de Buenos 
Aires por parte de España; su conservación por par- 
te de América, de toda América. Allí debía, por lo 
tanto, radicarse el pensamiento de la revolución ge- 
neral; esa ciudad era el depósito de los recursos, el 
centro de operaciones, por otra parte, y de allí debían 
distribuirse los elementos de acción, de que eran 
dueños todos los pueblos platenses. 

Buenos Aires tuvo la gloria de ser el heraldo o men- 
sajero de la diosa Libertad; pero, por eso mismo, des- 
de ese momento, dejó de pertenecerse a sí propio, para 
pertenecer a la divinidad, cuyo era el mensaje que 
aceptaba. Era preciso que no volviese allí el virrey, 
y mucho menos el rey; pensar en restaurarlo, era 
delito de lesa América. Buenos Aires mismo no podía 
hacerlo ya. El propósito de ratificar, de perpetuar 
lo hecho en su plaza pública, el 25 de mayo de 1810, 
es el alma de la guerra de independencia que allí se 
inicia; si así no fuera, esa consagrada fecha sería una 
mentira. No lo es, felizmente. De una parte, estará 
el pueblo americano; de la otra, todos cuantos preten- 
dan volver un paso atrás de la deposición del virrey 
de España en Buenos Aires. Eso es lo que se llama 
la revolución de Ma^'o. 

Desgraciadamente, la idea contraria anidó en los 
hombres dirigentes, ya que no en el pueblo, de la ciu- 
dad iniciadora. 

No era Buenos Aires, según aquellos hombres, 
quien debía pertenecer a los pueblos que la defen- 
dían; eran los pueblos quienes debían pertenecer a 
Buenos Aires. He aquí el grande y funesto error, 
que hizo imposible la unidad política de la nación 
hispánica independiente en el Plata. 

I/a idea de que esa capital continuaba siendo la 



LA FECHA INICIAi; 1 49 

sede nata de toda soberanía y autoridad, por el solo 
hecho de haberlo sido como sede colonial, y por vo- 
luntad del Rey Nuestro Señor; el concepto de que todo 
debía someterse al arbitrio y dirección, no ya del 
pueblo ríoplatense, sino de los hombres que en Bue- 
nos Aires ocuparan el poder, y dispusieran, pública 
o secretamente, secretamente sobre todo, de los des- 
tinos del pueblo americano, se hizo carne en los hom- 
bres de Mayo. 

«Tu miedo aumenta el número de mis enemigos», 
dice Macbeth. Esa idea aumentaba el número de los 
enemigos de América, y con ellos morirá. 

Pero no por eso el 25 de mayo de 1810 deja de ser 
la cifra inicial de la gran revolución, ni la ciudad de 
Buenos Aires su capital gloriosa, nuestra capital glo- 
riosa, si así lo queréis. 



II 



Una de las resoluciones adoptadas el 25 de mayo, 
además de la convocación de todos los pueblos del 
virreinato para que enviaran representantes, a fin 
de resolver libremente de sus destinos, fué la forma- 
ción y el envío inmediato de ejércitos, que difundieran 
el movimiento por todo el territorio de la nación, y 
sofocaran las resistencias que a sus propósitos se opu- 
sieran. Bsas expediciones se llamaban auxiliares, es 
decir, colaboradoras o centro de apoyo de los elemen- 
tos populares que se adhirieran al impulso de eman- 
cipación, reconociendo la Junta Provisional de Buenos 
Aires. 

Una de aquéllas se dirigió hacia el Noroeste, hacia la 
provincia del Alto Perú, que será más tarde una na- 



I50 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

ción independiente; esa expedición debía cruzar, en 
línea diagonal, el territorio argentino. La otra, bajo 
las órdenes de Belgraco, se dirigió hacia el Norte, 
a la provincia del Paraguay, que también formará 
un estado soberano. Más tarde se dirigirá otra hacia 
el Este, hacia el otro lado del Uruguay y el Plata, a la 
Provincia Oriental, que, como el Alto Perú y el Para- 
guay, será también nación, y cuya capital, la plaza 
fuerte de Montevideo, es el núcleo principal de resis- 
tencia a lo iniciado el 25 de mayo en la capital del 
virreinato. Esos cuatro núcleos sociológicos, Alto Perú, 
Paraguay, Región Occidental y Banda Oriental, for- 
man la nación platense. Trátase, pues, no de conquis- 
tarlos, sino de conglomerarlos, de substituir la fuerza 
colonial, que les daba cohesión forzada, por la fe que 
debe darles, con una conciencia, una cohesión orgá- 
nica, vital, permanente. Ke ahí el problema. 

Mucho nos convendrá saber, antes que todo, 3" 
aunque sea a la ligera, quién resiste en Montevideo^ 
y por qué resiste. Veamos lo que es el 25 de mayo 
de 1810, en la futura capital de la República Oriental 
del Uruguay. El punto es tan interesante como com- 
plejo, y reclamo para él vuestra atención toda entera. 

Montevideo, como todo el pueblo oriental de que es 
cabeza, no sólo se adherirá entusiasta, dentro de ocho 
meses, a la iniciativa de Mayo, sino que, conducido 
por Artigas, le imprimirá su verdadero significado, 
independencia, le dará sus primeras glorias, y conser- 
vará su espíritu, cuando los mismos iniciadores re- 
nieguen de él, o pierdan su fe, dado que la hayan 
tenido. Resiste, sin embargo, en los primeros mo- 
mentos, la iniciativa de Buenos Aires. Y es muy de 
notar que el rechazo es unánime; no son sólo los es- 



I^A FECHA INICIAI, 151 

pañoles, que han de sostener empecinados la causa 
del rey, quienes se oponen a lo hecho; son también 
los nacionales, que, mañana no más, serán sm más 
obstinados sostenedores. 

¿I^a causa de ese fenómeno?. . . Fijaos bien en esto, 
amigos artistas, porque mucho se vincula con lo que 
hemos hab'.ado y con lo que vamos a hablar para 
comprender a Artigas. 

IyO£ españoles de Montevideo resisten el movimien- 
to de Buenos Aires, porque dudan, y no sin alguna 
causa, de la fidelidad al rey de España, que sus ini- 
ciadores proclaman . I/)s orientales, porque dudan, 
también con fundamento, de la fidelidad y del respeto 
a los pueblos que aquél debe entrañar. 

I<os españoles temen ver substituido el virrey, y el 
rey por consiguiente, por el pueblo americano. I^s 
orientales temen ver substituido un yirrey por otro 
virrey, el español poi el bonaerense. 

Producido el movimiento de Mayo, Montevideo 
no permanece impasible, ni mucho menos; se con- 
mueve profundamente, observa lo que pasa en el 
otro lado del Plata, y se dispone, no a obedecer la 
autoridad de la capital, así se llame Junta o Virrey, 
pues, desde que acordó por sí y ante sí la reconquista 
de Buenos Aires, no reconoce más autoridad que la 
del rey, sino a adoptar una resolución propia, libre 
y consciente, como lo hizo en el Cabildo abierto 
de 1808. 

Tanto el virrey Cisneros como la Junta, que cono- 
cen bien el carácter de aquel pueblo, le envían sus 
representantes. 

El virrey, antes de su caída, y al sentirla inmi- 
nente, le pide adhesión y apoyo, por intermedio de 
su secretario, que llega fugitivo a Montevideo el 



152 hA EPOPEYA DE ARTIGAS 

24 de mayo. La Junta le reclama el reconocimiento, 
y el envío de un diputado, después de depuesto Cis- 
neros; pero no lo hace por simple comunicación es- 
crita, como a los demás pueblos del virreinato, sino 
enviándole un comisionado especial, el capitán don 
Martín Galaín, que llega a la ciudad oriental, el 31 de 
mayo, con toda clase de explicaciones. 

Al enviado de Cisneros, de cuyos actos no quiere 
hacerse más solidario que de los de Liniers antes de 
conocerlos y juzgarlos, contesta Montevideo, después 
de larga deliberación, «que está dispuesto a tomar 
todas las medidas conducentes a la conservación del 
orden, 3^ de los derechos sagrados de Femando VII»; 
pero le ordena que salga inmediatamente de Monte- 
video. 

Al enviado de la Junta ¿qué le contestará? El caso 
es arduo. Montevideo no tenía por qué sorprenderse 
ante lo hecho, pues la Junta de mayo de 1810, en 
Buenos Aires, no era sino la repetición, como hemos 
visto, de la de septiembre de 1808, en Montevideo, 
y mucho más si tenemos en cuenta que, con los plie- 
gos que conduce Galaín, viene uno del mismo virrey 
Cisneros, el depuesto, en que exhorta al Cabildo de 
Montevideo al reconocimiento de la nueva Jimta, 
pues ésta acata sinceramente al Rey Nuestro Señor. 
El Cabildo delibera, y no se cree habilitado para 
resolver el punto. Convoca al pueblo, llama a Cabildo 
abierto, es decir, se integra con los principales veci- 
nos. El Cabildo se realiza el 1.° de junio, bajo la pre- 
sidencia del gobernador Soria, que ha substituido a 
Elío. Éste se ha ido a España, de donde pronto vol- 
verá con el carácter de nuevo virrey. 

Veamos, pues, lo que pasó en ese Cabildo de 1.° de 
junio. En él se discute larga y acaloradamente; los 



I,A FECHA ESriCIAI, 1 53 

ánimos están muy agitados; hay allí muchas reservas 
mentales. Se llega, por fin, a una solución por simple 
mayoría, con grande oposición: la Junta de Buenos 
Aires será reconocida, pero condicionalmente, con 
ciertas limitaciones; éstas serán fijadas por una comi- 
sión especial, que les dará forma, y las someterá de 
nuevo a la aprobación del Cabildo. 

Pero en esos precisos momentos, el 2 de junio, 
llega a Montevideo un buque, el bergantín Filipino. 
con la noticia de haberse instalado en Cádiz, en re- 
emplazo de las Juntas, un Consejo de Regencia, y 
con comunicaciones de éste. Era lo que deseaba el 
gobierno, el Cabildo, el pueblo montevideanos: una 
ocasión cualquiera, así fuera la más inconsistente, 
para proceder por sí mismos, y para no verse obli- 
gados a consagrar el derecho, que parecía arrogarse 
Buenos Aires, de someter a su autoridad a Montevi- 
deo, no teniendo la delegación directa del rey. De 
rey abajo ninguno. No se vacila; se lee en voz alta, 
en la plaza Mayor, la proclama de las nuevas autori- 
dades españolas, que invitan al pueblo americano 
a ieconocerlas;se las reconoce sin pérdida de tiempo, 
y se aclama el Consejo de Regencia. Salvas de arti- 
llería, repiques de campanas, juramento solemne 
de las tropas, aclamaciones del pueblo. Y siempre, 
eso sí, ¡Viva Fernando VII!, el augusto Comodín 
prisionero. 

Es claro que la contestación a la Junta de Buenos 
Aires se imponía, y el Cabildo la acuerda el 2 de ju- 
nio: que Buenos Aires reconozca, ante todo, como 
Montevideo, el Consejo de Regencia; que se declare, 
a la par de Montevideo, vasallo del rey, sin pretender 
substituirlo, y entonces se hablará del envío de dipu- 
tados, etc. 



154 ^■'^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

El Cabildo resolvió, pues, suspender su delibera- 
ción, hasta conocer la actitud de la Junta de Mayo 
ante los nuevos sucesos de España. 

I^a Junta de Buenos Aires insiste premiosamente, 
y en la forma que cree más eficaz. No sólo contesta 
en una larga y bien fundada comunicación, sino que 
desprende de su seno a su propio secretario, el doctor 
don Juan José Paso, uno de los varones más conspi- 
cuos del movimiento de Mayo, y lo envía a conven- 
cer a Montevideo con su influjo y elocuencia. El 
Cabildo resuelve darle audiencia inmediatamente, el 
mismo día. El mensajero habla con pasión; relata 
los sucesos ocurridos; da las razones por las cuales no 
es el caso de reconocer el Consejo de Regencia, que 
en Montevideo ha sido proclamado. El Cabildo, des- 
pués de oirle, le intima se retire a su alojamiento de 
extramuros, y resuelve que, «desde que la diputación 
venía al pueblo, debía convocarse a éste, en la parte 
más respetable del vecindario, para que, instruido 
por el diputado, delibere lo que estime justo». 

El Cabildo abierto tiene lugar el 15 de junio. Allí 
está todo el pueblo. I^as personas más caracterizadas 
se sientan al lado del gobernador y de los cabildantes: 
allí están Soria el gobernador, y don José de vSalazar, 
jefe de la marina, y las autoridades eclesiásticas, La- 
rrañaga y Pérez Castellano. Y don Nicolás de Herrera, 
ministro de la Real Audiencia, y Elias, tesorero de 
Gobierno. Y los miembros del Cabildo: Salvañach, 
Arambuiú, Vidal, Illa, Ortega, Mas de Ayala, de la 
Peña, Pérez, Vidal y Bena vides. Y los ciudadanos 
lyucas José Obes, y Mateo' Magariños, y Juan J. Du- 
ran, y Acevedo, 5' de las Carreras, y Costa, y Gómez 
Neira, Méndez, etc., etc. Es realmente un senado de 
gran respetabilidad; tiene personalidades como las 



L,A FECHA DaCIAt 155 

más ilustres del movimiento de Mayo: Herrera, Obes, 
lyarrañaga, Pérez Castellano, Magariños... Bstan ecléc- 
tico como el de Buenos Aires. El diputado de la capital 
exhibe sus credenciales, en que la Junta le da plenos 
poderes, y lo presenta, por su inteligencia y su pureza 
de intenciones, como la mejor prueba de su vivo 
anhelo porque la unión de ambos pueblos se realice; 
porque pueda la patria «presenciar el tierno espec- 
táculo que prepara Buenos Aires a la entrada del 
representante de Montevideo en compañía del de la 
Junta». 

Paso hace esfuerzos por arrastrar el Cabildo a su 
opinión; sus razones son las mismas que ha consig- 
nado la Junta en su notable comrmicación, redactada 
por su secretario Moreno, pero realzadas por el brío 
del orador. Y son razones poderosísimas, irrefuta- 
bles. La Junta organizada el 25 de mayo no ve, en 
las noticias recién llegadas, en la formación del Con- 
sejo de Regencia, nada que pueda conmover los fun- 
damentos en que descansa. El fundamento principal 
de su constitución es la carencia, en España, de una en- 
tidad que sea representante genuina del rey prisio- 
nero. Si las Juntas no lo eran, ¿cómo ha de serlo el 
Consejo que de ellas procede? 

¿Pero Montevideo cree que ese Consejo de Regen- 
cia representa efectivamente al rey? 
[;V^Sea, contesta Buenos Aires. Eso no debe obstar 
a nuestra unión. Nosotros también lo hemos acatado 
tácitamente, y lo proclamaremos, desde el momento 
en que estemos seguros de que ese Consejo entraña 
la voluntad del rey que hemos jurado, y cuyos dere- 
chos defenderemos hasta morir. «Lo substancial, agre- 
ga Buenos Aires, es que todos permanezcamos fieles 
vasallos de nuestro augusto monarca don Fernán- 



15^ IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

do VII, indiscutible para todos; que cumplamos nues- 
tro juramento de reconocer al gobierno de España, 
legítimamente constituido, y que, entretanto, estre- 
chemos nuestra unión, para socorrer a la metrópoli, de- 
fender su causa, observar sus leyes, celebrar sus triun- 
fos, llorar sus desgracias.» Con ese motivo, el orador 
habló de los peligros que corrían los pueblos del 
virreinato, si no se unían reconociendo la Junta de 
Buenos Aires. Dijo, repitiendo la idea del Cabildo 
bonaerense en el Cabildo abierto del 22 de mayo, 
que esa alianza era necesaria para precaverse de posi- 
bles ataques de la corte portuguesa, etc., etc. 

Todo eso, y mucho más, escribía Buenos Aires en 
su nota, y expresó con animada elocuencia su repre- 
sentante ante el Cabildo de Montevideo. 

Y todo eso era de lo más concluyente que puede 
imaginarse; nada mejor fundado ni más lógico. 

¿Pero conocéis algo más inconsistente que la lógica 
en ciertas ocasiones, mis amigos artistas? ¡La lógica 
de las palabras! L^a palabra es un huevo, de donde 
puede salir lo mismo un caimán que una paloma. 
|La fidelidad al reyl ¿Quién es el rey? Los españoles 
de Montevideo, tanto los venidos de España cuanto 
los nacidos en América, creían que era uno; los ameri- 
canos que era otro. Pero españoles y americanos monte- 
videanos estaban absolutamente conformes en una cosa 
en su inmensa mayoría: en que el rey no debía ser Bue- 
nos Aires. Eso era allí lo esencial; lo demás se resolvería 
entre españoles y americanos de Montevideo. Yeso fué 
lo que allí predominó, teniendo por órgano principal a 
don Mateo Magariños, que llevó al Cabildo el eco del 
pueblo de Montevideo, que, como el de Buenos Aires el 
25 de mayo, y como él mismo el 21 de septiembre, 
se agitaba frenético en la plaza, mientras el Cabildo 



I,A FECHA INICIAI, 1 57 

deliberaba. Magariños, españolista radical, dominó 
la asamblea «con su elocuencia tempestuosa». «El 
pueblo sostiene, decía Magariños, que no se debe 
aceptar la Junta de Mayo, porque ella pretende 
ejercer su poder, como sucesora de los derechos del 
virrey; y Montevideo, en esa solución, no reconoce 
sino sus propias y legítimas autoridades.» Como lo 
veis, amigos artistas, en todo esto os estoy haciendo 
ver los gérmenes sociológicos de la independencia de 
a Banda Oriental, después de haberos hecho conocer 
los étnicos y geológicos. 

El comisionado de la Junta del 25 de mayo fué 
rechazado. El Cabildo abierto resolvió: «que, entre 
tanto la Junta no reconociese la soberanía del Con- 
sejo de Regencia que había jurado el pueblo de Mon- 
tevideo, éste no podía ni debía reconocer la autoridad 
de la Junta de Buenos Aires, ni admitir pacto alguno 
de concordia o unidad». 

Ahí tenéis, mis amigos, lo que fué el 25 de mayo 
de 1810 en Montevideo: algo así como la repetición 
del Cabildo abierto en 1808. He aquí que aparecen 
la Roma y la Cartago de don Comelio Saavedra, sin 
haber aún aparecido la figura de Artigas. 

Después de eso, los españoles se aprestaron a de- 
fender por sí mismos a su rey, y los orientales a hacer 
lo propio con el suyo, que no era el mismo, por más 
que ambos llevaban el nombre de Fernando VII. La 
misma cascara, el mismo huevo, al parecer; pero del 
uno saldrán los empecinados españoles; del otro... 
del otro saldrá Artigas, el hombre absolutamente 
sincero, el héroe republicano de la revolución de Mayo. 



158 I/A EPOPEYA DE ARTIGAS 



III 



Entretanto, sigamos a las expediciones auxiliares que 
la Junta de Buenos Aires ha enviado para difundir 
el movimiento: la que se dirige al Norte, hacia el 
Alto Perú, la que va al Paraguay, y, por fin, la que 
vendrá a la Banda Oriental. 

I^a primera expedición emprende su marcha. En 
el camino tropieza con una conspiración en pro de 
la reacción puramente española, encabezada por 
I^iaiers en Córdoba, y la ahoga en la sangre de la pri- 
mera tragedia que mancha el territorio. I^as instruc- 
ciones de Moreno, las del apócrifo Plan de Operacio- 
ites de que hemos hablado, comienzan a ponerse en 
práctica: los ilustres conspiradores, tomados prisio- 
neros, son fusilados en la Cruz Alta, por orden expre- 
sa de la Junta Central de Buenos Aires, que, inspi- 
rada por el espíritu funesto, se presenta implacable 
ante el clamor social que pide clemencia. No hubo cle- 
mencia; aquella sociedad quedó consternada, y la idea 
de que era el espíritu de conquista, más que ningún 
otro, el que Venía de Buenos Aires, echó allí sus raíces. 

Preciso es confesar que, para justificar ese holocaus- 
to, será necesaria mucha consecuencia en los sacrifi- 
cadores. Si I^iniers y sus compañeros merecieron la 
muerte por defender a su rey, ¡ay de los que pretendan 
reponerlo en su trono! Que sólo la convicción heroica 
distingue al héroe del criminal. 

El ejército sigue su marcha hacia el Norte, pues 
del Perú, de la gran capital del dominio español, tie- 
ne que venir el enemigo. Y es preciso cerrarle el paso 
hacia Buenos Aires, La expedición sigue bajo las órde- 



lyA FECHA INICIAI, 159 

nes de Balcarce y de CastelU, sucesores de Ocampo y 
de Vieites, que resistieron el sacrificio de I^iniers y 
sus compañeros. Ese Castelli es de una severidad con 
los demás, que causa escalofríos. Iba como Represen- 
tajtie de la Junta. 

El ejército auxiliar cruza por territorio indiferente. 
El sol del 25 de mayo no aparecía por aquellas sole- 
dades. 1/3. noche era profunda y sin estrellas; la auro- 
ra estaba lejos. I^a expedición no era, pues, auxiliar 
de nadie; era conquistadora del desierto. 

Sólo al llegar a Salta, allá en el Norte, encuentra el 
concurso popvilar; allí vive un caudillo local, Martín 
Güemes, que ha reunido milicias y caballos y ganado, 
con los que acrece, por intermedio del gobernador 
intendente, los elementos del ejército conductor del 
mensaje de libertad. Esa expedición sigue hacia el 
Norte; penetra en el Alto Perú; llega a Cotagaita, y 
allí choca con el ejército español, al mando del gene- 
ral Córdoba, que rechaza al de Buenos Aires (27 de 
octubre de 1810). 

Se rehace éste, con algunos contingentes recibidos 
de Jujuy, y los dos ejércitos vuelven a encontrarse 
de nuevo, algunos días después, el 7 de noviembre, 
en los campos de Suipacha. Sólo media hora duró la 
lucha en esta acción campal de las armas argentinas, 
que obtuvieron allí la primer resonante victoria. 
Cuarenta muertos, ciento cincuenta prisioneros, toda 
la artillería enemiga, una bandera y los bagajes, 
quedaron en poder del vencedor. 

Éste no fué generoso; tampoco fué aquí clemente, 
por desgracia. El intendente de Potosí, y los genera- 
les vencidos, Córdoba y Nieto, fueron fusilados en 
la plaza de aquella ciudad, lo que provocó terribles 
represalias, jMaldito espíritu infernal que entene- 



1 6o I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

brece la gloria! Tampoco fué grato el recuerdo que 
dejó el vencedor en la sociedad del Alto Perú; no 
fué popular. La conducta licenciosa de Castelli, sobre 
todo, dejó allí un recuerdo desastroso. No quiero 
hablaros de eso. Pasemos. Bse recuerdo había de refor- 
zar el germen de inevitable desmembración de aquella 
región andina, que, a no haber intervenido el espíritu 
disolvente de la ciudad virreinal, hubiera formado 
parte, como estado soberano, de la grande unión his- 
pánica del Plata. Esa provincia formará la república 
de Bolívar, Bolivia. Su libertad no vendrá, pues, a 
ella, de Buenos Aires; vendrá del Norte. Bolívar, 
Sucre, serán sus héroes. 

Como consecuencia de la batalla de Suipacha, el 
dominio de la Junta se extendió hasta el Desaguadero, 
límite de los dos virreinatos. I^as cuatro intendencias 
del Alto Perú, núcleo vivo de emancipación que, 
aimque lleno de energías intelectuales y sociales, tiene 
que buscar su centro de relación en Buenos Aires, 
el solo puerto, se declararon por la revolución. Pero la 
posesión fué fugaz; seis meses después (20 de junio 
de 1811), los ejércitos libertadores, al mando de Bal- 
caree, serán deshechos por los españoles en los cam- 
pos de Huaqui. 



IV 



La segunda expedición, la dirigida hacia la provin- 
cia del Paraguay, a las órdenes de Belgrano, penetró 
también allí en territorio enemigo; pero de un enemigo 
capaz de desorientar al mismo diablo, cuanto más a 
Belgrano. Éste debía encontrarse allí con el caso más 
extraordinario de patología social que presenta la 



I,A FECHA INICIAI, l6l 

historia americana: un pueblo vigoroso, conducido, 
como un autómata, por un monstruo extraño, mezcla 
de arcángel y de gato furioso, de mirada suave y 
siniestra, llena de fuego frío, de luz obscura, del eter- 
no contraste, de la eterna negación; un híbrido de 
Ariel y Calibán. ¡Qué extraño personaje este que 
vamos a conocer! Tenía alas, debemos creerlo, alas 
de piel membranosa; pero llevaba también una zarpa 
escondida en la piel llena de escalofríos, y blanda como 
una caricia mortal. No fué el enemigo español; fué 
ese extravagante troglodita paraguayo, con el pueblo 
en las garras, quien, al sentir el paso de Belgrano, 
sacó la cabeza de entre la cálida selva y salió al en- 
cuentro del ejército auxiliar, para destrozarlo en un 
abrir y cerrar de ojos. Se llamaba don Gaspar Ro- 
dríguez de Francia. 

No es tarea fácil, antes la creo en extremo difícil, 
si no imposible, averiguar de qué procedía, cuándo y 
cómo había sido engendrado tan extraño y contradic- 
torio ser, en aquella región apartada, con la que nada 
tenía de común; pero de lo que os narre y diga, mis 
amigos artistas, sacaréis vosotros las consecuen- 
cias que os parezcan más razonables. Sobre este don 
Gaspar Rodríguez de Francia, que es preciso conozcáis, 
para el contraste por ahora, como conocimos a Bolí- 
var en el otro extremo y significado, se ha escrito mu- 
cho, como no podía menos; cada cual ha pensado según 
su leal saber y entender. Carlyle se extasiaba ante el 
fenómeno éste, que apenas entrevio al través de infor- 
maciones deficientes, y en el qne quería ver algo de su 
Cromwell. A mí me recuerda, quizá, aquellas marmó- 
reas esfinges, descritas por Gautier, que afilan sus ga- 
rras en el ángulo de sus pedestales, que nos miran con 
los ojos en blanco, con una intensidad que asusta, y 

T. 1.-13 



1 62 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

sobre cuyos lomos leonados se ven como estremeci- 
mientos; su cuello de mujer palpita, como si allí 
latiese un corazón. 

Resumamos los hechos: Belgrano y su ejército de 
i.ooo hombres, entre los cuales descolló por su biza- 
rría un primo hermano de Artigas, Manuel, que pronto 
morirá por la patria, fué inmediatamente destrozado 
por el ejército enemigo en Paraguarí, el 19 de enero 
de 1811. Se fortificó aquél 60 leguas más abajo, en la 
margen izquierda del Tacuarí, y allí sufrió el descala- 
bro definitivo; capituló, prometió retirarse al otro 
lado del Paraná, y se retiró para siempre de aquella 
tierra intangible. 

^; Quién lo había hecho pedazos? Se dice en las his- 
torias generales de América, malas como toda enciclo- 
pedia, que el ejército que venció era el de don Bernardo 
de Velazco, gobernador español del Paraguay. Eso es 
no ver sino las apariencias, y repetir lo que dijo el pri- 
mero que habló de historia paraguaya sin conocerla, 
o poniéndola al servicio de otras historias. 

No hubo tal: Velazco abandonó el campo; allí con- 
cluyó su autoridad, como la de Sobremonte ante las 
invasiones inglesas. Quien venció a Belgrano fué el 
Paraguay, el ejército paraguayo, conducido, en primer 
término, por el coronel don Manuel Anastasio Caba- 
nas. Al lado de éste, lucharon también allí, como je- 
fes bizarros, Gamarra, Juan Antonio Caballero, Pas- 
cual Urdapilleta, Fulgencio Yegros, I/Uis Caballero 
y muchos otros, todos bravos paraguayos, que figu- 
rarán en su tierra. 

Pero todos esos combatientes obraban ya dentro 
del círculo mágico de la esfinge, o dragón, o como 
queráis imaginarlo, que ha de tragárselos a todos. 



I,A FECHA INICIAI, 1 6$ 

Fué el aliento de fuego de esa esfinge o dragón quien 
allí venció a todo el mundo: a españoles, a argentinos 
y a los mismos paraguayos: don Gaspar Rodríguez 
de Francia. 

Bs menester que aclaremos esto. 

Recordad, mis amigos, la repercusión del 25 de mayo 
en Montevideo; la resistencia de esta ciudad a some- 
terse a Buenos Aires, etc., etc. El mismo sentimiento 
de los orientales hacia la capital del virreinato ^ y por 
causas análogas, existía en el Paraguay. Éste se sen- 
tía persona distinta de las demás, y no sin razón, por 
cierto. El Paraguay, lo mismo que la Banda Oriental, 
no fué jamás, como se ha dicho, provincia argentina; 
fué una gobernación dependiente del virrey del Río 
de la Plata en los últimos tiempos del virreinato. Así 
como la Banda Oriental vivió abandonada y siendo 
la vaquería de Buenos Aires durante el coloniaje, el 
Paraguay existió casi aislado de las demás provincias, 
cuyas influencias sobre él fueron nulas; pero la ciudad 
de la Asunción experimentó, tanto como la de Mon- 
tevideo, y por causas análogas, el efecto de los celos 
de Buenos Aires, que obstó siempre a sus progresos: 
obstaculizó el comercio paraguayo gravando sus pro- 
ductos; impidió su expansión; formó y enconó la ri- 
validad entre ambos pueblos. He aquí que se nos 
ofrece otra Cartago. Por otra parte, el paraguayo se 
consideraba de im origen étnico distinto del argen- 
tino; hasta la conservación del idioma guaraní, pues 
allí no se hablaba o se hablaba muy poco el caste- 
llano, constituía una barrera fundamental, que no la 
fuerza, sino la discreción y el genio hubieran podido 
salvar, en obsequio a la grande unión. 

No queriendo, pues, substituir un gobernador ex- 
tranjero por otro tan extranjero como él, no vio en 



164 r<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

la expedición de Belgrano sino el espíritu de conquis- 
ta de Buenos Aires, de la Roma platense, y rechazó 
esa expedición, con el propósito de conquistar por sí 
mismo, y para sí mismo, la independencia. Y no se 
equivocaba, por cierto; Belgrano llevaba la misión 
expresa de deponer al gobernador español Velazco, 
para quedar él en su lugar como representante de la 
Junta de Mayo, a la que enviaría diez mil hombres 
paraguayos. El espíritu vital de conservación se des- 
pertó allí. 

Pero ese espíritu, que en la Provincia Oriental ani- 
maba a muchas almas, en el Paraguay, bien que 
difundido en el pueblo inconsciente, y sentido por 
algunos hombres de pensamiento, estaba concentrado, 
como principio de acción política, en las soledades 
negras de im alma sola, y de un alma que de tal ma- 
nera absorbía a todas las demás, que se las devoró 
a todas, y se llevó la causa de la independencia a 
sus profundidades psíquicas, guarida llena de noche 
glacial, y habitada por varias familias de serpientes 
y otras sabandijas. 

Vais a ver, mis amigos, cómo los esfuerzos de Ar- 
tigas por e\'itar el injusto predominio de la oligarquía 
o comuna porteña en su patria oriental, lejos de lle- 
varlo a matar el nervio popular con la tiranía, o a 
separar a su pueblo de la defensa común, lo induce 
a ser el primer capitán de esa defensa, a buscar alian- 
zas con todos los pueblos libres, incluso el de Buenos 
Aires, a ponerlos por testigos y jueces de la santidad 
de su causa, a despertai en ellos el sentimiento de 
su propio ser y del respeto mutuo, a luchar animoso 
por la felicidad de todos los americanos, que consi- 
dera una sola nación, a difundir, a la faz del mundo, 
y a hacer prácticos, los más amplios principios de 



I.A FECHA INICIAI, 1 65 

libertad, de democracia, de gobierno propio, a los que 
da forma con el concurso de los hombres más ilustres 
de su tierra, que respeta 3^ tiene a su lado. 

Don Gaspar Rodríguez de Francia es todo lo con- 
trario: él, unido a sus compañeros de las primeras 
horas, sinceros y candorosos, proclama el principio 
vital, la independencia; pero con reservas mentales 
y tortuosidades solapadas. I^o vemos aparecer y des- 
aparecer en la vida pública; sacar la cabeza y escon- 
derla como la araña; adherir con los demás al pensa- 
miento y a la obra y a la alianza de Artigas mientras 
no ha asegurado su predominio propio, y renegarlo, 
y abandonarlo después, cuando no le conviene su 
proximidad. Francia realiza así la independencia del 
Paraguay; pero no para el pueblo paraguayo, que 
no educa ni quiere educar. Una vez conseguida, separa 
a ese su Paraguay, no sólo de España, y de Buenos 
Aires, y de los orientales, y de los argentinos, sino 
del mundo entero; se lo lleva en las garras, una vez 
aniquilados sus compañeros, a quienes mata o encar- 
cela para siempre; lo secuestra del contacto de los 
vivientes, poniéndole por muralla la distancia, el de- 
sierto, y la misma guerra sostenida por Artigas en 
defensa del derecho de todos. Nada sería eso, si se 
lo llevara para hacerlo feliz en alguna manera, mien- 
tras evitaba, por medio del aislamiento, los ataques 
posibles a su independencia. Pero, no: lo encierra en 
la obscuridad de su tiranía, y allí se entretiene, du- 
rante treinta años, en matar en él, con deleite felino, 
todo germen de vida: hombres y principios de civili- 
zación, relaciones exteriores e interiores. 

Oportuno es recordar aquí que no ha faltado quien, 
suponiendo que en el Paraguay no respiraba más 
hombre de pensamiento que el doctor Francia, ha 



1 66 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

dicho qiis, sin éste, la independencia paraguaya no 
existiría. ¡Gran majadería la de confundir el héroe 
con el tirano, que es su negación! En el Paraguay, lo 
mismo que en toda América, ni más ni menos, flotaba 
sobre las aguas el grande espíritu; sin él, la nada 
hubiera j)ersistido. En cuanto al núcleo de hombres 
de pensamiento, necesario para que aquél cobrara 
su forma inteligente, existía también allí, con los 
mismos caracteres que en los demás pueblos, con las 
mismas aptitudes y deficiencias. No es del caso un 
análisis detallado de aquellos malogrados proceres; 
pero basta examinar los actos y documentos de las 
Juntas que nacieron de la revolución, para conven- 
cerse de que no es sólo Francia quien allí piensa y 
escribe, ni mucho menos; es precisamente cuando él 
está ausente, cuando esas Juntas nos ofrecen los do- 
cumentos y actitudes más definidas y más fuertes. 

La casi desconocida figura de don Fernando de la 
Mora, por ejemplo, secretario de la primera, equiva- 
lente a la del Moreno bonaerense, o a la del Larra- 
ñaga oriental, a la del Martínez Rozas chileno, des- 
cuella entre aquellos hombres con interesantísimo 
relieve. Fué, como Moreno, im relámpago; como él 
fué tragado por el mar; la tiranía es mar. Era de la 
Mora un joven abogado, inteligente, ilustrado, lleno 
de luminosas inquietudes; he tenido ocasión de cono- 
cer algtmos de sus manuscritos, y, entre ellos, ima 
copia fragmentaria, de su puño y letra, de la constitu- 
ción de los Estados Unidos que, concordada con algima 
cita a oradores angloamericanos que leemos en comu- 
nicaciones de la Jimta, son ima interesante revelación 
para la historia que está por hacer. 

Lo que caracteriza, pues, al Paraguay no es la 
ausencia de hombres de fuerza en el pensamiento o 



I,A FECHA INICIAI. IÍÍ7 

en el propósito; es la concentración, en un hombre 
solo, sin nada heroico, de la fuerza de acción excén- 
trica, que, en otros pueblos, se distribuj-ó entre varios, 
y formó personas colectivas, o dio nacimiento al héroe 
fulgurante, hijo de diosa al fin, que debió mucho, 
pero pagó su deuda en inmolación y en gloria. 

Sólo un héroe de verdad, opuesto al tirano, hubiera 
podido servir allí de núcleo de cohesión; pero el que 
lo fué de los demás pueblos platenses, sin excluir el 
de Bueno.s Aires, Artigas, no pudo penetrar en el 
Paraguay. 



Así como üs dije lo que fué el 25 de mayo en Mon- 
tevideo, es preciso que os haga saber lo que fué en 
la Asunción, capital del Paraguay. Aquí, como allá, 
el gobernador español Velazco, al recibir la comuni- 
cación de la Junta Revolucionaria de Buenos Aires, 
convocó un Congreso popular; pero esa asamblea 
no era como la de Montevideo: estaba constituida 
por doscientos hombres, analfabetos en su casi tota- 
lidad... y don Gaspar Rodríguez de Francia, que miraba 
ya de reojo a los otros, Yegros, Caballero, de la Mora, 
de la Mora sobre todo, y les buscaba el punto vulne- 
rable. 

Ahí lo tenéis sentado, con su figura tenue y dis- 
tinguida, con su cara caucásica, pálida y aquilina, 
con sus cabellos castaños obscuros que empiezan a 
blanquear, pues tienen 45 años, sus labios muy finos, 
sus manos de dedos muy afilados, su actitud de per- 
petuo acecho, y sus ojos, sobre todo, sus ojos negros 
o policromos, sin patria ni sexo, cuyas miradas bri- 



1 68 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

lian y se apagan, se van a las profundidades del alma 
a recoger algo, y vuelven de ella de repente, trans- 
formadas en un relámpago mortal, que se hunde en 
los otros ojos humanos y los hace cerrar. Había na- 
cido en la Asunción; otros dicen que en el Brasil, en 
San Pablo; que su nombre era Franga, de origen por- 
tugués. Ello es que, de la Asimción, se fué a estudiar 
a Córdoba del Tucumán; de allí volvió a su tierra 
con los grados de maestro en filosofía y doctor en 
Sagrada Teología; se aplicó especialmente al estudio 
del derecho; fué, en el Seminario de la Asunción, pro- 
fesor de latinidad y de teología; llevaba traje talar, 
y leía y estudiaba los enciclopedistas franceses, Rous- 
seau especialmente, y la historia de Roma de Rollín, 
Aquel hombre, en el Paraguay, era un exótico; su 
superioridad, no tanto en inteligencia y preparación 
literaria, cuanto en carácter y fuerza de fascinación 
siniestra, era allí aplastadora. Allí no había contrapeso 
posible; Francia no tenía raíces de ningún género en 
aquel pueblo americano, indígena en svis siete octavas 
partes, que hablaba en guaraní. 

Sigámoslo, pues, en la asamblea convocada por 
Velazco, el gobernador español, para apreciar el 
25 de mayo de 1810. El lo hace todo, y lo seguirá 
haciendo todo, directa o indirectamente, en la Inz o 
en la sombra, hasta dentro de treinta años, en que 
el pueblo paraguayo, al oir decir que el Señor ha muer- 
to solo y encerrado, a los 84 años de edad, no se atre- 
verá a escuchar la noticia, menos a darle crédito, y 
menos aun a entrar a ver el cadáver, por temor de 
que abra los ojos y derrame la mirada, más llena 
de muerte que cuando estaba viva. Y llorará, con su- 
persticiosos gritos lamentables, la muerte de su dra- 
gón sagrado. 



I,A FECHA INICL\I, 1 69 

En esa asamblea de que hablamos, celebrada el 
24 de julio, ya sugirió Francia la idea de la caduci- 
dad del poder español y la independencia absoluta 
del Paraguay; pero, eso no obstante, se resolvió «guar- 
dar fidelidad al Consejo español, de Regencia, como 
en Montevideo, que se tuvo en cuenta expresamente, 
y conserv^ar amistad con la Junta de Buenos Aires, 
pero sin reconocerle superioridad)). 

Ivlega entonces la expedición de Belgrano, y es des- 
trozada por los paraguayos. El gobernador Velazco, 
que ha desaparecido del campo de batalla, puede 
darse por caducado, como el virrey Cisneros en Bue- 
nos Aires. Conviene y es necesario saber que este 
Velazco, como Cisneros, ha estado viendo el nublado 
en el horizonte, y, como lo hará Elío en Montevideo, 
ha acudido por auxilio al aliado inmediato y natural 
de su rey: al de Portugal. Éste es el verdadero paladín, 
fuera es de duda, del dominio europeo sobre nosotros 
en el Atlántico; su solo enemigo en América ¡el solo! 
fueron Artigas y los pueblos que él condujo, sin em- 
bargo. Aliados su3'os fueron, como lo veréis, los ému- 
los de Artigas. Y la independencia definitiva de la 
patria de ese x\rtigas se conquistará en lucha con el 
heredero de Portugal, por la estirpe y por la lengua 
españolas, emancipadas y repubHcanas. El portugués 
ha acordado su auxilio a Velazco, como lo prestará a 
Elío; pero su órgano es el general Souza, con quien 
Velazco se concierta en una larga correspondencia 
que conserv'amos. Y Souza es el caballero armado de 
la princesa Carlota, presunta reina del Plata. Velazco, 
pues, a trueque del urgente socorro portugués que 
necesita, se ha comprometido a incorporar el Para- 
guay a los dominios de la futura reina, cuyos parti- 
darios en Buenos Aires son, como lo sabéis, los prin- 



I70 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

cipales hombres de ma3^o: Belgrano, Pueyrredón, etc. 
Pero el nublado descargó en el Paraguay más pronto 
de lo que pensaba el buen gobernador; en la noche 
del 14 de julio de 1811, precisamente cuando éste, 
Velazco, se disponía, con sus parciales, a hacer la 
proclamación solemne de Carlota, una conspiración 
encabezada por don Pedro Juan Caballero, pero hecha 
por Francia, depone a aquel gobernador, y lo substi- 
tuye por don Valeriano Zeballos y el doctor Rodrí- 
guez de Francia. Imaginaos quién mandaría allí. I^os 
que realizaron el movimiento, todos los prohombres 
del Paraguay, Yegros, Caballero, Estigarribia, etc., etc., 
declaraban que su propósito era unirse a Buenos Aires 
en una alianza que creían posible; pero Francia pen- 
saba de otro modo; tenía sus propósitos in pectore. 
Convocó un Congreso de la Provincia, que presidieron 
él y Zeballos; pronunció un larguísimo discurso empí- 
rico, empapado en las doctrinas de Rousseau. El 
Congreso acordó crear ima Junta de Gobierno de 
cinco miembros, de que era secretario el don Femando 
de la Moia de que hemos hablado, y formar, con Bue- 
nos Aires, una sociedad fundada en principios de igual- 
dad. Pero el doctor Francia, contra la resolución del 
Congreso, se dirigió a Buenos Aires en una nota céle- 
bre, de 20 de julio, firmada por los cinco gobernantes, 
en que le notificaba la absoluta independencia del Pa- 
raguay. En ella establecía la doctrina que hubiera de- 
bido unirlo con Artigas y los pueblos que éste va a 
acaudillar; pero esa doctrina, al abrigarse en su espí- 
ritu, como si se muriera en él de terror y de frío, pierde 
toda su virtud. Allí decía la Junta que el Paraguay 
había resistido la expedición de Belgrano, buscando 
su natural defensa; que, caducado el poder supremo, 
éste recae en la nación; que la confederación de la 



I,A FECHA INICIAI, I7I 

Provincia del Paraguay con las demás de nuestra Amé- 
rica era natural y conveniente; pero que las desgra- 
ciadas circunstancias ocurridas entre Buenos Aires y 
la Asunción la habían dificultado; que, en consecuen- 
cia, había sido preciso que la provincia recobrara sus 
derechos usurpados, para salir de la antigua opresión, 
y ponerse a cubierto de una nueva esclavitud de que se 
sentía amenazada. «Se engañaría, concluye, quien ima- 
ginase que la intención de la Provincia del Paraguay 
había sido entregarse al arbitrio ajeno, y hacer de- 
pendiente su suerte de otra voluntad. En tal caso, 
nada habría adelantado, ni reportado otro fruto de 
su sacrificio que el cambiar una cadena por otra, y 
cambiar de amo.» 

Con ser esto tan claro, Buenos Aires no acabó de 
comprenderlo: la conciencia de su derecho virreinal 
hereditario, tan irracional y funesto, lo indujo a subs- 
tituir la conquista por la diplomacia, para dominar 
al Paraguay. ¿No existía allí un Congreso con tenden- 
cias a la unión? Envió, pues, una misión diplomática, 
formada de los doctores Belgrano y Echevarría: dos 
conspicuos personajes. 

«¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos y a tales horas? 
Pues por Dios que han de ver esos señores que acá 
los envían, si soy yo hombre que se espanta de leones.» 
Así hablaba el Caballero de la Triste Figura. 

Buenos Aires no sabía, indudablemente, con quién 
se tomaba. Francia encerró a sus diplomáticos en un 
círculo mágico; no vieron otra cosa que él; fueron 
muy agasajados. Aquél los visitaba durante la noche; 
les hablaba contra sus propios compañeros de Go- 
bierno, a quienes denunciaba como amigos de los espa- 
ñoles; se les presentaba como el solo hombre, como el 
héroe amigo; ellos le pagaban sus visitas en su estudio, 



172 hA. EPOPEYA DE ARTIGAS 

donde lo encontraban rodeado de libros, y frente al 
retrato de Franklin, que allí tenía; pasaron por todo 
cuanto él quiso: reconocieron, en un tratado, la inde- 
pendsncia de la Provincia del Paraguay de la de Buenos 
Aires, sin perjuicio de consignar el deseo de estrechar 
los vínculos que unen y deben unir ambas provincias eii 
una federación y alianza indisoluble, que las obliga 
a auxiliarse mutuamente, contra cualquier enemigo de 
la común libertad. El Gobierno central aprobó todo 
lo hecho por sus embajadores, y calificó de interesan- 
te federación el arreglo con Rodríguez de Francia; 
sólo objetó la demarcación de límites, que también se 
había acordado. Todo eso era una doblez, por su- 
puesto. ¡Dobleces con Rodríguez de Francia! 

Desde ese momento, se sigue con facilidad e inte- 
rés el vuelo de aquel negro moscardón que zumba 
dando \aieltas; desaparece de la Junta de Gobierno 
en 1812, para ver si se siente su ausencia, lo que no 
consigue, pues las cosas marchan sin él, como lo hemos 
dicho y lo veremos; reaparece en 1813, para aniquilar 
a sus compañeros, a de la Mora sobre todo, y prepara 
entonces un gran Congreso, en que se hace aclamar 
por los mil ciudadanos que lo componen. 

¿Queréis creer, mis amigos, que, después de esto, 
todavía tentó Buenos Aires un nuevo esfuerzo de 
conquista diplomática en aquella tierra, con ocasión 
de ese Congreso fabricado por Francia para sus fines 
propios? ¡Todavía mandó al doctor don Nicolás He- 
rrera, un nuevo leoncito, con el objeto de tentar la 
conquista de la amistad de aquel ogro, y obtener el 
envío del representante paraguayo al Congreso Gene- 
ral de las Provincias unidas! ¡Representante para- 
guayo! lyO que allí se hizo fué: confirmar la declaratoria 
de independencia; romper la alianza celebrada con 



I,A PECHA INICIAI. 173 

Buenos Aires; cambiar el título de Provincia del Para- 
guay por el de República del Paraguay/ adoptar armas 
y colores nacionales, y... poner todo eso en manos de 
su autor y dueño. Se creó, como gobierno, un Consu- 
lado de dos miembros: Francia y Yegros. Como el 
de Bonaparte y Sieyes. Francia se desembarazó de 
su compañero cónsul, al que fusilará en oportimidad, 
como a los demás, y, al año siguiente, 1814, se hizo 
aclamar dictador temporal primeramente, y vitalicio, 
perpetuo, eterno, después. 

Veréis más adelante cómo, hasta ese momento en 
que Francia cobra su forma real de genio satánico, 
los gobiernos colectivos que allí se suceden cultivan 
con Artigas relaciones íntimas, reconocen en su visión 
la de todos los americanos, combinan con él la acción 
común. Francia se aparta del gobierno en 1812; cuan- 
do, en 1813, vuelve a compartirlo con los otros, tam- 
bién comparte, al principio, la adhesión colectiva al 
héroe oriental; pero no bien se queda solo y dueño 
absoluto, toda relación del Paraguay con Artigas ter- 
mina para siempre; para nadie como para él, mientras 
sea capaz de acción, quedarán tapiadas las puertas 
de aquella casa de los silencios. 

Y don Gaspar Rodríguez de Francia envolvió en 
sus alas membranosas articuladas a las calladas mu- 
chedumbres. 

Y se llevó el Paraguay a su guarida. Y así lo tuvo, 
ausente de la tierra, durante treinta años. El mundo 
sólo sabía de él, por los lamentos que, de vez en cuan- 
do, se oían salir de allí; encarcelamientos perpetuos, 
ejecuciones precedidas de suplicios; espantos pálidos 
en el aire. La gente no podía mirar al dictador cuando 
pasaba, rodeado de su escolta, por las calles solita- 
rias; ponía la cara contra la pared. 



174 I-A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Eso fué, mis amigos, la expedición auxiliadora en- 
viada por la Junta de Mayo al Paraguay, a las órde- 
nes de Belgrano. 



VI 



Quédanos por conocer la otra expedición auxilia- 
dora, enviada por esa Junta de Mayo: la que, formada 
de los restos del ejército del Paraguay, unidos a re- 
gimientos destacados en Entrerríos, fué destinada 
a prestar auxilio a la región oriental del Uruguay y 
el Plata, bajo el mando del mismo Belgrano, y a 
expugnar a Montevideo, el baluarte español en el 
Atlántico. 

Al fin hemos llegado, oh artistas que me escucháis, 
al fin hemos llegado al núcleo popular, vivo, de inde- 
pendencia republicana, y que debió serlo de unión 
entre los pueblos libres españoles. 

Penetrad en esa región, amigos míos, y allí veréis 
otro mundo. Allí sí que la expedición pudo llamarse 
con propiedad auxiliadora, aliada de un pueblo lleno 
de sol, movido en sus propias entrañas por el espí- 
ritu de Mayo directamente, deseoso de una alianza 
indisoluble con sus hermanos; de la interesante fede- 
ración que hallaba Buenos Aires en la unión propues- 
ta por Rodríguez de Francia. Allí iba a encontrar 
una nación homogénea, característica, nutrida de li- 
bertad: el pueblo y la región que os he hecho mirar 
con tanta intensidad en todas mis conferencias, a fin 
de que los reconocierais en este momento histórico. 

Allí encontraréis, por fin, a la cabeza de ese pueblo, 
no a personas colectivas anarquizadas y discrepan- 
tes, ni al tirano excéntrico, hosco, sombrío, exótico, 



I.A FECHA INICIAI, 175 

encerrado en sí mismo, sino al hombre fuerte más 
directamente iluminado por el sol meridiano, al per- 
sonaje representativo de todos los pueblos platenses, 
incluso aquel anónim^o que, el 25 de mayo de 1810, 
se presentó en la plaza de Buenos Aires a deshacer lo 
que habían hecho los proceres: Artigas, el héroe. 

¡Artigas y Rodríguez de Francia! 

El supremo contraste. 

Belgrano mismo manifestaba su entusiasmo ante 
el espectáculo del levantamiento en masa del pueblo 
oriental. «Siendo Montevideo la raíz del árbol, decía, 
debemos ir a sacarla; añadiéndose que, para ir allá, 
tenemos todo el camino por país amigo, cuando aquí, 
en el Paraguay, todos son enemigos. Para esta empre- 
sa necesitamos fuerzas de consideración, y los auxi- 
lios prontos; y aun cuando no se consiga más que 
desviar a Elío de todas sus ideas en contra de la capi- 
tal, habremos hecho una grande obra.» 

En esa ingenua frase del gran Belgrano, hermanos 
artistas, está condensada la historia política de nues- 
tra independencia en sus relaciones con la platense. 
He ahí la idea de que ya ima vez hablamos: desviar 
el ataque contra la capital es la grande obra; salvar 
la ciudad, la reina de la colmena; inmimizar la cabeza. 
Era ese, en Belgrano, un error sincero. Que todo era 
sinceridad y abnegación en aquella alma sana, que 
hemos de conocer y amar. Pero, no: j'a sabrá el pue- 
blo oriental hacer algo más que salvar la capital del 
virreinato; está dispuesto a salvarse a sí mismo ante 
todo. Y bien sabe que es él mismo quien tiene que 
salvarse si ha de llenar su misión propia: la de núcleo 
de vida democrática en todo el Río de la Plata. 

Al llegar Belgrano, el pueblo oriental está ya levan- 
tado en masa, al grito de libertad; en su cielo ha 



176 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

lucido, a la par que en Buenos Aires, 3- acaso antes, 
el sol del mes de ma^'o. Ese pueblo, y no la expedi- 
ción auxiliadora, será el que, conducido por un hom- 
bre que tiene la visión del porvenir, librará, contra 
los españoles imido a sus hermanos, y contra los por- 
tugueses solo, completamente solo, las batallas cam- 
pales de la independencia, casi las solas que se libra- 
ron contra el extranjero en las márgenes del Plata; 
dominará, con la rapidez del relámpago, todo el terri- 
torio de la patria, y dará a la causa del 25 de mayo 
su más resonante victoria. Ésta, la de Las Piedras, 
levantará su espíritu, y encerrará el dominio español, 
como en un calabozo de hierro, en su propia formida- 
ble cindadela, en cuyo tomo, como en el de Troya, 
se jugará la suerte de la raza aquea. 

Ese pueblo es el que os he ido describiendo hasta 
en sus raíces, amigos artistas, y el que os pide forma 
para su alma heroica; ese hombre que concentra su 
espíritu y lo conduce, es Artigas, nuestro férreo Arti- 
gas, el inspirado mediador entre el alma libre, recién 
creada, y el cuerpo que la espera. ¡Si yo consiguiera 
que lo amarais, para que pudierais comprenderlo! 
¡Que lo vierais pasar siquiera, en el fondo de mis 
palabras, como una visión de lo invisible! 

Artigas, como os he dicho, ha sido muy calumnia- 
do, amigos míos; muy duramente injuriado. Se apro- 
vechó el desamparo en que quedó su recuerdo, y con- 
tra él se envenenaron las fuentes de la historia. En él 
se nos ha ofendido a nosotros mismos, a los orientales; 
se nos ha querido arrancar el abolengo, la honra de 
la estirpe. Y sentimos una sed muy grande de agua 
de montaña, de vindicación y desagravio. 

Vuestro mármol tiene que ser vengador y resonan- 
te; más resonante que medio siglo de palabras insen- 



^'I^A FECHA rNICIAI, 1 77 

satas; más que el coloso aquel de Memnón, que cantaba 
al ser tocado por el sol. Tiene que disipar la noche 
con su blancura luminosa. 

Es preciso que ese mármol baga el día. 

El día es la proximidad de una estrella. 



T. 1.-14 



|19 



CONFERENCIA VII 
ARTIGAS 

Su ORIGEN. — Su CARRERA. — SEMBLANZA DE ARTIGAS. — ICONOGRA- 
FÍA. Su HISTORIA ANTES DE LA REVOLUCIÓN. En LOS CIMIEN- 
TOS DE SU PATRIA. — La TRADICIÓN DOMÉSTICA. — El DEÁN FU- 
NES. — El CAPITÁN DE BLANDENGUES. — ARTIGAS ANTE EL 
MOVI»nENTO DE MAYO. SU ADHESIÓN A LA REVOLUCIÓN DE 

Mayo. — Su incubación en la Banda Oriental. — Los enemi- 
gos DEL Uruguay. — España y Portugal. — Buenos Aires. 



Mis amigos artistas: 

Artigas, a quien ya habéis visto aparecer un mo- 
mento en las invasiones inglesas de 1806 y 1807, 
tiene 46 años en el momento en que os lo muestro; 
tiene ya algunas canas. Ha nacido en la ciudad de 
Montevideo, y casi con ella, el 19 de junio de 1764: 
menos de cuarenta años después de su fundación. 
Ahí está la casa solar en que nació; es solar verdade- 
ramente, si los hay. El abuelo del héroe, don Juan 
Antonio Artigas, hidalgo de Zaragoza, viene de Es- 
paña a Buenos Aires, en 1716, después de larga y 
honrosa carrera militar, tradicional en su familia. 
Según Menéndez Pelayo, la voz artiga significa adoc- 
trinado. Quizá no sea del todo aventurado suponer^ 



1 8o LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

según eso, que la familia de Artigas procede de ára- 
bes o moros convertidos. 

Don Juan Antonio Artigas, que forma parte de la 
Compañía de Caballos Corazas del capitán don Mar- 
tín José de Echauri, es uno de los fundadores de Mon- 
tevideo en 1726. I/) vemos figurar entre sus primeros 
vecinos, declarados «de casa y solar conocido»; se le 
adjudica una de las treinta manzanas que forman la 
planta de la ciudad recién nacida. 

Pero aun antes de fundada ésta oficialmente, ya 
estaba allí avecindado el abuelo de Artigas, con su es- 
posa y sus cuatro hijos; esa familia es la primera agru- 
pación de hombres civilizados que se fija en Monte- 
video. Aquí viven, «con casa de firme, con edificios 
de piedra cubiertos de teja y otras oficinas, con plan- 
tíos y arbolados, y con estancia de ganados mayores 
en los campos», las familias de Artigas, Carrasco, 
Burgués y Callo, que son una misma (la esposa de 
Artigas era Carrasco), y que allí estaban cuando los 
otros pobladores llegaron a fundar la ciudad.. Con 
ellas residían, desde 1723, dos misioneros de la Com- 
pañía de Jesús, que evangelizaban a los indios tapes. 

Fué, pues, la familia de Artigas, la primera que 
encendió hogar estable en Montevideo; ella es, en ese 
sentido, la fimdadora de la ciudad, como lo será de 
la nación el nieto del hidalgo soldado de coraceros, 
natural de Zaragoza. Éste forma parte, como alcalde, 
del primer Cabildo o gobierno municipal constituido 
por Zavala en 1730; y tanto él, como su hijo mayor, 
don Martín José, padre del fundador de la patria, 
prestan buenos servicios militares a la colonia, dejan 
honroso vestigio de su paso por los más encumbrados 
puestos de nuestra vida cívica incipiente, y son miem- 
bros conspicuos del primitivo patriciado oriental. 



ARTIGAS l8l 

Es bueno que conozcáis, por razones que yo me sé, 
y que ahora me reservo, ese abolengo de Artigas. 

Os lo presento en 1811, al adherirse a la revolución 
de Mayo, ocho meses después de iniciada en Buenos 
Aires. 

Es capitán de caballería; ayudante mayor del Re- 
gimiento de blandengues; el grado más alto al que 
pueden aspirar los criollos en el ejército colonial. 

Ha ingresado en la milicia a los 32 años, en 1797; 
lleva, pues, catorce años de servicios militares. Muy 
bueno será que precisemos esta fecha, porque ella 
nos permite dividir su historia en tres épocas carac- 
terísticas: su vida privada, desde su nacimiento en 
1764, hasta ese año 1797; sus 14 años de carrera mi- 
litar, que terminan en 181 1; y, por fin, su grande 
historia. 

Las viejas patrañas, malignas unas, apologéticas 
otras, en que se ha presentado a Artigas como un 
ente mitológico desde la infancia, se han desvanecido. 
No hay tales aventuras extraordinarias. Artigas no 
fué velado por águilas en su cuna, ni amamantado 
por ninguna loba. Su buena madre, doña Francisca 
Antonia Arnal, le dio su leche. Su padre, don Martín 
José, es también militar; ha prestado excelentes ser- 
vicios; pero tiene el pecado original: es criollo, y, como 
su hijo, no ha podido ascender sino a lo que éste as- 
cendió: a capitán de caballería. Bueno es que advir- 
tamos eso: que Artigas es segunda generación de ame- 
ricanos nativos. La posición de su padre es holgada y 
decorosa, gracias a su trabajo: tiene su casa en la 
ciudad, una barraca o depósito de frutos, campos y 
ganados; poste tierras heredadas de su padre en Cha- 
mizo, otras denunciadas por él en Casupá, y las de 
su esposa en el Sauce. Puede dar a sus hijos, en el con- 



1 82 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

vento de los franciscanos, la mejor instrucción que 
entonces se adquiría, y que, si no era grande, era la 
que entonces constituía un hombre culto. La que re- 
cibe el cuarto de sus hijos, el que a nosotros nos inte- 
resa, es más esmerada que la de sus hermanos. Estos 
se consagran muy pronto al trabajo de campo; aquél 
permanece en la ciudad, y es compañero de estudios 
de Nicolás de Vedia, Rondeau, Melchor de Viana 
y otros. 

Os ofrezco el manuscrito más auténtico que he en- 
contrado, para que deduzcáis la primera educación 
de Artigas por el carácter de su letra, mucho más 
correcta, como lo veis, que la de muchos proceres ci- 
viles, cuanto más militares, de entonces. En ese do- 
cumento veréis también la letra y la firma de Manuel 
Francisco, el mayor de los hermanos. 

Su abuelo materno, don Antonio Arnal, ha adver- 
tido sin duda esas tendencias literarias de su nieto 
predilecto, e instituye una capellanía en su favor, 
creyendo ver en él un futuro sacerdote, un prelado 
acaso. En cuanto al concepto que de él tuvo siempre 
su padre, baste decir que le donó en vida el usufructo 
de un solar, en que Artigas construyó su casa, y lo 
designó después albacea en su testamento. Aquí te- 
néis, además, el documento en que da su consenti- 
miento para el matrimonio de su hijo, y deposita la 
suma de tres mil pesos, como fianza o dote militar; 
aquí tenéis las partidas en que figura como padrino 
de sus nietos. 

Imaginemos a Artigas a los veinte años; ha de pen- 
sar en su porvenir. No son amplios, por cierto, los 
horizontes que se abren ante él. L,os puestos de la 
administración pertenecen a los españoles; la iglesia 



ARTIGAS 185 

y la milicia son las dos únicas carreras. Él no se siente 
inclinado a la carrera eclesiástica; no utiliza la cape- 
llanía instituida por su abuelo. Nada más visible que 
su vocación y sus aptitudes militares; pero... el mili- 
tar no se hace en América; pertenece al rey, se forma 
a su lado, viene armado y galonado de ultramar. 
Uno se imagina lo que hubiera llegado a ser este ca- 
pitán de blandengues, si, dejando su pobre tierra, se 
hubiera incorporado a los ejércitos de Europa, como 
lo hicieron otros americanos que allí se educaron. 
No la dejó, felizmente: no dejó su tierra... Y a eso de- 
bemos el haber tenido en él algo más que un gran 
general, recamado de oro y ganador de batallas. 

Aquí quedó, encerrado en la plaza fuerte de Monte- 
video, aprisionada a su vez en su granítico cinturón 
de murallas y cubos artillados, con su formidable 
cindadela por broche, y erizado délas púas de sus tres- 
cientos cañones o más. I^a vida, de portones adentro, 
era sencilla y monótona: funciones religiosas, corri- 
das de toros, revistas militares; saraos de vez en cuan- 
do, honrados por la presencia del gobernador, don 
Joaquín del Pino, futuro virrey del Plata; paseos por 
las murallas o las costas. I^as puertas de la ciudad se 
cerraban al anochecer, y nadie entraba ni salía. Sa- 
bemos de la vida del joven Artigas en esa época; de 
sus aficiones y costumbres. Era afable y atencioso; 
muy dado a la sociedad; vestía con esmero, a lo ca- 
bildante, como entonces se decía, con su coleta y 
su casaca bordada, o su chaquetilla de alamares o 
trencilla fina en el pecho, y su pino en la espalda. 

Pero lo que constituía el lujo de los jóvenes de en- 
tonces, y les ofrecía ocasión de ostentar elegancia y 
bizarría, era el caballo. Poseer y montar caballos 
briosos, casi indómitos, y bien enjaezados; salir al 



184 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

campo, en alegres cabalgatas, y entrar de regreso por 
el Portón de San Pedro, con aventuras que contar, 
devolviendo con arrogancia el saludo de ojos ama- 
bles, era el triunfo de los elegantes criollos, que esta- 
ban convencidos de su innata superioridad, como ji- 
netes, sobre los europeos o chapetones, y lo juzgaban 
rasgo distintivo del americano. 

Artigas iba a menudo a los campos de sus hermanos 
y parientes; compartía sus faenas como deporte at- 
lético; se adiestró en ellas; desarrolló su sano organis- 
mo, se hizo gran jinete: domaba un potro, enlazaba 
un toro salvaje, boleaba un avestruz. 

Se resolvió, por fin, a consagrarse seriamente a los 
trabajos del campo, convencido de que la carrera de 
las armas, a la que se sentía inclinado, era inaccesi- 
ble para él. 

En esos trabajos invirtió diez o doce años: de los 
veinte a los treinta y dos de su vida. Su actividad fué 
extraordinaria: trabajó y negoció en Misiones, en el 
Arapey y Queguay, en Soriano especialmente; reco- 
rrió y dominó todo el territorio de la provincia; co- 
noció bien su tierra: hombres y cosas; formó entonces 
esa imaginación topográfica que será su rasgo carac- 
terístico; fué pastor, cazador, más bien, de animales 
bravios, y conductor de hombres, más fieros aun. 
Esas faenas de campo, en aquel tiempo, eran una 
conquista del desierto, una constante y peligrosa 
aventura. Artigas adquirió, por su honradez, su inte- 
ligencia y su valor, la autoridad, el prestigio, la nom- 
bradía, que serán el fruto verdadero de esos sus diez 
años de labor y de prueba. 

En cuanto a los productos que acopiaba, cueros, 
astas, grasa, crin, eran lemitidos por él a su padre, 
que los depositaba y negociaba en su barraca; mu- 



ARTIGAS 185 

cias veces eran llevados por él mismo a Montevideo, 
donde descansaba algún tiempo, cultivaba sus amis- 
tades, y, sobre todo, sentía renacer su vocación a las 
armas. 

Se encuentra precisamente en Montevideo, en 1797, 
cuando se crea un nuevo regimiento, llamado Cuerpo 
Veterano de Blandengues, destinado principalmente a 
defender las fronteras contra los portugueses y los 
contrabandistas, y a proteger, contra los salvajes y 
malhechores, los vecindarios de los campos que re- 
clamaban amparo. Artigas, estimulado por hombres 
influyentes, se resuelve, por fin, a seguir su vocación: 
ingresa en el nuevo regimiento, como simple soldado 
meritorio o cadete. El 10 de marzo de 1797, en que 
tal sucede, es el día inicial de su nueva vida. 

Se ha dicho, con aviesa intención, que ingresó en el 
ejército con el grado de capitán. Nada más inexacto. 
Fué simple soldado distinguido. Se le confiaron, es 
cierto, las funciones de teniente, pues ya gozaba de un 
alto concepto; pero el grado no se le otorgó sino im 
año después, en 1798. En cuanto al de capitán, con 
que lo encontramos al iniciarse la revolución, trece 
años de labor y de méritos le fueron necesarios para 
obtenerlo. Fué capitán el 5 de septiembre de 1810. 
No necesitó Artigas más experiencia que la propia, 
para comprender que, sin patria independiente, no 
había ni podía haber patria para los americanos. 

Los méritos contraídos por él en su carrera militar 
están amplísimamente documentados. Lo vemos, en 
todas partes, desempeñar las comisiones más la- 
boriosas, importantes y difíciles: en los dos solos pri- 
meros años de servicio, recluta, por sus prestigios, 
doscientos hombres para su regimiento; persigue con- 
trabandistas y malhechores, y guarnece las fronteras 



l86 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

contra las invasiones portuguesas. Su presencia es 
orden, autoridad, garantía. Leemos en un proceso 
uno de tantos casos reveladores de su carácter. El 
teniente Artigas recibe orden de prender a un sar- 
gento; éste se resiste; se atrinchera en una casa. Ar- 
tigas no pasa adelante, no se atrepella; da cuenta 
del caso al gobernador; le dice que sólo dando muerte 
a aquel hombre será posible arrestarlo, y pide auto- 
rización expresa para ello, como si deseara dilatar, 
y esquivar por fin, ese recurso extremo. No fué ne- 
cesario: el rebelde se rindió por persuasión al noble 
teniente. En 1803, la Comisión representativa de los 
hacendados del país pide al virrey Sobremonte que 
se sirva enviar al teniente de blandengues José Ar- 
tigas, y sólo a él, en protección de los campos. «Este 
se ha portado, dicen los hacendados, con tal celo y 
eficacia, que, en breve tiempo, experimentamos los 
buenos efectos a que aspirábamos, viendo substituido 
el temor y sobresalto por la tranquilidad de espíritu 
y seguridad de nuestras haciendas.» Los hacendados 
se comprometen a abonar de su propio peculio los 
sueldos de Artigas, y, algún tiempo después, «en ma- 
nifestación de su justp reconocimiento», le acuerdan 
espontáneamente un donativo o gratificación extraor- 
dinaria de quinientos pesos. 

Recordaréis, mis amigos, lo que hemos dicho sobre 
las tendencias y empresas de Portugal en la frontera 
del Norte. Si no se pone remedio inmediato a sus 
avances, la región oriental será arrebatada a España. 
Don Félix de Azara, el ilustre sabio, que se da cuenta 
del problema, propone, el año 1800, como remedio, 
un vasto plan de fundación de pueblos en esa ame- 
nazada frontera. El virrey lo aprueba; nombra al mis- 



ARTIGAS 187 

mo Azara Comandante General de la Campaña, y 
pone a sus órdenes al teniente Rafael Gascón, y, por 
pedido del mismo Azara, al ayudante José Artigas, 
«en quienes, dice, concurren las cualidades que al 
efecto se requieren». Azara pensó en levantar el mapa 
de la región fronteriza; pero, a fin de evitar demoras, 
confió a Artigas la tarea de dirigir el reparto de tie- 
rras, asistido del agrimensor o piloto de la Real Ar- 
mada, Francisco Mas y Coruela. 

Yo atribuyo grande importancia a ese contacto 
de Artigas con Azara; a la activa participación de 
aquél, sobre todo, en la obra y el alto pensamiento 
de éste. Estoy persuadido, sin embargo, de que el 
problema, en toda su extensión, era dominado con 
mayor intensidad por Artigas que por el mismo 
Azara. 

Artigas tenía en la imaginación el mapa de una 
patria futura; es fuera de duda. IvO estaba trazando, 
al realizar el plan del ilustre sabio; veía sus fronteras 
en las que entonces lo eran del dominio español: allá 
en las Misiones, limítrofes con el Brasil. Era un 
gran territorio; toda la América subtropical atlán- 
tica. I/a visión del que será fundador de esa patria se 
transparenta en la pasión con que lucha entonces con- 
tra los avances del portugués, y aun contra la desidia 
o indiferencia de sus propios jefes españoles, en la 
defensa del territorio. Esa desidia, que en algunos lle- 
gaba al pacto venal con el enemigo, lo desespera, lo 
desalienta, pone la increpación en su boca. I^a acti- 
vidad y la pasión que vemos entonces en Artigas se 
explican. ¿Qué podía importar a los españoles un pe- 
dazo más o menos de tierra colonial en estas Amé- 
ricas? Ellos tenían su tierra, su verdadera tierra, del 
otro lado del Atlántico. Una plaza fuerte en Europa 



1 88 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

compensaba con creces la" cesión de un millón de 
kilómetros de desierto americano. 

Artigas es otra cosa; él no tiene más tierra que ésta 
que defiende: este germen de su futura patria inde- 
pendiente es todo para él; no conoce ni ama más que 
esa patria. Se ve claramente que él ya no es, desde 
ese período de su vida, el simple ejecutor del pensa- 
miento español, que trata y contrata en Europa sobre 
el destino de estas regiones; que cede las Misiones 
Orientales, con todos sus hombres y contra la volun- 
tad de éstos, al portugués, como se cede una jaula de 
pájaros, y que lo hubiera cedido todo, sin excluir 
Montevideo, si así lo hubiera exigido la política eu- 
ropea. Es evidente, para él, que la defensa eficaz de 
esa región española, limítrofe del portugués, no puede 
venir del otro lado del Atlántico, ni siquiera del otro 
lado del Plata. O la defienden los orientales, o des- 
aparece fundida en el dominio portugués. Ya veremos 
eso con meridiana claridad. 

Artigas ha pensado mucho en ello; ha aprendido en 
la observación de hombres y cosas, en la honda comu- 
nicación consigo mismo, lo que no se aprende en li- 
bros; lo que no hubiera sabido, si, formado en Europa, 
hubiese regresado con entorchados y condecoraciones 
reales. Notad esto bien, amigos míos; no existe en 
América un arquitecto de la propia patria, desde sus 
cimientos, que pueda compararse con este Artigas; él 
defendió a España de España misma; vio y amó a su 
Patria Oriental desde el claustro materno, y custodió su 
difícil gestación. Y conservó su herencia. Y le dio, por 
fin, sus títulos y su bautismo, que imprime carácter. 

Nos encontramos, en este momento, con una crisis 
en la vida del héroe. El lo de marzo de 1803 está 



ARTIGAS 189 

éste en Montevideo, y gestiona su retiro del ejército; 
pide, en una larga y fundada exposición, ser agregado 
a la plaza, con sueldo de retirado. Invoca sus servi- 
cios, que enumera, y el estado de su salud. El rey, 
bien que reconociendo aquéllos, le niega el retiro, 
porque no quiere privarse de su concurso. El bizarro 
teniente (pues sus méritos no lo han hecho ascender 
en su carrera), vuelve a campaña, como ayudante del 
coronel don Francisco Javier de Viana, hijo del an- 
tiguo gobernador, honesto caballero, que lo distin- 
gue especialmente; pero, en marzo de 1805, desde su 
campamento de Tacuarembó, a cien leguas de la 
capital, reitera su solicitud de retiro. Lo obtiene, por 
fin. Vuelve a Montevideo, donde el gobernador Hui- 
dobro lo nombra oficial del Resguardo, con jurisdic- 
ción del Cordón al Peñarol. 

¿Qué es eso? ¿Abandona Artigas la carrera militar? 
¿Estaba realmente enfermo? 

I/)renzo Barbagelata, en un precioso estudio que 
le debemos, nos ha revelado la causa de esa crisis. 
El 31 de diciembre de ese año 1805, Artigas, a los 
cuarenta y uno de su edad, contrae matrimonio con su 
hermosa prima Rafaela Villagrán, a quien amaba con 
pasión. El teniente retirado soñaba en la dicha do- 
méstica. No pudo ser. La felicidad no era para él, 
porque no es compañera de la gloria. Dos años des- 
pués, al nacer su segundo hijo, Eulalia, que nace 
el 12 de diciembre de 1807, y muere muy pronto, 
la joven madre, atacada de enajenación puerperal, 
es arrebatada para siempre de los brazos de su es- 
poso. 

Este se queda solo con su hijo primogénito, José Ma- 
ría, y vuelve a la vida de soldado, con esa herida en 
el alma. Herida incurable. La soledad será su compa- 



igo I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

nía; la patria su solo amor fecundo. Ya hablaremos, 
si la ocasión se presenta, que sí se presentará, de 
esas tristezas del héroe. 

Así le encontraron las invasiones inglesas de que 
hemos hablado: vestido de teniente de blandengues. 

Cuando, en noviembre de 1805, se supo en Monte- 
video que un convoy inglés andaba por las costas 
brasileñas, se tomaron precauciones; se formó un nue- 
vo escuadrón de caballería. El gobernador Huidobro 
lo puso a las órdenes de Artigas, el teniente recién 
casado, lleno aún de sus casi juveniles ilusiones. 

Aquel convoy precursor atravesó el Atlántico, y 
cayó sobre el Cabo de Buena Esperanza, que fué arre- 
batado a los holandeses; pero ya sabéis cómo, al año 
siguiente, en 1806, el nublado descargó también sobre 
el Río de la Plata, y cómo se proyectó, sobre sus re- 
lámpagos, la figura bizarra del teniente Artigas; lo 
vimos en la reconquista de Buenos Aires, en el Car- 
dal, en la brecha de Montevideo. 

No es nada aventurado el afirmar, mis amigos ar- 
tistas, que, en el momento en que nos encontramos, 
el de la revolución de Mayo, José Artigas es el oficial 
más discreto y mejor conceptuado del ejército colo- 
nial; era tm protagonista en la sociedad de Montevi- 
deo; su opinión se escuchaba en las tertulias que 
hablaban de política; cuando él pronunciaba sus po- 
cas palabras, se hacía silencio, y se le miraban los 
ojos. Ya tuvimos ocasión de conocer el concepto que 
de él tenía Mariano Moreno, Don Rafael Zufriategui, 
que en 181 1 informaba, como diputado de América 
en las Cortes de Cádiz, sobre la situación del Río de 
la Plata, relataba la angustia experimentada en Mon- 
tevideo al saberse que Artigas y Rondeau habían abra- 



ARTIGAS 191 

zado la causa americana: «Estos dos sujetos, decía con 
ese motivo, en todos tiempos habían merecido la mayor 
confianza y estimación de todo el pueblo y jefes en ge- 
neral, por suexactísimo desempeño en toda clase de ser- 
vicios; pero muy particularmente don José Artigas, para 
comisiones en la campaña, por sus dilatados conoci- 
mientos en la persecución de vagos, ladrones, contra- 
bandistas e indios charrúas, que causan males irrepara- 
bles, eignedmente para contener a los portugueses, que, 
en tiempo de paz, acostumbran usurpar nuestros gana- 
dos y avanzar impunemente dentro de nuestra línea». 
El año 1818, el mariscal de campo don Gregorio 
Laguna proyecta y presenta al rey, que lo aprueba, 
un plan de reconquista del Plata insurreccionado, y 
dice en sus instrucciones: «Será uno de los primeros 
cuidados del general atraerse a su partido al guerri- 
llero don José Artigas... Este Artigas era, el día de la 
revolución, ayudante mayor de un regimiento de ca- 
ballería, y tomó el partido de los insurgentes; después 
el rey, conociendo el mérito de ese oficial, le indultó y 
ascendió al grado de brigadier... He aquí uno de los 
puntos más esenciales para la reconquista, y en el que 
el general debe emplear todo su talento para ganár- 
selo... colmarle de beneficios, graduaciones y mando, 
pues haciéndolo así, no solamente le sobrará todo a 
nuestro ejército, sino que, con su ayuda, se conseguirá 
la destrucción de todos los rebeldes de aquel hemisferios. 



II 



Eso era, pues, José Artigas, mis hermanos artistas, 
en el momento en que os lo tengo que hacer conocer 
personalmente. 



192 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Ahora os debo su retrato, es decir, el alma de ese 
capitán, hecha visible en un cuerpo. 

Toda la iconografía que poseemos se reduce al 
apunte de viajero, que generalmente se atribuye al 
sabio francés Bompland, y que figura en el atlas de 
la obra de Demersay, El Paraguay. Os ofrezco ese 
recuerdo gráfico del héroe casi nonagenario, que, como 
lo veis, no es más que la silueta de una ruina. He 
verificado, sin embargo, en la Asimción, personalmen- 
te, su parecido, de boca de don Gregorio Narváez, 
que conoció a Artigas, y que lo reconoció sin vacilar en 
ese dibujo. Juan Manuel Blanes, nuestro insigne artis- 
ta nacional, lo ha restaurado con inteligente penetra- 
ción, y nos ha legado el gran retrato, que también os 
ofrezco, fidelísimo en su indumentaria, como toda obra 
de Blanes. Tras él han venido otros artistas, más o me- 
nos aforttmados: Juan Luis Blanes siguió de cerca a su 
padre en la tela inconclusa de la Batalla de LasPiedras. 
que existe en nuestro Museo, y que también os mues- 
tro; Diógenes Hequet ha evocado al héroe, con amor y 
discreción, en sus numerosos lienzos; pero es Carlos 
María Herrera quien me parece haber sentido con 
ma3^or intensidad la persona de Artigas, en el valiente 
cuadro que asimismo os presento, y de que él me 
Uama inspirador para regalarme una parte de su 
triunfo. Podéis mirar también, si os place, el busto 
modelado por mi hijo José Luis. Es obra de niño; 
pero algo expresa, me parece, en su balbuciente inge- 
nuidad. 

Vosotros, mis amigos, nos debéis ahora vuestro 
Artigas, el vuestro, la revelación, en un hombre de 
hierro, del hombre vivo que se levante en vosotros 
al llamado de mis palabras, si éstas tienen el poder 
de llamar. Espero que me creeréis, si os digo que yo 



ARTIGAS 193 

he visto a Artigas en alguna parte, y aun en más de 
una; bien sabéis con cuánta precisión se ven esas 
cosas. 

Artigas me ha mirado, se ha movido en mi pre- 
sencia, me ha revelado su carácter, sus actitudes, y 
hasta el color de sus ojos, en lo mucho que escribió. 
También conozco su voz; la he oído como estoy oyendo 
la vuestra; no la confundo con voz alguna. 

Por lo que os dije de su educación, comprenden- 
réis que ese alumno de los Padres Franciscanos no 
era un literato. Es evidente, sin embargo, que el gran 
caudal de documentos que poseemos con su firma 
han sido redactados por él personalmente. Eso no 
lo equivoca el hombre medianamente experto en acha- 
ques de hermenéutica literaria. Esos documentos son 
suyos, exclusivamente suyos. En ellos se le ve luchar, 
como casi todos sus contemporáneos americanos, con 
la falta de técnica; pero, en medio de sus énfasis y 
redundancias, propias de la época por otra parte; al 
través de lo que Carlyle llamaría su dialecto, apare- 
cen su fisonomía y su carácter permanentes, invaria- 
bles, con nitidez perfecta. Mucho nos servirán, pues, 
esos papeles, en nuestra obra de retratistas. 

Para ver bien a Artigas, contamos, además, con 
las descripciones que de él nos han hecho los que lo 
vieron. Todos, I^arrañaga, Vedia, Cáceres, Díaz, Fu- 
nes, Robertson, todos los que lo trataron, se sintieron 
movidos a ensayar el retrato o semblanza de aquel 
hombre singular. 

El sabio I^arrañaga, que amaba al héroe, nos dice 
que «era hombre de estatura regular y robusto, de 
color bastante blanco, de muy buenas facciones, con 
nariz aguileña, pelo negro y con pocas canas ». 

El mayor Vedia nos lo describe así, en ima memoria 

T. I.-15 



194 ^A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

inédita: «Era o es Artigas de regular estatura, algo 
recio y ancho de pecho. Su rostro es agradable; su 
conversación afable, y siempre decente. Comía par- 
camente; bebía a sorbos; jamás empinaba los vasos. 
No tenía modales agauchados, sin embargo de haber 
vivido siempre en el campo...» «Bn el sitio se le vio 
siempre montar en silla, y vestir de levita azul, sobre 
la cual se ceñía el sable.» 

El armador y propietario de la goleta francesa La 
Celeste, M. Grandshire, que vio a Artigas, nos lo des- 
cribe, en una nota de 1817, que acaba de leer Hugo 
Barbagelata en los archivos de París: «Artigas, dice 
en ella, tiene de 42 a 45 años de edad; es de muy her- 
mosa presencia, de mirada segura y noble, y revela 
en sus modales el hábito de mandar a los hombres». 

Don Vicente Fidel lyópez, el historiador argentino 
más brillante y menos concienzudo, que odiaba a Arti- 
gas con miedo cerval, dice que «el óvalo de su cara era 
perfecto, tirando a ser agudo, aunque no mucho; 
pero lo bastante para ser pronunciado. Su cabeza muy 
regular, bastante desenvuelta, y enteramente' con- 
forme al mejor tipo de la raza caucásica; su perfil era 
sumamente acentuado y clásico...» Todo eso y nada, 
me parece que es la misma cosa. Es ése un pobre re- 
trato impersonal. 

Y no hay por qué extrañarse. Es oportuno aquí 
un recuerdo auténtico sobre ese retrato que el señor 
lyópez hizo para su Historia Argentina, en substitu- 
ción de otro que acababa de imaginar y escribir, en 
momentos en que entraba en su gabinete de estudio 
el general don Antonio Díaz. — Hombre, llega usted 
a tiempo, le dijo I/Spez suspendiendo su tarea... ¿Co- 
noció usted a Artigas? — ¡Y tanto!, le contestó el 
recién llegado, I/5pez le leyó la semblanza que había 



ARTIGAS 195 

escrito; era la de un hombre cetrino, de ojos y cabellos 
negros, de mirada penetrante y fiera, de musculatura 
férrea... un fiero personaje. — ¡Qué ha de ser eso!, gritó 
Díaz, con una carcajada. Si Artigas era todo lo con- 
trario: blanco, rubio, de ojos claros, más débil que 
fuerte, de mirada y modales afectuosos... — El histo- 
riador argentino borró entonces con pena su Artigas. 
Y nos dejó el otro. 

Veamos de penetrar en lo interior. 

«Su conversación, nos dice I^arrañaga, tiene atrac- 
tivos; habla quedo y pausado; no es fácil sorprenderlo 
en largos razonamientos, pues reduce la dificultad a 
pocas palabras, y, lleno de mucha experiencia, tiene 
una previsión y un tino extraordinarios.» 

Cuando yo leía esa auténtica descripción, sentía 
moverse en mi memoria la magna página en que Car- 
lyle nos retrata su Mahoma: 

«Sus compañeros le llamaban el Amín, el creyente, 
un hombre de verdad y fidelidad; verdadero en todo 
cuanto hacía, en todo cuanto hablaba y pensaba. Tam- 
bién notaban que, en todo lo que decía, daba siempre a 
entender alguna cosa. Hombre más bien taciturno, y, 
cuando nada tenía que decir, silencioso; pero oportuno, 
discreto, sincero cuando hablaba, y siempre esclare- 
ciendo la cuestión: único modo digno del discurso. 
Carácter grave y franco; pero, al mismo tiempo, cor- 
dial, amable y hasta jocoso y amigo de la risa de vez 
en cuando.» 

Salvo lo de taciturno, yo veo mucho de Artigas en 
ese árabe Mahoma, conocido de Carlyle. No me gusta 
lo de taciturno, porque nos desvía del carácter que 
buscamos; nos sugiere la idea de sombrío, ceñudo, 
montaraz, en el sentido de insociable o bravio; la de 
impasible, sobre todo. 



196 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Y no es eso lo que vio en Artigas el inglés Robert- 
son, por ejemplo. «Pienso, dice, que si los negocios 
del mundo entero hubieran pesado sobre sus hombros, 
hubiera procedido de igual manera. Parecía un hom- 
bre abstraído del bullicio, y era, bajo ese punto de 
vista, semejante al más grande de los generales de 
nuestra época, si se me permite la alusión.» 

Eso ya es otra cosa: abstraído, pensativo, en co- 
municación constante consigo mismo. Eso sí: eso es 
perfectamente suyo: era un ambulante, un viajero 
silencioso de soledades psíquicas. Eso le daba una 
seriedad clásica, y im sereno laconismo; permanecía 
siempre a alguna distancia de los demás; algo que- 
daba siempre guardado en él; entre sus palabras se 
formaban silencios, largos algunas veces. 

Pero no era un impasible; nada más ajeno al ca- 
rácter de aquel hombre estoico, pero de gran corazón, 
de intensa vida afectiva, y también imaginativa. Me 
han llamado mucho la atención las persistentes refe- 
rencias a su sensibilidad, que hallamos en los que lo 
vieron. Artigas, aunque no desprovisto de cierta afec- 
tuosa jovialidad, con los humildes especialmente, reía 
poco; sólo de vez en cuando, y moderadamente, sin 
carcajada; he notado, en cambio, que los observadores 
de su vida interna nos hablan con frecuencia de su 
llanto. Yo encuentro muy interesante el llanto en ese 
solitario intrépido y fuerte. Don Joaquín Suárez, por 
ejemplo, al hablamos de su honradez, y de que jamás 
faltó a su palabra, nos dice que era muy sensible con los 
desgraciados; el deán Funes advierte su extrema sen- 
sibilidad' el general Díaz nos lo pinta conmovido en 
alto grado; «he regado su sepulcro con mis lágrimas», 
escribe él mismo, al comunicar la muerte de Blas Ba- 
sualdo, su capitán y amigo predilecto. Pero, más que 



ARTIGAS 197 

todo eso, me ha interesado lo que dice el coronel Cáce- 
res en sus Memorias: «Se acordaba, con lágrimas en los 
ojos, de Valdenegro y Ventura Vázquez; decía que 
eran hombres que hubieran sido muy útiles al país, 
si no hubieran sido venales y ambiciosos». 

Juzgo que hallaréis en todo esto motivo de medi- 
tación. , 

Venales y ambiciosos... 

Cuando sepáis que Artigas vivió y murió en la ma- 
yor pobreza, como un anacoreta; cuando lo veáis pre- 
ferir el honor a los honores, desdeñar el renombre y 
la gloria personales, elegir funcionarios entre sus pro- 
pios adversarios, cuando los juzgaba aptos para el 
cargo, mientras separa de él a sus amigos y parien- 
tes, y hasta impedir que se levantaran las calumnias 
que contra él forjaban sus enemigos, no podréis me- 
nos de convenceros de que estáis en presencia de 
un alma solitaria, original y misteriosa, si las hay. 
En ese odio a todo lo que es ambición y venalidad, 
que arranca lágrimas a Artigas; en ese desprendi- 
miento de todo interés humano, veréis la fuente de 
una fortaleza y de una tenacidad en el propósito y 
la acción, que sólo los insensatos confundirán con la 
estúpida soberbia, o con la vanidad de los prepo- 
tentes. 

Artigas no fué un soberbio; no había en él ni un áto- 
mo de lo que puede constituir un tirano o un déspota; 
pero era de una altivez inflexible; todo lo hubie- 
ra soportado antes que el menoscabo de su dignidad. 
Ese rasgo de su carácter, que encontramos en los otros 
miembros de su familia hidalga, de antiguo cuño es- 
pañol, determina en gran parte su fisonomía moral. 
Fué enemigo de las apariencias ostentosas; si bien 
siempre vistió con decencia, y hasta con esmero, 



1 98 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

nunca usó insignias ni entorchados; el deleite del pre- 
dominio, el abuso de autoridad, la insolencia, el placer 
de menospreciar a los hombres, a los humildes o caídos 
sobre todo, eran tan ajenos a su carácter, como el 
servilismo o la humillación ante quien pretendía eri- 
girse en autoridad sin derecho. Nadie ha sido más 
respetuoso y sumiso que él de toda* superioridad real 
y verdadera; pero nadie más altivo ante las falsas 
grandezas. Se inclina ante el sabio I^arrañaga, y se 
yergue ante el virrey de Ivima. 

Y yo os aseguro, mis amigos, que, si no fué el or- 
gullo el móvil de su vida, mucho menos lo fué el de- 
leite sensual. Sus costumbres fueron moiigeradas y 
sencillas; era muy sobrio en la mesa; no bebía alcohol, 
y sí, muy a menudo, la infusión de hierba mate del 
Paraguay; fumaba moderadamente; detestaba el jue- 
go; no se le conoce drama alguno pasional, ni siquiera 
afecciones vehementes o privanzas. 

Con esos elementos, pues, y con mi largo trato con 
el Artigas invisible que me es familiar, obtendremos 
un retrato bastante fiel de aquella interesante per- 
sona, es decir, de aquel cuerpo informado primera- 
mente y modelado después por el espíritu de Artigas. 
Porque yo os invito, para hacer en este caso obra de 
arte, a que distingamos en el hombre tres elementos: 
el alma, el cuerpo y la persona. No entremos a definir 
eso con demasiada precisión. Si se hubiera exigido a 
Virgilio que definiera aquel su lacrimae rerum, lágri- 
mas de las cosas, que la humanidad aun repite, no sé 
si hubiera podido salir del paso. 

Como el correr de los ríos abre su cauce natural, 
y los aluviones dejan su huella, y como toman los 
cuerpos su propio color según su composición quí- 
mica, así el correr de las pasiones, las operaciones de 



ARTIGAS 199 

la inteligencia, las vicisitudes de la vida van amasando 
y dando sus coloraciones y formas a este barro plás- 
tico de que se forma nuestro cuerpo pasajero, y dejando 
en él la historia del alma persistente. I^a impasibilidad, 
por ejemplo, es superficie intacta en la frente, línea si- 
nuosa en la boca, trazo seguro en el perfil, en la recta de 
la nariz, en las curvas de las mejillas o de la barba. De 
ahí procede aquella impersonalidad soberana de las 
estatuas que nacieron en Grecia; eran dioses impa- 
sibles, inmortales, inaccesibles a las ofensas del tiem- 
po. No bien se hacen hombres, las estatuas comienzan 
a padecer; la sangre afluye a la superficie; la comisura 
de los labios se les estría o retuerce; la piel se arruga; 
el músculo contraído perturba su ondulación serena; 
la actitud y el andar olvidan la divina euritmia; la 
frente y los ojos se atormentan; la desnudez se aver- 
güenza. Algo de eso pasará más tarde con las figuras 
del Renacimiento: las candorosas actitudes, las colo- 
raciones ingenuas, las simplicidades celestes y rosadas 
se hundirán para siempre en las grises realidades; 
vivirán más la vida del tiempo; pero, precisamente 
por eso, nos sacarán menos de la realidad, es decir, 
nos llevarán menos a lo desconocido. 

Vosotros, mis graves artistas, tenéis que plasmar 
en vuestro Artigas un hombre que padeció; pero creo 
que saldréis tanto más con vuestro intento, cuanto 
más consigáis conciliar esa misión con la de damos 
todo lo de impasible que pudo existir en aquella noble 
criatura; cuanto más logréis detener en el bronce 
aquella forma corporal modelada por la vida: la in- 
fluencia recíproca del cuerpo y el alma coexistentes, 
consubstanciales. 

Veamos, pues, la arcilla en que aquel Artigas fué 
modelando su obra corporal. Era de estatura mediana; 



200 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

no tenía contextura atlética, ni siquiera muy robusta; 
su aspecto parecía más bien delicado. No era erguido 
de cuerpo; aquel «aspecto imperioso» de que nos habla 
Grandshire, el marino francés, más que de su estruc- 
tura ósea, dependía de las varoniles proporciones de 
los miembros, unidas al reposo de las actitudes y 
movimientos habituales. Hubo quien lo vio de grande 
estatura; lo parecía, no hay duda, en ciertos momen- 
tos, sobre todo cuando montaba a caballo; pero no 
había tal. Tenía la cara ovalada, ligeramente aguileña 
la nariz, los ojos claros, pardos azulados, muy sere- 
nos y fijos, de larga mirada inmóvil. Era fina la comi- 
sura de sus labios, pero el superior muy amplio; fuerte 
el maxilar inferior, pero sin tendencia al prognatismo; 
poco salientes los pómulos; la tez pálida, linfática, 
casi enfermiza; poco poblada la barba, que él se ra- 
saba, conservando sólo su arranque sobre las mejillas; 
tenía el cabello escaso y fino, ligeramente ondulado, 
de color castaño; en su vejez, le caía en rizos blancos 
sobre los hombros. Una depresión característica de los 
temporales y parietales, unida a la calvicie precoz here- 
ditaria, hacían muy aparente la amplitud de su bóveda 
frontal, y daban a su cabeza los caracteres jerárquicos 
que, según la craneología topográfica, constituye, como 
dice I/Spez, el mejor tipo de la raza caucásica: amplitud 
del diámetro ánteroposterior del cráneo con relación 
al transversal, fuerza en las órbitas, reducción de los 
pómulos, corrección del ángulo facial. Si a todo esto 
agregamos una delicadeza en las manos que alguno 
obsen/ó, no sin sorpresa, en él, tendríamos bastante, 
me parece, para restaurar el retrato que de aquella 
interesante persona nos dejó Bompland, su conse- 
cuente amigo. Quiero, sin embargo, como complemento 
y comprobación al mismo tiempo de lo que os he dicho, 



ARTIGAS 201 

que leáis conmigo una encantadora tradición domés- 
tica, que debemos a una anciana sobrina de Artigas, 
doña Josefa Ravía, que todavía llamaba tío Pepe al 
héroe de I^as Piedras, y que, a los 93 años de edad, dic- 
taba sus recuerdos en la forma ingenua que veréis, 
y es preciso conservar. Tengamos presentes esas pá- 
ginas, transparentes como el agua que corre. 

«Por relaciones de familia, dice la anciana, sé que, 
en sus primeros tiempos, tío Pepe se ocupaba en sus 
estudios aquí en Montevideo; sus hermanos, don Ma- 
nuel y tío Cucho (don Cirilo), se ocupaban en las es- 
tancias de su padre, don ^lartín Artigas, que se sentía 
cada vez más achacoso, y había confiado los queha- 
ceres de campo a esos sus hijos. 

»Tío Pepe iba a las estancias por vía de paseo; en 
ellas adquirió relaciones de familia con los Latorre, de 
Santa I^ucía, y los Pérez, del valle del Aiguá. Repi- 
tió esas visitas al campo, y fué tomando afición a 
sus faenas; pero como no tuviera en las estancias de 
su padre una colocación estable, se ponía de acuerdo 
con los Latorre y los Torgueses, con don Domingo 
I^ema y don Francisco Ravía, y salían a los campos de 
don Melchor de Viana, con autorización de éste y del 
gobernador de Montevideo, a hacer cuereadas, uti- 
lizando también las gorduras y las astas. 

»También tenía autorización del gobernador para 
sacar de Montevideo medias -lunas (cuchillos curvos) 
con que desjarretaban los animales, pues los paisa- 
nos no estaban avezados a desjarretar con los cuchi- 
llos, y el que lo hacía era muy aplaudido por los com- 
pañeros. 

»Iyas medias -lunas eran hechas por el herrero don 
Francisco Antuña; y como hacía muchas más de las 
que tenía autorización para llevar al campo, las pa- 



202 liA. EPOPEYA DE ARTIGAS 

saba clandestinamente don Francisco Ravía por el 
Portón. Tío Pepe decía que esas medias-lunas eran 
para armar a los paisanos, y defender a la patria. Con 
ese mismo fm, sacaban continuamente para el campo 
cuchillos de marca mayor.» 

Suspendo un momento la lectura, caros artistas, 
para haceros notar que esas medias-lunas y cuchillos 
de marca mayor, enastados en cañas, que Artigas 
sacaba clandestinamente, serán las lanzas de las ca- 
ballerías orientales, en las primeras batallas de la 
independencia; las vencedoras en San José y Las Pie- 
dras. Tened en cuenta que Artigas preparaba este 
parque primitivo, mucho antes de la revolución de 
]\Iayo. Es muy útil que lo tengáis en cuenta. 

«En cuanto al carácter personal, continúa la ancia- 
na, lo tengo muy presente, porque desde niña he es- 
tado oyendo grandes diálogos de tía Martina Artigas, 
hermana de tío Pepe, con mi tía Josefa Ravía, sobre 
el carácter, hechos y costumbres de aquél, hasta la 
época que voy refiriendo. Todos decían que tío Pepe 
era muy paseandero, y muy amigo de sociedad y de 
visitas, así como de vestirse bien, a lo cabildante, 
y que se atraía la voluntad de las personas por su 
modo afable y cariñoso. 

»Su traje era análogo al de cabildante; su fisonomía 
abierta, franca y hasta jovial. Era de estatura regu- 
lar y de cuerpo delgado; usaba buen pantalón y buena 
bota; nunca quiso usar espuelas grandes, que eran 
las de moda entre los mozos de campo, ni llevar el 
cuchillo a la cintura, pues fué de los primeros que lo 
usaron entre caronas (piezas de la montura del ca- 
ballo). Usaba el sombrero sobre el redondel de la 
cabeza; pero cuando galopaba a caballo o entraba 
en las lidias de campo, se lo echaba a la nuca. Su fi- 



ARTIGAS 203 

sonomía era simpática, y ya en esa época, y ocupado en 
las labores referidas, las jóvenes de Montevideo se 
disputaban su persona. Tío Pepe y tío Martín eran 
muy blancos y tenían el cabello castaño; tío Cucho y 
tío Manuel eran morenos. 

»Sus antecedentes en la familia eran excelentes, 
hasta el punto de que todos los parientes lo conside- 
raban como el jefe de ella. 

»I/a casa de don Martín Artigas era visitada por 
todos los parienteí:,y estaba situada en la calle Wash- 
ington (de San Diego se llamaba entonces), inmediata 
a la plaza de toros, en que aquél tenía un sitio de pre- 
ferencia y concurría con su familia. 

&Como una prueba de la vida holgada que en aque- 
lla época tenía la familia de Artigas, está el gran nú- 
mero de ganados mansos que poseía antes de la gue- 
rra de la patria, y las grandes ventas que hacía don 
Manuel, su hijo mayor, quien entregaba a su padre 
fuertes cantidades de onzas de oro, que contaba hasta 
en presencia de las visitas. 

»En cuanto a la afirmación que se ha hecho de que 
tío Pepe haya abandonado la casa paterna contra la 
voluntad de su padre, que lo quería a su lado en Mon- 
tevideo, para entregarse a los trabajos del campo, 
baste saber que don Martín Artigas era el que recibía 
en Montevideo las carretas de cueros que mandaba 
tío Pepe del campo. Eran conductores de ellas, don 
Francisco Ravía, don Domingo I^ema y don Manuel 
I^atorre con sus esclavos. Don Martín vendía la car- 
ga, la metalizaba y repartía su importe. 

oHe citado el traje habitual y el modo de vivir hon- 
rado de tío Pepe Artigas. Ahora hablaré del traje que 
usaba desde que fué nombrado oficial del regimiento 
de blandengues. Parece que hubiera tenido de ante- 



2 ©4 i,A Epopeya de artigas 

mano vocación para la carrera militar, pues desde el 
primer día que se puso la casaquilla de blandengue 
no se le vio otro traje en Montevideo, pues además 
de la que había recibido en su regimiento, se había 
mandado hacer otras iguales, una que guardaba en 
el Cordón, en las casas que hoy llaman de I/Dmba, y 
que entonces se llamaban de Artigas, y otra que guar- 
daba en la Aguada, para mudarse a cada paso, e ir 
a los bailes con su compañero inseparable, el buen 
patriota don Manuel Pérez, a cuya esposa, tía María 
del Carmen Gomar, acostumbraba Artigas dar bro- 
mas por esos bailes, por más que don Manuel era un 
excelente y fiel esposo, aunque de genio jovial y ami- 
go de diversiones. 

»Don José Artigas, en la época que fué oficial de 
blandengues y comisario de la Unión y de la Aguada, 
por el año 1806, vestía lo mejor posible; usaba lujosa 
camisa de hilo de Holanda, chaleco de raso y ricos 
pañuelos de seda de bolsillo, muy en uso entonces.» 

liSL anciana que nos da estos ingenuos y preciosos 
recursos para la evocación del héroe oriental, vivo y 
bien visible, dice también «que recuerda haber visto 
los fracs con que su tío Pepe concurría a los bailes, 
y que, otras veces, el traje que llevaba, como el de 
todos los jóvenes decentes de su tiempo, era, cuando 
no usaba casaca larga, una chaquetilla ajustada al 
cuerpo, con más o menos bordados de trencilla fina 
en el pecho, y un gran pino bordado en la espalda; 
pantalón ajustado sobre la caña de la bota, rico cha- 
leco de raso y corbata». 

Demos gracias, amigos artistas, a la buena nona- 
genaria que nos ha dejado el tesoro de esos sus áureos 
recuerdos, que nos permiten ver tan de cerca al gen- 
til capitán de blandengues, que algunos amables 



ARTIGAS 205 

historiadores han presentado como un salvaje tro- 
glodita. 

Pero es preciso que os lo haga ver mejor todavía, 
para terminar. Busquemos a alguien que lo haya mi- 
rado con mayor intensidad que la buena anciana. 
Encontramos al célebre deán Funes, procer de la 
independencia argentina, doctor de la Universidad de 
Córdoba, e historiador de autoridad única acaso en 
su época, que parece haber visto algo en el fondo de 
los ojos claros del libertador oriental. El retrato que 
de- éste nos hace es magistral, en su intensa sobrie- 
dad de tonos fundamentales. «Artigas, dice, es un 
hombre singular, que reúne una sensibilidad extrema, 
a una indiferencia al parecer fría; una sencillez in- 
sinuante, a una gravedad respetuosa; un lenguaje 
siempre de paz, a una inclinación innata a la guerra; 
un amor vivo, en fin, por la independencia de la pa- 
tria, a un extravío de su verdadera dirección.» 

No hay duda, amigos artistas: Artigas era un hom- 
bre singular, un hombre extraño. El historiador ar- 
gentino vio su rasgo heroico: era un solitario; estaba 
ausente de los demás, porque jamás lo estaba de sí 
mismo. Y no es ésta una simple frase; la veréis com- 
probada en su vida entera; tenía un extravío clásico 
con relación al ilustre deán Funes, y a los togados 
coloniales que con él sentían y pensaban, respecto de 
la independencia. No la había aprendido, ciertamente, 
en Bentham, ni en Rousseau, ni en la revolución fran- 
cesa; la supo en sí mismo, en su yo americano. Fué 
un enigma para su época, como lo son todos los hom- 
bres sin época, absolutos, objetivos; el historiador 
argentino don Bartolomé Mitre, recogiendo palabras 
precipitadas que dijo en hora menguada, condensa sus 
vacilantes opiniones sobre él en estas palabras escritas 



206 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el año 1881: «Artigas es hoy íina especie de mito, del 
que todos hablan y ninguno conoce, y cuyo signifi- 
cado histórico es más complejo de lo que a primera 
vista parece». ¡Un mito! ¡Un enigma! Sí, lo fué... pero 
ya no lo es; está descifrado, amigos míos, está plena- 
mente descifrado. 



III 



Tal era el personaje que esperaba su hora en la 
Banda Oriental, cuando, en el mes de mayo de 1810, 
el virrey Cisneros fué depuesto en Buenos Aires. Vi- 
godet, el gobernador de Montevideo, primero, y Elío, 
el virrey enviado a suceder a Cisneros, después, re- 
pudiaron a la Junta de Mayo, como sabemos, e hi- 
cieron de la ciudad oriental el centro de resistencia 
monárquica absoluta. 

Artigas, por su parte, clavó los ojos en el movimien- 
to de Buenos Aires, y, si bien se sintió arrastrado a él, 
no reconoció del todo su visión en las declaraciones 
del 25 de mayo. No: la libertad por él soñada de tiem- 
po atrás, y para cuya conquista formaba su arsenal 
de lanzas primitivas, no se llamaba Fernando VII; 
el objeto de la revolución no era ni podía ser el «con- 
servar esta parte de América a su Augusto Soberano, 
el Señor Don Fernando, y sus legítimos sucesores», 
como lo decía el juramento a que se habían ligado 
los primaces de la revolución, y era la fórmula, más 
o menos sincera, adoptada en toda América. El, que 
era un hombre real, sentía gran repugnancia hacia 
todo lo que no era verdad. Y no era tal el mensaje 
del dios interior de que era depositario, y que sonaba 
en su oído al dar todas las horas. Desfigurarlo le pa- 



ARTIGAS 207 

recia una profanación. Fuera de la nota que Artigas, 
hablando en nombre de la Junta de Buenos Aires, 
escribe después de la batalla de I/as Piedras, no hay, 
en toda su vida, una sola palabra de reconocimiento 
al rey; ni una sola. Y él es el primero que desconoce 
tal entidad expresamente, bárbaramente; el primero, 
como lo hemos dicho, que pronuncia las palabras de 
Henry, el angloamericano: «César tuvo un Bruto; Car- 
los I un Cromwell, y Jorge III...» 

Por otra parte, en el movimiento iniciado por Bue- 
nos Aires él no veía perfectamente garantido lo que 
constituía la esencia de su pensamiento: la conserva- 
ción y la autonomía del pueblo oriental, en la fa- 
milia española; la supresión, y no el cambio de due- 
ño para la patria, cuyos límites había estudiado con 
Azara. El veía con toda nitidez en ésta un estado, 
una provincia, como entonces se llamaba a tales es- 
tados (Provincia de Chile, Presidencia de Quito, Go- 
bernación de Caracas, etc., etc.); un organismo ín- 
tegro, una persona colectiva, con todos los atributos 
esenciales de la persona: con pensamiento y voluntad; 
con libertad, propiedad, dignidad, destino propio, y 
no supeditado a otros destinos, fin de sí misma, y 
no medio para que otros consiguieran el suyo. En ese 
concepto, la Provincia Oriental era exactamente lo 
mismo que la Provincia Occidental del Uruguay, o 
la Provincia de Chile: hermanas que se emancipan; 
unidas, pero distintas. 

Nadie mejor que Artigas conocía y sentía, sin em- 
bargo, la incompatibilidad de caracteres entre las 
dos hermanas del Plata, fundada en las causas pro- 
fundas que os he hecho notar en mis anteriores con- 
ferencias: estructura étnica y geológica, edad, tradi- 
cípijes, educación, fortuna, intereses, relaciones con 



208 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

la madre común. El sentía la tendencia de Buenos 
Aires a considerar como dependencia suya a Monte- 
video; a mirar a su hermana con cierto altivo desdén 
que la ofendía; a arrebatarle sus glorias privativas, 
y hasta a perjudicar sus intereses, favoreciendo el 
puerto de Buenos Aires, puerto único, a expensas del 
de Montevideo, simple plaza fuerte. 

Nadie mejor que Artigas conocía, pues, la resisten- 
cia del pueblo oriental, desde la capital hasta el úl- 
timo confín del territorio, a compartir, con su opu- 
lenta y altiva hermana occidental, la casa común, 
y a no tener la propia, por más modesta que fuera. 
Puede afirmarse que la resistencia de Montevideo 
hacia Buenos Aires no era inferior a la que le inspi- 
raba España misma. El pueblo no hubiera sacudido 
el yugo de ésta para cambiarlo por el de aquélla; no 
sé si hubiera preferido ser español. «Sería muy ridícu- 
lo, dice Artigas, que el Estado Oriental, no mirando 
ahora por sí, prodigara su sangre frente a Montevideo, 
y mañana ofreciera, a un nuevo cetro de hierro, el 
laurel mismo que va a tomar sobre sus murallas. I^a 
Provincia Oriental no pelea por el restablecimiento 
de la tiranía en Buenos Aires.» 

He ahí, mis amigos artistas, el problema planteado, 
no por Artigas ciertamente, sino por la misma natu- 
raleza de las cosas. 

¿Debía Artigas, a pesar de todo eso, despertar a 
su pueblo, paia adherirlo al movimiento del 25 de 
mayo? ¿O debía hacer lo que el doctor Rodríguez de 
Francia en el Paraguay? 

Artigas no vaciló: debió hacer lo primero, y lo hizo. 
Él vio, desde el primer momento, una garantía que 
le permitía prometer la libertad a sus compatriotas 



ARTIGAS 209 

sin engañarlos; la vio, con toda precisión, en la ana- 
logía de costumbres, de ideales, de estructura socio- 
lógica, entre los diferentes pueblos argentinos, con 
excepción de los togados de Buenos Aires, y el orien- 
tal. Ese vínculo entre los pueblos occidentales y el 
oriental era mucho mayor que el que ligaba a aquéllos 
con la capital del virreinato. Si bien en aquéllos no con- 
currían las condiciones necesarias, como en Chile o 
en Bolivia o en el Paraguay, para formarse estados 
independientes; si bien constituían con Buenos Aires 
una entidad geográfica casi imposible de disgregar, 
pues era Buenos Aires el puerto único de aquella 
inmensa región, había en ellos energías bastantes para 
rechazar toda imposición de la capital que signifi- 
cara la substitución del despotismo. El fenómeno que 
advertimos en el Uruguay, existía también en las 
otras provincias argentinas: no rechazaban éstas menos 
el yugo de Buenos Aires que el de España. Era preciso, 
sin embargo, empezar por sacudir éste, y, para ello, 
la unión se imponía por la ley natural. Pero el único 
vínculo posible de unión era la alianza federal, o, 
para que las malhadadas palabras dialécticas o téc- 
nicas no nos sugestionen, digamos el respeto mutuo 
entre las unidades sociológicas, más o menos embrio- 
narias, pero vitales, que allí estaban formadas. 

Es de advertir, y os pido lo hagáis con grande em- 
peño desde ahora, que, entre los pueblos o provin- 
cias con que Artigas contaba, figuraba, en primer 
término, y con caracteres muy salientes, la Provincia 
del Paraguay, limítrofe al Norte, como el Uruguay 
al Sur, de los dominios portugueses, y geológicamente 
unida al macizo orográfico brasileño, al continente 
atlántico. El peligro portugués los vincula, pues, espe- 
cialmente. Artigas conoce bien a los caudillos para- 

T. 1.-16 



5lO I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

guayos y es por ellos conocido y respetado, pues, como 
sabéis, ese capitán de blandengues, ayudante de Aza- 
ra, ha recorrido mucho aquellas regiones fronterizas; 
tiene allí formado su prestigio; ha sido compañero 
de armas, en la defensa de Montevideo contra los 
ingleses, de aquellos caudillos, enviados, con soldados 
paraguayos, por el gobernador español Velazco, en 
auxilio de la cindadela platense amenazada; ama a 
aquel pueblo; comprende, sobre todo, la importancia 
vital de su concurso, como limítrofe del portugués, 
en el plan político que tiene trazado en su cabeza. 
Ya desde entonces, Artigas vio en el Paraguay su 
triunfo o su sepulcro. Estaban las dos cosas. 

En esa idea, pues, de federación o autonomía pro- 
vincial, se encontraba la garantía de la independen- 
cia oriental, si ella llegara a peligrar por obra de la 
capital del antiguo virreinato. No era imposible que 
ésta, dándose cuenta clara de la esencia de la revolu- 
ción y de su misión en ella, supiera conciliar el esfuer- 
zo común con la conservación de la estirpe, con la 
autonomía regional y con la democracia; pero si así 
no fuera, y Buenos Aires, como no era tampoco impo- 
sible, llegara a pretender substituirse a los odiosos 
virreyes, o a traicionar la causa de la familia española 
o de la independencia. Artigas siempre tendría apela- 
ción para ante aquellos pueblos, que acudirían a él, y al 
hermano oriental, movidos por afinidades naturales, 
en defensa de sus derechos. Artigas y su nación serían 
entonces, y no Buenos Aires, el verdadero núcleo de 
la revolución hispanoamericana de Mayo. Lo fueron. 

No entregaba, por ende, a su pueblo, completa- 
mente desarmado, a su rival; cuando menos, estaba 
firmemente resuelto a no entregarlo: le juró fidelidad 
en el fondo de su alma y no fué perjuro. 



ARTIGAS 211 



IV 



Pero no era eso todo: otro peligro, otro enemigo, 
que ya hemos señalado y caracterizado, iba a caer 
sobre su patria al rebelarse contra España y des- 
prenderse de ésta: el enemigo secular, mucho más 
odioso para el pueblo oriental que España misma, 
mucho más odioso: Portugal. 

Portugal, durante dos siglos, no había cesado, como 
hemos dicho, de hacer tentativas para pasar la mal- 
dita línea divisoria, y dar a sus dominios por límite 
arcifinio el Uruguay y el Plata; su obra había sido 
lenta y eficaz; sólo restaba una pequeña parte de lo 
que había sido y debía ser español en la región atlán- 
tica. Vanos eran los esfuerzos, heroicos muchas veces, 
que aquí se hacían para conservarlo. España, sin 
tino ni criterio, lo cedía al portugués, en sus tratados, 
por cualquier cosa, por un abalorio. El centro de cul- 
tura de Portugal estaba muy lejos, allá en Río Ja- 
neiro. Al Uruguay llegaban sólo las incursiones de sus 
paulistas bandoleros y de sus contrabandistas, que 
habían hecho abominable al enemigo portugués. Arti- 
gas precisamente, con sus milicianos orientales, había 
sido, como lo sabéis, el defensor de vidas y haciendas 
contra esos invasores; el defensor de las fronteras, 
sobre todo, de lo último español que quedaba en el 
Atlántico: la Banda Oriental. 

Y Portugal, que sólo esperaba la ocasión de repetir 
sus tentativas y terminar su obra inteligente, creyó 
que el alzamiento de las provincias platenses contra 
España había marcado esa hora. El rey don Juan VI, 
regente entonces del reino, por incapacidad de su 



212 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

madre doña María de Braganza, y perseguido por 
Napoleón, había establecido su corte en Río Janeiro; 
era aliado de Inglaterra, que tenía acreditado en la 
corte a lord Strangfort, como agente diplomático. 
I^a mujer del rey portugués, la princesa Carlota Joa- 
quina de Borbón, persona muy poco recomendable, 
dicho sea de paso, era hermana de Femando VII; 
era la hija primogénita de Carlos IV, y la heredera 
legítima, por consiguiente, según algunos, del trono 
de España y de sus Indias. Había, pues, aquí en Amé- 
rica, una más que mediana propiedad de la sangre 
real, disponible para esos monarcas: las tierras pla- 
tenses, que parecían escapar al dominio español, y 
sus accesorios: hombres, pueblos, tierras y cosas. 

Ambos príncipes pensaron en hacerla propia: don 
Juan y su esposa, cada uno por su lado, porque no 
vivían en buenas relaciones. I^a princesa Carlota, a 
título de ir a «conservar aquellos dominios para sil 
augusto hermano», pensó en hacer un reino para sí 
misma en la región platense. Ese había sido el primer 
pensamiento de Belgrano y otros, como sabéis; Puey- 
rredón fué a Río Janeiro con ese objeto. Para ello, 
la princesa envió emisarios al Uruguay, proponiendo 
su regia instalación en Montevideo y su apoyo 
contra Buenos Aires cuando éste formó su primera 
Junta en 1810; mandó sus propias joyas, para que 
fueran vendidas; regaló la primera imprenta que 
llegó al país, con el objeto de defender los derechos del 
rey, su augusto hermano, y secundar sus propósitos. 

El rey don Juan, por su parte, ofreció también su 
concurso, sus armas portuguesas, para defender, por 
supuesto, los derechos de España, los sagrados in- 
tereses de Fernando. I^as armas estaban prontas; un 
ejército se acercaba ya a la frontera uruguaya. De- 



ARTIGAS 213 

fendería así todo el virreinato, pero recogería, como 
gaje de la victoria, el territorio oriental, su ensueño. 
I/a bandera portuguesa substituiría a la española en 
la ceñuda cindadela de Montevideo; España, en cam- 
bio, conservaría la suya en las fortalezas del Callao, 
y en los alcázares de Buenos Aires y de Santiago de 
Chile. Otra idea inteligente era complemento de ese 
plan de Portugal en América: dividir el bloque espa- 
ñol, conservando lo más compacto posible el por- 
tugués. 

Artigas, el capitán de blandengues, el compañero 
de Azara en la defensa de la frontera española, contra 
las irrupciones portuguesas, sentía todo eso con más 
intensidad que nadie. El Uruguay estaba amenazado 
de ser portugués; lo hubiera sido, sin duda alguna, en 
definitiva, como lo fué transitoriamente, si allí no 
hubiera estado ese bárbaro de Artigas; si éste no hu- 
biera substituido la línea imaginaria de Alejandro VI, 
por un foso de sangre de su pueblo, inmolado a la 
patria, a la común independencia ríoplatense, y a la 
conservación de la familia hispánica en toda la en- 
trada del gran río. 

Y no había tiempo que perder; era urgente la re- 
solución de adherirse, o no, a la iniciativa de ]\Iayo; 
el movimiento insurreccional contra la metrópoli es- 
pañola palpitaba en Montevideo y en los campos; la 
simiente, esparcida por el mismo Artigas, brotaba 
ya de la tierra; las medias-lunas y largos cuchillos al- 
macenados por él se movían solos. 

El gobernador de Montevideo, Vigodet, había sido 
substituido por Elío, bravo caballero sin miedo y sin 
tacha, que llegó de España en enero de 181 1, nom- 
brado virrey por la Junta de la península, en substi- 



214 ^•'^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

tución de Cisneros, depuesto en Buenos Aires, y es- 
tableció su sede en Montevideo. De aquí se dirigió 
a la Junta de Buenos Aires reclamando su obedien- 
cia. I/a consideraba rebelde, olvidando, sin duda, que 
él mismo había encabezado la de Montevideo en 
1808, y que ésta no fué condenada por España, por 
más que desconoció al virrey de entonces. 

lya Junta no reconoció al virrey Elío. Y estalló la 
guerra. 

El elemento nacional, con todos los síntomas de 
la fiebre americana, se agitaba de tiempo atrás en 
Montevideo; pero con el carácter diferencial del de 
Buenos Aires, que notamos oportunamente. El prin- 
cipio de acción o agente dinámico esencial en el mo- 
vimiento de Buenos Aires fueron los jefes militares. 
El pueblo los secunda; pero aparece en segundo tér- 
mino. En Montevideo las cosas pasan al revés: el pue- 
blo está en primer término; son los hombres doctri- 
nales los que han de secundarlo; el jefe no puede ser 
allí un togado transformado en militar. En la Banda 
Occidental del Plata, es la ciudad la que conquista 
los campos; en la Oriental, son los campos los que ex- 
pugnan y recuperan la ciudad. 

Hubo un momento en que se creyó poder hacer en 
Montevideo lo que en Buenos Aires: un motín mili- 
tar manejado por los proceres civiles, y tras el cual 
se levantara el pueblo. Se creyó encontrar el equiva- 
lente de don Cornelio Saavedra, el comandante del 
batallón de Patricios, en los comandantes de dos cuer- 
pos de infantería de Montevideo, don Prudencio de 
Murgiondo y don Juan Balbín de González Vallejo, 
que, instigados por los hombres de Mayo, fraguaron, 
en julio de 1810, la conspiración de que habla Mariano 
Moreno en su Plan de Operaciones que conocéis. Pero 



ARTIGAS 215 

no pudo ser: el gobernador Soria descubrió esa ten- 
tativa de motín; sus jefes fueron desterrados, y el 
agente instigador huyó a Buenos Aires, El proceso 
levantado en España a esos conspiradores se lee, 
inédito todavía, con detalles muy llenos de color, en 
los archivos de Madrid. 

El elemento nacional o patriota existía en la Banda 
Oriental como en Buenos Aires; pero no concentrado 
en la cabeza, sino difundido, como la sangre, por todo 
el organismo. Desde que, en 1809, había sido disuelta 
la Junta que nació del Cabildo abierto de 1808, y 
substituida por el gobernador delegado de España, ese 
elemento nacional se había separado del español y orga- 
nizado; sus primeros directores habían sido don Joa- 
quín Suárez, don Pedro Celestino Bauza, don Santiago 
Figueredo, cura de la Florida, don Francisco Meló, y 
varios otros, Pero eso no se concentraba en Montevi- 
deo, ni contaba con sus fuerzas militares; unidos a los 
Barreiro, I^arrañaga, Araucho, y a los frailes francis- 
canos, se movían los García Zúñiga, en Canelones; y 
los Bustamante y Pérez Pimienta y Aguilar, en Mal- 
donado; y los Escalada, Haedo, Gadea y Almirón, en 
el litoral del Uruguay; y los curas párrocos de Colonia, 
Paysandú, Canelones, San José, San Ramón, Colla, 
las Víboras, Soriano, etc., en sus regiones respectivas, 
Y, en todas partes, los Artigas: Manuel Francisco, 
Manuel... y el otro, el capitán de blandengues, todos 
ellos instigados y acompañados por sus ancianos 
padres. 

Era eso, y no los batallones, lo que era preciso mo- 
ver y organizar, Y para ello era menester una cabeza; 
pero cabeza viva, parte integrante del organismo, 
irrigada por su sangre; cabeza pensante, sobre todo. 

Fué, pues, un error suponer, como se supuso un 



21 6 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

momento, que esa cabeza había aparecido en la per- 
sona del doctor don Lucas Obes, asesor letrado del 
Cabildo, joven brioso y elocuente, entidad muy aná- 
loga a los promotores del movimiento de Mayo, y, 
como ellos, partidario de la coronación de Carlota y 
de las soluciones de ese género. Precisamente por eso 
el doctor Obes estaba allí contraindicado. 

El virrey Elío no vio eso; ni siquiera lo sospechó, 
me parece. Creyó que don I/Ucas Obes era el peligroso; 
lo encerró en la fortaleza, y lo desterró a la Habana. 

lyos patriotas que quedaban eran vigilados y per- 
seguidos; Larrañaga, Suárez, Lamas, los mismos frai- 
les franciscanos en su claustro, sólo vivían a fuerza 
de precauciones. Muchos de ellos acudían a la protec- 
ción del bien conceptuado capitán de blandengues 
José Artigas, que intercedió por algunos; pero se hizo 
sospechoso. 

¡El capitán. Artigas! 

Todas las miradas se dirigían a él, las recelosas de 
los españoles y las anhelantes de los patriotas. Los 
primeros no quieren manifestar sus recelos por no 
precipitarlo; los segundos ocultan sus esperanzas por 
no comprometerlo. ¿Cómo piensa?... ¿Qué hará?... 
Desde los hombres de letras, que han sido sus compa- 
ñeros de estudios y amigos de infancia; desde los ofi- 
ciales de la guarnición, y los jóvenes de la sociedad 
culta, hasta los habitantes casi nómadas de los cam- 
pos, todos sienten que el capitán Artigas es el hombre. 
Pero él permanece impenetrable, sólo con su dios in- 
terior. 

Con él va a la Colonia, de guarnición con sus blan- 
dengues, a las órdenes del coronel Muesas. De allí 
dará su contestación, acordada en la comunicación 
consigo mismo; la que esperan en Montevideo. La 



ARTIGAS 217 

forma en que contestará estará de acuerdo con el 
carácter que os he descrito, y con el que reveló toda 
su vida: el que distingue a los hombres intensos que 
llamamos héroes, a los depositarios de la realidad 
que está en el fondo de todas las apariencias. Iva ac- 
ción y la palabra coexisten en esos hombres; el verbo 
es carne. 

Una noticia, que fué un trueno, cayó de repente en 
Montevideo, y se difundió por los campos: Artigas se 
había fugado de, la Colonia; se había adherido a la 
revolución de Mayo. I^a del Uruguay tiene, pues, su 
cabeza. 

Ya os hice saber, por los informes de Zufriategui 
en las Cortes de Cádiz, y por los del mariscal I^aguna, 
entre otros, la impresión que produjo, en la causa es- 
pañola, la defección de aquel simple ayudante ma- 
yor de blandengues. 

Veremos después los esfuerzos que se harán para 
recuperar al desertor; pero bueno es que conozcáis, 
desde ahora, la contestación de Artigas a la primera 
tentativa que hace Elío para reconquistarlo, no bien 
regresa de Buenos Aires, como conductor de su pue- 
blo: «Vuestra Merced sabe muy bien, contesta Arti- 
gas, cuánto me he sacrificado en el servicio de Su Ma- 
jestad; que los bienes de todos los hacendados de la 
campaña me deben la mayor parte de su seguridad. 
¿Cuál ha sido el premio de mis fatigas? El que siem- 
pre ha sido destinado para nosotros. Así, pues, des- 
precie Vuestra Merced la vil idea que ha concebido, 
seguro de que el premio de mayor consideración 
jamás será suficiente a doblar mi conducta, ni hacer- 
me incurrir en el horrendo crimen de desertar de mi 
causa». 



2l8 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

He ahí, mis amigos, el temple de la resolución que 
mueve a ese capitán que se fuga de la Colonia. En 
esa frase el premio que siempre ha sido destinado para 
nosotros están sus agravios; no los personales, sino 
los de nosotros. Personalmente puede obtenerlo todo; 
todo se le ofrece y se le ofrecerá; pero los derechos del 
pueblo americano no serán reconocidos. Como Wash- 
ington, cuando dijo «nada puede esperarse de la 
justicia de la Gran Bretaña», Artigas está convencido 
de que nada hay que esperar para nosotros de la me- 
trópoli española, nada. Por eso ha tomado su reso- 
lución. Y ésta será inquebrantable. 

El ayudante mayor Artigas había llegado a la Co- 
lonia, procedente de Paysandú, con su resolución 
adoptada, y también revelada a sus parciales, no sólo 
de la Banda Oriental, sino de Entrerríos, en la otra 
margen del Uruguay, donde su nombre y sus pro- 
yectos, mucho más que ios de Buenos Aires, corren 
por campos y poblados. Su situación es insostenible 
dentro de los muros de la Colonia; sus trabajos por 
sublevar los sargentos y soldados de la guarnición 
trascienden; Muesas los siente en el aire; los pasos 
del sospechoso ayudante mayor son vigilados; los 
ceños se arrugan. Wega, por fin, el hecho determi- 
nante: la noticia de que Elío, el 13 de febrero, ha 
declarado la guerra a Buenos Aires. El 15, Artigas, 
caudillo de los Orientales, está a caballo en el campo. 

De acuerdo con el cura de la Colonia, doctor En- 
rique Peña, su amigo y confidente, y con el teniente 
Ortiguera, su compañero de armas, resolvió lanzarse 
a la empresa. Hablan las historias de una disputa 
entre Muesas y Artigas; afirman otros que ell^iberta- 
dor fué preso y se evadió. No lo creo, porque la firma 



ARTIGAS 219 

de Artigas figura, el mismo día de su defección, en 
la lista de su regimiento. 

Ese día fué el 15 de febrero; no el 2, como también 
se ha dicho. Acompañado del doctor Peña y de un 
negro esclavo de éste, tío Peña, abandonó la Colonia; 
recorrió nueve leguas, y fué a refugiarse en un bosque 
de la estancia de don Teodosio de la Quintana, si- 
tuada en la costa del Arroyo San Juan, entre el Paso 
del Hospital y el Cerro de las Armas. Desde su refugio 
en el monte, por intermedio del cura, se puso en rela- 
ción con de la Quintana, rico propietario de aquellos 
campos, que le prestó todo su apoj^o; le proporcionó 
un baqueano o experto conductor. Chamorro; puso 
a sus órdenes algunos hombres, a cuya cabeza iban 
sus dos hijos, Pedro y Pablo, que lo acompañaron 
hasta la costa del Uruguay, y le regaló cincuen- 
ta onzas de oro y una tropilla de excelentes ca- 
ballos. 

Bl capitán de blandengues, transformado en I/iber- 
tador del Uruguay, emprende su primera marcha 
con el primer ejército de la patria, un puñado de ne- 
gros lanceros; se dirige hacia el Norte, hacia el Río 
Negro; atraviesa éste por el paso de Tres Árboles, y 
busca la costa del Uruguay. En el trayecto anuncia 
a sus amigos la buena nueva: su próximo regreso; 
les da la cita de la patria, los llama a la gloria. Cruza 
el departamento de Soriano; pasa por Mercedes j por 
Paysandú, y deja allí a Ramón Fernández, gobernador 
militar de aquella región, y ardiente partidario suyo, 
la orden del inmediato levantamiento. Esa orden es 
cumplida a los pocos días, pues, como lo veréis, ocho 
o diez días después de pasar por allí el Libertador, 
tiene lugar el Grito de Asensio, dirigido por Fernán- 
dez, que acababa de recibir la consigna, y que comu- 



220 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

nica inmediatamente el suceso al caudillo que lo deter- 
mina, y que es su verdadero protagonista. 

Artigas cruza entonces el río Uruguay, y pisa terri- 
torio occidental de Entrerríos, donde continúa la 
obra que allí tiene comenzada: incita al pueblo entre- 
rriano a la insurrección, y consigue que se levante, 
acaudillado por Ricardo López Jordán, Vicente Za- 
pata, y, sobre todo, por el joven y valiente paisano 
Francisco Ramírez, su protegido y apasionado secuaz. 
En las primeras comimicaciones que envía Zapata a 
la Junta de Buenos Aires, dándole cuenta de su levan- 
tamiento, 3'a se la da de haber procedido con el apoyo 
«de veinte blandengues y un sargento del capitán Arti- 
gas». Allí comienza ya a ser éste el alma de todos aque- 
llos pueblos que despiertan a su voz, a la misma hora; 
disxDOne de la insurrección de Entrerríos enviando, des- 
de Nogoyá, ochenta soldados de ésta a unirse a los 
orientales que han cumplido sus instrucciones en Asen- 
sio, y de allí se dirige a Buenos Aires, donde anuncia a 
la Junta su resolución, y el levantamiento en masa de 
su pueblo, del pueblo oriental que, para ser dueño 
de sí mismo, ofrece su alianza al occidental, su her- 
mano en la raza, en la lengua, en los destinos, por 
intermedio del que será el hombre de nuestra América 
atlántica, la forma personal de aquel héroe anónimo 
autor, según Estrada y Sarmiento, de la revolución, 
y que apareció, en la plaza de Buenos Aires, el 25 de 
mayo de 1810. 



ii>l 



CONFERENCIA VIII 

El. HOMBRE Y I.OS HOMBRES 

Artigas ante la Junta de Buenos Aires. — ^En busca de la 
independencia republicana. ¡jefe de los orientales! 

EST.\DO DE LA JUNTA DE MaYO. — I^AS DISCORDIAS. — I,A EXTIN- 
CIÓN DEL ESPÍRITU DE MAYO. — DOSCIENTOS PESOS Y CIENTO 
CINCUENTA SOLDADOS. TENIENTE CORONEL. El IyIBERTADOR. 

— En el SUELO de su patria. — I,A «Calera de las Huérfanas». 



Mis amigos artistas: 

Creo que estáis habilitados para apreciar, en todo 
su significado, la escena en que el protagonista de 
este drama s? presenta ante la Junta revolucionaria, 
y le ofrece su espada. Es un cuadro lleno de color y 
de movimiento; un acto de exposición, en que las fi- 
guras cobran su tono relativo. Confesemos que la de 
Artigas, que vemos en el primer plano, se nos ofrece 
muy llena de carácter en su simplicidad. 

Bien se ve que quien ha llegado a Buenos Aires 
es un héroe, es decir, un sincero, un ingenuo. Él 
ofrece «llevar el estandarte de la libertad hasta los 
muros de Montevideo», y pide auxilio de municio- 
nes y dinero para sus compatriotas. Pero desde el 
primer momento se advierte que aquel hombre de la 



222 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

región oriental es un extraviado clásico, como lo dijo 
el deán Funes; un elemento extravagante. Un héroe 
tiene siempre algo de bárbaro, indudablemente; los 
de Homero no son otra cosa: son la Naturaleza. 

Todos los miembros de la Junta, que tienen sus pro- 
yectos y ambiciones propias, clavan los ojos en los ojos 
claros, llenos de pensamientos impenetrables, a fuerza 
de evidentes, de aquel altivo y sereno capitán de blan- 
dengues, mezcla de hijodalgo y de pechero, de patricio 
y de centauro americano. Dice que busca la indepen- 
dencia de su patria. Pero eso dice poco... o dice dema- 
siado. ¡I/a independencia! También afirmaba el deán 
Funes, insigne jefe intelectual de una de las fraccio- 
nes de la Junta, de la predominante, y hombre ex- 
perto en libros muertos, «que Artigas tenía un amor 
vivo por la independencia, pero con un extravío clá- 
sico de su verdadera dirección». 

¿Cuál era la verdadera? 

He ahí el gran problema, que, lejos de ser claro, se 
presentaba más que medianamente obscuro. 

Nadie menos que la Junta, cuyos miembros mira- 
ban al recién llegado, podía resolverlo, porque en ella 
no había un pensamiento, ni sobre el ^odo de obte- 
ner la independencia, ni aun sobre la independencia 
misma. Ya hemos estudiado todo eso con detenimien- 
to. Ya sabemos que allí no estaba el hombre. 

Y Artigas se presentaba lleno de entusiasmo, como 
si se tratara de la cosa más sencilla del mundo. I^a 
voz entusiasmo viene de en theos, un dios interior. 
«El hombre puede embriagarse de su propia alma, 
dice Víctor Hugo; y esa borrachera se llama heroís- 
mo.» Víctor Hugo suele ser un poco enfático en sus 
imágenes; pero creo que ésta, con no carecer de én- 
fasis, no deja de tener su intensa verdad. Hay una 



El, HOMBRE Y I<OS HOMBRES 223 

embriaguez de alma en la idea fija, en la obsesión del 
hombre inspirado, héroe, genio, poeta, vate o como 
queráis llamarle, que todo es uno. Artigas tenía algo 
de esa embriaguez; no podía darse cuenta de que se 
presentaba en un momento inoportuno; allí no había 
nada que se pareciera a entusiasmo. 

Precisamente en el momento en que aquél ofrecía 
su esfuerzo heroico y el de su pueblo, el espíritu revo- 
lucionario sufría congojas en Buenos Aires, y que- 
brantos de muerte. 

El Mefisíófeles blanco, de que os hablé días pasados, 
soplaba en los oídos de los proceres: éstos comenzaban 
a creer que acaso aquella rebelión, iniciada sin orden 
expresa del Rey Nuestro Señor, era sugestión diabó- 
lica, o cosa parecida. I^a idea de un acomodamiento, 
en cualquier forma, ganaba terreno. I^a fe en el pue- 
blo, de que Artigas estaba poseído; la esperanza de 
hacer de él la base de «una nueva y gloriosa nación»; 
el pensamiento del 25 de mayo, en una palabra, si 
es que 25 de mayo significa independencia democrá- 
tica, es decir, aurora del día en que hoy estamos, era 
una llama que, si había estado encendida en aquellas 
almas, se estaba muriendo en ellas, soplada por un 
pálido fantasma. 

Eso sólo vivía, y vivirá, para siempre jamás, en la 
mirada tranquila de aquel extraño capitán de blan- 
dengues, ebrio de alma, que busca ingenuamente la 
independencia de la patria republicana. Y nada más. 

Aquel hombre se llama Jefe de los Orientales. 

¡Jefe de los Orientales 1 ¿Es decir, jefe de una pro- 
vincia del virreinato, que debe someterse al destino 
de las demás, de Córdoba, de Cuyo o del Paraguay, 
y recibir, por consiguiente, la libertad que Buenos 
Aires quiera darle, o someterse a perderla si éste no 



224 I-A EPOPEYA DE ARTIGAS 

se la otorga? Sólo así podría aceptarse a ese Jefe de 
los Orientales. Y si así fuera, aquel militar veterano, 
inteligente, lleno de autoridad y de prestigios, sería 
una inapreciable adquisición. Era precisamente ese 
jefe el hombre indicado por Mariano Moreno como 
el arbitro de la Banda Oriental. ¿No sería el gene- 
ral que aun no había aparecido en Buenos Aires? 
Porque era indudable que allí no había aparecido 
un general; Saavedra no lo era; San Martín no ha- 
bía llegado todavía... Era menester improvisar hom- 
bres de guerra con abogados, con guardias naciona- 
les, con milicianos valientes. ¡Si aquel militar que 
llegaba se conformara con ser un simple general de 
la Junta de Buenos Aires, y estuviera persuadido de 
que su misión no podía ser otra que la de secundar 
los planes de quien en ésta predominara! 

Pero Buenos Aires no se equivocaba al mirarle 
los ojos. Ese capitán de blandengues no parece con- 
vencido de tal cosa; viene resuelto, y resuelto a todo, 
con una convicción madura, que parece sincera e 
inquebrantable. Jefe de los Orientales quiere decir, 
para él, no el simple militar graduado por la Junta 
de Buenos Aires, sino el conductor de un pueblo de 
varones, que se desprende, no de otro pueblo ameri- 
cano, sino de la madre europea, y que, para la conse- 
cución del propósito común, ofrece su alianza a un 
hermano, que ha proclamado el primero, animosa- 
mente, aquel propósito, y que ya no puede volver 
atrás. 

Es, pues, un hombre peligroso por lo ingenuo y 
de buena fe; un alucinado quizá. Y es fuerza usar de 
muchas precauciones para con él, hasta estar bien 
seguros de su docilidad. 



EIv HOMBRE Y I,OS HOJMBRES 225 



II 



;Y a cuál de las tendencias de la Junta hubiera 
debido someter sus intenciones ese Jeíe de los Orien- 
tales, para ser persona grata? 

Esa Junta, que no se paraba en barras, como lo 
probó la muerte de lyiniers y sus compañeros, ya había 
decretado la destitución del Cabildo de Buenos Aires, 
y el destierro de sus miembros, y la confiscación de 
los bienes de éstos, y hasta la pena de muerte contra 
los que contrariaran sus propósitos. Allí estaba la 
fracción de Saavedra, que éste presidía, y tenía sus 
partidarios, y predominaba. Allí la de Moreno, su 
ilustre secretario, que, habiendo combatido a Saave- 
dra, por atribuirle tendencias a rodearse de la majes- 
tad real, había sido vencido en la pugna y acababa de 
ser extrañado del país, y había muerto, sabe Dios 
cómo, en el mar, pero dejando en Buenos Aires sus 
parciales. 

¿Debía ser Artigas de los saavedristas o de los mo- 
renistas, que serán más tarde federales y unitarios? 
Belgrano, miembro insigne de la primera Junta, ha- 
bía aceptado el noando de la expedición al Paraguay, 
para huir, según su propia confesión, de las irreme- 
diables disensiones del cuerpo de que formaba parte. 
Pero esas disensiones lo siguieron: el 5 de abril de 
1811, antes de cumplirse un año de la revolución de 
Mayo, una revolución intestina, o asonada, o motín 
militar, estallaba en Buenos Aires, y se imponía a la 
Junta de Gobierno. I/OS vencedores, entre otras im- 
posiciones, llamaban a Belgrano a juicio de respon- 
sabilidad, so pretexto de haber sido desgraciado en 

T. 1.-17 



226 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

SU expedición al Paraguay, le arrebataban el despacho 
de brigadier general con que había sido honrado, y 
dejaban acéfala la expedición destinada a prestar 
auxilio a la región oriental. En octubre de 1812, 
tendremos otra revolución que pondrá patas arriba 
lo existente; los revolucionarios serán los nuevos mili- 
tares precisamente: San Martín, Alvear, etc., que se 
alzarán contra el gobierno no bien lleguen de Europa. 
Para que os deis cuenta, hermanos artistas, de la 
naturaleza del núcleo dirigente ante el cual Artigas 
ofrece su espada a la patria, buscando independencia 
para ella, dejadme leeros siquiera esta página de la 
Historia de Belgrano, del general Mitre. Así veréis la 
realidad de Artigas, que ha sido tachado de anárqui- 
co, porque no se sometió a la unidad de que Buenos 
Aires era cabeza. «Apenas había transcurrido un año, 
y ya la arena revolucionaria se veía abandonada por 
sus más esforzados atletas. Moreno, el numen de la 
revolución, había expirado en la soledad del mar. 
Alberti, miembro de la Comisión de Mayo,, había 
muerto antes de ver consolidada su obra. Berruti y 
French, los dos tribunos del 25 de mayo, estaban ex- 
patriados como unos criminales. Rodríguez Peña, el 
nervio de la prédica patriótica en los días que prece- 
dieron ala levolución; Azcuénaga, que tan eficazmente 
había cooperado a su triunfo; Vieytes. el infatigable 
compañero de Belgrano en los trabajos que pre- 
pararon el cambio del año 10, todos ellos eran ignomi- 
niosamente perseguidos,, y calificados, por sus anti- 
guos amigos, con los epítetos de fanáticos, frenéticos, 
demócratas furiosos, desnaturalizados, inmorales, se- 
dientos de sangre y de pillaje, infames, traidores, 
facciosos, almas bajas, cínicos, revoltosos, insurgen- 
tes, hidras ponzoñosas y corruptores del pueblo.» 



El, HOMBRE Y I^OS HOMBRES 227 

Esa pugna continuará sin cesar, encarnizada, im- 
placable, mis amigos artistas; allí no aparecerá el 
hombre, hasta que no surja el tirano; las revolucio- 
nes, los motines, las asonadas, las conspiraciones 
políticas se seguirán sin interrupción en el seno de 
aquel núcleo, en el que subirán y bajarán los caudi- 
llos políticos, gracias muchas veces a la intriga, y 
con prescindencia de los altos intereses de la causa 
americana. 

Noes, pues, posible que el capitán de blandengues, 
el hombre sincero que os estoy haciendo ver en pre- 
sencia de la Junta de Buenos Aires, tome partido en 
ella, ni jure allí la sumisión incondicional de su pue- 
blo a ninguna de esas fracciones. Él es el orden: vie- 
ne a pedir recursos para libertar a su patria, y acep- 
tará los que le den y de quien se los dé, pues está 
dispuesto a libertarla con esos hombres, sin esos 
hombres, y contra esos hombres si es preciso. Pero 
tampoco es posible que, en la obra a que lo ha preci- 
pitado Buenos Aires, prescinda de éste. Buenos Aires 
no se pertenece ya a sí mismo; no puede volver atrás. 
Artigas tiene el derecho, lo que se llama derecho, de 
intimarle que no vuelva atrás. 



III 



Se acepta, por fin, su ofrecimiento; le dan doscien- 
tos pesos y ciento cincuenta soldados. No es muni- 
ficiente el socorro, fuerza es confesarlo; pero Artigas 
toma los soldados y el dinero. lyc confieren el grado 
de teniente coronel. No es muy excelsa la graduación, 
que digamos; él es mucho más en el ejército español, 
y pronto podrá ser lo que quiera. Pero acepta el gra- 



228 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

do; también Washington aceptó el de general fran- 
cés, sin dejar por eso de ser Washington, el ameri- 
cano. I/) ponen a las órdenes de Belgrano, a quien 
confían la expedición a la Provincia Oriental, dando 
a éste por segundo a Rondeau; y a las órdenes de 
Belgrano se coloca Artigas, sin reservas mentales. 
No será él, por cierto, quien, por ambición personal, 
inicie las disensiones. Estalla en Buenos Aires la revo- 
lución o asonada de Abril, de que acabo de hablaros, 
la primera subversión, que obliga a Belgrano a dejar 
el ejército, para responder, en Buenos Aires, de sus 
actos en el Paraguay; se nombra, en su reemplazo, 
para mandar la expedición de la Banda Oriental, a 
Rondeau, camarada de Artigas, y nombrado, como 
él, teniente coronel, pero más moderno, con menos 
servicios y sin arraigo ni prestigio alguno en el pue- 
blo uruguayo... No importa; Artigas ha sido testigo 
de las disensiones que hierven en Buenos Aires; las 
ha mirado con pena por sus propios ojos; pero acepta 
lo que le dan, sin observación, con tal de acudir donde 
la patria lo espera. Comprende que entre Rondeau 
y él, Buenos Aires no puede vacilar; Rondeau está dis- 
puesto a ser un simple general. Todo lo acepta, todo lo 
obedece, y parte para Entrerríos, a situarse en la costa 
del Uruguay, dispuesto a cruzarlo, en cuanto reúna los 
elementos necesarios para pisar el suelo de la patria. 
Eso es lo que él quiere; está sintiendo, como el ruido 
de la marea, el rumor del pueblo oriental, que se 
levanta a su voz, y que confía en él, y cuenta con él. 
Y es preciso que vaya a ponerse a su cabeza. 

El 7 de abril de i8ii cruza Artigas el río, burlando 
los cruceros españoles, y pisa el suelo que busca. Des- 
embarca, por fin, en la Calera de las Huérfanas, don- 
de su pueblo lo rodea y lo aclama. 



EIv HOMBRE Y LOS HOMBRES 229 

Iva independencia de la República Oriental del Uru- 
guay ha comenzado, amigos artistas. I,a revolución 
de Mayo no puede ya volver atrás; su pensamiento 
integral habita la conciencia de un soldado caballero, 
y es en ella acción heroica. 



5>E 



CONFERENCIA IX 

LAS PIEDRAS Y El. ÉXODO DEI. PUEBI.0 
ORIENTÁIS 

Mu. OCHOCIENTOS ONCE. — "Bl- GRITO DE «ASENSIO». — "Et- LEVANTA- 
MIENTO EN MASA. — En TORNO DE ARTIGAS. — ^El COLLA. SAN 

José. — I«A VICTORIA de «I,as Piedras». — ^En las puertas de 
Montevideo. — El primer sitio. — Negociado con Portugal en 
Río Janeiro. — El plají monárquico. — Artigas, el solo inmu- 
ne. — Tentativas de seducción. — El auxilio de Portugal a 
España. — I,a invasión primera. — Tratados. — El armisticio. 
— ^Abandono del pueblo oriental. — Fernando VII res- 
taurado. — El pueblo en torno de Artigas. — El Congre- 
so de octubre o del Miguelete. — Con la patria a 
cuestas. — El éxodo del pueblo oriental. — Esquema de- 
mográfico. — Horda de confesores y de mártires. — ^El 
GAUCHO. — El campamento del Ayuí. — Artigas mira al Pa- 
raguay. — Los pueblos occidentales ven de cerca al hom- 
bre oriental, y reconocen a su caudillo. 



Amigos artistas: 

El momento en que Artigas pisa de nuevo tierra del 
Uruguay, en la Calera de las Huérfanas, es un mo- 
mento solemne de nuestra historia. El año 1811 es el 
año clásico de la patria. El levantamiento en masa, 
el Grito de Asensio, el Colla, San José, Las Piedras, 
el primer sitio de Montevideo, el primer Congreso 



232 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

soberano, el abandono del pueblo al enemigo, su 
emigración en pos de su profeta, que va envuelto 
en su nube... Tomad todas esas cifras, oh amigos 
artistas, porque tenéis que hacerlas pasar por el fue- 
go lustral en que se funda el hierro de las entrañas 
de América; de ellas tiene que brotar el pujante acor- 
de inicial del himno que cantará vuestro mármol; de 
ellas la línea palpitante, el movimiento y la expresión 
perdurables. 

Al desembarcar el Libertador, el pueblo oriental 
afluye a él, como acuden las moléculas hacia el cen- 
tro que debe darles cohesión, y distribución, y fun- 
ciones orgánicas. 

La multitud se presenta a su esperado conductor 
armada ya, y con sus primeras obras realizadas: obras 
de varón. 

Sepamos, ante todo, lo que llamamos el Grito de 
Asensio en nuestro país; es una cifra inicial, consa- 
grada por el mismo Artigas y por la posteridad. 

La partida del Jefe de los Orientales para Buenos 
Aires había dado la señal, como antes lo hemos dicho, 
del levantamiento espontáneo. Artigas partió el 15 de 
febrero. El 28, su espíritu animaba un grupo de algo 
más de un centenar de hombres, encabezados por 
dos campesinos, Pedro Viera y Venancio Benavi- 
des, quienes, incitados por don Ramón Fernández, 
gobernador militar de la región, y ferviente secuaz 
de Artigas, que acababa de recibir las órdenes del 
caudillo, se congregaron a orillas del arroyo de Asen- 
sio, allá en la costa del Uruguay, y, entre gritos de 
entusiasmo y agitar de lanzas primitivas, proclama- 
ron la independencia de la patria e iniciaron la lucha. 

Ramón Fernández, que estaba de guarnición con 
22 blandengues en la villa de Mercedes, se adhiere. 



U'í' 



I,AS PIEDRAS Y Elv ÉXODO DElv PUEBI,0 ORIEKTAI, 233 

con SUS fuerzas, a los sublevados en Asensio; toma el 
mando de aquel grupo armado o pequeño enjambre, 
que aumenta de hora en hora con la adhesión de todos 
los hombres válidos que afluyen a él vitoreando la 
patria; desde la capilla de Mercedes, en que fija su 
cuartel general, envía a Viera, a quien designa como 
su segundo, con una pequeña fuerza, a intimar al 
Cabildo Justicia y Regimiento de Soriano, cabeza 
de la región, el inmediato reconocimiento de la Junta 
de Buenos Aires, y la entrega a discreción de la plaza; 
la intimación va en una nota imperiosa y amenazante, 
subscrita por Fernández, del mismo 28 de febrero. 
El Cabildo, en acta de la misma fecha, declara inútil 
toda resistencia; entrega la villa. Las autoridades 
españolas son depuestas, y substituidas por la pri- 
mera americana independiente que se forma en tierra 
oriental, la primera impuesta por las armas que se 
constituye en el Río de la Plata. 

Eso es nuestro Grito de Asensio: el primero de Arti- 
gas dado por boca de Ramón Fernández, su prota- 
gonista inmediato; el toque de llamada que el pueblo 
estaba esperando y que al punto reconoció. 

En ocho días, Fernández, Viera y Benavides se en- 
cuentran al frente de un ejército de más de quinientos 
hombres, brotados de latiena, que siguen aumentando 
de día en día. Eselnúcleo equivalente, peio diferencial, 
del batallón de Patricios de Saavedra en Buenos 
Aires. Viera se dirige al Norte; Benavides al Sur, ha- 
cia la Colonia, que tomará más tarde. En Paysandú 
se realiza una reunión revolucionaria, que es sorpren- 
dida y deshecha; Maldonado se subleva allá en el Sur, 
sobre el Rio de la Plata, casi en el Atlántico; los suble- 
vados, entre los que figuran don Manuel Francisco 
Artigas, hermano del I^ibertador, y don Juan Antonio 



234 I-A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Lavalleja, toman por asalto la plaza, rinden la guar- 
nición, y capturan a su jefe, que ponen luego en liber- 
tad. A las puertas de Montevideo, a cuarenta kiló- 
metros de la cindadela, se alza en armas Canelones; y 
allí cerca, Casupá y Santa Lucía. Aquí preside el pue- 
blo otro Artigas, don IManuel; otro procer, don Joa- 
quín Suárez. Durazno, en el centro del país; Tacuarem- 
bó, más arriba; Cerro Largo, allá en el Norte oriental, 
sobre la frontera portuguesa; el Pantanoso, junto a 
Montevideo, a cuyas puertas llegan los rebeldes con 
Otorgues, primo hermano de Artigas; las Misiones, 
también las Misiones, allá en el otro extremo del 
Norte occidental, todo se alza sacudido por una rá- 
faga de viento: es un espíritu que pasa. 

Y todo eso se realiza en menos tiempo del que yo 
empleo en narrarlo. 

Y por todas partes surgen capitanes, caudillos, 
conductores. I/OS unos son gérmenes de futuros pro- 
ceres de la patria; los otros, formas inconsistentes y 
fugaces, como los mismos Viera y Benavides, caudillos 
inmediatos en Asensio, que no perseveran, y muy 
pronto se disipan; como Ramírez, el entrerriano, que, 
satélite de Artigas, con Zapata y I^ópez Jordán, aca- 
bará por apostatar de su fe en el héroe. I,a gloria es de 
los que quedan. Son éstos los Artigas, Latorre, Lava- 
lleja. Rivera, Blas Basualdo, I^arrañaga, Oribe, Suárez, 
Barreiro, Escalada, Otorgues, Bicudo, Baltavargas, 
cien y cien nombres que se encienden, y que represen- 
tan la larga escala de todos los elementos de aquel país, 
desde el procer caballero, vestido del frac colonial; des- 
de el sacerdote, revestido de su túnica sagrada, hasta el 
indio semidesnudo; desde el militar identificado con 
su uniforme y devoto de la disciplina, hasta el 
cabecilla o caudillejo montaraz e indómito; desde el 



I^S PIEDRAS Y EL ÉXODO DEI, PUEBLO ORIENTAL 235 

artillero que vive con el alma de su cañón, hasta el 
gaucho armado del lazo y de la boleadora de piedra, 
o de la lanza entonces más usual: un cuchillo o una 
rama de tijera de esquilar, aquellas medias-lunas o 
cuchillos de marca mayor que Artigas sacaba clan- 
destinamente de Montevideo, enastados en una caña 
de tacuara. 

Pero en todo ese fermento heterogéneo hay una 
homogeneidad casi absoluta de pensamiento; allí está 
pura la idea de la igualdad de los hombres, de la 
aptitud natural del pueblo para darse sus mejores 
gobernantes,, aptitud que se identifica con el instin- 
to social, ingénito en el hombre: la idea republicana 
nativa, sin influencia extraña, hija legítima de la 
naturaleza humana no contaminada. 

Hay también otro sentimiento instintivo, indeli- 
berado, en esa multitud: el primado indiscutible del 
Conductor que se esperaba, y que es aclamado al 
llegar: Artigas. 



II 



Artigas, al desembarcar en las Huérfanas, mira todo 
eso que le rodea, desde lo alto de su caballo de guerra, 
y con la cabeza sobre el pecho. Mira también larga- 
mente su propio pensamiento. 

Iva llegada del héroe dio nuevo empuje a las opera- 
ciones del pueblo armado. El 20 de abril, Bena vides, 
al frente de su división, rinde un destacamento español 
de ciento treinta soldados en el Colla, y toma prisionero 
a su jefe. Su triunfo resuena en el aire, como un grito; 
todo el mundo, en Buenos Aires sobre todo, mira sor- 
prendido hacia ese lado del horizonte que se ilumina. 



236 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Tengamos en cuenta, amigos artistas, para apre- 
ciar el efecto producido por esa primera hazaña de 
la revolución de Mayo en el Plata, que nos encontra- 
mos entre la pasada victoria de Suipacha, allá en el 
Norte lejano (7 de noviembre de 1810), y el próximo 
desastre de Huaqui (20 de junio de 1811), que la hará 
estéril. Recordemos que Belgrano ha sido rechazado 
en el Paraguay; que el español se refuerza en el Alto 
Perú y amaga descender a darse la mano con el que 
lo espera en Montevideo; y, por fin, no olvidemos 
el cuadro de la política interna en Buenos Aires: 
aquello es un caos; los hombres y los prestigios suben 
y bajan; no se ve el hombre; falta el eje de lotación. 
El desaliento domina los espíritus. 

Bl suceso del Colla, y los triunfos que van a se- 
guirlo, concentran en la Banda Oriental toda la aten- 
ción. Pero no es el triunfo en sí mismo lo que tonifica 
la esperanza; es la aparición de im hombre, del hom- 
bre acaso, que nadie puede dejar de ver: de xm pres- 
tigio y de una autoridad intrínsecos. Benavides, al 
comunicar a Belgrano, que ha llegado con la expe- 
dición auxiliar, su victoria, termina así: «I^os pre- 
sos europeos y los soldados prisioneros se los remití 
al segundo general interino don José Artigas, con una 
lista de todos ellos». Y Belgrano mismo, al hacer 
saber el suceso, el 21 de abril, a la Junta de que es 
miembro y delegado, le dice: «Dirijo a V. E. el parte 
y demás documentos de don Venancio Benavides 
sobre la rendición del pueblo del Colla. Mañana sale 
el teniente coronel don José Artigas, segundo jefe 
interino del Estado, con ima partida, a estrechar a los 
enemigos.» 

Notad eso, pues; Artigas ha llegado a su tierra con 
el solo grado de teniente coronel de Buenos Aires; 



I,AS PIEDRAS Y El, ÉXODO DEI, PUEBI.O ORDÍNTAI, 237 

Belgrano lo ha nombrado «segundo jefe del ejército 
auxiliar del Norte»; pero el otro carácter, el que emana 
de otra fuente más segura y alta, es sentido 5' reco- 
nocido, no sólo por Benavides, que ve en él el general 
de hecho, sino también por Belgrano, que le reconoce 
el carácter de segundo jefe del Estado. 

Pero he aquí que ya desde este primer momento, 
a raíz de la primera victoria oriental, aparecen los 
dos genios cuya pugna llenará nuestro drama. No 
piensan ni proceden como Belgrano, desgraciada- 
mente, los oficiales que con él vienen como auxiliares 
de este pueblo, llenos del espíritu que en Buenos Aires 
impera; la ruptura entre orientales y bonaerenses es 
inmediata; parece fatal. El sargento ma^-or don Mi- 
guel Estanislao Soler, que viene a las órdenes de 
Belgrano, desobedece a éste, desconoce y menos- 
precia a Artigas, y procede de tal suerte, que obliga 
a este último a recurrir al general auxiliar, denun- 
ciándole las depredaciones, los desacatos, los des- 
órdenes, la barbarie de sus subordinados, y que pa- 
recen repetir lo que aconteció en el Alto Perú, en 
que Castelli dejó tan triste recuerdo. «Nada importa, 
dice Artigas a Belgrano, el aje de mi persona, cuando 
está de por medio la felicidad de la Patria; he consi- 
derado deber sufrir los insultos que aquél (el sargento 
mayor Soler) ha hecho a mi carácter, antes que dar 
lugar a una disensión... Pero el desorden en estos 
pueblos ha sido general, y éste se aumentó en la acción 
de Soriano, que comandó el señor Soler, en cuyo pue- 
blo ha sido tan desmedido el saqueo por nuestras 
tropas, que varias familias han quedado completa- 
mente desnudas; por lo que he determinado mandar 
una partida...» 

I^a Junta de Buenos Aires, la que acababa de sur- 



238 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

gir del motín de 5 y 6 de abril, no estaba más habili- 
tada, por cierto, que Soler, para estimular las victo- 
rias de Artigas; los hombres políticos estaban allá 
absorbidos por sus ambiciones. En esos momentos, 
precisamente, el 19 de abril, el gobierno triimfante 
destituía a Belgrano, su adversario, y lo llamaba a 
responder de sus fracasos en el Paraguay; dejaba, 
pues, sin cabeza la expedición auxiliar de la Banda 
Oriental; sin jefe el ejército, frente al enemigo... No 
queda sin jefe, felizmente; allí está el que tiene su 
grado más firmemente refrendado que el emanado 
de esas reyeitas políticas. Será él, y no Rondeau, 
nombrado poco después, como el hombre de confianza 
del nuevo gobierno, para suceder a Belgrano, será él. 
Artigas, quien probará que aquel ejército no ha que- 
dado sin cabeza, y que también la tiene la revolución 
de Mayo. 

Rondeau ha llegado, como Belgrano al Paraguay, 
con instrucciones expresas de serlo todo en la Banda 
Oriental; pero la realidad se impone. Artigas, como 
una fuerza de la naturaleza, sigue su marcha; va en 
derechura a su objeto, encerrado en sí mismo, fija en 
el horizonte la mirada. Va a cumplir su promesa de 
arriar el pabellón español de la cindadela de Monte- 
video; a arrebatar, de todo detentador injusto, la 
capital de su patria, y el baluarte de América en el 
Atlántico. 

Una fuerza española de ciento veinte hombres, con 
un cañón, se encuentra en el Paso del Rey, cerca del 
pueblo de San José, a las órdenes del teniente coronel 
Bustamante. Era el núcleo formado por el virrey Elío 
para impedir, desde un punto céntrico, la reunión de 
los patriotas. Artigas conoce el hecho, y ordena, desde 
Mercedes, a su primo hermano don Manuel, que. 



I,AS PIEDRAS Y EIv iSxODO DEIv PUEBI/) ORIENTAI, 239 

uniendo a sus fuerzas todas las partidas de los distri- 
tos inmediatos, vaya a ocupar San José. 

Don IVIanuel va a buscar allí su doble victoria: el 
triunfo y la muerte. 

Reúne sus tropas a las de Baltavargas, y ataca a 
Bustamante. I^a lucha es encarnizada y tenaz por 
ambas partes. 

I/)s españoles ceden; son desalojados del Paso del 
Rey, y huyen a atrincherarse en el pueblo de San José, 
donde reciben refuerzos, hasta formar una división 
bien armada y mtmicionada. También Manuel Artigas 
ha recibido el contingente de Venancio Benavides, 
y ambos se preparan a tomar el pueblo por asalto. 
I/) expugnan en la mañana del 25 de abril. 

El fragor de ese combate resonó en todo el Plata 
como una aclamación; aun resuena en las estrofas del 
himno que cantan los argentinos a su patria. Imagi- 
naos, amigos, la impresión que todo eso producía en 
Buenos Aires; el efecto de esa inesperada batalla de San 
José. Allí corrió la primera sangre de Artigas: el ca- 
balleresco don Manuel cayó herido sobre las trinche- 
ras enemigas; murió por la patria. Buenos Aires, en- 
tusiasmado ante aquella revelación, decretó que su 
nombre fuera escrito en la Pirámide de Mayo, erigida 
en su plaza principal. Allí está escrito. 

Cuatro horas duró la encarnizada lucha. Bravos 
eran los veteranos españoles, y veteranos parecían 
los bisónos soldados del Uruguay. Estos triunfaron 
por fin: penetraron en el pueblo, desalojando al con- 
trario de sus posiciones avanzadas, en que resistía 
bizarramente; se apoderaron de las trincheras; pu- 
sieron en derrota al enemigo. Cien prisioneros, dos 
piezas de artillería, gran cantidad de armas y muni- 
ciones quedaron en poder del vencedor. /San José! ... 



240 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Artigas sentía todo aquello a su alrededor, y, con 
la cabeza sobre el pecho, marchaba, al paso de su ca- 
ballo, en línea recta hacia el Sur, en que clavaba de 
vez en cuando los ojos. Allá, en la falda de su cerro, 
estaba Montevideo, su ciudad natal, ceñida de su cin- 
tura de cañones. Artigas veía su granítica cindadela, 
en que flameaba el pabellón español, sus cubos arti- 
llados, su larga muralla, sus fuertes destacados, su 
foso profundo. Era un modelo de arquitectura mili- 
tar aquella cindadela; uno de los baluartes principa- 
les del dominio colonial de América. 

Artigas marchaba tranquilo a cumplir su promesa: 
arriar ese pabellón de la cindadela de Montevideo. Cami- 
naba en línea recta, seguro de sí mismo. 

Sólo 450 soldados lo seguían; el resto de las milicias 
orientales, que ascendía a más de 2.000 hombres, es- 
taba diseminado por el país. Era necesario, sin em- 
bargo, que él personalmente entrara en batalla. 

El español le ofreció la ocasión que buscaba; salió 
de las murallas de Montevideo, y se atravesó al paso 
del Jefe de los Orientales. 

El capitán de fragata don José Posadas, con un 
ejército de 1.230 soldados, con buenas armas y abun- 
dantes municiones, y con cinco piezas de artillería, 
se había acuartelado y fortificado en Las Piedras, 
pequeña población situada a tres o cuatro leguas de 
Montevideo. 

Artigas pide a Rondeau, quien, en substitución 
de Belgrano, ha pasado de Buenos Aires con el ejér- 
cito auxiliar, según hemos dicho, dos compañías de 
infantería, para librar un combate. Rondeau le envía 
las dos compañías: 250 hombres del batallón llamado 
de Patricios. 

Artigas acampa en Canelones, el 12 de mayo, con 



I,AS PIEDRAS Y Ely ÉXODO DElv PUEBW) ORIENTAI, 24I 

700 hombres, los 250 patricios entre ellos, y dos piezas 
de artillería. Con fuerzas tan inferiores no debe jugar 
la suerte de sus armas, empeñando una batalla en que, 
como en casi todas las de América, desde esta primera 
de Las Piedras hasta la última de Ayaciicho, será el 
hombre a caballo, las pujantes cargas de caballería, 
los que resolverán de la suerte de los combates. Arti- 
gas ordena a su hermano Manuel Francisco, destacado 
en Maldonado, y en camino de Pando, se le incorpore 
a marchas forzadas, con 300 jinetes que le si- 
guen. 

Inútiles fueron los esfuerzos de Posadas por evitar 
la incorporación, aunque tuvo por aliada una copiosa 
lluvia, que empezó a caer desde la noche del 12, hasta 
la mañana del 16; la junción de los dos Artigas se rea- 
lizó el 17 a la tarde, y el día 18 de mayo, casi en el 
primer aniversario del movimiento de Buenos Aires, 
salió el sol de la batalla de Las Piedras, sol de Mayo 
en su plenitud. 

No os describiré la batalla, mis amigos artistas, con 
el tecnicismo militar; eso anda en los libros, y yo no 
escribo un libro. Bl terreno es allí ondulado; el que 
ya conocéis como característico del Uruguay: peque- 
ñas colinas; los horizontes abiertos; el cielo azul. El 
arroyo de Las Piedras, festonado de bosques, apare- 
ce y desaparece en el fondo de las colinas, como una 
cinta verde. lyos orientales miramos ese campo, mis 
bravos artistas, con infantil soberbia, como cosa de 
simplicidad homérica. 

Artigas triunfó en Las Piedras; dio a la revolu- 
ción su primera victoria en el Plata, muy superior, 
por sus proporciones y trascendencia, a la brillantí- 
sima que hemos visto obtener por el ejército auxiliar 

T. 1.-18 



242 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

hace pocos días en Suipacha. allá lejos, en el Alto 
Peiú. 

En Suipacha se luchó media hora. Todo el día 
se combatió en I^as Piedras; hasta la puesta del sol. 
Artigas reveló en esa función de guerra las condicio- 
nes de ma gran capitán, como las mostró en el resto 
de sus campañas. Pero yo tengo empeño, mis bravos 
artistas, en no haceros ver en él al general. Hay 
muchos generales. Y Artigas es Artigas. 

No: no pongáis a nuestio héroe en la batalla, como 
en su principal teatro de acción; no lo imaginéis, ni 
aun en el momento en que, muerto su caballo por un 
casco de granada y siendo el blanco exclusivo de toda 
la infantería enemiga, avanza a pie, para mostrar a 
sus soldados la inmunidad que comunica el valor, y 
señalando con la espada el sitio desde donde lo mira 
intensamente con sus ojos negros la victoria. 

Artigas no mandó muchos combates; eso es un acci- 
dente de su persona. No era un lancero. Eran prover- 
biales su destreza y su valor; pero todo hombre, por 
el hecho de serlo, tiene el deber de ser valiente. Arti- 
gas tenía un deber muy superior a ése: el de revelar 
a los hombres su mensaje. 

¿Queréis, sin embargo, verlo un instante en el cam- 
po de batalla, una vez por todas siquiera, aquí en I^as 
Piedras? Miradlo en el momento en que, ya entrada 
la tarde. Posadas, el jefe enemigo, que ve a su alrede- 
dor 97 de sus soldados muertos y 61 heridos; que está 
herido él mismo de un sablazo; que se encuentra en- 
vuelto por los patriotas triunfantes y se siente des- 
moralizado, hace levantar bandera de parlamento. 
Tan estrechado estaba, que es Artigas personalmente 
quien, envainando la espada, le intima a voces que 
se rinda a discreción, prometiéndole la vida y la de 



I,AS PIEDRAS Y El, ÉXODO DEI, PUEBI,0 ORIENTAI, 243 

todos. Así lo hizo el bizarro jefe español. Pero Arti- 
gas no recogió personalmente la buena espada de aquel 
hombre de bien, leal a su patria y a su rey. Como tri- 
buto de hidalgo respeto, envió un sacerdote, el ca- 
pellán don Valentín Gómez, a recoger como objeto 
sacro aquella espada. 

Posadas se entregó a discieción, con 22 oficiales 
y 342 individuos de tropa. Del resto de su ejército, 
una parte quedaba postrada en el campo; la otra se 
dispersó. I^as pérdidas de los patriotas fueron 11 muer- 
tos y 23 heridos. En poder de Artigas quedaron 462 
prisioneros, con sus jefes y oficiales, y cinco piezas 
de artillería, armas, municiones y bagajes. 

Para juzgar de esas cifras, mis queridos artistas, 
es necesario que las consideréis con relación al teatro 
de la acción. Son muy grandes. I^a batalla de San 
Ivorenzo, primera resonante victoria de San Martín, 
el gran capitán americano, se libró entre 200 ó 300 
hombres por ambas partes. Y es un fasto glorioso de 
la revolución de América. 

Notemos un rasgo final de este combate de Las Pie- 
dras, que consuela las congojas provocadas en el espí- 
ritu por la ejecución de Liniers 3^ la de los vencidos 
en Suipacha: ni una gota de sangre manchó las ma- 
nos del vencedor. Artigas personalmente defendió 
a los fugitivos, e hizo de ello siempre mi título de 
honra; lo consigna expresamente en el parte de la vic- 
toria. Después de la batalla, se verificó el canje de 
los prisioneros, el primero realizado en América, de 
acuerdo con las leyes de la humanidad y de la guerra. 
La humanidad, mis queridos artistas, fué el rasgo ca- 
racterístico de ese hombre de bien. Nadie lo superó 
en esa virtud; muy pocos lo alcanzaron. En esta ac- 
ción de guerra, como en todas, sin una sola excepción, 



244 I'A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el héroe oriental pudo incluir su victoria entre sus 
buenas acciones. 



III 



La batalla de I^as Piedras retempló en toda América 
el espíritu de la revolución de Mayo. I^a Junta de Bue- 
nos Aires se sintió compensada de los desastres de 
Belgrano en el Paraguay, y del descalabro de Huaqui, 
que acaece casi en el mismo tiempo (junio de 1811), 
confirió al vencedor el grado de coronel, y le decretó 
una espada de honor. El nombre de su victoria, como 
la del otro Artigas en San José, suena, junto con los 
de San lyorenzo y Suipacha y Tucumán, en las estro- 
fas del himno que hoy canta el pueblo argentino, y 
enseña a cantar a sus niños al recordar sus efemérides 
de gloria. 

Pero el triunfo de Artigas y de su pueblo ofrecía 
un aspecto incómodo. Como vamos a verlo, la Junta 
gestionaba ya un arreglo con las cortes; quería volver 
atrás, permanecer a la defensiva, hacer de la acción 
militar sólo una preparación de la diplomática. Y 
aquel vencedor de I^as Piedras parecía querer ir 
solo adelante. Kra una pieza extraña al tablero en 
que Buenos Aires jugaba su partida; una pieza de 
hierro demasiado pesada. Aquel hombre comenzaba 
ya a estorbar, y era de presumir que estorbaría, en 
los planes políticos, tanto más cuanto más necesario 
se hiciera en la acción militar. Una autoridad que no 
emanaba de Buenos Aires radicaba en su persona, 
como hemos dicho, y era de presumir que la espada de 
honor que se le había regalado, y el grado de coronel, no 
fueran bastantes para imprimirle la docilidad necesaria. 



líAS PIEDRAS Y Elv ÓXODO DEt. PUEBLO ORIENTAI, 245 

Y así era, efectivamente: Artigas reclamaba otro 
premio para el animoso esfuerzo de su pueblo, que no 
se había levantado en masa para retroceder. El pre- 
cio de la batalla de Las Piedras debía ser las llaves 
de Montevideo, y fué inmediatamente por ellas. El 
21 de mayo, tres días después de la victoria, hace 
acampar su ejército en el Cernió, colina inmediata 
a la plaza, y él golpea con el puño de su espada la 
puerta herméticamente cerrada de la ciudadela, cu- 
yos cañones sacan la cabeza de los agujeros de sus 
troneras, y miran silenciosos y asombrados a aquel 
hombre audaz, que así interrumpe el sueño secular 
de sus bronces taciturnos... 

Para damos cuenta, amigos artistas, de la resonan- 
cia de esos golpes del vencedor de I^as Piedras en las 
puertas de Montevideo, leamos esta carta que, en 
30 de mayo, escribe a España un vecino de la plaza: 
«... las consecuencias de esta desgraciada batalla han 
sido las más funestas. Envalentonados con esta vic- 
toria, y habiendo armado con nuestras armas 800 
hombres más, se han presentado delante de esta 
plaza 1.500 a 2.000 hombres; de modo que hemos 
tenido que poner los cañones para defensa de la Agua- 
da, sin que podamos conducir los trigos de las pana- 
derías que están bajo tiro de cañón, y, al fin, se han 
cerrado los portones, sin que tengamos otra cosa que 
el casco de la ciudad». Conozcamos ahora la siguiente 
comunicación que, sobre tales sucesos, dirige don José 
María Salazar, comandante del apostadero, al minis- 
tro de Marina, y que hallamos en el Archivo de In- 
dias: «El enemigo tomó 500 quintales de pólvora que 
estaban en la falda del Cerro, y todo el trigo del pue- 
blo de la Aguada, hallándose toda la ciudad conster- 
nada, por hallarse desprovista de todo, pues nadie 



246 hA EPOPEYA DE ARTIGAS 

había pensado en que podía llegar tal caso, y mucho 
menos el señor virrey, que, con un tono de desprecio 
y burla, me preguntó el 26 de abril si yo creía que 
los gauchos se atreverían a presentarse a la vista de 
los muros de esta plaza... I/a sola noticia de que las 
tropas de Buenos Aires tenían sitiado al baluarte de 
esta América, reanimó el entusiasmo de las Provin- 
cias en favor de la independencia, el de Chile, y no 
dudaré en afirmar que hasta el mismo reino de Lima 
se ha resentido de tan ftmesta prueba; pero lo que no 
puede dudarse es que ella ocasionó que el Paraguay 
adoptase el unirse a Buenos Aires, como lo hizo. Si 
por defuera consiguieron los enemigos estas grandes 
ventajas, en esta Banda lograron atraer a su partido 
a todos los pueblos, y, quitándonos cuantos auxilios 
sacábamos de ellos, reducimos al solo recinto de la 
plaza y a la mayor miseria y pobreza por mucho 
tiempo». 

Bn cuanto a la proyección de tales sucesos sobre 
la figura del mismo Artigas, podemos leer a Guerra 
y lyarrañaga en sus Apuntes Históricos: <'Don José 
Artigas, dicen, ganó, el 18 de mayo, la victoria de 
Las Piedras, en que quedó prisionero el capitán de 
fragata Posadas, jefe de los vencidos, y casi toda la 
tropa de marina y de milicias que mandaba. Eso 
contribuyó sobremanera a la grande sublimación, auto- 
ridad y concepto de qw gozaba Artigas en la Banda 
Orientah. 

El vencedor de Las Piedras tiene la persuasión de que 
la caída de la ciudad es inevitable; nadie mejor que él 
conoce sus fortificaciones, sus elementos de resistencia, 
el modo eficaz de expugnarla; mil veces, desde su pri- 
mera infancia, ha cruzado aquel puente levadizo, reco- 



I,AS PIEDRAS Y El. ÉXODO DEI, PUEBI^O ORIENTAI, 247 

rrido aquellas murallas, oído tronar aquellos 310 caño- 
nes, que ahora, echados en las almenas, con las fauces 
abiertas hacia el campo, lo miran silenciosos. Se sen- 
tía seguro del éxito; allí debía terminar el dominio 
español en el Uruguay. El pueblo oriental, dueño de 
sus destinos por su propio esfuerzo, será el más po- 
deroso aliado de su hermano occidental; el núcleo de 
independencia en el extremo austral del continente. 

Se dirigió, pues, a Rondeau, pidiéndole, a fin de 
aprovechar la desmoralización del enemigo y los po- 
cos elementos con que éste contaba — sólo 500 hom- 
bres y las dotaciones indispensables para la artille- 
ría, — apurara su marcha, ole enviara refuerzos, armas 
y municiones sobre todo, para asaltar la plaza. Ar. 
tigas está seguro del triunfo; lo manifiesta en una nota 
memorable; completamente seguro. Una lucha te- 
rrible se libraba en su espíritu; sentía impulsos de 
proceder por sí solo; ya comenzaba a recelar de los 
propósitos secretos de su aliado occidental; pero no 
debía romper con éste; la alianza le era necesaria, y, 
sólo por no romperla, dirige, en este momento, al 
gobernador español, como representante de la Junta, 
la única comunicación de su vida en que invoca a 
Fernando VII; lo hace para exigirle la entrega de 
Montevideo. 

Rondeau rechazó la idea del asalto, aunque 5.000 
voluntarios orientales acompañaban su ejército, y los 
patriotas de la plaza reclamaban el golpe. El jefe del 
ej él cito auxiliar llegó al Cerrito, y tomó el mando 
de las fuerzas sitiadoras, dejando al de los orientales 
en segundo téimino, y con escasos elementos; lo más 
escasos posible. 

Ya os explicaré ampliamente, mis queridos artis- 
tas, la razón de ésta y de muchas otras postergado- 



248 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

nes de Artigas, por más que ya las habéis penetrado. 
Rondeau era un patriota, un animoso capitán; era 
un conductor de soldados, pero no un conductor de 
hombres; y de ideas, menos. Si tuvierais que modelar 
su estatua, os bastaría con plasmar la de un bizarro 
jefe impersonal, la de un noble uniforme. Era de ca- 
rácter apacible; había cursado la carrera de letras; 
prisionero de los ingleses en la toma por éstos de 
Montevideo, es conducido a Inglaterra, y devuelto 
después a España, donde obtuvo el grado de capitán 
español. Ahora es un número pasivo del ejército; 
será en Buenos Aires personaje político; lo será todo, 
menos caudillo revolucionario. I^a de Rondeau es una. 
brillante carrera oficial. Fué vm hombre de bien. 

Artigas, que era coronel de Buenos Aires sólo como 
Washington era general francés, comprendía que, pre- 
cisamente por eso, debía ser Rondeau, y no él, quien 
mandara el ejército sitiador. I^a tierra y el pueblo que 
aquél conducía, a pesar de las causas que os he hecho 
tocar hasta en las entrañas de aquella tierra, no eran 
reconocidos por el dueño del ejército auxiliar. 

Y eso era natural. El patriciado predominante en 
Buenos Aires no podía reconocer a Artigas; le falta- 
ban atributos o apariencias, y le sobraban realida- 
des; era demasiado. «El escéptico, dice Carlyle, no es 
capaz de reconocer un héroe, aunque lo vea y lo toque; 
el doméstico espera ver en él carrozas, mantos de púr- 
pura, cetros de oro, cuerpos de alabarderos, séquito 
de magnates y la banda correspondiente de trompas 
y chirimías. En el fondo, tanto el doméstico como el 
escéptico esperan lo mismo: la pasamanería y las chi- 
rinolas de algún vastago de reconocida realeza. El rey 
que se les presente sencillamente, y de ruda y no fan- 
tástica manera, que llame a otra puerta: no será rey.» 



IvAS PIEDRAS Y Er< ÉXODO DEI, PUEBI.O ORIKNTAI, 249 

Artigas hubo de someterse, pues. A las órdenes de 
Rondeau, formó con su pueblo en la línea del sitio que 
se puso a Montevideo, viendo desvanecerse en el aire 
la visión de gloria que lo llamaba desde lo alto de las 
murallas; pero el problema inevitable del porvenir 
se ofreció claro a sus ojos, y el héroe meditó en su 
corazón. 

I^ejos de mí, oh amigos artistas, el intento de depri- 
mir a los proceres de Mayo, cuando, al enseñaros esta 
historia, me vea en la necesidad de contraponerlos a 
Artigas; pero ese conflicto es toda la historia del Río 
de la Plata. El problema nos saldrá al encuentro a 
cada paso, y, quieras que no, es fuerza que lo mire- 
mos de frente. 

Buenos Aires y Artigas eran dos rivales, desgracia- 
damente; éste era la independencia republicana, la 
idea fija, el propósito genial inquebrantable, la rea- 
lidad futura; aquél era el tanteo, la desconfianza en 
el propio pueblo argentino, siempre heroico, y que, 
como lo veréis más tarde, no halló más jefe que el 
mismo Artigas. Buenos Aires era el simple cambio de 
dueño, la idea negativa: la expulsión de España, si 
las circunstancias lo permitían, para substituirla por 
una monarquía más o menos tributaria, por un prín- 
cipe cualquiera de reconocida realeza como dice Car- 
lyle. Y si las cosas se ponían mal, dejarlas para mejor 
ocasión. Artigas era la idea positiva con su resolución 
heroica: la independencia absoluta, la coronación del 
verdadero rey prisionero: el pueblo americano. 

Y es preciso resolver, oh amigos míos, sobre en cuál 
de esas dos entidades está la realidad de la revolución 
de América; cuál de ellas puede resistir, para cobrar 
la forma perdurable, el baño lustral del hierro someti- 
do al fuego. 



250 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Artigas se ha adherido de buena fe, sin ambiciones, 
a la revolución de jVIayo; ha comprometido en ella a 
su pueblo; pero eso no significa que haj'^a aceptado, 
ni pueda aceptar, el puesto de ejecutor del ajeno 
pensamiento, cuando se trate de los destinos de ese 
pueblo. 

Y eso era lo que Buenos Aires no reconocía: la per- 
sonalidad del pueblo oriental; sus destinos tenían que 
someterse al de los demás, y no había de tomar in- 
tervención decisiva, ni mucho menos, en su resolu- 
ción, que sólo incumbía a los habitadores de la ciu- 
dad capital; a los que en ésta predominaran. 



IV 



En esos momentos, precisamente, se estaban ju- 
gando esos destinos en la corte de Río Janeiro, donde 
la Junta de Buenos Aires tenía acreditado, como agen- 
te, a don Manuel de Sarratea, el más escéptico de 
todos sus miembros. 

Allá en la corte estaba el rey de Portugal, don 
Juan VI, vastago de reconocida realeza, con la ambi- 
ción secular de esa su realeza en el alma: llevar al 
Plata la frontera de sus dominios coloniales; su minis- 
tro e inspirador era el conde de Linares. Allí estaba 
la princesa Carlota, esposa de don Juan, hermana de 
Femando VII, con su ambición de formarse un reino 
para sí propia en el Río de la Plata; su brazo era el 
capitán general de Río Grande, don Diego de Souza. 
Allí estaba el marqués de Casa Irujo, personaje inno- 
cuo, representante de las Juntas españolas. Allí vivía, 
sobre todo, Lord Strangfort, agente diplomático de 
Inglaterra, aliada de España contra Napoleón, y que 



I,AS PIEDRAS Y El, ÉXODO DEl, PUEBLO ORIENTAI, 251 

velaba por los intereses políticos y comerciales de su 
patria: conservación, por ahora al menos, del dominio 
español en América, y ventajas comerciales en ésta 
para la Gran Bretaña. I/) único que allí no estaba eran 
los pueblos que derramaban su sangre por la libertad; 
el pueblo oriental, sobre todo. Y es precisamente de 
los destinos de éste de lo que allí se trata, en primer 
término, pues es éste el que se ha levantado en masa, 
y jugado el todo por el todo: la vida por la libertad. 

I^a Junta de Buenos Aiies, desde el mes de abril, 
antes de la batalla de Las Piedras, negociaba un arre- 
glo con Portugal, tendente a sacudir el jmgo absoluto 
de Fernando VII, pero echándose en brazos de doña 
Carlota de Borbón, que presidiría en el Plata un go- 
bierno monárquico constitucional; os explicaréis, pues, 
por qué no quería el predominio del antiguo capitán 
de blandengues, defensor de la frontera española con- 
tra el enemigo portugués. 

Para realizar ese plan, se había nombrado, como 
agente, a ese don Manuel de Sarratea, caballero cor- 
tesano, muy dado a la intriga, anheloso de hacer 
figura entre los grandes, que presentó sus credencia- 
les el 22 de abril, y llevaba instrucciones dobles: o 
pedir la mediación de Inglaterra y Portugal, para el 
cese inmediato de la guerra civil, admitiendo la Junta 
la obligación de hacer propuestas para reincorporar 
a la monarquía española las provincias revueltas, o 
negociar con Portugal la erección de una monarquía 
bajo el cetro de doña Carlota, que resignaría la co- 
rona en su hijo de trece años, don Pedro de Braganza, 
el futuro emperador del Brasil independiente. 

Portugal entrevio una vez más, en esta última ges- 
tión, la realización de su ensueño: el Río de la Plata 
como frontera; estimuló, como puede presumirse, la 



252 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

negociación. Pero allí estaba el embajador inglés, que 
discutió con Buenos Aires, y con Portugal, y con el 
mismo representante de las Juntas españolas, para 
quien el caballo de Troya, que Portugal quería intro- 
ducir en el Uruguay con su ejército, era invisible. 
Strangfort se opuso imperiosamente, en defensa de 
España, su aliada, a los planes del portugués, su amigo 
y protegido. Éste, vencido por la diplomacia inglesa, 
comunicó a Buenos Aires que, a menos de someterse a 
España, debía perder toda esperanza de protección por- 
tuguesa. vSarratea se adhirió en absoluto a la tendencia 
inglesa, en manos de cuyo embajador puso su repre- 
sentación, e hizo saber a todos que la Junta estaba 
dispuesta a celebrar un armisticio, sobre la base del 
reconocimiento sin condiciones de Fernando VII. 

I^a Gran Bretaña triunfaba, pues, en defensa de 
España, aunque no por amor a ella; triunfaba de Por- 
tugal, de Carlota, de Buenos Aires, del mismo atolon- 
drado representante de las Juntas españolas: debía 
restablecerse el orden. 

Pero alguien había de quien no se había triunfado: 
Artigas, el pueblo oriental, a quien nadie represen- 
taba en Río Janeiro. 

Artigas estaba allí, en el extremo Sur, con ese pue- 
blo oriental, palpitante como un corazón, Y aquello 
era algo, ¡vaya si era algo! Aquello era todo; os ase- 
guro que os convenceréis de que aquello era todo. El 
héroe libraba la batalla de Las Piedras, y daba grandes 
golpes con el pomo de la espada en las puertas de Mon- 
tevideo, que vacilaban en sus quicios, y sonaban a 
rotas. Renunció al asalto de la plaza, como hemos 
visto; pero no a su propósito de libertad. Era el re- 
belde, el pensativo rebelde, que amontonaba piedras 



I,AS PIEDRAS Y El. ÉXODO DEl, PUEBI.O ORIEnTAI, 253 

para escalar el Olimpo; rebelde a España, a Inglate- 
rra, a Portugal, a Carlota, a Buenos Aires, al mundo 
entero; era la revolución de Mayo; la de América, 
la Naturaleza activa. 

¡Rebelde!... Sí, lo será toda su vida; pero rebelde 
sin ira, reflexivo. El era la realidad rebelada contra la 
apariencia; la verdad alzada contra la mentira; era 
el rebelado olímpico, encadenado por ladrón del fue- 
go sacro. I^as ondinas bajarán del cielo a acompañar 
su divina soledad. 

El virrey Elío, que veía las cosas de más cerca, quiso 
vencerlo también a él,^ y acudió al recurso satánico, a 
la tentación. Envió a Artigas, nombrado coronel por 
Buenos Aires después de la victoria de Las Piedras, dos 
comisionados que le hicieron las ofertas que ya conoce- 
mos: el grado efectivo de general, el gobierno militar de 
toda la campaña uruguaya, todos los honores del caso, 
una gruesa suma de dinero, etc. Artigas contestó «que 
consideraba aquello como un insulto hecho a su per- 
sona, tan indigno de quien lo hacía como de ser con- 
testado». Y envió el mensajero a ser juzgado en Bue- 
nos Aires. Él no sabía de las gestiones que Buenos 
Aires tenía pendientes. 

I^a situación de Elío en Montevideo se tornaba 
cada vez más premiosa. Vigodet había sido desalo- 
jado de la Colonia, caída en poder de Bena vides, que 
la sitiaba. También esa toma de la Colonia es cantada 
en el himno nacional argentino, como primicia de 
gloria. 

Toda la esperanza de Elío, perdida la que cifró en 
la seducción de Artigas, se basaba entonces en la pro- 
tección que había demandado y obtenido de Río Ja- 
neiro. I^a princesa Carlota había acudido a su deman- 
da, y conseguido del rey don Juan, su esposo, una orden 



254 I<-^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

para que el capitán general de Río Grande, don Diego 
de Souza, invadiera sin demora el territorio del Uru- 
guay, «en defensa de los derechos de su augusto her- 
mano», según decía. Souza llevaba, además, el come- 
tido de invitar a la Junta de Buenos Aires a aceptar 
la mediación negociada por Sairatea, a fin de hacer 
cesar las desavenencias con España. Es claro que, 
estando allí I/)rd Strangfort, el objeto ostensible era 
defender al amado Fernando VII; pero Portugal de- 
cía reservadamente, por otra parte, a Buenos Aires, 
«que estos dominios no volverían al yugo español, 
aunque Fernando recuperara el trono de sus padres», 

vSouza, agente apasionado de la política de Carlota, 
enemigo de España, y de Buenos Aires, y de Artigas, 
y de la revolución americana, invadió el territorio del 
Uruguay con su ejército pacificador, que constaba de 
3.000 hombres y dos baterías montadas, el 17 de ju- 
lio de 1811, dos meses después de la batalla de Las 
Piedras. 

I/Ds orientales sitiadores de Montevideo, ignoran- 
tes de los manejos de la Junta y del desaliento que 
en ella acababa de causar el desastre de Huaqui, allá 
en el Norte, que anuló el éxito de Suipacha. pensaban 
en oponerse al paso del portugués y en apresurar la 
toma de la plaza. Pedían recursos a Buenos Aires; 
éste prometía, pero los recursos no llegaban. Y el 
portugués avanzaba, devastando el país. Las pobla- 
ciones huían ante el invasor odiado, incendiaban sus 
viviendas, arreaban sus ganados, hacían el vacío al 
conquistador y afluían en torno de Artigas. Comen- 
zaba el éxodo del pueblo oriental. 

Y Elío perfeccionaba las fortificaciones, y retem- 
plaba a los suyos, y enviaba una escuadrilla a blo- 
quear a Buenos Aires, y a simular un bombardeo: 



I.AS PIEDIL\S Y El, ÉXODO DEIv PUEBI,0 ORIENTAI, 255 

arrojó sobre la ciudad algunas bombas inofensivas, 
pero que alarmaron mucho a la gente. 

El gobierno de la capital mandó entonces comi- 
siones que tratasen con Elío; que le revelasen, sobre 
todo, el objeto verdadero de la invasión portuguesa* 
Pero en esos momentos llegó a Montevideo la noticia 
de haber sido derrotada en Huaqui. en el Alto Perú, 
la expedición que había vencido en Suifacha, y todo 
arreglo que no fuera la completa sumisión fué re- 
chazado. Vino, poco después, la noticia de que las 
autoridades realistas habían sido derrocadas en el 
Paraguay, donde se había formado un gobierno pro- 
pio, dispuesto, al parecer, a entenderse con Buenos 
Aires, y esa noticia quebrantó de nuevo los bríos de 
los españoles montevideanos. Por fin, apareció re- 
suelto el embajador inglés en Río Janeiro. Éste ar- 
ticuló un ultimátum: era necesario concluir con aquel 
tejemaneje: intrigas de doña Carlota, tanteos de Bue- 
nos Aires, invasiones de Portugal. Y todo terminó. 
Reconocimiento de Fernando Vil; retiro inmediato de 
los ejércitos portugués y bonaerense, que ocupaban 
la Banda Oriental; cesación del bloqueo de Buenos 
Aires; abandono, en manos de Elío, de todo el territo- 
rio oriental, y aun de una parte del occidental; sus- 
pensión completa de hostilidades. Eso quería el in- 
glés. Y eso se hizo. Elío se dispuso a ejecutarlo. 



V 



Lo único en que no se había pensado fué en el modo 
de deshacerse de ese extravagante Artigas, que allí 
estaba con su mensaje en el alma y con su fe de niño 
bárbaro. ¡Y vaya si era el caso de pensar en eso! Fué 



256 ];a epopeya de artigas 

el punto que quedó en ignición; el que renovó el in- 
cendio, como lo veréis. 

El pueblo oriental, armado, había salido al encuen- 
tro del portugués invasor, al que tenía la convicción 
de poder repeler. Pero, también en esa resistencia. 
Artigas se vio maniatado por la necesidad de conservar 
sus buenas relaciones con Buenos Aires: libraba sus 
batallas en todas partes, mientras las familias seguían 
huyendo ante aquél; el país se despoblaba. 

Kn esa situación, el centro directivo de Buenos Aires, 
que, desde el 25 de mayo de 1810, había ya sufrido dos 
modificaciones, reveladoras de su anarquía y de su im- 
potencia, dejó el puesto a un triunvirato. El 25 de 
septiembre se formó éste, y en él estaba Sarratea, 
que volvía de Río Janeiro: mandaba allí, por consi- 
guiente, la influencia de Strangfort. Se envió a Mon- 
tevideo, sin demora, una comisión, encabezada por 
don José Julián Pérez, para ajustar con Elío el armis- 
ticio convenido en Río Janeiro; se impartieron órde- 
nes a Rondeau, para que se preparase a retirar in- 
mediatamente las tropas sitiadoras. Elío recibió con 
gran deferencia al comisionado; Rondeau, soldado de 
orden, se dispuso inmediatamente a obedecer... 

Pero entonces apareció la entidad con que no se 
había contado: el pueblo oriental, es decir, el desorden, 
la revolución de Aménca. Entonces se vio que no 
era posible restituir a sus hogares, bajo la protec- 
ción del virrey español y del invasor portugués su 
aliado, a aquel pueblo, que había vencido en la Co- 
lonia, en el Colla, en San José y I^as Piedras; que, 
buscando sinceramente su libertad, se había levan- 
tado en masa, y estaba resuelto a morir si no ven- 
cía. Entonces tocó Buenos Aires el error de haber 
creído que Artigas era un coronel de su ejército; 



I^AS PIEDRAS Y El, ÉXODO DEI, PUEBI/) ORIENTAI, 257 

que aquel territorio que estaba al otro lado del Plata 
y del Uruguay era una provincia que le debía obe- 
diencia, cuando no era eso, sino el núcleo providencial 
incontaminado de libertad que os he descrito en mis 
conferencias anteriores. Y lo vais a ver, oh amigos 
artistas, en su momento eterno. Buscaréis mármol 
para detener ese instante en la forma heroica, y no 
lo hallaréis bastante perdurable. 

En cuanto supo que se trataba de su abandono a 
la tiranía española y portuguesa, un escalofrío reco- 
rrió las carnes de aquel pueblo. Se crisparon sus ner- 
vios; se hincharon sus arterias; sintió zumbar en sus 
oídos la voz del vacío, y sus ojos, abiertos y encendi- 
dos en una enorme interrogación, se clavaron en Ar- 
tigas. Este bajó los suyos, y dejó caer la cabeza sobre 
el pecho. Él era quien había instigado a aquel pueblo 
a levantarse; él el gran responsable. Ya había hablado 
con el agente de Buenos Aires, y le había dicho «que 
se negaba absolutamente a intervenir en aquellos tra- 
tados, que consideraba inconciliables con las fatigas del 
pueblo oriental». 

Pero eso no era bastante; aquel pueblo quería y 
debía decir expresamente que estaba en eso con su 
caudillo, y más allá de su caudillo; debía rechazar 
aquellos tratados porque no eran suyos, porque no 
los quería. Como las gruesas gotas que preceden y 
anuncian los grandes aguaceros de verano, las pala- 
bras tempestuosas caían allí de la nube popular. 
Aquel pueblo decía a grito herido que, si era su des- 
tino quedar abandonado a la tiranía de EHo y de los 
portugueses, aceptaba el abandono, pero no la tira- 
nía; la muerte gloriosa era también un término hábil. 

Artigas, por su parte, no quería tampoco determi- 
narse a una tal resolución, sin que la de su pueblo 



258 I^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

fuera concreta, plenamente consciente, y, con ese 
objeto, un gran congreso, convocado a su pedido por 
Rondeau, tuvo lugar en el Miguelete, frente a los 
muros de Montevideo. 

Jamás acertaría a encareceros debidamente, ami- 
gos artistas, el relieve y la trascendencia de ese Con- 
greso de octubre o Congreso del Miguelete, que fué 
nuestra primera asamblea nacional. El pueblo que, 
fundido aún con el español, realizó el Cabildo abierto 
de 1808, se congrega solo, solo por fin y dueño de sí 
mismo, a dictar su primera ley. Y ésta es la de su 
propia inmolación a la libertad. 

lya referencia más auténtica que de ese congreso 
tenemos nos la ofrece el mismo Artigas, su presi- 
dente, cuando al presidir, dos años después, el no 
menos memorable del Penar ol, comienza su discurso 
inaugural diciendo: «Tengo la honra de volver a habla- 
ros en la segunda vez que hacéis uso de vuestra sobera- 
nía...'» Ésta es, pues, la primera en que el caudillo 
se siente a la cabeza, no ya de un ejército que com- 
bate, sino de una nación, dueña del mismo ejército, 
que delibera y legisla. 

En cuanto a la composición de la asamblea, a falta 
de acta escrita, que no ha llegado a nosotros, sírvanos 
lo que de ella escribe uno de sus miembros, el coronel 
Cáceres, en su Reseña Histórica: «Se hizo entonces una 
Junta, dice, para tratar sobre ese asunto, en el Migue- 
lete; a ella asistieron todas las personas más notables 
y de consejo que había en aquella época». Y para sa- 
ber quiénes eran éstas, recordemos que en la línea sitia- 
dora estaban los Orientales todos, pues el gobernador 
BHo, después de la batalla de I^as Piedras, expulsó de 
la ciudad a todo aquel que pudiera tener atingencia 
con los matreros o rebeldes, hombres, mujeres, niños. 



I,AS PI BDRAS Y Bl. ÉXODO DEl, PUKBI,0 ORIENXAI, 259 

En cuanto a la actitud de Artigas en aquel congreso, 
será el mismo Cáceres quien nos haga sentir, más atm 
que conocer, la serena firmeza con que aprueba, esti- 
mula y afianza la heroica resolución de sus conciu- 
dadanos. 

«Don Francisco Javier de Viana, dice Cáceres, obje- 
tando a Artigas por su tenacidad, le pregimtó con 
qué recursos pensaba resistir a los portugueses, que 
venían tan bien fardados, armados y equipados. Arti- 
gas le contestó que con palos, con los dientes y con las 
uñas.9 

Advirtamos que esos relámpagos iluminan muy a 
menudo aquella sombra, serena generalmente. Cuan- 
do, ocho años después de esto, vencido por el número 
y agotado de recursos, reciba del enemigo portugués 
proposiciones de honroso sometimiento, lo veremos 
alzarse, y decir al mensajero, clavándole los ojos: 
<iDiga usted a sti amo que, cuando no me quede un solda- 
do, lo pelearé con perros cimarrones)'). 

I/) acordado por el Congreso del Miguelete, la inmo- 
lación, fué aclamado por la multitud; las mismas 
mujeres iban por leña para la hoguera del holocausto. 
El delegado de Buenos Aires vio una verdad en- 
cendida, como una brasa, en el fondo de los ojos de 
aquellos hombres; aquel fuego sagrado no mentía. 
Manifestó entonces que la situación del ejército sitia- 
dor era comprometida..., que se hallaba entre dos ene- 
migos..., que se esperase la resolución de Buenos 
Aires..., que se enviarían toda clase de socorros... 

«¿Es entonces una medida estratégica?..., dijo el pue- 
blo oriental respirando, y queriendo acaso engañarse 
a sí mismo. ¿Se trata sólo de luchar por la patria en 
otra parte... lejos de las murallas?...» 

«¡Pues sea!, gritó. Que se levante eláitio. Que el ejér- 



26o LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

cito auxiliar se vuelva a su capital, a Buenos Aires, 
pues así se le ordena; el ejército auxiliar es sólo auxi- 
liay. Pero el pueblo oriental, que ya no tiene casa, 
se queda; se queda armado aquí, en el campo, aun- 
que se levante el sitio de la ciudad; se queda aquí, 
agarrado a su tierra, abrazado a su tierra, como a su 
madre, que le tiende los brazos. 

Y la gente miró a Artigas. Y Artigas, alzando ai 
fin la cabeza, dijo serenamente que sí, que él también 
se quedaba... 

Y el pueblo, proclamando en aquel momento a Ar- 
tigas Jefe de los Orientales^ protestó «no dejar la gue- 
rra en la Banda Oriental, hasta extinguir a sus opre- 
sores, o morir, dando con su sangre el maj'or triunfo 
a la libertad». 

El delegado de Buenos Aires, convencido de que 
aquello era realmente una voluntad, determinó tra- 
tar el asunto en una conferencia con Artigas. En ella 
le prometió el concurso del Gobierno central, para 
el logro del propósito de los orientales; le ofreció 
toda clase de socorros, a fin de llevar adelante la 
guerra; le protestó la admiración del gobierno hacia 
su pueblo. 



VI 

Pero el sitio de Montevideo se levantó; se levantó 
cuando la plaza sólo tenía víveres frescos para quince 
días, y doscientos pesos en las arcas públicas. 

El ejército sitiador emprendió su marcha hacia San 
José. Artigas y los cinco mil soldados que lo seguían 
marchaban resueltos; solos o acompañados, iban a 
combatir; iban, pues, a vencer; creían ver despuntar 



LAS PIlvDUAS Y Kl, ÉXODO DEIv PUKBI^O ORIENTXi, 261 

de nuevo en el horizonte el sol de Las Piedlas; el ar- 
misticio no sería ratificado en Buenos Aires. 

Pero lo fué; lo fué inmediatamente, en Montevideo 
y en Buenos Aires. Ese 23 de octubre de 1811, en que 
se ratificó el tratado, es recordado por Artigas, en una 
de sus comunicaciones, como un día nefasto, que él 
contrapone al 28 de febrero, en que se dio el Grito 
de Asensio, calificado por él mismo de «memorable 
día de la Providencia, que no puede ser recordado jin 
emoción». L/OS tratados lo contenían todo, todo lo 
triste: reconocimiento pleno «a la faz del universo, 
ahora y j^ara siempre jamás», de Fernando VII y su 
descendencia legítima; <ainidad indivisible de la nación 
española, de que forma parte toda la América, bajo 
Fernando»; desocupación completa de la Banda Orien- 
tal, hasta el Uruguay; restablecimiento exclusivo de 
la autoridad de Elío... > todo lo demás. Y, para mayor 
garantía, esa autoridad de Elío salvaba el río Uruguay- 
la provincia de Entrerríos, Arroyo de la China, Gua- 
leguay y Gualeguaychú entraban también en su do- 
minio; también ellos, levantados contra España con 
el apoyo de Artigas, quedaban a merced del gober- 
nador español. I^a revolución de América debía, pues, 
aguardar a mejor ocasión; todo estaba terminado, 
como en la noche del 24 de mayo de 1810, antes de 
la aparición del héroe anónimo. Aquí aparecerá el 
héroe personal. 

Al saber eso en San José, la indignación del pueblo 
oriental cobró un carácter sombrío; vio al ejército au- 
xiliar levantar su campo y dirigirse silencioso con 
Rondeau a la Colonia, donde se embarcó para Buenos 
Aires. Se fueron con él los habitantes fugitivos que pu- 
dieron hacerlo, los más pudientes, los más afortuna- 
dos: trescientas personas. 



262 I,A EPOPEVA DE ARTIGAS 

Se fueron, y el pueblo oriental, que no podía ni 
quería dispersarse, se quedó solo en tomo de Artigas. 
Este no se fué, oh, éste no se fué. ¡Qué se había de 
ir!... 

¿Y qué debía hacer, entonces?... 

¿Dirigirse, cubierta la cabeza de ceniza, a las puer- 
tas de Montevideo, a pedir a EHo, el dueño y señor, 
alguna compasión para con aquel gentío indigente 
y abandonado?... ¿Aconsejar a éste que fuera a recons- 
truir, bajo la protección del enemigo enconado, sus 
miserables casas incendiadas, y a recoger sus ganados 
dispersos?.,. 

Esa era, no cabe duda, la actitud qui correspondía 
a la Banda Oiiental, según el plan de la comuna de 
Buenos Aires, y la que realmente hubiera procedido 
si la revolución americana hubiera sido lo que Buenos 
Aires entendía. Pero éste es el momento, amigos míos, 
que es preciso dominéis enérgicamente, en que se per- 
cibe con claridad cómo esa Banda Oriental no es un 
miembro del organismo político vivificado por la ca- 
pital del virreinato, sino un cuerpo y un alma distin- 
tos; es ahora cuando vemos aparecer, en Artigas, el 
personaje épico, lo que se llama épico, de la revolu- 
ción de Mayo, es decii, la conciencia peisonal de todo 
un pueblo o raza con destino propio. 

Yo, que os lo he hecho mirar sólo de paso en el cam- 
po de la batalla gloriosa, amigos artistas, quiero que 
le miréis ahora largamente, con reposo. Aquí, especial- 
mente, comienza a tomar el carácter original y grande 
que lo distingue de todas las otras figuras coetáneas: 
el de portador de una revelación o mensaje casi sa- 
grado; el de fundador de patrias nuevas. 

Cuando el pueblo sintió el frío de su abandono, una 
idea, como un inmenso latido, se movió en todos los 



I,AS PIEDRAS Y El. ÉXODO DEI, PUEBlvO ORIENXAI, 263 

corazones, y subió de ellos en un acords de cuerdas 
vivas. No fué una idea personal de Artigas ni de nadie," 
lo fué de otra per¿ona que estaba en la multitud; de 
la misma que, el 25 de mayo de 1810, apareció con 
su revelación en la plaza de Buenos Aires. 

Y la idea palpitaba, viva como un astro: todo, me- 
nos retomar a la esclavitud. 

Se resolvió abandonar el suelo nativo, para volver 
por él; salvar la patria, aun sin tierra; el espíritu aun 
sin cuerpo, esperando la resuriección. 

Y Artigas tomó entonces a su pueblo, a todo su 
pueblo, y lo caigo en sus hombros de gigante. Y dijo: 
I Vamos I 

Y se lo llevó a cuestas, al través del territorio orien- 
tal, hasta encontrar, allá en el Norte, un sitio en que 
vadear el río Uruguay, y poner a salvo, como el 
tigre sus cachorros, aquel nido lleno de garras. Y mar- 
chó al través de los enemigos que invadían la patria. 
Y que, a pesar de los tratados de octubre, seguían 
dueños del territorio oriental, mientras las familias 
campesinas inermes huían ante el invasor, como un 
rebaño, y afluían a la sombra del profeta. 

Y Artigas cruzó, con su preciosa caiga, el patrio 
río del Uruguay. 

Y la banda migratoria de los héroes fué a posarse 
allá, del otro lado del caudaloso río, en el arroyo del 
Ayuí, en otra tierra, en la provincia occidental de 
Entremos, 

Y los héroes eran mujeres, y eran niños, y eran 
viejos, muy viejos algunos. Y eran soldados, y eran 
familias, la misma familia de Artigas, sus ancianos 
padres, su hermana primogénita doña Martina. 

Y eran indios semisalvajes, y eran proceres, Suárez. 
Barreiro, Bauza, Monterroso. Y eran los cmas de las 



264 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

parroquias, y los franciscanos expulsados de Monte- 
video poi amigos de los matreros... y era Artigas. 

1/3. población del Uruguay quedó reducida a la ter- 
cera parte; a menos de la quinta parte de sus mora- 
dores, decía el gobernador español. 

Porque es preciso recordar que el gobernador de Mon- 
tevideo, como represalia de la batalla da I,as Piedras, 
ordenó, una vez establecido el asedio por el vencedor, 
que fueran arrojadas de la ciudad sitiada las familias 
de todos los patriotas en arma?, con • us viejos y sus 
niños. Y fueron arrancadas de sus casas, y echadas 
al campo, y dejadas en una noche gélida de invierno, 
junto al foso de las murallas, sin llevar otra cosa que 
lo puesto: ni ropas, ni abrigos, ni enseres, ni recurso 
alguno. Vanas fueron las reclamaciones de Artigas 
en nombre de la humanidad. I<a larga procesión de 
señoras y niños y viejos traspuso, volviendo atemori- 
zada la cabeza, las puertas de la ciudadela, que se ce- 
rraron tras ella, y cruzó el campo desierto, y se acogió 
al campamento de los sitiadores, que la recibieron 
con los brazos abiertos, e infundieron el valor heroico 
hasta en el corazón de las mujeres que daban de ma. 
mar a sus hijos. 

Y ahí van esas familias, incorporadas a la grande 
emigración. 

Las gentes de los campos, que huían desde el Sur 
ante el invasor portugués, que todo lo arrasaba, se 
plegaban al núcleo caminante. Y lo engrosaban las 
que venían del Norte y del Oeste. Y como los arroyos 
van al río y el río va hacia el mar, por todos los ca- 
minos se veían venir las pobres caravanas: una cañe- 
ta conducida por una mujer, cubierta con un poncho, 
que allí lleva el grupo de sus hijos desnudos, todo cuan- 
to le quedaba en el mundo; un viejo que, montado en 



I,AS PIEDRAS V El, ÉXODO DEI. PÜEBI.O 0RIENTAI< 265 

SU caballo transido, golpea en vano con los talones 
los ijares del animal; un grupo de gente sobresaltada 
que camina a pie, que cruza anhelante y exhausta 
los campos sin sendas, que busca rumbo, mirando 
las lejanías impasibles y mudas; una tropa de ganado 
arreada por sus dueños; y otra más allá; y un rebaño 
de ovejas conducido por un muchacho; y otra carreta 
destechada, seguida de un grupo de perros, los fieles 
amigos de los niños fugitivos; y otro de jinetes, que 
miran los horizontes sobre las colinas solitarias, por 
ver si se aproxima el invasor... 

No han faltado quienes, dudando de la sinceridad 
con que Buenos Aires aseguraba a Vigodet que aque- 
llo era un acto libérrimo, incontrarrestable, del pueblo 
oriental, se han resistido a creer en la espontaneidad 
de ese desalojo de una patria; lo han creído invero- 
símil, y han afirmado, con el gobernador español, 
que aquel pueblo obró forzado por Artigas. Más que 
como probanza de que lo que Buenos Aires decía 
era la verdad, para ver bien al héroe en este momento, 
leamos dos papeles inéditos que acaban de llegamos 
del Archivo de Indias de Sevilla. Son dos cartas ori- 
ginales, dirigidas por Artigas a don Mariano Vega. 

Dice la una , fechada en el Cuartel General del Per- 
dido, en 19 de noviembre de 1811: «Sostener los hom- 
bres el primer voto de sus corazones es lo que da dig- 
nidad a sus obras. Usted obra con carácter, cuando 
declara ser permanente en seguir nuestra causa. El 
Gobierno de Buenos Aires abandona esta Banda a su 
opresor antiguo; pero ella enarbola, a mis órdenes, el 
estandarte conservador de su libertad. Síganme cuan- 
tos gusten, en la seguridad de que yo jamás cederé.» 

Y dice la otia carta, datada en el Ctiartel General 
de Colólo, el 3 de noviembre: «Todo individuo que 



366 r,\ EPOPEYA DE ARTIGAS 

quiera seguirme, hágalo, uniéndose a V., para pasar 
a Paysandú, luego que yo me aproxime a ese punto. 
No quiero que persona alguna venga forzada. Todos 
voluntariamente deben empeñarse en su libertad. 
Quien no lo quiera, deseará permanecer esclavo. 

»En cuanto a las familias, siento infinito no se ba- 
ilen los medios de poderlas contener en sus casas; un 
mundo entero me sigue; retarda mis marchas. Yo me 
veré cada día más lleno de obstáculos para obrar- 
Ellas me han venido a encontrar; de otro modo, yo 
no las hubiera admitido. Por estos motivos, encargo 
a V. se empeñe en que no salga fámula alguna; acon- 
séjeles V. que les será imposible seguirnos; que llega- 
rán casos en que nos veremos precisados a no poder- 
las escoltar, y será peor el verse desamparadas en unos 
parajes en que nadie podrá Valerias. Pero si no se 
convencen con estas razones, déjelas que obren como 
gusten.» 

Lai familias no se convencieron; lo que las movía 
era más fuerte que la razón humana. Como lo veis, 
amigos. Artigas quería poner en salvo sólo un ejér- 
cito voluntario, custodio de la libertad de su pueblo; 
éste le demostró que todo él era un ejército. 

Es este el momento, pues, amigos artistas, de veri- 
ficar, en presencia de ese suceso juzgado por algunos 
inverosímil, la existencia, en esta región oriental, de 
un espíritu, que no sólo lo hace posible, sino que nos 
lo presenta como el cumplimiento de alguna de aque- 
llas leyes sociológicas emanadas de la región de las 
causas o de las madres, de que hablamos alguna vez. 
El recuerdo de la aparición, en los tiempos antiguos, 
del admirable pequeño pueblo griego, que llena la 
misión de poner al mundo occidental la valla de liber- 
tad en que se detiene la barbarie asiática, se ofrece 



I,AS PIEDRAS Y El, ÉXODO DEI, PUEBI^O ORERNTAI^ 267 

aquí, a muy poco que meditemos, como se ofrecía, 
hace ochenta años, al ilustre fraile franciscano don 
José Moncerroso, hombre de grande ilustración y 
fuerte entendimiento, que fué secretario de Artigas. 
Monterroso, expatriado en Marsella en 1835, se plan- 
teaba en la soledad aquel problema, como pudiera 
hacerlo un sociólogo moderno. Dando al cHma, a la 
raza, a la posición geográfica, la influencia del caso, 
llegaba al reconocimiento de un Genio de los Orien- 
tales, como la sola solución filosófica de tal problema. 
Y escribía al diputado Gadea: 

«Por más exageradas que parezcan estas líneas, 
ellas envuelven una verdad más digna de admira- 
ción que de explicarse. Aun antes de la revolución, 
se notaron esos síntomas en la Banda Oriental: la 
reconquista de Buenos Aires fué obra de sus manos; 
la Junta representativa de Montevideo, en 1808, 
indica sus ideas; en la revolución, ¿qué podrá decirse? 
¿que la Banda Oriental no siguió el rol común? Su 
causa está justificada por los mismos que la comba- 
tieron... 

»¿Podrá negarse el Genio de los Orientales? ¡Féisoni- 
f icario!... I^a oposición, en 1811, al tratado de paz 
entre Buenos Aires y Elío, reconociendo a éste como 
capitán general hasta el Paraná, no fué el voto de un 
hombre, sino el de un pneblo.'la oposición a la entrada 
del general Souza inviste el mismo carácter... Si se 
miden las proporciones, no fueron los griegos más 
gloriosos en Maratón, ni los españoles resistiendo a 
los franceses, I^a historia desanollará estas ideas, y 
dará al tiempo lo que es del tiempo.» 

Estamos, pues, en el previsto por Monterroso, ami- 
gos artistas; tenemos la obligación de pensar tan seria- 
mente como él, cuando menos, en la presencia del 



268 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

genio de un pueblo inspirado, al mirar el cuadro que 
nos ofrece Artigas en marcha por el desierto. Mire- 
mos, ante todo, el aspecto de nuestra tierra, mientras 
todo lo que en ella siente y piensa se acoge al caudillo, 
quiere caminar a su lado y seguirlo, vaya donde vaya: 
a la vida o a la muerte. 

Kn las lomas, o allá en los bajos, humeaban de 
trecho en trecho, a largas distancias, las viviendas 
abandonadas, el rancho de bario y paja incendiado 
por sus dueños, o las sementeras, que nadie recogerá; 
el sol alumbraba la soledad; las noches parecían do- 
bles, al envolver el suelo del Uruguay; el ombú, árbol 
guardián, solitario de las taperas, de las pobres rui- 
nas criollas, quedaba al lado de éstas pensativo; los 
ganados innumerables, yeguadas, millares de vacas 
multicolores, ovejas blancas, manchaban los declives 
de las colinas, las orillas de los arroyos; el terutero 
gritaba en los aires, y el hornero, que fabrica de barro 
su redonda casa, la conservaba y defendía, de pie 
sobre ella, con el pico abierto y las alas amenazantes, 
y lanzando chillidos a las golondrinas usurpadoras; 
el avestruz y el venado dominaban la tierra; la ci- 
güeña se alzaba del juncal, y era señora del cielo 
azul... Sólo faltaba el hombre; sólo el hombre aban- 
donaba el nido y la tierra en que nació. 

Mirad un cuadro auténtico entre mil: el general 
portugués invasor comunica su impresión al ministro 
en Río Janeiro. «Llegué a la villa de Paysandú, dice» 
sólo encontré allí dos indios viejos. Todo este pueblo 
es de Artigas.» Imaginaos, amigos artistas, esos dos 
indios viejos sentados en la soledad: no han podido 
caminar. El cuadro es sencillo, pero intenso: hace in- 
clinar la cabeza. No sé si tiene cierta paradójica ana- 
logía con el de aquellos augures de barba blanca que 



I.AS PIEDRAS Y El, ÉXODO DEl, PUEBLO ORIENTAI, 269 

estaban sentados, inmóviles, en los pórticos de Roma 
abandonada; los bárbaros invasores los creyeron es- 
tatuas, símbolos; s¿ apearon de sus potros, se acer- 
caron; tocaron las barbas de los viejos. I/)s augures, 
irritados por aquella profanación, golpearon a los 
bárbaros con los báculos. I^os invasores no se atre- 
vieron a matarlos. ¡Esos dos indios viejos de Paysandú! 
¿No les halláis algo de pájaros augúrales, lechuzas, 
o ratones, o lagartos de sepulcro? 

El cuerpo de la Patria Oriental ha quedado inmóvil, 
como el de una muerta desnuda; sus ojos no brillan, 
su pulso no late. No está muerta, sin embargo; haga- 
mos silencio, y, si ponemos el oído sobre su corazón, 
lo sentiremos latir con fuerza extraordinaria. Es una 
interesante historia la que os prometo contaros en la 
de esa vida, amigos míos; una interesantísima histo- 
ria, os lo aseguro. 



El gobierno de Buenos Aires, al subscribir el ti atado 
de Octubre, se dio cuenta de la responsabilidad en 
que incurría al abandonar a aquel pueblo, después de 
haberlo incitado al levantamiento heroico; pero nun- 
ca se imaginó lo que iba a suceder; estaba asombrado 
de verlo. Nombró a Artigas, como si ya no lo fuera, 
jefe principal del ejército en armas, y de las familias 
que abandonaban el país; dejó a sus órdenes el cuerpo 
veterano de blandengues, y ocho piezas de artillería; 
lo designó gobernador del territorio de Misiones, con 
residencia en Yapeyú; en todas sus comunicaciones, 
lo mismo que en la Gaceta, comenzó a llamarle espon- 
táneamente, y sin decreto alguno ni resolución con- 
creta. General Artigas; lanzó, por fin, un manifiesto de 
admiración hacia el pueblo que lo seguía, «cuya he- 



370 I«A EPOPEYA DE ARTIGAS 

roica resolución y sacrificios, escribe en nota dirigida 
a Artigas, es digna de consideración, y cuya memoria 
será tierna a los ojos de la posteridad». 

«Pueblo y conciudadanos de la Banr^a Oriental, 
decía la Junta al publicar el tratado con Elío, la 
patria os es deudora de los días de gloria que más la 
honran. Sacrificios de toda especie, y una constancia 
a toda prueba, harán vuestro elogio eterno. I^a patria 
exige, en estos momentos, el sacrificio de vuestros 
deseos... * 



VII 



¡El pueblo y los ciudadanos de la Banda Oriental! 

Ningún momento más oportuno que el actual, mis 
amigos artistas, para que conozcáis y veáis lo que es 
eso, ti pueblo de la Banda Oriental, de quien tan deu- 
dora se reconoce, y no sin causa, por cierto, la patria 
toda argentina, patria común entonces a las dos ban- 
das del Plata. Nada más propicio, para formar su 
esquema demográfico, que sorprender y fijar con 
energía la mancha de color que nos ofrece la multitud 
que camina en pos de Artigas. Ahí va todo: tipos, in- 
dumentaria, enseres, razas, caracteres, costumbres, 
estado social; familias, soldados, proceres, muchedum- 
bres anónimas, animales; líneas, colores, expresión, 
movimiento, vida colectiva; toda la gama, toda la lira. 
Con verlo, sabréis más que estudiando muchos libios 
de estadística . 

Distinguid las tres razas que formaban nuestra es- 
casa población; ahí van. I^a blanca o europea, la su- 
perior, destinada a prevalecer, tiene su exponente en 
Artigas mismo, en sus padres y hermanos, en sus acom- 



i:,AS PIEDRAS Y El. ÉXODO DEI. PUEBI,0 ORIENTAI, 271 

pañantes inmediatos, Suárez, Barreiro, lyamas, Mon- 
terroso, Anaya, Rivera, lyavalleja. Otorgues, Bauza; 
en las familias salidas de Montevideo; en los campesi- 
nos altivos, de barbas y cabellos negros o rubios, de 
ojos horizontales, de tez curtida por el sol, pero irri- 
gada por limpia sangre caucásica, que se ven en la 
multitud, mezclados a otros tipos lampiños, color de 
cobre, de pómulos salientes y frentes estrechas, de ojos 
pequeños y casi oblicuos, de cabellos rígidos y negros, 
de mirar hosco, huraño... 

Aquéllos son los hijos de los hidalgos conquistado- 
res, los criollos, los españoles nacidos en América. 
Ivos otros denuncian la segunda raza; son los indios 
aborígenes conquistados, la desgraciada estirpe ex- 
tinguida, que fué dueña de esta tierra. 

Esas dos razas no se odiaron aquí a muerte, como 
en la América inglesa; muchos indios permanecieron 
salvajes, y fueron devorados por el desierto; pero no 
pocos se redujeron a la civilización. Y la mujer in- 
dígena fué la compañera del hombre blanco; encen- 
dió el fuego del hogar campesino. Y ahí van los mes- 
tizos, que nacieror al calor de ese fogón. En unos pre- 
dominan los rasgos antropológicos europeos; en la 
mayor parte, los americanos: la materna sangre in- 
dígena enciende miradas negras en el fondo de ojos 
azules; el medio es el aliado de la raza que él mismo 
forma, y conforma, y defiende por regresión atávica. 

Observad, por fin, mis amigos, los tipos de la ter- 
cera estirpe, de la etiópica; ved esos pobres negros 
que pasan, mezclados a los demás jinetes, o como ser- 
vidores de las familias; son ochocientos, que han 
huido de sus amos, y que, a pesar de las reclamacio- 
nes de Vigodet, hallan amparo en Artigas; el blanco de 
los ojos y el marfil de los dientes brillan en la piel negra. 



272 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

y en las bocas pulposas; el apretado y crespo vellón de 
los cabellos redondea las cabezas de hierro forjado; en 
la masa obscura de la carne clarean las palmas, casi 
blancas, de las manos. Esos no son hombres de esta 
tierra; fueron arrancados a su sol africano, e importa- 
dos como esclavos. Se les pudo robar la libertad; pero 
no el privilegio de ser hombres, y también héroes, seres 
de nuestra especie, hermanos de los ladrones que los 
trajeron. Y padres o madres de los hijos de éstos; tam- 
bién padres y madres. I^a sangre africana se fundió 
con la europea y con la americana. Todos los matices 
del hibridismo antropológico van, pues, en esa masa 
que, con el nombre de Pueblo Oriental, camina en tor- 
no de Artigas. 

Y todos ellos reclaman su puesto en la apoteosis 
del ciclo heroico. 

Bien es verdad que ese cuadro se ha borrado en el 
tiempo; la gota aquella de sangre indígena o africana, 
mucho más escasa en el Uruguay que en los otros 
pueblos de América, se ha diluido ya, y casi perdido, 
en el aluvión de sangre caucásica que ha inundado 
nuestra tierra; pero el pasado no obra menos que el 
porvenir sobre el presente; lo que fué, es; como es lo 
que será. ¡El pasado! ¿Acaso es otra cosa que un pre- 
sente que está en segundo término? El pasado no está 
detrás de nosotros, como suele creerse, sino delante; 
lo que ha muerto nos precede, no nos sigue. 

La ¿loria, de quien sois sacerdotes, amigos artis- 
tas, es la dominadora del tiempo, el eterno presente. 
Mirad, pues, con intensidad, ese pueblo que va pasan- 
do al través de los caminos, cruzando ríos, atrave- 
sando bosques. 1/3 veréis envuelto en una nube enor- 
me de polvo, llena de ruidos, que flota al ras del suelo, 
siguiendo lentamente las ondulaciones de las colinas. 



I,AS PIEDRAS Y El, ÉXODO DEI, PUEBT.O ORlENTAI. 273 

lyQ punta O la cabeza penetra en el monte que franjea 
el río; reaparece del otro lado, sobre la loma opuesta, 
mientras la multitud se arremolina en el vado, y la 
larga cola va descendiendo a él, desde el lejano hori- 
zonte en que se pierde. 

Y tramonta nuevas colinas, y atraviesa nuevas sel- 
vas, y vadea nuevos ríos. 

I^a mercha es penosa y lenta, por lo complejo de los 
órganos locomotivos; unos van a caballo, otros a pie, 
los otros en vehículos más o menos groseros: canos 
destechados o cubiertos de cuero, rastras tiradas por 
caballos, acémilas cargadas. Una estridente sinfonía 
de voces y ruidos sale de aquello: la carreta primitiva 
S2 mueve oscilante, dando tumbos y crujiendo; parece 
que, con stis ejes de madera y sus ruedas macizas, 
se lamenta dolorida, largamente, de la dura tracción de 
los bueyes. En sus convulsiones, sacude todo cuanto 
lleva dentro, hombres y cosas; en ellas van los mejor 
parados: las familias expulsadas d^ Montevideo, los 
viejos y los niños, los rendidos por el cansancio, los 
enfermos. I/)s conductores a caballo clavan sus lar- 
gas picanas en los lomos de las bestias, cuatro, seis, 
ocho bueyes, y las azuzan con gritos que parecen 
quejidos o risas. I/)S pelotones de ganado salvaje, 
novillos, vacas, caballos, carneros, que mugen, ba- 
lan, entrechocan los cuernos con ruido de granizo, 
o hacen retemblar el suelo bajo el martilleo de los 
cascos innumerables, pasan arreados por jinetes que 
galopan, que cierran la huida a los que amagan dis- 
persión, reincorporan a los dispersos, empujan ha- 
cia un paso difícil a los que se resisten y arremolinan, 
lyos perros acosan al ganado, ladrando. I/)s mu- 
chachos, negros, blancos, cobrizos, alternan con los 
hombres y con los perros en la faena; se ven jine- 

T. i.-ío 



274 I'A EPOPEYA DE ARTIGAS 

tes de diez años, y aun de menos, casi tan desnudos 
como el potro que montan y rigen con destreza; ca- 
chorros de centauro alado. Van también mujeres a 
caballo, con sus hijos en brazos; y mujeres armadas 
de lanza, con sombrero en la cabeza, y cubiertas con 
el poncho o capa americana: una tela con un agujero 
en el centro por el que se pasa la cabeza, y que cae en 
largos y graciosos pliegues, desde los hombros hasta el 
anca del caballo. I^os hombres visten como pueden; 
se cubren a medias: una vincha o lienzo blanco, atado 
a la frente, les retiene los cabellos como un vendaje, 
que les da un aspecto de fieros convalecientes; una 
camisa de lienzo les cubre el cuerpo; un pedazo de 
jerga o de bayeta de color, ceñido a la cintura, el 
chiripá, les envuelve los muslos, dejando libres las 
piernas, desnudas, o defendidas por ima especie de 
guante de piel de caballo sobada, la bota de poiro, que 
no envuelve los dedos, agarrados al estribo; en la cin- 
tura llevan ceñidas las boleadoras, y atravesado a la 
espalda el cuchillo. Un viejo con un niño en bra- 
zos y una mujer a la grupa; jinetes conim caballo de 
tiro o de repuesto; cargueros o animales en cuyos lo- 
mos se amontonan los utensilios que se han podido 
salvar: ropas, monturas, trebejos; destacamentos de 
gente armada de lanzas, de sables o trabucos, o fusi- 
les de formas varies; los escuadrones de blandengues, 
uniformados; las ocho piezas de artillería; nuevas ca- 
rretas, tambaleantes y quejumbrosas... todo camina 
lentamente, camina hacia el Norte. 

I/)s días caniculares, con su viento soplado por el 
trópico, tostaron los átomos de aquella sofocante pol- 
vareda; las noches tempestuosas, llenas de pánicos 
flotantes, se aparecieron en el camino; las lluvias to- 
rrenciales de noviembre y diciembre inundaron la 



I,AS PIEDRAS Y ET. ÉXODO DEI, PUEBLO ORIENTAI, 275 

caravana sin amparo, empaparon las ropas, los ense- 
res, desbordaron los ríos, que se presentaban invadea- 
bles, campo ajuera. Se esperaba entonces a que las 
aguas bajaran lo suficiente para dar paso. Y caía la 
multitud al vado: un declive cenagoso entre los ár- 
boles, una corriente profunda, una barranca salvaje 
del otro lado. Descendían las carretas por la pendien- 
te resbaladiza y áspera, sostenidas por largos manea- 
dores o cuerdas de cuero trenzado, para evitar el de- 
rrumbe, y tiradas, desde la orilla opuesta, por otros 
jinetis, en previsión de un estancamiento de los bue- 
yes en medio de la corriente. Y la carreta descendía, 
se hundía en el fango, en el agua, se tumbaba o no, 
trepaba, por fin, tambaleante, la barranca, entre los 
gritos d¿ los arrieros y los clamores de las mujeres. 

I^as penmias de aquellas jornadas fueron muy gran- 
des. Muchos murieron por el camino; las cruces que 
quedaban solitarias, detrás de la caravana, marcaban 
la sepultura de los rezagados para siempre; también 
nacieron niños en las carretas ambulantes, o debajo 
de ellas, y comenzaron a mamar a caballo. 

Pero la muerte y el dolor no engendraban desalien- 
to; la tradición nos ha transmitido fielmente el espí- 
ritu que, como el dios propicio en los poemas primi- 
tivos, descendía sobre aquella multitud: la fe en Ar- 
tigas, que era en ella entusiasmo y fortaleza. ¡Oh, la 
buena primera patria peregrinante! Se la ve hacer 
alto, tras los días de fatiga y sufrimiento, en la margen 
montuosa de algún arroyo, y se piensa en los cantos 
de Ossián, en los sacrificios de Ulises o Eneas a los 
dioses inmortales, o a las divinidades tutelares de 
la raza. 

El cuadro es homérico. 

Se han desuncido los bueyes, desensillado los ca- 



276 I«A EPOPEYA DE ARTIGAS 

bal los, que pastan atados en estacas, o en las matas 
de flechilla bien arraigadas; se han enlazado y abatido 
los novillos que han de comer¿e, encendido los fogo- 
nes. Estos llamean entre el humo, bajo los árboles, 
junto a las carretas, en la orilla del arroyo, en una ex- 
tensión de dos leguas: los costillares de la res salvaje, 
o los trozos de carne extraídos con el cuero, se asan 
a fuego lento, ensartados en los asadores de hierro, 
o en ramas aguzadas, y clavados en el suelo; en las 
calderas hierve el agua; las familias, servidas por ne- 
grillos o indiecitos o chinas, toman mate, la infusión 
de hierba que suministra todo el alimento vegetal; 
los hombres cortan con los cuchillos los trozos de car- 
ne que primero se asan; los bueyes rumian lentamente, 
echados en la loma; las caballadas pacen dispersas; 
los teruteros gritan en el aire; el olor del zorrino, mez- 
clado al humo de los fogones, flota en el ambiente; 
del suelo sube el fresco olor de los pastos húmedos. 

I/a multitud siente el consuelo de la tarde declinan- 
te, y ve encenderse las estrellas, entre los copos de 
pequeñas nubes, o en las soledades celestes, de las que 
descienden, como lluvias, los silencios. Y en algunos 
fogones se oyen punteos de guitarra... y algún canto 
de voz humana, triste como un quejido. Y todo se 
duerme, por fin. 

Yo miro, mis artistas, a esa patria recién nacida, 
dormida a la luz de las constelaciones amigas. El es- 
pectáculo es sagrado; la Cruz del Sur resplandece 
amable en un extremo del cielo; el Alfa del Centauro, 
Sirius, y Canope, y Orion, con sus Tres Marías, en el 
cénit; Venus declina, como un cirio bendito, en el 
horizonte del Norte, sobre la última colina. 

Algunos hombres rondan el ganado, y custodian 
las caballadas, en previsión de alguno de esos páni- 



I,A9 PIEDRAS Y El, ÍXODO DEl, PUEBW) ORIENTAI, 277 

eos nocturnos de las bestias, que las convierten en 
avalanchas espantosas; en el remanso del río, ilumi- 
nado por la luna, dos jinetes que pasan detienen sus 
caballos para que beban; uno que otro pájaro noctur- 
no grita, de vez en cuando, y se calla en el silencio 
del bosque, lleno de sombra; los centinelas velan, es- 
perando la aurora, con el caballo de la rienda, o con 
los brazos sobre el recado y la cabeza entre los brazos... 

Pero el que vela día y noche, y está en todas partes, 
es Artigas. Todos lo ven, todos lo oyen. Artigas casi 
no duerme; es el espíritu de las horas. Aparece casi 
impensadamente en todas partes: en medio de las fae- 
nas, en el vivac de los soldados, en el rodeo, en el fo- 
gón de las familias; tiene para el campesino una fiera 
palabra criolla de aliento, una amable de consuelo 
para las señoras amedrentadas y para los enfermos; 
ofrece un pedazo del churrasco o carne asada que él 
come, a los que van a verlo a su tienda de ramas; acep- 
ta el mate que le ofrecen en los diferentes fogones a 
que llega. Todos le llaman «w« Generah. El está a ca- 
ballo antes de brillar el lucero; antes de que suenen los 
clarines el toque de aurora; antes de que el crujir de 
las carretas, y las voces del rodeo, y el grito de los 
teruteros, y el canto de los veníeveos y las calandrias, 
despierten la multitud para reemprender la jornada. 

El era el baqueano, el conocedor del terreno y del 
rumbo, al mismo tiempo que el pensador; sabía cómo 
debía uncirse una carreta, evitarse el peligro en un 
paso difícil, enfrenarse un potro, enlazarse o desja- 
rretarse un novillo, repararse la cureña de un cañón. 
El era, por fin, quien primero trepaba a las colinas más 
lejanas, y, desde la altura, observaba los horizontes, 
como rastreando al enemigo con la mirada... 

Porque es preciso no olvidar que los portugueses. 



278 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

que habían invadido el territorio oriental, so pretexto 
de auxiliar a los españoles, lejos de acatar el armisti- 
cio de que hablamos, celebrado con Buenos Aires, 
continuaban en la posesión de la tierra, y salían al 
paso de aquel pueblo que, como una selva que arras- 
tra sus raíces, se ponía en salvo con Artigas, llevando 
el Arca de la Alianza, la ley del Sinaí, el maná sagrado. 
El español, a su vez, ante la actitud manifiesta de 
Artigas y la sinuosa de Buenos Aires, lejos de intimar 
el desalojo al portugués, lo protegía y estimulaba, 
contaba con ese su natural aliado. El caudillo for- 
maba el cuadro protector de la ambulante patria 
con sus soldados veteranos, con sus blandengues, su 
artillería. Y lanzaba contra el agresor injusto, por 
su frente, por sus flancos, por su retaguardia, sus 
pelotones de gauchos, que, luchando y muriendo, des- 
pejaban el camino, arrojando al portugués. Lo des- 
alojaron de Mercedes, Concepción, Salto, Belén, Cu- 
ruzú-Cuatiá, Mandisoví... 

¡Los gauchos! He aquí, mis amigos artistas, que se 
nos presenta el hombre representativo: el gaucho 
Os debo hacer sentir con grande intensidad esa fi- 
gura, porque es nuestro tipo homérico; es el mismo 
que vemos en la Ilíada. junto a las huecas naves de 
los aqueos, o al pie de las murallas de la sagrada 
Ilion, conducido por Aquiles, el de los ligeros pies, 
o por Héctor, el domador de caballos. 

El gaucho fué, con los potros, y los toros, y los aves- 
truces, el habitador de nuestros campos ilimitados, 
sin más fruto que el espontáneo de esos ganados in- 
numerables, ni más vivienda humana que el rancho 
aislado en el desierto. No es la raza lo que lo distingue: 
lo mismo es el hombre caucásico de barba negra, que 
el hijo engendrado por él en la mujer india, que com- 



I,AS PIEDRAS Y El, ÉXODO DEI, PüEBI^O ORIENTAL 279 

parte la soledad de su choza de tierra y paja. Tam- 
poco es la posición social; si bien es pobre, se le con- 
cibe propietario de campos y ganados, sin perder por 
eso su carácter. Lo que imprime al gaucho su sello 
es el medio, la naturaleza, amiga o enemiga, que lo 
envuelve; el momento histórico; el método de vida. 
Es el hombre andante, el que, como personero nues- 
tro, tomó posesión real de nuestra tierra; es el caza- 
dor de ganados en los campos abiertos, sin más arma 
que las boleadoras, serpiente alada de túrdigas de 
cuero trenzado, y de tres cabezas de piedra, que se 
agarra, como un grillo, a las patas del animal. Caza 
caballos salvajes, que monta a medio domar; sobre el 
lomo de éste, caza el toro montaraz, la vaca y el no- 
villo, a los que detiene de los cuernos con el lazo, y 
abate y desuella y despedaza con el cuchillo. El acto 
de apropiación del ganado por el hombre se reduce 
a traerlo a rodeo, es decir, a rodear al galope trozos 
de millares de reses, a fin de separarlas de la gran 
masa sin dueño, e impedir su dispersión en la exten- 
sión ilimitada, o su refugio en el bosque. 

El gaucho pertenece a la tierra por intermedio de 
su caballo, que modifica hasta la estructura de sus 
órganos: le levanta los hombros, le encorva las espal- 
das, le arquea las piernas, le regula los movimientos. 
Como se ven las alas en el pájaro que camina, se per- 
cibe el caballo en el gaucho que anda a pie. La nómada 
faena determina, por otra parte, la índole de sus ideas, 
las imágenes de su fantasía, su vocabulario, los giros 
de su lengua, los temas únicos de su conversación; 
le imprime el instinto de libertad, le limita las nece- 
sidades, le determina la industria. Ésta se reduce a 
levantar y quinchar o techar con paja el rancho de 
tierra cruda; a fabricar los aperos o arneses rústicos 



28o I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

del caballo; a estaquear o estirar las pieles secadas al 
sol; a trenzar las largas túrdigas de cuero del lazo, o 
las cuerdas de las boleadoras; a coser con tientos la 
vaina del cuchillo; a cortar las caronas de suela, o sobar 
las pieles de carnero o cojinillos que cubrirán la mon- 
tura de los jinetes, o las de yegua que les envolverán 
las piernas. 

Cuando el gaucho no está a caballo, no hace nada, 
generalmente. ¿Y qué ha de hacer? Toma mate junto 
al fogón; hace sonar en la guitarra algunos punteos 
melancólicos con que acompaña sus tristes, o relacio- 
nes; juega a la taba, el dado primitivo, formado por 
una choquezuela de vaca, que da o quita la suerte 
según caiga en un sentido o en otro. Su fe en lo sobre- 
natural se transforma fácilmente en superstición: cree 
en ánimas en pena, en duendes y aparecidos, en Itices 
malas, en el destino fatal; las supersticiones españolas, 
mezcladas a las indígenas, foiman su símbolo de fe 
mitológico; la lechuza que canta a deshora, es claro 
que anuncia muerte; el séptimo hijo, en una serie 
de varones, es el lobison; si la serie es de mujeres, 
nace la bruja. Ese lobison se transfonna en chancho, 
en perro, en caballo, en camero; pero sólo en ciertos 
días, los viernes generalmente, y al caer de la tarde; 
la bruja es la misma de las consejas españolas: desden- 
tada, con la nariz que todos le conocemos, con los 
ojillos penetrantes. 

Con esos elementos, fácil es determinar la pasión 
dominante o el motor de esa ambulante vida. El hom- 
bre se une a la mujer por amor, sólo por amor; con- 
quista su corazón con la ostentación de su destreza, 
de su valor, de su capacidad para grandes hazañas, 
en la guerra o en las carreras de caballos, en las domas, 
en los rodeos. Os imaginaréis los trágicos idilios de 



I, AS PIEDR.A.S Y RI, ÉXODO DEI, PÜEBI.O ORIENTAI, 28 1 

esos amores nómadas. Se oyen punteos de guitarra 
y choques de puñal. El hogar así formado no retenía 
al hombre; éste lo arrastraba, más bien, consigo, como 
lo vemos en el éxodo. Iva mujer sigue al soldado cuan- 
do es posible; es la cantinera gaucha, y llega también 
a ser combatiente: ya la hemos visto armada entre 
la muchedumbre. Cuando no puede seguir, se queda 
con sus hijos, en el rancho abandonado, a la luz de 
las estrellas; muere con ellos de miseria, mientras el 
padre muere voluntario por la patria. 

¡El pobre gaucho! 

En el cuadro heroico que estamos trazando, en el 
Éxodo del Pueblo Oriental, ese hombre es todo: él es 
el que arrea y carnea los ganados, y asa la carne, y 
la distribuye a la muchedumbre hambrienta; es el 
que conduce las caballadas, y se arroja a nado en los 
pasos profundos, y construye las chozas o enramadas 
con las horquetas del monte, para que en ellas se asile 
el grupo de las famüias patricias, nuestras abuelas, 
que vieron en ese hombre, en el buen gaucho, en el 
buen paisano, al amigo, al poderoso amigo; es el que 
queda aplastado bajo el potro que rueda; el que cae 
atravesado por la lanza enemiga, y degollado al caer; 
el que muere, luchando con el cuchillo, dentro del 
cuadro enemigo en que cayó desmontado en la carga 
homérica, como un pájaro herido en las alas... Todos 
esos que veis en el éxodo, mis amigos, todos esos van 
a morir así; morirán por la patria que no verán, y 
a la que nada pedirán por su sangre... 

«Si Esparta hubiera combatido en Maratón, dice 
Paul de Saint- Victor, hubiera entregado a los buitres 
los cuerpos de los ilotas muertos en sus filas. I^a noble 
Atenas concedió una tumba de honor a los esclavos 
que perecieron por su libertad.» 



282 I. A EPOPEYA DE ARTIGAS 

El gaucho americano, amigos míos, no fué un es- 
clavo; no será alimento de las aves de rapiña. Tendrá 
su tumba, más grande que la de Atenas, o no mere- 
cemos tenerla nosotros. 

El no fué la civilización, es cierto; pero jamás reco- 
noceré como hombre de juicio a quien no vea en él 
otra cosa que la barbarie. ¡Oh, no! nuestro gaucho no 
es el bárbaro, el destructor exótico; mucho menos el 
ilota, la carne para buitres. Él es nuestro hombre, el 
hombre nuevo, el germen de la nueva patria hispano- 
americana, que, si tiene un rasgo diferencial entre 
todas, es ése precisamente: el no haber tenido, por fun- 
damento sociológico, ni el bárbaro, ni el siervo, sino 
el gaucho libre, la célula autóctona de su democracia 
ingénita. 

Ese hijo de la naturaleza, con ser un primitivo, un 
inconsciente, no fué la plebe antigua, el siervo de la 
gleba poseído por la tierra; no fué el vasallo que debía 
tributo a su señor; por eso la esclavitud, en la América 
española, desapareció con la dominación colonial. Sus 
defectos, porque no pudo menos de tenerlos, fueron 
los inherentes a su excelsa cualidad. Seguirá al caudillo; 
pero no como la mesnada a los ricos hombres o seño- 
res feudales; no porque le da pan, o librea con escudo 
señorial, sino como soldado voluntario, porque ofrece 
un empleo a su prurito de libertad, y hasta le hace 
sentir la dignidad de una vaga misión, surgente en 
su nebulosa subconciencia. Y es en esa subconciencia 
de los pueblos donde, como las semillas en el miste- 
rio de la tierra, germinan las apariciones de la his- 
toria. 

El gaucho vio en Artigas un ser superior, pero de 
su especie, carne de su carne. Bien se dio cuenta de que 
Artigas lo amaba sinceramente; sintió la diferencia 



I,AS PIEDRAS Y El. ÉXODO DEI. PUEBW5 ORIENTAT. 283 

entre ese hombre y los que, no teniendo con el campe- 
sino americano otro vínculo que el del menosprecio, 
lo reniegan, para no contaminarse, después de utili- 
zarlo. Ese, y no otro, es el secreto del culto profesado 
a Artigas por el gaucho de todo el mundo argentino: 
el vínculo de amor, alma de todo lo que se engendra, 
espíritu del universo... En los tiempos primitivos lo 
hubieran adorado como a un dios. Los Prometeos, 
los Odinos, los semidioses del N"orte no fueron otra 
cosa: benefactores del hombre; raptores del fuego de 
Zeus para los mortales; genios o divinidades protec- 
toras de la estirpe desamparada. 

Os lo repito, amigos: todos esos que veis, todos esos 
esforzados gauchos, van a quedar muertos en el campo. 
Pero sus cuerpos no serán alimento de los cuervos; 
tendrán tumba en esta tierra, y no de esclavos, porque 
no lo fueron. 

No otra cosa es el monumento de Artigas, que os 
manda alzar la patria de aquellos gauchos. Ser im 
homérida, aunque sea el último, es bella cosa, dice 
Goethe en un verso célebre. Nosotros lo seremos de 
esa legión de combatientes que caminan con el pro- 
feta; ella fué la primera guardia noble de la patria 
recién nacida; ella acompañó sus primeros desampa- 
ros; le dio a mamar su sangre, como la hembra del 
tigre da su leche; ella, la pobre turba campesina, ha 
continuado esa lactancia de fiera hasta agotarse; se 
va hundiendo en la nada, substituida por otros hom- 
bres, mientras la patria crece nutrida de anónimos 
heroísmos, de heroísmos gauchos. 

Hoy, al ascender Artigas en la historia heroica, 
sale con él, por la puerta de las visiones estéticas, esa 
su primitiva guardia de caballeros, vestida de sus 
harapos. Glorificado y transfigurado por la muerte, 



a 84 T<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

aparece aquel hijo ambulante y sin codicias de la 
soledad y del desierto, pan ácimo de sangre que comió 
nuestra victoria, y vino nuevo que bebió para ser 
diosa; soldado, holocausto, desnudo y altivo corte- 
sano del re}'" futuro. 

Yo quiero que sintáis, y que améis, y que saludéis 
conmigo, mis bravos artistas, a ese pobre gaucho de 
mi tierra. Si es cierto que se va; si ya se ha ido para 
siempre, que los últimos que queden contemplen la 
resurrección en bronce de su raza. Que escuchen mi 
despedida; que me oigan a mí, el rapsoda, el homé- 
rida, que quiero inocularos, amigos míos, todo mi 
amor a esa figura de otros tiempos; a mí, pobre sol- 
dado de la aurora, que rinde el tributo de la patria 
a aquel héroe misterioso de la sombra: 

Moi, soldat de l'aurore, 
A toi, héros de l'ombre. 



VIII 

El tratado de Octubre había sido celebrado de mala 
fe por todos: españoles, portugueses, bonaerenses; por 
todos. Ni los españoles de Montevideo, realistas em- 
pecinados, estaban dispuestos a dejar de considerar 
como reos de lesa majestad a los americanos, ni doña 
Carlota, que protestaba contra el armisticio, abando- 
naba su ilusión de ser reina del Plata, ni Portugal re- 
nunciaba a su ensueño secular, ni Buenos Aires decía 
verdad ni mentira al proclamar a Fernando VII, o 
a Carlos IV, si era Carlos IV, como decía Rivadavia, 
y no Fernando VII, como decían los otros, el rey le- 
gítimo proclamado. 



I,AS PIEDRAS Y El. ÉXODO DEI. PUEBI,0 ORIENTAI, 285 

I/O Único que allí había de sinceridad plena era 
aquel hombre que, buscando libertad, cruzaba con 
su indigente pueblo las colinas de su tierra. Él y su 
caravana, eran la sola intrínseca realidad, la sola si- 
miente viva. Seguir su historia es conocer la del Río 
de la Plata; sin él queda descentrada: es como un 
cuento. 

Iva multitud llegó, por fin, al sitio en que debía 
cruzarse la anchura del Uruguay, para dejar la pa- 
tria. Y allí lo cruzaron lentamente; los hombres a 
nado, o agarrados a la crin o a la cola de los caballos; 
las familias en hombros, o en balsas, o en pelotas de 
cuero. vSe echaron al agua las caballadas, los ganados; 
se pasó todo cuanto se pudo; el resto quedó amonto- 
nado de este lado del río. Cruzaron el cauce las fami- 
lias primeramente; las tropas después; Artigas por 
fin, con su Estado Mayor. 

Allí, antes del pasaje, nos dejó Artigas la primera 
revelación escrita, perfectamente definida, de la vi- 
sión que lo inspira y lo conduce de la mano. En tma 
nota memorable, se dirigió entonces al gobierno del 
Paraguay, con el que cultiva correspondencia asidua, 
directa, de estado a estado, y que estudiaremos más 
adelante; le narró todo lo acaecido; el nacer de la 
Patria Oriental, el levantamiento en masa de su pue- 
blo, sus abnegaciones y heroísmo, su abandono; le 
mostró al enemigo portugués, como el peligro común 
a orientales y paraguayos; le propuso la natural alian- 
za de ambos pueblos, la alianza directa, como paso 
previo a la federación de los estados platenses; le re- 
veló, también a él, su mensaje. El pueblo aquel oyó, 
en la voz de Artigas, su propio verbo, la forma entre- 
vista de su suxjremo anhelo, por el que ya había lucha- 
do contra Belgrano. I^a comunicación del Jefe de los 



286 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Orientales fué leída públicamente en la Asunción, 
entre aclamaciones; el Cabildo, en sesión especial, 
acordó los términos de la respuesta. 

Esa nota, del 7 de diciembre de 1811, mis amigos, 
es nuestro primer rescripto de emancipación; todo el 
profético pensamiento de Artigas está consignado allí. 
En ella habla él; no el agente de Buenos Aires, sino 
el Jefe de los Orientales. Y allí está trazado todo su 
programa: caducidad de toda dinastía, de toda co- 
rona; independencia democrática, con forma republi- 
cana, de todo el virreinato; y, dentro de ella, indepen- 
dencia de la Provincia Oriental, aliada o confederada 
con las repúblicas hermanas; expulsión de todo po- 
der extranjero. Hay allí toda una doctrina, todo un 
plan político; muy pronto veremos a su autor trazar 
su plan militar en consonancia, 

«Cuando las revoluciones políticas, dice Artigas en 
ese memorable documento, han reanimado los espíri- 
tus abatidos por el poder arbitrario, temerosos los 
ciudadanos de caer de nuevo en la tiranía, aspiran 
a concentrar la fuerza y la razón en un gobierno in- 
mediato, que pueda, con menos dificultades, conser- 
var ilesos sus derechos. 

»I/a sabia naturaleza ha señalado los límites de los 
estados. La Banda Oriental tiene los suyos. Esta es 
la aliada, la hermana de Buenos Aires. I/)s orienta- 
les han jurado un odio irreconciliable a toda clase 
de tiranía; han jurado no dejar sus armas, mientras 
todo extranjero no evacué el país...» 

Pero ese documento no sólo consigna principios; 
da también a su autor la ocasión de ponerlos por obra, 
y, sobre todo, la de manifestar la sinceridad con que 
ha abrazado, y cree abrazada por sus hermanos, la 
fe democrática. El Jefe de los Orientales envía al 



íyAS PIEDRAS Y El, ÉXODO DEI< PUEBLO ORIENTAI, 287 

Paraguay con aquel su mensaje a don Juan Fran- 
cisco Arias, «mi primer edecán, dice, capitán del ejér- 
cito, a quien he comisionado cerca de V. S.». 

Ese edecán Arias va, pues, con el carácter de un 
agente confidencial; lleva sus credenciales, sus ins- 
tilicciones subscritas por Artigas, el encargo de hacer 
conocer reservadamente el plan militar concertado 
con Buenos Aires. En ese concepto, Arias debe hacer 
saber al Paragua}' las fuerzas con que cuenta el Jefe 
de los Orientales, así como los elementos de que 
carece, y que pueden ser suplidos por aquél en cam- 
bio de los que pueden serle suministrados por el 
Estado Oriental, ganados, caballos, etc. «Aunque nues- 
tra fuerza, dicen las Instrucciones, no está bien exa- 
minada aún escruptilosamente, podemos contar con 
seis mil hombres útiles, y sobre tres mil fusiles. Esto 
se considera bastante para intentar una acción; pero 
puede no serlo para continuar las operaciones dejando 
guarnecidos los puntos de la frontera y costas...» Y 
agregan aquéllas: «La Junta de Buenos Aires se ha 
comprometido, por medio de su diputado don Julián 
Pérez, a damos toda clase de auxilios, incluso las 
tropas necesarias; pero los vecinos de esta Banda 
están resueltos a no admitir éstas, sino en caso de 
extrema necesidad». 

Es muy de advertir, por fundamental en nuestra 
historia, que nada hay clandestino en esta actitud 
de Artigas; él ha recibido del triunvirato bonaerense 
la instrucción expresa de entenderse y obrar de con- 
suno con el gobierno paraguayo; le hace conocer, en 
consecuencia, la forma en que procede, enviándole 
copia de sus comunicaciones; le da cuenta detallada 
de la misión con que ha enviado a su edecán Arias. 
El Paraguay, que ha recibido, a su vez, de Buenos 



288 I.A EPOPEYA DB ARTIGAS 

Aires, la orden de acordarse con Artigas y de pres- 
tarle su concurso, da noticia también al triunvirato 
(Chiclana, Sarratea y Paso, con Rivadavia de secre- 
tario), en 12 de enero de 1812, de sus relaciones con 
el Jefe de los Orientales. «I^e hemos contestado, dice, 
que esta Provincia queda unida íntimamente a su 
ejército; desde el momento feliz de nuestra dichosa 
reunión con ese gran pueblo, dijimos con más sencillez 
que el orador americano: «Hemos plantado el árbol 
de la paz, y enterrado bajo sus raíces el hacha de la 
guerra; en adelante, descansaremos bajo su sombra 
y haremos que resplandezcan las cadenas que han de 
unir a todo el continente». lyc hemos asegurado, 
agrega, que estamos prontos a la confederación y 
ataque, para cuj-a ratificación hemos enviado al capi- 
tán graduado don Francisco Laguardia.» Y, al dar 
cuenta de algunos recursos enviados a Artigas, llama 
a éstos «demostración sensible de la unión y firme 
alianza que hemos jurado con esa Excelentísima 
Junta, no menos que un pequeño índice de gratitud 
a las sinceras ofertas con que nos ha honrado el gene- 
ral Artigas, ese gran jefe...» 

El Paraguay, que en todo esto procede de acuerdo 
con los tratados que celebró con Belgrano, contesta, 
efectivamente, a Artigas su mensaje, por intermedio 
de Laguardia, «que va, dice en su nota, con las cre- 
denciales y misión de cumplimentar a V. S-, dar razón 
de la actual situación ventajosa y oir de su boca el 
plan que haya de concertar y poner en ejecución con- 
tra los portugueses»). 

Todo eso es una ilusión por parte del Paraguay; 
por parte de Artigas sobre todo. Éste presume inge- 
nuamente que, si alguien debe compartir su idea fun- 
damental, nadie con mayor energía que los hombres 



I. AS PrEDR.A.S Y El, ÉXODO DEI, PUEBI,0 ORIENTAI, 289 

de Mayo, que la consagraron en sus tratados con el 
Paraguay; pero nada más distante de la realidad. Si 
bien el pueblo de la provincia de Buenos Aires, de la 
capital sobre todo, el anónimo del 25 de maj'o de 1810, 
vive de ese esi)íritu, ese pueblo será absorbido por una 
entidad colectiva, la que ahora está procediendo con 
reservas mentales, y que es la negación de todo prin- 
cipio republicano. Y, en cuanto al Paraguay, será a 
su vez devorado por una entidad personal, equiva- 
lente a aquella colectiva, don Gaspar Rodríguez de 
Francia, que, también con reser\^as mentales, íorma 
ahora parte de los triunviratos que fraternizan con 
Artigas. Artigas 5' su pueblo son, pues, una ilusión, 
a fuerza de ser la sola realidad. 

Cuando conozcáis, amigos artistas, los escepticis- 
mos, los desfallecimientos, las negaciones de los pro- 
motores de la revolución en Buenos Aires; cuando 
sepáis que, diez años después de este momento, toda- 
vía negarán al pueblo americano esa aptitud que le 
atribuj^e Artigas de ser el germen de una vida nueva, 
y trabajarán por traerle un monarca europeo que 
supla su ineptitud, entonces os daréis cuenta de lo 
que significa, en la historia americana, ese hombre 
todo verdad, colocado entre dos mentiras; todo liber- 
tad, acosado por dos despotismos. 

Su verdad hará la patria, sin embargo; todo lo que 
hagamos en adelante, hasta el triunfo de nuestra 
democracia americana, no será otra cosa que la soli- 
dificación en el caos, tras las convulsiones cósmicas, 
de ese pensamiento escrito por Artigas en su nota del 
7 de diciembre de 1811. 

Y fué dicho al profeta bíblico por Jehová: Tibi 
daho frontem duriora frontibus ejus: Y te daré una 
frente más dura que sus frentes. 

T. 1.-31 



290 t,K EPOPEYA DE ARTIGAS 



IX 



Artigas, poseído por el espíritu, está, por fin, del 
otro lado del Uruguay, entre las palmeras, algarrobos 
y quebrachos de los bosques de Concordia: en el Cam- 
pamento del Ayuí, frente al Salto Chico del Uruguay. 
El patriarca y su pueblo permanecerán allí catorce 
meses, después de los cuales regresarán a la patria, 
por el mismo camino que llevaron, y conducidos por 
la misma visión. 

El cuadro que ofrecía ese Campamento del Ayuí, 
especie de enjambre volador posado en un árbol del 
camino, no puede menos de llamar la atención. Pen- 
sad, primeramente, en que diez y seis mil personas 
era mucha gente en aquella época; mucha gente, os 
lo aseguro. Meditad especialmente en el carácter so- 
ciológico de esa muchedumbre. 

El agente confidencial que el gobierno del Paraguay 
envía entonces a Artigas describe aquello en cuatro 
palabras: «Toda la costa del Uruguay, dice, está po- 
blada de familias que salieron de Montevideo, unas 
bajo las carretas, otras bajo los árboles, y todos a 
la inclemencia del tiempo; pero con tanta conformi- 
dad y gusto, que causa admiración y da ejemplo». 

Con los elementos que ya poseéis, podéis desarro- 
llar ese cuadro. Allí se permaneció todo el verano 
de 1811, el crudo invierno de 1812 y el nuevo verano 
que precedió a 1813. Todo lo que hemos visto en el 
viaje se ofrece aquí en una nueva interesantísima 
actitud. lyas familias ocupaban el primer plano; los 
soldados tenían sus cuarteles, y hacían ejercicios mi- 
tares; como escaseaban las armas, los soldados del 



I. AS PIEDRAS Y El, ÉXODO DEI. PUEBLO ORIENTAL 291 

infantería que no las tenían se adiestraban con palos 
a guisa de fusiles; los de caballería fabricaban sus 
lanzas, enastaban en cañas puntas de cuchillos u 
hojas de tijera. Todos obedecían a sus jefes, Rivera, 
Lavalleja, Manuel Francisco Artigas, Otorgues, Blas 
Basualdo, Ojeda. Los indios acampaban a lo lejos 
en sus aduares. 

Aquel campamento, colonia, colmena, o como que- 
ráis llamarle, ocupaba una extensión de varias leguas; 
bajo los árboles, en las carretas, en chozas de paja 
y barro, vivía el pueblo oriental. Una choza, mayor 
que las demás, era el templo, en que los sacerdotes 
celebraban los divinos oficios ante la multitud, y ense- 
ñaban a los niños la doctrina cristiana; delante de 
ella se alzaba una horqueta de madera, de la que col- 
gaba una campana, cuyas voces se unían a las lejanas 
de los clarines, en la aurora, a mediodía, al caer la 
tarde. El Ángelus aquel tenía también su melodía, 
su original melodía. Yo, por mi parte, le encuentro 
insuperable belleza. ¡El Ángelus del Ayuíl Era la 
primera oración de la patria bajo la bóveda estre- 
llada. 

La vida fué de labor, de angustias, de miserias; fal- 
taba abrigo en invierno; escaseaban los alimentos; 
hubo hambre, desnudez, desamparo. Pero un prin- 
cipio ordenador circulaba por aquel organismo de 
nueva especie, y le conservó, sin el más mínimo que- 
branto, su cohesión vital y el carácter de sociedad 
civilizada. Allí se protegía el derecho; se administra- 
ba justicia; se hacía caridad. 

Para daros una idea del orden que en todo aquello 
supo inocular Artigas, quiero que conozcáis el bando 
que pregonó, al aplicar, con un dolor que se revela en 
BU6 términos, la pena de muerte, a dos delincuentes 



292 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

debidamente juzgados, eu el comienzo de aquella 
emigración. 

Dice así: 

«Si aún queda alguno mezclado entre vosotros que 
no abrigue sentimientos de honor, patriotismo y hu- 
manidad, que huya lejos del ejército que deshonra, 
y en el que será, de hoy más, escrupulosamente per- 
seguido. Que tiemblen, pues, los malvados, y que es- 
tén todos persuadidos de que la inflexible vara de 
la justicia, puesta en mi mano, castigará los excesos 
en la persona en que se encuentren. Nadie será ex- 
ceptuado, y en cualquiera, sin distinción alguna, se 
repetirá la triste escena que se va a presentar al pue- 
blo, para temible escarmiento y vergüenza de los mal- 
hechores, satisfacción de la justicia y seguridad de 
los buenos militares y beneméritos ciudadanos.» 

Los orientales dejaron una huella bien profunda de 
su paso en aquel pedazo de tierra argentina, en la 
que veían reproducida la propia. Una nota carac- 
terística entre varias, y al parecer insignificante, 
les denunciaba, sin embargo, que no estaban en su 
tierra. 

Quiero detenerme a haceros notar, especialmente, 
esta nota pintoresca que se presenta a mi imagina- 
ción, y que parece cosa de risa. No lo es del todo; 
ella os recordará cosas serias, de que hablamos al prin- 
cipio. Los orientales expatriados, los niños sobre todo, 
miraban con curiosidad, en aquella tierra, un habi- 
tante que les era desconocido: la vizcacha. Es éste un 
animal, un extraño roedor, algo mayor que un conejo, 
que vive en la banda occidental del Uruguay. Y aquí 
está lo interesante del caso: ni uno solo cruza el río 
del Uruguay. 



tAS PIEDRAS Y El, ÉXODO DEI, PUEBI,0 ORIKNTAI, 293 

En la tierra occidental, en la andina, esa vizcacha 
es una plaga; sus excavaciones invaden el suelo por 
todas partes, y todo lo destruyen; en la oriental es 
extranjera; no se ha conocido una sola que haya sen- 
tido el instinto de ir a taladrar con sus diabólicos 
dientes la tierra que se extiende del Uruguay al At- 
lántico; también hay árboles y plantas que viven en 
una tierra y no arraigan en la otra. Salen las vizca- 
chas de su cueva al caer la tarde; se posan en los 
bordes de su excavación, esperando la luna; se ríen 
con ésta, cuando aparece, mostrándole sus incisivos 
blancos; caminan lentamente, silenciosas, a pequeños 
saltos; parecen visiones grises y negras, brujas sardó- 
nicas, lya lechuza llamada vizcachera las suele acom- 
pañar, y grazna o chilla, como un demonio de ojos 
amarillos, en la puerta de las cuevas, posada en el 
montón de tierra de la excavación; salta de vez en 
cuando en línea recta, y, clavada en el aire, vuelve 
a chillar, agitando las alas. Y cae de nuevo, como 
una saeta que rebota en el suelo. como si fuera elás- 
tica. Esa figura de animal extranjero, la vizcacha, 
parecía estar allí para recordar a los orientales, a los 
niños especialmente, que aquella tierra, si bien amiga 
hospitalaria, no era su tierra; que eran allí viajeros, 
pasajeros, desterrados; les hacía advertir que el olor 
de los pastos no era allí exactamente el mismo que 
el del otro lado, ni la lengua en que se hablaban los 
árboles, uno con otro, ni las canciones que cantaban 
los pájaros al sol. 

Y los punteos de las guitarras pensaban en la otra 
patria que quedó abandonada, y sonaban, entre las 
notas de la gran naturaleza, fieramente nostálgicos, 
y antmciando el regreso libertador. 

Yo siento en eso un gran motivo sinfónico, un ori- 



294 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

ginal Nociurno del Ayuí. que el arte recogerá. Me guar- 
daría bien de decir estas cosas nimias, si no hablara 
confidencialmente, y con artistas; pero vosotros sois 
bien capaces de comprender que ese motivo sinfó- 
nico no es menos interesante, ni menos serio, que el 
sociológico que voy a exponeros. Dejemos, pues, las 
niñerías, y hablemos de lo que todo el mundo entien- 
de, porque es más grosero. 



X 



También el gobierno de Buenos Aires envió su 
comisionado, como el del Paraguay', a ver el campa- 
mento de su General del Nayte;\o envió cuando, como 
veremos más adelante, comenzó a entrever que aquel 
hombre, en quien entonces cifraba sus esperanzas, 
fodía llegar a ser demasiado. El agente, que lo fué 
don Nicolás de Vedia, cuenta, lleno de asombro, lo 
que allí vio, y describe el mismo cuadro que el envia- 
do paraguayo. cAllí está toda la Banda Oriental», dice 
en su informe. Y, notando los efectos de éste, nos 
dice: «I^a viveza con que pinté al gobierno las buenas 
disposiciones que yo había notado en Artigas, y en la 
multitud que lo circundaba, fué oída con sombría 
atención. Después supe que el gobierno no gustaba 
que se hablara en favor del caudillo oriental». 

Con no menor atención debemos nosotros, amigos 
artistas, analizar desde ahora el origen de esa actitud 
sombría que advierte Vedia en el gobierno, no en 
el pueblo, por cierto, de Buenos Aires con relación 
a Artigas. Ese hombre se aparecía allí como un fan- 
tasma; era un sincero, y en Buenos Aiires las ambicio- 
nes y las rivahdades de los políticos, con las dobleces 



I, AS PIEDRAS Y RI, ÉXODO DEI, PURBI.O ORIENTAI, 295 

consiguientes, prevalecían. Este año 1812, pasado por 
Artigas con su indigente pueblo en el Ayuí, es en la 
capital una tempestad; arrecia la que nos describía 
Mitre; la Junta de Mayo de 1810 había invitado a los 
pueblos a enviar sus representantes; éstos llegaron 
y se incorporaron a la Junta, formando con ella un 
solo cuerpo: un Ejecutivo plural deforme, imposible. 
Surge de allí un primer triunvirato... y un secundo... 
y un tercero... Y nada es permanente, no hay allí 
prestigios ni autoridades; existen, al parecer, dos 
partidos, pero sin nombre ni programa, persona- 
les, fluctuantes; las cabezas, como las casas desal- 
quiladas, están dispuestas a recibir malos inquilinos. 
El primer triunvirato, S arratea, Chiclana y Paso, 
con Rivadavia, Pérez y Ivópez de secretarios, es 
modificado, a los tres meses, con la entrada de 
Pueyrredón en substitución de Paso. El predominio 
de Rivadavia, el personaje más importante, con don 
Nicolás Herrera, de aquel bloque político, es califi- 
cado de despotismo; Pueyrredón lo combate; lo fus- 
tiga, como un energúmeno, el fiero Monteagudo; lo 
atacan sin cuartel los diputados de las provincias, 
y esto provoca la expulsión de todos ellos a sus regio- 
nes respectivas, en el término de veinticuatro horas, 
y la difusión, por consiguiente, del odio contra la ca- 
pital, en todas y cada una de esas regiones o provin- 
cias interiores. Y la instintiva mirada de todos hacia 
Artigas, que es «w hombre, una realidad. 

San Martín y Alvear, que llegan a la sazón de Eu- 
ropa, se enrolan en la lucha política; preparan el 
motín; lo llevan a ejecución en octubre; echan abajo 
el segundo triunvirato, y hacen surgir el tercero: 
Paso, Rodríguez Peña, Alvarez Jonte... Y todo eso 
nada representaba, nada que no fuese las ambiciones 



296 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

de los que se creían los primeros. Y todos se creían 
tales; todos, como es natural, querían, en los ejér- 
citos, generales sumisos y adictos a sus personas. 

Y he aquí que ninguno de ellos podía ver en Arti- 
gas semejante cosa; todos miran de reojo, por con- 
siguiente, aquella extraña figura que se impone como 
hombre de guerra necesario; pero que no puede acep- 
tarse si pretende tener un pensamiento. 

¡lyas buenas disposiciones de Artigas! Vedia las 
expuso bien, probablemente: Artigas quería la unión; 
estaba dispuesto a respetar toda jerarquía que a tal 
unión propendiera; pero no se resignaba a no ver en 
el pueblo que lo seguía un mero instrumento de quien 
venciera entre los hombres de Buenos Aires. Éstos, 
por su parte, no podían creer en Artigas ni en su pue- 
blo; aquella muchedumbre congregada en el Ayuí 
no era nada; no debía serlo, cuando menos, pese a las 
impresiones de Vedia. 

Bl caudillo oriental quiere hacerse perdonar el deHto 
de tener un pensamiento; desea ser persona grata en 
la capital, no estorbar a nadie en ella. No interviene 
en sus pendencias; mira sus disensiones como él des- 
arrollo de la política interna de un estado amigo 3^ de 
primera importancia entre los platenses; acata sin 
observación los hechos consumados. Más aun: reco- 
noce y obedece al que Buenos Aires le señala como 
general conveniente, pues nadie como él reconoció la 
necesidad de que Buenos Aires llenara su misión de 
ser cabeza viva, articulada, de aquel fuerte organismo 
vivo recién nacido; nadie como él pugnó por ese vital 
principio de orden y de verdad. Todo es inútil; pre- 
cisamente por eso, el ceño sombrío que advirtió Vedia 
se arruga cada vez más ante el nombre de Artigas; 
por esa su serena impasibilidad, precisamente. 



I.AS PIEDRAS V Til, ÉXODO DEl, PUEBU) ORIENTA!, 297 

Pero si los gobiernos de la capital miraban a Arti- 
gas de reojo 3' comenzaban a meditar su ruina, los 
pueblos argentinos, sin excluir el mismo de Buenos 
Aires, y agregado el paraguayo; los de las provin- 
cias de Entrerríos y Corrientes; los de Santa Fe 
y Córdoba, del otro lado del Paraná, y los del cen- 
tro de la gran planicie, y los que vivían en la falda de 
los Andes, todos miraban aquello del Ayuí, y sentían 
como una misteriosa revelación; allí estaban formados 
dos núcleos cósmicos, indudablemente: el oriental y 
el occidental; Artigas 3' Buenos Aires; la vida inma- 
nente 3- la extraña o refleja. Los pueblos argentinos 
cre3'eron en sí mismos, por obra de Artigas. 

Claro está que, entre todos esos pueblos, la adhe- 
sión a Artigas de los ribereños occidentales del Urus 
gua3', los que vivían entre los ríos Urugua3- y Para- 
ná, tenía que ser la más estrecha; eUos, como lo- 
orientales, se habían levantado a la voz 3" bajo la 
protección del gran caudiüo, 3", también como los 
orientales, habían sido dejados a merced del español 
por los tratados de Octubre. «Los entrerrianos, dice 
José Ignacio Yani, hijo de aquella provincia, creyé- 
ronse traicionados, 3' adhirieron al caudillo fuerte 
que, del .otro lado del Urugua3', se resistía a entregar 
su pueblo al enemigo, por más que a él se le diera 
un importante destino...» «La actitud del caudillo 
oriental, agrega, soHdarizado en absoluto con Za- 
pata, Ramírez y López Jordán, explica sus vincula- 
ciones posteriores con los entrerrianos... Para los pue- 
blos que el armisticio entregaba maniatados en manos 
del odiadísimo virre3'. Artigas representaba, en ese 
momento preciso de nuestra historia ribereña, la fide- 
lidad a la causa americana.» 

Eso es mucha verdad; los rilj érenos, que veían 3' 



298 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

oían a Artigas, estaban más que nadie bajo su influjo; 
pero los que no lo veían de tan cerca, empezando por 
Córdoba y siguiendo hasta las remotas fronteras del 
virreinato, se sentían arrastrados por la fuerza cen- 
trífuga, de aquella mole en rotación, y, consciente o 
inconscientemente, se incorporaban al sistema de que 
era núcleo. Los que hoy proclaman las glorias priva- 
tivas de tal o cual provincia argentina como centro 
de libertad democrática, pero prescindiendo de Arti- 
gas, no se dan cuenta de que una gloria inerme, sin 
casco de oro, o siquier de hierro, que defienda el pen- 
samiento, es una estéril diosa. 

El fenómeno sociológico del nacer de la autoridad 
por acto indeliberado, libre, pero necesario al mismo 
tiempo, del pueblo, se realizó allí. Artigas era la au- 
toridad... porque era; le obedecerán, porque le obede- 
cerán, l/os pueblos occidentales, al ver de cerca a 
ese hombre inspirado, creyeron oir voces dentro de 
sí mismos. El légamo sagrado, que dice Esquilo, sin- 
tió el soplo de vida, y palpitó en la primitiva obscuri- 
dad, en que pasan los misterios de la generación. 



CONFERENCIA X 
FRENTE A MONTEVIDEO 

La federación y el xtnitarismo. — Origen de la federación 

interna en la argentina. i<a federación de artigas. 

San Martín y Alvear. — I,a «I,ogia IíAutaro». — Ruptura del 

ARMISTICIO. — I<AS CAMPAÑAS SOBRE LOS ANDES. — BELGRANO. — 

TucuMÁN Y Salta. — Artigas en el Ayüí. — ^El triunvirato 
Y Artigas. — ^El delito de Artigas. — I,a guerra de Buenos 
Aires contra él y su pueblo. — Sarratea. — Rondeau. — Ba- 
talla del «Cerrito». — Artigas y Rondeau en la cumbre del 
Cerrito. — El segundo sitio de Montevideo. 



Hermanos artistas: 

Si es intensa la mirada de los pueblos occidentales 
sobre Artigas y su nación, posados en el Ayuí, no lo 
es menos, bien que de diferente naturaleza, la que 
tienen en él clavada, como hemos dicho, los inicia- 
dores de la revolución, residentes en Buenos Aires. 

Ese enorme factor, el conductor de enjambres po- 
pulares, no entraba en los planes de aquellos hombres; 
los perturba, los desbarata. No hay que hacer con él; 
es una pieza demasiado grande en aquel tablero. 

En Buenos Aires, donde se espera todo de las com- 
binaciones políticas secretas, y no del esfuerzo popu- 



300 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

lar, se cree que el medio racional de llevar adelante la 
tentativa iniciada en Mayo no puede ser otro que la 
completa pasividad de las masas, incluso sus inme- 
diatos conductores, y la juiciosa sumisión de todos 
a las decisiones de quienes predominen, por la revuel- 
ta interna, en la comuna bonaerense. Debía inocularse 
en el pueblo la fiebre revolucionaria, el furor de los 
combates, que dice Esquilo; despertarse en él la fiera 
heroica; pero ésta tenía que ser una fiera virtuosa, con- 
tinente, amable, dispuesta a dar su sangre y obedecer. 
Eso era lo justo, lo racional y lo sólo eficaz: domes- 
ticar la tempestad, y atar los vientos en el establo. 

Aquellos hombres partían, por otra parte, del su- 
puesto de que todo el antiguo virreinato del Plata 
era, y debía ser para siempre, una sola nación, y un 
solo compacto estado, dependiente de Buenos Aires, 
desde el Alto Perú y el Paraguay, hasta la Banda 
Oriental. Todo lo que no fuera ese concepto empírico 
era desorden, anarquía, y hasta traición; crimen dig- 
no de muerte. Y decretaban la muerte de buenas a 
primeras. 

No es del caso apreciar ahora si eso hubiera sido o 
no lo más conveniente, ni lo que de eso hubiera salido. 
1/5 veremos después. Pero sí es el momento de adqui- 
rir la persuasión de que la realidad no era ésa. No ha- 
bía tal nación, en el sentido político, en estos países. 
Kra preciso hacerla, amasarla con su propia levadura 
de libertad. 

Creo que hemos visto con bastante claridad, hasta 
en las entrañas de la tierra, cómo la Banda Oriental 
era ima nación tan distinta de la occidental traspla- 
tense, como lo era ésta de la trasandina, Chile o Boli- 
via, cuando menos, o como aquélla lo era de la tro- 
pical portuguesa. 



FRENTE A MONTEVIDEO 301 

No insistamos más en esto; vosotros estáis ya con- 
vencidos de que lo que es entre la región oriental y 
la occidental del Plata no había tal unidad política 
dependiente de Buenos Aires. Podrá ser odioso que 
eso fuera verdad, pero era verdad. 

Sepamos ahora si era realmente un hecho la tal 
cohesión natural en la otra banda, entendiéndose por 
tal la inmensa región situada entre los Andes y el 
plata. ¿Bxistía la unidad social y política en lo que 
es hoy república federal argentina? Eso es lo que 
nos conviene precisar. 

Convengamos en que allí no concurrían las causas 
profundas que obraban la separación de los dos pue- 
blos ribereños del estuario, ni las que determinaban la 
del Paragua}-, guaram'ticoy atlántico. Dice Ramos Me- 
jía, sociólogo argentino: «I^a nacionalidad argentina 
resulta así un hecho que tiene el fatalismo y la estabi- 
lidad de la causa física, de donde en parte procede. 
Sin abusar de la metáfora, puede decirse que es un 
organismo con esqueleto de montañas, y en cuyas 
venas circiila sangre caliente de volcanes». Creo que 
tiene razón: sangre de volcanes andinos. Es la misma 
causa física que yo os he indicado como base de la 
nacionalidad oriental; esa sangre no circula en stis 
arterias geológicas; no hay un solo nudo volcánico 
en todo el macizo atlántico. Sí: allí, en la Banda Oc- 
cidental, existía una enorme imidad geográfica, cuan- 
do menos, con su puerto necesario en Buenos Aires; 
éste, si bien no tan importante como el de Montevideo, 
lo era en sumo grado para aquella extensa xegión 
mediterránea. Por eso sus habitantes fueron y aun 
son llamados porteños, los del puerto, los de la sola 
puerta de salida. 



302 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Pero si allí existía una unidad geográfica y, si que- 
réis, geológica, con sangre de volcanes, nada estaba 
más lejos de la realidad que la unidad sociológica, y 
mucho menos política, con su núcleo natural de cohe- 
sión en Buenos Aires, que querían ver aquellos hom- 
bres del puerto o porteños. 

Dado, pues, aunque no concedido, que éstos, los por- 
teños, hubieran sido realmente los más ordenados y 
virtuosos, los incólumes depositarios de la idea madre 
que engendró la patria republicana; supuesto, siquiera 
por un momento, que allí residieran efectivamente la 
gran visión del porvenir, el héroe colectivo, la unidad de 
pensamiento y de acción, el espíritu de orden y de 
respeto a la autoridad, la virtud y la ciencia y la ci- 
vilización ejemplares, el hecho es que los distintos 
pueblos argentinos sólo concebían la acción común, 
conciliada con la propia autonomía; sin ésta, no en- 
tendían la independencia ni podían amarla. Fijad 
bien en vuestro espíritu, amigos míos, esa verdad, 
que es angular. Sin ella, la figura de Artigas se disipa; 
con ella, él, y sólo él, es el héroe. Los pueblos argen- 
tinos no hubieran cooperado a la independencia co- 
mún, sin el estímulo de la vida autónoma; estimulada 
ésta, no hubiera habido fuerza humana capaz de hacer 
volver atrás la revolución de ]\Iayo. 

¿Acontecía tal cosa porque los tales pueblos eran 
bárbaros? 

No ha faltado quien lo haya afirmado; la federa- 
ción, en el Plata, no tuvo otra madre, según ellos: 
la barbarie, la ignorancia. Mucho decir es eso, me pa- 
rece. 

Ha habido historiadores argentinos, y no de los 
menos afamados, por cierto, que han dicho gravemen- 
te, y para deprimir al hombre oriental, que ese con- 



FRENTE A MONTEVIDEO 303 

cepto de federación, en el Río de la Plata, fué sólo una 
invención de Artigas; de don Gaspar Rodríguez de 
Francia, dicen otros. Vosotros pensaréis lo que os pa- 
rezca sobre el respeto que merecen esos graves auto- 
res. Yo los considero, en este caso, unas pobrísimas 
peisonas. 

Convengamos, ante todo, en que, si tal concepto hu- 
biera sido realmente una invención de aquel conduc- 
tor de pueblos, él sería, por ese solo hecho, un hombre 
extraordinario, lo que se llama un genio, o cosa pa- 
recida. Genio es invención precisamente. 

Pero bien sabemos que eso no se inventa. Artigas 
no inventó semejante concepto, si ya no es que tome- 
mos el término invención en el sentido de descubri- 
miento o encuentro de la realidad oculta o confusa. 
En ese sentido, Cristóbal Colón es el inventor de las 
Indias Orientales. 

Pero bien comprendéis que no es ésa la acepción 
del título de inventor atribuido a Artigas, sino el de 
propalador de embustes y perturbador o enemigo del 
orden natural de las cosas. Pues bien, en ese sentido, 
los verdaderos inventores, o perturbadores de la na- 
tural armonía, no fueron otros, yo os lo aseguro, sino 
los que quisieron imponer como realidad, lo que sólo 
era ente de razón, según dicen los escolásticos, hijo 
inconsistente o de la ilusión o de la soberbia ensimis- 
mada: la unidad social y política de aquella tierra, 
con su centro de cohesión en Buenos Aires. 

El inmenso territorio, mayor de la mitad de Eu- 
ropa, que se extiende entre las altiplanicies del Perú 
y el Cabo de Hornos por un lado, y entre los Andes y 
el Plata por otro, no constituyó, ni pudo constituir 
semejante unidad; ésta fué obra del sacrificio, de la 
gloria común, del heroísmo. Es conveniente que se- 



304 I/A EPOPEYA DE ARTIGAS 

páis, mis amigos, el verdadero origen de la federación 
argentina, y que os iniciéis siquiera en la génesis de 
su formación social y política. 

Hemos visto que ese magnífico territorio, que hoy 
forma el suntuoso y bien ganado patrimonio de nues- 
tra nobilísima hermana ultraplatense, fué inventado, 
y colonizado, tanto por los descubridores del Río 
de la Plata que subían hacia el Perú, cuanto por los 
que, viniendo del Pacífico y tramontando los Andes, 
bajaban, por sus contrafuertes orientales, al encuentro 
de aquéllos, en bvisca de una salida por el Mar del 
Norte, como se llamaba entonces al Atlántico. Esos 
animosos descubridores españoles repartían las tie- 
rras que iban descubriendo; fundaban ciudades, la 
Asunción, Santa Fe, en el litoral; Córdoba del Tu- 
cumán en el centro; Mendoza en la falda de los 
Andes, etc., etc.; levantaban fuertes; creaban ios cabil- 
dos; nombraban jefes y alcaldes, los unos con inde- 
pendencia de los otros. Esas gobernaciones que allí 
existieron, Paraguay, Tucumán, Cuyo y Buenos Ai- 
res, estaban separadas, no sólo por el desierto y la 
enorme distancia, casi infranqueable entonces, sino 
por intereses locales, por inclinaciones y necesidades 
diversas. Se gobernaban por sí mismas; aun dentro 
de cada gobernación, los Cabildos o Municipios, sin 
perjuicio de reconocer al virrey, como representante 
del dueño y señor de todo aquello, obraban con au- 
tonomía, se dirigían directamente al rey cuando lo 
estimaban oportxmo, se prestaban mutuo auxilio en 
las guerras contra los salvajes, se cambiaban recur- 
sos; pero defendían celosamente sus franquicias, sus 
privilegios, su persona colectiva. La defensa del te- 
rritorio estaba a cargo de jefes militares nombrados 
por el Cabildo; éste compraba las armas }'• municio- 



FRENTE A MONTEVIDEO 3O5 

nes a otras provincias cuando no las tenía en casa. 

Todos -custodiaban su propia jurisdicción, hasta el 
punto de prohibir la extracción, sin permiso de la 
autoridad local, de criminales refugiados; creaban 
impuestos, señalaban el valor de las monedas. Las 
mismas disposiciones reales eran resistidas, cuando 
menoscababan las facultades de la ciudad; ésta for- 
maba una especie de código propio de las reales cédu- 
las que le acordaban privilegios o franquicias. 

Había allí mucho del régimen foral de las provin- 
cias españolas, y, si queréis, mucho de las ciudades- 
repúblicas antiguas o medievales. Era muy de apre- 
ciar, no hay duda, la influencia de las causas econó- 
micas: el puerto de Buenos Aires, atrayendo a sí el 
comercio que antes tenían las provincias del Norte 
con el Perú, mató sus progresos; la falta de intercam- 
bio de los productos locales, y otros fenómenos aná- 
logos, eran factores importantes de autonomía; pero, 
dígase lo que se quiera, más que las causas económicas 
son las sociológicas las que, en éste, como en todos 
los casos de construcción de un pueblo, ejercen su 
influencia preponderante, y ellas fueron las que aUí 
engendraron lo que se llamó artiguismo; veneno arti- 
giiista lo apellidará alguno. 

Esas ciudades mediterráneas argentinas no tenían, 
fuera está de duda, la importancia del puerto. Más 
alejadas del mundo europeo, no contaban con los re- 
cursos de que aquél disponía para su progreso mate- 
rial; pero eso mismo hizo que, concentradas en su 
región, cobrasen un carácter interesantísimo, que aun 
hoy es el verdadero fermento de esa pujante naciona- 
lidad, que los hijos de Artigas amamos con natural 
predilección. Hasta la misma lengua común española, 
que era el vínculo más enérgico que las unía, tomaba 

T. i.-aa 



3o6 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

caracteres varios, por la cadencia o acento musical 
con que era pronunciada en una u otra provincia, 
y que aun hoy, dentro de la unidad nacional, distin- 
gue a los diferentes estados de la federación argentina. 
Pero los había en que ese rasgo diferencial eufónico 
o filológico era determinado por el predominio en el 
pueblo de las lenguas aborígenes, el guaraní, el qui- 
chua. Y era tal 3- tan poderosa esa influencia, que, 
cuando, en 181 6, el Congreso de Tucumán declare la 
independencia de las Provincias Unidas, ordenará que 
la Declaratoria sea traducida en las lenguas quichua 
y aimará, para hacerla inteligible entre una parte 
de los nuevos ciudadanos. 

No tenían aquellas ciudades la relativa opulencia, 
sólo muy relativa, por cierto, y muy circunscrita al 
recinto urbano, de la ciudad de Buenos Aires, y con- 
seguida a expensas del conjunto, que, con razón, 
se consideraba copropietario de tales opulencias; pero 
no por eso carecían de un respetable patriciado local, 
ni de tradiciones seculares, ni de servicios y gloriaf 
propias, como agentes de civilización. I,a famüia san- 
tafecina, la cordobesa, la tucumana, la salteña, y 
todas las demás, eran tipo de virtudes, santuario de 
tradiciones, fermento verdadero de patria. La gran- 
deza de Buenos Aires, sus ricos patricios, sus togados, 
lejos de inspirarles un sentimiento de sumisión, les 
despertaba el de nativa altivez del hidalgo pobre, 
pero de limpia estirpe, doblemente orgulloso ante el 
desdén o el injusto agravio del hermano mayor o legiti- 
mario. Aun en el día de hoy, las provincias argenti- 
nas, sin menoscabar su sentimiento nacional, escriben 
su propia historia; recuerdan su origen y sus glo- 
rias locales, sin excluir las coloniales; se enorgullecen 
de sus héroes; se precian de su antigua cultura social, 



PRBNTE A MONTRVIDRO 307 

de SUS grandes virtudes domésticas, de sus costum- 
bres patriarcales, llenas de poético colorido. Y tienen 
razón. 

Algo más es fuerza que consideremos; esos agentes 
de civilización, los hombres de las provincias, no habi- 
taban sólo las ciudades; también salpicaban, aquí y 
allá, los campos dilatadísimos, y vivían, con sus hones- 
tas familias, de un durísimo trabajo. Con un desdén 
parecido al del español hacia el criollo, el hombre letra- 
do de Buenos Aires no veía en el habitante de los cam- 
pos otra cosa que el gaucho. Y no era así; no era todo 
bárbaro en aquellos campos. Es cierto que por las 
inmensas soledades vagaban salvajes de todo género; 
pero no debe confundirse con ellos a los estancieros o 
hacendados de entonces, cuyos derechos, defendidos por 
Moreno, fueron el primer programa de la revolución 
de Maj'o; tampoco a los peones, que con ellos vivían, y 
que eran los cow-hoys hispanoamericanos, los únicos 
hombres de trabajo adaptables a aquel medio, los ciu- 
dadanos naturales de aquel momento histórico. EUos, 
en lucha inmediata con los salvajes, fueron los des- 
bravadores del desierto, los zapadores de la indepen- 
dencia, los mártires, muchas veces, de nuestra civi- 
lización incipiente. De la vigorización y conglomeración 
de aquellos núcleos, sobre todo, debía formarse la 
nueva nación; y sólo quitu haya sabido compren- 
derlo puede ser llamado su fundador, el constructor 
de sus cimientos. Quedaréis convencidos de que nadie 
como Artigas comprendió eso; nadie como él, ni remo- 
tamente, lo hizo práctico, sobre todo. 

Ayer no más, al celebrarse por todos los argentinos 
el centenario de la revolución de Mayo, erigía la ciu- 
dad de Córdoba, por ejemplo, un monumento al 
deán Funes, su ilustre hijo. Y decía el doctor don 



308 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

David Peña, en nombre y representación de la Co- 
misión Nacional del Centenario, al hacer entrega del 
monumento a las autoridades de la provincia: «En 
estas reivindicaciones de figuras sobresalientes, ad- 
\'ierto la raíz de un federalismo que está en la esen- 
cia de las democracias argentinas. Todo podrá im- 
pedirlo la fuerza absorbente de la unidad política, 
menos el arrebatamiento de las unidades provincia- 
nas, por más que su acción o su entendimiento se 
hayan difundido sobre el territorio del país, 

»E1 deán, el general Paz, el viejo Vélez, son figu- 
ras nacionales por el resultado de los hechos, por la 
amplitud de sus trabajos, por la grandeza de sus sa- 
crificios; pero en la historia, y por los siglos, los acom- 
pañará el sello genuino que les imprimió esta patria 
chica, que ellos guardaron, hasta el fin, en sus idio- 
sincrasias, y en el fondo de sus recuerdos.» 

Y el gobernador de Córdoba contestaba en idéntico 
sentido. El deán Funes, según él, conciliaba los idea- 
les patrióticos con la representación de los estados; 
la entidad «nación», con la de «provincias indepen- 
dientes autónomas». 

«Y del unitarismo de la primera Junta, organizada 
por el municipio de Buenos Aires, agregaba el goberna- 
dor, se pasa al federalismo de un Ejecutivo formado 
por los municipios de las provincias, surgiendo así 
la idea de la Unión Federal Argentina, que más tarde 
dará origen a la federación de estados que forman la 
nación de hoy.» 

Ese estudio, artistas amigos, sería interesante, para 
darse cuenta de lo que Artigas significa en la cons- 
trucción de la nación argentina; él fué el protector 
de la vida de esos municipios germinales. Pero temo 
que, prolongado demasiado, ese estudio perjudique la 



FRENTE A MONTEVIDEO 3O9 

proporción en nuestras estéticas lecciones. No lo dejaré, 
sin embargo, sin antes sugeriros siquiera esta benéfica 
idea: los sociólogos argentinos, que han comenzado ya 
a razonar, y a rectificar, por consiguiente, su historia, 
no sólo desconocen, como Artigas en su tiempo, el dere- 
cho que invocaba Buenos Aires a ser acatado y obede- 
cido, sino que le niegan, y no sin fundamento, el carác- 
ter de núcleo de la unidad nacional, a la que muchas 
veces obstó. Si leemos a Ricardo Rojas, por ejemplo, 
en su Blasón de Plata, nos encontramos con esto que 
vais a leer: «Por yo no sé qué misteriosa tradición, son 
las comarcas mediterráneas de nuestras dos provincias 
de Córdoba 3- Santiago, las que, desde los albores del 
siglo XVI hasta nuestros días, han constitm'do el núcleo 
más firme de la tradición «argentina», y mantenido, 
a pesar de las vicisitudes de la historia, la continui- 
dad no interrumpida de nuestro nombre fluvial. En- 
traña de la patria, ellas conservan el núcleo de la 
conciencia territorial en el espacio, y la unidad de 
conciencia histórica al través de los tiempos». 

Y dice el mismo Rojas, en su estudio sobre Orígenes 
del federalismo, que, si bien la revolución argentina 
tiene, entre sus agentes militares, glorias como las de 
San Martín y Belgrano, la historia no ha definido 
aún, entre los agentes políticos, sus verdaderos proce- 
res; éstos, los verdaderos héroes de la revolución ins- 
titucional, deben buscarse en los cabildos provincia- 
les, en sus diputados; las provincias, dice, asumen, 
desde el primer instante, la obra de organización 
interna o social que consumaron en 1880. 

Bien puede ser eso verdad; pero convengamos en 
que, para que exista un héroe y podamos encontrarlo, 
es necesario que haya existido la persona en que se 
concentre la acción total eficiente con el pensamiento; 



3IO I^A EPOPEYA DE AüTIGAS 

el héroe es virtud plena; es una fuerza pensante y un 
pensamiento fuerte... 

Te vi volar, y llegué a creerte un genio humano... 
Eras un pájaro. 

Y bien: sea de ello lo que fuere, creo que, con lo 
dicho, tenéis bastante para que podáis daros cuenta 
del verdadero origen de la federación argentina, que 
se llamó artignismo. 

l/cjos de mí el afirmar que, dados tales anteceden- 
tes, la organización política federal es una consecuen- 
cia fatal o necesaria; bien pueden concebirse, y en 
el hecho existen, estados unitarios en tales circuns- 
tancias; la misma organización interna federal ar- 
gentina puede transformarse mañana en unitaria, se- 
gún las fluctuaciones del porvenir. Pero nadie podrá 
afirmar, reclamando respeto, que el federalismo, en 
este caso, era una invención o embuste, y mucho menos 
que lo razonable hubiera sido imponer, fer fas aui nefas, 
la unidad política. Para imponer el Corán por la 
cimitarra son necesarios un Mahoma y un pueblo nó- 
mada, aislado del universo, adorador de las estrellas 
y agrupado en aduares. Y ni en Buenos Aires apare- 
ció en los tiempos heroicos el profeta, ni las ciudades 
mediterráneas eran aduares, ni el pueblo argentino, 
pese a todas sus imperfecciones, era en absoluto, al 
rayar la independencia, la masa idólatra de los de- 
siertos árabes. 

Si recordáis que Mitre, intérprete fiel del sentir y 
pensar del patriciado de Buenos Aires, no considera 
que Montevideo haya sido un núcleo urbano capaz de 
dar cohesión a la población de la Banda Oriental, 
fácil os será daros cuenta del concepto en que serían 
tenidas, por los hombres del puerto, las ciudades me- 
diterráneas argentinas. Y más fácil aun el compren- 



FRENTE A MONTEVIDEO 3X1 

der cómo y por qué ese hombre Artigas, que cae en 
la Banda Occidental, con su pueblo a cuestas, y acam- 
pa en el Ayuí, es objeto de grande atención primero, 
y de acatamiento después, por parte de esos núcleos 
autónomos occidentales del Uruguay. Estos acabarán 
por aclamarlo, como los orientales, su gran caudillo, 
con el título de Protector de los Pueblos Libres, y por 
someterse espontáneamente a su autoridad; espontá- 
neamente, y, si queréis un término más propio, diga- 
mos instintivamente, indeliberadamente, en modo irre- 
sistible. 

No; eso, que es el verdadero germen de la federa- 
ción argentina, de la patria argentina, no fué inven- 
ción de nadie; no era Artigas quien dictaba aquella 
ley de biología social. El héroe oriental no hizo sino 
leerla en la esencia de las cosas, y obedecerla, y pro- 
mulgarla, y defenderla, y hacerla prevalecer, como 
base de independencia absoluta en la Banda Orien- 
tal atlántica, y de independencia republicana y or- 
ganización federal interna, en la Occidental andina. 

Se ha dicho también que Artigas, al dar a los pue- 
blos occidentales la protección que le pedían, buscó 
la hegemonía de la Banda Oriental o de Montevideo 
en el Plata. Eso de hegemonía me tiene muy sin cui- 
dado. Yo desdeño las palabras deshabitadas, y os 
confieso que aun estoy por saber, a ciencia cierta, el 
sentido de ese vocablo genérico: hegemonía. Os he 
expuesto fielmente el fenómeno; podéis llamarle 
equis o jota, o como mejor os parezca. Ello es que Ar- 
tigas fué el depositario, el héroe del pensamiento an- 
gular, que es hoy la base de la federación argentina; 
y lo fué, porque todas esas leyes de biología social, 
que os he sugerido, hallaron habitación, y forma per- 
sonal, y fi*erza eficiente, en ese nieto del fundador de 



312 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Montevideo, la ciudad democrática; él fué caudillo 
entre los pensadores, y pensador entre los caudillos; 
fué el nexo entre la fuerza y la materia, la persona 
autóctona, sincera, el hombre tipo de la raza caucá- 
sica, arraigada, como un árbol vivo, en este nuestro 
suelo americano. 

Yo os prometo haceros ver eso, mis amigos, como 
estáis viendo ahora estas mis manos, y yo veo las 
vuestras. Veréis entonces cómo, lejos de ser Buenos 
Aires quien, como se ha dicho candorosamente, dio 
independencia a la Banda Oriental, fué ésta la que, 
sin dar ni quitar nada a nadie, porque no se da la li- 
bertad a quien no la tiene, constituyó el núcleo ver- 
dadero de la común independencia, al serlo de la re- 
sistencia contra el escepticismo de los hombres, y al 
custodiar la fe en sí mismos de los robustos pueblos 
argentinos, cuya autonomía protegió, pero sin preten- 
der absorberla jamás. 

Ésta es la gran verdad que debéis encender en los 
ojos de vuestra estatua, artistas que me escucháis 
atentos, para que ella, luz buena, luz amiga, nos alum- 
bre a todos la ruta, entre los escondidos escollos de 
la historia. 



II 



Para fijar el tono de esa idea, que es fundamental, 
3'0 quiero haceros ver bien dos personajes que acaban 
de desembarcar en Buenos Aires, en el momento en 
que nos encontramos: mientras Artigas está en el 
Ayuí: en marzo de 1812. Esos dos hombres, que vie- 
nen de Europa a incorporarse a la revolución, y serán 



FRENTE A MONTEVIDEO 31 3 

famosos, son el teniente coronel don José de San Mar- 
tín y el capitán don Carlos de Alvear. 

El primero, que tiene treinta y cuatro años, no será 
ciertamente aquel hombre Washington, la plenitud 
del hombre, el hermano de Artigas, que hemos visto 
allá en el Norte, y cuj^a espada pensaba como un 
espíritu de acero; no será tampoco ese Bolívar, lleno 
de relámpagos, que os he hecho conocer; pero será un 
gran capitán, un excelso capitán heroico. Será el héroe 
argentino, como es Artigas el platense o el hispano- 
americano. 

El segundo es un joven oficial de veintidós años, 
gallarda y exótica persona. 

San Martín era hijo de un coronel español, gober- 
nador militar de las Misiones, y de una noble porteña, 
según la sugestiva frase de I/ópez. Nació allí, en Yape- 
yú, en 1778. Pero a los ocho años de edad se fué con 
sus padres a España, para no volver hasta el momen- 
to actual, en que, sin más vínculo con el país ameri- 
cano que su residencia, pisa de nuevo la tierra en que 
accidentalmente nació. Se educó en el Colegio de No- 
bles de Madrid; allí formó su espíritu; recogió las im- 
presiones perdurables que siguen al hombre en la 
vida y forman su carácter y sus anhelos. A los 25 
años, pasó a Cádiz, como ayudante del gobernador 
de esa plaza. Éste fué encargado de una operación 
militar sobre Portugal, y el joven oficial San Martín 
le acompañó en esa empresa, donde reveló sus dotes 
relevantes. En Sevilla, se incorporó al ejército del 
general Castaños; fué infante ligero en el regimiento 
de Murcia y en el de Campo Mayor; comandante de 
caballería en el de dragones de Numancia; estuvo 
a bordo de la real fragata Dorotea, donde se halló en 
el sangriento encuentro de ésta con el navio inglés 



314 LA. EPOPEYA DE ARTIGAS 

León. Fueron sus generales los más glandes de Es- 
paña: Castaños, el marqués de Compigny, el marqués 
de la Romana; asistió a la batalla de Bailen, donde 
su conducta le conquistó una mención honrosa; en el 
campo de batalla de Albuera alcanzó, por su bizarría, 
el grado de comandante efectivo. No se encuentra, 
sin embargo, entre los libertadores de América, un 
enemigo más tenaz del nombre español que San Martín. 

Era reservado y taciturno; su carne era fría: el alma 
no se transparentaba en ella, acaso porque el cuerpo 
era opaco, acaso porque el alma no era luminosa; 
era un militar de raza, un técnico inspirado; pero no 
una grande inteligencia. No era elocuente, y su ins- 
trucción literaria era muy poca. Fué toda su vida, 
como no podía menos, monárquico; creyó siempre, 
como brillante satélite, en el resplandor del rey, nues- 
tro señor. 

lyibertador en el Pacífico, teatro principal de su 
gloria, todos sus esfuerzos tienden a la formación de 
una monarquía americana; ofrece lealmente al virrey 
la solución del conñicto, sobre la base de un prín- 
cipe de la sangre, que se pediría a España, para ocupar 
el trono del Perú, en el que volvería a refundirse 
Buenos Aires; él mismo está dispuesto a ir a Europa en 
su busca. Ése hubiera sido el desenlace del esfuerzo 
americano, si los jefes del ejército español no hubieran 
rechazado la propuesta. Él se retiró de Lima, mani- 
festando que estaba cansado de oir decir que quería 
coronarse. No: nada más lejos de su espíritu; San 
Martín era un caballero leal, un hombre honrado; 
creía sinceramente, con devoción, en el mito de la 
realeza de la sangre, y él no la sentía en sus arterias. 
Se consideraba un hombre, no un rey. 

Sarmiento vio bien a San Martín, en el parangón 



FRBNTK A MONTEVIDEO 31 5 

que hace de éste con Bolívar y con Artigas, y que os 
hice conocer anteriormente. No era un caudillo ame- 
ricano, sin dejar de ser por eso una esplendente glo- 
ria de nuestra América. 

Alvear era otra cosa muy distinta; este joven se 
sentía todo: astro, cielo azul, armonía. Hubiera acep- 
tado la corona de rey, y también la de emperador, 
como la cosa más natural del mimdo. Había nacido 
en 1789, también en las Misiones, en la Reducción 
del Santo Ángel Custodio; pero no era un misionero, 
ni cosa que se le parezca. Su padre, don Diego de Al- 
vear y Ponce de Iveón, de nobilísima alcmnia, con rico 
mayorazgo en Andalucía, contiguo al de la marquesa 
del Montijo, madre de la que será emperatriz de los 
franceses, coronel de ingenieros de Su Majestad, vino 
al Plata de Comisario Real y Astrónomo, en la de- 
marcación de límites entre España y Portugal, hecha 
según el tratado de 1777. Desempeñó su comisión, y 
volvió inmediatamente a Europa, donde su hijo Car- 
los se educó desde su infancia en la corte, en contac- 
to con los grandes. Era todavía un niño, tenía 17 
años, y ya su alta posición y su bizarría le hacían bri- 
llar en las batallas, y ganar el grado de alférez de Ca- 
rabineros Reales, cuerpo de gran distinción, después 
de tomar parte en los combates de Talavera, de Se- 
venes y de Ciudad Real. Cuando vuelve a la tierra 
americana, en que nació por azar, a los 22 años, 
parece un joven dios, un bello Marte adolescente; 
los dorados de su uniforme centellean y lo envuelven 
en luz; tiene los ojos amables y la tez fina; es verboso, 
y sus palabras cobran el desdén trascendente del 
Olimpo; ama a la gloria con amor voluptuoso; anhela 
la inmediata posesión de su belleza helénica; quiere 



3l6 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

arrastrarla a sus brazos, besarla en los ojos y en la 
boca, antes de merecer la caricia de su alma. Tiene 
la convicción de que, como el rey su carácter sagrado, 
lleva él, en su sangre, su personal triunfo en Amé- 
rica: es un conquistador. 

Alvear cree en su propio genio diplomático, que 
confunde con la doblez; confiesa ingenuamente sus 
intrigas infantiles; se jacta de los engaños en que 
hace caer a los pobres hombres de bien, amigos o 
enemigos, así se llamen San Martín o Artigas; se irrita 
con facilidad, y es dado a las duras interjecciones 
españolas, que pronuncia bien, pero escribe muy mal. 
Porque, como lo comprenderéis, esa rápida carrera 
nada tuvo de literaria; Alvear no era ni podía ser un 
hombre ilustrado; escribe con mala letra y con una 
ortografía que da pena. Bien es verdad que, en esas 
materias, ni Artigas ni San Martín merecen muchos 
más puntos de aprovechamiento que él; tampoco la 
inmensa mayoría de los hombres de armas de aquella 
época, sin excluir los españoles, como hemos dicho. 

Excusado decir que sólo la idea monárquica podía 
ser digna de tan alta persona. Y así lo fué: buscó la 
real y áurea corona, como la mariposa a la luz. Cuando 
predominó en Buenos Aires, a los veinticinco años 
de edad, rogó a Inglaterra que viniera por la corona 
del plata; cuando cayó, un año después, acudió a 
Fernando VII en demanda de absolución, confesando 
su culpa, e invocando sus títulos de español leal a la 
patria y al trono. Él hubiera sido, a no dudarlo, un 
lord ejemplar. Jamás cabeza alguna hubiera llevado 
la peluca inglesa con más elegancia; hubiera sido un 
marqués, y hasta un príncipe español como muy po- 
cos. ¡Oh Apolo, real arquero! 

En Buenos Aires había cierto ambiente propicio 



FRENTE A MONTEVIDEO 317 

para tal hombre. Ya os he descrito el carácter de ese 
remedo de corte en América. Si no todo lo que aca- 
baba de dejar al lado de los infantes reales en Madrid 
algo podía hallar ese joven efebo en Buenos Aires, 
que satisficiera sus monárquicas nostalgias; algo de 
lo que, en concepto de tales hombres, constituye la 
sola base de una nación: los chirimbolos de que habla 
Carlyle. Tan superior se juzga, sin embargo, a todo 
lo que le rodea cuando llega a América, tan superior 
a sus compañeros de viaje sobre todo, que, al expo- 
ner su hoja de servicios, en 1818, dice: «A mi arribo 
a Buenos Aires, instruido el gobierno del mérito extra- 
ordinario de mis servados, y habiendo obtenido su 
estimación, fué dirigida mi primera súpHca a reco- 
mendar la persona de don José de San Martín, que 
había venido en mi compañía, cuya recomendación 
le abrió la puerta al mando en la carrera militar, 
sin embargo de ser un sujeto sin relaciones ni conoci- 
mientos en el país>>. 

Pero fuera de la capital, ¿qué había de ver ese jo- 
ven príncipe en estos países, cuya historia y estruc- 
tura social le eran tan desconocidas, o más, que las 
del Japón? ¿Qué destino podía atribuirles en el uni- 
verso? ¿Qué había de ver, sobre todo, en ese pobre 
Artigas de cincuenta años, hijo legítimo de la tierra 
americana, simple hombre honrado, que jamás había 
visto un príncipe en carne mortal, y que cruzaba las 
colinas de su patria con su pueblo indigente en hom- 
bros, todo manchado de sangre? ¿Había de reconocer 
un rey en ese pueblo, ni en pueblo alguno? 

Comparad, artistas amigos, esas figuras, y no ten- 
dré que esforzarme mucho en demostraros las cau- 
sas, mucho más sociológicas que políticas, de la lucha 
que vais a presenciar entre ellas. 



3^8 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Ya os creo felizmente habilitados, después de nues- 
tras largas conversaciones, para contestarme sin va- 
cilar la seria pregunta: ¿en cuál de esas entidades an- 
tagónicas veis vosotros el verdadero espíritu de la 
independencia americana iniciada el 25 de mayo de 
1810? ¿Bn cuál de ellas hay luz de astro nuevo, si es 
que el sol de L^Iayo lo es? 



III 



Voy a daros un elemento más de juicio, para vigo- 
rizaros en la respuesta: es preciso que lo tengáis. 

Recordaréis, quizá, la frase de Bolívar: «A la som- 
bra del secreto no trabaja sino el crimen». 

Itos militares recién venidos a Buenos Aires adop- 
tan, para comenzar su acción, el procedimiento tene- 
broso: fundan o reorganizan una especie de logia po- 
lítica secreta, cuyos miembros son recluta dos prin- 
cipalmente en el partido que domina la acción popu- 
lar: se llama la Logia Lautaro, y forma parte de un 
vasto organismo extendido en otras naciones, en In- 
glaterra especialmente, que es donde más se forja la 
desaparición, no 3'a del dominio político español, pero 
de la lengua, de la estirpe hispánica en el Nuevo 
Mundo. En los misterios de esa tal logia o conciliá- 
bulo se resolverán los destinos de los hombres ame- 
ricanos; los pueblos estarán sometidos a magistrados 
más lejanos que los de España, a los que nunca han 
visto. Es claro que el pobre Artigas, simple ameri- 
cano, no tendrá entrada en este Consejo misterioso. 
Ni Artigas, ni los pueblos. 

I^a logia ha sido siempre y será monárquica; tiene 
iniciación, neófitos sometidos a un ritual, grados de 



FRENTE A MONTEVIDEO 3I§ 

revelación política, en que el secreto va rasgando pau- 
latinamente sus velos, hasta descubrirse, en su plena 
desnudez, al llegarse a la logia matriz. Si un hermano 
asciende al gobierno de un estado, no podrá tomar 
resoluciones graves sin consulta de la logia; no podrá 
nombrar diplomáticos, ni generales, ni gobernadores 
de provincias, ni jueces, ni funcionarios eclesiásticos, 
ni jefes de cuerpos militares. Un hermano que llega 
a general de ejército, o gobernador de provincia, tiene 
la facultad de crear logias dependientes, compuestas 
de menor número de miembros. El auxilio mutuo es 
de regla; la revelación del secreto de la existencia de 
la logia, por palabras o por señales, tiene «pena de 
muerte por los medios que se hallen convenientes». 

Aquellos Cabildos, me refiero sólo a los Cabildos 
abiertos, bullentes plebiscitos que fueron el germen 
de la revolución de Mayo y de la de toda América, se 
han transformado en conciliábulos; los hombres más 
conspicuos de la ciudad occidental se afüiarán a la 
logia; los de la oriental, en cambio, le serán extraños, 
como todos los de las provincias. Los clubs y las ter- 
tulias políticas de Buenos AircS, donde antes se for- 
maba la opinión por la discusión pública, se refundirán 
en la logia; la juventud bonaerense, sobre todo, caerá 
eu sus fauces. 

El primer presidente de ese sanedrín es el joven 
Alvear; San Martín va detrás, es vicepresidente; el 
alférez Zapiola, venido de Europa con los dos y con 
Chilavert, es el secretario; Monteagudo, Sarratea, 
Pueyrredón, y demás, forman en sus cuadros. 

He ahí el viejo espíritu, el del viejo soberano, que 
viene a ahogar al nuevo recién nacido. 

«San Martín, dice Mitre, creyó haber encontrado 
en la logia el punto de apoyo que necesitaba la poli- 



320 tA EPOPEYA DE ARTIGAS 

tica. Alvear, con su talento de intrigas y sus ambicio- 
nes impacientes, se lisonjeó de tener en su mano el 
instrumento poderoso que necesitaba, para elevarse 
con rapidez.» 

¡Pobre Artigas, el extranjero, el bárbaro! 



IV 

y volvamos ahora a la historia, al momento en 
que Artigas, después de cruzar con su pueblo el río 
Uruguay, se posa con él en el Ayui. El armisticio de 
octubre de 1811, que levantó el sitio de Montevideo 
y provocó el éxodo del pueblo oriental, se rompió 
muy pronto. El sitio se reanudó a fines de 181 2. 

¿Por qué se rompió el armisticio con España?... 
Es pueril buscar causas en detalle: se rompió porque, 
como antes os lo he dicho, ninguno de los signatarios 
obró allí sinceramente; había nacido roto. Para juz- 
gar la historia, es necesario considerar las grandes 
masas de sucesos, y éstos se presentan muy claros 
en este caso. España y Portugal eran aliados natura- 
les, como lo comprendéis; defendían su monarquía y 
sus colonias; pero eran también dos rivales, como 
lo era de ambas la amable Inglaterra, tan amiga de 
Fernando VII. «En este malhadado embrollo pala- 
tino, escribe Oliveira I^ima en Don Joao VI no Brasil, 
cada cual procuraba engañar al otro, adversario o 
amigo, y el resultado final fué que todos se engañaron 
a sí mismos.» 

Y así era, efectivamente: una journée des dupes, 
como dice el mismo Oliveira. Y es que no contaban 
con el tipo del caudillo popular, con el héroe americano. 
entidad nueva para ellos. I/3S portugueses invasores. 



FRENTE A MONTEVIDEO 32 I 

al celebrarse el armisticio de que hablamos (el de 
octubre de 1811), juzgaron que aquella revuelta estaba 
terminada; que la Banda Oriental, cuando menos, 
quedaría definitivamente en poder de Femando el 
rey. De éste a doña Carlota o a don Juan VI la dis- 
tancia no era grande, y podía ser salvada por los 
arreglos en la Santa Alianza, pues el portugués, me- 
jor que nadie, conocía la disposición de Buenos Aires 
a arreglarse con las cortes, y a no hacer cuestión 
primaria de la Banda Oriental. Pero no contaron 
bastante, repitámoslo, con la presencia de Artigas, 
la realidad viva, el solo que no engañaba a nadie. 
Cuando vieron que se retiraba con todo su pueblo 
y con su ejército, con su ceño de soberano sobre todo, 
conclu3'endo alianzas con el Paraguay, dando sus 
órdenes directas a los caudillos populares, hablando 
a Buenos Aires como jefe de un estado amigo, los 
auxiliares de España se resistieron a cvunplir lo pac- 
tado a regañadientes; no sacaban sus tropas de la 
Banda Oriental; hostilizaban al gran caudillo, que 
a su vez los rechazaba. Bien se dieron cuenta desde 
entonces, los muy sagaces, que muy poco o nada 
obtendrían con ganarse a Buenos Aires, mientras 
aquel hombre permaneciese en pie. 

Ivos de Buenos Aires, por el contrario, aun abriga- 
ban esperanzas en la docilidad de Artigas; lo llamaban 
«nuestro general del Noriei>; le hacían saber la hostili- 
dad de Vigodet y la amenaza del portugués contra 
él; lo estimulaban a la acción oportima; lo reforzaban 
cuando, durante su marcha primeramente, y desde 
el Ayuí después, repelía al portugués, cruzaba el río 
en su busca, lo tenía a raj^a con sus formidables lan- 
ceros; concentraban en él, por fin, sus esperanzas y 
sus recursos. 

T. X.-«3 



322 i;a epopeya de artigas 

Vigodet, a su vez, se queja a Buenos Aires de esa 
su protección a Artigas; el general Souza, el portugués, 
reclama con insolencia de la actitud de aquél como vio- 
ladora del armisticio, y permanece en son de guerra en 
el Uruguay. Pero Buenos Aires, no sólo defendió los 
procederes del capitán oriental, sino que se dirigió al 
gobernador de Montevideo, exigiéndole que hiciera 
cumplir a su aliado portugués lo convenido; que lo 
obligara a retirarse del territorio. Vigodet, que, amén 
de su altivez española, ya contaba con mía conspira- 
ción que Alzaga, su compatriota, preparaba en Bue- 
nos Aires, y no desesperaba de que los tercios del Perú 
se abrieran paso hasta el Río de la Plata, contestó 
con injurias y hasta envió corsarios a la vista de la 
ciudad. Esto último fué comunicado a Artigas sin 
tardanza, como lo fué a Galván, gobernador de Co- 
rrientes, para que se precaviese de un ataque fluvial; 
pero Galván no procedió sin antes pedir instrucciones 
al general oriental, instrucciones directas, protestán- 
dole «que sus deseos no son otros que los del acierto 
y felicidad de nuestra presente y grande empresa, 
en cuyo honor, no lo dude V. S., sacrificaré gustoso 
la existencia?». 

No había, pues, tal armisticio. Artigas tuvo razón, 
toda la razón, al no aceptar aquellos insidiosos tra- 
tados, y al fundarse sólo en el pueblo y servirle de 
núcleo. 

Ése era el problema, la sola realidad. O se sigue 
adelante lo iniciado el 25 de mayo con la frente alta, 
o se vuelve atrás, pero de rodillas. 

España tenía que reconquistar su acervo andino, 
y, para recuperar el virreinato del Plata, debía seguir 
y siguió el camino trazado por sus descubridores 
para conquistarlo: salir del Perú, bajar del Norte, 



FRENTE A MONTEVIDEO 323 

por los contrafuertes de los Andes, a las llanuras ar- 
gentinas, cruzar éstas, y llegar a Buenos Aires, para 
reponer su virrey. 

Salir de Buenos Aires, trepar los Andes, y llegar 
a Ivima, era el camino contrario que tenía que hacer 
la patria americana. 

En esos choques está el núcleo de las insuperables 
glorias argentinas. I^a gran patria occidental se abri- 
rá camino hasta la sede del virreinato del Perú; tra- 
zará esa senda con un reguero de sangre de héroes. 
Ya habéis visto a sus ejércitos, después de la revolu- 
ción de Ala yo, luchar y vencer en Suipacha, allá en 
el borde del Alto Perú; los habéis visto después caer 
víctima de una traición en Huaqui. y dejar de nuevo 
abierto el camino hacia el Plata al invasor. Pero éste 
encontrará cerrada la senda en Tucumán (septiem- 
bre de 1812) y después en Salta (febrero de 1813), 
donde Belgrano, uno de los más amables corazones 
de América, dará a su patria plenitudes de gloria, 
y abrirá otra vez el paso a sus armas hacia el último 
baluarte andino. 

Es muy grande ese flujo y reflujo de la llanura ar- 
gentina, que va a escalar la cordillera, y choca en ella, 
y retrocede, y vuelve a chocar, haciendo espuma de 
sangre. Vilcapugio y Ayohuma (octubre y noviem- 
bre de 1813), allá en el Alto Perú, y Sipe-Si-pe des- 
pués (1815), serán rocas en que se deshará dos o 
tres veces más la onda de libertad, dejando penetrar 
de nuevo, hasta Jujuy y hasta Salta, el torrente es- 
pañol que baja de la montaña. lyOS caudillos argenti- 
nos, cuyo arquetipo es el formidable Martín Güemes, 
formarán entonces un baluarte de arena; gracias a 
ellos, el ejército español del Norte no llegará al Plata. 

Y lucirá la estrella de San Martín, austral estrella. 



324 I/A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Él desviará la marea ascendente de su cauce oblicuo 
hacia la meseta central del Perú, y la encauzará en 
línea perpendicular al eje de los Andes, que partirá 
con su espada. La espada de San Maitín y la cordi- 
llera reflejarán la Cruz del Sur sobre la tierra ame- 
ricana. 

Y por esa abra de nueva creación pasará el torrente 
a Chile, y caerá en Chacabuco (12 de febrero de 1817), 
e inundará a Santiago de libertad. 

Y allí se arrojará en el mar. Y, como los grandes 
ríos que adelantan en el océano sin confundirse con 
él, el aluvión chileno argentino, en el que irán muchos 
soldados orientales, de los que Enrique Martínez y 
Pagóla serán honra y prez, irá en el mar, y asaltará 
triunfante el último peñón del dominio español en la 
América emancipada. 



V 



No es posible, pues, volver atrás en este año 1812 
en que nos encontramos. Alea jacta est, como lo diji- 
mos al principio. Es una ilusión del miedo o de la 
falta de fe toda solución intermedia; Fernando VII 
no escucha ni perdona. Buenos Aires está por con 
vencerse de ello. Es fuerza continuar la heroica em- 
presa iniciada el 25 de mayo de 1810, y que ahora 
exige, quieras que no, sin pérdida de momento, dos 
cosas bien claras: oponer una valla al ejército espa- 
ñol que viene del Norte, de los Andes, en busca de 
su junción con el de Montevideo ahado al portugués; 
salirle al encuentro, si es posible. Pero, sobre todo, 
es preciso disponerse a esperarlo en el Río de la Plata, 
en Buenos Aires, si, como todos lo presumen, no es 



FRENTE A MONTEVIDEO 325 

posible entorj^ecer su avance. España \iene a cas- 
tigar. 

Para lo primeio, para la expedición al Norte, no 
se ve más hombre que Belgrano, pese a su carácter 
civil y a sus reveses. Se le confía, por tanto, el ejército 
que Balcarce ha dejado vencido en Huaqui, y cuyos 
restos, a las órdenes de Pueyrredón, son perseguidos 
por el general Tristán, sucesor de Goyeneche. Pero 
lo esencial en ese momento es lo segundo: la espera, 
a pie firme, del implacable invasor, por si Belgrano no 
lo detiene, como lo presumen todos. Para ello es pre- 
ciso recurrir al levantamiento en masa del pueblo, 
de todo el pueblo rioplatense; es menester un militar; 
pero sobre todo un hombre, un prestigio, un caudillo 
popular inteligente. Y todo el mundo está perfecta- 
mente convencido de que no hay más que uno, uno 
solo, en el Río de la Plata: el vencedor de Las Piedras, 
Artigas, el que está con su pueblo en el Ayuí. San 
Martín y Alvear, recién llegados de Europa, son ex- 
traños al pueblo, y se ocupan en preparar la revo- 
lución, que pronto estallará; Castelli, Balcarce, Puey- 
rredón, no son más conocidos de las masas que los 
recién llegados, y vienen del Norte envueltos en el 
desastre; Belgrano, que ha ido a recoger los restos 
del ejército vencido, escribe de allá tales cosas sobre 
el odio que inspira a las provincias todo lo que huele 
a fotteño. y tales sobre el estado de desorden y des- 
aliento de aquellos hombres y soldados, que no quiero 
leeros lo que escribe, porque hace sangrar el corazón. 
Es ésta la hora angustiosa y suprema de que nos 
habla Sarmiento cuando nos dice que, si los españoles 
rompen la valla del Norte, nuestro Bolívar hubiera sido 
Artigas. Y es indudable que entonces nadie ponía 
en duda que la valla sería rota; nadie soñaba en el 



326 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

espléndido triunfo que la abnegación milagrosa de 
Belgrano va a obtener el 24 de septiembre de ese 
año doce en Tucumán, contra las instrucciones de 
Buenos Aires, que piensa, ante todo, en defen- 
derse. 

El gobierno pone, pues, toda su esperanza en Arti- 
gas, en «su ge-neral del Norte», como le llama entonces, 
siquiera sea mientras no concluye los arreglos que tiene 
pendientes; en él concentra sus recursos, y estimula a 
los pueblos todos, al Paragua_v especialmente, a seguir 
su ejemplo, a auxiliar a Artigas con todo cuanto ten- 
gan. Artigas es el vencedor de Las Piedras, y, sobre 
todo, es la garantía, que todos los pueblos aceptan, de 
que lucharán por su propia libertad. Él no tiene, por 
otra parte, el odio al porteño que ha visto Belgrano 
en las provincias del Norte; el pueblo porteño le es 
tan caro como los demás. 

Pero no son sólo los pueblos los que creen en él; 
el triunvirato, formado por Chiclana, Sarratea y 
Rivadavia, escribe al capitán oriental, el 2 de enero 
de 1812, una carta llena de luz. Después de mani- 
festarle el temor de que el español de Montevideo, 
con infracción de los tratados de Octubre, renueve 
las hostilidades e impida los trabajos que se están 
haciendo para enviar auxilios al ejército que aquél 
conduce, le dice: «El Gobierno está satisfecho de los 
conocimientos, actividad y celo de V. S. por la causa 
de la patria, y nada tiene que recomendarle, comuni- 
cándole solamente estas ideas para que, en presencia 
de ellas, combine el acierto de sus disposiciones, bien 
en cuanto al paraje en que haya de fijar su cuartel 
general, que deja a su arbitrio, bien en cuanto a lo 
demás correspondiente a su alta comisión, dando 
cuenta, con la posible brevedad, del plan que adopte 



FRENTE A MONTEVIDEO 327 

sobre el particular, para el debido conocimiento de 
esta superioridad». 

Artigas está perfectamente penetrado de su alta 
misión; la siente en su conciencia; reconoce, por otra 
parte, lo necesario de una superioridad central, núcleo 
de vida y de acción. En cuanto al plan de campaña 
que se le pide, no necesita tampoco inventarlo; lo 
tiene escrito en su pensamiento como una obsesión, 
y lo transmite sin tardanza, el 15 de febrero, al triun- 
virato. Está fechado en el Salto Chico, y parece es- 
crito sobre el arzón, sin apearse del caballo. Conocedlo, 
amigos; es el mismo que realizará más tarde: la sal- 
vación de Roma en Cartago, como le llamará ^ütre. 

«Ante todo, dice Artigas al gobierno, es preciso 
obrar sin tardanza; <(todo parece gritamos que ya es 
tiempo». Debo moverme inmediatamente, para lla- 
mar primero sobre mí la atención del español y des- 
viarlo de sus proyectos contra Buenos Aires; pero 
tengo, al mismo tiempo, que distraer a su aliado el 
portugués, y, con ese objeto, invadiré antes de quince 
días el territorio de éste, el de las Misiones Orientales, 
que él nos detenta; ocuparé todos sus pueblos; levan- 
taré en masa contra él todos sus habitantes. Comen- 
zaré por apoderarme de las dos márgenes del río 
Umguay; sin éste, nada pueden los portugueses en 
la Banda Oriental; con él, por parte de ellos, nimca 
podrán ser sino muy limitados nuestros proyectos. 
Con la conquista de las Misiones quitaremos al por- 
tugués, por otra parte, para siempre, la esperanza 
de poseer el Paraguay, cuyo concurso estoy pidiendo 
premiosamente, y espero conseguir entusiasta.» 

«I/)s portugueses, agrega, tienen hoy el grueso de 
sus fuerzas en Maldonado, allá en el Sur; mi invasión 
al Norte los pondrá en un conflicto: o abandonan 



328 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

nuestro territorio para acudir a mi ataque, o me 
esperan en Maldonado. Juzgo que optarán por lo 
primero, «por ser más natural acudir a aquella nece- 
sidad, y no mantenerse en territorio ajeno mientras 
los enemigos hacen la guerra en el propio». Pero si 
me esperan en Maldonado (y yo los buscaré allí no 
bien deje guarnecidas las Misiones con fuerzas para- 
guayas), todas las probabilidades son nuestras, pues 
allí, en mi tierra, contando como cuento con toda la 
población, y con el contingente que de Buenos Aires 
se me remita, no hay una sola presunción a favor del 
enemigo.» 

«Y marcharé luego sobre Montevideo, dice el gran 
caudillo, que abrirá sus puertas, y no será menester 
la sangre para levantar en medio el pabellón sagrado.» 

«Tal es el proyecto, termina, que presento a V. E.; 
no hallo en él la menor dificultad, según mis conoci- 
mientos de la campaña y de la táctica particular a 
que sus diferentes situaciones obligan.» 

Pero hay en ese plan, que os expongo en extracto, 
algo que denuncia todo el pensamiento de aqiiel ilu- 
minado, amigos artistas. Ese general del Norte no 
cree que la misión que acepta del triunvirato, pero 
que tiene más alto origen, se limite a defender el Río 
de la Plata; él se siente, y se sentirá siempre, liberta- 
dor de América; Montevideo, en su visión, es sólo 
un jalón de su jomada heroica, que termina en el 
Perú. 

Para iniciar su plan sin tardanza. Artigas se dirige 
al gobierno del Paraguay, con el que ha estado y está 
en asidua correspondencia, y del que recibe apasiona- 
das adhesiones; le pide por todo concurso la guarni- 
ción que necesita para conservar las Misiones, una 
vez que las conquiste, y lanzarse con todos sus ele- 



FRENTE A MONTEVIDEO 329 

mentos sobre el portugués y el español, dondequiera 
que se encuentren; le transmite el plan que se ha 
trazado y que ha comunicado a Buenos Aires; le pide 
«sólo 500 hombres, para ayudar a la toma de los 
pueblos de Misiones, primer objeto de mi plan»; le 
despierta, con frases vibrantes, la idea de la patria 
común, la de solidaridad de todos los pueblos ameri- 
canos, la de lo inútil que sería pensar en la defensa 
aislada del Paraguay contra su natural enemigo, el 
portugués, y lo indispensable de la unión. Y, con ese 
motivo, escribe en esa su memorable nota: 

«No lo dude V. S.; éste es el último esfuerzo de la 
América del Sur; aquí se va a fijar su destino... Con 
desprenderse V. S. de 500 hombres sólo hasta las 
Misiones, éstos quedarán allí de guarnición, según mi 
plan, y yo entonces no me veré en la necesidad de 
desprenderme de otra tanta fuerza, y podré marchar 
con la bastante sobre Montevideo y sobre el grueso 
del ejército portugués.» 

Y agrega, por íin, para decidir al Paraguay a la 
acción abnegada y solidaria: 

«Yo sé muy bien que la señal de ataque que yo dé 
es la última que va a oirse en obsequio de la libertad. 
¡Momento terrible, pero muy glorioso, señor, si lo 
asegurarnos! ¡Cómo doblarán las rodillas los déspotas! 
¡Qué grado de grandeza no tomarán nuestras armas, 
fara arrancar, con otro solo golpe, la cadena que man- 
tienen los opresores del Perúh 

Esa nota, amigos míos, aere perennius, en la que 
Veis la obra futura de San Martín y la de Bolívar 
proyectadas en el ensueño de Artigas, esa nota es 
de 13 de abril de 1812. No me sorprendería si me 
dijerais que Artigas se os aparece aquí como un alu- 
cinado; pero cuando conozcáis la carta que escribirá 



330 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

a Güemes, en 1816, prometiéndole su apoyo, allá 
en el Norte, no bien se desembarace del portugués 
en el Sur; cuando, no sólo sin el apoyo de Buenos 
Aires y el Paraguay, sino con ambos en contra, realice 
el plan que ahora propone, y sólo sea vencido por la 
alianza de sus propios hermanos con el extranjero, 
entonces os convenceréis de que ese loco sublime es 
algo más que un loco. No en balde lo entrevio Sar- 
miento, el otro loco. ¿Conocía Sarmiento estos docu- 
mentos cuando dijo lo que dijo sobre Artigas? ¿IvOS 
conocía Mitre cuando afirmaba primero no ver en 
éste sino germen de anarquía, y un enigma después? 

Pero no podía ser; frente a la persona de Artigas, 
que es abnegación y fe, está la otra colectiva que 
hemos estudiado, y que es duda, vacilación, y será, 
por fin, apostasía. Nada la caracteriza mejor que su 
severo gesto para con Belgrano en esos momentos 
precisamente. Es del 10 de febrero de ese año 1812. 
Belgrano, antes de ser enviado al Alto Perú, es encar- 
gado de guarnecer la costa del río Paraná, amenazada 
siempre de las expediciones navales de Montevideo; 
y, sintiendo allí vm momento el espíritu de Artigas, 
tiene, también él, una convulsión de locura; la única 
tal vez de su virtuosa vida: enarbola, en la fortaleza 
del Rosario, una bandera azul y blanca, la actual 
argentina, en substitución de la española, y la hace 
aclamar por sus tropas. El gobierno desautoriza y 
reprueba tal actitud, que cahfica de precipitada e 
imprudente, y le remite, con serios apercibim.ientos, 
la bandera que debe enarbolar: el oriflama español. 

Nada sería eso, amigos artistas, si fuera sólo un 
medio de ocultar firmes y recónditas intenciones; pero 
si éstas existen realmente, que no lo creo, están allí 
prendidas con alfileres. Si queréis, para convenceros 



FRENTE A MONTEVIDEO 331 

de ello, adelantar algo en el conocimiento de los 
hechos, leamos esta carta, una entre mil, que escribe 
don Nicolás Herrera, que, con Rivadavia, es allí el 
hombre representativo, al general Rondeau, en 1817. 
<iHe sido republicano mientras creí qiie la América -podía 
y debía defender su independencia; dejé de serlo desde 
que conocí la inutilidad de sus conatos... Sí, amigo, 
la América no puede gobernarse por sí misma; le 
falta edad y madurez, y jamás estará tranquila mien- 
tras no tenga al frente personas que impongan a los 
pueblos por la majestad del trono». En esa virtud, 
aconseja que se capitule con Pezuela, o que se nego- 
cie sin tardanza una composición con el gobierno 
español; que se vuelva a Femando VII. Esa es la 
verdad que está en la conciencia de aquellos hombres: 
independencia es república; pero la república es impo- 
sible. Por eso es imposible Artigas. Rivadavia, a su 
vez, el Rivadavia que en estos momentos colgará al 
español Alzaga de la horca, escribirá también al ver 
que el Congreso de Tucumán vacila en sus resolucio- 
nes: «Nunca pensé que el Congreso demorara tanto 
en pronunciar sobre la forma de gobierno». Y acon- 
seja, como Herrera, la monarquía, la vuelta hacia 
atrás, dada la ineptitud del pueblo americano para 
la vida. 

¿Y qué decir de Alvear, que, después de ser Director 
Supremo, acude, una vez caído, al representante espa- 
ñol en Río Janeiro, se pone a su servicio para restau- 
rar el trono en América, 3'' pide, en cambio, ser de 
nuevo acogido con indulgencia por el rey? 

Aquel Artigas, pues, cualesquiera que sean sus con- 
diciones militares o de prestigio, no sirve para el caso; 
Buenos Aires se ha equivocado al juzgar que es un 
Belgrano. Si llega a enarbolar una bandera, no la 



332 hA EPOPEYA DE ARTIGAS 

substituirá por otra, y es preciso que no enarbole 
tal bandera. ¿Qué se hará de él si efectivamente 
triunfa en el campo? ¿Qué de aquellos pueblos ven- 
cedores a sus órdenes.'' La destrucción de Artigas 
y de su pueblo fué, pues, allí decretada, más aun 
que por los hombres por la fuerza de las cosas. 

Una nueva circunstancia vino entonces a vigorizar 
el plan militar del general del Norte, pero también 
el político de sus émulos. España se ha dado cuenta 
de las miras de Portugal al invadir el territorio de 
su colonia, y ha acudido a Inglaterra. Interviene en- 
tonces de nuevo lord Strangford, el agente diplomá- 
tico en Río, e incita al príncipe regente portugués a 
retirarse de veras de la Banda Oriental. Y así se hizo: 
un embajador de don Juan VI, Rademaker, fué en- 
viado a Buenos Aires; la misma noche de su llegada, 
en mayo de 1812, concluyó con don Nicolás Herrera, 
secretario de gobierno, un armisticio, según el cual 
el aliado de España se separa de la contienda, y se 
va a su casa en buenos términos con Buenos Aires. 

I/)S portugueses se han retirado, pues, para mejor 
ocasión. Sólo el español queda de enemigo en la 
Banda Oriental del Uruguay, tras los muros de Mon- 
tevideo; es, por lo tanto, el caso de que Artigas y los 
orientales, con el auxilio de sus hermanos, vayan en 
busca de su capital. 

Pero he aquí que todo ha cambiado, como no podía 
menos. Artigas, que ha dejado de ser persona grata 
a la I/Ogia I^aütaro, es separado por Buenos Aires del 
mando del ejército, y debe entregar sus fuerzas, todas 
ellas, a su sucesor enviado de la capital. Éste, el nuevo 
general, se presenta de sorpresa en el Aj-uí, y diciendo 
que sólo llega a arreglar con Artigas la ejecución del 



FRENTE A MONTEVIDEO 333 

plan de éste. Va con el carácter de representante de 
la Junta, y con estrictas instrucciones, en junio de 
1 812. El ceño sombrío que advirtió Vedia al hablar 
de las buenas disposiciones de Artigas se ha clavado 
en éste directamente. 

Pero ¿quién es ese nuevo general que ha aparecido 
en la capital para substituir con ventaja al vencedor 
de I/as Piedras, y disponer de su ejército, del oriental 
inclusive? ¿Qué plan ha concebido en substitución 
del de Artigas? 

Bl nuevo general no es tal general, ni cosa que se 
le parezca, amigos míos; es don Manuel de Sarratea, 
presidente de turno del triunvirato, persona civil, 
y la más menospreciada acaso por sus propios con- 
ciudadanos entre las malas personas de nuestra his- 
toria. Es el mismo, sin embargo, que, con Chiclana 
y Rivadavia, firmaba, hace dos meses, las notas a 
Artigas, las encomiásticas que acabamos de leer. Ya 
lo conoceremos ampliamente. 

En cuanto al plan que lleva, en substitución del 
recibido de Artigas, se limita a proyectar un nuevo 
sitio de Montevideo, pero... sin Artigas, sin el pueblo 
oriental, que debe dejarse abandonado en el Ayuí 
sin recursos, indefenso si es posible. Montevideo debe 
ser expugnado por Buenos Aires y para Buenos Aires, 
que se reserva las prudentes soluciones que los suce- 
sos impongan, que Artigas no aceptará, y que se 
están ya preparando. 

liSL amarga sorpresa que esa aparición del nuevo 
general causa en Artigas y en su pueblo está coJi- 
signada en la nota de aquél al gobierno, pero sobre 
todo en sus copiosas comunicaciones al del Paraguay; 
todas ellas destilan amargura y tristeza; no despecho, 
ni rencor, ni mala voluntad. Artigas se resigna; no 



334 ^^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

quiere sacrificar la causa de la patria común a sus 
resentimientos; quiere hacerse perdonar el delito de 
ser amado de los pueblos y de ser creído. ¿Será real- 
mente su deber heroico para con la América el ani- 
quilarse para siempre, y el entregar esos pueblos, el 
suyo inclusive, al arbitrio de quien predomine en 
Buenos Aires, Alvear, Pueyrredón, Herrera, Riva- 
davia? 

Y aquel hombre meditó en su corazón. 

Bn el nuestro debemos meditar nosotros hoy, her- 
manos artistas, si la historia ha de ser algo más que 
un cuento de niños. Es indudable que si Artigas se 
hubiera retirado de la escena en ese momento, la 
historia de América hubiera sido muy otra de lo que 
es. Esa su destitución oficial frente al enemigo, y 
cuando sueña en planes de gloria, tiene su analogía 
con la de Belgrano, que hemos visto, y con las que 
veremos de Rondeau y de San Martín y de varios 
otros; pero sólo analogía accidental. I^as destitucio- 
nes de San Martín, Rondeau, etc., serán sólo conse- 
cuencias del predominio del bando político A o B, 
fruto de las querellas y ambiciones del grupo a que 
ellos mismos pertenecen; pero ésta de Artigas es otra 
cosa. Artigas no forma parte de la oligarquía de Bue- 
nos Aires; su separación por ésta del mando del ejér- 
cito, del oriental inclusive, es el primer choque de 
dos genios o espíritus antagónicos. Genio infernal será 
llamado Artigas en Buenos Aires. Veamos, pues, las 
manifestaciones del otro, del angélico, de que es con- 
ductor el nuevo general Sarratea. 

Llegó éste al Ayuí, según dijimos, como capitán 
general de la Banda Oriental y representante del 
triunvirato. Con ese carácter, más o menos, había 
procedido Castelli a fusilar a Liniers y a los prisione- 



FRENTE A MONTEVIDEO 335 

ros de Suipaclia. Eran algo así como aquellos delegados 
de los directorios de la revolución francesa en los ejér- 
citos. Y bien recordaréis lo que de ellos decían los sol- 
dados de Bonaparte en las conversaciones del vivac. 
«Aquella gente de París, decían, no se entiende; es 
preciso que les pongamos allá a nuestro petit caporal.i> 
Y allá lo pusieron, efectivamente, como sabéis; lo lle- 
varon a París. 

También aquí va a repetirse ese cuento, siempre 
nuevo y siempre viejo: el del tirano engendrado por 
la anarquía. Pero el pttii caporal que está incubando 
la anarquía de Buenos Aires no ha nacido en Monte- 
video; no es Artigas, ciertamente. Éste no aspira a 
ser caporal en el estado de Buenos Aires, ni en estado 
alguno; pero quiere ser jefe del Oriental, porque así 
lo quiere su pueblo. Es lo único que exige; sólo pide 
que se respete en él lo que él respeta en los demás: 
el destino de su patria, cuya misión conoce. 

Pero eso es precisamente, eso sobre todo, lo que 
viene a arrebatarle Sarratea: sn carácter de jefe de 
los Orientales, de representante de un pueblo con 
misión propia. O sometido en absoluto, o enemigo; 
enemigo será mejor. 

Triste problema es éste, que no han querido mirar 
de frente los que han pretendido resolverlo con lla- 
mar anarquía, caudillaje, barbarie, la obra de Arti- 
gas, y orden, patriotismo, civilización, la del áulico 
caudillaje de la comuna de Buenos Aires. No me pa- 
rece necesario, amigos míos, analizar el desarrollo 
de ese proceso psicológico, desde el ceño sombrío 
con que se reciben los buenos informes sobre el jefe 
d3 los Orientales y su pueblo, hasta el momento en 
que Artigas recoge con pena, cuando 3'a no puede 
menos, el guante que se le arroja, para erigirse en 



336 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

solo caudillo de la revolución de Mayo; pero es indis- 
pensable que nos detengamos en ello un momento, 
por más que 5'a lo estudiamos al principio. 

Bn el infierno político de Buenos Aires se han 
esgrimido contra el héroe, para acordar su ruina, 
una mentira y una verdad: era una mentira que él 
pretendiera desconocer al gobierno central y arre- 
batarle la obediencia de los pueblos fanatizados por 
su enorme prestigio; pero era una verdad, toda la 
verdad, que, si bien quería ese gobierno como núcleo 
de unión y de armonía, no se consideraba ni estaba 
dispuesto a considerarse un simple general de sus 
ejércitos, obligado, como tal, a poner en manos de 
quien en Buenos Aires predominara, los destinos de 
los pueblos que en él confiaban, del propio sobre 
todo. Lo hubiera juzgado un crimen; todo lo noble 
que había en su alma se rebelaba ante esa idea de la 
sumisión incondicional a resoluciones secretas. 

Y no ocultaba su pensamiento, por cierto; era éste 
tan claro antes como después de ser reconocido como 
anuestro general del Norte». Su actitud ante los trata- 
dos de Octubre; su emigración con el pueblo; su plan 
genial de campaña, todo demostraba a aquellos polí- 
ticos que ninguno de ellos podía contar con aquel 
hombre, como simple instrumento. Pero nada alar- 
maba más al triimvirato que el visible significado 
de las relaciones que Artigas cultivaba con el Para- 
guay, y que él mismo comunicaba a Buenos Aires 
como la cosa más natural del mundo. Buenos Aires 
había tratado, efectivamente, con el Paraguay, según 
sabéis, después de las derrotas de Belgrano, y le 
había reconocido su carácter de estado independiente 
aliado o confederado; pero eso era insincero y falaz; 
la oligarquía de Buenos Aires no puede creer en esa 



FREXTE A MOXTEVIDEO 337 

personalidad del Paragua}-, ni en la de ningún otro 
pueblo de su \irreinato; aun los destinos de Chile y 
el Perú serán objeto de sus gestiones en Europa. 

Pero Artigas, sí; él cree sinceramente en la sobe- 
ranía del Paraguay* como en la de Chile o el Perú; 
cultiva con el gobierno paraguaj-o una corresponden- 
cia copiosa y apasionada, en la que lo estimula a la 
unión y al esfuerzo común, como hemos dicho; lo 
incita a reconocer y secundar las iniciativas de la 
capital; le transmite, como a Buenos Aires, su pen- 
samiento, su plan de campaña. El Paraguay, a su 
vez, de acuerdo en un todo con él, lo aclama como 
el hombre predestinado, le envía para su pueblo del 
Ayuí los recursos de que puede disponer: mandioca, 
hierba mate, tabaco, protestas de admiración y de 
amor sobre todo. El capitán Laguardia, que es su 
agente confidencial y conductor de todo, informa a 
su gobierno de cómo ha sido recibido, y se manifiesta 
.apasionado por Artigas, «que es todo un ¡Daraguayo», 
según dice. «Fué tan general, agrega, la complacencia 
del ejército con la unión del Paraguay, y el general tan 
obsequioso y adicto a la provincia, que me tributó los 
inaj'ores honores, que 3^0 no merecía. A distancia de 
diez leguas del campamento mandó tres capitanes y 
a su secretario a recibirme y a acompañarme: a dos 
leguas, el ma3-or general y tres tenientes coroneles; 
y luego, el general con todo el Estado Mayor y la 
música, a distancia de dos cuadras, a pie, recibién- 
dome con un abrazo al encontrarnos.» 

El ceño adusto de Buenos Aires se frunce cada vez 
más ante tales espectáculos, por más que los respetos 
<ie que es objeto por parte del capitán oriental son tan 
rendidos como sinceros. Sarratea, presidente a la 
sazón del triunvirato, se dirige al gobierno del Pa- 

T. i.-a4 



338 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

raguay y le dice: «I^a generosidad con que V. S. ha 
auxiliado a nuestro ejército del Norte, que tan acerta- 
damente dirige el general don José Artigas, ocupa nues- 
tra gratitud; pero...» El triunvirato prescribe que las 
comunicaciones sean directas con el gobierno central, 
no con el general Artigas, «a fin de no dar pábulo a 
la intriga y a la mordacidad». El gobierno paraguayo 
contesta diciendo que, en adelante, se evitarán tales 
comisiones; pero un nuevo emisario, don Marín Ba- 
zán, fué enviado a Artigas, y el triunvirato, después 
de secuestrarlo y registrarlo, reprochó su envío a 
aquel gobierno con dureza. 

Y he aquí que el gran problema, tuétano de toda 
nuestra historia, se presenta en busca de un hom- 
bre capaz de darse cuenta de él. El gobierno del Pa- 
raguay contesta al central «que él ejerce un derecho 
al enviar sus misiones a Artigas, pues una provincia 
libre e independiente (y tal ha sido reconocida la del 
Paraguay en pactos solemnes) puede hacer alianzas 
y concluir tratados, sin estar obligada a dar cuenta 
a nadie de sus operaciones y pactos con otras alia- 
das; que ningún pueblo tiene el derecho de mezclarse 
en el gobierno de otro, pues sería hacer injusticia a 
su independencia el ingerirse a ser juez de su admi- 
nistración». 

No había nacido, desgraciadamente, en la capital 
de nuestro virreinato, el hombre capaz de proponerse» 
cuanto y más de resolver, el tal problema: el de bus- 
car la resultante de aquellas fuerzas sociológicas esen- 
ciales en desequilibrio. Ése hubiera reconocido en 
Artigas, si realmente se pensaba en la construcción 
de una nación nueva, el nexo entre el corazón y la 
cabeza embrionarios de aquel organismo, y procu- 
rado incorporarlo, cuando menos, al ente colectivo 



FRENTE A MONTEVIDEO 330 

del que, a falta de un héroe personal, se creía poder 
formar un núcleo de unidad, de continuidad, de vida 
orgánica. 

Pero, no: no era sobre el procedimiento de realizar 
un propósito común sobre lo que versaba el antago- 
nismo entre Buenos Aires y Artigas; era sobre el pro- 
pósito mismo. 1/3. oHgarqm'a no quiere la federación, 
porque la célula de que ha de formarse el organismo 
que concibe no es el pueblo. Si ha reconocido, en sus 
tratados con el Paraguay, la persona federativa de 
éste, lo ha hecho sólo para salir de un paso difícil 
y habihtarse para mejor aniquilarla. iVrtigas, por el 
contrario, cree en el pueblo; no cree en otra cosa; 
quiere incorporar a él, como una levadura, el con- 
curso de los pensadores y letrados; pero como una 
levadura, no como un reactivo. 

En cuanto al Paraguay, allí sí que había naci- 
do un hombre; pero era don Gaspar Rodríguez de 
Fraocia. 

Fué un bien triste momento, os lo aseguro, aquel 
en que el triunvirato, en la alternativa de reconocer 
o aniquilar al hombre sincero y fuerte, al héroe, optó 
por lo segundo: por aniquilar a Artigas, decapitando 
al pueblo. Así lo hizo: envió a Sarratea con tal objeto. 
Vamos, pues, a ver cómo procede el nue\*o capitán 
general para llenar su deplorable comisión. 

Bl plan de Sarratea es el siguiente: destruir el poder 
militar de Artigas, diluyendo su ejército oriental en 
el que aquél lleva de Buenos Aires; marchar con éste 
a poner sitio a Montevideo, dejando en el Ayuí al 
pueblo expatriado, sin recursos de vida ni de locomo- 
ción, con los pocos restos de ejército que puedan 
permanecer fieles al caudillo, y que suponen serán 
insignificantes; aquel pueblo acabaría por morir de 



34° ^^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

inanición. Se restablecería así el asedio interrumpido 
por los tratados de Octubre; pero como un medio de 
renovar éstos con más eficacia que la primera vez; 
sin el obstáculo de Artigas y de su irreductible pue- 
blo. Era preciso tomar la capital oriental; pero no 
para los orientales, ni siquiera para América, sino 
para Buenos Aires, y en apoyo de los planes de su 
logia. 

Iva actitud de Artigas ante lo que la historia ha 
llamado «las intrigas del Ayuí», fué de una serenidad 
de esfinge. Bien sabía, cuando llegó Sarratea, que el 
nuevo general no era su amigo, pues sus agentes en 
Buenos Aires, cuyas cartas hoy poseemos, lo tenían 
al corriente de lo que allí pasaba, sin excluir infor- 
marlo del partido de que gozaba en el mismo pueblo 
de Buenos Aires, y de los conatos de revolución que 
en su favor se sentían en aquel pueblo, y que serán 
dominados a fuerza de engaños sobre sus ideas e 
intenciones. Pero Artigas jamás creyó que entre las 
de su enemigo estuviera también la de atentar contra 
su vida, lo que confirmó muy pronto. El jefe de los 
Orientales reconoció, pues, e hizo reconocer por su 
ejército al nuevo general, y esperó sus órdenes. «Yo 
pude, escribe después al gobierno central y también 
al del Paraguay, yo pude, cuando todos me obedecían 
en el Ayuí, rechazar a Sarratea; pero no lo hice, en 
obsequio de la causa de América. Sólo exigí entonces 
que se me dejase al frente de mi pueblo y de mi ejér- 
cito; sólo eso.» 

Muy pronto los hechos denunciaron a Artigas el 
peHgro, y le marcaron su deber con claridad. No era 
el sitio de Montevideo lo que más preocupaba al 
nuevo general. Acampado en el Arroyo de la China, 
pasaba los días y las noches en fiestas y diversiones 



FRENTE A MONTEVIDEO 34I 

que contrastaban con las penurias del pueblo del 
Ayuí; pese a las reclamaciones de Artigas y a las 
propias instrucciones, no enviaba a éste socorro algu- 
no; aquel pueblo, abandonado expresamente, se moría 
de miseria. Son conmovedoras las palabras con que 
Artigas habla de eso al Paraguay. «El hambre, le dice, 
la desnudez, todos los males juntos han vuelto a 
señalar nuestros días mezclando las lágrimas en nues- 
tro alimento, al sentir el peso de la ingratitud de los 
hombres. Nuestros afanes, pérdidas y sangre compra- 
ron la tranquilidad de todos; nuestras familias han 
perecido en la miseria o recibido el decreto de orfan- 
dad... Hemos visto ya los frutos, y dado a nuestra 
historia ese período admirable, que debe estremecer 
a la posteridad más remota.» 

Pero si no llegaban socorros, llegaban, en cambio, 
al Ayuí las dádivas muníficas de Sarratea a los jefes 
militares que juzgaba predispuestos a la apostasía. 
«A fuerza de oro, dice Mitre, anarquizó el ejército de 
Artigas.» Sí, es verdad; veréis a éste llorar más ade- 
lante, cuando recuerde esas traiciones de sus amigos, 
de Vázquez especialmente: lo abandonaron entonces 
varios de sus capitanes: Valdenegro, ese Ventura Váz- 
quez, que se fué con el magnífico escuadrón de blan- 
dengues confiado a su lealtad; Baltavargas, Viera, el 
que estuvo en el Grito de Asensio, y que pronto mo- 
rirá en las filas españolas luchando contra la patria 
en la batalla de Salta, y que se llevó 800 hombres... 
Vanas fueron las reclamaciones de Artigas; Sarra- 
tea se reía de sus iras grandemente. Más que de éstas, 
estaba preocupado de la política interna de Buenos 
Aires, en que se incubaba la revolución o motín acau- 
dillado por San Martín y Alvear; pensó en volver, 
con ese motivo, a la capital; pero estallado el motín, 



342 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

en octubre de ese año, en que caen Rivadavia y Puey- 

rredón, declarados ^'dos monstruos políticos, reos de 
la patria por haber atentado contra la libertad y 
aspirado a la tiranía y a renovar sin pudor la más 
vil y criminal facción», y dueño de la situación el 
joven Alvear, Sarratea, grande amigo de éste, creyó 
que el momento de reanudar el sitio de Montevideo 
haliía llegado, pues Artigas quedaba destruido. Envió 
entonces su vanguardia, al mando de Rondeau, a 
establecer el sitio, y detrás se puso él mismo en mo- 
vimiento con el ejército. 

Pero Sarratea se equivocaba cuando creía que Ar- 
tigas estaba aniquilado para siempre; se equivocaba 
de medio a medio. El gran caudillo ha quedado en 
pie, y en torno suyo están sus fieles, sus escogidos: 
Rivera, I^avalleja, Manuel Francisco Artigas, Blas 
Basualdo. Y también Otorgues. Y el pueblo todo, el 
sacrificado Pueblo Oriental, lo mira y lo aclama a 
gritos, como si hubiera perdido la razón. Y sigue 
tras él, en busca de la patria. 

Sarratea ha pensado en cumplir hasta el extremo 
sus instrucciones: apoderarse de Artigas, 3^ si eso no 
fuera posible, matarlo; veréis más tarde cómo insinúa 
a Otorgues la misión de ejecutor de las sangrientas 
justicias de Buenos Aires. ¡Matar a Artigas! Ni siquiera 
se atrevieron. Tenían más miedo de matarlo que él 
de morir. Ello supo todo; devolvió entonces a Sarra- 
tea, con un altivo oficio, los despachos de coronel 
que había recibido de Buenos Aires, y, con sólo el 
otro carácter, el de Jefe de los Orientales, emprendió 
el regreso a la patria, con todo su pueblo, detrás de 
sit enemigo. 

Es un espléndido regreso, por cierto, ese del Pueblo 
Oriental después de su expatriación, detrás del ejér- 



FRENTE A MONTEVIDEO 343 

cito de Sarratea. Aquellos hombres y mujeres no se 
acordaban de que eran mortales mientras veían a 
Artigas con ellos; no se acordaban de que eran mor- 
tales, aunque muchos de ellos parecían muertos. Que 
si penosa fué la ida, la vuelta no le fué en zaga: los 
mismos sacrificios, pero también la misma resolución 
heroica. I^a selva con sus raíces se ha puesto, pueá, 
de nuevo, en movimiento a la luz de las estrellas po- 
lares. Artigas, envuelto en su nube, camina, al paso 
de FU caballo, al frente de su multitud; tiene fija la 
mirada interna en su pensamiento, y sus ojos en las 
retaguardias del ejército de Sarratea que va delante 
del suyo, y al que alcanzan sus extremas vanguar- 
dias de lanceros. 

I/a de Sarratea, al mando de Rondeau, como hemos 
dicho, llega, por fin, a Montevideo; acampa frente 
a las murallas, en el Cerriío; detrás va Sarratea, con 
su ejército y su corte, Valdenegro, Viana, Cavia, 
Figueredo, el coronel Viera, Vázquez. Y detrás, por 
fin, siguiéndole los pasos, va caminando Artigas lenta- 
mente, como una nube o un remordimiento que true- 
na. Acampa Sarratea en el camino, y en el camino 
acampa Artigas; reemprende aquél la marcha, y tras 
él se sienten los pasos del otro; llega el primero al 
Cerriio, donde lo espera Rondeau, y allí cerca, en 
Santa I^ucía, se oyen los clarines orientales que tocan 
atención, y los caballos que piafan, y la voz de Arti- 
gas que ordena. 

Sarratea comienza a creer que se ha equivocado. 
Artigas no está muerto. Cinco mil soldados orientales 
esperan la voz de su corneta de órdenes. 

Y el Pueblo Oriental está vivo también. 



344 ^A. EPOPEYA DE ARTIGAS 



VI 



Rondeau llegó al Cerrito. frente a Montevideo, el 
20 de octubre de 1812, y allí encontró ya a Culta, 
uno de los caudillos de Artigas, que, con un puñado 
de gauchos, lo asediaba desde el 1.° de junio. Ron- 
deau, reconociendo los servicios de Culta, lo promovió 
al grado de capitán. 

Y allí se libró inmediatamente, dos meses después, 
la segunda gran batalla del Río de la Plata, la del 
Cerrito. hermana de la de Las Piedras, una esplén- 
dida batalla, por cierto. 

Es preciso que hablemos un rato de ese combate del 
Cerrito, con que se inicia el segundo sitio de Monte- 
video, antes de la llegada de Sarratea. 

Iba a decir, amigos artistas, que lo que allí triunfó 
fué la ausencia de Artigas. Pero, no: allí triunfó Ron- 
deau; suya es la gloria. jEl bravo Rondeau, el buen 
Rondeau! Era casi un grande hombre; en el Cerrito 
fué un gran capitán, un valeroso soldado de la patria. 

I/js españoles, sitiados por segunda vez, notaron 
la ausencia de Artigas entre los sitiadores. Rondeau 
estaba solo, y lo creían escaso de elementos. Lo supo- 
nían también, y no sin fundamento, desprevenido, 
en la noche del 30 de diciembre de 1812. Y, en la 
mañana del 31, abrieron las poternas de la fortaleza, y 
salieron resueltamente, a buscar el desquite de Las 
Piedras, con las banderas desplegadas, y formando 
tres legiones. Eran 1.600 soldados y ocho piezas de 
artillería. ¡I/ds valientes tercios españoles!... 

Aún no había salido el sol. Los sitiadores dormían; 
algunos centinelas tomaban mate. Los animosos si- 



FRENTE A MONTEVIDEO 345 

tiados sorprendieron y arrollaron las avanzadas orien- 
tales; apresaron en ellas a Balta vargas; deshicieron 
el batallón número 6, núcleo principal de la vanguar- 
dia, en la misma falda del Cerrito; barrieron con todo 
cuanto se opuso a su paso de vencedores, y escalaron 
la cumbre de la abrupta colina, en la que clavaron 
el pabellón español. 

I^as campanas de Montevideo, cuyos habitantes 
presenciaban la acción desde las blancas terrazas o 
azoteas, comenzaron a cantar victoria; las salvas de 
la cindadela y del cerro saludaron al pabellón triun- 
fante, que se proyectaba a lo lejos sobre el cielo. Pero 
la canción del hierro cesó pronto; los colores españo- 
les se vieron substituidos por los de la patria en la 
cumbre del Cerrito. Rondeau, que, enardecido y her- 
moso como un ágil espíritu del fuego, había conse- 
guido rehacer los batallones dispersos, llevó perso- 
nalmente una carga a la bayoneta; escaló la cumbre 
con su bandera. Volvió a ser desalojado por el bravo 
Vigodet, y volvieron las torres de la ciudad a cantar 
su aleluya; pero de nuevo enmudecieron, para no 
volver a sentir alegrías españolas. 

Ivos veteranos asaltantes conservaron su posición 
largo tiempo; pero los fuegos de la infantería patrio- 
ta, y las cargas inverosímiles, absurdas, de las caba- 
llerías, que volaban como bandadas de pájaros irri- 
tados en torno de la colina, los obligaron a desalojar 
ésta, y a emprender, a las diez de la mañana, una de- 
sastrosa retirada hacia la plaza, cuyas puertas se ce- 
rraron tras ellos con estrépito. Muchos caídos queda- 
ron en el campo, muchos; entre los muertos estaba 
Muesas, el bizarro brigadier español, que, envuelto en su 
noble bandera, y tendido en su lecho de fusiles, recibió 
los honores del regreso majestuoso. Gloria viciis! 



346 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Aquella colina, que vemos los montevideanos desde 
nuestras casas, se llama, desde entonces, Cerrito de 
la victoria. 

Bl 26 de febrero, dos meses después de la batalla, 
llegaba Artigas con sus orientales a la línea sitiadora. 
Después veremos cómo y por dónde llegó, y cómo 
y por qué no estaba allí S arratea felizmente. Artigas 
y Rondeau se abrazaron en la cumbre del Cerrito, 
entre el alborozo de la multitud. Eran el Pueblo Orien- 
tal, de regreso en la patria, después de su bíblica 
emigración, y el Occidental, de vuelta a su puesto 
de honor y sacrificio en pro de la causa americana. 

Montevideo, con los codos sobre sus ya tambalean- 
tes murallas, con la cabeza entre las manos, y con los 
ojos de sus trescientos cañones, mudos y atónitos, 
clavados en las vagas lejanías azules, miraba aque- 
llos dos hombres que se abrazaban a lo lejos: el inex- 
pugnable Artigas; el buen Rondeau. 

Y el Montevideo español, sin perder el brío que 
tiene en la sangre, y que ha de manifestar en veinte 
meses de asedio riguroso, ve desvanecerse en el aire 
su esperanza, como la última estrella, muerta por 
sumersión en la luz. 

¡Las Piedras y el Cerrito! 



CONFERENCIA XI 

El. PENSA^IIENTO DE ARTIGAS 

Mil ochocientos trece. — Artigas regresa a la patria con su 
PUEBLO. — Separación de S arratea. — Nueva tentativa de 
SEDUCCIÓN. — Artigas emprende la organización del Es- 
tado Oriental. — La Asamblea Constituyente de Buenos 
Aires. — Los diputados Orientales. — Las formas de su elec- 
ción. — ^El Congreso del Peñarol. — Discurso de Artigas. — 
Declin.\ción del sol de INL^yo en América. — Las memora- 
bles Instrucciones de 1813. — La visión de Artigas. — Re- 
chazo DE los diputados ORIENTALES EN EL CONGRESO. SE 

ORDENA LEVANTAR EL SEGUNDO SITIO DE MONTEVIDEO. — SE- 
GUNDO Congreso en la Capilla de Maclel. — El alcalde de 
Zalamea. — Artigas se retira de la línea sitladora. — 
Salv.a l-a DEMOCR.ACIA. — La b.\ndera tricolor. — ^El Quijote 
siniestro. — La sentencia de muerte contra el héroe y 

9U PUEBLO. — «SeGNO D'IMMENSA INVIDIA...» 



Amigos artistas: 

El segundo sitio de Montevideo va a durar veinte 
meses: del 20 de octubre de 1812 al 23 de junio de 
1814, en que la plaza caerá en poder de los sitiadores. 
Artigas lo sostendrá personalmente quince meses, 
hasta el 21 de enero. 

Ya os he hecho mirar especialmente a vuestro mo- 



348 . I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

délo, amigos artistas, en sus actitudes marmóreas; 
he procurado haceros aprovechar los momentos en 
que adquiere todo su carácter, su expresión inten- 
sa, su movimiento estético. 

En este año 1813, desde el momento en que se in- 
corpora al segundo sitio, hasta el en que se retira de 
él, en enero de 181 4, cobra Artigas todas sus proporcio- 
nes. Su pensamiento solar brota, ya conglomerado, 
de la sombra caótica, y, separando las tinieblas de 
la luz, empieza a regular los días y las noches. 

Pero antes de verlo incorporarse al sitio, donde se 
ofrece en la plenitud de su significado histórico, con- 
viene separaos cómo y por dónde desaparece de esta 
escena el general Sarratea; es un episodio que tiene 
interés, por lo mucho que nos definirá los caracteres 
principales de nuestro drama. 

Iva ruptura del agente del triunvirato con Artigas 
en el Ayuí, y su marcha sin él, que conocemos, han 
producido en la capital una malísima impresión. Uno 
se convence, al analizarla, de que el pueblo de Buenos 
Aires, el héroe anónimo del 25 de mayo, es tan de Arti- 
gas como el que más; así lo comprende y lo dice el 
gran caudillo, y así lo siente, aimque no lo dice, la 
logia gobernante. Ésta, ante la clamorosa protesta 
popular, y noticiada de la fuerza que aquél conserva 
y acrece cada día, intenta un avenimiento. No lo 
mueve menos a ello, dicho sea de paso, el temor al 
español que viene del Norte; el inesperado triunfo 
de Tucumán, obtenido en septiembre de 1812, está 
muy lejos de haber conjurado ese peligro, que reapa- 
recerá muy pronto, efectivamente, cuando los desas- 
tres de Vilcapugio, Ayohuma y Sipe-Sipe cierren de 
nuevo los horizontes abiertos en Tucumán y Salta. 
Bl triunvirato, pues, el surgido del motín de Octu- 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 349 

bre, acuerda entrar en negociaciones con el Jefe de 
los Orientales, desagraviarlo, ofrecerle garantías. Y, 
con ese objeto, elige como mediador, en hora men- 
guada, al sargento mayor de granaderos don Carlos 
de Alvear, que, con el coronel San Martín, ha sido 
el protagonista de la reciente asonada triunfante. El 
joven hidalgo parte en busca del viejo, del gaucho 
Artigas (que así le llamaba), con la seguridad de 
reducirlo por el prestigio de su presencia y de su 
palabra; lleva, además, una carta de Rivarola, amigo 
personal del procer oriental, en que aquél lo reco- 
mienda <icamo erüer amenté adicto a V. S. y a sus pen- 
samientos», y le aconseja «entera confianza, pues el 
pueblo de Buenos Aires es todo de Artigas». El mismo 
enviado de paz, por su parte, escribe a éste, desde el 
Arroyo de la China, una carta apasionada: «Tengo 
que comunicarle cosas que le serán satisfactorias, le 
dice en ella; espero con ansia el momento de conocer 
a un patriota como el general Artigas», agrega. Y le 
pide una entrevista en Paysandú, pues no puede se- 
guir más adelante, a causa de una caída del caballo. 

Para que conozcáis, amigos, la impresión que ese 
envío del presidente de la Logia Lautaro no puede 
menos de causar en Artigas, ved lo que éste escribe 
con ese motivo al gobierno del Paraguay: «No hay 
duda de que ellos harán todo esfuerzo por llenar sus 
miras sobre mí... V. S. conoce bien cuál puede ser el 
espíritu que anima a esos hombres, guiados sólo por 
una ambición desmedidas. 

Bien me sé, amigos, que, por ahora, lo primero que 
se nos ocurre, al oir esas palabras, es el tachar a Arti- 
gas de suspicaz; pero ni un vestigio nos quedará de 
esa primera impresión. Él no se resistió a tratar con 
Alvear, por más que, respondiendo a ima invitación 



35® ^^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

del gobierno, había mandado ya a Buenos Aires un 
representante, el oficial Fuentes, con la expresión 
razonada de sus agravios y las bases de un razonable 
arreglo. El gobierno recibió a éste con viva compla- 
cencia; el pueblo, con entusiasmo; ese populacho exi- 
gía como indispensable la incorporación de Artigas 
al sitio de Montevideo en unión con las tropas auxilia- 
res; reclamaba su concurso como caudillo popular 
ante la amenaza del español que venía del Norte. Era 
tal y tan resuelta la actitud de aquel pueblo hacia el 
que llamaba «brigadier Artigas», que llegó a temerse 
una revolución, y sólo se le aplacó haciér.dole enten- 
der que el Jefe Oriental y Sarratea estaban ya recon- 
ciliados y unidos. 

Pero he aquí que aparece Alvear, el nuncio de paz. 
No habiendo obtenido con la debida premura la entre- 
vista de Artigas, se volvió despechado a Buenos Aires; 
ni siquiera tentó la que aquél esperaba en el Salto, 
y que le fué anunciada por Sarratea; le bastó con 
saber, como lo supo a ciencia cierta, que jamás lle- 
garía a hacer su instrumento de aquel hombre nuevo 
para él. Llegado a la capital, pintó al caudillo como 
a un energúmeno irreductible; nada podía esj^erarse 
de aquel bárbaro, que rechazaba toda idea de go- 
bierno; nada debía hacerse que no fuera aplastar en 
él la anarqm'a, y sin pérdida de momento. El desaten- 
tado joven llegó hasta a exhibir documentos apócri- 
fos de Artigas y de sus comandantes de división, que 
aquél supone fraguados en el Arroyo de la China o 
en Buenos Aires; todos iban refrendados por Sarra- 
tea, que era una sola persona con Alvear. 

Inútiles fueron los esfuerzos de algunos hombres 
juiciosos, Larrea y el vocal Peña entre ellos, para 
neutralizar aquella trama mentirosa; Fuentes, el en- 



EL PENSA>nENTO DE ARTIGAS 35 1 

viado de Artigas, fué encarcelado, y consiguió eva- 
dirse, llevando a su jefe la noticia de lo acaecido. 
Es éste quien, en nota al gobierno del Paraguay, nos 
narra todo eso con amargura. 

Iva misión de Alvear no lia hecho, pues, otra cosa 
que dar salida a la realidad y precipitar la solución 
inevitable. Artigas, que sigue de cerca a Sarratea, 
cu3'as intrigas conoce, y que ve crecer su propio eje'r- 
cito de día en día, se siente con fuerzas sobradas para 
romper hostilidades con el auxiliar; pero, no; ese ejér- 
cito no es su enemigo, sino su hermano; el enemigo 
está en la logia. «Si el pueblo de Buenos Aires, escribe, 
en nota de 21 de septiembre al gobierno del Para- 
guay', cubierto de las glorias de haber plantado la 
libertad, conoció la necesidad de transmitirla a los 
pueblos hermanos por el interés mismo de conser- 
varla en sí, su mérito puede hacer su distinción; pero 
nunca extensiva a más que a revestir del carácter 
de auxiliadoras a las tropas que destine a arrancar 
las cadenas de sus convecinos.» «Ahora, el derecho 
abominable de conquista es lo que se presenta jror 
fruto a nuestras tropas, y por premio de servicios 
que reclaman el reconocimiento de toda la América 
libre.» 

Artigas se limita, pues, en este momento, a hacer 
sentir su fuerza 3- a intimar a Sarratea su retiro per- 
sonal. «El pueblo de Buenos Aires, le dice en nota 
de 25 de diciembre, es y será nuestro hermano; pero 
no el gobierno actual. I^as tropas a las órdenes de 
V. S. serán siempre el objeto de nuestras considera- 
ciones; pero no V. S.» 

Sarratea tiene que ceder, siquiera aparentemente; 
promete a Artigas su inmediato retiro, y, para garan- 
tir su promesa, y por indicación que le hace don To- 



352 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

más García Zúñiga, envía al campamento de aquél, 
sobre el río Yi, una diputación de ciudadanos que 
convengan con él las condiciones de arreglo. Éste se 
concluye, el 8 de enero de 1813, <(en el alojamiento 
del ciudadano Jefe de los Orientales, don José Artigas, 
por los coroneles Cáceres, Báez, Romero y Medina, 
y los ciudadanos José A. Sienra y Tomás García 
Zúñiga. Sarratea, según ese Convenio del Yi, hará la 
dimisión del mando, como lo ha prometido; se retirará 
con sus parciales, Valdenegro, Vázquez, Figueredo, 
Cavia, Viera, y será substituido por Rondeau; las 
divisiones todas, sin exclusión de una sola, incluido 
el regimiento de blandengues, estarán bajo las inme- 
diatas órdenes de Artigas; las tropas de línea venidas 
de la capital serán consideradas ejército auxiliar; la 
soberanía particular de los pueblos será precisamente 
declarada y ostentada como objeto único de nuestra 
revolución; se publicará con toda solemnidad, en uno 
5' otro ejército, la transacción acordada, castigándose 
con las penas que impone la disciplina militar todo 
cuanto tienda a renovar el resentimiento pasado». 

Artigas juzga terminadas para siempre las desave- 
nencias entre los pueblos platenses; con infantil sin- 
ceridad depone todos sus resentimientos; su satis- 
facción y su esperanza se revelan en la proclama 
con que comunica el feliz arreglo a sus compatrio- 
tas. «¡Gloria eterna, dice en ella, a los bravos orien- 
tales! Nuestra horrible desunión ha terminado. Ahora 
temblarán los tiranos, viéndonos abrazar con nues- 
tros auxihares... Erijamos un monumento a esta con- 
ciliación feliz, que, reuniendo el objeto de todas nues- 
tras pretensiones, sofoca nuestros resentimientos 5' 
nos abre la época de presentamos con dignidad... 
Ved aquí los tratados que van a sancionarse. Esta 



Kl. PENSAMiEN'x'O DE ARlIGAS 353 

unión sacrosanta liará felices nntstics esíuer^os... Sa- 
ludemos nuestra unión, iiemos sólo a ella el día ven- 
turoso de nuestra dignidad íutura, con que tiene la 
satisfacción de felicitaros vuestro paisano. — José 
Artigas.» 

¡I^a tenaz ilusión del héroe 1 jCreer que la oligarquía 
de Buenos Aires puede conciliarse sinceramente con 
su pensamiento, y mirarlo con respeto! Ese Arreglo 
o Convefición del Yi es hermano de los tratados cele- 
brados por Belgrano con el Paraguay. 

lya actitud de Sarratea desde ese momento es de 
una doblez desgraciada. Impuesto de lo acordado en 
el Yi, dice a Artigas que lo único que considera esen- 
cial en tal acuerdo es su retiro personal, y que está 
dispuesto a cumplir con esa cláusula; que ha presen- 
tado su renuncia al gobierno, y «le ha suplicado con 
reiteración que la acepte y lo autorice a entregar el 
mando a Rondeau». No era verdad. La anunciada 
resolución superior no Uegaba. Artigas entonces, para 
urgiría, ordena a Rivera, su capitán, que arrebate 
al ejército de Sarratea sus caballadas y bagajes e 
intercepte sus comtmicaciones. I^a medida produjo 
inmediato resultado. Sarratea diputa apresuradamente 
a los coroneles French y Rondeau ante Artigas, pre- 
vio dictamen de todos sus jefes; los nuevos parlamen- 
tarios reiteran y ratifican lo acordado en el Yi, saHendo 
garantes personalmente de su cumplimiento, al que- 
ligan su honor militar. Artigas depone de nuevo su 
actitud hostil; no desea otra cosa. 

Pero he aquí que no pasan quince días, y el bueno 
de Sarratea descubre todo su intento; el 2 de fe- 
brero, creyendo haber minado, con nuevas seduccio- 
nes y sobornos, las fuerzas de su enemigo, hace esta- 
llar un bando fulminante contra el Jefe de losOrien- 

T. L-aj 



354 ^A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

tales; era en los momentos, precisamente, en que 
partían para Buenos Aires los comisionados que 
éste enviaba para dar forma definitiva al concertado 
arreglo. 

«El Gobierno Superior Provisional de las Provin- 
cias Unidas, dice el bando, a nombre del señor Fer- 
nando VII, y, en su representación, el señor excelen- 
tísimo general en jefe de la Banda Oriental, don José 
de Sarratea, en consideración a los grandes perjuicios 
que ha experimentado este teriitorio por la bárbara 
y sediciosa conducta del traidor a la patria José 
Artigas, ha tenido a bien expedir un indulto general 
en la forma y capítulos siguientes:... s> Se indulta allí 
a todo el mimdo, cualquiera que sea su deüto, con la 
sola conaición de que abandone a Artigas y se acoja 
a las filas de Otorgues... En ese mismo día, 2 de fe- 
brero, escribe una carta interesantísima a este Otor- 
gues, segimdo de Artigas; en ella lo proclama lleno 
de las virtudes «de im verdadero patricio», y, en nom- 
bre del Superior Gobierno, representante a su vez 
del señor Fernando VII, lo autoriza a proceder «del 
modo que halle por más conveniente, y a tomar las 
medidas que crea mejores para castigar al rebelde de 
la ■patria José Artigasf>. Y le promete villas y castillos... 
Y le regala las pistolas, dos hermosas pistolas, con 
que ha de castigar a su deudo y general. 

Para bien apreciar este episodio, amigos artistas, 
conviene nos detengamos a conocer bien a este Otor- 
gues, en cuyo soborno busca su apoyo el presidente 
del triunvirato bonaerense, representante de Fer- 
nando VII. La figura de ese capitán de Artigas, su 
más próximo secuaz, no podía faltar en esta nuestra 
animada tragedia; en las creadas por el ingenio y la 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 355 

fantasía interviene siempre ese carácter determinante 
de la eterna antítesis; Shakespeare hubiera hecho de 
Otorgues un Macbeth gaucho con ribetes de Yago o 
cosa así. I^o veis ahora elegido por Sarratea como el 
más predispuesto a la traición; muy poco después lo 
buscará y, lo que es peor, lo encontrará Vigodet, el 
español, como aliado suyo contra Buenos Aires y aun 
contra la causa americana; será mástarde Pueyrredón, 
el otro bonaerense, quien lo hallará de nuevo dis- 
puesto al atentado contra su general; hasta el príncipe 
regente de Portugal, y la infanta Carlota, y el emba- 
jador español andarán con él en dimes y diretes. 

Fernando Otorgues es un interesante personaje; 
si bien de origen patricio y de pura cepa española, 
se ha formado en la vida de los campos, en que casi 
ha olvidado su primera mediana educación; se ciñe 
los muslos con el chiripá de bayeta colorada, y se 
calza la bota de potro con enormes espuelas lloro- 
nas. Con las boleadoras o con el lazo que revolean 
zumbando sobre su cabeza, agitados por su brazo 
formidable; con el caballo a la carrera detrás del 
potro salvaje; con el sombrero en la nuca y el bar- 
boquejo en la boca resonante, es el gaucho clásico 
de nuestra leyenda, cuya voz atiplada, parecida al 
grito de un pájaro de presa, conocen y obedecen 
los potros y los hombres, y hasta el viento de las 
colinas. Es de elevada estatura; sería esbelto de for- 
mas, si su aire gauchesco no quebrara la euritmia 
de su cuerpo flaco y fornido; se trenza el pelo rubio, 
color de cáñamo; es diestro jugador de taba, muy 
locuaz, muy dado a las interjecciones españolas. Si 
con la terrible daga, de empuñadura y vaina de plata, 
hace una raya en el suelo, nadie se atreve a pisarla. 
Es payador, es decir, improvisa coplas que canta en 



35^ I/A KPOPB^A^üE ARTIGAS 

la guitarra... Cuenta la tradición que, durante el 
seguudo sitio, solía llegarse hasta la reja de su novia, 
dentro del recinto íoitiíicado, a daile serenatas; y 
que, en una ocasión, sorprendido allí por una ronda 
o patrulla, tapó con el poncho la cabeza de su caballo 
enjaezado de plata, le clavó las espuelas rechinantes 
y, riéndose a carcajadas de los disparos que sobre 
él se hacían, saltó el foso de la trinchera de un salto 
inverosímil, con la guitarra terciada a la espalda, 
y golpeándose la boca llena de gritos. 

Pero bajo esas rústicas apariencias, se agazapa un 
político instintivo, ambicioso, solapado, inteligente. 
Es pariente cercano de Artigas, lo que contribuye 
a su prestigio; siente la superioridad de su deudo, 
y aparenta respetar como nadie su autoridad; pero, 
aUá para sus adentros, se juzga tanto o más que 
él. Y nada tan claro como la razón de su juicio. Otor- 
gues, como tantos otros, no ha podido percibir el 
secreto de aquella autoridad; cree que solo estriba 
en lo que él, diestro jinete, íormidable lancero, des- 
preciador de la vida propia y de la ajena, puede 
disputarle con evidente ventaja; está, pues, conven- 
cido de que puede substituirlo, y vive en acecho, 
día y noche, de las ocasiones propicias. Artigas tiene 
debilidad por su selvático primo; y, sea por eso, sea 
porque necesita de su brazo, lo reprende y lo consi- 
dera; lo castiga y lo perdona; ve sus infidencias, y 
no se decide a creer en ellas. I^a eterna historia de 
Sansones y Dalilas. 

Otorgues tiene el cabello rubio como Artigas, según 
dijimos; los ojos más claros, casi incoloros; la tez 
blanca; pero nada de los modales finos de su deudo, 
que hacen notar los que conocieron a éste. Es desde- 
ñoso de toda urbanidad; brutalmente imperioso y 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 357 

sarcástico; su carcajada es un insulto, su sonrisa un 
puñal. Ostenta exageradas esas cualidades extemas, 
mientras forma su prestigio entre las multitudes semi- 
bárbaras que conduce; pero cuando sea gobernador 
de Montevideo, y lo será pronto, lo primero en que 
pensará será en mandarse hacer ima levita, en guar- 
necer de oro su uniforme de coronel, y en hacerse 
preparar un alojamiento lujoso en el Fuerte. Bien 
es verdad que ya entonces habrá estado en corres- 
pondencia diplomática, por su cuenta y riesgo, con 
Vigodet, el gobernador español, con Romarate, el 
marino, con el príncipe de Portugal, con el embajador 
de España y con la serenísima infanta de Borbón. 

I/as ambiciones de Otorgues fueron grandes, no 
hay duda; este Macbeth gaucho, con sus ribetes de 
diplomático florentino, vio las tres brujas que le 
salieron al encuentro de entre los camalotes del arroj'o 
Pantanoso o del de Casupá. «jTú serás rey! ¡Tú serás 
rey!» Bien sabemos que esas tales brujas por todas 
partes andan. I^as que soplaron en los oídos de Otor- 
gues son las mismas que llenarán de vientos las cabe- 
zas de otros capitanes del héroe; la de López, en Santa 
Fe, por ejemplo; la de Ramírez, sobre todo, en Entre- 
rríos. Y serán ellas, las muy malvadas, las que, con 
la caída de Artigas, traicionado por fin, determinarán 
el desenlace de esta humana tragedia como el de 
tantas otras. 

íTo dejemos de recordar, porque seríamos injustos, 
que Fernando Otorgues, soldado de la batalla de Las 
piedras, combatió mucho al lado de Artigas, y, sobre 
todo, sufrió mucho por la patria; lo veréis objeto, 
como ningún otro quizá, de los ultrajes, de los más 
dolorosos ultrajes, por parte de los jefes de Buenos 
Aires que ahora intentan seducirlo; pero eso, que 



358 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

incita a la simpatía y atenúa sus torpezas, pierde 
mucho de su eficacia cuando uno le ve, dos años 
después de recibir aquellos agravios, pactar de nuevo 
con los enemigos y concertarse con Pueyrredón.para 
castigar a Artigas, y colocarse en su lugar. Pero tam- 
bién esto tiene su atenuante: Otorgues no persiste 
en su pecado; ofrece sus explicaciones a Artigas; vuelve 
a darle todo cuanto es y tiene, incluso la vida si es 
preciso; cae prisionero, por fin, a la sombra de su 
bandera. Es una singular figura la de este simbólico 
personaje. Ahí queda para que la historia agote su 
estudio y dicte la definitiva sentencia. 

Ése es el hombre, pues, en quien Sarratea ha creído 
ver su instrumento; ése el a quien llama granpatricio, 
y regala pistolas con bellas incrustaciones de plata. 

Tan seguro está del éxito de su plan, que escribe 
al Gobierno el ii de febrero: «Artigas no puede adqui- 
rir consistencia; su ignorancia para la guerra; la falta 
de oficiales; el mal estado de su armamento, y otras 
circunstancias hacen despreciable en todo sentido a 
don José Artigas... Muy focos fusilazos bastarán para 
lanzar a ese caudillo más allá de las márgenes del Qua- 
rey, si se hiciese sordo a lo que resuelve V. £....En el 
ínterin, continuaré del modo que V. E. me ordena, 
apurando la medida del sufrimiento^. 

¡Muy pocos fusilazos! Ninguno fué necesario para 
arrojar de la Banda Oriental a aquel rampante ene- 
migo. El Jefe de los Orientales muestra a Sarratea 
su carta a Otorgues, clavándole los ojos; le muestra 
también el bando, con un gesto de interrogación 
indignada; le presenta, por fin, sus propias comuni- 
caciones a Buenos Aires, la de los «muy pocos fusi- 
lados) in::lusive. Y se dirige en seguida a French y 



EL PENSAMIENTO DE ARTIGAS 359 

a Roadeau, los últimos parlamentarios. Tu quoqiie, 
Brutiis! ¿También vosotros, los que me jurasteis 
lealtad sobre vuestra espada, también vosotros estáis 
en eso? 

—No, contestan ambos en voz alta; nada tene- 
mos de común con esa transgresión de la ley de 
honor. 

Y se disponen, de acuerdo con todos los jefes del 
ejército, a arrojar de allí a Sarratea. 

I/a nota, amigos artistas, con que Artigas, en 11 
de febrero, increpa a éste su traición, es un monu- 
mento; no me es posible, aunque me tachéis de enfa- 
doso, dejar de detenerme en algimos de sus términos. 
«He leído, dice, por conducto del comandante Otor- 
gues (a quien V. E. se lisonjeó seducir), el papel en 
que V. B. me declaró traidor a la patria... V. E. me 
ha llenado de ultrajes., , Sin embargo, el mimdo entero 
vio mi pundonor y delicadeza; V. E. mismo debe 
haber visto originales las cartas de Elío y Vigodet 
para mí, y que tuve cuidado de dirigir al momento 
al Superior Gobierno... Aun en el día en que V. E. hace 
el último esfuerzo para aburrirme, Montevideo em- 
peña más sus pretensiones sobre mí... Pero yo seré 
esclavo de mi grandeza; un lance funesto podrá arran- 
carme la vida, pero no envilecerme. El honor ha for- 
mado siempre mi carácter; él reglará mis pasos... 
Después de mis servicios, de mis trabajos, de mis 
pérdidas, ¡yo declarado traidor!... Retírese V. E. en 
el momento. El mundo se halla en estado de justi- 
ficar los efectos que haga yo tocar a V. E. de su per- 
sistencia escandalosa en permanecer en esta Banda. 

»Dios guarde a V. E. — José Artigas.» 

Si os dijera, amigos artistas, que Sarratea, aun 
después de todo esto, insiste en sincerarse ante el 



36o I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

traidor, acaso lo pusierais en duda. Es así, sin embar- 
go; le dirige una nota en que le pide una nueva 
tregua; le da las razones de cómo y por qué lo ha 
mandado matar, esperando que lo hallará justo 
y razonable. «Es lo menos que he podido hacer», le 
dice. 

Artigas contesta esa nota; pero como ya tiene su 
sentencia en vías de ejecución, esa su respuesta, más 
que para Sarratea, es para nosotros, para la posteri- 
dad, y no puedo menos de haceros conocer alguno de 
sus conceptos. El primero que nos llama la atención 
es el rechazo indignado del cargo que le hace Sarratea 
de connivencias con los españoles de la plaza; nada 
subleva tanto a aquel hombre como ese ultraje; jamás 
lo deja en pie; la retractación de quien lo profiere 
es siempre la primera condición que impone en todo 
arreglo con sus rivales, a quienes emplaza constante- 
mente para ante la historia. En ésta, como en todas 
las comunicaciones de su especie, parece oirse hasta 
el timbre de su voz, en frases personalísimas, enfá- 
ticas generalmente, que veremos repetidas en el curso 
de nuestro estudio. Después de desmenuzar uno por 
uno los cargos de su enemigo, le dice: 

«Si porque V. E. erró el golpe me propone ahora 
una nueva suspensión, yo no estoy dispuesto a admi- 
tirla. Nada sirve que V. E. empeñe de nuevo su ho- 
nor... No hacen al caso sus solicitudes al Gobierno, 
porque V. E. sabe que no espera su resolución. Lo 
q-te interesa es que V. E. se retire sin perder instante. 
Para ello no es necesario levantar el asedio. Aquí 
no hay quien mire con celo las tropas al mando de 
V. E. Es un honor nuestro participar con ellas de las 
glorias, de los triunfos. Nosotroslas miramos como una 
parte muy recomendable de la familia grande, y sus 



I?T, PENTSMITENTO DE ARTIGAS 36 1 

méritos ante nosotros son tan preciosos como dignos 
de nuestra gratitud eterna.» 

El representante de la Logia I/aut aro se fué por 
fin. French y Rondeau, en nota de i8 de febrero, 
hacen saber a Artigas que ellos y todos los demás 
jefes están dispuestos a cumplir con el deber de honor; 
Artigas mueve sus tropas hacia la plaza sitiada, y 
penetra en las líneas sitiadoras entre las aclamaciones 
de pueblo y ejército. Es el 26 de febrero de 1813. 
I/samos, porque nos dé la cota colorida de ese mo- 
mento de efímera esperanza, la comunicación de Ron- 
deau a su Jefe de Estado Mayor: 

«Señor coronel don Domingo French. 

^Mañana es el día glorioso en que realiza su unión 
a este ejército, con las divisiones de su mando, el 
señor coronel don José Artigas; tan plausible acto 
debemos solemnizar con demostraciones públicas... En 
esa virtud, y cuadrando que dicho señor coronel Arti- 
gas haga su entrada hasta su alojamiento por la calle 
que forma la línea de los campamentos, dispondrá 
V. E. forme mañana la división de su mando, a la 
hora que se prevendrá por medio de un ayudante. 
Al pasar aquél, las músicas tocarán marcha y las 
tropas echarán armas al hombro, continuando así 
hasta pasar la retaguardia. El señor comandante de 
la artillería hará colocar las piezas de a ocho en el 
Cerrito, para saludar alternativamente con dos des- 
cargas. SI regimiento de dragones, que llevará la van- 
guardia de las tropas entrantes, formará en batalla, 
luego que haya pasado el flanco izquierdo de la línea. 

»Dios guarde a V. E. muchos años. 

fCitartel general en el Cerrito, 25 de febrero de 1813. 

^Jost Rondeau,» 



362 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

El Éxodo del pueblo oriental ha terminado, pues, 
amigos artistas; de nuevo están en su tierra los heroi- 
cos vagabundos; vienen por su ciudad, por su liber- 
tad y la de América. Artigas, al rechazar los tratados 
de octubre de 1811, tenía razón; la tenía para llevarse 
a cuestas a su pueblo. I^as cosas se han repuesto, como 
lo veis, al estado en que estaban al día siguiente de 
la batalla de Las Piedras, en que Artigas daba golpes 
repetidos en las puertas de la Cindadela. 

Tanto Elío, el virrey, como Vigodet, el gobernador 
que lo substituye, no han perdido, como lo habéis 
visto, ocasión propicia de tentar a Artigas, explotando 
sus resentimientos con Buenos Aires; le han enviado 
y le enviarán comisionados; le han llamado fiel amigo, 
hombre de bien, general experto, y hasta hombre 
santo, según dice Eigueroa. Todo se le proponía, 
todo se le ofrecía en cambio de su concurso: los gra- 
dos militares que deseara; el carácter de único ge- 
neral de la región oriental, con facultades de formar 
cuerpos; despachos en blanco para que designara 
cuantos oficiales fueran de su agrado; recursos de 
todo género: dinero, gente, armas, municiones, ves- 
tuarios... amistades sobre todo, unión con sus her- 
manos los orientales de Montevideo, y en contra de 
Buenos Aires. jQué no hubiera dado España por 
recuperar a su antiguo capitán de blandengues! 

Bueno será que sepáis que aquellos gobernantes 
españoles, al trabajar así por la reconquista del gran 
caudillo, no obraban sólo por propia inspiración. Ivca- 
mos juntos el siguiente documento que acabamos 
de encontrar en el archivo de Sevilla: 



El, PENSAAnENTO DE ARTIGAS 363 

i^{ Re ser vado.) 

ftlMinisterio de la Guerra. 

^Noticiada la Regencia de las Españas de que el 
capitán don José Artigas, por un resentimiento par- 
ticular, se pasó a los rebeldes de Buenos Aires, cuyas 
tropas capitanea, aunque ofendido actualmente por 
aquella Junta subversiva, ha resuelto S. A. que V. S., 
por cuantos medios le dicten su celo y conocimientos, 
procure atraer al partido de la justa causa al men- 
cionado oficial, asegurándole que será considerado 
como antes, si inmediatamente se presentare e hi- 
ciere útil su influencia en el país. 

»De Real Orden lo comunico a V. S. para su cum- 
plimiento, 

»Dios guarde a V. S. muchos años. 

»Carbajai,. 

»Señor Capitán General de las Provincias del Río 
de la Plata.! 

Ya hemos visto cómo Artigas remitió originales 
esas comunicaciones, tanto las de Elío como las de 
Vigodet, al gobierno de Buenos Aires. 

IvO que tal capitán hubiera sido, amigos míos, al ser- 
vicio de España, no es para considerado en este mo- 
mento; no en vano era ése el fantasma que el miedo 
hacía ver a los hombres de Buenos Aires en la sombra 
de Artigas; pero se caerán las estrellas del firma- 
mento antes que tal ocurra; se caerán las estrellas 
una a una, como gotas de fuego. 

El Jefe de los Orientales despachó agriamente al 
portador de la comunicación. «¿Qué me importa, 
dijo, el carácter de comandante general de la cam- 
paña, si el voto unánime de sus habitantes me se- 
ñala más altos destinos?i Escribió, sin embargo, en 



364 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el margen de la nota en que contestaba las proposi- 
ciones de Vigodet, que le fueron comunicadas por 
lyarrobla el 10 de febrero de 1813: «Sirva para la 
vindicación del Jefe de los Orientales, que rechazó 
esto en las circunstancias más apuradas». 

Y pues vamos a ver ahora a Artigas en el desem- 
peño de ese más alto destino a que se siente llamado, 
quiero, porque conozcáis el carácter en que lo llena 
con relación a Buenos Aires, haceros conocer el si- 
guiente documento, que poseo original y que es nuevo 
en nuestra historia. Es una nota dirigida Al Coman- 
dante General don José Artigas, y firmada, como lo 
veis, por el triunvirato de Buenos Aires: Juan José 
Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Alvarez 
Jonte. -La subscribe Tomás Guido como secre- 
tario. 

Notad que es del momento en que nos hallamos: 
17 de febrero de 1813, pocos días antes, precisamente, 
del en que Artigas se incorpora al segundo sitio. Y 
dice así: 

«Habiendo resuelto el Superior Gobierno, de acuer- 
do con la Soberana Asamblea, dar una nueva direc- 
ción a las fuerzas sitiadoras de la capital, por recla- 
marlo así los sagrados intereses del país, ha comuni- 
cado con esta fecha la orden consiguiente al general 
don Manuel de Sarratea, para que, con la brevedad 
posible, mueva sus tropas en retirada, y retroceda 
hasta el punto que se le indica. Mas como sería muj' 
sensible que los enemigos dejasen de sentir las pri- 
vaciones y miserias a que los había reducido el sitio, 
es de absoluta necesidad el que V. S., sin pérdida de 
momentos, pase a ocupar los puntos que hoy cubren 
las fuerzas de la capital. Y para que V. S. pueda obrar 
9on el lleno de facultades análogas a ese nuevo em- 



El. PENSAMIENTO DE ARTIGAS 365 

peño, ha tenido a bien este Gobierno nombrarlo Co- 
mandante General de los Orientales. 

»Eís, pues, llegado el tiempo de que^V. S., rindiendo 
cuantos sacrificios reclama la causa santa de la liber- 
tad, haga conocer a Montevideo la importancia de 
los esfuerzos de las tropas de V. S. y la inutilidad de 
su resistencia... 

»Con motivo de haber resuelto la Soberana Asam- 
blea la misión de uno de sus miembros, plenamente 
autorizado, para transar las dificultades que agitan 
esa Banda, se espera el resultado de su diputación... 
y, entretanto, se lisonjea el Superior Gobierno de 
que V. S. proporcionará al referido Sarratea los auxi- 
lios de caballada y boyada que hubiere a su alcance, 
para que, con prontitud, se emprenda la retirada, 
contando V. S., y las tropas de su mando, con toda 
la protección y amparo que le dispensarán este Go- 
bierno y los habitantes de la capital. 

»Dios guarde a V. S. muchos años.» 

Creo que esa nota os reve4ará el carácter y represen- 
tación de Artigas. Este accedió a todo: dio caballos, 
y bueyes, y todo cuanto necesitó Sariatea para reti- 
rarse. Y él ocupó su puesto de sacrificio en pro de la 
causa de la libertad, como jefe de su pueblo, recono- 
cido, al fin, por Buenos Aires, como lo veis. Ya no 
es «nuestro general del Norte»; es el Comandante 
general de los Orientales», que puede contar con la 
protección y amparo de un gobierno y un pueblo 
amigos. Ese gobierno ya no le ordena; se lisonjea 
solamente del auxilio que espera de su parte y de 
la de su pueblo, con el que se propone transar las difi- 
cuUades pendientes. Por eso Artigas, al unirse con 
Rondeau, dice a éste con entusiasmo: «Yo felicito a la 
patria, al frente de mis compaisanos, vuelto el período 



366 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

de la continuación. Á nombre de ellos, tengo también 
la honra de felicitar a V. S., viendo en sus manos 
depositado el bastón del ejército... Nosotros felici- 
tamos también a esos dignos hermanos nuestros. 
V. S. tendrá la dignación de transmitirles la sinceri- 
dad de nuestros votos...» 

Ya hemos visto a los vencedores de Las Piedras 
y del Cerriío abrazarse frente a los muros de Monte- 
video, entre las aclamaciones de los dos ejércitos 
aliados, y del pueblo, dueño de sí mismo. Artigas co- 
mienza entonces a pensar en su organización. 



II 



Sarratea, lleno de rencor exacerbado contra el hé- 
roe, se fué a Buenos Aires, donde se incorporó, como 
miembro conspicuo, a una comisión allí formada 
con el objeto de convocar y animar la Asamblea Ge- 
neral Constituyente, que debía llamar a todos los pue- 
blos del Plata, para darse su organización política, 
y que se inauguró el 31 de enero de 181 3. Inmediata- 
mente será enviado a Río Janeiro y a Europa, en 
busca de un príncipe real para estos países; lo segui- 
rán, con el mismo objeto, Belgrano y Riv adavia, a 
quienes Sarratea hará tanta guerra por allá como 
por acá al mismo Artigas; Rivadavia, sobretodo, será 
el objeto y la víctima de sus rencores e intrigas. 

Es el caso, pues, de pensar en esa Asamblea General 
Constituyente. Artigas la deseaba con sinceridad. No 
deseaba otra cosa: un sitio elevado, visible de todas 
partes, en que encender la lámpara de su pensamiento: 
independencia, reconocimiento de la personalidad y 



El, PENSAMIENi:o DE ARTIGAS 367 

de las energías de los pueblos para obtenerla. Toda 
la verdad; todo el porvenir . 

Inútil pensamiento. En Buenos Aires está el es- 
píritu de su enemigo, que es legión. No es sólo Sarra- 
tea el que allí espera a Artigas en la Asamblea; allí 
está, como arbitro supremo, aquel joven teniente 
Alvear, el mediador despechado, cuyo carácter y sig- 
nificado os he hecho conocer; es el presidente de la 
I/)gia I^autaro, el derrocador del gobierno, el áureo 
portador de las grandezas señoriales europeas, el que, 
dos años más tarde, colocado por la logia en el puesto 
de Director .Supremo, ofrecerá las Provincias Unidas 
a Inglaterra, supHcándole que las tome, y dos o tres 
más tarde ofrecerá su sumisión a Femando VII; 
allí está don Bernardo de Monteagudo, tribuno de 
grandes palabras sin habitante, organizador de la 
logia, que es ahora un demagogo, y será mañana un 
monárquico apasionado; y don Nicolás Herrera, cuyo 
espíritu nos es conocido; y don Vicente Ivópez, y 
Vieytes, y Belgrano, y Rivadavia, que, dentro de 
poco, irán a Europa a rogar a Carlos IV que venga 
a América por su propiedad; y Posadas, que por nada 
quiere república, sino monarquía, pues no concibe la 
autoridad ejercida por hombre con quien se esté fa- 
miliarizado; allí están algunos, por fin, de los que, 
tres años más tarde, constituirán el Congreso de Tu- 
cumán, que será monárquico. «Esta Asamblea, dice 
Mitre, el historiador argentino, aunque libremente 
elegida, componíase, en su mayor parte, de miem- 
bros de la lyOgia I^autaro, que obedecían a un sistema 
y a una consigna. Con este núcleo de voluntades disci- 
plinadas no era de temérsela anarquía de opiniones 
que había esteriHzado las otras asambleas; pero podía 
preverse que degeneraría más tarde en una camarilla.^ 



368 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Como bien lo comprendéis, amigos míos, allí no 
puede tener representación el pueblo oriental de Ar- 
tigas. Artigas, en aquel centro, está condenado de 
antemano; su sentencia está escrita, sentencia impla- 
cable, irrevocable. Si el pueblo oriental ha de tener 
representación en esa Asamblea Constituyente, será 
necesario buscar otro pueblo oriental, no el de Artigas, 
es decir, la no realidad. 

No es, pues, necesario preguntar qué destino espera 
a los diputados orientales, cuando se presenten en 
Buenos Aires, con toda sinceridad, a cooperar a la or- 
ganización general: están rechazados ipso jacto. I^o 
fueron. ¿Sabéis por qué?... Por defectos en la for- 
ma de su elección: porque Artigas había inÜuído en 
ella. ¿Y sabéis lo que son formas, amigos artistas? 
Meditad un poco en eso: formas. Ya sabéis cómo an- 
daban esas pobres formas en Buenos Aires, donde, 
según decía Posadas, y era verdad, todo se hacía por 
medio de asonadas tumultuosas. Y en cuanto a lo 
jue podía pasar, en materia de formas electorales, en 
las otras provincias, no creo que haya persona seria 
que presente los poderes de sus diputados como per- 
fectos de forma. 

No: el defecto de los diputados orientales no es- 
taba en ellas: estaba en los fondos, en las profundida- 
des. Allí no había sinceridad, no había realidad; los 
histoiia dores que han tomado eso a lo serio, eso de 
formas, pragmáticas, etc., no han sido tampoco sin- 
ceros; digámoslo en honor de su buen sentido. 

Yo no sé, mis buenos amigos, si Artigas, en esos 
momentos históricos, creyó, o no, en la sinceridad del 
llamado hecho por Buenos Aires a los pueblos, para 
que se constituyeran libremente. ItO juzgo, sin embar- 
go, muy capaz de creer en ella. Él era, ante todo. 



m^ PENSAMIENTO DE ARTIGAS 369 

una fe, y bien pudo creer en la aparición de un hom- 
bre de fe en la asamblea que se proyectaba en la capital. 

Pero no era así, desgraciadamente; desde su primer 
paso, Artigas tuvo que tropezar con la realidad que 
se ocultaba en las apariencias; con el escollo del fondo. 
I^a malicia de Sarratea ba sido substituida en el Ce- 
rrito por la honradez inocente de Rondeau, tan in- 
compatible como aquélla con el pensamiento heroico. 
Rondeau no tiene la culpa de su mediocridad, es 
cierto; pero menos la tiene Artigas de su visión genial. 

En nota de 27 de marzo de 1813, el substituto de 
Sarratea dice al Jefe de los Orientales que, «en cum- 
plimiento de las órdenes del Supremo Gobierno para 
que se efectúe en la Banda Oriental el reconocimiento 
y jura de la Asamblea Soberana de las Provincias 
Unidas, ha dispuesto convocar a todos los jefes del 
ejércitos. Y lo comunica a Artigas, para que haga 
otro tanto de su parte. 

He ahí todo Rondeau. 

Y he aquí que todo Artigas se nos ofrece en la in- 
evitable contestación que, mal de su grado, tiene 
que dar y da el 28: «Han marchado mis invitaciones 
a todos los 'pueblos de esta Banda con el mismo objeto, 
para que, por medio de sus diputados, se reúnan 
aquí el 3 del próximo. Estas me parecen causas de 
bastante importancia para que yo, sin negarme, sus- 
penda por ahora el reconocimiento y jura a que V. S. 
se sirve convocarme. Esto no impide que V. S., con 
las tropas de línea, verifique el que le corresponde; 
pero, para eludir cualquiera inducción siniestra, yo 
ruego a V. S. tenga la dignación de diferirlo también, 
para poder verificar juntos un acto que fija el gran 
período de nuestro anhelo común. 

»Dios guarde a V. S. muchos años.— Jos4 Artigas.» 

T. i.-íü 



370 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Es muy de advertir que las órdenes a que Rondeau 
se refería eran traídas por el diputado plenamente 
autorizado de la Asamblea de Buenos Aires, venido 
para zanjar las dificultades a que se refiere la nota 
que hemos leído. Artigas narra sus conferencias con 
éste al gobierno de Paraguay, en nota de 17 de abril. 
Bl diputado pedía, ante todo, el reconocimiento por 
Artigas de la Soberana Asamblea. «No, le contesta 
Artigas; usted empieza por donde debemos concluir; 
he convocado al pueblo con ese objeto.» 

Y es aquí muy de advertir que, en esa misma nota. 
Artigas somete al Paraguay la opinión que sostendrá 
en la Asamblea que va a convocar, y lo consulta 
sobre «si le parece bien equilibrado el juego de sufra- 
gios en la Asamblea Constituyente con seis diputados 
nuestros, siete de esa Provincia y dos de la de Tucu- 
mán, decididos al sistema de Confederación que ma- 
nifiesta V. S. tan constantemente». 

Fué necesario ceder ante la justa exigencia del 
Jefe de los Orientales. Rondeau recibió la orden ex- 
presa de hacerlo así. Y Artigas convocó a sus conciu- 
dadanos para el 4 de abril. 

He ahí el alma de nuestro gran Congreso de ese 
mes, amigos míos; de nuestro Congreso de Abril. 

Observad, os lo ruego, esa doctrina de Artigas; es 
toda una doctrina. Bl soldado de línea puede y aun 
debe obedecer y jurar; pero él. Artigas, no procede 
como soldado de línea, porque no lo es del ejército 
auxiliar; él es el Jefe de los )rienlales, el caudillo de 
sus conciudadanos. / éstos no deben obedecer y jurar 
por orden suya; ha de ser él, por el contrario, quien 
reciba y cumpla las del pueblo que preside, mientras 
su autoridad no esté debidamente constituida. 

No es el hecho, amigos artistas, lo que aquí nos 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 37I 

llama la atención; es el principio, el espíritu que con- 
duce a aquel hombre iluminado. Artigas tiende a 
destruir lo existente, el organismo colonial; pero 
creando al mismo tiempo el que debe substituirlo, 
y sin lo cual la obra es todo soberbia y vanidad. No 
se trata, para él, de reemplazar un feudalismo con 
otro, ni un virrey con un general, ni una colonia con 
im cuartel, sino un pueblo muerto con uno vivo, 
apto para formar sus órganos de su propia substancia. 
Eso es Artigas, todo Artigas, amigos, aunque os 
parezca inverosímil. I/O parece, sin duda, por lo pro- 
fético de su criterio; no existe nada! de ese tamaño 
en América, os lo aseguro. Y os diré más: no ha leapa- 
recido por acá ese tipo espontáneo de mandatario 
democrático. No os exijo que me creáis todavía; pero 
sí que me escuchéis con paciencia. Veamos, pues, a 
Artigas en ese nuestro Congreso de Ahfü, que ha 
convocado para reconocer la Asamblea Constituyente, 
a fin de enviar a ella los verdaderos representantes 
del pueblo oriental, y para dar vida al organismo 
político que debe substituir en su patria, sin solución 
de continuidad, al ya expirante de la colonia antigua. 



III 



lyos diputados elegidos por los pueblos de la Banda 
Oriental llegaron al campo de Artigas, en el Penar ol, 
el 3 de abril de 1813. El 4 se reunieron para oir las 
explicaciones del procer. 

Mucho deseo que veáis bien, en este momento, 
a aquel hombre extravagante, amigos artistas. Va 
a dar forma al mensaje divino de que es depositario 



k 



372 I«A EPOPEYA DE ARTIGAS 

y tiene que revelar y cumplir; el que transmitió al 
gobierno del Paraguay, de que antes hablamos; el 
que regirá los pasos todos de su vida. 

Es, pues, el 4 de abril de 1813. Artigas abre y pre- 
side la que bien puede llamarse nuestra primer Asam- 
blea constituj^ente. Está en un modestísimo salón, 
rodeado de los hombres de pensamiento de la pa- 
tria: Ivarrañaga, Barreiro, Suárez, Duran, Méndez, 
Vidal, etc. Una asamblea bien respetable, por 
cierto. 

Ese segundo Congreso uruguayo, amigos míos, es 
propicio al relieve luminoso; pero yo me empeño en 
no distraer vuestra mirada en el conjunto, para que 
la concentréis en vuestro hombre. Hay una gran di- 
ferencia entre esos patricios que constituyen la Asam- 
blea, y ese hombre Artigas que los preside. Aquéllos, 
como sus equivalentes de la Asamblea de Buenos Ai- 
res, son un pensamiento elevado, una doctrina ade- 
lantada, una lección aprendida en buenos libros; éste 
es una fe, una visión brotada del conocimiento de 
los hombres y las cosas; aquéllos son traductores; 
éste es conductor de un mensaje interno, recibido en 
la comunicación consigo mismo, con la vida del pue- 
blo americano, con el dios interior de que os he ha- 
blado tantas veces; aquéllos eran idea, pero idea muer- 
ta, árbol sin raíces; éste era idea viva, arraigada en 
el alma, idea y acción compenetradas, pasión, lo que 
se llama pasión; aquéllos podían cambiar de pensa- 
miento, discrepar de él en la acción, vivir sin él; Ar- 
tigas no, porque vida y pensamiento son en él la 
misma cosa; vivirá con su pensamiento, como con su 
sangre; obrará según él, por la misma razón porque 
respira, según aquella sangre sale del corazón y re- 
gresa a él transformada por la combustión vital. Eso, 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 373 

y no otra cosa, es lo que se llama un héroe. «Lo que 
distingue, dice Emerson, a los hombres reputados 
excelentes oradores, de algún ferviente místico pro- 
fetizante, semialocado bajo lo infinito de su pensa- 
miento, es que estos últimos hablan desde lo interior 
o por experiencia, corno si fuesen poseedores y coopera- 
dores del hecho, mientras que la otra clase de personas 
hablan del exterior, como simples espectadores, como 
si no conociesen el hecho más que por la experiencia 
de una tercera persona.» 

Así es, efectivamente; el pensamiento del grande 
hombre emana de las profundidades de su concien- 
cia como el árbol de las de la tierra. Así como éste 
no muestra sus raíces, sino su ramaje, su flor, su 
fruto, para probar su comunión con el centro de la 
vida universal, el héroe ofrece su vida en acción, en 
flor, en fruto, como prueba de su armonía con la 
armonía de los orbes. Sus razones, las raíces de sus 
ideas, no son accesibles muchas veces en el presente: 
sólo el tiempo escarba la tierra y las pone al fin de 
manifiesto, en el momento floreal de las memorias. 

Muy difícilmente hallaríamos un cuadro más pro- 
picio al bajorrelieve, para expresar todo eso, que el 
que nos ofrece Artigas al inaugurar nuestro Congreso 
de A hril; está vestido de su chaquetilla azul de blan- 
dengue, sin espada; lee en voz alta, lentamente, el 
manuscrito de su discurso; toda su acción exterior 
se concentra en la expresión serena de sus ojos claros, 
en que se encienden, de vez en cuando, algunos de 
sus apostrofes. 

Os dije alguna vez que yo he oído la voz de Arti- 
gas. Se la oye, efectivamente, no sólo en las constan- 
tes referencias de quienes lo conocieron, sino en el 



374 I'A EPOPEYA DE ARTIGAS 

estudio de su carácter, reflejado en sus cartas fami- 
liares, en el de su ambiente y educación, en el de la 
tradición no interrumpida. I^a modificación eufónica 
de la lengua española en nuestra América, tan cons- 
tante y llena de significado, tenía en el capitán de 
blandengues su genuino intérprete. La hablaba bien, 
pero con el acento de su región oriental, donde, como 
en las otras regiones argentinas, cobra un carácter 
propio que nadie confunde; la igualdad de la articu- 
lación de la c o la z con la s, por ejemplo, caracterís- 
tica de toda la América española, y cierta pequeña 
aspiración de las vocales, que acerca acaso el acento 
americano al andaluz, eran propios de Artigas. No 
tenía, sin embargo, según lo dicen Vedia y otros, 
las cadencias gauchescas de nuestros campesinos, ni 
aun cuando hablaba con gauchos y quería acercarse 
a ellos; aun entonces, una imperceptible superioridad 
permanecía en su voz y en su estüo. Cuando hablaba, 
en cambio, con gente culta, como Robertson, Larra- 
ñaga, etc., éstos hacen siempre notar sus palabras 
y modales «de hombre bien educado», como dice el 
primero. 

\'ocalizaba con claridad, lentamente, en voz gene- 
ralmente baja. No hay referencia a un solo grito suj'o; 
no se le o^^e una interjección descompuesta; la pa- 
sión hace silencio en él; se lo lleva a las honduras 
antes que a la superficie. 

Al hacerse oir ahora, en el Congreso de Abril, el 
timbre de su voz cobra cierta elocuente solemnidad; 
su cadencia es clara, lenta, isocrónica; no carece de 
cierto colorido musical; habla desde lo interior, según 
la frase de Emerson, como cooperador del hecho; el 
énfasis que caracteriza el estilo de aquella época, y 
está en el discurso que allí pronuncia, no está en su 



Er, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 375 

VOZ, cuyo diapasón predominante es el de la firmeza, 
el de las palabras inconmovibles, «irreparables» ha 
dicho alguien. Oigámoslo, pues, en su más memora- 
ble oración. 

«El resultado de la campaña pasada, comienza 
diciendo, me puso al frente de vosotros por el voto 
sagiado de vuestra voluntad. Tengo la honra de volver 
a hablaros en la segimda vez que hacéis uso de 
vuestra soberanía...» 

Conviene advertir aquí que, como os lo hice notar 
oportunamente, cuando hablamos del Congreso del 
Migitelete, en 1811, Artigas hace arrancar de éste la 
vida soberana de la nación, y su propia autoridad 
civü; del momento en que el pueblo, no sólo el ejér- 
cito, le confía expresamente su representación. 

«Diez y siete meses, continúa, diez y siete meses 
han transcurrido desde entonces; en esos quinientos 
veintinueve días, la gloria y la miseria nos han cu- 
bierto. Ese período formará la admiración de las 
edades. Nuestra historia es la de los héroes. El carác- 
ter constante y sostenido que hemos ostentado en 
los distintos lances anunció al mundo nuestra gran- 
deza. Sus monumentos majestuosos se levantan desde 
los muros de nuestra ciudad hasta las márgenes del 
Paraná. Cenizas y ruina, sangre y desolación, ved 
ahí el cuadro de la Banda Oriental, y el precio de su 
regeneración. Pero ella es pueblo libre.» 

«Navegar es necesario; vivir no es necesario.» Es 
el mote del viejo escudo de Bremen. Y es eso, más o 
menos, lo que dice Artigas, como lo veis: ser Ubre 
es lo que importa. Pero nada sería su afirmación, 
si no nos dijera, como nos dice, lo que él entiende 
por ser pueblo libre. «El fruto inmediato de nuestros 
trabajos de energía y constancia, continúa diciendo, 



376 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

está obtenido; los ¡Dortugueses no son ya dueños de 
nuestro territorio; pero de nada habrían servido tales 
sacrificios, si no tuvieran por término el triunfo de 
los principios inviolables, o del sistema, como enton- 
ces se decía, que hicieron su objeto.» 

Y el caudillo da por obtenido tal objeto por el solo 
hecho de poder decir a la Asamblea que preside estas 
sus más lapidarias palabras con que continúa: 

<íMi autoridad emana de vosotros, y ella cesa por 
vuestra presencia soberana. Vosotros estáis en el pleno 
goce de vuestros derechos. Ved ahí el ¡ruto de mis ansias 
y desvelos, y ved ahí también todo el premio de mi ajan. 
Ahora, en vosotros está el conservar lo. í> 

Ése es, amigos, el exordio de aquel discurso inaugu- 
ral. Si Artigas hubiera muerto en ese momento de 
su vida, nada más hubiera sido necesario, me parece, 
para que dierais bronce a ese molde de caballero de 
la democracia; pero vivió, felizmente, para demos- 
trar que eran palabras vivas las que se formaban en 
su aliento. 

Consecuente con ellas, el procer da cuenta al Con- 
greso del comienzo, en Buenos Aires, de la Asamblea 
Constituyente, <(tantas veces anunciada». «Su reco- 
nocimiento nos ha sido ordenado, agrega, Y bien: el 
resolver sobre ese particular ha dado motivo a esta 
congregación, porque yo ofendería vuestro carácter y el 
mío, vulnerando vuestros derechos sagrados, si resolviera 
por mí mismo una materia reservada sólo a vosotros.» 

En ese concepto, pues, y para ordenar el debate, 
propone tres pimtos: i.° Si debe procederse a reco- 
nocer la Asamblea de Buenos Aires antes o después 
de la resolución de las reclamaciones confiadas a Gar- 
cía Zúñiga, de acuerdo con la Convención del Yi. 
2.° Resolver sobre el número de diputados orientales 



El. PENSAMIENTO DE ARTIGAS 377 

que deben enviarse, caso de ser aquélla reconocida. 
3.0 Instalar, en el Estado Oriental, la autoridad o 
gobierno que, mientras no se dicte la Constitución, 
debe administrarlo y representarlo. 

Artigas juzga que la resolución del primer pimto 
lo concentra todo: hechos y principios; y, para bien 
ilustrarla, da cuenta a sus conciudadanos de sus actos, 
hasta el momento en que, como jefe del ejército, y 
signatario de aquella Convención del Yi, envió a Gar- 
cía Zúñiga a Buenos Aires con sus reclamaciones; 
recuerda la reciente historia, que Uama «la historia 
de nuestras confianzas»; reclama la atención sobre 
cómo esa honrada fe de los orientales en la intención 
recta de los otros les acarreó las persecuciones del 
Ayuí, el abandono, el doloroso regreso en medio de 
la execración injusta, único premio de los servicios 
a la causa de todos, las nuevas violaciones y traicio- 
nes de Sarratea, recibido, sin embargo, en triunfo 
en Buenos Aires, las reclamaciones pendientes, por 
fin. 

I Ya no es posible, dice entonces, ya no es posible 
librar nuestro destino a la sola buena voluntad de 
los hombres, desgraciadamente; «que si una descon- 
fianza desmedida sofocaría los mejores planes, un 
exceso de confianza no es menos temible». 

«Va a contar tres años nuestra revolución, agrega, 
y aun falta la salvaguardia del derecho popular. Esta- 
mos bajo la fe de los hombres... Y es muy veleidosa 
su probidad. Sólo el freno de la Constitución puede 
afirmarla, y, mientras ésta no exista, es preciso adop- 
tar las medidas que equivalgan a la garantía preciosa 
que ella nos ofrece.» 

En esa virtud, Artigas propone allí estas dos cues- 
tiones, y da sobre ellas su dictamen: i° ¿Debe rece- 



37^ LA EPOPEYA DE AMIGAS 

nocerse 3' jurarse la Asamblea de Buenos Aires antes 
o después de resueltas las reclamaciones pendientes? 
2.0 Satisfechas éstas, ¿debe el reconocimiento tener 
el carácter de obediencia o el de pacto o tratado? 

Artigas contesta con tirmeza: Debe esperarse la 
resolución. Debe reconocerse la Asamblea, pero libre- 
mente, como acto soberano de un miembro de la 
unión federativa, no sólo deseada, pero exigida por 
el Pueblo Oriental. 

Se conmueve el gran caudillo entonces, ante la 
idea de que su pensamiento pueda no ser compartido, 
o mal comprendido, por sus conciudadanos; retempla, 
como en el Congreso del Miguelete, su resolución he- 
roica; los precave de la irresolución o el desaliento, 
de la tentación contra la fe. Pero la idea de que Uegue 
a creerse que pueda él tender a la disolución de la 
unión de los pueblos platenses, y aun americanos, 
para la obtención del común propósito de indepen- 
dencia, lastima su conciencia. Él es el primero en 
consagrar aquel medio de realizar el propósito; pero, 
ante todo, y sobre todo, quiere definir, coniirmar, 
poner en práctica el propósito mismo. Oid sobre eso 
las palabras del héroe, firmes, concretas, sin la som- 
bra de una reticencia. 

«Esto no se acerca, dice, ni por asomos, a una sepa- 
ración nacional; garantir las consecuencias del reco- 
nocimiento no es negar el reconocimiento; es, por el 
contrario, hacer compatible nuestra conducta con las 
miras liberales y fundamentos de la misma Asamblea 
que vamos a reconocer. Si no hay motivos para creer 
que la Asamblea pretende vulnerar nuestros dere- 
chos, mal puede haberlo para temer que ella vea en 
nuestra precaución otra cosa que un acto que secunda 
sus propósitos. Vuestro temor los ultraj aria altamente.» 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 379 

Una observación nos asalta aquí, tenaz y persis- 
tente. Artigas, en ese estupendo discurso, quiere poner 
a su pueblo, que lo es todo el americano, a cubierto 
de una tiranía interna. Pero ¿no pasaba entonces por 
su imaginación la idea de que la logiapolítica de Bue- 
nos Aires pudiera pensar, no ya en su propio despo- 
tismo, sino en la vuelta de estos países al dominio 
europeo? ¿No sospechaba siquiera los trabajos mo- 
nárquicos que allí, de puertas adentro, se incubaban? 

Indudablemente, no. Se lee toda su corresponden- 
cia, la que mantiene con el Paraguay especialmente 
sobre sus diferencias con Buenos Aires en esta época, 
y no se encuentra en ella ni una remota alusión a tal 
peligro. Uno se convence de que aquel hombre de 
bien no puede dar asentimiento a tal sospecha, con 
la que creía inferir una ofensa injusta o temeraria a 
sus adversarios. Pasarán años antes de que Artigas 
se convenza de que es verdad; necesitará tocarla con 
la mano. Y era ése, sin embargo, el enemigo que lo 
atisbaba desde el fondo de la logia, a él y a los pue- 
blos; el enemigo que lo debelará por fin. 

Y concluyamos con su discurso. 

«De todos modos, dice el caudillo, la energía es 
necesaria. No hay un solo golpe de energía que no 
sea marcado con el laurel. ¿Qué glorias no habéis 
obtenido ostentando esa virtud? 

»Visitad las cenizas de vuestros conciudadanos; que 
ellas, desde el fondo de sus sepulcros, no nos ame- 
nacen con la sangre que vertieron para hacerla servrir 
a nuestra grandeza. Conciudadanos: Pensad, medi- 
tad, y no cubráis de oprobio las glorias de 529 días 
en que visteis la muerte de vuestros hermanos, la 
aflicción de vuestras esposas, la desnudez de vuestros 
hijos, el destrozo de vuestras haciendas, y en que 



38o LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

visteis quedar sólo escombros y ruinas, como vesti- 
gio de vuestra opulencia antigua; ellos forman la 
base del edificio augusto de vuestra libertad.» 

He ahí el extracto de aquella oración inaugural 
del Congreso del Peñarol, que hoy rueda hasta nos- 
otros como un largo trueno. ¿Es de Artigas ese sor- 
prendente discurso? ¿O fué escrito por I^arrañaga, 
Barreiro, Vidal, o por cualquier otro? Punto es ése 
que estudiaremos después, pero que me parece muy 
secundario. Cuantos más ha3-an colaborado en esa 
obra, tanto más podremos afirmar que el genio que 
la inspira no es el de un hombre, sino el de un pue- 
blo, como dice Monterroso; de aquel Genio de los 
Orientales de que éste nos habla... Del Genio de Amé- 
rica, digamos nosotros, amigos artistas, si os parece 
bien; del Genio de América. Que no era otro el influjo 
bajo el cual obraba aqutl hombre; él no respiró más 
aire que el de este continente... 

Y si la española, y aun la ibérica, reconoce como 
propias, y las reclama, aquellas hablas proféticas de 
Artigas, no reclamará sino lo suyo. Ahí están, pues; 
para todos nuestros hermanos en la madre Democra- 
cia las tenemos guardadas los orientales, y defen- 
didas piadosamente, de las incurias del. tiempo y de 
los hombres, en el cofre de nuestros caudales; son 
nuestra riqueza. Los que las reconozcan como pro- 
pias, desde Méjico hasta Chiloé, los del Río de la 
Plata especialmente, pueden venir por ellas, y por 
el abrazo de los hijos de Artigas, el hombre americano, 
el buen hombre americano. 

Su potente espíritu fué el de aquel memorable Con- 
greso de Abril, en él se acordó, por unanimidad, recono- 
cer la Asamblea Constituyente de Buenos Aires, e 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 381 

incorporarse a ella. Ese reconocimiento descansaba en 
el concepto incontrovertible de que aquella Asamblea 
era, y no podía menos de ser, la ejecutora del pensa- 
miento esencial de la revolución de Mayo, y, en espe- 
cial, la garantía de la autonomía oriental, que los orien- 
tales no podían poner en discusión. Pero por más que 
eso podía considerarse tácitamente incluido en la de- 
claración del Congreso del Peñarol, éste quiso hacerlo 
expresamente. Además de exigir la continuación del 
asedio riguroso de Montevideo con Rondeau, y la de- 
volución de elementos bélicos, dijo: «Será reconocida 
y garantida la confederación ofensiva y defensiva de 
esta Banda con el resto de las Provincias Unidas, 
renunciando cualquiera de ellas la subyugación a 
que se ha dado lugar por la conducta del anterior go- 
bierno. En consecuencia de dicha confederación, se 
dejará a esta Banda Oriental en la plena libertad que 
ha adquirido como provincia compuesta de pueblos 
libres; pero queda desde ahora sujeta a la consti- 
tución que emane y resulte del Soberano Congreso 
General de la Nación, y a sus disposiciones consiguien- 
tes, teniendo por base la libertad». 

Se aclamó a Artigas como el jefe indiscutible del 
Estado; se organizó éste con todos sus resortes. En 
ejecución de lo resuelto. Artigas, el 20 de abril, con- 
gregó una nueva y grande asamblea de ciudadanos, 
y, con su voto y elección, organizó, con el título de 
Cuerpo Municipal, el primer gobierno civil del Es- 
tado, «que entendería en la administración de justicia 
y demás negocios de la economía interior del país». 
Fué aquél el primer ministerio, adaptado a las cir- 
cunstancias, del primer presidente de nuestra repú- 
blica, elegido tal con el nombre de Gobernador Militar 
y Presidente del Cuerpo Municipal: Pérez con García 



382 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Zúñiga, Jueces Generales; Sierra, Depositario de Fon- 
dos Públicos; Duran, Juez de Economía; Revuelta, 
Juez de Vigilancia; Méndez y Ra, Protectores de Po- 
bres; Bruno Méndez, Asesor del Cuerpo Municipal; 
Barreiro, Secretario del Gobierno; Gallegos, Escribano. 
Artigas hizo conocer al pueblo la forma en que había 
organizado su gobierno, por bando de 21 de abrü. 
Nadie dejará de observar lo original de ese orga- 
nismo gubernativo, cuyo origen vivo podría preci- 
sarse claramente. Se ve, a primera vista, que no es 
ésa una organización artificial, libresca, sino algo 
tomado de lo que allí existía, y adaptado provisional- 
mente a la urgencia del momento; es una cosa vi- 
viente, práctica, una realidad. Ese gobierno, que esta- 
bleció su sede en Canelones, comunicó su constitu- 
ción a Buenos Aires, el 8 de mayo de 1813; lo hizo 
en una larga nota, muy razonada, 5' concebida en 
términos respetuosos y cordiales; pero no obtuvo ni 
el acuse de recibo que es de cortesía, ni el simple acuse 
de recibo. 

Pero en aquella Asamblea del Peñarol se redacta- 
ron, además, las instrucciones que debían regir, en 
la Constituyente de Buenos Aires, la conducta de los 
representantes del Pueblo Oriental que alJí fueron ele- 
gidos, I^arrañaga, Vidal, Cardoso, Salcedo, Rivarola, 
y para eso sí fué necesario adoptar las formas y prin- 
cipios universalmente consagrados. 

¡I^as Instrucciones del año 13! Ellas son, mis ami- 
gos artistas, el milagro de aquel momento histórico. 
Una conjuración, de las cosas antes que de los hom- 
bres, las ha tenido ocultas hasta ayer no más, como 
tantos otros datos esenciales de nuestra historia, a pe- 
sar de la gran difusión que en su tiempo recibieron. 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 383 

Fueron halladas en los archivos de la Asunción, en co- 
pia refrendada por el mismo Artigas, hacia el año 1867; 
se publicaron, por primera vez, en 1878. lyos histo- 
riadores, amigos o enemigos de su autor, han escrito 
sin conocerlas. 

Recordad que estamos a principios del año 1813. 
Si tuviéramos tiempo de recorrer las distintas regio- 
nes de América en ese momento, y darnos cuenta del 
estado de la revolución, ese estudio nos sería verdade- 
ramente útil. El sol de Mayo se ponía en todas partes; 
el triunvirato de Buenos Aires, sin pensamiento ni 
pi opósito fijo, andaba a tientas, tropezando en las 
tinieblas, buscando o esperando al hombre que no 
aparecía, y a quien debía reconocerse por su corona de 
oro. En la Asamblea Constituyente brillarán res- 
plandores inconscientes y fugaces. Esa Asamblea 
Constituyente no constituirá nada, porque no tiene 
fe firme; no declarará la independencia, ni mucho 
menos; adopta algunos símbolos, un escudo, una mo- 
neda, pero no abandona la bandera española, la ban- 
dera real; está atada a la antigua metrópoli por el 
espíritu tradicional monárquico; no quemará las na- 
ves; las calafateará para el probable regreso al puerto 
de salida; hará reformas importantes, pero reformas en 
el organismo español; es algo así como la Constituyen- 
te de Cádiz; no más. No hay- que hacerle cargos por 
eso ni menoscabarle gloria; era lo natural, lo humano. 
El genio autóctono no estaba allí; allí no había más 
que reflejos de espíritus remotos; se percibe en ella 
lo que nos hace advertir tan profundamente Emerson: 
«lo que distingue a los hombres reputados excelentes 
oradores de algún ferviente místico profetizante, semi- 
alocado bajo lo infinito de su pensamiento». 

Artigas, más vidente que sabio, dicta entonces sus 



384 I#A EPOPEYA DE ARTIGAS 

instrucciones; traza en ellas, con la misma seguridad 
que Jefferson y Washington, las cifras del evangelio 
republicano. No son ellas una opinión; son una evi- 
dencia, un grito imperioso, una intimación de luz que 
vibra en las tinieblas, y proyecta en ellas los colores 
de una bandera nueva. Son el porvenir, armado de 
todas armas, que aparece en el presente, como una 
sombra iluminada que es preciso obedecer. 

Esas instrucciones son la primera y la última pa- 
labras del hombre de Mayo; en ellas está su visión: la 
visión que veréis siempre a su lado, mirándolo en los 
ojos. Comienzan por establecer que los diputados 
orientales deben pedir da inmediata declaración de 
la independencia absoluta de estas colonias, las cuales 
quedarán ab sueltas de toda obligación de fidelidad a 
la corona de España y familia de los Barbones. Y que 
toda conexión política entre aquéllas y el estado de Es- 
paña es y debe ser totalmente disuelta. No aceptarán, 
en substitución del régimen abolido, más forma de go- 
bierno que la republicana, ni más sistema que al de con- 
federación de los distintos estados soberanos del Platas. 

Eso está muy pronto dicho. Hoy nos parece la cosa 
más natural del mundo, desde que es eso lo que ha 
sucedido, y debía suceder. Pero en 1813, eso era un 
desgarrón audaz del velo del porvenir, era el secreto 
manifiesto que todos miran, y sólo los iluminados ven. 
En ninguna región de la América austral se había 
hecho una declaración igual ni parecida. Sólo en la 
región de Bolívar, allá muy lejos, se moría por esa fe; 
pero ella flaqueará, aun en el alma de Bolívar. Fer- 
nando VII seguía reinando moralmente entre nosotros. 
Belgrano y Rivadavia irán a Europa, antes de un año, 
a reconocer a Carlos IV; aUá se encontrarán con Sa- 
rratea, pero no se entenderán, y sólo obtendrán dolo- 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 385 

rosos fracasos; desahuciados en Europa, Belgrano 
pensará en coronar un descendiente de los rej^es 
incásicos. lyO esencial es que sea rey. Me extendería 
demasiado si os recordara los casos concretos; pero 
bástenos recordar que la declaración de independen- 
cia de las Provincias Unidas del Plata será hecha sólo 
tres años después, el g de julio de 1816, por el Con- 
greso que se reunirá en Tucumán, después de derro- 
cado el que ahora examinamos; esa fecha es la cifra 
gloriosa de la República Argentina. I^a declaración de 
Tucumán se hizo, sin embargo, tras largas vacñacio- 
nes y temores; y los mismos proceres que la sancio- 
naron, lejos de declarar, como Artigas, la substitución 
del régimen colonial por la forma repubUcana, pug- 
naron, entonces y después, por el establecimiento de 
una dinastía europea en el Plata. Ellos, que hoy son, 
y no sin causa, glorificados en su patria, no creían, 
sin embargo, en el pueblo, como fuente posible de 
soberanía y de organización. ¡Qué no daría hoy la 
noble RepúbHca Argentina, qué no daríamos los hijos 
todos del Río de la Plata, por ver escritas, en las actas 
de ese Congreso de Tucumán, las I nstrucciones de 
Artigas! 

Eso ha dado ocasión a que, comparándose la his- 
toria del Plata con la del Orinoco, donde Bolívar 
abrigó casi siempre la nueva fe, aunque nunca con 
la firmeza de Artigas, se haya afirmado que es allá, 
en el Norte, y no entre nosotros, donde se encuen- 
tra el núcleo de la democracia americana indepen- 
diente. Convengamos en que eso pudiera afirmarse, 
con más o menos exactitud, si se estudia nuestra his- 
toria del Plata sin Artigas. Bolívar fué, efectivamente, 
el rival, en ese concepto, de San Martín, y éste repre- 
sentaba el espíritu de la comuna bonaerense. Pero la 

T. I.-27 



386 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

historia d¿l Plata sin Artigas, amigos míos, no es la 
historia del Plata; está mutilada, y también calum- 
niada. Esa brecha que algunos han creído ver en 
nuestros fastos rioplatenses es sólo aparente; es la 
obra de los que, colocados en la alternativa de tener 
que confesar a Artigas o negar la esencia popular de 
la revolución, han optado por lo segundo; han depri- 
mido la revolución por tal de aniquilar al héroe. El 
pensamiento de Artigas, no el de sus contradictores, 
fué la pasión de los pueblos todos argentinos, de todos, 
orientales y occidentales, el motor de su acción he- 
roica. Este Artigas fué el inspirado intérprete y con- 
ductor de todos ellos, el mensajero. Estas sus Ins- 
trucciones, que estamos estudiando, emanaron del 
alma de esos pueblos, de todos los pueblos riopla- 
tenses. Artigas es }• será el héroe; él vio la verdad 
intrínseca de nuestra vida, la suprema reahdad per- 
manente. 

Y la vio con tal precisión, que la República Argen- 
tina, después de cuarenta años de luchas y tiranías, 
provocadas por el antagonismo entre la capital y las 
provincias, que Artigas quiso evitar, sólo ha podido 
darse su organización definitiva con su Constitución 
de 1853. Y esa Constitución, amigos artistas, es, en 
sus líneas fundamentales, la reproducción, ni más ni 
menos, de las instrucciones que dio Artigas, como 
Presidente del memorable Congreso del Peñarol, a 
los diputados orientales, el año 1813, 

En ellas se consignaba, además de la declaración 
angular, lo siguiente: «No se admitirá más sistema que 
el de confederación para el pacto recíproco de las 
provincias que formen el Estado. — Se promoverá 
4k libertad civil y religiosa en toda la extensión ima- 



El. PENvSAMIENTO DE ARTIGAS 387 

ginable. — Como el objeto del Gobierno debe ser con- 
servar la igualdad, libertad y seguridad de los ciuda- 
danos y de los pueblos, cada provincia formará su 
gobierno sobre esas bases, además del gobierno su- 
premo de la nación. — Así éste como aquél, se dividi- 
rán en poder legislativo, ejecutivo y judicial, que 
siempre serán independientes. — El Gobierno Supremo 
entenderá sólo en los negocios generales del Estado. 
El resto es peculiar del gobierno de cada provincia. 
Quedan abolidas las aduanas interprovinciales. — El 
despotismo militar será aniquilado para asegurar la 
soberanía de los pueblos. — I^a capital se establecerá 
fuera de Buenos Aires.» 

Todo esto se refiere, como lo veis, a la estructura del 
conjunto de los Estados confederados; pero Artigas es- 
tableció la del Estado Oriental de una manera especial 
y precisa. En esas admirables Instrucciones comenzó 
por trazar las fronteras de su patria, que él veía arrai- 
gadas en las entrañas de la tierra y en las de la historia. 
En su nota de 1811 al gobierno del Paraguay, hemos 
visto que decía: «I^a Banda Oriental es la hermana, la 
aliada de Buenos Aires; pero tiene sus limites propios, 
sen alados por la naturaleza». Ahora, en sus Instruccio- 
nes de 1813, dice: «El territorio que ocupan estos pue- 
blos de la costa oriental del Uruguay se extiende 
desde los siete pueblos de Misiones, que hoy ocupan 
injustamente los portugueses, y que a su tiempo deberán 
reclamarse, hasta la fortaleza de Santa Teresa. Ese será, 
en todo tiempo, el territorio de este Estados. 

¡Hoy no lo es, amigos artistas, hoy no lo es! Ya ve- 
réis, más adelante, por qué los orientales no poseemos 
íntegra la legítima herencia del padre Artigas. 

«Iva Provincia Oriental, continuaban las «Instruccio- 
nes», entra en una firme liga de amistad con cada una 



388 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

de las otras, para la defensa común, para su libertad, 
para la mutua y general felicidad; pero retiene su so- 
beranía, su libertad e independencia; retiene todo po- 
der, jurisdicción 3' derecho que no sean expresamente 
delegados al conjunto de las provincias, unidas a su 
Congreso. Bl Estado Oriental tendrá su constitución 
territorial, y sancionará la general de las provincias 
unidas que forme la Asamblea Constituyente. Podná 
levantar los regimientos que necesite, nombrar sus 
jefes, organizar sus fuerzas.» 

Por fin, se establece que la Constitución general 
asegurará a las provincias la forma republicana de 
gobierno, y garantirá a todas y cada una de ellas sus 
derechos, su seguridad, su soberanía. 

Ahí tenéis, amigos, el pensamiento de Artigas, No 
me parece indispensable a mi propósito el establecer, 
de acuerdo con el tecnicismo jurídico, si en ese pen- 
samiento estaba el concepto de un gran Estado 
federal, o el de una Confederación de Estados. Héctor 
IVIiranda ha escrito sobre eso, y sobre las memorables 
Instrucciones en detalle, un libro lleno de sólida erudi- 
ción y de mérito. Pero eso es accidente para nosotros. 
A nosotros nos basta con saber que, en aquel pensa- 
miento, estaba la independencia republicana de todos 
estos pueblos desprendidos de la metrópoli española; 
lo mismo la del Uruguay que la de la Argentina; lo 
mismo la de Bolivia que la del Paraguay. La unión 
o separación de esos estados, en una forma o en otra, 
será obra accidental de los sucesos. Lo esencial aquí 
es la personalidad, la vida de todas y cada una de 
esas entidades sociológicas. Porque, eso sí, quiero que 
advhtáis desde ahora, artistas amigos, con grandí- 
sima atención, para que percibáis el rasgo caracte- 
rístico de Bolívar allá en el Norte, y mucho más el 



El. PENSAMIENTO DE ARTIGAS 389 

de este nuestro Artigas en el vSur. Artigas tiene un 
doble carácter: es el jefe de uno de los pueblos de la 
confederación que está en su mente, el Estado Orien- 
tal; y, al propio tiempo, el creador de la confederación 
misma republicana, el solo creador. Observad, desde 
ahora, que él no se incluye entre los representantes 
de ese Estado Oriental, como no se incluirá entre los 
de los otros; los pone a todos en el pleno goce de sus 
derechos: en sus Instrucciones proclama, no bolo la 
independencia oriental, sino la independencia abso- 
luta de estas colonias, para que formen naciones sobe- 
ranas confederadas. Bl será el Jefe de los Orientales; 
pero sobre ese carácter, que acaso pudiéramos llamar 
específico, se siente investido del genérico de Protec- 
tor de los Pueblos Libres, como será llamado. Él es 
el lyibertador del Plata, como Bolívar lo es del Ori- 
noco; pero con una fe republicana más firme que la 
de Bolívar; con una visión más clara y más imperiosa, 
como brotada más directamente de la naturaleza, 
y menos adulterada por extraños artificios. 

Y con esa fe, sueña, como lo habéis visto, en llegar 
hasta el Perú, hasta encontrarse con Bolívar; con 
ella seguirá anhelante, desde su tierra, los pasos de 
San Martín, cuando éste cruce los Andes; con ella, 
por fin, y en ella morirá, y será enterrado de limosna. 



IV 



Se ha dicho, como antes lo insinuábamos, que no 
fué Artigas quien escribió las Instrucciones de 1813. 
¡Como si todos los grandes hombres lo hubieran hecho 
todo por su mano' 

Pero bien: si no fué Artigas el que abrigó, y dio for- 



390 I«A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

ma, y custodió ese pensamiento, debe haber existido, 
en la Banda Oriental, otra persona a quien debamos 
atribuirlo, pues no se concibe un pensamiento que no 
radique en una persona, en una conciencia. Dígase, 
pues, quién es ese otro, y lo proclamaremos el héroe. 
Pero el hecho es que ese tal estaba allí, sólo allí, en 
el Congreso oriental de 1813, y es preciso encontrarlo; 
el hecho es que iba con Artigas; en Artigas era con- 
ciencia permanente, y verbo, y acción... ¿Dónde está, 
pues, ese otro hombre superior, que se esconde en la 
cara de Artigas? ¿Cómo se llama? 

Ninguno de los estadistas, más o menos preparados, 
de Buenos Aires, indicó, ni remotamente, esa doctri- 
na, cuyo origen es hoy bien conocido; todos sabemos 
que ella no es otra que la Constitución de Estados 
Unidos. Y mal podían aquéllos indicarla, porque no 
la conocían, como la conocía y estudiaba de la Mora en 
el Paraguay. Riv adavia, el más ilustrado de todos 
ellos, era, como lo dice don Andrés llamas, un discí- 
pulo de los filósofos y revolucionarios franceses; no 
concebía ni conocía más sistema de gobierno que el 
unitario, el centralismo absoluto: monárquico prime- 
ramente, republicano, por fin, cuando no se pudo 
menos; pero oligárquico. Se ha pretendido atribuir a 
Mariano Moreno el conocimiento y hasta la adopción 
del pensamiento de Artigas; para ello, se ha llegado 
hasta a intercalar en sus escritos un párrafo que no 
figura en la Gaceta de Buenos Aires, de que fueron 
tomados. 

Pero, no; hoy la luz es meridiana; no vino del otro 
lado del Plata aquel vital espíritu, por más que yo 
mismo oí decir una vez a Sarmiento que fué su ilus- 
tre deudo Fray Justo de Santa María de Oro quien 
hizo conocer a Monterroso, secretario de Artigas, las 



El, PENSAAnENTO DE ARTIGAS 39I 

instituciones de Estados Unidos. Héctor Miranda, en 
el libro que os he citado, examina los hombres que, 
entre los orientales, pudieron ser los autores de esas 
Instrucciones. ¿Fué Larrañaga? ¿Barreiro? ¿Monte- 
rroso? Ninguno de ellos puede ser, dice IVIiranda. Fué 
lyarrañaga, dicen otros, I^arrañaga, que poseía el inglés, 
y cuyo estilo puede reconocerse en el discurso inaugu- 
ral de Artigas. No, afirman otros; son de Barreiro, 
de cuyo puño y letra están escritas en el Archivo 
Nacional Argentino. 

Si tanta importancia tuviera el punto, puedo daros 
una nueva pieza de convicción, que, más aun que 
para el caso concreto, nos servirá para juzgar de aque- 
llos tiempos y personas: es el borrador de una carta, 
que llega original a mis manos, dirigida por lyarra- 
ñaga al obispo de Buenos Aires en 1837; es de su puño 
y letra. En eUa, el prelado oriental, I^arrañaga, pide 
al argentino, por recomendación «de su distinguido 
y amable presidente» (Oribe), interponga su sagrada 
dignidad a fin de obtener del gobierno de Rosas, 
dueño entonces de la República Argentina, pasaporte 
para el doctor don Mateo Vidal, que, sospechado de 
unitario, está mal en Buenos Aires. Es la época en 
que los vocablos «Unitario» y «Federal» tienen un 
sentido muy distinto del que Artigas les atribuía; 
pero en el espíritu de I^arrañaga, honrado espíritu, 
lo conservaban, por lo visto. Éste defiende de la peH- 
grosa imputación a su antiguo compañero. «Puedo 
asegurar, dice al obispo, que siempre he reputado 
por acénimo federal a nuestro don Mateo, desde 1813. 
Ese mismo año fui electo por esta Provincia, para 
tomar parte en el Congreso General Argentino; y, 
habiendo desde luego manifestado hallarme con ins- 
trucciones decisivas sobre votar por el sistema fede- 



392 I*A EPOPEYA DE ARTIGAS 

rativo, mi franqueza y mi vigor en -proponer y sostener 
la conveniencia necesaria de tal principio se estimó 
causa bastante para no ser admitida mi misión en esa 
capital... Constándome, de consiguiente, que los prin- 
cipios de Vidal eran, desde aquella época, idénticos 
a los míos, sería extraño que ese amigo mío pudiera 
de un golpe haber cambiado sus conocidas ideas.» 

Y agrega más adelante: «Vidal es un sacerdote sub- 
dito de V. S., y, si ha preferido su establecimiento en 
esa ciudad a la dulzura de vivir entre sus deudos en 
su patria, ella es tan luego naturalmente aficionada 
a ese sistema federativo, como lo soy yo, y lo he sido 
siempre a fuer de buen orientah. 

Me parece que esa carta, interesante si las hay, 
nos permite afirmar que no otro que I^arrañaga fué 
quien dio forma a aquellos principios que propuso y 
sostuvo y conservó hasta el fin como inseparables de 
su nacionalidad. 

Pensad vosotros lo que más os venga en talante; 
pero convendremos en que, cualquiera que ha3'a sido 
aDí el secretario redactor, no sólo fué Artigas quien 
proclamó el principio vital, sino que fué él quien lo 
custodió sin quebranto, al través de las vacilaciones 
de sus mismos colaboradores, de \idal, de Barreiro, 
del propio I^arrañaga, de todo el mundo; por mante- 
nerlo fué objeto de persecución y de odio; y él y su 
patria fueron el holocausto ofrecido a esos principios, 
alma matsr de la república triunfante. Lo que en los 
otros pudo ser una doctrina, en Artigas era una visión; 
otros podían saber la verdad; él era una verdad. 

La visión del hombre oriental, para los hombres de 
Buenos Aires, era una proterva visión, una Dulcinea 
del Toboso, pero fatídica; una emperatriz de la Man- 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 393 

cha, pero no, como la primera, inocente labradora sin 
pasiones, sino voluptuosa y palpitante, capaz de arras- 
trar al pueblo a sus brazos y estrangularlo en ellos 
como una hermosa fiera. Era la anarquía. El caba- 
llero que la amara no sería el inocente andante de 
la Mancha, símbolo de toda abnegación generosa, des- 
tinado a ser la burla de arrieros y venteros y Sanchos 
Panzas; no debía ser tratado por los duques opulen- 
tos como objeto de regocijadas parodias caballeres- 
cas, sino considerado criminal y peligroso, reo de lesa 
patria americana, y condenado a muerte. 

Artigas era el caballero, el Quijote siniestro. Reo 
será de muerte. 

Inútiles fueron sus esfuerzos porque los diputados 
orientales se incorporaran ala Asamblea Constituyen- 
te, a hacer oir al menos la voz sincera. Ya os he hecho 
saber quiénes son los que esperan en Buenos Aires a 
esos diputados orientales: ya sabéis, pues, lo que allí 
va a acontecer. Eran, sin embargo, bien dignos de 
respeto. El ilustre Dámaso I^arrañaga por sí solo 
hubiera podido inspirarlo. Y don Mateo Vidal, don 
Felipe Cardóse, don Marcos Salcedo y el doctor don 
Francisco Bruno Rivarola, que lo acompañaban, no 
le iban en zaga. No merecieron consideración, des- 
graciadamente. Se presentaron por primera vez, y fue- 
ron rechazados: había defectos de forma en la elección. 
Artigas convocó al pii^blo por segimda vez, para que 
ratificara los poderes de sus diputados. El pueblo los 
ratificó. Por segunda vez fueron rechazados en la 
Asamblea. 

Buenos Aires, como antes lo hemos visto, no que- 
ría eso, sino la otra cosa, Y no pudiendo obtenerla, 
y a pretexto de que se anunciaba la llegada a Monte- 
video de refuerzos de España, resolvió, por segunda 



394 I"*- EPOPEYA DE ARTIGAS 

vez, levantar el sitio; abandonar de nuevo la Provin- 
cia Oriental a su propio destino, ya que lo quiere 
propio, distinto del que a todos adjudica la comuna 
oligárquica. 

Kn el mes de mayo de 1813, se ordenó a Ronde au el 
retiro inmediato del ejército auxiliar. Rondeau logró 
paralizar la ejecución de esa inconsiderada medida; 
pero la orden fué reiterada y confirmada, aun antes 
de recibirse el parte oficial de la llegada de los refuer- 
zos españoles. 

Se ordenó a Rondeau terminantemente que levan- 
tara el asedio, y se embarcara con el ejército en la 
Colonia, donde ya estaban prontos los transportes 
necesarios. Rondeau insistió, demostró, triunfó. No 
pudo resistírsele; el sitio continuó. Esta insistencia 
de Rondeau forma acaso lo mejor de su gloria. 

Bien es verdad que el gobierno de Buenos Aires 
quería destinar las tropas del asedio de Montevideo 
a reforzar las que, allá en el Norte, resistían la inva- 
sión del español que venía del Perú; pero eso demues- 
tra, una vez más, lo que antes os he hecho ver con cla- 
ridad: que la Provincia Oriental no era necesaria para 
la integración del gran virreinato españolandino; 
que éste era lo principal y aquélla lo accesorio; que 
la región oriental sería siempre abandonada, si así 
lo exigían los intereses de la occidental; que eso éralo 
que se pretendía de Artigas ante todo: el sacrificio de 
la Patria Oriental, siempre y cuando así lo reclamara 
la existencia de la Occidental, 3'" cualquier fuese la 
forma que para ésta adoptara su oligarquía. Y Arti- 
gas no debía querer, ni quiso jamás tal cosa. El es, 
ante todo y sobre todo, el Jefe de los Orientales; ése 
fué su crimen: el buscar, en la Banda Occidental, los 
aliados o auxiliares sinceros de la Oriental, los ani- 



ET, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 395 

mados del grande espíritu común americano. Y los 
halló, por cierto; los halló en todos los pueblos argen- 
tinos, sin excluir el de Buenos Aires. 

El triunvirato consintió, por fin, en que el sitio de 
Montevideo continuase esa vez. Pero era necesario 
entonces que la condición sine qua non se cumpliese: 
ordenó a Ronde au que enviase representantes a la 
Asamblea Constituyente; pero que fuera él, el jefe 
de los bonaerenses, y no el Jefe de los Orientales, quien 
presidiese la elección, según sus instnicc iones. 

Artigas hizo entonces el último esfuerzo. 

¿Vivía aún en su alma fuerte la esperanza de con- 
ciliar la soberanía oriental, y la soñada patria repu- 
blicana, con el núcleo dirigente de Buenos Aires, con 
el buen Sarratea, con el espléndido joven Alvear, con 
el enfático Rivadavia, con el siniestro Monteagudo? 

Cuesta creerlo; pero el hecho es que, invitado por 
Rondeau, accedió a subscribir con éste la nueva con- 
vocatoria al Pueblo Oriental. 

¡Inútiles tentativas! Rondeau, de acuerdo con sus 
instrucciones, hizo de aquella asamblea, que reunió 
bajo su propia presidencia e inmediata dirección en 
la Capilla de Maciel, y no en el campo de Artigas, 
como estaba convenido, el más poderoso recurso para 
aniquilar a éste, presentándolo ante sus mismos com- 
patriotas como un espíritu díscolo e irreductible. Un 
miembro del Congreso, García Zúñiga, se atrevñó a 
insinuar que aquella asamblea civil no debía ser pre- 
sidida por el jefe mihtar de Buenos Aires; pero la 
mayoría juzgó que sí, que debía ser encabezada por 
Rondeau, «cuya moderación y prudencia eran cono- 
cidas». Y así era la verdad. Nada más conocido que 
la prudencia de Rondeau; pero nada más desconocido 



396 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

de aquella gente honrada que las instrucciones de que 
aquél es instrumento pasivo. Es éste, amigos, como 
lo veis, uno de tantos casos de la pugna entre la reali- 
dad percibida por un hombre solo y las apariencias 
visibles al común de las gentes. Nada más fácil que 
presentar al primero como un irracional a los ojos 
de los segundos. Fué ésa siempre la situación de Arti- 
gas, ante sus contemporáneos primero, y ante la his- 
toria provisional después: la del vidente lapidado que, 
en posesión de la realidad futura, no puede rendirla 
ante las presentes engañosas: es lo que se llama un 
carácter, un hombre intenso, ausente de todas partes, 
menos de sí mismo. 

El carácter de ese Congreso de la Capilla de Ma- 
ciel está trazado por el ilustre Pérez Castellano, ac- 
tor en él, y persona cuyo significado debemos advertir 
aquí. «En la puerta del salón, dice, estaba de facción 
un ayudante que, a la menor señal, podía llamar ocho 
o diez dragones, que no hubieran dejado títere con 
cabeza...» «En la elección de diputados no se tuvo 
por objeto el bien de la Provincia Oriental, sino pre- 
sentar un documento de subordinación al gobierno 
de Buenos Aires.» Y concluye diciendo que «en el 
seno de la Asamblea se echaba bien de ver, por el ge- 
neral silencio que se hacía en torno de las cuestiones 
importantes, que entre los concurrentes no había la 
libertad necesaria para tales casos, y que sólo enmu- 
decían de terror y espanto». 

Este sentir del doctor Pérez Castellano sobre el 
Congreso de Maciel tiene, como la propia personali- 
dad de ese anciano clérigo oriental, un significado 
que debemos detenernos a considerar para entender 
bien a Artigas. Vosotros os habéis encontrado ya con 
aquél, cuando os lo presenté, como autor de la fórmu- 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 397 

la de Mayo, en el Cabildo Abierto de Montevideo 
en 1808. Confirmaréis aquí, al verlo protestar contra 
las imposiciones de'Rondeau y sits dragones, lo que 
entonces os dije sobre lo que tan ilustre persona 
representa. Pérez Castellano es un desorientado como 
tantos otros, y no es digno por eso de reproche. Com- 
prende, no sin pena quizá, que el rey viejo ha muerto; 
pero no acaba de reconocer al nuevo que ha nacido; 
echa de menos los atributos. No lo ve en Buenos 
Aires, por supuesto, y en eso disiente de don Valentín 
Gómez, verbigracia, capellán de Artigas en Las Pie- 
dras y agente después de las ambiciones bonaerenses; 
pero tampoco lo ve ni puede Verlo en Artigas, su 
compatriota, por más que comparta su pensamiento 
con relación a la antigua capital. De rey abajo, nin- 
guno, dice el valiente clérigo, como el leal vasallo 
antiguo. 

«I/O que yo sé, escribe en alguna de sus obras, es 
que el mismo derecho que tuvo Buenos Aires para 
substraerse al gobierno de la metrópoli española tiene 
esta Banda Oriental para substraerse al gobierno de 
Buenos Aires. Desde que faltó la persona del rey, 
que era el vínculo que a todos nos unía y subordi- 
naba, han quedado los pueblos acéfalos, y con dere- 
cho a gobernarse por sí mismos.» 

Ya lo veis, pues: para el doctor oriental, mezcla 
de aurora y de crepúsculo, las cenizas del viejo fénix 
se han dispersado; pero no se ven los filamentos 
orgánicos del nuevo, como dice Carlyle; rota la sumi- 
sión al rey de España, no encuentra vínculo alguno 
entre los pueblos del continente; para combatir la 
tendencia de Buenos Aires, que sólo encuentra tsl 
vínculo en su propia corona comunal, Pérez Caste- 
llano quiere la independencia de cada pueblo por su 



398 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

lado. Tanto el uno como el otro son la anarquía, pre- 
cisamente, como lo veis; la impotencia común. 

Artigas, no; Artigas es otra cosa; es todo lo con- 
trario; él es el orden. Está tan distante del ilustre 
clérigo, su compatriota, como de los otros; cree en la 
existencia de un nuevo y potente vínculo de vida 
entre los pueblos americanos: la independencia con- 
tinental, obtenida por todos ellos, unidos o confede- 
rados; por los platenses en primer término. 

Pérez Castellano es el antiporteño clásico, el car- 
taginés colonial; Artigas, no, y, precisamente por eso, 
por demasiado amigo de Buenos Aires, es mirado 
de reojo por su ilustre compatriota, que ve en él un 
conde don Julián, un traidor a su rey, y un aliado del 
moro. El moro, para Pérez Castellano, es el porteño. 

Yo podría enseñaros aquí, amigos míos, cómo esa 
unidad o confederación impuesta por Artigas a la 
ciudad de Buenos Aires en nombre de los pueblos, 
y la resistencia de ésta en nombre de sus privilegios 
virreinales y de su superioridad inalienable, consti- 
tuye la historia de la república argentina anterior 
a su organización definitiva; ésta se consuma sólo 
con la ejecución del programa de aquel vidente obs- 
tinado: con la entrega de la capital de Mayo a los 
pueblos todos argentinos, sus verdaderos dueños. No 
cabe tal estudio en este momento; pero vosotros toca- 
réis con la mano esa verdad, que brota ya clarísima 
de la infrahistoria, a medida que las verdades se 
van encendiendo en las tinieblas. 

Rondeau procedía con sinceridad, sin embargo, al 
presidir con sus dragones el Congreso de Maciel; él 
creía en la soberanía de Buenos Aires como en el 
solo vínculo posible. Ya sabéis que él no veía sino las 
apariencias; nadie hablaba dentro de él; todo le venía 



Er< PENSVMIENTO DE ARTIGAS 399 

de afuera. Sólo más tarde, cuando los hechos le hagan 
tocar con la mano la realidad que ve Artigas, se rebe- 
lará contra Alvear; pero en este momento— y nada 
tiene de extraño— no cree, ni puede creer en el héroe. 
Rondeau, que ha recibido nuevas instrucciones de 
Buenos Aires, se dirige a Artigas el i6 de abril, pre- 
cisamente cuando éste acaba de realizar el Congreso. 
«Después de las fatigas, le dice, y agitaciones de espí- 
ritu que tanto tiempo ha smrido V. S. con generosa 
constancia, por precaverse de que algún nuevo gé- 
nero de política mezquina o ambiciosa intentase ofus- 
car, en los primeros días de nuestra libertad naciente, 
la dignidad del Pueblo Oriental, que, en parte, milita 
bajo su esclarecida conducta, yo tengo la singular 
satisfacción de poder iniormar a V. S. que el Superior 
Gobierno Ejecutivo, adoptando de buena fe los medios 
más liberales y elicaces para remover del concepto 
de V. S. cualquier duda o incertidumbre en aquel 
respecto, me autoriza e instru^'e suficientemente, por 
sus últimas comunicaciones del 6 del corriente, para 
oir 3 tratar con V. vS. en el asunto de sus solicitudes 
y las del Pueblo Oriental.» 

Lo invita, en ese concepto, a tratar con él, en la 
seguridad de que «descansará (igualmente que la Pro- 
vincia) de los celos que le hacían mirar por su digni- 
dad y por el decoro debido a sus derechos». 

('Nada para mí más lisonjero, nada más satisfac- 
torio, nada más glorioso que la comunicación esti- 
mable de V. S. data de a3-ep>, contesta Artigas. Y, 
exponiéndole ampHamente sus fundamentos, le remite 
lo que el Pueblo Oriental ha sancionado, como la sola 
garantía del derecho de todos, en el reciente Congreso 
del Peñarol. 

Rondeau debió quedar como quien ve visiones ante 



400 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

aquellos documentos; él tenía preparadas para Arti- 
gas, no cabe duda, las ¡calmas de oro de brigadier de 
la nación, y hasta la esperanza de llegar adonde él 
mismo llegó: a ser Director Supremo de las Provin- 
cias Unidas... ¡Pero declaración de independencia! 
¡Régimen republicano federal, con división de pode- 
res, y respeto de la autonomía de los pueblos!... Aque- 
llo era una barbaridad. Aquel hombre era un loco de 
atar. 

Rondeau no pudo menos, el pobre, de romper con él. 
En una de sus comunicaciones posteriores llega a de- 
cirle: «Son muy dignas de V. S. las reflexiones que me 
hace. ¡Ojalá que bastaran a acallar pretensiones, si no 
injustas, intempestivas e inoportunas, cuando menos, 
y que ellas tuvieran poder para refrenar la impru- 
dente licencia con que algunos díscolos, llenos del espí- 
ritu de discordia que los anima, se complacen en 
sembrar imposturas, con la idea de fomentar lá des- 
confianza y la división, teniendo el descaro de zaherir 
los respetos de un gobierno que los llena de beneiicios, 
gobierno del que dependemos, y sin el cual ni aun res- 
pirar podemos!» 

Este bravo de Rondeau era un hombre ingenuo, 
indudablemente; alieni juris. No pasarán dos años, 
sin embargo, como lo veréis, sin que él mismo haga 
lo que Artigas, aunque inducido por otros: se rebelará 
contra ese gobierno, y seguirá respirando... sólo res- 
pirando. Pero cuidemos mucho de no tener ahora 
ni un solo pensamiento, que no sea de glorificación 
para el hombre honrado que venció en el Cerrito. 

Sí, bravo amigo, candoroso amigo; el Pueblo Orien- 
tal puede respirar también sin el gobierno de Buenos 
Aires. Prescindirá de éste, y buscará directamente 
al pueblo occidental, al pueblo argentino, su hermano, 



Er, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 4OI 

SU aliado, que lo llama y le pide protección contra 
la comuna de la capital, sin la cual también quiere 
respirar, respirar cuando menos. Este sí que recono- 
ce a Artigas; lo descubrió en Las Piedras, y lo vio de 
cerca }'■ lo reconoció en el Ayuí. Y ahora, sobre todo, 
ahora que ha visto su pensamiento escrito en sus 
Instrucciones, distingue y aclama en él al solo intér- 
prete de la revolución de Mayo, al solo conductor que 
lleva a lo que todos anhelan con más o menos pre- 
cisión. 



V 



No, Rondeau no veía claro ni mucho menos; el 
Jefe de los Orientales no es un díscolo; es más bien 
un ingenuo, casi un inocente. Artigas tiene su plan 
de acción; pero, como aun cree posible la unión entre 
el gobierno central y los pueblos argentinos vivos, 
no se resolverá a prescindir de aquél para acudir a 
éstos sin antes agotar todo humano recurso de razo- 
nable conciliación. Él quería y esperaba ser el nexo, 
como lo hemos dicho, entre aquella cabeza y el resto 
del organismo, todo nervios y corazón. 

Era imposible, por desgracia, fundamentalmente im- 
posible. ^ no por causa de Artigas a buen seguro, 
ni de aquellos pobres pueblos que lo llamaban en su 
auxilio por irresistible instinto. Vosotros sabéis lo 
que Rondeau no sospechaba: las causas sociológicas 
de ese fenómeno. La oligarquía, no el pueblo, tam- 
poco, de Buenos Aires, si bien era parte del nuevo 
organismo, lo era mucho más del viejo, del colonial; 
no creía, por consiguiente, en la existencia de un 
alma nueva, con potencias y facultades propias, creada 

T. 1.-28 



402 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

para informar substancialmente aquel cuerpo recién 
salido del útero español; sólo veía en él un conjunto 
de energías movidas o determinadas por ajena fuerza, 
incapaz, poi consiguiente, de derechos y deberes con- 
substanciales. No concibe, por ende, más acción eficaz 
que imponer el Corán por la cimitarra, como hemos 
dicho. 

I/)S tratados que le hemos visto celebrar con esos 
pueblos, con el Paraguayo primero, tras los desastres 
de Belgrano, y con el Oriental después, tras la expul- 
sión de Sarratea, han sido falaces; le han sido arran- 
cados por quien, según ella juzga, no es capaz de 
derechos, y no se cree en la obligación moral de res- 
petarlos. 

En cuanto a los demás núcleos populares que aim 
no han podido imponerse, los provoca con una falta 
de tino que da pena; les envía sus delegados, especie 
de procónsules romanos, que parecen empeñados en 
enconar aquellos pueblos. Desde Charcas y Potosí, 
en el Alto Perú, que será la República de Bolivia, 
y en donde tan tristes recuerdos dejó la primera 
expedición auxiliadora, con Castelli a la cabeza, hasta 
Córdoba y Tucumán y Santa Fe, que pronto se refu- 
giarán en Artigas, todos los gobernadores-intendentes 
son delegados de la logia que el joven Alvear preside. 
Así lo hará con la Banda Oriental, no bien consiga 
ser dueño de su capital, Montevideo; y así ha querido 
y quiere hacerlo con el Paraguay, y lo hubiera hecho, 
a no haber escapado con él a su guarida el buen doctor 
don Gaspar Rodríguez de Francia. 

Bra un gravísimo error. Aquellos sembradores de 
vientos, lo mismo el deán Funes que Rivadavia, 
tanto Nicolás de Herrera como Pueyrredón, no sabían 
otra cosa que libros, y no muchos, que digamos; no 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 4O3 

sabían nada, pues, para el caso. Eran lo aprendido, 
y la negación de lo heroico, por consiguiente. El que 
quiera ser héroe personal (y los héroes lo son siem- 
pre) tendrá que desprenderse de ese centro de anar- 
quía. Si San Martín ha de ser tal, una persona heroica 
(y sí que lo fué), se verá obligado a rebelarse contra 
esa logia de semisabios; a abrazar el artiguismo, como 
será llamado ese espíritu. El mismo sumiso Belgrano 
tendrá que desobedecer para triunfar en Tucumán. 
Güemes será el héroe del Norte; pero al grito de* 
¡Mueran los porteños! Estudiaremos todo eso; lo estu- 
diaremos detenidamente, pues vale la pena. 

Pero deploremos entretanto el empecinamiento de 
aquella oligarquía, en obligar a Artigas a separarse 
de ella, malgrado su buena voluntad, para poder 
llenar su misión heroica. Él y su patria, como núcleo 
que son del alma nueva, forman el objeto principal 
de las aversiones de la antigua; es preciso, si se ha 
de hacer obra práctica, deshacerse del uno y de la 
otra. Si no se puede con la propia cimitarra, se recu- 
rrirá a la ajena, a Portugal, a Inglaterra, al mismo 
demonio, si el demonio está dispuesto a cargar con 
ellos. 

La guerra contra este héroe es implacable; debe 
ser previa a la de España; condición sine qua non 
para que tenga la solución racional: la coronación 
de un príncipe independiente, de legítima sangre real. 

¡Cómo se empeña entonces el honrado caudillo, 
antes de resolverse a la acción propia, cómo se em- 
peña en convencer a aquellos hombres de que la 
unidad que buscan es irreal; de que la tiranía no 
puede engendrar libertad; de que no es posible des- 
doblar en sus inseparables componentes la subs- 
tancia vital sin aniquilarla; de que la verdadera anar- 



404 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

quía no está en los pobres pueblos vivos, que obe- 
decen a una ley más fuerte que su voluntad, sino en 
esa logia muerta, muerta de vanidad, de mediocridad 
libresca, que ha quedado en Buenos Aires como ves- 
tigio del coloniaje! 

Contamos hoy con su copiosa correspondencia: con 
la que envía y recibe de los otros pueblos, del Para- 
guay especialmente, identificado con él en los agra- 
vios y los anhelos, y unido a su acción mientras no 
llega la plena tiranía del doctor Francia; la que le 
dirigen sus agentes en Buenos Aires, denunciándole 
lo que allí se piensa y trama contra su vida; la que él 
sostiene, por fin, con el gobierno central, ya rogando, 
ya intimando, ya dando voces más o menos suplican- 
tes o desesperadas. 

No podemos leerla toda, desgraciadamente; ahí está 
completa en el archivo de Mitre. Pero detengámonos 
un momento en ésta, seguida con el Paraguay, que 
nos sale al paso. El gobierno colectivo de aquel Bs- 
tado, en el que aun vemos a Rodríguez de Francia 
unido a Yegros, Caballero, etc., le protesta su adhe- 
sión, le aplaude sus procederes, le tributa sus home- 
najes, le asegura su alianza inconmovible, le expone 
sus derechos y sus agravios contra el gobierno cen- 
tral. Son éstos los mismos de los orientales, los mis- 
mos de los otros estados. «Buenos Aires ha violado, 
le dice, sin la menor consideración, los tratados que 
celebró con un pueblo levantado espontáneamente 
en favor de América; ahora nos reclama imperioso 
nuestros auxilios bélicos contra el extranjero, mien- 
tras nos obliga a conservarlos para estar prevenidos 
contra su propio despotismo, que nos amenaza en 
substitución del otro; pretende que sometamos nues- 
tros derechos a su Asamblea Constituyente, y ésta 



El. PENSAMIENTO DE ARTIGAS 405 

no es más que el instrumento de su voluntad; quiere 
que enviemos representantes a esa Asamblea, cuando 
el rechazo de los representantes de los orientales nos 
enseña el destino que pueden esperar los nuestros si 
no son sumisos...» 

Artigas está seguro, pues, de su razón y de su fuer- 
za; pero tiene miedo de ésta. Su palabra alienta a 
los pueblos; pero contiene sus impaciencias y calma 
sus rencores, con la esperanza de una razonable con- 
ciliación. Su correspondencia con el gobierno central, 
en que expone los derechos de su pueblo, y sus quejas, 
y sus esperanzas, y las pruebas de que puede y no 
quiere guerrear con sus hermanos, llega a cobrar un 
tono doloroso, mezcla de súplica y amenaza, que, 
frente al olímpico desdén de Buenos Aires, no puede 
menos de recordarnos aquel Pedro Crespo, Alcalde 
de Zalamea, que creó, para este caso y sus análogos, 
el genio español del siglo de oro. 

Toda esa correspondencia es trágica, lo que se 
Uama trágica; pero toda ella pudiera condensarse 
quizá en la nota de 29 de junio de 1813, de que es 
conductor a la capital el ilustre Larrañaga. «Señor, 
dice Artigas en ella al Supremo Poder Ejecutivo de 
las Provincias Unidas del Río de la Plata, señor, 
conservemos la paz y la unión que habíamos creído 
cimentada en nuestro arreglo de febrero. Todo lo 
en él convenido, expulsión de Sarratea que me de- 
claró traidor, reconocimiento del pueblo oriental 
como aliado, facultad de éste para formar su gobierno 
propio, todo se está violando. El comandante de la 
Quintana, que ha acantonado V. E. ,en Entrerríos, 
es mi enemigo; ha sido puesto allí contra mí, sólo 
contra mí; no contra el español; el comandante Pla- 
nes ha sido colocado, con el mismo objeto, en Co- 



406 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

mentes, sobre la frontera paraguaya; ese agente de 
V. E. rne intercepta mis comunicaciones con aquel 
gobierno amigo; ha pasado por las armas, sin forma 
alguna de proceso, mis oficiales; me hace guerra im- 
placable. En esa capital todo está enconado injusta- 
mente contra mí y contra mis compatriotas, contra 
«los que mayores glorias han dado ala patria», según 
V. E. lo reconoció. No sólo se han rechazado sus 
diputados, «a pretexto de unos defectos absoluta- 
mente cuestionables», sino que se ha desconocido y 
menospreciado el gobierno que presido, tan legal- 
mente formado como el central, y que no busca otra 
cosa que su unión sincera con él, dentro de una razo- 
nable federación.» 

Y todo eso era la verdad: Sarratea predominaba; 
os jefes a que Artigas se refiere estaban, efectiva- 
mente, en armas contra él, y pronto serán vencidos 
por él; el vicepresidente en ejercicio del gobierno civil 
oriental, que había establecido su sede en Canelones, 
se había dirigido, como antes dijimos, al Gobierno 
central en respetuosísima nota, que ni siquiera fué 
contestada. 

«Señor, señor, grita Artigas, que no sospechaba 
las gestiones que se seguían en el extranjero, ¿hasta 
cuándo la moderación nuestra ha de servir de garan- 
tía a la intriga? Este pueblo aliado, sinceramente 
ahado, quiere su vida, su libertad razonable y la de 
todos sus hermanos; por ella se ha sacrificado y está 
dispuesto a sacrificarse; acudirá a cualquier parte 
en que se atreva el enemigo; pero deje V. E. que 
sea, que viva... Desista V. E. de su empeño; entre 
al templo sagrado de la confederación, y evitemos 
que el llanto y la amargura vengan a ofuscar nuestro 
brillante destino.» 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 407 

«El ciudadano Dámaso Ivarrañaga, tennina esa 
nota, está encargado de concluii esta gestión. Mis 
conciudadanos esperan de rodillas el resultado. La or- 
fandad de sus hijos, el clamor de sus mujeres, el 
abandono de sus haciendas, sus lágrimas, el cuadro 
más imponente de la humanidad constatan su gran- 
deza. V. E. va a decidirla.» 

Advirtamos muy mucho, amigos míos, que esta 
angustiosa nota precede sólo seis meses al momento 
en que Artigas va a resolverse, por fin, según veréis, 
a separarse personalmente del segundo sitio de Monte- 
video; advirtamos eso con la mayor intensidad de 
que seamos capaces. 

Duramente, por cierto, lo más duramente posible 
rechazó el triunvirato bonaerense aquella súplica; su 
nota-contestación, de 25 de julio, que hizo subscribir 
a su secretaiio, es desolante. Femando VII no era 
más severo con sus subditos insurrectos de América 
que lo que fué Buenos Aires con aquel alcalde arro- 
dillado, cuyas instrucciones secretas a Larrañaga co- 
menzaban así: «Preguntará al Gobierno qué es lo que 
exige de los Orientales. Que por Dios entre a garantir 
la unión». 

«El Gobierno ha visto, escribió entonces el secre- 
tario del triunvirato a Larrañaga, el Gobierno ha visto 
el papel de don José Artigas, que estuvo usted etic argado 
de presentarle... i> Y así sigue. Y concluye: «El Gobierno 
ha escrito al general don José Rondeau para que, 
reuniendo a los hacendados propietarios... se esta- 
blezcan las justicias, etc. Ellos serán los jueces, y 
ellos serán los primeros interesados en rechazar las 
agresiones de los perversos, que, no poseyendo cosa 
alguna, viven a costa de los demás... i> Y, por fin: «El 
Gobierno quiere que se expresen así sus verdaderos 



408 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

sentimientos, para que pueda usted cumplir los en- 
cargos de don José Artigas». 

I^arrañaga se volvió con ese recado, que sólo en 
extracto transmitió a su acongojado comitente. 

¡Oh viejo labrador, villano alcalde de Zalamea! 
¿Conocéis a ese alcalde de Zalamea, amigos artistas? 

Si no me motejarais de superficial, yo os invitaría 
a dejar de mano los tontos documentos, y a que 
leyéramos juntos, para conocer la esencia de esta 
verídica historia, los bellos versos españoles de la 
tragedia de Calderón. Hay quienes no creen que se 
pueda decir verdad en bellos versos; pero vosotros, 
que la decís de mármol o de bronce, bien podéis creei 
en la palabra marmórea. 

Aquel honrado alcalde, puesto de rodillas ante el 
capitán que le ha robado la honra con la de su hija, 
y al que puede ahorcar, porque es autoridad en la 
aldea... y porque es justo, porque es justo sobre todo, 
es una de las grandes creaciones del genio humano; 
el inglés, con tener a su magno Guillermo, no concibió 
tipo más noble que ése de pura cepa española. Vos- 
otros, los artistas de la estirpe, sobre todo, no podéis 
menos de recordar aquella temblorosa escena, en que 
el alcalde de cabeza blanca se pone de rodillas ante 
el capitán que lo ha ofendido en lo más hondo, y, 
después de ofrecerle todo cuanto tiene, su hacienda, 
la de su hijo, su libertad, su vida, a cambio del res- 
peto que le implora, le dice, ;lo recordáis?: 

Restaurad una opinión 
Que habéis quitado... No creo 
Que desluzcáis vuestro honor; 
Porque los merecimientos 
Que vuestros hijos, señor. 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 409 

Perdieran por ser mis nietos. 
Ganarán, con más ventaja. 
Señor, por ser lujos vuestros... 

«¡Dadme mi honor!, grita sollozando el viejo labrie- 
go; ¡dadme mi honor!...» 

Mirad que puedo tomarle 
Por mis manos, y no quiero 
Sino que vos me lo deis... 

Mir^d que soy 
Alcalde en Zalamea hoy... 

Es trágica, indudablemente, esta escena; es muy 
graciosa; me recuerda a Artigas a cada paso... es muy 
graciosa. Y lo es más la contestación que da al viejo 
el arrogante capitán, aquella de: 

¡Viejo cansado y proUjo!... 
Si vengar solicitáis 
Por armas vuestra opinión, 
Poco tengo que temer; 
Si por justicia ha de ser. 
No tenéis jurisdicción. 

¡No tenéis jurisdicción! Bien dicho está eso, me 
parece. Y aquel villano soberbio que, sin jurisdicción, 
sin documentos en buena forma, y sólo porque tiene 
razón, acaba, el muy bárbaro, por colgar o agarrotar 
a un capitán del rey en medio de sus soldados, y casi 
en presencia del mismo rey, es un tipo de lo más 
extravagante que conozco, l^ingún momento más pro- 
picio de la historia americana que éste en que esta- 
mos de la de Artigas, para perder un rato leyendo 
versos célebres como esos, aunque sean versos... 



k 



410 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Amigos: ese alcalde de Zalamea es la dignidad 
humana, la libertad, el heroísmo. se desprende de 
su hija, la entrega a Dios; pero agarrota al capitán, 
en el que quedan agarrotados para siempre todos los 
capitanes, habidos y por haber, que consideran eterno 
el predominio de las jurisdicciones o formas sobre las 
justicias o recónditas esencias. 

Pedro Crespo, el alcalde, decía, el muy anárquico: 

Al rey la hacienda y la vida 
Se ha de dar; pero el honor 
Es patrimonio del alma; 
Y el alma sólo es de Dios. 

V el mismo rey, el mismísimo Felipe II, que allí 
aparece un momento, asiente a esa barbaridad, como 
lo recordaréis: 

Vos, por alcalde perpetuo 
De aquesta villa os quedad. 

¡De aquesta villa! El viejo Pedro Crespo lo es per- 
petuo del mundo entero; allí donde él exista, no habrá 
capitanes irresponsables, dueños del honor ajeno y 
de la libertad. Bn nuestra América, amigos míos, 
hubo algunos de esos tales alcaldes. Y por eso, sólo 
por eso, fué lo que fué. .'' sobre todo, será lo que ha 
de ser: la sede de la gran democracia, virtud, honor, 
abnegación . 

Artigas ha agotado, como habéis visto, todos los 
recursos para conservar los intermediarios entre el 
Pueblo Oriental y el Occidental del Plata. Ha llegado, 
pues, el momento de recurrir directamente a éste. 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 4II 

Va a tomar en hombros a su patria; de nuevo va a 
hacerla cruzar el Uruguay; pero ya no para pedir pro- 
tección, sino para darla; para constituirse en núcleo 
de todos los pueblos argentinos acogidos a su bandera 
tricolor. 

En enero de 1814 el sitio de Montevideo puede 
darse por terminado. Artigas presume que la plaza 
caerá en manos de los sitiadores: cayó, efectivamente, 
cinco meses después. 

Pero está convencido, por otra parte, ya no puede 
menos de estarlo, de que, si los pueblos no se impo- 
nen, el nuevo dueño no será menos tirano que el 
viejo, y de que, entrando él, en ese momento, como 
uno de tantos números del ejército vencedor, los cala- 
bozos de la cindadela le esperan con sus mandíbulas 
muy abiertas. ¡Si antes de entrar su propia vida está 
en peligro, como hemos visto!... ¡Si en esos momentos 
está Sarratea, el general Sarratea, nada menos, en Río 
Janeiro, gestionando con lord Strangford un nuevo 
armisticio, para entregar el Uruguay al dominio es- 
pañol, y una alianza para aniquilar a Artigas, cuya 
resistencia a tal entrega será segur al... 

¿Debe el Jefe de los Orientales resignarse, y acatar 
incondicionalmente la oligarquía de Buenos Aires, 
y librarse inerme a sus enemigos, con su ejército, en 
su propia tierra, entrando con ellos, como entidad 
secundaria, en Montevideo?... 

¿O está en el caso, por el contrario, de romper hos- 
tilidades con Rondeau, 3- precipitarlo a cumplir su 
reiterada amenaza de levantar el sitio como en 1811? 

I^a alternativa parece de hierro. ' sus dos extre- 
mos funestos. El primero no puede ser... porque no 
puede ser; el segundo, porque el Jefe de los Orientales 
quiere la continuación del asedio, y ésta exige la 



412 i,A Epopeya de artigas 

alianza con América, interesada toda ella, al par de 
los orientales, en que éstos se hagan dueños de su 
ciudad. El retiro de los actuales auxiliares colocaría 
al caudillo de nuevo en la situación en que se vio 
después de levantado el primer sitio. El esfuerzo ais- 
lado, lo mismo aquí que en todo el continente, no es 
posible; no es juicioso tentarlo, cuando menos. 

Pero Artigas ha visto y preparado la tercera solu- 
ción de aquel problema: ir él solo, personalmente, 
como plenipotenciario de hecho, en busca de quien 
ha de reemplazar el instable y falaz auxilio de la oli- 
garquía. Irá en busca del pueblo todo argentino, del 
paragua^'o inclusive, del paraguayo especialmente, 
con quien ha estado en constante relación. Volverá, 
sin pérdida de momento, a la línea del sitio; terminará 
éste con los actuales auxiliares, si aun están allí, y 
si ello es posible; si no lo es, dará cima a su empresa 
sin ellos, y aim contra ellos; pero con los pueblos y 
para los pueblos libres; con y para la causa de Mayo 
sobre todo. Y si el sitio ha terminado, si la ciudad 
ha sido tomada, la reclamará eficazmente para su 
dueño, que tiene que Uenar su misión histórica. 

Adopta, pues, la resolución que ha retardado en 
vano; la más inspirada entre todas las suyas. En la 
noche del 20 de enero de 1814, Artigas se retira de 
la línea sitiadora, Uev'ándose su bandera; se va solo, 
disfrazado de gaucho, a fin de que las divisiones que 
lo obedecen permanezcan en sus puestos. 

El plan de Artigas tuvo al principio su tropiezo; 
los leales del gran caudillo, no bien se dan cuenta 
de su ausencia, corren en su busca; el ala izquierda 
de la línea se conmueve y amenaza dispersión; co- 
mienzan las divisiones de caballería a desfilar hacia 



Er, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 413 

el campo. Rondeau quiere evitar aquel desbande por 
la fuerza, y los escuadrones que envía con ese objeto 
son arrollados con pérdidas sensibles. Artigas es el 
primero en deplorarlo. No le es dado rechazar a los 
que se le presentan resueltos a seguir con él, y sólo 
con él; pero consigue reducir a muchos, a los más 
disciplinados, a permanecer en la línea sitiadora; en 
ella quedaron, efectivamente, por su intimación ex- 
presa, muchas divisiones, la de su hermano Manuel 
Francisco, la de Pagóla, entre ellas. Su propósito 
hubiera sido que todas quedaran en sus puestos, como 
él mismo lo dice al gobierno de la Asunción, y como 
lo hace saber Rondeau al de Buenos Aires; para su 
objeto, era bastante una escolta y una bandera, su 
bandera sobre todo; pero hubo de reducirse a lo que 
la naturaleza imponía: se puso a la cabeza de sus sol- 
dados. 

1(3. nueva aurora lo fué de un nuevo día en esta 
nuestra epopeya; alumbró la escena del sitio de Mon- 
tevideo sin Artigas. El espíritu del héroe vuela en su 
cuerpo hacia el Norte; de allá descenderá de nuevo a 
restablecer los equilibrios, después de armar caba- 
lleros de su ideal a los pueblos todos argentinos. 
Comienza, pues, aquí un nuevo ciclo en nuestra his- 
toria. 

Son muchos los papeles que poseemos en que Arti- 
gas, con palabra llena de sinceridad, nos dice todas 
esas sus intenciones de aquel momento; pero mucho 
más que las palabras escritas serán los hechos los 
que nos convenzan de que nada estaba más lejos 
de su ánimo que el pensamiento de entorpecer o debi- 
litar con su ausencia el asedio de su capital, así ca^-era 
en manos de sus más enconados enemigos america- 
nos, con tal que fueran americanos. Nada de eso ha 



414 I«A EPOPEYA DE ARTIGAS 

obstado, por supuesto, a que los que han escrito la 
historia como si levantasen un sumario con el código 
en la mano, ha3'an clasificado aquel acto del héroe 
entre los delitos catalogados: es una deserción, dicen 
en forma sentenciosa. Sí, deserción. Ya veremos dónde 
están aquí los desertores, si los hay. El sistema solar 
o planetario no se inquieta mucho ni poco de su repu- 
tación entre los sabios, y Washington era general del 
rey I^uis XVI; pero, como lo dijimos ^-a una vez, si 
mal no recuerdo, Washington era general francés, y 
además... Washington. 

Otros, no tan mal inspirados, pero no mejor infor- 
mados, han creído distinguir el punto obscuro de la 
vida de Artigas en esa su retirada del sitio. Parece, 
efectivamente, un punto negro; pero franjeado de 
luz. Como el que deja en la retina un resplandor 
intensísimo. 

No vacilo, por mi parte, en afirmar que es ése el 
momento más luminoso e inspirado de la vida de 
Artigas; su alea jacta est. Él ha adoptado su resolu- 
ción en la soledad, completamente solo con su visión; 
ha meditado bien en sus consecuencias, y las ha acep- 
tado; en aquella cabeza los pensamientos de demo- 
lición y de reconstrucción son un solo pensamiento. 
Es el proceso de la vida, de lo que se llama vida. 

Marquemos, pues, con una piedra, este día, amigos 
artistas: este 20 de enero de 1814, en que Artigas 
se separa del sitio; marquémoslo como el del naci- 
miento, el del bautismo, mejor dicho, de la bandera 
tricolor, blanca, roja 3' azul, con que aquél se va hacia 
el Norte; la veremos enarbolada, desde este momento, 
como pabellón patrio, no sólo por la Provincia Orien- 
tal en que ha nacido, sino por las Occidentales repu- 
blicanas; entrará triunfante, en Montevideo primero, 



IvI, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 4I5 

a la cabeza de los Orientales, y en Buenos Aires des- 
pués, a la de todos los pueblos argentinos; será el 
pabellón republicano en porfiada lucha con el monár- 
quico, el americano } or excelencia, el de la federación 
del porvenir acaso, el de la federación ibérica, si ésta 
llega a adoptar un pabellón histórico. 

Pero ¿dónde y cuándo ha sido inventada esa ban- 
dera, que aun no ha figurado en nuestro colorido relato? 

I.a historia se ha encontrado con ella a cada paso, 
pero no se ha propuesto hasta ahora ese problema. 
Está resuelto, sin embargo. El poeta oriental Acuña 
de Figueroa, que escribía, dentro de los muros de 
Montevideo, un Diario Histórico del Segundo Sitio. 
anotó los sucesos del i6 de enero de 1814 en estos 
términos: 

El campamento sitiador retumba 
Con salvas de cañón en el Cerrito, 
Y su bandera tricolor flamea 
Del fuerte de Ronde au sobre el rastrillo. 

Es, pues, una bandera tricolor la que sitia a Monte- 
video. Ahora bien: en la Banda Occidental, presidida 
por Buenos Aires, no existe más bandera enarbolada 
que el bicolor español, el oriflama, oro y llama; otra, 
de que hablaremos más tarde, fué ensayada por el 
general Belgrano en el Rosario, en 181 2; pero tam- 
bién era bicolor, blanca y azul, y fué inmediatamente 
arriada por orden del gobierno, que, reprendiendo la 
imprudencia de su general, le remitió, para que la 
izase en su fuerte, la sola insignia lícita: la bandera 
real española. 

¿Cuál es entonces esa tricolor que ve Fii?;ueroa en 
el rastrillo de Rondeau? 



41 6 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

No puede ser otra que la de Artigas, aunque los 
documentos que a ella se refieren no han Uegado aún 
hasta nosotros; ha sido inventada, no cabe duda, en 
el Congreso del Peñarol, y ha nacido con las Instruc- 
ciones, para simbolizarlas }'■ darlas al viento; Rondeau 
la ha adoptado con el pensamiento de Artigas, que 
aceptó al principio, como sabemos, 3- la ha enarbo- 
lado en el rastrillo en que la ve ilamear Figueroa. 
Cuando, obediente a su gobierno, reniegue del pensa- 
miento y lo combata, no arriará su símbolo, por falta 
de orden expresa; lo dejará flotante en su rastrillo. 
Y allí quedará, cuerpo muerto. Como los huesos áridos 
esparcidos por el campo, que vio el profeta Ezequiel 
revestirse de su carne y recibir el espíritu, aquellos 
colores se han levantado a la voz profética de Arti- 
gas, y han echado a volar hacia el sol. 

Según después lo sabremos, sólo en junio de 181 4 
aparecerá, frente a Montevideo, la otra bandera, la 
bicolor de Belgrano; vendrá en los mástiles de una 
escuadra como un enigma, y, más enigmática aun, 
en las manos de Alvear; pero hasta este momento en 
que Artigas se va del sitio, el Río de la Plata no ha 
visto ni conoce más pabellón americano que ese tri- 
color arrancado por aquél del reducto de Rondeau. 

Ese retiro del Jefe de los Orientales, con una jjarte 
de su ejército, del sitio de Montevideo, tiene mucha 
analogía con el que realizó con su pueblo en el éxodo, 
AUí salvó al pueblo entero; aquí salva al ejército repu- 
blicano; salva su pabellón tricolor. Hoy se ve eso 
con claridad meridiana. Vais a ver, amigos míos, 
cómo quien entrará en Montevideo, dentro de cinco 
meses, no será Rondeau, el Vencedor del Cerrito, 
sino Alvéar, el joven príncipe, con su armadura de 



El. PENSAMIENTO DE ARTIGAS 417 

plata, con su nimbo de estrellas áureas, con su ban- 
dera propia. Se presentará a recoger las llaves de 
hierro de la patria cindadela, expugnada por los hom- 
bres de I/as Piedras y el Cerrito; despojará a Monte- 
video de todo elemento de fuerza; lo tratará como 
enemigo; lo dejará desarmado y sojuzgado, y volverá 
a Buenos Aires a recoger aclamaciones. Allí soñará con 
arrebatar a San Martín su visión de gloria: su expedi- 
ción al otxO lado de los Andes. Y correrá a la empre- 
sa y fracasará en ella, porque el ejército, a las órdenes 
de Rondeau precisamente, de ese Rondeau que impu- 
taba a Artigas su desobediencia, lo rechazará. Y vol- 
verá de nuevo a Buenos Aires, donde se constituirá 
en un dictador de veinticinco años. Entonces ofre- 
cerá a Inglaterra el cetro del Plata, como solución 
del problema de Mayo de 1810, lo que no obstará 
a que, más tarde, invocando su título de español 
bien nacido, diga a su soberano y señor Femando VII 
que todo cuanto ha hecho lo ha hecho con el solo 
intento de devolverle sus dominios. 
i^Pero allí estará Artigas, y la solución será otra. 
Para evitarla se ha retirado del sitio, como lo veréis: 
para evitar aquella solución y asegurar la toma de 
Montevideo por sus verdaderos dueños, que no lo 
entregarán a Inglaterra ni a España ni a Buenos Aires, 
estemos seguros. 

Si Artigas hubiera permanecido hasta el fin del ase- 
dio en la línea sitiadora; si se hubiera resignado a 
penetrar en Montevideo, caballero en un cisne, entre 
la nivea escolta y el suntuoso séquito de Alvear; si 
no hubiera salvado, en su persona, y en su idea, y en 
su pabellón de tres colores, y en el ejército de orien- 
tales que lo han seguido, la idea y el núcleo de resiís- 

T. I.-29 



4l8 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

tencia del pueblo argentino contra el espíritu escéptico 
de Buenos Aires, es evidente, de toda evidencia, que ni 
la república hubiera nacido entonces en el Plata, ni 
hoy existiría, como pueblo independiente, esta nuestra 
Patria Oriental: seríamos portugueses. Sólo una cosa 
es de sentirse: que no se ha^'a retirado antes; antes 
que Rodríguez de Francia se hubiera hecho dueño 
del Paraguay siquiera... ¡Oh, la falta del Paraguay! 

Se concibe, amigos artistas, que, en aquella época, 
hubiera quiénes no pudieran penetrar en el pensa- 
miento de Artigas; dejaría éste de ser hombre supe- 
rior si todos sus raciocinios hubieran estado al 
alcance de todos; no sería árbol vivo si mostrara sus 
raíces. Pero que hoy, después de abiertas las entrañas 
de la historia, haya quien no vea la llama que arde 
sobre la cabeza del héroe, cuando se retira del segun- 
do sitio de Montevideo, entre las sombras de la noche, 
es algo que maravilla al sociólogo. 

Pero ¿a dónde va ese hombre al separarse del ase- 
dio? lyO veréis, una vez que sepáis el término de éste. 
lyO veréis, y entonces os daréis cuenta de la magni- 
tud de su idea. 

Al saber la separación de Artigas, el gobernador 
español cree llegada, por fin, la coyuntura de redu- 
cirlo; pero no ya considerándolo como antes, sino 
reconociéndolo como el jefe más genuino de estos 
pueblos. Cumple, una vez más, las órdenes expresas 
que ha recibido de España sobre la reconquista del 
perdido capitán; expide una proclama, invitando a 
los orientales a unirse como hermanos; promete pre- 
mios a todos, y manda proposiciones escritas a Arti- 
gas, que estudiaremos después, asegurándole grandes 
ventajas personales y políticas. La plaza sitiada cifra 
todas sus esperanzas en la misión enviada al 



I 



Er, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 4I9 

gran caudillo por conducto de la Robla, su amigo y 
compatriota. Dice Figueroa, el poeta oriental de quien 
hablábamos, que los mismos españoles empecinados lla- 
maban héroe y santo al general Artigas, cuando espera- 
ron que aceptase las amplias propuestas que se le ha- 
cían... «Ya sabe V. S., le dice Vigodet, la sinceridad con 
que he procurado, tanto su bien y engrandecimiento 
particular, cuanto el beneficio de todos los orientales.» 
Todo fué inútil. Una vez más, Artigas y el pueblo 
rechazan la sugestión; el caudillo deja de ser héroe y 
santo, para volver a su carácter de malhechor, en el 
concepto español, como ya lo es en el porteño. Ese 
pasar del cielo a los profundos infiernos, siempre en 
las profundidades, distingue el camino de Artigas 
en la historia, amigos artistas; aquellos hombres no 
podían entender a aquel otro hombre, que parecía 
uno de tantos. 

El criminal Quijote lleva, a la grupa de su cabal- 
gadura, la princesa heredera de Fernando VII; es la 
adorable bastarda de sangre real, en el sentido de 
realidad; la de ojos hondos, llenos de miradas negras: 
la democracia americana. Hay ojos que piden y ojos 
que toman, I^a heredera secuestrada y salvada por 
Artigas tiene de los segundos; su belleza morena, llena 
de sol de Mayo, no figurará en el séquito del vencedor 
de Montevideo. O entrará como reina, o no entrará; 
ella es la sola vencedora. 



VI 



Era, pues, necesario condenar a muerte al seductor. 
Se formó en Buenos Aires el tribunal que debía dic- 
tar la sentencia. En esos momentos, precisamente, 



420 i:,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el cuerpo colegiado que allí gobernaba, y que, como 
sabéis, no podía hallar su propia cohesión, resolvió 
abandonar la forma colectiva, y adoptar la uniper- 
sonal. Era preciso buscar un hombre que gobernara; 
aquello no marchaba. 

Y tan no marchaba, que, atraído por aquel vacío, 
el nublado español que relampagueaba en las mon- 
tañas del Norte bajaba de ellas lentamente hacia la 
llanura y amenazaba descargar sobre el Plata. El 
general Belgrano, después de sus triunfos en Tucu- 
mán y Salta (1812-1813), había invadido de nuevo 
el Alto Perú; pero derrotado por Pezuela en el Valle 
de Vilcapugio primero, y en la pampa de Ayohuma 
después (octubre y noviembre de 1813), comenzaba 
a hundirse en su crepúsculo de descrédito y desahento. 
Pronto irá a Europa en busca de rey que ponga reme- 
dio a todo. Belgrano es substitm'do por San Martín; 
pero las rivaHdades de la ciudad persiguen a éste, 
que, invocando motivos de salud, se va lejos: obtiene 
ser nombrado gobernador de Cu3'o, es decir, consigue 
ser dejado en paz, a solas con los Andes, a los que 
comienza a mirar de alto abajo. Aquí empieza, obser- 
vad esto bien, amigos míos, aquí empieza San Mar- 
tín a ser héroe, a entrever una visión suya propia, 
más imperiosa que todos los directorios y mariscales: 
el genio de la montaña le habla del vuelo de los cón- 
dores. San Martín es substituido en el Alto Perú por 
Rondeau, que es retirado del sitio de Montevideo 
para que vaya Alvear a terminarlo; pero Alvear, una 
Vez recogido el lauro que busca, vuelve a acosar, 
según dijimos, a Rondeau, y a provocar su rebelión 
con una nueva tentativa de desalojo... Y he aquí 
que nuestro Rondeau, transformado también en al- 
calde de Zalamea, se rebela entonces, con todos sus 



BI, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 42 1 

jefes, y con el apoyo de San Martín, aunque sin ju- 
risdicción. 

No, aquello no marchaba ni podía marchar, porque 
era la contradicción, es decir, la no entidad. Y el 
nublado español seguía, montaña abajo, hacia el Río 
de la Plata. No fueron los directorios ni los gene 
rales, por cierto, quienes lo detuvieron; Rondeau 
fué arrollado por él en Sife-Sife, y la tormenta 
bajó a la llanura. ¿Sabéis quién la conjuró? Fué el 
alcalde, el caudillo popular más próximo: Güemes, 
guerrillero de Salta, gloria de su estirpe allá en el 
Norte. 

Este Güemes, pese a su rusticidad y a su tartamu- 
dez, hizo entonces de las lanzas de sus gauchos el 
pararrayos del Plata, y permitió a San Martín con- 
centrarse en su empresa genial; pero vais a ver, ami- 
gos, cómo tras el guerreador salteño, que era sólo 
instinto y brazo, y que hasta será convertido al mo- 
narquismo por Belgrano, estaba el que era acción y 
pensamiento, el capitán, el rex de Carlyle, a quien 
nadie convierte ni reduce. Oportunamente sabréis eso 
y mucho más; veréis a ese Artigas que, aunque 
perseguido por Buenos Aires en consorcio con el 
portugués, enviará su voz de aHento a ese caudillo 
Güemes, a quien ha conocido en el segundo sitio de 
Montevideo. «Contener al enemigo, le dirá, después 
de la desgracia de Sipe-Sipe, debe ser nuestro prin- 
cipal objeto.» «Allá iré 3''o, en cuanto me desemba- 
race de los enemigos que por aquí me acosan... Y 
todos los pueblos se salvarán por su propio esfuerzo 
y energía.» 

El plan de campaña presentado por Artigas al 
triunvirato en 1812, el que terminaba en el Perú, 
persiste y persistirá en aquella fuerte cabeza. 



422 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Amigos: si Giiemes, con sólo sus gauchos, contuvo 
al invasor triunfante, imaginad, con Sarmiento, lo 
que hubiera hecho Artigas, si, desembarazado de ene- 
migos interiores y exteriores, hubiera acudido al Norte, 
como pensaba, a la cabeza de los pueblos. Pero en 
Buenos Aires no se pensaba en esas cosas; ese posible 
triunfo del esfuerzo popular lo llenaba más bien de 
zozobra; el mismo de San Martín le i)roducirá inquie- 
tudes. Era preciso formar un héroe artificial, de com- 
posición, para salvar la patria amenazada, mientras 
llegaba el héroe verdadero: el rey europeo indispen- 
sable. 

Y el artífice de tal obra no podía ser otro que el 
joven Alvear, jefe de la fracción política dominante 
después de la revolución de octubre de 1812, general 
de todas las fuerzas de la capital y dueño de la Asam- 
blea, en la que impera por órgano del frenético Mon- 
teagudo; él es el arbitro de la paz y de la guerra. Es, 
pues, Alvear quien debe hacemos aparecer el héroe, 
el director. 

Él mismo nos dice en sus Memorias que, para dar 
con el hombre predestinado, se pensó primero ei-, 
Larrea; pero... era español; que después, el presbítero 
don Valentín Gómez atrajo la atención; pero... estc; 
mismo creía que su calidad de eclesiástico lo inhabi- 
litaba para el cargo. Yo bien me sé, y vosotros ya lo 
estáis presumiendo, en quién pensaba Alvear para 
su coleto. Confirmaréis muy pronto vuestra presun- 
ción de que sólo pensaba en sí mismo. 

Ello es que la I/)gia Lautaro, el general Alvear y 
demás, dieron, por fin, con el Antiartigas, salvador 
de la patria. Lo hallaron, felizmente, en la persona 
de un respetable tío del joven arbitro, don Gervasio 
Antonio de Posadas, que fué elegido por la Asamblea 



F.h PENSAMIENTO DE ARTIGAS 423 

Prvner Director Supremo de las Provincias Unidas del 
Río de la Plata, cuando comenzaba el año 1814, pre- 
cisamente cuando Artigas se retiraba del segundo 
sitio de Montevideo. 

Para conocer a este Primer Director Supremo, que 
engendra, en Buenos Aires, la revolución de Mayo, 
tenemos sus Memorias, que acaban de publicarse, y 
que son un tesoro. Este señor Posadas fué una víc- 
tima, una verdadera víctima; con su cara plácida 
y bonachona, llena de candores, y sus ojos claros, 
amables y pacientes, y su levita negra de solapas 
coloniales, y su amplia corbata blanca, era uno de 
esos hombres que parecen nacidos para abuelos. Era 
un abuelo hasta en sus genialidades, que yo llamaría 
sanchescas, si no fuera irrespetuoso; lo veréis regañar 
a sus generales, como si les tirara las orejas. Era un 
original, sin duda algima, no un hombre vulgar; pero 
difícilmente hubiera podido encontrarse una persona 
menos apta para el cargo de héroe que se le imponía. 
I/) dice Alvear, el mismo Alvear, con toda crueldad, 
«Su carácter, dice, tenía cierto aire de extravagancia 
que, unido a ima credulidad candorosa, lo hicieron no 
muy a propósito para las circunstancias... Incapaz de 
faltar a la verdad, así como de ocultar sus sentimientos, 
creía que estas cualidades eran comunes a los hom- 
bres. Fué una verdadera víctima de ellos, y, tras sí, 
arrastró a sus amigos.» 

¡Este joven Alvear, Señor! 

En todo había pensado aquel excelente caballero de 
Posadas menos en ser gobierno, y mucho menos revo- 
lucionario, y muchísimo menos republicano. Era un 
personaje colonial que sentaba a su mesa oidores y 
virreyes; buen latinista; desinteresado y generoso; 



424 I/A EPOPEYA DE ARTIGAS 

honrado a carta cabal. Notario mayor de la Curia 
Eclesiástica desde hacía más de veinte años, fué sa- 
cado de entre sus legajos amigos para llevarlo, como 
diputado por Córdoba, a la Asamblea, a pesar de 
que él pedía a gritos «que nombrasen otro individuo 
desocupado e idóneo, pues él estaba impedido por 
su oficio de notario». No hubo más remedio que ceder, 
agrega; «parece que había un formal empeño en inco- 
modarme, en meterme y comprometerme en la revo- 
lución, y en sacarme de mi casa y atenciones». Anduvo 
en volandas, como un genio del aire. A los seis meses 
era Presidente de la Asamblea; en el mes inmediato. 
Vocal del Poder Ejecutivo; a los cinco meses, Supremo 
Director; después lo echaban abajo, y no le dejaban 
hueso sano. 

Sus Memorias no son otra cosa que una constante 
lamentación sobre las pellejerías que le ocasionó el 
malhadado gobierno de esta ínsula platense, que dmó 
sólo un año, el 1814, en que pasó las de Caín. Después 
desapareció para siempre de la escena. Las Memorias 
empiezan así: ^No tuve la menor ideaj ni noticia previa. 
Yo vivía tranquilo en mi casa, con mi dilatada fa- 
milia, disfrutando de una mediana fortuna, y ejer- 
ciendo el oficio de Notario mayor de este obispado, 
desde el año 1789. Me hallaba ocupado y entretenido 
en las actas del concmso a la vacante silla magistral 
de esta Santa Iglesia Catedral en el mes de mayo 
de 1810, cuando recibí esquela de convite a un Ca- 
bildo Abierto... (Era el mes de mayo de 1810,) No. con- 
currí por hallarme legítimamente ocupado». 

«Después supe, etc., etc.».. .Así ingresa en la revo- 
lución de Mayo el Primer Director Supremo de las 
Provincias Unidas. Él declara francamente que dijo 
que aquello nada le gustaba, pues allí no había plan 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 425 

ni combinación alguna; en aquella celebérrima Junta, 
son sus palabras, los gobernadores no se entendían. 

Y tiene razón que le sobra el señor Posadas para 
no hablar bien, como no habla, de aquel toletole po- 
lítico en que se veía por arte de birlibirloque. Ni si- 
quiera sé si pertenecía, o no, a la I^ogia I^autaro. Él 
no dice nada al respecto; pero era un hombre de bien, 
y prestó servicios, que le fueron pagados con perre- 
rías. I/) dice con encantadora ingenuidad en sus Me- 
morias: «Yo no era un genio, no tenía los talentos 
necesarios para el caso; pero dormía muy poco, algo 
discurría, y consultaba lo que ignoraba». 

Fué tratado, sin embargo, con una crueldad inau- 
dita, una vez caído del poder; peor que Sancho por los 
irrespetuosos duques, me parece, y tan mal, cuando 
menos, como lo había sido el pobre don Cornelio 
Saavedra, el presidente de la Junta de Mayo, nada 
menos, perseguido en modo implacable, aun durante 
el gobierno de Posadas, que hasta le niega la amnis- 
tía que concede a todos. Iva relación que éste nos hace 
de sus propias penurias es realmente conmovedora... 
Pero él, a los ocho días de subir al gobierno, firmó la 
ya preparada sentencia de muerte contra Artigas, 
y éste no se ha quejado, ni poco ni mucho, que yo 
sepa, a pesar de haber dormido menos quizá que el 
señor Posadas. 

Todo puede ser perdonado a este buen hidalgo, sin 
embargo, en obsequio a la ingenuidad con que nos 
revela lo que allí pasaba. Artigas se retiró del sitio de 
Montevideo; pero los que no se retiraron a-sediaban 
de tal manera al pobre Director Supremo con sus 
exigencias, y sus discordias, y sus ambiciones, que 
ellos, sin retirarse del sitio, eran los solos rebeldes, y 
hacían peHgrar, a cada paso, la terminación del ase- 



426 hA. EPOPEYA DE ARTIGAS 

dio. Por eso Artigas se resolvió a ponerlo por sí mismo: 
a ir en busca de auxiliares más constantes. El mismo 
señor Posadas considera como calamidades a sus jefes. 
Después de narrar los dolores de cabeza que le daban 
las disensiones en el ejército del Norte, que tantos 
desastres causaron, dice: «No eran menores los dis- 
gustos que me causaba el ejército sitiador de Monte- 
video, cuando lo mandaba Rondeau. Don José Arti- 
gas abandonó el sitio con la división de su mando; 
los demás jefes renunciaban sus empleos, y nada bas- 
taba a aquietarlos...» 

Bl Director se daba a todos los diablos; escribía a San 
Martín, a French, a Rondeau, a Soler, por ver de sa- 
tisfacer sus ambiciones y apaciguarlos. «Mi amado 
hermano, escribe a French, acabo de recibir su apre- 
ciable del 4... S^ur amenté usted ha olvidado que yo 
estoy aquí sentado contra los sentimientos de mi 
corazón, y lo mismo se ha olvidado Rondeau, a quien 
ya he escrito sobre su infernal renuncia. Soler también 
renuncia de oficio. Conque, si a ustedes les parece, 
admitiré las tres renuncias, y me iré a mandar los tres 
regimientos.» 

Pero entre todas las comunicaciones de Posadas, 
todas ellas llenas de la luz que yo difundo en lo que 
os digo, ninguna más expresiva que la dirigida al co- 
ronel don Mguel Estanislao vSoler . <(Mi amigo del alma, 
le dice: ya no sé con qué palabras he de hablar a los 
hombres. Algún demonio se ha metido en esta casa. 
Rondeau renuncia; French y usted renuncian; Arti- 
gas renunció, y nos destrozó 500 hombres. Los oficia- 
les que ha hecho prisioneros me escriben que los he sa- 
crificado estérilmente, porque la causa de Artigas 
ES JUSTA. Belgrano renunció, y está enojado. San 
Martín dice que a su mayor enemigo no le desea aquel 



EL PENSAMIENTO DE ARTIGAS 427 

puesto. Díaz Vélez ha renunciado y está enojado. 
¿No es esto cosa de locos? ¿Se puede así marchar a 
ninguna empresa?» 

Muy euojado debía de estar, efectivamente, San 
Martín, sobre todo, cuando escribe a Posadas una 
deplorable carta del 14 de abril, que nos hace cono- 
cer ahora Rodríguez; en ella, tanto o más penosa 
que la que escribía Belgrano al tomar el ejército del 
Norte, antes de Tucumán, llega San Martín hasta 
decir que «los oficiales de su ejército, en mucha parte, 
olvidados de cuanto deben a su propio honor y a las 
armas de la patria que se les confiaron, no se han 
embarazado en servir, dando repetidos testimonios 
de corrupción y cobardía, esparciendo el temor en la 
tropa y el desaliento en los pueblos». 

«He tenido el desconsuelo, agrega, de verlos aban- 
donados a sus vicios, distraídos y negligentes, dando 
más trabajo a sus jefes que sus soldados...» 

Atribuyamos tan severo juicio a un mal cuarto de 
hora de San Martín; pero convengamos en que todo 
eso concurre a explicar el alejamiento de Artigas con 
su ejército de las líneas sitiadoras; él quiere obedecer 
a su propia visión, antes que al demonio que el Direc- 
tor Supremo ha creído ver sentado en su propia silla 
presidencial, y que, como lo veis, mete la cola en 
todas partes. 

¡I^os oficiales prisioneros proclaman que la causa de 
Artigas es justa/, dice el señor Posadas. Convengamos 
en que esta declaración no carece de interés, por más 
que sepamos, mejor que los oficiales prisioneros, lo 
que es la causa de Artigas. Quien no lo sabía, ni lo 
sospechaba, era el Primer Director Supremo de las 
Provincias Unidas. Éste comete un grave error en 
su carta: Artigas no renunció; no, no renunció, ni 



428 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

mucho menos, porque su autoridad no procedía del 
señor Posadas; tenía «un origen y un destino más 
alto», según él mismo lo dice en una de sus notas. No 
renunció ni renunciará. 

A pesar de todo esto, Posadas tuvo que ser el agen- 
te de ese demonio que él sospechaba alojado en la 
Casa de Gobierno de Buenos Aires. 

El fué el encargado de dictar la sentencia de muerte 
contra los vencedores de I^as Piedras, raptores del 
fuego sacro; contra ese Artigas, cuya causa era justa. 
Iva sentencia es hermosa por lo implacable, sentencia 
de vampiro. Aunque todas las olas del mar, conver- 
tidas en sangre, corrieran por las arterias de Artigas, 
no tendría éste sangre bastante para aplacar la sed 
de esa sentencia. 

Vosotros sabéis, mis queridos artistas, que la mag- 
nitud de un hombre se juzga, tanto por los que lo 
aman, como por los que lo aborrecen: juzgad del ta- 
maño de Artigas por el odio de su condenación a 
muerte. 

Comienza ésta por un largo preámbulo, en que la 
adulteración de los hechos notorios llega a un grado 
tal de candor, que hace pensar en la cólera de un niño 
felino. 

¿Recordáis, amigos míos, aquel sereno capitán de 
blandengues, grado equivalente al de general en el go- 
bierno colonial, que os hice conocer al principio, y que 
había sido indicado por Moreno como el hombre nece- 
sario, por sus talentos y prestigios, para levantar el pue- 
blo oriental y adherirlo a la revolución de Mayo? ¿Lo 
recordáis en la Calera de las Huérfanas y en la bata- 
lla de I^as Piedras, en que salvó a Buenos Aires y a 
la revolución? ¿Recordáis que Buenos Aires, llamán- 
dole «nuestro general del ejército del Norte», le pedía 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 429 

SU plan de campaña, y concentraba en él sus ele- 
mentos y los de todos? Pues ese capitán, Jefe de 
los Orientales, es, en ese preámbulo, «un humilde y 
prófugo teniente, que vino a implorar el socorro de 
Buenos Aires en los comienzos de la revolución»; ese 
general del ejército del Norte es un injusto agresor 
de los portugueses, cuando defendía contra éstos a 
su pueblo, y Buenos Aires apoyaba su conducta; es 
un desobediente a Sarratea, al buen Sarratea, cuando, 
unido a Rondeau, lo obligó a separarse del sitio; es, 
por fin, un sospechoso de connivencias con el go- 
bierno español... 

Y por todo eso, el señor Posadas decreta: 

«i.° Se declara a don José Artigas infame, privado 
de sus empleos, fuera de la ley y enemigo de la patria. 

»2.o Como traidor a la patria, será perseguido y 
muerto en caso de resistencia. 

»3.° Es un deber de todos los pueblos 3'" las justi- 
cias, de los comandantes militares y de los ciudada- 
nos de las Provincias Unidas, el perseguir al traidor por 
todos los medios posibles. Cualquier auxilio que se 
le dé voluntariamente será considerado como crimen 
de alta traición. Se recompensará con seis mil pesos 
al que entregue la persona de don José Artigas, vivo 
o muerto. 

»4.o Los comandantes, oficiales, sargentos y sol- 
dados que sigan al traidor Artigas conservarán sus 
empleos, y optarán a los ascensos y sueldos vencidos, 
toda vez que se presenten al general del ejército si- 
tiador, o a los comandantes y justicias de las de- 
pendencias de mi mando, en el término de 40 días, 
contados desde la publicación del presente decreto. 

»5.o lyos que continúen en su obstinación y rebel- 
día después del término fijado, son declarados trai- 



430 I'A EPOPEYA DE ARTIGAS 

dores y enemigos de la patria. De consiguiente, los 
que sean aprehendidos con armas serán juzgados 
por una comisión militar, y fusilados dentro de las 
24 horas.» 

Todo esto está firmado por el muy bonachón del 
señor Posadas; pero éste no fué su autor; él así lo dice, 
y yo se lo creo a pie juntillas. «Yo no soñaba en tirar 
semejante decreto, dice; pero lo firmé en mi sano 
juicio, sin el más leve odio ni enojo contra la persona 
de Artigas. / no me retracto, porque lo conceptué 
justo, y aun necesario en política.i> 

T menos se retracta Alvear, por cierto. En sus 
Memorias aplaude y defiende el decreto. «Pudo tal 
vez excusarse, dice, el poner a precio su cabeza, no 
por consideraciones a un hombre que era tan bien 
conocido, y del cual nada había que esperar, sino 
para no herir sentimientos filantrópicos de la socie- 
dad.» 

Al narrar estas cosas, amigos artistas, uno siente, 
de vez en cuando, la necesidad, como si se restregase 
los ojos, de adelantarse a los sucesos, porque casi se 
experimentan vacilaciones. ¿No obraría de buena fe 
esa gente que denigra tanto a Artigas? ¿No creería 
realmente lo que decía, cuando así lo presentaban 
como un facineroso o como un ente despreciable, que 
se mata sin escrúpulo? Veamos lo que sobre él pen- 
saba realmente Alvear, por ejemplo. 

No pasará un año, y éste, que habrá sido Director 
Supremo, caerá violentamente, y será tratado tam- 
bién muy mal. Sus émulos le imputarán, entre otros 
delitos, el de traición, por haber recibido soHcitaciones 
de España. El, en una larga pubHcación que hace en 
1 81 9, contesta el cargo, bien o mal; no es del caso 
juzgarlo ahora; pero dice: 



El, PENSAAnENXO DE ARTIGAS 43 1 

«¿Quién no sabe que el actual Director, don Juan 
Martín Pueyrredón, siendo general del ejército del 
Perú, recibió insinuaciones repetidas del general Go- 
yeneche? ¿No fueron convidados casi todos los go- 
biernos desde la primera Junta por los -jefes españoles 
de Montevideo? El general Artigas, que acaba de 
fusilar en su campo al oficial don Isidoro Moreno por 
haberle llevado cartas seductoras del embajador espa' 
ñol, ¿no ha sido mil veces solicitado por Vigodet y 
otros jefes para una composición? En la Guía de 
For asieras, ¿no está su nombre en la lista de los bri- 
gadieres de los ejércitos de España? Bolívar, Morelos 
y los principales caudillos de la América Septentrio- 
nal, ¿no fueron invitados a convenios pacíficos por 
cuantos gobernantes mandó España a sostener la 
guerra en aquellas comarcas del Nuevo Mundo? 

))Y con todo, no ha habido hasta ahora una lengua 
maldiciente que se atreva a tratar de traidores a la faz 
de los pueblos a tan ilustres ciudadanos.i> 

¡Ilustres ciudadanos! ¡Bolívar, Morelos, Artigas! Uno 
se restrega los ojos, efectivamente, con ése y otros 
mü análogos documentos, y ve al héroe oriental a 
la luz de un incendio. Y se siente seguro, plenamente 
seguro, de que no engaña a sus semejantes, cuando, 
al narrarles esta verídica historia, les ofrece a Arti- 
gas como el clásico protagonista de la epopeya ame- 
ricana. 

Imagínese, pues, todo el rencor y el odio compri- 
mido que estaban depositados, contra el héroe orien- 
tal y su pueblo, en el fondo de las almas que dictaron 
aquella feroz sentencia, 3' el destino que le hubiera 
cabido, si penetra con Alvear en Montevideo, disper- 
sando su ejército. No podía ser ése un odio reciente; 
los cachorros no rugen así; era un odio y un rencor 



432 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

muy viejos, muy profundos: rugido de fiera anciana, 
de tigre octogenario, muchas veces secular quizá, y 
que ruge en lengua extranjera. Los tigres americanos 
no tienen tampoco esa voz. 

Artigas es, pues, un ajusticiado, privado del agua 
y del fuego; su cabeza puesta está a precio. El Pueblo 
Oriental queda emplazado por cuarenta días. Si, en 
este término, no se presenta desarmado ante su se- 
vero protector, será fusüado a las veinticuatro ho- 
ras. Será recompensado si se presenta: se le dará un 
buen premio, empleos, ascensos y sueldos deven- 
gados, 

¡Ivos sueldos de los soldados orientales, que, murien- 
do, nos dieron patria! 

¡Oh amigos, amigos artistas! No os imagináis lo que 
me conmueve pensar en eso. ¡Si sintierais lo que yo, 
al pensar en los sueldos de esos pobres ajusticiados 
que siguen a Artigasl 

Son ahora tres mil hombres; después serán ocho 
mil, y todos morirán por la patria. 

¡Sus sueldos! ¿Recordáis aquel ataúd, descomunal 
por lo grande, que quería Enrique Heine para ente- 
rrar su amor y sus infortunios? ¡Imaginad ahora vos- 
otros el monumento que tendríais que fundir, si tu- 
vierais que emplear en él todo el oro que no pagamos 
a los soldados de Artigas! 

Esos soldados no tenían sueldo, como lo tenían los 
soldados de Washington; ya lo veréis más adelante. 
Artigas no tuvo sueldos; vivió muy pobre, murió muy 
pobre, lo enterraron de limosna. 

No, el Pueblo Oriental no fué a buscar sus sueldos 
a Buenos Aires. Amó más que nunca a Artigas; su 
amor se transformó en culto, y se resolvió a morir 



El, PENSAMIENTO DE ARTIGAS 433 

con él. Nadie ha sido más odiado ni más amado que 
ese hombre. 

Para él está escrita, amigos artistas italianos, no 
para Bonaparte, la estrofa marmórea de vuestro 
Manzoni: 

Segno d'immensa invidia, 
E di pietá profonda; 
D'inesiinguibil odio, 
E d'^ndotnato amor. 



T.t.-30 



¿^P' 



CONFERENCIA XII 
EIv TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 

lyA REVOLUCIÓN EN ChJXE. — JOSÉ MlGtJEL CARRERA Y JUAN MAR- 
TÍNEZ DE Rosas. — O'Higgins y Mackenxa. — Los tratados de 
LiRCAY. — Carrera y O'Higgins. — Caída de Chile en «Ran- 
CAOUA». — Sanmartín. — Chacabuco. — Carrera err,\ntepor el 
MUNDO. — Envío de Hollemberg. — Combate del EsrixiLto. — 
Misione» ante Artigas. — La de la Robla. — La de Amaro y 
Candioti. — La continuación del sitio de Montevideo. — San 
Martín en «San lorenzo». — Brown. — Montevideo estrangu- 
lado. — Capitulación de la plaza. — ^Aparición de Alvear 
COMO libertador. — ¿Artigas en el séquito de Alvear? 



Amigos: 

Tengo mucho interés, ahora más que nunca, en que 
os deis cuenta bien exacta de la existencia de estas 
dos naciones, de lengua española, que han nacido a 
ambos lados de la profunda cuenca del Uruguay y 
el Plata: la occidental y la oriental; la inmensa región 
andina que se extiende de los Andes hasta aquella 
gran cuenca hidrográfica, y la nación atlántica, mu- 
cho menor que la otra territorialmente, pero mucho 
mejor situada, que va del lecho de los grandes ríos 
al Océano, y que debía extenderse hasta la altura 
de las Misiones Orientales. 



436 hA. EPOPEYA DE ARTIGAS 

Arabas tienen sus metrópolis como sabemos: Bue 
nos Aires y 7\Iontevideo. 

Buenos Aires está en poder de su dueño, si bien 
a nombre de Fernando VII, desde el 25 de mayo de 
1810; Montevideo va a estarlo, por fin, a nombre pro- 
pio, muy pronto. 

Artigas, el ajusticiado, tomará en breve posesión 
de la plaza, y coronará en ella a la heredera l^ítima 
que ha robado; a la sola soberana que él ha reco- 
nocido y salvado: la democracia americana. 

Ambas tendrán que continuar la lucha por la in- 
dependencia, sin embargo; Buenos Aires contra el 
español, que insiste en deciise su señor natural, y que, 
partiendo de I^ima, su sede colonial y postrer baluar- 
te, bajará por los contrafuertes de los Andes en direc- 
ción al Plata; Montevideo, una vez desalojado el 
español, además de ser el centinela avanzado de Amé- 
rica contra éste, tendrá que luchar contra el portu- 
gués, que también se cree su dueño, y que vendrá 
de Río Janeiro, su sede real en la región atlántica. 
España y Portugal «on la misma causa, como lo com- 
prendéis: son la metrópoli contra la colonia, Europa 
contra América. 

El pueblo argentino occidental se cubrirá de glo- 
ria en el Norte, a pesar de los desastres que acaba de 
experimentar en Vilcapugio y Ayohuma, y del que su- 
frirá en Sipe-Sipe; cruzará los Andes, y pasará a Chile 
con San Martín; recogerá los laureles de Maipú, y, 
coronado con ellos, dará cima a la campaña del Perú» 
donde se encontrarán los dos héroes andinos: San 
Martín y Bolívar. 

El pueblo argentino oriental emulará esas glorias 
del occidental en su lucha con el portugués. Pero no 
encontrará a Bolívar: luchará solo, y caerá sacrifi- 



El, TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 437 

cado a la traición y el número; pero salvando, con la 
democracia, el germen de la futura patria rioplatense, 
y a costa de una parte del patrimonio de los orientales 
sacrificados. 

Dentro de esa guerra contra el enemigo exterior, 
español el uno, portugués el otro, va a empeñarse la 
lucha entre el gobierno de Buenos Aires y la Provin- 
cia Oriental, constituida en núcleo de las argentinas 
Htorales; lucha provocada, no tanto por las causas 
inmediatas que obligaron a Artigas a separarse del 
sitio, y por su estupenda condenación a muerte con 
todo su pueblo, cuanto por el antagonismo funda- 
mental que representan Artigas y el Directoiio de 
Buenos Aires. Es la guerra de la fe contra el escepti- 
cismo; la de la democracia republicana, la verdadera 
independencia, contra la monarquía. 

Artigas acudirá en apoyo del pueblo argentino occi- 
dental, de todo el pueblo, sin excluir el de Buenos 
Aires, que es también víctima del gobierno que man- 
da en la capital. Éste Uamará en su auxilio, contra 
Artigas, al enemigo portugués, al que estimulará a 
la conquista del Uruguay, haciéndolo ejecutor de la 
sentencia de muerte dictada contra el Pueblo Orien- 
tal, que el que la dictó no puede ejecutar. 

Para que os deis cuenta de la incubación de ese 
plan, os adelantaré este dato interesante: S arratea 
ha ido, como sabemos, a Río Janeiro; el rey don 
Juan VI aprovechó su presencia para reclamar de 
la ley dictada por la Asamblea, que protegía a los 
esclavos. El primer acto de Posadas, al subir al poder, 
fué un decreto, en que retiraba la protección del es- 
clavo, y devolvía los suyos al Brasil. Y la Asamblea 
dictó una ley en igual sentido. Era necesario mantener 
relaciones amistosas con Portugal, dice un historiador. 



438 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Ése es el problema que vais a ver planteado, ami- 
gos míos. 

Ya estáis vosotros plenamente aleccionados para 
no confundir, como otros lo han hecho, esa lucha por 
la \ida propia y por la democracia argentina, que em- 
peña el Pueblo Oriental contra el Directorio de Buenos 
Aires, con otras luchas que estallaron en el seno de 
la revolución americana, y que son guerras intes- 
tinas. 

Quiero haceros conocer someramente, sin embargo, 
para que veáis íntegro el cuadro de la revolución de 
América, 3'- porque se vincula a la vida de Artigas, 
la independencia y la lucha interna de Chile, la ama- 
ble hermana transandina. 

1,3. revolución tiene allí el mismo origen que en el 
Plata, como hemos dicho: formación de Juntas de Go- 
bierno para custodiar los derechos de Femando VII, 
Como en Buenos Aires, se desata allí la guerra interna, 
provocada por las ambiciones de los hombres: José Mi- 
guel Carrera lucha con Juan Martínez de Rosas, pro- 
ceres ambos chilenos. El primero predomina al fin, 
y dirige la guerra contra España, que, desde el Perú, 
envía sus ejércitos por el Océano Pacífico, y los des- 
embarca en el Sur del territorio chileno, de donde em- 
prenden su marcha hacia Santiago. 

Carrera, después de breve resistencia, es depuesto 
por sus compatriotas, y tomado prisionero por los 
españoles. I^e suceden O'Higgins y Mackenna en el 
mando del ejército; pero éstos, cuando esperan la 
victoria de sus armas sobre Gainza, el jefe español, 
reciben orden de cesar en las hostihdades. Se han ce- 
lebrado los tratados de Lircay (mayo de 1814), en 
que Chile, bajo ciertas condiciones, reconoce su de- 



Er< TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 439 

pendencia del rey de España. Aquí también intervie- 
ne el representante inglés, Hillyar. 

José IVIiguel Carrera, fugado de su prisión, reapa- 
rece de nuevo en Santiago, y promueve allí otra 
revolución; depone al gobierno, y él mismo se coloca 
a su cabeza: es la guerra civil. El bando caído llama 
a O'Higgins. Éste combate con Carrera, y es vencido. 
Cuando se prepara a renovar la batalla, sabe que Es- 
paña desaprueba los tratados de lyircay. España quie- 
re restablecer su autoridad sin condiciones, y envía, 
con ese objeto, un nuevo ejército al mando del general 
Osorio. Carrera y O'Higgins marchan entonces uni- 
dos contra el enemigo, a las órdenes del primero. 
Pero la reconciliación no es sincera por ambas partes. 
O'Higgins, sitiado en Rancagua, hace una resistencia 
homérica. Espera a Carrera, que debe venir en su au- 
xilio; le ve acercarse por el Norte; pero luego advierte, 
con asombro, que Carrera se retira, y que deja caer 
muerta a Rancagua. Muerta sobre el glorioso escudo. 
De sus dos mil defensores, sólo quedan trescientos, 
que se abren paso, con el filo de sus sables, entre 
las compactas líneas sitiadoras, con O'Higgins res- 
plandeciente a la cabeza. 

Chile cae de nuevo en poder de España (octubre 
de 1814), precisamente cuando Montevideo, el baluarte 
del Atlántico, es arrebatado a España para siempre. 

Dos años después (enero de 1817), descenderá San 
Martín de los Andes, precedido por los guerrilleros 
chilenos, de que es tipo y ejemplar el bizarro Manuel 
Rodríguez, y comenzará, en Chacabuco, la libertad 
definitiva de aquel heroico pueblo... Pero estamos 
hablando de la guerra intestina. 

José Miguel Carrera no tomará parte en el acto 
final de la libertad de su patria: O'Higgins, el compa- 



440 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

ñero de San Martín, el soldado de Chacabuco y de 
Maipú, predominará allí, a título de gloria. 

Carrera, después de abandonar a su rival en Ran- 
cagua, transpuso, fugitivo como él, la cordillera de los 
Andes, y se embarcó en Buenos Aires para los Esta- 
dos Unidos, en busca de recursos con que volver como 
libertador a su tierra. I<os obtuvo, y llegó con ellos 
a Buenos Aires, donde esperaba completarlos con los 
emigrados chilenos, sus parciales, que allí le espera- 
ban. Entre éstos estaban sus dos hermanos, Juan 
José y lyuis. Esos recursos, unidos a los de San Martín, 
hubieran sido fecundos; pero ni Carrera quería ofre- 
cer a San Martín la gloria de libertar a su país, ni 
Buenos Aires a Carrera la ocasión de entrar en él, 
donde podía reanudar la lucha civil. El gobierno de 
Buenos Aires desbarató, con toda energía, la expedi- 
ción de Carrera: fueron San Martín y O'Higgins quie- 
nes vencieron en Chacabuco, y quienes penetraron 
vencedores en Santiago. 

I/Os Carreras se sintieron heridos en el corazón. 
I^os dos hermanos de José Miguel parten entonces de 
incógnito para Chile, con el ánimo de derrocar el go- 
bierno de los vencedores; son apresados en Mendoza, 
y fusilados el 8 de abril de 1818. Primer acto de una 
tragedia llena de tenebrosa noche. 

Un mes más tarde, estalla en Santiago un motín 
popular contra O'Higgins, para provocar un cambio 
de gobierno. Lo acaudilla, entre otros, Manuel Rodrí- 
guez, el animoso precursor inmediato de San Martín. 
El motín es sofocado. Preso el impertérrito Rodrí- 
guez, es asesinado por sus guardias en Tiltil, al ser 
conducido de Santiago a Quillota. Una tragedia más. 

Quedaba don José IVIiguel confinado en Montevi- 
deo por Buenos Aires. Convencido de que la muerte 



EI< TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 44 1 

de SUS hermanos es obra de la Logia Lautaro, la 
misma que ha condenado a muerte a Artigas, cobra 
todo el aspecto de un arcángel vengador. 

Porque el caudillo chileno era de la familia de los 
seres ígneos, de agilidad fulgurante: era legión. «Voy 
a moverme, escribe entonces a su hermana, voy a 
vengarte, a vengar y a vengarme. r> Cree que Artigas 
es su hermano; busca su alianza. No le había mirado 
a los ojos, a buen seguro. Artigas no es venganza, no 
es impulso determinado por causas exteriores; es un 
silencio grande, el único grande, ya os lo dije al prin- 
cipio. 

Artigas no tiene por qué ni para qué acudir al grito 
de aquel inflamado dragón alado, que pasa por el aire 
como un meteoro: nada tiene de común con él. 

Pues si no es su hermano, será su enemigo, el objeto 
también de sus vengativos odios. Carrera concita con- 
tra Artigas a los caudillos argentinos que aclamaban 
y obedecían a éste; pero, después de contribuir a la 
caída del héroe oriental, no consigue que aquéllos 
le sigan; sólo Ramírez, de Entrerríos, el hijo desna- 
turalizado de Artigas, le será consecuente; pero pagará 
con la cabeza la traición a su verdadero jefe, el oriental. 
Kl arcángel chileno se queda solo, siniestro, envuelto 
en sus alas membranosas crepusculares, sentado en 
el desierto, en la Pampa. La desesperación se sienta 
a su lado. Allí se le aparecen los indios salvajes, y él 
los llama con el dictado de hermanos, con el nombre 
de esperanza. Comienza, con ese concurso, una guerra 
caótica, buscándose paso hasta Chile. Es vencido por 
el gobernador de Mendoza. Es fusilado en el mismo 
sitio en que, tres años antes, lo habían sido sus her- 
manos. Es un trágico personaje este hombre. Tiene 
hoy su estatua de bronce en Santiago. ¿O'Higgins ha 



442 I*A EPOPEYA DE ARTIGAS 

sido el matador de Carrera y sus hermanos? ¿San Mar- 
tín fué coautor de esa tragedia, que reviste caracte- 
res siniestros? O'Higgins hace pagar al anciano padre 
de los Carreras las balas con que han sido fusilados 
sus hijos; el anciano paga, y muere de dolor; las fami- 
lias de los muertos son perseguidas. ¡Sombras flotan- 
tes en las noches de la historia! 

O'Higgins gobierna en Chile durante seis años; pero, 
al. fin, una nueva revolución se levanta contra él. La 
acaudilla Freiré, el general más glorioso de su tierra, 
después de O'Higgins. Éste abdica. Su abdicación es 
el oro de su gloria. 

En la capital de Chile, mis amigos artistas, tiene 
hoy O'Higgins su monumento de granito y bronce: el 
héroe, a caballo, salta las murallas de Rancagua. Muy 
cerca de éste, se levanta el de Freiré, sereno y noble. 
Cerca de ambos está José Miguel Carrera, cubierto 
con su dolman de húsar, que, como un ala rota, le 
cuelga del hombro; José Mguel Carrera, el fusilado 
en Mendoza. Ahora acaba de levantarse la estatua 
de Manuel Rodríguez, el caudillo asesinado en Tiltil. 

Por todas partes la apoteosis de los ajusticiados. 

Todos esos fueron chilenos, que lucharon entre sí; 
pero sin dejar de luchar por la patria común chilena. 

¡José IMiguel Carrera!... Su delito podía acaso de- 
finirse: quería, en primer lugar, la libertad de Chile 
bajo su dominio; y, en segundo lugar, la libertad de 
Chüe. 

Os he narrado esos hechos, amigos míos, porque 
quiero haceros meditar sobre la diferencia fundamen- 
tal, y la distancia inconmensurable, que median entre 
esas guerras intestinas, análogas a muchas otras de 
la independencia americana, y la que acaba de decla- 
rar Buenos Aires al Jefe de los Orientales. 



El, TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 443 

Allá, en Chile, no luchaba ningún chüeno contra San 
Martín en defensa de la persona de la patria; tampoco 
batalló nadie contra él, en defensa del pueblo chile- 
no al darse su forma de gobierno. San Martín fué un 
conquistador de Chile contra los españoles, no con- 
tra los chilenos. Hoy tiene también su estatua en San- 
tiago. Como la tendrá O'Higgins en Buenos Aires. 
Artigas está excluido, por ahora, de esa procesión 
de caballeros de bronce; no hay espacio bastante 
para la sombra de su caballo; es mucha sombra. 

El general argentino sintió, al cruzar las altas cum- 
bres de los Andes, que allí atravesaba una frontera; no 
pretendió borrarla con su espada. No lo hubiera con- 
seguido tampoco, porque los chilenos, como los orien- 
tales, tenían también la suya. Es O'Higgins, jefe de 
los chilenos, pero menos representativo que Artigas 
como Jefe de los Orientales, es O'Higgins el que queda 
designado como Director Supremo del Estado, tras 
la expulsión de España. San Martín hará otro tanto 
en el Perú, aunque no encuentre allí un indiscutido 
jefe de los peruanos. 

Cuando, acompañado del almirante Cochrane y dej 
general I<as Heras, desembarque en el Perú, a la ca- 
beza del ejército libertador, se dirigirá a sus soldados 
y les dirá: «Ya hemos llegado al lugar de nuestro des- 
tino, y sólo falta que el valor consume la obra de la 
constancia. Pero acordaos de que vuestro deber es 
consolar a América, y que no venimos a hacer con" 
quistas, sino a libertar a los pueblos que han gemido 
trescientos años bajo tan bárbaro derecho. Los perua- 
nos son nuestros hermanos y amigos; abrazadles como 
tales; respetad sus derechos, como respetasteis los 
de los chilenos, después de la batalla de Chacabuco»- 

¿Por qué no se procedió así con los orientales y con 



444 I'A EPOPEYA DÉ ARTIGAS 

Artigas, el del levantamiento en masa, el del éxodo^ 
el de Las Piedras? La cuenca del L''"ruguay y el Plata 
no es, como lo sabéis, una divisoria menos profunda 
que la del divoriium aquarum de los Andes; esas hon- 
duras hidrográficas son montañas huecas invertidas. 
El Pueblo Oriental, por otra parte, no había hecho 
menos esfuerzos que el de Chile o el del Perú por su 
propia hbertad. ¿Quién puede dudarlo? 

¿Sentís, amigos artistas, la enorme diferencia entre 
Artigas por un lado, y Carrera, O'Higgins, Freiré, 
Manuel Rodríguez? 

Jamás tendré por hombre discreto a quien llame 
lucha intestina, y no rechazo de un opresor injusto, 
y defensa de la propia vida, a la que Artigas, como 
caudillo de los pueblos platenses, sostendrá contra 
la oligarquía bonaerense. 

Antes de entrar en su estudio, conozcamos, sin 
embargo, los nuevos esfuerzos de Artigas por evitarla. 



II 



Desde el momento en que el caudillo oriental se 
retira del sitio de Montevideo para ir en busca de 
otros auxiliar ¿s, ya no es el colaborador de la inicia- 
tiva de Buenos Aires; él ha puesto por obra la suya, 
la de Montevideo, la otra metrópoH iniciadora; ha 
enarbolado su bandera tricolor. Artigas, como O'Hig- 
gins en Chüe, es el jefe de un estado o germen de 
estado con misión y carácter propios, que lucha por 
su independencia; pero, como os lo hice observar, 
es también el depositario del pensamiento integral 
de la revolución de Mayo. La persona de Artigas es, 
desde aquel momento, el núcleo de rotación contra- 



EI< TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 445 

puesto al que forman, todas reunidas, las de la oli- 
garquía virreinal; se ha dirigido a los pueblos del 
Plata, y les ha propuesto la opción: «Yo o Buenos Aires; 
mi pensamiento o el de los otros; mi bandera tricolor 
o la otra». Y aquéllos han contestado unánimes: «Tú; 
tu pensamiento es el solo que puede animamos y 
conducimos». El héroe emprende entonces la obra de 
organización democrática y de común defensa; los 
pueblos todos argentinos, bajo su protección y en 
tomo suyo, comienzan a vivir la vida de la célula: 
forman sus congresos o asambleas; organizan sus go- 
biernos propios, en substitución de los que les enviaba 
Buenos Aires, que expulsan; arman sus ejércitos; bus- 
can su cohesión orgánica en un ideal federativo más 
o menos confuso, pero fijo, como nebulosa polar en 
rotación espiral. 

El primero que reconoce a Artigas en ese carácter 
es Vigodet, el gobernador español, que, como hemos 
dicho, ha iniciado las negociaciones directas que va- 
mos a estudiar. El segundo será Posadas, el Director 
Supremo de Buenos Aires, que también las abrirá 
muy pronto con el reo que acaba de condenar a 
muerte. 

Pero Posadas, que no sabe lo que es la revolución 
de Mayo, y está más cerca de Vigodet que de Artigas, 
no entrará en razón, antes de tentar la ejecución de 
su desgraciada sentencia. Envía sus soldados con ese 
objeto, y para que se incorporen después al sitio de 
Montevideo; van a las órdenes del coronel barón de 
Hollemberg, oficial del ejército alemán al servicio 
de Buenos Aires. Esa malhadada expedición militar 
fué un desastre en todo sentido; dio el primer triunfo 
al principio anímico federativo; es el primero de una 
larga serie que, comenzada aquí, en el EsfintUo, ter- 



446 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

minará en la misma plaza de Buenos Aires, ocupada 
por los capitanes de Artigas que enarbolan su bandera. 
Ése será propiamente el desenlace o escena final de 
esta nuestra Epopeya de Artigas: el triunfo de los 
principios del héroe en Buenos Aires. Mucho efecto 
es ése, si bien se piensa, para no serlo de una causa 
muy profunda. Sólo los necios pueden dejar de per- 
cibirla. 

Tenemos, pues, al coronel Hollemberg en campaña; 
Va en busca de la cabeza, viva o muerta, del Jefe de 
los Orientales; pasa el río Paraná con sus soldados, 
5', unido en Entrerríos con el Quintana y con el 
Planes, a quienes Artigas se refería en su comunica- 
ción al gobierno, antes de su retiro, y con el coronel 
Pintos, que también estaba allí, forma una fuerza 
de 750 hombres de tropa selecta. 

Artigas, mal de su grado, ordena a Otorgues que 
pase el Uruguay y, en toda esa vasta región trans- 
uruguaya, entre los ríos Uruguay y Paraná, destruya 
todo aquello. Y todo aquello quedó destrm'do en pocos 
días. Otorgues se encontró con el enemigo (febrero 
de 1814) en el Espinillo, cerca de la Bajada; lo des- 
barató; tomó prisionero a Hollemberg y lo remitió a 
Artigas con sus oficiales. Éstos son aquellos oficiales 
que se quejaban a Posadas de haber sido sacrificados 
estérilmente, porque la causa de Artigas era justa. El 
Jefe de los Orientales los puso a todos en libertad 
poco después. 

Aquello fué definitivo. Si queréis pensar en lo que 
significa, agregad a esa derrota de Hollemberg la 
que sufre Planes en Mandisovi, y la ocupación de 
Curuzú CuatiA por Blas Basualdo, jefe bizarro 3' 
caballeresco del ala izquierda del ejército oriental, 
que remueve las autoridades dependientes del Direc- 



El, TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 447 

torio y pone las provincias de Corrientes y las Misio- 
nes, el continente de Entrerríos, como entonces se le 
llamaba, bajo el protectorado de Artigas. Éste nom- 
bra gobernador militar de Entrerríos a su hermano 
Manuel Francisco, y, ejerciendo una autoridad indis- 
cutida en Santa Fe y Córdoba, del otro lado del río 
Paraná, invita y estimula a todos esos núcleos de 
vida, a todas las provincias, a convocar congresos 
popidares para constituirse y gobernarse por sí mis. 
mos. Veremos después cómo se dirige a Güemes, cau- 
dillo de Salta, cómo ejerce su autoridad en Santiago 
del Estero, etc., etc. Hoy leemos sus comunicaciones 
en ese sentido a los cabildos, a los hombres de influen- 
cia de cada región, y nos convencemos de que la pala- 
bra, más aun que la fuerza, de aquel agente de ignotas 
leyes, es el primer espíritu creador que flota sobre 
nuestro caos. 

No en balde quiero haceros detener, acaso más de 
lo reclamado por la estética, en este momento de 
nuestra historia; es preciso que quedéis bien conven- 
cidos de que en Artigas, y no en Buenos Aires, arde 
la nebulosa espiral del nuevo mundo que se está 
conglomerando. Sólo dos núcleos quedarán fuera del 
influjo rotatorio de aquél: uno muerto y otro vivo: 
el Paraguay, bojo la tiranía de Francia; Buenos Aires, 
bajo su oligarquía monárquica, tanto o más funesta 
que el mismo despotismo, pues es su madre natural. 

Esa oligarquía tiene, pues, que rendirse ante la 
realidad; no hay remedio. El Buenos Aires oligár- 
quico, lo mismo que el Montevideo español, van a 
tratar directamente con Artigas, con el pueblo; pero 
ni España ni Buenos Aires proceden de buena fe. 

Vigodet, con la ilusión de reducir a Artigas, ha en- 



448 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

viado, como negociador, al capitán de dragones don 
José de la Robla, oriental y amigo personal del héroe; 
Posadas otorga sus poderes a otros dos amigos del 
Jefe de los Orientales: al comandante de milicias de 
Santa Fe, don Juan Candioti, y al religioso dominico, 
fray Mariano Amaro, 

En las negociaciones que vamos a examinar, Arti- 
gas se nos ofrece en una actitud de imperturbable 
serenidad, que nos demuestra que aquellas sus Ins- 
trucciones del Congreso del Peñarol eran cosa viva; 
no doctrinas para los demás, sino ley imperiosa de 
la propia conducta; que Artigas era, como lo dijimos 
antes, pensamiento y acción compenetrados; una di- 
vina revelación, como lo diremos ahora, de la idea 
pura o fuerza anímica invisible de que todo lo visible 
procede. 

lyos embajadores son recibidos por el Jefe de los 
Orientales con recto corazón. «Os daré todo, dice éste 
al representante de Vigodet, todo cuanto puede y 
debe dar un caballero que no guerrea por odio: ten- 
dréis honor, garantías, aun mi afecto y el de mi pue- 
blo, que no reniega de su origen español. Pero perde- 
réis el tiempo si no comenzamos por establecer la 
base angular inconmovible: independencia política del 
Estado Oriental, que quiere vida democrática; cadu- 
cidad del dominio español; caducidad absoluta en 
todas estas colonias americanas.» 

A los enviados de Buenos Aires les dice: «Alianza 
sincera de dos estados hermanos, libres y dueños 
de sí mismos, aunque confederados; mutuo y eficaz 
y desinteresado auxiüo contra el extranjero; repú- 
blica democrática, embrionaria, pero viva, en substi- 
tución de lo muerto. Sobre ese fundamento, tan 
inconmovible como el propuesto al español, todo lo 



El, TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 449 

obtendréis de mí, todo, sin excluir el sacrificio de mi 
persona». 

^ I/) que llevaba de la Robla, como os imagináis, 
no presumía en Artigas el héroe, sino el hombre, hijo 
de carne. Creían que sólo procedía por odio irracional 
a Buenos Aires. El gobernador Vigodet; el Cabildo 
de la ciudad sitiada; el mismo Embajador personal- 
mente, todos dirigen al caudillo palabras seductoras, 
que están escritas; explotan, ante todo, sus resenti- 
mientos con los porteños/ le ofrecen honores, prospe- 
ridades, libertades para su Patria Oriental... Pero será 
necesario reconocer al amado rey; conservar la unidad 
de la gloriosa monarquía. ¡Es ello tan fácil! ¿No lo 
están haciendo los enviados de Buenos Aires en Eu- 
ropa, lUvadavia, Belgrano, Sarratea, García, etc., etc.? 
Bolívar, el fulgurante venezolano, ¿no ofrece, en esos 
mismos momentos, el desarme de sus capitanes, si 
lo nombran virrey? ¿Por qué no ha de serlo ¿irtigas? 
«Ponte anteojos en esos agujeros, dice el rey l^ear ai 
ciego; así serás ministro.» 

¿.^«Artigas, dice Mitre en unos apuntes inéditos que 
ahora aparecen. Artigas, orgulloso y patriota, no podía 
entrar por ese convenio. ,.s> 

Mejor que Mitre lo sabemos nosotros, mucho mejor. 
Oid, amigos, algimas siquiera de sus soberbias con- 
testaciones; ésta, por ejemplo, que dirige a su amigo 
de la Robla: «Han formado un concepto muy equi- 
vocado sobre el motivo de mi separación del sitio. 
jVIís medidas allí no podían concihar todos mis obje- 
tos, y aquí, sí. Aquí estoy en el seno de mis recursos. 
No hay más motivo». 

Y contesta a las proposiciones de Vigodet, el gober- 
nador: «No puede V. S. desconocer el honor que, en 
todo tiempo, ha marcado mi conducta; tal vez los 

T. I.-31 



450 t,K EPOPEYA DE ARTIGAS 

Últimos sucesos han contribuido a que V. S. equi- 
voque sus conceptos; pero eso debe fijar tni juicio. 
Y sea cual fuere el convencimiento que tenga V. S. 
sobre la manera de conducirse Buenos Aires respecto 
de los orientales, todo debe servir a convencerlo de 
nuestra delicadeza, cuando se trata de la libertad». 

¿Qiieréis ahora saber algo de lo que dice al Cabildo 
de su propia metrópoH, que invoca el común amor 
a la ciudad natal atribulada, extenuada por el largo 
sitio, para inducirlo a la concordia y a la unión? Sus 
palabras no son menos estupendas que las anteriores. 
Todas, amigos míos, todas las de Artigas en estos 
negociados lo son; cualquiera de ellas serviría de pe- 
destal a un hombre de bronce. 

«N'o hay unión posible con los orientales de la plaza, 
dice al Cabildo, no hay fraternidad verdadera, si no 
es de acuerdo con el honor con que nos hemos condu- 
cido en todos los períodos de la revolución, y la virtud 
que siempre hemos ostentado.» 

Artigas instruj'e de esa su evangéHca actitud a 
sus subordinados. Ved lo que escribe a Otorgues, su 
capitán inmediato, al informarlo de sus negociaciones: 

«Recibí los phegos del Cabildo, de Vigodet y de 
la Robla; pero nada encuentro en eUos que sea ven- 
tajoso. 

»Todo viene bajo el pie de unión con la constitu- 
ción española. Ya ves que no esperábamos semejante 
cosa... Tú bien sabes mi modo de pensar y mis deseos. 
Proponerme estar yo con los orientales bajo España 
no es proponerme una paz.i 

Y tan era su modo de pensar, que en esos momentos 
precisamente {i2 de julio de 1814) recibía y recha- 
zaba a los embajadores del virrey de I^ima, que busca- 
ba su alianza. 



El, TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 45 1 

No era ése, por cierto, el modo de pensar de aquel 
taimado de Otorgues, a quien su jefe, después del 
Espinillo. había dejado en el Sur con algunas fuerzas, 
mientras él, allá en el Norte, donde recibía a los 
embajadores de Posadas y Vigodet, convocaba a los 
pueblos, para regresar con ellos, con el paraguayo 
especialmente, al sitio de Montevideo. Otorgues es- 
taba dispuesto, malgrado el pensar de Artigas, a 
quedar bajo España, y bajo Buenos Aires, y bajo 
el moro Muza o el gran turco, como lo estaban Alvear 
y sus congéneres, según lo veremos en oportunidad. 
En los mismos momentos en que su superior le decía 
lo que hemos visto, Otorgues buscaba acomodos con 
Vigodet, y hasta le daba prendas de amistad: sus 
caballerías, que recorrían las costas del Uruguay, 
auxiliaban las naves españolas mandadas por Roma- 
rate, que escribía a Vigodet sobre «nuestro fiel amigo 
Otorgues». Este no tenía ni instrucciones ni elementos 
suficientes para entrar en hostilidades con tropas de 
Buenos Aires; debía sólo esperar el regreso de Artigas; 
mucho menos, es claro, para invocar un carácter 
político o representativo que jamás tuvo; pero la 
enorme distancia material que lo separaba de su jefe 
y la actitud hostil hacia Buenos Aires que debía con- 
servar, le servían a maravilla en su plan de aparecer 
adicto a Artigas y al español, y de contrariar el ex- 
preso pensamiento del primero, apoyado en el se- 
gundo. 

Pero Otorgues nada representaba ni podía; una 
mirada de Artigas bastaba para aniquilarlo. Lo veréis 
pronto nombrado por éste gobernador de Montevideo, 
por ser el jefe más próximo a la plaza cuando ésta 
sea entregada, y veréis cómo lo destituye duramente 
en seguida por su mala conducta, sin que él se atreva 



452 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

a chistar. Irá donde aquél lo mande, sin perjuicio de 
seguir tramando. 

Veamos, pues, entretanto, cómo recibe Artigas a 
los embajadores de Posadas, después de desahuciar 
a los de Vigodet, con quien Posadas busca acomodos, 
sin embargo, por intermedio de sus agentes Echeve- 
rría y Valentín Gómez, que siguen en Montevideo 
una larga gestión de paz. 

Yo no doy, amigos míos, más importancia que la 
que eUos merecen a los papeles y a los hechos. «¿Qué 
son los hechos históricos, dice Carlyle, más aun, los 
hechos biográficos? ¿Se quiere conocer a un grande 
hombre, y sobre todo a la humanidad, enhebrando 
las cuentas de rosario de lo que se llama los hechos? 
I/O que caracteriza al hombre es el espíritu con que 
ha obrado. I^os hechos son hierogramas grabados, de 
que muy pocos tienen la clave.» Eso es muy verdad; 
pero el prestigio de los papeles o manuscritos sobre 
los espíritus débiles es enorme; bueno es, por ende, 
que se sepa que los papeles de estos negociados de 
Artigas son ahora del dominio de todo el mundo; 
ahí están en la Historia de Alvear, publicada en buena 
hora por Rodríguez. lyos que ^^o os ofrezco bastan, 
y aun sobran, sin embargo, para que vosotros sintáis 
algo más que hechos, al sentir la proximidad de la 
mole de este Artigas. Yo no conozco un carácter 
superior en la historia; me atrevo a afirmar que no 
lo hay, pese a la ausencia de abalorios, que echan 
de menos los más. 

No fué posible, como hemos visto, el acuerdo del 
Jefe de los Orientales con España; sólo cuando se vea 
perdido, preferirá Vigodet entregarse a la buena fe 
de Artigas, antes que verse en manos de los porteños, 
y querrá volver a las proposiciones de éste, basadas 



El, TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 453 

en la independencia absoluta; pero entonces ya será 
tarde, y Artigas le exigirá la entrega lisa y llana de 
la plaza. 

Pero ¿será más posible que con España el acuerdo 
con Buenos Aires? ¿Verá mejor Posadas que Vigodet 
la verdad de Artigas? 

¡Posadas! Sí, es Posadas, don Antonio Gervasio 
Posadas, quien va a tratar con él de paz y fraternidad; 
pero vosotros sabéis ya, tan bien o mejor que yo, 
que ese buen Director Supremo así cree en la revo- 
lución ameiicana como en los milagros de Mahoma, 
y que lo que él diga o prometa no es mucho más 
estable que el viento. 1,0 que en Buenos Aires pre- 
domina es efímero y contradictorio; aquel noble 
y brioso pueblo, tan noble como el que más, parece 
ser sólo una neblina luminosa en vía de conden- 
sación. 

Ha surgido allí, sin embargo, una idea fuerte, real- 
mente fuerte y gallarda, en estos momentos: la de 
formar una escuadra que arrebate al español su domi- 
nio marítimo y fluvial, último apoyo de Montevideo. 
Ese pensamiento, concebido por I^arrea, encargado 
de la hacienda pública, y acogido con entusiasmo por 
Alvear, arbitro militar de la política, produjo un 
infernal toletole: protestas, gritos, alborotos; se le 
creyó irrealizable, y también funesto, obra de ambi- 
ción. El mismo general San Martín, que organizaba en 
Mendoza el ejército del Norte, no vio en tal proyecto, 
otra cosa que «una intriga de Alvear, cuyo resultado 
sería reducir su ejército a la inacción». Así lo dijo a 
I^arrea y al mismo Alvear. Éste le contestó que no, 
^que si nuestros buques eran batidos, su opinión era, y 
la había adoptado el gobierno, que se dejara a Artigas el 



454 ^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

cuidado de hacer el bloqueo de la plaza, se retirara nuestro 
ejército, se le reforzara con tropas de la capital, y todo ello 
sería dirigido al Perm. Eso de contar con Artigas a 
falta de algo mejor, y en caso de derrota, sin darle 
parte en las victorias, tiene su ingenuidad, sin duda 
alguna. No en vano aquél se retiró del sitio, para no 
confundir su ejército oriental con el dispuesto siem- 
pre a retirarse, como lo veis, sin perjuicio de aprove- 
char sus triunfos, si los obtiene. 

Pues bien: San Martín no tenía razón; satisficiera 
o no las ambiciones de Alvear, que sí las satisfizo, fué 
la de I^arrea una gloriosa empresa. Pero esa gloria 
no era accesible sin el concurso, pasivo cuando menos, 
del caudillo de los orientales. ¿Qv.é hubieran podido 
hacer aquellos buques que se armaban, si Artigas, 
vencedor y dueño de todas las costas, presta su apoyo 
a los sitiados, como quería hacerlo, y lo hacía sola- 
padamente Otorgues? Rondeau el primero lo , com- 
prendía así, y, no pudiendo concebir toda la grandeza 
de su viejo compañero de armas, creyó inminentes 
sus represalias, al verlo vencedor del Directorio en 
las provincias, y al observar la conducta de Otorgues, 
a quien suponía autorizado en todo por Artigas. Ron- 
deau pedía angustiosamente refuerzos, en previsión 
del ataque de éste; indicaba la necesidad de levantar 
el sitio, para dar frente a ese enemigo que creía ver 
aparecer a su espalda, como uu fantasma, 

¡Oh, mi bravo Rondeau! 

Ya habéis visto, amigos, cómo pensaba y procedía 
aquel caballero vencedor. Una palabra de Artigas 
a Vigodet hubiera bastado; pero se hundirá el mundo, 
y se apagará el sol como un candil, antes que tal 
palabra salga de aquella boca. Se la ha buscado en 
vano entre los papeles que aparecen aquí y allá. 



El, TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 45 s 

jQué no hubieran dado sus enemigos por hallar en 
Artigas una frase siquiera, una sola, de las de Riva- 
davia, o Belgrano, o Sarratea, o Alvear a nuestro rey 
y señor! 

Allá van, pues, a buscar a Artigas los embajadores 
de Posadas, en los mismos momentos en que la escua- 
dra se apresta para ir al sitio. Posadas, como Ron- 
deau, lo cree todo perdido si el gran caudillo se en- 
tiende con los españoles sitiados en Montevideo; la 
combinación de éstos con los que vienen del Norte, 
del Perú, sería, efectivamente, la ruina de la revolu- 
ción, y, sobre todo, ¡pobres cabezas las de los promo- 
tores! Veréis cómo quien recibirá el apoyo de Artigas 
no será el español del Sur, sino el guerrillero popular 
que contiene al que viene del otro extremo, Guemes, 
el caudillo de vSalta, de que antes hablamos, si mal 
no recuerdo. 

Artigas recibe a Candioti y Amaro en su campa- 
mento de Belén, en la costa del Uruguay. «Todo con 
vosotros, les dice, todo con vosotros, mis amigos, mis 
grandes amigos. ¿Buscáis bases de paz y de armonía, 
para que vayamos todos juntos, con el mismo ideal, 
a debelar al común enemigo? El solo hecho de ser 
vosotros los elegidos como embajadores me hace creer 
que son aceptadas, por fin. las solas que puedo pro- 
poneros. Vosotros y todos los pueblos las conocen 
y las anhelan; sólo la comuna ohgárquica las ha recha- 
zado: son las Instrucciones sancionadas por el Congreso 
de Abril. Que se derogue, como es natural, la senten- 
cia de muerte contra mi pueblo heroico; que no se 
perturbe a los de Entrerríos, a quienes he jurado 
protección, para que se organicen y vi\an; que se 
reconozca la Independencia Oriental, no como una 
separación de la nacionalidad por que luchamos todos, 



456 I^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

sino como la proclamación del respeto a la soberanía 
de los pueblos germinales que la constituyen, y que 
Buenos Aires dice acatar el primero; que no se recha- 
cen sus representantes en la Asamblea; que se siga 
auxiliando a los orientales en la reivindicación de 
su capital, Montevideo; que, mientras no termine la 
guerra, ni se constituya la nueva nación, haya entre 
nosotros una liga ofensiva y defensiva; que regresen 
a Buenos Aires las tropas auxiliares, para destinarlas 
a repeler la invasión del Norte, dejando a los orien- 
tales continuar el sitio, en combinación con la escua- 
dra que se ha formado... Yo arrancaré de allí el pabe- 
llón extranjero; después, me uniré a los libertadores 
del Perú.» 

Eso es, en extracto, el «Plan que, para el restableci- 
miento de la fraternidad y buena armonía, han conve- 
nido con el ciudadano Jefe de los Orientales, Protector 
de Enfrerríos, don José Artigas, los ciudadanos Fray 
M. Amaro y Francisco Candioti, enviados al efecto por 
el Supremo Director de las Provincias Unidas del Río 
de la Plata, excelentísimo señor Gervasio Antonio de 
Posadas. 

yyDado en el Cuartel General, Paso frente a Belén, 
Costa Occidental del Uruguay, a 23 de abril de 1814. 

»Firmado: Juan A. Candioti. — José Artigas. — 
Fray Mariano Amaro.» 

I^s plenipotenciarios de Posadas aceptaron, como 
veis, las bases acordadas con Artigas, y, llenos de 
esperanza, las transmitieron para su ratificación. No 
me parece necesario decir que no fueron ratificadas. 
Con saber que quien entrará triunfante en Montevi- 
deo, dentro de dos meses, será el brigadier Alvear, 
y con decir que las misiones diplomáticas a Europa 



El, TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 457 

están en actividad, lo mismo que la en\iada a Vigo- 
det, a Montevideo, todo está dicho. No podían ser 
ratificadas aquellas bases. 

Imaginad, sin embargo, amigos míos, lo que hu- 
biera acontecido, si esos principios, que son los de 
las naciones que hoy existen en América, hubieran 
sido entonces aceptados, antes de los grandes desas- 
tres. Todo estaba terminado; la dominación española 
había concluido; el Pueblo Oriental quedaba en su 
casa con las fronteras de Artigas, con el actual estado 
brasileño de Río Grande; el Occidental en la suya; 
aliados ambos en el común esfuerzo de afianzar y 
organizar la independencia conquistada y de repeler 
unidos toda agresión extraña, «aunque el universo 
se desplome sobre nosotros», como oiréis decir a Arti- 
gas. Ayacitcho hubiera estado en el Río de la Plata, 
amigos míos, si el enemigo se atreve a llegar a él. 
Y también Junin... I^as Misiones Orientales serían 
hoy territorio hispanoamericano; el Paraguay... Ya 
hablaremos de eso. 

¡Ilusiones de gloria!, dirán algunos, acaso vosotros 
mismos. Sí, amigos; ilusiones de gloria y de imposible 
grandeza, abrigadas por aquel loco o semiloco profe- 
tizante de Artigas; las realidades eran otras. Si leyé- 
ramos juntos las larguísimas notas y cartas en que 
Posadas hace sus observaciones a las bases acordadas 
entre sus plenipotenciarios y Artigas para rechazar- 
las, entraríamos de lleno en esas deplorables realida- 
des. «Yo estoy muy bien dispuesto, mi estimado pai- 
sano, dice Posadas a Artigas, yo estoy dispuesto a 
firmar todo lo que ustedes quieran; pero... pero... 
pero...» No había allí más que un Pero, como sabéis; 
no eran las formas las que alH impedían la armonía; 
eran los fondos, los espíritus del fondo tenebroso, que 



458 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

salían al paso de la realidad futuia; el diablo vestido 
de caballero, que se sentaba en el sillón de Posadas. 
«¿Cómo es posible, dice éste a Artigas, que yo derogue 
mi sentencia de muerte contra usted, si usted no 
realiza alguna nueva acción que lo justifique, para 
borrar las que dieron mérito a esa sentencia? Rompa 
usted abierta y definitivamente con España; ataque 
usted; pelee, sin pensar en nada; deje que seamos 
nosotros, sólo nosotros, quienes pensemos y tratemos 
secretamente con ella; después darem-os a los orien- 
tales lo suyo; tengan fe en nosotros. Por otra parte, 
en las bases que mis agentes han acordado con usted 
no hay reciprocidad. ¿Cómo indemnizarán los orien- 
tales, con qué pagarán a los occidentales los servicios 
que éstos les presten y los recursos que les propor- 
cionen? ¿Y si los orientales son vencidos? No olvide 
usted, paisano, agrega el Director, que nosotros no 
tenemos otros enemigos que los españoles... Proponga 
usted a Vigodet que le entregue la plaza, y sólo iisted 
mandará allí. Entonces conocerá Vigodet, y todo el 
mundo, que nuestros batallones no van a cofiquistar, 
sino a destruir enemigos comunes... h 

Todo eso, y mucho más por el estilo, decía Posadas 
a Artigas, amigos; también le hablaba de los Estados 
Unidos y de la Suiza, como tipos de confederación 
inapUcable al Plata. IvO que no le decía, y que hoy 
sabemos nosotros, era que, en esos mismos momentos 
precisamente, abril de 1814, él. Posadas, enviaba a 
Sarratea, al celebérrimo Sarratea, a Europa, a iniciar 
las negociaciones con las Cortes, que conoceréis des- 
pués; no le decía, sobre todo, que ese Sarratea, al 
pasar por Río Janeiro, abrió negociaciones oficiosas 
con Vigodet, y firmó la proposición de un armisticio, 
durante el cual se enviarían diputados a España, 



El, TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 459 

encargados de arreglarlo todo; otro armisticio como 
el de 1811; otro abandono de la Banda Oriental, núcleo 
incontaminado de independencia platense. 

Esas negociaciones de Sarratea, de acuerdo con 
I/arrea y Alvear, son, sin embargo, muy instructivas; 
Alvear las invocará cii.ando implore perdón a Fer- 
nando VII. «Al proponemos el armisticio, escribe en 
sus Memorias, en las que nada dice, por supuesto, 
de su entrega al rey, Larrea y yo habíamos tenido 
intención de que él sirviera para entretener y distraer 
a Vigodet...» Y agrega: ((Estábamos resueltos, en caso 
de que se hubiera consentido en el armisticio, a con- 
ducirnos de modo que no tuviese efectoo. 

Muy astuto es este caballero, como se ve; no en 
vano decía que el señor Posadas carecía de aptitu- 
des, porque era incapaz de faltar a la verdad y de 
ocultar sus sentimientos; son ésos los mismos recursos 
que ha empleado y empleará con Artigas y con Otor- 
gues; había perdido el uso de la verdad aquel soberbio 
joven. Pero contaba demasiado con la estulticia hu- 
mana. I/O que es Artigas, ha tomado sus precauciones 
al retirarse del sitio y dirigirse a los pueblos, como lo 
habéis visto; pero también los españoles se precaven, 
los muy bárbaros. Ved, si no, lo que dice el Cabildo 
de Montevideo, al aconsejar el rechazo de las propo- 
siciones de Alvear o de Sarratea: «Los de Buenos 
Aires nos ofrecerían la Provincia Oriental; pero ¿de 
qué nos serviría tal promesa si ellos no la pueden 
cumplir sin la anuencia y expreso consentimiento del 
coronel Artigas? Es, pvies, inútil, tanto más cuanto 
que tenemos iniciada una transacción con ese jefe». 

Estaban, pues, convencidos, por fin, los buenos 
españoles, de que sus arreglos con «nuestro fiel amigo 
Otorgues» no tenían más eficacia que la célebre cara- 



46o I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

bina de Ambrosio, como no la tenían los que celebra- 
ran con Buenos Aires; allí no había más hombre 
representativo que el coronel Artigas. Y, como lo 
hemos visto, la transacción iniciada con ese jefe, 
según dice el Cabildo, no es posible; ese jefe es un 
irreductible. 

En medio de esos recursos de la ambición que escla- 
viza a los humanos, la figura del hombre libre, lo que 
se llama libre, sin necesidades, que allí aparece, se 
levanta de veinte a treinta codos sobre los demás, 
amigos míos. Ved a Artigas, que remite a Posadas 
toda su correspondencia con la plaza, toda, la de Vigo- 
det, lá del Cabildo, la propia, «con el objeto, dice, de 
sincerar mis pensamientos». Artigas no tenía logia 
secreta: nada fué clandestino en él. «Ahora, agrega, 
ahora digo a usted que todas mis ideas han tratado 
de ajustarse a todo lo que usted y mis amigos Can- 
dioti y Amaro me han insinuado. Yo no sé qué fata- 
lidad habrá impedido que el gobierno acepte un giro 
tan equitativo, para que, convenidos en lo substan- 
cia], continuasen los trabajos contra Montevideo, sin 
emplear el tiempo en disputas inoportunas. Tampoco 
he podido conocer qué causa pueda haber yo dado 
jamás que fuese bastante a inspirar la menor descon- 
fianza sobre mis intenciones. Mi desinterés parece 
que me salva de todo reproche, y mi constancia en 
medio de las persecuciones más crueles debía haber 
inspirado sentimientos más benévolos y dulces.» 

«lyO que yo propongo, termina, está lleno de equi- 
dad; sus comisionados lo aceptaron; su ratificación 
nos traería el día más glorioso. !> 

¡Héroe ingenuo, y más que ingenuo! No sabe qué 
fatalidad había impedido la aceptación, por la oli- 
garquía comunal, de sus bases de equilibrio, porque 



Ely TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 46 1 

no ha pensado en el demonio que Posadas decía alo- 
jado en la casa de gobierno. Fatalidad, pues, o gran 
diablo, ello es que por allí andaba un espíritu infernal. 
Y no es de extrañarse; esos tenebrosos espíritus. 
Egoísmo, Negación, Soberbia, Ambición, Concupis- 
cencia, hacen siempre ronda en tomo de la cabeza 
de los héroes, y les tienden asechanzas. Y hasta cua- 
jan en extravagantes apariciones luminosas, Y los 
siguen hasta los desiertos; se convierten en pan cuando 
arrecia el hambre. 

Resumamos, amigos, ya que hemos tendido, más 
de lo necesario quizá, nuestro tributo a los manus- 
critos. Con los conocidos basta y sobra, o mucho me 
equivoco, para que sintáis intensamente vuestro per- 
sonaje. I/) que soy yo, no le conozco superior en la 
historia, vuelvo a decíroslo. Quizá os parezca exage- 
rado. No importa. 

lyas bases de Artigas fueron, pues, rechazadas. No 
había arreglo posible con ese hombre, dice Alvear 
en sus Memorias; era un bárbaro. Y se continuaban 
las operaciones, para ver de tomar a Montevideo, 
prescindiendo de los orientales; la obra comenzada 
en el Ayuí. 

Aquel rechazo produjo una grande irritación en 
todos los pueblos argentinos, bárbaros también, y 
un desagrado fácil de comprender en los plenipoten- 
ciarios Amaro y Candioti, representantes mucho más 
genuinos que Posadas de aquellos pueblos, como es 
sabido. Así creerán éstos desde entonces en a sin- 
ceridad de Buenos Aires, como agarrar un escorpión 
por la cola. Artigas se adueñaba cada vez más del 
alma popular, por la fuerza de penetración de su ver- 
dad. Díaz Vélez, jefe porteño que mandaba en la 
provincia de Santa Fe, escribía a Posadas, en los 



462 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

momentos en que Montevideo capitulaba precisa- 
mente: «El pueblo se mantiene en el mejor orden; 
había olvidado bastante su fuego per Artigas; pero 
la venida del Padre Amaro lo ha reavivado. Lo elogia 
mucho, y dice que V. B. ha faltado a los tratados 
al mandar los cazadores a ésta, y a Alvear al sitio. 
Realza mucho el poder de Artigas, y dice que jamás 
será vencido. Sigo la conducta de tratar con mucho 
cariño y política a Candioti y doctor Aldao, quien 
no me parece tan malo como lo pintan. 

»Santa Fe, junio 13 de 1814.» 

Pronto veréis que esa conducta de los delegados 
de Buenos Aires en las provincias cambiará de as- 
pecto; la política y el cariño serán substituidos por 
el hierro y el fuego... ¡Desgraciadamente! 



III 



Estáis ahora preparados, amigos artistas, para que 
volvamos al sitio de Montevideo, que, si bien cercado 
por Rondeau por la parte de tierra, y reducido a una 
grande extremidad, que soporta heroicamente, con- 
seno a, como principal elemento, el dominio sobre las 
aguas que le da su escuadra. Esta misma ha sufrido, 
sin embargo, avm antes de formada la escuadra patrio- 
ta, un serio contraste, que debemos recordar aqm'. En 
sus excursiones por los ríos, los buques españoles inten- 
taron un desembarque en la costa del río Paraná, para 
llevar víveres a la ciudad sitiada, Eo hicieron, el 
3 de febrero de 1813, en San Lorenzo, frente a un 
convento de frailes franciscanos, situado no muy 
lejos de la costa acantilada. Allí inició su gloria mi- 
litar el coronel de granaderos a caballo don José 



EI< TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 463 

de San Martín. Oculto en la huerta del convento 
con 120 de sus jinetes, atisbo el desembarque de los 
250 marinos españoles que tomaron tierra; cargó bi- 
zarramente sobre ellos, y, a pesar de la briosa resis- 
tencia de aquellos bravos, apoyada en los fuegos de 
sus naves, desbarató la expedición. Fué aquella una 
lucidísima refriega, que el Himno Nacional argentino 
canta, y canta bien, al lado de la batalla de Las Pie- 
dras, y San José, y la Colonia, y el Cerrito, y Mura- 
llas de Montevideo. Una descarga de metralla mató 
el caballo que montaba San Martín; un héroe humilde 
cambió entonces su propia vida por la del futuro ge- 
neral de los Andes. Cuarenta muertos y catorce pri- 
sioneros españoles quedaron en el campo; dos caño- 
nes y una bandera. Seis granaderos muertos y veinte 
heridos pagaron en sangre esa victoria, a que los 
orientales debemos rememoración entusiasta. Fué el 
único combate que libró San Martín en el Río de la 
Plata, y lo empeñó en defensa de Montevideo. Hoy 
recordamos, con alegría, que soldados orientales lu- 
charon y murieron a su lado en San Lorenzo, como a 
su lado cruzaron los Andes, vencieron con él en Cha- 
cabuco y Maipú, y con él atravesaron el Pacífico, 
hasta el postrer baluarte de la dominación antigua. 
Pero esos buques españoles eran, como hemos dicho, 
el nervio de la resistencia de Montevideo, y contra 
ellos se ha formado en Buenos Aires, a fuerza de 
energía y sacrificios, la escuadra de que hablamos, 
y que se ha dado a la vela, hacia Martin García, el 
8 de marzo de 1814. Ha sido puesta bajo el mando 
del marino irlandés don Guillermo Brown, llegado 
al Plata en 1809. Fijémouos un momento en la noble 
figura de ese caballero del mar, hermano del viento 
que sopla las olas. Era un hombre capaz de airan- 



464 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

car con los dientes la espoleta inflamada de una 
bomba navegante, el torpedo primitivo, que llevaba la 
corriente; creo que alguna vez hizo algo parecido ese 
impertérrito domador de olas y de fuego. Apuntaba 
los cañones con la pipa en la boca, y encendía la mecha. 
Sus maniobras eran simple preparación del abordaje. 
Si Bro'vn no hubiera nacido irlandés, hubiera sido 
gaucho marítimo. Las balas enemigas le rompieron 
una pierna, y él no dejó caer la pipa de la boca, y 
siguió mandando el combate, tendido en el puente 
del Héi'cfiles, sobre un colchón. 

Bra mucho hombre aquel viejo almirante, hermano 
de Nelson. Porque Brown era todo un almirante, un 
marino genial, con su cara mofletuda, sus cabellos 
rojos, sus labios finos y sus pequeños ojos azules, 
encendidos y penetrantes. Era mucho hombre aquel 
viejo lobo marino. Cuando algunos años después, du- 
rante la guerra civil, sitia con su escuadra a Monte- 
video, sabe que en la plaza asediada ha muerto el ge- 
neral Martín Rodríguez, procer de la independencia, 
y hace poner a media asta la bandera de los buques, 
para que lloren la muerte de su adversario. 

I/a escuadra española fué destrozada por ese ani- 
moso de Bro'vn; completamente aniquilada: en Martín 
García, primero; en el Buceo, a la vista de la plaza, 
después. 

Y ahí terminó la dominación española en el Río de 
la Plata. 

Fué un momento solemne aquel en que la ciudad 
sitiada, ya casi exánime, vio aparecer en el horizonte 
las naves de Brown; fué tn un amanecer de abril, el 
del 20. Os prometí, si mal no recuerdo, cuando habla- 
mos de la bandera tricolor de Artigas, que hablaría 



El, TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 465 

mos de la que enarbolan estas gloriosas naves que el 
bravo irlandés conduce. Es también Figueroa, el 
poeta del sitio, quien, como entonces de la tricolor 
que veía en el rastrillo de Rondeau, nos habla ahora 
de esas gloriosas naves, y nos dice cosas que nos sus- 
penden como a él. 

Figueroa ve llegar la escuadra de Brown tremolando 
su Ubre pabellón. He aquí que, como antes lo dijimos, 
Montevideo conoce, por primera vez, el bicolor de 
Belgrano. 

Pero Uega el día del combate, el 14 de mayo; la 
escuadra española ha salido, a todo trapo al encuen- 
tro de la enemiga; el primer choque se reaüza a la 
vista de la plaza; suenan los primeros cañonazos; el 
humo rueda sobre las olas envolviendo los cascos; 
las velas se esfuman y los mástiles; aparecen y des- 
aparecen las flámulas y banderas. 

Y dice Figueroa, que, como toda ciudad anhelante, 
subida en los tejados y azoteas y amontonada en la 
costa, presencia la escena, y la sigue con el anteojo: 

Al empezar el combate 
¿Quién descifra este misterio? 
La real enseña española 
Las naves de Brown pusieron. 
Diríase, al ver batirse 
Bajo un pabellón dos pueblos, 
Que son locos fratricidas, 
O falaces sin ejemplo. 

Misterio indescifrable parece, efectivamente, para 
quien no conozca, como nosotros, esta historia, ese 
comienzo del combate con bandera española; ni si- 
quiera se ve en él una estratagema; pero más lo pare- 

T. 1.-3» 



k 



466 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

cera lo que en seguida vio, con no menor sorpresa, el 
poeta informante. Las escuadras se han alejado com- 
batiendo; van hacia el oeste; se pierden de \ista... 
La ciudad espera anhelante el desenlace de aquello... 
pasan las horas... una noche... otro día... 

Y he aquí que, en la madrugada del 17, reaparece 
en el horizonte el tropel de barcos; vienen siempre 
combatiendo; los disparos son más intermitentes, 
como de cañones heridos o cansados... ¿Cuál es la 
escuadra vencedora? 

Allá viene la Mercurio, nave española; tras ella se 
ve, a toda vela, «la terrible y veloz fragata negra», 
como Uama Figueroa a la Hércules que monta Brown. 
Y el poeta canta así: 

Viendo en su mástil la española enseña, 

Y que hasta tiro de cañón se acerca, 
Figurábanse muchos que marchaba 
En pos de la Mercurio prisionera. 

No; la Hércules no venía prisionera, venía vence- 
dora; pero con pabellón español. Sólo cuando la escua- 
dra enemiga quede completamente destruida, el almi- 
rante arbolará su bandera bicolor. 

Los bajeles de Brown que, en el combate, 
Del rey enarbolaron la bandera, 
Ya dejando la burla o los disfraces. 
Con la blanca y azul su triunfo ostentan. 
Con esta propia insignia, haciendo salvas. 
La Neptuno y Paloma prisioneras, 

Y el San José de Chávarri se miran 
Celebrar ellos mismos su tracedia. 



Elv TRIUNFADOR EN MONTEVTOEO 467 

Veremos cómo, en esas mismas condiciones, esa 
nobilísima bandera, que llameará sin sombras en el 
Pacífico, substituirá en Montevideo a la española, y, 
sobre todo, a la tricolor de Artigas, que flotaba en el 
rastrillo de Rondeau. 

Pero la dominación española ha terminado, como 
hemos dicho, en el Atlántico; la ciudad de Monte- 
video, que ha sufrido, y soportado heroicamente pe- 
nurias indecibles, hambre, peste, angustias mortales, 
quedó estrangulada entre la tierra y el mar. Esta 
sufrida ciudad, amigos míos, parece nacida para holo- 
causto; siempre ha sido la inmolada. No en vano 
hemos cubierto la cabeza de su escudo con la coron a 
almenada, como con un casco de piedra. ¡Nuestro 
buen Montevideo! 

Rondeau, pues, el vencedor del Cerrito, iba a reco- 
ger solo, sin el de Las Piedras, la gloria de la larga 
jomada; los sucesos se precipitaban. I^a victoria naval 
definitiva tuvo lugar del 14 al 17 de mayo de 1814; el 
día 18, el almirante vencedor recibía de Vigodet una 
propuesta de armisticio, que transmitía a Buenos 
Aires... Y he aquí que, el mismo día 16, como caído 
de las nubes, aparecía en aquel teatro, con un ejér- 
cito de 1.500 hombres, salido de Buenos Aires el lo, 
el antes sargento mayor y hoy ya brigadier don Car- 
los María de Alvear. Traía esa azul y blanca bandera 
que hemos visto subir y bajar en las naves de Brown, 
y venía a reforzar el asedio, para cuya terminación 
había pedido Rondeau sólo 500 hombres. Pero llegó 
sólo a presenciar el triunfo que le ponía término; a 
escuchar, desde su línea, los últimos cañonazos de 
las escuadras. Llegaba, sobre todo, a substituir a 
Rondeau en la dirección del sitio. Rondeau fué desti- 
nado, como sabemos, al ejército del Perú, en reem- 



468 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

plazo de San Martín, que se decía enfermo por allá, 
como enfermo se dijo aquí el mismo Rondeau, al 
recibir la noticia de su inesperado retiro. 

A los quince días de su llegada, el 6 de junio, inició 
Alvear sus negociaciones con la plaza, que, como 
sabéis, no pudo concertarse con Artigas porque éste 
no aceptó sus proposiciones; al mes, el 23 de junio, 
Montevideo capitulaba, y el brigadier triunfante, en 
la gloria de sus veinticuatro años, entraba en el re- 
cinto fortificado por la calle del Portón, jinete en su 
blanco corcel de guerra. Y fué declarado, con sus 
soldados, Benemérito de la patria en grado heroico. 
Y se acuñó una medalla con esa inscripción. ¡Las 
cosas raras que se hace decir al paciente bronce algu- 
nas veces! 

Ese Alvear nos ha legado sus Memorias, reciente- 
mente conocidas por el inapreciable libro de Rodrí- 
guez. Son útiles para el estudio de un carácter, aunque 
no para el de los hechos y comentarios, porque sus 
narraciones no inspiran respeto. Por lo que a mí 
toca, no puedo mirar sin antipatía el modo como el 
conquistador de Montevideo trata en ellas al buen 
Rondeau, por ejemplo. Eso de decir que éste era un 
inepto, y que su ejército era todo relajación y divi- 
sión, y otras cosas por el estilo, no me parece bien; 
el ejército de Rondeau, dígase lo que se quiera, sos- 
tuvo el sitio, y merece más consideración. Pero menos 
gracia me hacen los vituperios de Alvear contra Arti- 
gas y sus montoneros, como llama a los soldados 
orientales, expugnadores también de la plaza en que 
él entraba lleno de gozo. Dice que, no bien desembarcó, 
tuvo que habérselas con éstos, comandados por Otor- 
gues; afirma que éste, enviado y autorizado for Artigas, 
hostilizó su expedición, y hasta entró en connivencias 



El, TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 469 

con los españoles contra él. Y que obtuvo muchas 
victorias sobre aquella chusma. 

Nada de eso es verdad; ni Artigas autorizó enton- 
ces ni nunca a Otorgues para representarlo, ni aquel 
rústico caudillo hizo otra cosa ostensible que perma- 
necer, como entidad militar pasiva, en su actitud 
de defensa preventiva contra Buenos Aires, mientras 
su jefe gestionaba un arreglo con el director Po- 
sadas. 

Bien es verdad que ese Otorgues, al verse lejos 
de su superior, quiso tentar, una vez más, la realiza- 
ción del vaticinio de sus bruj as, y se puso para ello, por 
su cuenta y riesgo, en relación con Romarate, que man- 
daba la escuadra española en el Uruguay, le prestó 
auxilios de víveres y hasta inició negociaciones clan- 
destinas con Vigodet; pero éste se convenció bien 
pronto de que Otorgues nada representaba, y con- 
centró su esfuerzo en sus inútiles negociaciones con 
Artigas, que, como sabemos, las transmitió a Buenos 
Aires. Y no sólo reprobó las clandestinas y atrevidas 
de su seg-ando, sino que, cuando muy pronto entre 
en arreglos con Alvear, para recuperar su ciudad natal, 
impondrá como primera condición de todo aveni- 
miento la declaración expresa «de no haber estado 
él compHcado en la coríespondencia con los españoles 
de la plaza». Y así se hará en decreto de Posadas 
pubHcado en la Gaceta del 17 de agosto de 1814. 
«Resultando, dice ese decreto, resultando de la corres- 
pondencia interceptada en Montevideo, que don José 
Artigas no ha tomado parte en la coalición de la 
Banda Oriental con los jefes de la plaza, he venido 
en declararlo, oído previamente mi Consejo de Es- 
tado, buen servidor de la patria... sin que las resolu- 
ciones anteriores puedan perjudicar su opinión y mé- 



470 I'A EPOPEYA DE ARTIGAS 

rito, —Gervasio Antonio de Posadas. — NicolAs de 
Herrera.» 

No es menos verdad que Alvear, en su triunfal 
entrada a recoger las llaves de Montevideo, tuvo qué 
hacer con Otorgues; pero no fué para librar batallas 
campales con sus montoneros, ni mucho menos; lo 
llamó, como quiso hacerlo con el mismo Artigas, para 
entregarle la plaza, y jurándole por lo más sagrado 
que sólo para eso lo llamaba; pero ima vez que lo 
tuvo a tiro, cayó sobre él y lo destrozó a mansalva 
durante la noche. Y, después de proceder en forma 
análoga con el gobernador español, según lo veremos, 
entró triunfante en la ciudad oriental, como dueño 
absoluto, en el esplendor de su juventud. 

De todo lo que leemos con provecho en sus Memo- 
rias, pocas cosas más útiles, sin embargo, para clasi- 
ficar el carácter de su autor, más de una clase social 
que de un hombre, que los términos en que nos dice 
se expresó con los parlamentarios españoles, cuando 
retardaban la entrega de la ciudad... «Señores, dice 
que les dijo; si para mañana no se rinde la plaza, 
o se derrama una gota de sangre en estas veinticuatro 
horas, se^án pasados a cuchillo toda la guarnición 
y todos los habitantes de Montevideo. Después haré 
destruir sus edificios, y de sus escombros y sobre sus 
ruinas levantaré un monumento que atestigüe a las 
generaciones venideras el castigo que los patriotas 
han impuesto a esa pérfida ciudad.» 

bi, como me parece leerlo en vuestros ojos, amigos 
artistas, no veis en esas arrogantes palabras otra 
cosa que una jactancia o fanfarronada, creo que las 
habéis apreciado sólo a medias. Hay, sí, jactancia 
juvenil; pero fijaos en ellas con mayor calma, y les 
hallaréis algo más serio: la revelación de un instinto, 



EI< TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 471 

de un carácter genérico, mejor dicho, trascendental 
en nuestra historia: el del gran señor feudal de horca 
y cuchillo, que colgaba de una almena al pechero 
inobediente, al montonero de Artigas, se llamaría en 
este caso. Pecheros y montoneros eran el pueblo, sin 
embargo, y no era prudente colgarlos, me parece. 
Pensad, amigos míos, en que esas amenazas de Alvear 
se cumplieron más de tma vez, ya contra españoles, 
ya contra americanos indóciles, y meditad en vuestro 
corazón sobre la saña con que ciertos historiadores 
imputan todos los males a los pecheros, al caudillaje 
rioplatense, dejando inmimes a los arrogantes caba- 
lleTos que habitaban el castillo señorial. 

Y veréis resplandecer entonces, en su más alto 
significado, la figura misericordiosa de Artigas, el 
bravo y buen caballero que protege a los humildes. 

Pero no sólo esas satisfacciones tenía reservadas 
el director Posadas para su impaciente sobrino, para 
Carlüos. como le Uama cariñosamente en algunas de 
sus cartas; le quedaba aún el poder supremo, y éste 
correspondía también al presidente de la Logia Lau- 
taro. Seis meses más tarde, el 9 de enero de 1815, 
lo puso en sus manos. Alvear, después de su triunfal 
entrada en Montevideo, fué inmediatamente al Alto 
Perú, a substituir de nuevo a Rondeau, con el carác- 
ter de «capitán general de las provincias interiores, 
general en jefe de los ejércitos de operaciones», e 
«investido de los más amplios poderes para deliberar 
y resolver en los negocios de paz, guerra o alto go- 
bierno que estén fuera de los límites de su empleo 
militar». «!/) que arreglase, sin embargo, con cual- 
quiera gobierno enemigo o aliado, necesitaría ratifi- 
cación.» Rondeau rechazó entonces a Alvear, y éste 
tuvo que volverse a Buenos Aires por el mismo ca- 



472 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

mipo que había llevado; comenzaba su estrepitoso 
derrumbe. Es muy de advertir que, con Rondeau, 
se rebelaron los demás jefes: Martín Rodríguez, Pa- 
góla, Foresti, Alvarado, Martínez, etc. El general San 
Martín apoya también todo eso, como apoyará el 
derrocamiento de Alvear, que consumará el pueblo 
de Buenos Aires, con la protección de Artigas, pedida 
por su Cabildo, dentro de pocos meses. 

Posadas, primer Director Supremo, entrega, pues, 
el 9 de enero de 1815, el poder a Alvear, segundo 
Director Supremo; legítimos ambos, perfectamente 
legítimos, con jurisdicción; no como el bárbaro Arti- 
gas, que no tenía poderes en buena forma, que era 
un simple Alcalde de Zalamea. 

Quince días después de su elevación, firmaba Alvear 
dos notas, acordadas con su Consejo de Estado, y re- 
dactadas por su secretario, don Nicolás de Herrera, 
en que ponía las Provincias Unidas del Río de la 
Plata a disposición del gobierno inglés, pidiéndole 
que las salvara, a pesar suyo, de la perdición a que 
marchaban. En esas notas, dirigidas al ministro de 
la Gran Bretaña, Alvear declaraba a las Provincias 
Unidas inhábiles para gobernarse por sí mismas. «Estas 
Provincias, decía, desean pertenecer a la Gran Bretaña, 
recibir sus leyes, obedecer su gobierno. Ellas se aban do 
nan, sin condición alguna, a la generosidad y buena fe 
del pueblo inglés, y yo estoy resuelto a sostener tan jus- 
ta solicitud.» Más adelante, recordaba a Inglaterra 
que ella, la protectora de la libertad de los negros de 
África, no debía dejar entregados a su propia suerte 
a los pueblos del Plata, que se arrojaban en sus bra- 
zos generosos. Y terminaba diciendo: <Es necesario 
que se aprovechen los momentos; que vengan tropas, 
para imponerse a los genios díscolos, y un jefe plena- 



EL TRIUNFADOR EN MONTEVIDEO 473 

mente autorizado, que dé al país las fórmulas que sean 
del beneplácito del rey y de la nación». 

y ese don Nicolás de Herrera, secretario de Alvear, 
redactor de la sentencia de muerte de Artigas, escri- 
birá en seguida la carta que conocéis, en que declara 
imposible la independencia de América, y aconseja 
se trate con Pezuela y se vuelva al dominio español. 

Al mismo tiempo, Rivadavia y Belgrano y Sarra- 
tea, recorrían la Europa, enviados por Buenos Aires, 
en busca de un príncipe para el Río de la Plata. Car- 
los IV, padre de Fernando VII, debía ser, como sa- 
béis, el rey de la monarquía platense, y del Perú y 
Chile; después había de serlo don Francisco de Paula, 
hermano de Fernando; después otros, y otros más; 
cualquiera que fuese de sangre real. ¡Si vierais, amigos 
artistas, qué triste fué la odisea diplomática de esos 
proceres del 25 de mayo de 1810!... Todo fué inútil: 
corrían los años 14 y 15; Napoleón había caído en Wa- 
terloo; Inglaterra y España eran amigas; el Congreso 
de Viena restauraba la legitimidad; Fernando VII 
era el único dueño de América, a justo título; la Santa 
AHanza... ¡Pero allí estaba Artigas, feHzmente; aUí 
estaba Artigas! 

No hablemos más de eso, por ahora; es muy largo 
y deplorable; miradlo y pasad, amigos míos. Y si qui- 
sierais imponeros de algo más, sabed, si es que ya no 
lo sabéis por presunción, que, entre las instrucciones 
dadas por Alvear a García, su embajador en Río Ja- 
neiro, estaba la de gestionar aUí la ocupación de la 
Banda Oriental por los portugueses, a fin de desha- 
cerse de Artigas y de los orientales, que eran el gran 
obstáculo a la realización de aquellos planes; los ge- 
nios díscolos, contra los que se pedían tropas inglesas 
vestidas de colorado y con morriones negros. 



474 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Tal era el Libertador que, como San Martín en San- 
tiago, después de Chacabuco, entraba vencedor en 
Montevideo, y enarbolaba allí su bandera bicolor en 
las condiciones que vamos a ver, después del sitio de 
veinte meses sostenido por Artigas y Ronde au, los 
vencedores de Las Piedras y el Cernto, a la sombra 
del tricolor oriental. 

¡Y ha habido, amigos artistas, quien no ha com- 
prendido la causa ni los efectos de la separación de 
Artigas de la línea sitiadora de Montevideo! ¡Quien 
ha creído que el héroe oriental debió entrar en la 
plaza, caballero en un cisne blanco, confundido entre 
el séquito de Alvear! 

Vamos a ver, pues, ahora, a dónde fué, para qué se 
fué, y qué hizo el héroe genuino de la revolución de 
Mayo, cuando se resolvió a no penetrar, en semej ante 
compañía, en el circuito de su ciudad natal, y a reser- 
varse para destinos superiores. 



CONFERENCIA XIII 
El, CARÁCTER DE ARTIGAS 

lya dominación porteña. violación de la capitulación. 

El pabellón tricolor. — ^En país conquistado. — Nueva ten- 
tativa DE seducción de ARTIGAS POR EL VIRREY DE I^IJIA. 

«Yo NO DEFIENDO A SU REY.» — I,A3 CORTES DE CÁDIZ.— EL HÉROE 

de la estirpe h ípánica ev américa. — ^artigas, héroe del 
Par^gt'ay. — El caudillo de los caudillos. ^Pensamiento 
y carácter de Artigas. — Psicología del hombre. — Su ambi- 
ción. Su FE Y su VISIÓN PROFÉTICAS. ACCIÓN CONSTANTE Y 

RESISTENCLA. — El PROTECTORADO SOBRE LAS PROVINCIAS. — DE- 
ROGACIÓN DE LA SENTENCIA DE MUERTE.- — EUEN SERVIDOR DE 

L.A PATRI.\. TENT.\TIVAS FALACES DE .ARREGLO. CELADAS 

TR.\IDORAS. 



Comprenderéis, amigos míos, que la dominación 
extranjera no terminaba en el Uruguay, por más que 
terminara la española, con la entrada de Alvear en 
IMontevideo. Era triste, más bien, arrojar a la madre, 
madre al fin, para ver los propios derechos arrebata- 
dos por un hermano, y la herencia común puesta en 
subasta. Si hubiera sido posible que Montevideo de- 
seara volver a ser español, en ese momento hubiera 
abrigado ese deseo. 

Dice Mitre, en su Historia de San Martín, que los 
directorios de Buenos Aires, «al dar la señal de la gue- 



476 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

rra ofensiva en 1817, y reconquistar a Chile, impusie- 
ron a su general, por regla de conducta, infundir a 
los pueblos libertados por sus armas que ninguna idea 
de opresión o de conquista, ni intento de conservar 
la posesión del país auxiliado, la llevaba fuera de 
su territorio». Así lo hizo San Martín también en el 
Perú, según lo hemos visto. 

Desgraciadamente, no se pensó en aplicar esa doc- 
trina a los orientales... ¡Por qué no se hizo. Dios mío! 

Alvear se condujo muy mal, oh, muy mal, preciso 
es confesarlo, con la madre expulsada, en primer 
término. 

I/OS bizarros españoles defensores del rey en Mon- 
tevideo eran dignos de otra despedida: Artigas no 
hubiera hecho eso, estad seguros. 

I^a plaza fué entregada a Alvear bajo capitulación 
formal. Según ésta, el gobierno de Buenos Aires recibía 
a Montevideo en depósito, y reconocía la integridad 
de la monarquía espaaola y a su legítimo rey el señor 
Femando VII; enviaría diputados a España, para un 
ajuste definitivo. La guarnición de la plaza se retira- 
ría con los honores de la guerra; no se sacarían armas, 
ni municiones, ni pertrechos, ni se en arbolaría más 
bandera que la española, etc., etc. El artículo 35 de 
la capitulación decía: «En la plaza no se enarbolará 
jamás, por pretexto ni motivo alguno, más bandera 
que la nacional». «Concedido», se lee al margen del 
documento, de puño y letra de Alvear. Era, más o 
menos, la repetición del armisticio de octubre de 1811, 
rechazado por Artigas, y causa del Éxodo. 

Todo eso fué violado por el vencedor, una vez dueño 
de la ciudad: se enarboló el pabellón americano; se 
arrestó a Vigodet, y se le envió a Río Janeiro, donde 
escribió una enérgica protesta; fueron tratados como 



El, CARÁCTER DE ARTIGAS 477 

prisioneros de guerra los soldados españoles, a quie- 
nes se quitó las armas y banderas, y se les enroló en 
los cuerpos de Alvear; se enviaron a Buenos Aires 
los jefes, y oficiales, y trofeos; se despojó la plaza de 
todo elemento bélico, que fué llevado a Buenos Ai- 
res, etc., etc. 

Bien es cierto que Alvear nos dice, en sus Memorias, 
que Montevideo se entregó absolutamente a discre- 
ción; pero él mismo conviene en que eso parece inve- 
rosímil. «No puedo explicarme, dice, qué objeto con- 
dujo a Vigodet, cuando vio sus planes frustrados, a 
no exigir la ratificación de las proposiciones. Algunos 
jefes españoles me han asegurado que, en su desespe- 
ración, alimentaba la esperanza de que la caballería 
de Artigas batiría la nuestra, y que, en ese caso, 
estaba resuelto a unirse a ella con sus fuerzas, atm 
cuando ese movimiento no le proporcionara otra ven- 
taja que la de ganar las fronteras del Brasil. Sea de 
ello lo que fuere, es indudable que yo esperaba se 
me hablara sobre el tenor de esas proposiciones.» 

He aquí que el joven Alvear nos coloca en una 
difícil alternativa: o la desesperación ha transformado 
a Vigodet, que no era tonto ni cobarde, en un tonto, 
o el vencedor de Montevideo nos toma por tales a nos- 
otros. Pero nosotros, que, maguer tontos, como dice 
Sancho, lo somos menos de lo que parece, sabemos a 
qué atenernos sobre esa falta de ratificación de las pro- 
posiciones. No; los españoles defensores de Montevideo 
no obtuvieron los homenajes a que son acreedores 
los bravos. Eso es bien triste; lo más triste que darse 
puede. Alvear no habló entonces de la supuesta espe- 
ranza de los españoles en el auxilio de Artigas; él 
comunicó a su gobierno la toma de Montevideo en 
estos términos: «A esta hora, que son las tres y media 



478 I<A KPOPEYA DB ARTIGAS 

de la tarde, acaba de entregarse por capitulación la 
plaza de Montevideo al ejército de mi mando». Y en 
ninguna de sus notas, del 20, del 22 y del 23 de ju- 
nio, habla una sola palabra de la entrega a discreción. 

Pablo Blanco Acevedo, que ha estudiado muy bien 
este episodio, afirma que el documento original de 
la capitulación ratificada fué robado a Vigodet por 
un su oficial infidente, antiguo amigo de Alvear, y 
entregado a éste; que Alvear, al verse con esa única 
prueba en la mano, violó lo pactado con su incauto 
enemigo. 

Pero también de esto, como de los combates nava- 
les, son las banderas las que más claro nos hablan; 
y es también Figueroa, el poeta, quien nos transmite 
sus revelaciones de colores. I^os misterios que éste 
no descifraba en los barcos, van a rqetirse en tierra. 
Bl día antes de la entrega de la plaza, el 22 de junio, 
fué ocupada por los sitiadores la fortaleza del Cerro, 
situada frente a la ciudad, bahía por medio; su guar- 
nición española saUó ese día con los honores de la 
guerra, 3' los nuevos dueños tomaron posesión de 
aquella altura, «alzando en ella la hispana bandera», 
dice Figueroa. 

Se ejecutaba, pues, el artículo 35, que hemos leído, 
de la capitulación. 

Pero Uega el día 23, y Alvear entra en la ciudad 
conquistada. También entonces, la capitulación co- 
mienza a cumplirse; el cuadro de esa entrada triunfal 
está lleno de tonahdades interesantes: por la puerta 
del Norte, Portón de San Pedro, entra el joven bri- 
gadier, a caballo, rodeado de su lucido estado maj^or; 
por la del Sud, Portón de San Juan, sale Vigodet, con 
los honores convenidos, a la cabeza de los restos de 
la guarnición vencida. La ciudad está silenciosa. 



El. CARÁCTER DE ARTIGAS 479 

Y be aquí lo que entonces ve y nos cuenta Figueroa: 

Ya ocupados los baluartes 
Y los militares puestos 
Estaban, cuando una salva 
Hace retemblar el suelo. 
La blanca y azul enseña 
Del argentino gobierno 
En el Cerro y Fo^'taleza 
Enarbolar on a un tiempo. 
Con otra salva, la escu.adra 
Las saluda, y, antes de eso. 
Vimos la lúspana bandera 
Descender con menosprecio. 
Así Alvear, de los tratados 
Violando el tenor expreso, 
De infracciones más notables 
Excita tristes recelos. 

No sin mucha causa tales recelos abrigaban los 
orientales; éstos, los hijos de la tierra conquistada, 
cu3'a expulsión no era menos necesaria que la de 
España para el gobierno de Buenos Aires, no fueron 
tratados con mayor lealtad; ni ellos, ni su bandera 
tricolor. No, no fueron tratados como hermanos y 
amigos, desgraciadamente. Esto es deplorable; lo más 
penoso que darse puede. 

En ausencia de Artigas, que preparaba en el Norte 
su regreso al sitio con sus nuevos aliados o protegidos, 
Alvear, como lo dijimos antes, se dirigió por escrito a 
Otorgues, invitándolo a intervenir en la capitulación, 
y a recibirse de la ciudad, en nombre de los orienta- 
les, sus legítimos dueños. Le protestaba, por lo más 
sagrado que hay en el cielo y en la tierra, la sinceri- 
dad de sus sentimientos. «iVIi estimado paisano y 



480 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

amigo, le dice en nota de 7 de junio de 1814, quince 
días antes de la capitulación, es decir, cuando, según 
sus Memorias, era hostilizado por Otorgues y lo ven- 
cía; mi estimado paisano y amigo, nada me será más li- 
sonjero y satisfactorio que ver la plaza de Montevideo 
en poder de mis paisanos, y no de los godos, a quienes 
haré eternamente la guerra.» 

«Mándeme dos diputados que vengan a tratar con 
los de Montevideo.» 

«Yo, por mi parte, me obligo solemnemente a sti cum- 
plimiento, protestándole, por lo más sagrado que hay 
en el cielo y la tierra, de la sinceridad de mis senti- 
mientos. t) 

«Crea que la franqueza de mi alma, y la delicadeza 
de mi honor, no mepermitencontraermea nimiedades. 
Que vengan luego, luego, los diputados, para con- 
cluir esta obra.» 

¿A qué tanto juramento, diréis vosotros, mis ami- 
gos, a qué tanto juramento, por el cielo y la tierra, y 
el honor? 

Bs de advertir que Alvear quería entonces que 
quien acudiera a su llamado fuera el mismo Artigas; 
pero leemos en sus Memorias: «Artigas no vino, lo 
cual fué un suceso feliz, porque a él no hubiera sido 
tan fácil alucinarlo». Otorgues cayó en la trampa, 
efectivamente, una vez más; se acercó con sus tropas 
a Alvear; acampó en I^as Piedras, dispuesto, sin duda 
alguna, a entenderse con quien más conviniera a los 
planes que le conocemos, tan opuestos al pensamiento 
de Artigas. Alvear se acercó a él con alguna fuerza; 
lo observó; se sintió débil, y pidió refuerzos, entrete- 
niendo con parlamentos al otro... Y, recibida la 
nueva infantería, cayó sobre el campo dormido de 
Otorgues durante la noche y lo hizo pedazos. El 



Ely CARÁCTER DE ARTIGAS 481 

campo quedó sembrado de muertos; el vencedor kizo 
celebrar grandemente su victoria, la alucinación de 
Otorgues... 

Y volvió entonces vencedor a la plaza como si tal 
cosa. Y trató a la pérfida ciudad como ciudad con- 
quistada: se la llevó a Buenos Aires. Se apoderó 
de cuanto en ella existía; arrebató a los particula- 
res sus armas finas, que destinó a sus oficiales; en- 
vió a Buenos Aires ocho mil doscientos fusiles, tres- 
cientos treinta y cinco cañones, las cañoneras de la 
flotilla, y otros elementos de guerra, avaluados en la 
suma de cinco millones y medio de pesos, de que la oli- 
garquía porten a sv; juzgó propietaria exclusiva. Hasta 
la imprenta que existía en Montevideo fué enviada a 
la capital del virreinato. «Con la adquisición de Mon- 
tevideo, dice el director Posadas en sus Memorias, 
nos hicimos de un soberbio armamento de que care- 
cíamos, y de una considerable porción de dinero, que 
tanto ha contribuido a aumentar los fondos del Es- 
tado, pasándose, además, a esta capital muchos pertre- 
chos de guerra, de que estaban llenos aquellos almace- 
nes.» También se resolvió la demolición de las murallas, 
que fué encomendada a Hollemberg; pero no pudo 
realizarse. I^a cindadela, aunque desmantelada, qu;.dó 
en pie, esperando la bandera de Artigas. 

No procedió Alvear en Montevideo como San Mar- 
tín en Santiago de Chile o en I/ima, por cierto. Se 
hizo cesar al gobernador intendente de la ciudad, 
y se envió uno de Buenos Aires, don Nicolás Rodrí- 
guez Peña. Éste destituyó a todos los miembros del 
Cabildo, y los substituyó por otros de su agrado, que 
nombraron a Alvear Regidor Perpetuo de Montevideo. 
Hasta los porteros fueron reemplazados. Se impu- 
sieron contribuciones, exacciones de todo género al 

T. Ií-33 



482 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

vecindario... ¿Con qué se defenderán ahora Monte- 
video y la Banda Oriental, en caso de ser atacados por 
el extranjero? 

¡Oh! Ya los defenderá Alvear, o los que triunfen 
en Buenos Aires (porque Alvear durará allí muy poco), 
si juzgan conveniente defenderlos; si no, allá se la 
hayan. 

Artigas está condenado a muerte por haber juzga- 
do que no debía entregar su ejército y su pueblo a 
esos hermanos libertadores... No hablemos de eso con 
demasiada extensión, amigos míos; es en extremo pe- 
noso a mi memoria. 



II 



Vamos a hablar, en cambio, de algo más grato; 
vamos a ver a Artigas en otra noble actitud. . 

Ninguna coyuntura más propicia que la actual, 
para que el español tentara de nuevo al Jefe de los 
Orientales, en cumplimiento de las órdenes de la 
Regencia, que conocéis. Entre la conquista bonaeren- 
se y la dominación española, entre el tiránico herma- 
no y la vieja madre, ¿no podría Artigas quedarse con 
ésta? 

El virrey de Lima, que no podía sospechar, ni re- 
motamente, lo que había en el alma fuerte del héroe 
oriental, lo crej^ó así, e hizo que el general Pezuela, 
jefe del ejército del Perú, que acaba de triunfar en 
Vilcapugio y Aj-ohuma, y pronto triunfará en Sipe- 
Sipe, le escribiera invitándolo a la unión. Un comi- 
sionado, munido de credenciales, entregó a Artigas 
un oficio que decía: «Los caprichos de un pueblo 
insensato como el de Buenos Aires han ocasionado 



I 



Elv CARÁCTER DE ARTIGAS 483 

la sangre y desolación de estos Dominios, y las ideas 
de libertad con que han alucinado a los incautos 
han sido teorías que han corrompido a algunos fie- 
les vasaUos que, arrepentidos de su engaño, se han 
unido a las tropas del Señor Don Fernando VII, 
y defienden sus derechos. Las acciones de Vilcafugio 
y Ayohuma prueban que no podrían por más tiempo 
fomentar la guerra; que no tienen leyes ni sistema 
que puedan realizar sus ideas, y que el descontento 
de los que por desgracia dependen de la facción de 
los insurgentes abrevia el naufragio en que se miran. 
Antes de que se verifique, y a fin de cortar las des- 
gracias consiguientes, cumpliendo con la orden del 
excelentísimo señor virre}' de Lima, aventuro al da- 
dor con las correspondientes credenciales para que, 
hablando con V. S., convengamos en el modo más 
honroso de nuestra unión, para terminar los males 
que ha suscitado la facción. Bstoy impuesto de que 
V. S., fiel a su monarca, ha sostenido sus derechos 
combatiendo contra la facción; por lo mismo cuente 
V. S. y sus oficiales y tropa con los premios a que 
se han hecho acreedores, y, por lo pronto, con los 
auxilios y cuanto pueda necesitar. Para todo, acom- 
paño las instrucciones, a que se servirá contestar. 

»Dios guarde a V. S. muchos años. Campamento 
en Jujuy, a 15 de mayo de 1814. — Joaquín de la 
Pezuela. — Señor Comandante en Jefe de los Orien- 
tales.» 

Un poderoso aliado se ofrecía, pues, a Artigas con- 
tra el Directorio que lo había condenado a muerte con 
su pueblo, y que los condenará siempre; contra ese 
Alvear que ha arriado su bandera tricolor, y usurpado 
a los orientales su capital; estaba, cuando menos, en 
situación de iniciar, directamente con España, las 



484 I#A EPOPEYA DE ARTIGAS 

negociaciones que Buenos Aires ansiaba realizar para 
coronar un príncipe en el Plata, como solución de la 
revolución de Mayo, Él, con los pueblos que le obe- 
decían, y no Buenos Aires, hubiera podido llegar a 
esa solución, que lo liubiera elevado al primer rango, 
sin excluir el de virrey que quería Bolívar. 

Porque, si de las gestiones de Buenos Aires pasamos 
a estudiar las que se hacían en toda América, amigos 
míos, en toda América, y por todos los libertadores, 
en los momentos de desaliento o de ambición, enton- 
ces la actitud de Artigas, que habéis visto, y vais a 
ver, os produciría un asombro mayor. Que me baste 
con haceros saber que Bolívar, en este año en que 
estamos de 1814 precisamente, se compromete a 
desarmar a sus tenientes, si se obtiene para él el 
nombramiento de virrey. Nos lo dice y documenta 
Carlos A. ViUanueva, apologista apasionado del glo- 
rioso I/ibertador. Y ya sabéis que Bolívar es el astro 
de órbita más cercana a la de Artigas... ¡Qué lejos 
están, sin embargo! Artigas no qucTÍa ser virrey, 
estad seguros. Cabe aquí, como dato pintoresco, la 
carta que, desde Ivondres, dirige entonces Sarratea 
a Posadas, el Director: «Me consta, le dice, que el 
rey manda cruces y condecoraciones al modesto ciu- 
dadano Artigas. Dicen que él ha recibido las conde- 
coraciones del rey Femando; por ese medio quieren 
sobornarlo.» El dato es más que pintoresco; es pre- 
cioso para nuestro estudio de caracteres. Aquella 
gente que, mirando su propio interior, juzga a Artigas 
sobomable por medio de condecoraciones, es la misma 
que, por otra parte, lo denuncia como montaraz o 
selvático, ¡Artigas condecorado por el rey! Sería cu- 
rioso de ver. No; ese hombre no es ni un montaraz 
ni un virrey; es una cosa muy distinta^ que aquellos 



El, CARÁCTER DE ARTIGAS 485 

SUS enemigos no podían sospechar, como no sospecha 
el hombre falto de un sentido lo que a éste se refiere 
en el mundo exterior; era una cosa muy distinta. 

I Oh, si se piensa en lo que hubiera sucedido si Arti- 
gas hubiese aceptado esa alianza que le ofrece reite- 
radamente España, la de este momento, sobre todo: 
entre Ayohuma y Sipe-vSipe! Si uno se imagina al cau- 
dillo oriental, 5' su enorme prestigio en el Plata, pues- 
tos al servicio de la causa colonial, entonces parece 
que cobra ma3'or relieve su figura incorruptible de 
libertador rqjublicano. Recordaréis lo que decía al 
respecto el mariscal español don Gregorio I^aguna: 
«Con la ayuda de Artigas seconseguirá la destrucción 
de todos los rebeldes de aquel hemisferio». 

Yo os pido que meditéis un poco, amigos artistas, 
sobre lo que pasaba en el alma de ese hombre de car- 
ne y hueso, en esta ocasión, y en todas las otras, que 
son muchas, en que se le presentaba la tentación. 
Advertid bien todo el carácter que ha sido necesario 
en él para rechazarla, y para no traicionar jamás, ni 
aun en las circunstancias más difíciles, la causa de Amé- 
rica. Pensad en eso. Artigas no confunde el Directorio 
de Buenos Aires con el pueblo argentino occidental; 
éste es su aliado, su único aliado contra aquél; es más 
que su aHado, mucho más: es el gran cuerpo en que 
debe infundir su espíritu. No bien se presenta ante 
el fuerte caudillo la seducción extraña, su visión in- 
terna se le aparece y lo mira intensamente. No, Arti- 
gas, a pesar de su difícil situación, no vaciló ante las 
proposiciones de Pezuela. Ved su memorable contes- 
tación, escrita, notémoslo bien, en jtiho de 1814, es 
decir, un mes después de la capitulación de Monte- 
video: 

isHan engañado a V. S., contestó, y ofendido mi 



486 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

carácter, criando le han informado que yo defiendo a su 
rey. Y si las desavenencias domésticas han lisonjeado 
el deseo de los que claman por restablecer el dominio 
español en estos países con teorías, para alimentar sus 
deseos, la sangre y la desolación de América han sido 
causadas por la ambición española con derecho supuesto. 
Esta cuestión la decidirán las armas. Yo no soy vendi- 
ble, ni quiero más premio por mi empeño que ver libre 
mi Nación del poderío español; y cuando mis días ter- 
minen al estruendo del cañón, dejarán mis brazos la 
espada que empuñaron para defender la Patria. Vuelve 
el enviado de V. S.. prevenido de no cometer otro aten- 
tado como el que ha perpetrado con sm visita. — Campa- 
mento y julio 28 de 18 14. 

José Artigas.» 
Fuerza es detenernos, amigos, pues no es posible 
pasar adelante, ante esa dura contestación de Arti- 
gas al virrey. No creo que tenga yo nada de más im- 
portante que deciros, sobre ese hombre singular, que 
lo que ella nos sugiere. 

Convengamos en que ese odio profundo al poderío 
español no es rasgo característico de Artigas: lo es 
común a todos los obreros libertadores de América. 
Pero ese sentimiento tuvo en aquél un significado 
sociológico que lo diferencia y engrandece. 

Artigas es el enemigo «del poderío español»; pero 
no lo es de la casta española; él es, por el contrario, 
el hombre de la raza, el hispanoamericano por exce- 
lencia. 

«Con los porteños podré entenderme, dijo una vez; 
con los españoles, no.> Pero también dijo en otra oca- 
sión, que conocemos: «Nuestros opresores, no por su 
nación, sólo por serlo, deben ser objeto de nuestro 
odio.» 



EI< CARÁCTER DE ARTIGAS 487 

Hemos recordado los trabajos del general Miranda, 
insigne venezolano, mariscal de Bonaparte, y sus pla- 
nes de entrega de la América española a la Gran Bre- 
taña; Bolívar, compañero de Miranda en Londres, 
piensa, como sabéis, en una monarquía americana 
bajo el protectorado de Inglaterra; Alvear... joh! Al- 
vear llega hasta la entrega sin condiciones de estas 
tierras, con sus hombres correspondientes, al domi- 
nio del rey británico; Pueyrredón buscará, como su- 
premo honor, un Orleans, un señor francés, como 
hijo que se decía de la patria de KnriquelV; los otros, 
un Braganza, un príncipe portugués... Hombres exó- 
ticos; todos exóticos. 

Artigas es la antítesis de todo eso; él es... ¿el bár- 
baro queréis llamarle? Pues sea: el bárbaro, el ameri- 
cano, el héroe criollo. Y un criollo, como sabéis, si no 
es un indio o un mestizo, es lo que Artigas: un renuevo, 
en América, de pura cepa española. 

Si es bueno o es malo que una parte siquiera del 
mundo de Colón haya permanecido como rama viva 
de la fuerte raza que lo descubrió, discútalo quien 
quiera. Yo de mí sé decir que me siento contento, 
y mucho más que contento, de mi buena sangre 
española, «sin mezcla de moro ni judío», como antes 
se decía; tan contento como lo estaba Artigas de la 
suya. También lo estoy de esta preciosa lengua en 
que os estoy hablando, amigos míos, eóHco y divino 
instrumento de mi música interior. 

lya humanidad está bien convencida, me parece, 
de que la América española, para llenar su recóndito 
destino en la universal armonía, debía ser española 
por los siglos. Para ser de la civilización, tenía que ser 
primeramente de sí misma. Bra ley de gloria y de jus- 
ticia, que nadie con más alegría que el americano 



488 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

debe escuchar en el eterno concierto de los orbes: la 
persistencia de la gente hispánica, su crecimiento y 
su gloria; la triunfante difusión de la lengua de Cer- 
vantes. 

Ahora bien; se buscará en vano, en esta América, 
un agente más excelso que- nuestro Artigas de aquella 
divina ley; el porvenir se encontrará siempre con 
ese enorme significado de su figura histórica, y el 
héroe de la Patria lo será también de la Raza, de la 
I/engua españolas; él no habló otra, a no ser el gtia- 
ramí o tupi, la lengua americana. 

Si la naturaleza de estas mis elementales lecciones 
de sociología nos lo hubiera permitido, amigos míos, 
yo os hubiera hablado largamente de las Cortes de 
Cádiz, de la memorable asamblea que, durante el 
cautiverio del rey Fernando, de 1808 a 1813, formó 
el pueblo español, al par que se inmolaba a su inde- 
pendencia, para conser\'ar su vida orgánica reno- 
vándola. En aquellas Cortes de Cádiz se proclama- 
ron nuevos principios, y, entre los fuegos mortales 
de los cañones franceses del emperador, se sancionó 
la Constitución de 1812, tipo de muchas otras, sobre 
todo americanas. Pero alU se persiguió, también, un 
altísimo ideal vagamente entrevisto, con relación a 
nuestra América: el de conjurar el peligro de su des- 
prendimiento, incorporando a la asamblea gaditana 
sus representantes, proclamándola parte integrante 
y esencial de la nación española indivisible, y recono- 
ciendo como ciudadanos españoles a los nativos de 
este continente. 

Aquellas Cortes, entre otros errores, incurrieron, 
sin embargo, en el gravísimo, pero muy explicable 
entonces, de identificar la unidad de la nación o de 
la estirpe hispánicas con la de la monarquía españo- 



El, CARÁCTER DE ARTIGAS 489 

la; lo permanente con lo accidental y transitorio. 

No veían aquellos hombres esclaiecidos y bien in- 
tencionados que la unión política de América con Es- 
paña no podía realizarse sin arrancar a España de 
la Europa, monárquica en aquel momento. La Europa 
coaligada, una vez repuesto el rey español, tenía que 
reponer necesariamente a los americanos en su cali- 
dad de colonos, como a los españoles en la suya de 
subditos del monarca absoluto. No había, pues, sino 
un medio de no restaurar el coloniaje: no restaurar el 
rey en América. Sólo así podía realizarse el nobilí- 
simo pensamiento esencial de las Cortes de Cádiz, 
con respecto al Nuevo Mundo: separándolo política- 
mente de España, para separarlo de Europa; ponién- 
dolo lo más lejos posible de la Santa Alianza, que no 
era española, por cierto, sino todo lo contrario, para 
que no dejase de ser hispánico. 

Eso fué, si bien se mira, nuestra continental revo- 
lución: la España de América que rompe heroicamente 
con la España de Europa, no porque es España, sino 
porque es Europa, es decir, miembro inseparable, 
y secundario entonces, del organismo viejo; no para 
cambiar de linaje ni de lengua, sino para salvarlos en 
la libertad y para la libertad, y aun para la estirpe. 
Eso fué la revolución de Mayo, y eso fué Artigas en 
ella. 

IvOS que en América recurrían, pues, a la Santa 
Alianza, en busca de independencia, eran simples 
miembros de las Cortes españolas de Cádiz, aunque 
sin el sentimiento de la raza; no miraban dentro de 
sí mismos, porque allí dentro no había nada; todo en 
ellos era aprendido. No eran héroes. 

Artigas es todo lo contrario: todo cuanto veía lo 
veía dentro de su conciencia iluminada, en sus pro- 



490 l,A BPOPEYA DE ARTIGAS 

pias honduras psíquicas, atávicas, si queréis, como 
hoy suele decirse con fatigosa frecuencia; él era un 
español antieuropeo, es decir, el continuador, en el 
Nuevo Mundo, de la misión de una robusta perma- 
nente estirpe. 

Bse rey a quien tan duramente se dirige Artigas 
en la nota que nos ha sugerido todo esto, podía serlo 
de la España política, de la de Pezuela, de la del vi- 
rrey; pero no de la raza española. «Han engañado 
a V. S., cuando le han dicho que yo defiendo a su 
rey.^ Si os parece, amigos artistas, escribiremos en 
durísimo mármol esa frase; el mármol se sentirá 
tan blando como la cera a su lado. Y mucho menos 
perdirrable. Para pronunciarla, el héroe no ha nece- 
sitado salir de las tradiciones de su linaje; es la repro- 
ducción, en la América española, de la voz de roman- 
cero en que hablaban las viejas Cortes de Cataluña y de 
Aragón, al recibir el juramento de sus reyes: «Nosotros, 
que valemos tanto como vos, e juntos valemos mas 
que vos, os facemos nuestro rey y señor, con tal que 
guardéis nuestros fueros e libertades. E si non, nonti. 

No diré yo, amigos míos, que ese hondo sentimien- 
to de amor a la raza, que cada día se vigoriza más 
en el mundo americano, fuera abrigado sólo por el 
libertador oriental; pero sí podemos afirmar, sin temor 
de aventuramos en lo más mínimo, lo que antes 
afirmamos: que él es su más alta y genuina encar- 
nación. 

Artigas rechaza duramente, como un delito, la 
alianza con el rey de España contra sus hermanos 
americanos, en los mismos momentos en que éstos 
ponen a precio su cabeza; jamás recurrirá al enemigo 
exterior para combatir a los interiores. Para esto, 
para luchar con el Directorio de Buenos Aires, él tie- 



Er. CARÁCTER DE ARTIGAS 49 1 

ne sus aliados en los propios hermanos occidentales, 
que lo llaman; en los que, como él, aunque con menos 
intensidad, ven en la pérdida de la propia autonomía 
el fracaso de la revolución de Mayo, y hasta el peli- 
gro de la grande estirpe predestinada. 

Y por eso y para eso, para recurrir a esos aliados 
en defensa del destino de América, abandonó Artigas 
la línea sitiadora de Montevideo; por eso se ha eri- 
gido en guía y protector de todos ellos. 

lylega, pues, con este motivo, amigos míos, la oca- 
sión, que os anuncié, de hablaros algo más de ese 
punto: de a dónde iba y de lo que llevaba en aquella 
su fortísima cabeza caucásica, cuando se separó del 
segundo sitio de Montevideo, el 20 de enero de 1814. 

No lo hizo, como lo habéis visto, para defender al 
rey, ni, como lo habéis presumido, para quedarse 
con los brazos cruzados; mucho menos para desistir 
de la toma de su capital. Tampoco ha dado ese paso 
sin tener previstas y preparadas sus consecuencias. 

Hemos conocido ya bastante sus planes y propó- 
sitos, al verlo erigirse en inspirador, protector y re- 
presentante de las provincias argentinas e iniciar sus 
negociaciones en pro de la común independencia, 
después de sus triunfos militares sobre la oHgarquía; 
pero os dije entonces que la protección y apoyo de 
Artigas a los estados argentinos reclamaba especial 
estudio en lo referente al Paraguay. Alh', efectiva- 
mente, parece ofrecérsenos, con mayor claridad, si 
cabe, que en los demás estados, el pensamiento del 
héroe en toda su extensión. 

Desde el principio os hice notar cómo esa provincia 
o estado mediterráneo, con su histórica ciudad de 
la Asunción por cabeza, tenía caracteres propios, que 



492 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

hacían de él un núcleo sociológico de vida; fué el 
primero de la colonización española y el de mayor 
resonancia en aquella época. El Paraguay, cuya his- 
toria, análoga e inseparable de la nuestra, os he hecho 
conocer por eso con tanto empeño, era, en el vasto 
plan de Artigas, el primer aliado de la Banda Orien- 
tal, el \értice superior de su f)ro3-ecto; la ciudad de 
la Asunción, a falta de Montevideo, era en aquel 
plan la capital histórica que contrapesaba la influen- 
cia de Buenos Aires. Recordemos sus comunicaciones 
al gobierno paraguayo, aquella nota, sobre todo, del 
7 de diciembre de iSii, tan aclamada por el pueblo 
de la Asunción; las r.rotestas de afecto de que éste 
era objeto en el Avíú; la difusión, en aquel país, de 
las Instrucciones de 1813, que descubrimos en los 
archivos de aquella ciudad, precisamente, en copia 
refrendada por el mismo Artigas; la correspondencia, 
por fin, m.antenida por Artigas con aquel gobierno 
desde la línea del segundo sitio de Montevideo. 

No cabe duda de que el Jefe de los Orientales, en 
el momento en que nos encontramos, era, en el Para- 
guay, tanto o más que en las otras provincias argen- 
tinas, el hombre que se esperaba; pero con una dife- 
rencia: allí no predominaban, como en las otras 
jDrovincias o estados, los caudillos populares; en la 
Asunción, como en Buenos Aires, aunque bajo otra 
forma, estaba también alojado el demonio que vio 
el director Posadas en la casa de gobierno, el diablo 
polimorfo; la I/)gia de Buenos Aires tenía, en el Para- 
guay, la cara de un hombre-logia, lo que se llama 
logia, cerrado, tenebroso: es claro que hablo de don 
Gaspar Rodríguez de Francia o Fran9a, que, hasta 
este momento en que nos encontramos, ha compar- 
tido con otros aparentemente el gobierno de aquel 



El, CARÁCTER DE ARTIGAS 493 

estado, y hecho a Artigas las manif estación es más 
apasionadas de adhesión y de altiva solidaridad; lo 
ha llamado su aüado, el defensor heroico del derecho 
de todos, etc., etc.; pero incuba otra cosa en su noche 
espiritual. 

Artigas, sin embargo, era el verdadero dueño del 
alma paraguaj^a; su prestigio estaba sóUdamente afian- 
zado en aquella tierra; la juventud militar, encabe- 
zada por los soldados primeros de la independencia, 
compañeros de armas de Artigas algunos de eUos, 
prontmciaba el nombre del Jefe délos Orientales como 
un símbolo; se veía en él algo propio, tan paraguayo 
como oriental o argentino. 

Artigas, desde la línea sitiadora de Montevideo, 
ha estado en asidua relación escrita con el gobierno 
aparentemente colegiado de la Asunción; hoy segui- 
mos esa su correspondencia en los archivos, y una 
grande claridad parece brotar de ellos, al advertir 
que toda relación oficial se interrumpe bruscamente, 
y para siempre, el 26 de agosto de i8ij, fecha de la 
última nota de Artigas. Es precisamente cuando, aca- 
bados los consulados o triunviratos o gobiernos cole- 
giados, empieza la realidad: la tiranía de don Gaspar 
Rodríguez de Francia. Éste ya no contesta a Artigas; 
se calla; cultiva, en cambio, relaciones políticas con 
Alvear. 

Pero, además de su correspondencia oficial. Artigas 
ha mantenido una muy asidua con los agentes inme- 
diatos de su plan. Eran éstos dos jefes paraguayos, 
principalmente, Vicente Antonio Matianda, coman- 
dante de la Candelaria en la frontera del Sur, y Anto- 
nio Tomás Yegros, actor bizarro en Tacuarj', jete de 
las fuerzas que sostuvieron la primera Junta, y cau- 
dillo genuino de aquel pueblo. Este Yegros, que no 



494 ^^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

debe confundirse con Fulgencio, que tstá al lado de 
Francia, residía en las Misiones. 

1,3. Junta de Buenos Aires, que insistía en juzgarse 
la suprema autoridad de todos los pueblos, tiene tam- 
bién por allí su representante: lo es el comandante 
Planes, de quien ya hemos hablado, que reside en 
Yapeyú, río por medio de Candelaria. 

Planes se da cuenta de lo que pasa, como no puede 
menos, y, en nota de diciembre de 1813, denuncia 
a sus superiores los ya claros propósitos de Y^ros 
y Matianda, bajo la dirección de Artigas. Éste se ha 
retirado, por fin, del sitio de Montevideo, y, junto 
con la orden dada a Otorgues para que rechace la 
invasión de HoUemberg en Entrerríos, envía, sin 
pérdida de momento, la palabra de orden a sus fie- 
les del Paraguay, que la esperan. El 26 de enero de 
1814 dirige a Matianda esta nota, que acabo de re- 
cibir para vosotros del amable historiógrafo paragua- 
yo Fulgencio Moreno, a qiden debemos agradecer 
tan preciado obsequio: 

«Señor D. Vicente Antonio Matianda. 

»Mi muy estimado paisano y amigo: 

» Ya llegó el caso. Active Vd. por su parte el momento 
de formalizar nuestra unión. Mis operaciones han 
empezado ya. A esta fecha tengo una parte de mis 
fuerzas atacando a Quintana, en el Arroyo de la China. 
Yo me hallo en las inmediaciones de Tacuarembó 
Chico, por levantar mi campamento, y marchar con 
él a destruir a Planes; pero como la prontitud es tan 
de primera necesidad en el todo, yo desearía que esa 
sabia República se encargase de ello, para yo entre- 
garme al resto. Al Excelentísimo Sr. D. Fulgencio 
Yegros me dirijo oficialmente sobre el asunto, soli- 
citando, al mismo tiempo, la ven'da de un diputado 



El, CARÁCTER DE ARTIGAS 495 

para concluir nuestro negocio. Influya Vd., mi querido 
amigo, en la prontitud. ]\Iire Vd. que los momentos 
son muy preciosos. Yo he dejado las demás divisiones 
en el sitio, para después concentrar allí todas mis fuer- 
zas, impofier con ellas a los auxiliadores y proporcio- 
narnos todas las ventajas posibles sobre Montevideo, 
según el sistema en que al efecto nos pongamos de acuer- 
do con esa sabia República. Para el todo de las opera- 
ciones es de mucha necesidad proveer a la seguridad 
del Paraná. Influya Vd. sobre ella, y acabemos de una 
vez una obra que tan mutuamente nos dictan nues- 
tros deseos. Dispense Vd. el papel, la tinta... y todo; 
en campaña no hay más. Mis consideraciones hacia 
Vd. son las más afectuosas, y con ellas queda su siem- 
pre amigo, 

José Artigas.» 
En ese papel, tan Ueno de carácter, podéis ver la 
actividad fulgurante de aquel hombre, con la que pro- 
cura subsanar su retardo en retirarse, como debió, 
del sitio de Montevideo; percibiréis su pensamiento; 
pero también habréis advertido quizá su error. En 
algunos días, casi en algunas horas. Artigas ha vo- 
lado, como un halcón, de Montevideo a Tacuarembó, 
donde ya está por levantar campamento; desde Ta- 
cuarembó, con otra parte de sus fuerzas, opera ya 
en Entrerríos, donde Otorgues ha tomado prisionero 
a Hollemberg; su espíritu salta al Paraguay-, al Paraná, 
a las Misiones... Quiere regresar cuanto antes, con 
sus nuevos auxihares, al asalto de Montevideo, a 
ganar de mano a los porteños en la posesión de la 
plaza que ha expugnado, de la ciudad oriental... Pero, 
para entenderse con el Paragua3', se dirige al «Exce- 
lentísimo don Fulgencio Yegros». Ahí está su error. 
¿No habrá visto Artigas al otro, al de mirada felina. 



496 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

que está al lado de Yegros? ¿No ha entendido su sig- 
nificado, sobre todo? Pues allí no hay más exceleiKÍa 
que esa. 

En cuanto al pensamiento del héroe, vamos a ver- 
lo en toda su amplitud; es éste el momento oportuno. 
Completemos, para ello, la anterior lectura, con la de 
la nota siguiente, que me Uega del mismo origen. 
Es la que Matianda dirige a los cónsules paraguaj'os, 
al remitirles la de Artigas. Y dice: 

«La generosa invitación que hace este gran patrio- 
ta para realizar una razonable unión con nuestra Re- 
pública, me parece muy favorable para la seguridad 
exterior; ahora resta que V. E. resuelva sabiamente 
lo más conveniente en tales circunstancias: con algo 
más de energía y actividad, podemos hacernos de ar- 
mamentos, y avanzar nuestros límites hada donde nos 
haga cuenta. Todo se puede conseguir sin mayor costo 
ni peligro.» 

Penetremos en eso, amigos míos, en el ideal culti- 
vado por Artigas en el espíritu paraguayo, y nos ha- 
llaremos en presencia de su idea. Artigas ha visto, 
en esta parte de América, los tres núcleos hispánicos 
de vida autónoma que, pese a los obstáculos opuestos 
por el hombre a la Naturaleza, han logrado preva- 
lecer: el meridional atlántico, su patria; el septentrio- 
nal mediterráneo, la patria paraguaya, }• el occidental 
andino, el de sangre de volcanes, patria de los argen- 
tinos. 

Pensad bien en lo que eso significa, amigos míos; 
advertid que, en el pensamiento de Artigas, el terri- 
torio oriental se extendía, hacia el Norte, hasta las 
Misiones del Uruguay, mientras que el Paraguay lle- 
varía su frontera septentrional hasta la divisoria entre 
las posesiones españolas y las portuguesas, conser- 



El. CARÁCTER DE ARTIGAS 497 

vando el río Paraná como límite meridional. Las Mi- 
siones occidentales, entre los ríos Paraná y Uruguay, 
formaban parte del Contiitente de Entrerríos. Quedaba 
así cerrado el circuito, digámoslo así, de la hispánica 
frontera con Portugal. Artigas galopaba en su caballo 
de guerra, desde Montevideo hasta la Asunción, sin 
solución de continuidad, por herencia española, por 
patrimonio platense. El casco de ese su caballo mar- 
caba la senda de salida del Paraguay hasta el Atlán- 
tico... acaso la de Bolivia.,. ¿Qué sé yo? 

Pensad, amigos, en lo que eran esas tres entidades 
sociológicas entre\istas por aquel agente heroico de 
la naturaleza y de las providenciales leyes. Eran tres 
naciones fuertes, compactas, en glorioso equilibrio; 
tres hermanas legitimarias a igual título, con igual de- 
recho a ser fuertes y felices, sin celos y sin envidias. 

Entrad en vosotros mismos, pues estáis obligados 
a hacer de bronce las entrañas del héroe, y no sólo su 
piel visible; suponed a Buenos Aires, reducido a la 
realidad de las cosas; substituida su malhadada corona 
virreinal apoyada en la Santa Alianza de los reyes 
europeos, por la de hierro del nuevo soberano; reco- 
nocido Artigas, si no como el profeta de la nueva ley, 
como el representante siquiera de ese ingénito anhelo 
de los pueblos platenses. 

Substituid la influencia de Artigas a la de Francia 
en fcl Paraguay. Este pueblo hubiera vivido desde 
entonces... ¿Que lo hubiera hecho mal?— ¡Oh, mal, sin 
duda alguna! Tan mal como todo recién nacido de la 
madre Libertad; como nosotros, los orientales, hijos de 
la turbulenta diosa; como nuestros hermanos gemelos, 
los argentinos, concebidos y paridos en la misma noche 
de tormenta. Lo hubiera lactado, es cierto, la otra fu- 
riosa divinidad de cabellera de serpientes, que roe las 

T. 1.-34 



498 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

entrañas de sus hijos; pero hubiera vivido la propia 
vida. El precioso caudal de su heroísmo hubiera enton- 
ces enriquecido su sangre, ensanchado sus fronteras y 
contribuido a dilatar las nuestras, las del patrimonio 
hispánico. Y después, oh, después... sería necesario, 
para conocer lo de después, que dejáramos la antigua 
historia y entráramos en la contemporánea. Después, 
amigos míos, se hubiera evitado el holocausto del 
hermano heroico, sacrificado a los implacables ge- 
nios de la vida intrahistórica. vj^: 

No fué el espíritu de Artigas, ciertamente, quien 
presidió tal holocausto a los malvados dioses tene- 
brosos. 

En fin... no hablemos de eso. No pudo ser; el pro- 
feta fué lapidado; su plan quedó incompleto. Son sus 
vestigios los que quedan en nuestra América, amigos 
artistas, como los restos de un continente sumergido. 

El pensamiento de aquel vidente comenzó a ejecu- 
tarse, sin embargo; los caudillos paraguayos, sin es- 
perar las órdenes de la Asunción, invadieron, según 
las instrucciones de Artigas, el territorio dependiente 
de Buenos Aires y removieron sus autoridades. El 
comandante Matianda, con fuerzas paraguayas y 
orientales, a las órdenes éstas de Blas Basualdo, des- 
trozó a Planes en el pueblo de la Cmz, y se disponía 
a encaminarse a Corrientes, para marchar sin demora 
sobre el español de Montevideo a las órdenes de Artigas, 
cuando sintió en la espalda la zarpa de Francia que 
lo detuvo bruscamente. El consulado, ya dominado 
por éste, le ordenó suspender toda operación bélica; 
poco después se le exoneraba del cargo. Yegros, como 
todos los demás, fué también tragado por la sombra. 

Francia ya no quería nada de común con Artigas; 



EIv CARÁCTER DE ARTIGAS 499 

comenzaba su tiranía, y Artigas tenía que ser para 
él, lo mismo que para la oligarquía de Buenos Aires, 
un genio infernal. El Dictador Supremo paraguayo 
dispuso que el Paraguay guardaría tietiíralidad (esa 
es su palabra) en la lucha entre Buenos Aires y Arti- 
gas. También guardará neutralidad en la que empe- 
ñará este último con Portugal muy pronto, en defensa 
de orientales y paraguayos en primer térmico. Bue- 
nos Aires y Rodríguez de Francia coincidirán también 
entonces: observarán neutralidad. 

Después de todo esto, el nombre de Artigas quedó 
vibrante, como el eco de un grito, en el corto cre- 
púsculo que precedió la noche densa del Paraguay; 
ésta sobrevino, al fin, con su espantoso silencio. 

Es muy interesante, y os conviene conocerlo, un 
proceso que la gentileza de Moreno me remite del ar- 
chivo de la Asunción; es dato nuevo en la historia. 
El tal proceso fué levantado en esos momentos, en 
los comienzos de la tiranía, contra un grupo de per- 
sonas. Cantero, Gaicano, Irrazábal, etc., etc., que, 
acompañadas de un soldado en servicio activo, reco- 
rrían ima buena noche las calles de la Asunción, can- 
tando coplas artiguistas. al son de la guitarra. 

Y pasaban cantando los muy inocentes, según lee- 
mos en el proceso: 

iViva el general Artigas 
Su tropa bien arreglada.. .t 

La nocturna ronda o serenata fué denunciada, por 
un estudiante, al oficial de guardia, que no atribuyó 
al hecho mayor trascendencia. No así el soldado que 
acompañaba a los trovadores, pues éste dio un buen 
susto al mísero seminarista delator, a quien corrió, 
con el sable desenvainado, hasta la puerta del colegio. 



500 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Pero he aquí que el suceso llega a noticia de Rodrí- 
guez de Francia, y la cosa se pone seria. ¡Coplas 
artiguistas! ¡Viva el general Artigas! ¿Qué es eso? 
El dictador meditó en su corazón, y cantores, músi- 
cos y acompañantes fueron procesados y llevados a 
la cárcel. 

No es necesario decir, me parece, si el nombre de 
Artigas volvió o no a ser pronunciado en el vasto 
Paraguay. 

Y allá se qutda éste, aislado, en paz perpetua, ence- 
rrado para siempre en bUs remotas fronteras; su ausen- 
cia de la lucha común será irreparable y funesta para 
todos: para él, para Artigas, para la América española. 
No serán suyas las Misiones; tampoco de los orienta- 
les..., y tampoco, en gran parte, de los argentinos. Allá 
se ha quedado nuestro aliado del Norte, en su neutrali- 
dad. Será el sepulturero de Artigas... Este le ve hun- 
dirse con tristeza; pero, por ahora al menos, tiene 
que prescindir de él. Se vuelve entonces, sin mirar 
atrás, hacia los otros pueblos que creen en él, y que 
también esperan su ad\enimiento Hbertador; 03'e, en- 
tre éstos, la voz de Buenos Aires que lo llama, y a 
Buenos Aires acude, en auxiho de su pueblo. 

El desalojo de España, primera empresa para la 
que Artigas fué en busca de aquellos pueblos, ya no 
reclama su concurso; esa obra acaba de consumarse 
con la terminación del sitio de Montevideo que hemos 
conocido. Artigas y Rondeau, que lo iniciaron y sos- 
tuvieron, han estado lejos en la hora del triunfo. 
El vencedor de Las Piedras se retiró de la línea sitia- 
dora; el del Cerrito fué retirado de ella. Y vaya lo 
uno por lo otro; son dos retiros con significado propio. 

Pero, como también lo hemos dicho y visto, ni los 



El, CARÁCTER DE ARTIGAS 501 

orientales podían considerarse independientes y due- 
ños de su tierra por el hecho de serlo Alvear de Mon- 
tevideo, ni los pueblos argentinos se juzgaban libres, 
con sólo ver substituido Buenos Aires a España en 
el dominio del Plata. Ese fenómeno es muy claro, 
y sólo los majaderos pueden creer que el problema 
que él nos plantea queda resuelto con decir que eso 
no era sino anarquía. «Un mundo no puede ser rebelde/;, 
decía el canciller inglés para justificar la independen- 
cia de América, calificada también de rebeldía bár- 
bara por los reyes. Un pueblo entero, digamos nos- 
otros, no puede proceder con esa unanimidad contra 
la comuna de Buenos Aires, por sólo instinto salvaje. 
Es más honroso, cuando menos, dar más noble origen 
a ese sentimiento germinal de nuestros pueblos. 

El Paraguay, por las causas complejas que hemos 
analizado, tuvo que someterse a su tirano personal, 
y casi morir en sus brazos; pero las otras provincias 
argentinas, el pueblo argentino, para honra y gloria 
propias y de América, no se resignaron a la tiranía 
colectiva que parecía tocarles en suerte, más dura 
acaso, y más arrogante, que la colonial. No era mayor, 
efectivamente, el menosprecio de España hacia los 
insurgentes americanos, que el de Buenos Aires, en 
aquella época, hacia los caudillos provinciales que 
llamaba la anarquía. 

Aquellos pueblos, alzados instintivamente, busca- 
ron entonces una cabeza articulada que pensara en 
ellos. Y, sin una sola vacilación, la vieron y aclama- 
ron en Artigas. No fué aquello una elección; fué un 
hecho. 

Imposible dejar de convenir en que ese fenómeno 
del protectorado de Artigas sobre toda aquella enorme 
y compleja región, incluido en ella el mismo pueblo 



502 r,A EPOPEYA DE ÁRllGAS 

del estado de Buenos Aires, invita a la meditación. 
Artiguismo ha sido llamado el tal fenómeno; veneno 
artiguista, por algún áulico escritor, la causa que lo 
produjo. 

¿Bn qué glándula tenía guardada su ponzoña sutil 
ese crótalo que apacienta pueblos y los lleva a la 
victoria? ¿Qué había en aquel hombre solo, para cons- 
tituir la mole central de tan vasto sistema planetario, 
en que brillaban, sin embargo, satélites de masa con- 
siderable? 

I/a contestación de Artigas a Pezuela, «han erga- 
ñado a V. S. y traicionado mi carácter», que nos ha 
hecho detener en estas consideraciones, puede damos 
la clave, o mucho me equivoco : allí había lo que 
levanta a los hombres al nivel de los astros: una ver- 
dad clara y una voluntad fuerte; un pensamiento y 
un carácter, un carácter sobre todo. 

Examinemos, pues, amigos artistas, ese fenómeno 
que la historia americana ofrece al estudio de la 
sociología moderna: el pensamiento y el carácter de 
este hombre clásico de nuestra América, cuya ausen 
cia, como lo veremos, fué acaso la verdadera causa 
de la anarquía y de la tiranía engendrada por ella. 
Es un fenómeno clásico de la historia um\ersal. 



III 



¡Pensamiento!... ¡Carácter!... Son los dos polos, efec- 
tivamente, de las atracciones y repulsiones creadoras 
que hacen al héroe. En el hombre plenamente fuerte, la 
evidencia es acción, y la acción es evidencia, es decir, 
eficacia, obra permanente; porque, como dice Emer- 
son, es privilegio de la verdad el ser creída. El carác- 



ni, CARÁCTER DB ARTIGAS 503 

ter se transforma en pensamiento; el pensamiento 
forma y da vigor al carácter; fuerza y materia. Hay 
caracteres complejos, múltiples, hasta contradictorios 
muchas veces; no es posible predecir en ellos la con- 
ducta. I/)s hay, en cambio, que son todo simplicidad 
y transparencia. El de Artigas es de estos últimos, 
como los de las simplicísimas epopeyas homéricas. 
Artigas es una idea elemental, primordial, hecha visi- 
ble en un cuerpo y convertida en fuerza anímica; 
tiene algo, me parece, de la belleza arquitectónica 
griega, la construcción humana instintiva, la choza 
divinizada en el mármol, en que la resistencia es 
armonía, y la armonía resistencia. Dada una situa- 
ción, podemos asegurar la conducta de ese hombre, 
y hasta sus palabras, como, conocido el módulo o el 
diámetro de la columna, vemos la silueta del monu- 
mento helénico. 

Estamos, pues, en presencia de un primitivo, valga 
la palabra consagrada. Un primitivo es, no sólo en 
arte, sino en todo, la obra directa de la naturaleza 
inmortal, que renace o reaparece constantemente, des- 
pués de las decadencias, determinadas siempre por 
las imitaciones o artificios. Eso es lo que hemos visto 
y veremos siempre en este Artigas: la idea democrá- 
tica recién salida del instinto popular, en lucha con 
esa misma idea en decadencia, bastardeada por la 
decoración suntuosa, aniquilada por lo exótico. 

Cómo y de qué elementos se formaron, en ese hom- 
bre extraordinario, el pensamiento y el carácter que 
estudiamos, es un problema que me parece insoluble. 
Ivos que han pretendido resolverlo han dicho más de 
una majadería. Hay quienes han visto en Artigas un 
ignorante, un analfabeto; los otros se han empeñado 
en presentarlo con suficiente ilustración y preparación 



504 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

intelectual para haber concebido metódicamente una 
doctrina política, un plan empírico de acción y orga- 
nización, y lo miden con el cartabón leguleyo, y lo 
aplauden o condenan según el Código. Éstos se esfuer- 
zan por averiguar qué libros pudo haber leído; buscan, 
por ejemplo, cómo y por dónde conoció la Constitu- 
ción de los Estados Unidos, para escribir sus Instruc- 
ciones. ¡Ivibros! «Lo que se sabe mejor, dice Chamfort, 
que leo citado por Morley, es: primero, lo que se ha 
adivinado; segundo, lo que se ha aprendido por la 
experiencia de los hombres y de las cosas; tercero, 
lo que se ha aprendido, no en libros, sino por libros, 
es decir, por las reflexiones que ellos nos hacen hacer; 
cuarto— y es el grado más bajo de conocimiento,— 
lo que se ha aprendido en los libros o con maes- 
tros.» 

Es mucha verdad, me parece. En toda cabeza bu- 
mana, si ya no es la de un tonto, siempre hay algo 
propio: experiencia de los hombres y las cosas, y 
también algo de adivinación. En el Genio predomina, 
domina, mejor dicho, esta última, la adivinación; ella 
despierta, con o sin el vestigio de la experiencia, o 
del libro, o de la palabra ajena, cuando Uega el mo- 
mento de obrar; la mayor parte de los hombres re- 
cuerda; el Genio ve. 

Las formas, en los documentos de Artigas que lee- 
mos, son accidentales, diferentes; pueden distinguirse 
muy bien las del secretario A o B, y también las 
originales suyas; pero, al través de todas ellas, se ve 
siempre la substancia, el pensamiento invariable, el 
espíritu, el carácter de quien lo inspira todo. 

No ha faltado, por fin, antes ha sobrado, quien 
sólo ha visto en el héroe oriental un ambicioso, un 
impostor sin conciencia, y sin más móvil que el ape- 



El, CARÁCTER DE ARTIGAS 50 5 

tito salvaje, o poco menos, de predominio personal. 
Eso no pasa de una simpleza o majadería. 

¡I^a ambición! Jamás tendré por hombre mediana- 
mente discreto al que no sepa distinguir entre el sim- 
ple deleite de ser más que los demás, y que, siendo re- 
lativo, es ruin e infecundo, y la tendencia imperiosa 
a desenvolverse según la magnitud de las dotes que 
el ser humano siente en su propia naturaleza, aunque 
esas dotes sean superiores a las de los otros hombres. 
Si no es esta última la misión que tiene sobre la tierra 
el ser inteligente, ¿cuál es entonces? 

Y eso, el anhelo de llenar la propia misión en el 
mundo, no es raquítico, sino muy grande; es la suma 
de los deberes del hombre. El deleite que ello propor- 
ciona no es sensual; es todo lo contrario del sensua- 
lismo. 

Atribuir ambición a Bolívar, pongo por caso, que 
quiere ser virrey, y muere soñando en la restauración 
de su poder, y creyendo que, porque no lo restaura, 
la independencia de América es un mito, puede expli- 
carse; pero suponerla en este Artigas, a quien habéis 
visto rechazar todos los halagos, y vais a ver morir, 
como un anacoreta, en un destierro voluntario, pobre, 
desdeñoso de toda gloria y de todo bienestar, pero 
seguro de que su obra no ha sido vana porque en él 
hay otro yo, firme en su fe y en su esperanza, y en el 
amor a su primera visión prof ética, eso me parece, 
cuando menos, os lo repito, una grandísima simpleza. 

Descartado, pues, por innocuo, ese cargo de ambi- 
ción atribuida a Artigas, ¿dónde encontraremos el 
gran motor de su vida? 

Si no nos es fácil analizar, para hallar sus elemen- 
tos componentes, el pensamiento y la creencia de un 
hombre vulgar, ni aun nuestro propio pensamiento, 



5u6 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

¿cómo pretender hacerlo con los del hombre supe- 
rior? 

Tanto valdría querer averiguar los átomos de la 
tierra de que parten todos y cada uno de los elementos 
que forman la nube en que el vapor terrestre se con- 
densa, y que vuelve a caer en forma de lluvia; cuáles 
las flores en que bebió la abeja el azúcar de que formó 
su miel, y cuáles las substancias impalpables que for- 
maron el perfume de la flor, que es como el armonioso 
pensamiento del árbol. Para Carlyle, la creencia no es 
otra cosa que el ejercicio saludable, la acción vigo- 
rosa de la inteligencia humana; para llegar a creer 
se sigue un procedimiento misterioso, indescriptible, 
según él. Se nos ha dado inteligencia, dice, no para que 
caxólemos y argumentemos solam.ente, sino para que 
veamos y estudiemos las cosas, con el fin de obtener 
algunos conocimientos precisos sobre las mismas, de 
manera que podamos desde luego comenzar a obrar, 
con el asentimiento de nuestra conciencia. 

Yo juzgo, m.is amigos, que, en la creencia, aiin en 
lo relativo al orden puramente natural, hay algo más 
que la acción vigorosa de nuestra inteligencia, bien 
que ésta sea el único medio de conocimiento. Es pre- 
ciso creer en la existencia de la inspiración intuitiva, de 
ese dios interior de que tanto hemos hablado. «Haz 
un sitio para el misterio, dice el misterioso Araiel; no 
te ares entero con la reja del examen, sino deja en tu 
corazón un pequeño ángulo en barbecho, pa^a las si- 
mientes que aportan los vientos; roba un rinconcito 
sombrío para las aves del cielo que pasen; ten en tu 
alma un lugar para el huésped que no esperas, y un 
altar para el dios desconocido.» 

Si Artigas Cieyó, con incomparablemente mayor 
energía que todos los proceres de la independencia, en 



El, CARÁCTER DE ARTIGAS 507 

el poder eficiente de este caótico pueblo americaro 
para formar una nación; si él vio con intensidad 
lo que los demás no vieron, y amó con pasión lo que 
éstos odiaron, y ordenó lo que todos querían destruir, 
no fué sólo porque caviló y argumentó; los demás ha- 
bían cavilado tanto o más que él. Fué porque vio la 
aparición que brotó en su alma, de la simiente que 
cayó en ella desde el viento que vive entre las nubes 
la patria democrática. Y los componentes de esa visión, 
y el proceso seguido para arraigar y crecer en la con- 
ciencia, son realmente, como dice el inglés, misterio- 
sos, indescriptibles. 

Yo os he indicado antes algunas de las causas so- 
ciológicas por las cuales parece natural que fuera en 
Monte\'ideo, y no en Buenos Aires, donde naciera el 
hombre con la visión de la independencia americana; 
peio no es necesario que analicemos demasiado el 
fenómeno, para dar fe de su existencia. El hecho es 
que el hombre predestinado apareció en INIontevideo, 
la ciudad desheredada. Artigas había visto; había 
visto, con sus propios ojos, que la dominación de Eu- 
ropa en América significaba, y tenía siempre que sig- 
nificar, la depresión del americano, y que eso no tenía 
más remedio que la independencia plena, inmediata; la 
substitución del rey por el pueblo; que era preciso 
reconocer a éste, al pueblo, respetarlo, pese a sus 
defectos. La experiencia de los hombres y las cosas 
despertó en él la adivinación de que habla Cham- 
fort. El se sintió poseído de esa idea; pero no se 
creyó su solo profeta. Esperó a que éste surgiera, 
para acatar en él la verdad, la reahdad. I/) esperó 
hasta el fin. «Yo acataré a un negro, dirá en una 
ocasión, con tal de que ese negro sea la verdad.» I^o 
esperó en vano; hubo de convencerse de que ese 



508 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

hombre era él, y sólo él. No había otro. Y se respetó 
a sí mismo. Y se resolvió a obrar como una fuerza 
de la naturaleza. Que el verdadero grande hombre 
se ignora a sí propio. 

Poned la mano, amigos míos, sobre la cabeza de 
todas las patrias americanas, y sentiréis en todas ellas 
el calor del pensamiento y del carácter de Artigas. 
Alguien, no me acuerdo quién, ha dicho que la histo- 
ria es una mezcla de necesidad y de libertad. Creo 
que tiene razón. I^eo en Emerson: «Hay en la historia 
menos intención de la que creemos. Imputamos a 
César o a Napoleón planes profimdos y largo tiempo 
combinados; pero lo mejor de su fuerza estaba en su 
naturaleza, no en ellos». 

Y también se ha dicho, por fin, que los hombres 
de carácter son la conciencia de la sociedad a que 
pertenecen. Todo eso es oportuno aquí. 

«Han engañado a usía, dice Artigas a Pezuela, y 
ofendido mi carácter, cuando le han dicho «que yo de- 
fiendo a su rey.» 

¡Bl carácter! Pensad un poco más en eso, amigos 
míos: el carácter. Artigas es, sin duda alguna, el de 
la personalidad americana, formado por las influen- 
cias complejas del medio ambiente sobre una volun- 
tad de energía extraordinaria. 

Si lo observamos bien, el carácter es im llama- 
miento o vocación; no es otra cosa que la manera 
constante de pensar, de sentir y de obrar de una 
persona; es, para el alma, lo que para el cuerpo son 
la fisonomía, las actitudes, los movimientos, el aire 
de familia. Todo esto es el resultado de un gran 
cúmulo de circimstancias: influencias étnicas; he- 
rencia; organización fisiológica; medio ambiente fí- 



El, CARÁCTER DE ARTIGAS 509 

sico, orgánico, doméstico, social, educación, cultura. 
Pero el carácter en el hombre depende, además de 
todo eso, de la propia y espontánea actividad volun- 
taria; es ésta la que experimenta la influencia de los 
factores antedichos, pero sin ser absorbida por ellos, 
antes al contrario, ejerciendo sobre ellos una acción 
recíproca, más o menos preponderante. Esa acción 
repetida se llama virtud, es decir, fuerza moral. Al tra- 
vés de todas aquellas influencias, persiste el hombre, 
la conciencia individual depositaria de la revelación. 
Sin ello, el mérito no existiría. Que también el carác- 
ter se regula, y también se ajusta a la razón. 

El hombre tiene un conjunto de inclinaciones in- 
natas, que forman su temperamento; ellas son la ma- 
teria sobre que obra la voluntad. Si aquéllas predomi- 
nan en absoluto sobre las facultades superiores, 
engendran la simple pasión; cuando aparece una vo- 
luntad capaz de dominarlas y someterlas a la inteH- 
gencia, entonces existe el carácter, la más poderosa 
de las fuerzas, la dominadora, que, elevada a una 
gran potencia, engendra las nobles pasiones: los héroes 
en el orden natural; en el sobrenatural, los santos; 
en el mitológico, los dioses. Si nuestro cuerpo es el 
instrumento para transformar el mundo, dominar 
nuestra carne es dominar ti universo. 

Conviene no confundamos, sin embargo, la virtud 
con el carácter. Si bien lo pensamos, virtud es fuerza 
moral, adquirida por la repetición de actos buenos 
al alcance de todos, y que nos habiHta para hacer o 
no hacer aquello cuya ejecución u omisión viola la 
ley común a la especie humana. Carácter, en su alto 
sentido, es otra cosa: es la fuerza, dada por la natu- 
raleza a ciertos hombres, de realizar o no aquellos 
actos cuya ejecución o abandono no sería un pecado, 



510 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

pero sí la infracción de una ley que les es propia, de 
una vocación que los llama a ser superiores a los demás. 

Virtud es presión constante de la voluntad sobre 
el temperamento; de ahí las varias clases de virtudes, 
según los temperamentos que son su materia prima, 
y de ahí también que la virtud sea obra, más que 
del raciocinio, de la práctica constante, de la costum- 
bre. En el carácter existe también aquella presión; pero 
ella es ejercida por una voluntad formada, no tanto 
por la repetición de actos, cuanto por una ley de ella 
misma, tan personal como el temperamento; en el 
carácter hay siempre originalidad, y hasta cierto orgu- 
llo, que no siempre debe confundirse con la soberbia. 

De ahí que puedan existir, y en el hecho existan, 
personas de carácter y sin virtudes; hombres virtuo- 
sos y sin caiácter. I^a -virtud es deber; el carácter es 
privilegio, sello de elegidos; la virtud conquista el 
cielo; pero aquéllos solos son dominadores de la tierra 
que tienen carácter. I/)s grandes caracteres sin vir- 
tud son los tiranos, fuerzas de la naturaleza pertur- 
bada, como el huracán o el rayo, que restablecen los 
equilibrios; más que maldecir de ellos, debemos pro- 
curar no merecerlos, no tener parte con ellos. I^uzbel, 
el resplandeciente arcángel, es el arquetipo de esos 
caracteres tenebrosos; la superioridad de naturaleza 
engendra en ellos la soberbia, el odio, la negación; 
son los conquistadores de la tierra y de los abismos, 
espíritus de la contradicción y del vacío. 

lyos caracteres por excelencia son, en cambio, los 
santos, los dominadores de sí mismos, de sus cuerpos 
y de sus almas, carácter y virtud compenetrados; 
ellos atan los apetitos en el establo, para dar libertad 
a las potencias anímicas: a la inteHgencia que cree 
y afirma, iluminada por lumbre divina, que acude a 



El, carIcier de artigas 511 

la humildad de corazón; a la fantasía, clima del espí- 
ritu, que Uama a la vida las imágenes sanas, que viven 
de sol; a la voluntad, a la voluntad sobre todo, que 
ama lo intrínsecamente bello. Son los conquistadores 
del cielo y de la tierra, seres hechos para ílotar en el 
azul, notas afinadas en el acorde de las esferas. 

El carácter benéfico es, por consiguiente, la garan- 
tía de encontrar, en los momentos de prueba, un 
pensamiento, una acción, «m hombre que ajuste sus 
actos a su conciencia, a su razón, a su visión, sin ser 
agente pasivo de las circunstancias, o de la ajena 
libertad. Eso es lo que se llama mi hombre Ubre, 
el solo hombre verdaderamente libre. El carácter es 
acción constante y resistencia: opera según el pro- 
pio pensamiento, según la propia misión en la tie- 
rra; rechaza los motivos determinantes de índole in- 
ferior, que contrarían o enervan los de razón, de 
justicia, de consecuencia con el propio destino. <E1 ca- 
rácter, dice Emerson, es uu poder natural, como la 
luz y el calor, y opera por medio de leyes paralelas a 
las de toda la naturaleza; es el orden moral, al través 
de una naturaleza individual. De nada sirve reme- 
darlo o contrariarlo; tiene una fuerza de creación, 
de resistencia y de persistencia que desafía toda imita- 
ción. Cuando ninguna otra mano, excepto la natura- 
leza, ha intervenido en ima obra maestra semejante, 
entonces es cuando ésta se nos ofrece más completa.» 

Este Emerson se aproxima a lo cierto, me parece; 
pero los hombres sencillos que no podemos concebir 
la idea de una ley, sin que se nos imponga la de un 
legislador, como se nos impone la de fuego cuando 
vemos humo, debemos convencemos de que esa mara- 
villa de la naturaleza, el carácter heroico, es la cosa, 
entre todas las visibles e invisibles, que más y más 



512 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

directamente nos anuncia la omnipresencia de Dios 
en esta inmensa máquina del Universo; vemos en 
el héroe el agente de su voluntad; huracán enfrenado 
y conducido por su mano invisible algunas veces; 
efluvio otras de la fuente de toda belleza, como le 
llama Carlyle, o escritura visible del Gran Hacedor 
del mundo. Y glorificamos el nombre de Dios en la 
persona de los héroes, y vemos altares en sus sq? uleros. 

Artigas era eso: un carácter, una fisonomía moral 
imposible de confundir con otra alguna, una fuerza 
natural que se imponía. Siempre lo veréis igual a sí 
mismo, con el pensamiento fijo en su misión, desde- 
ñoso de todo lo que no concurre a su desempeño. La 
constancia, la resistencia, se revelarán hasta en sus 
últimos días. No acabará trágicamente; morirá durante 
treinta años, que serán una permanente renovación 
de su profetice holocausto. 

Si os he detenido demasiado, amigos artistas, en 
estas consideraciones, no lo sé; pero sólo así, medi- 
tando muy seriamente, podréis hallar la causa del pres- 
tigio y de la autoridad indiscutidos de aquella persona, 
que no tenía otro recurso que la energía del hombre 
que se basta a sí mismo. Su simple existencia obraba 
más que su acción; su poder latente, o fiierzas en re- 
serva, sentido o presentido por los pueblos, era su 
verdadera fuerza, de expansión extraordinaria. 

Si lográis penetrar, amigos, en este orden de pen- 
samientos, comprenderéis a Artigas, y os daréis cuenta 
de por qué todos los pueblos argentinos se acogían 
al protectorado del caudillo oriental; y por qué esa 
causa se llamó artiguismo. Que no lo conseguirá quien 
no sepa de espirituales potestades reguladoras, o que 
confunda las grandes fuerzas naturales, voz de Dios 
que suena en sus obras, con las de artificio que in- 



El, CARÁCTER DE ARTIGAS 513 

venta la soberbia humana, simple pasión desorde- 
nada. 



IV 



I^a oligarquía comunal bonaerense, producto de arti- 
ficio, como sabemos, y llena de aquella arrogancia 
colonial de que nos habla Estrada, no podía acatar, 
ni acató jamás, la ley del héroe popular; hubiera sido 
im absurdo, y hasta un oprobio, tratarlo de igual a 
igual. Es curioso e instructivo observar cómo ese 
sentimiento, tan sincero en ellos como el de despre- 
cio con que los arrogantes de Salamanca miraban al 
marinero genovés, persiste aún hoy en los historia- 
dores herederos de aquellas disculpables infatuaciones. 
¿Qué les parece a ustedes?, suelen decir asombrados, 
cuando se encuentran con ima nueva revelación del 
pensamiento de Artigas. ¿Qué les parecen las preten- 
siones del caudillo? ¿Pues no sueña en imponer a 
Buenos Aires, nada menos que a Buenos Aires, sus 
ideas y proyectos? 

Pero si bien aquellos hombres presuntuosos no aca- 
taban la ley, reconocían, sentían cuando menos, la 
existencia de aquella mole cósmica en rotación, cuya 
tuerza centrífuga desorbitaba o descentraba el viejo 
sistema, y lo amenazaba todo con un derrumbe caó- 
tico. 

Si no se destruía aquel hombre, todos los planes 
del Directorio de Buenos Aires, monarquía inglesa, 
príncipe español, reyes incásicos, etc., etc., toda solu- 
ción racional, en una palabra, fracasaría; vendría el 
caos republicano, la independencia absoluta, es decir, 
la muerte. Era, pues, necesario aniquilar a Artigas 

T: 1.-35 



514 I^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

por cualquier medio; sofocar en él al dragón demo- 
crático. 

Se pensó en vencerle por engaño. Una vez tomado 
Montevideo, se le invitó a la paz. Para ello se comenzó 
por una insinceridad grotesca: el Director Supremo, 
no sólo derogó, el 7 de agosto, según vimos, su decreto 
de seis meses antes, en que declaraba a Artigas trai- 
dor, infame, etc., etc., y que ponía a precio su cabeza, 
sino que dictó uno nue\ o, en que se reconocía como un 
error lamentable e injusto lo que antes se había dicho y 
hecho; se declaraba al Jefe de los Orientales buen ser- 
vidor de la patria, y se le reconocía en su grado, con 
más el título de Comandante General de la campaña 
de Montevideo. 

No juzgo necesario deciros, amigos artistas, que 
todo eso no tenía consistencia alguna. Nosotros no 
lo creemos. ¿IvO creyó Artigas? Yo supongo que, 
si no lo creyó firmemente, llegó, una vez más, a con- 
cebir alguna esperanza de realizar, con todos los her- 
manos occidentales, su inviolable ideal. Eso estaba 
muy en su carácter. I^os grandes hombres tienen de 
esas ingenuidades a cada paso: el genio no tiene edad, 
porque no crece; es un niño de larga barba nevada , 

El hecho es que, invitado a una coníerencia -gox 
Alvear, envió a éste tres comisionados para arreglar 
pacíficamente la contienda y ver de recuperar a 
Montevideo para sus dueños, los orientales. Eran tres 
patricios: don Tomás García Zúñiga, don Manuel Ba, 
rreiro y don Manuel Calleros. Alvear los recibió con 
los brazos abiertos... ¡Oh amable persona! 

El joven príncipe americano se disponía a burlarse 
de aquéllos, para él, pobres hombres, como lo había 
hecho con Vigodet, el español, y con Otorgues: a 
alucinarlos. lycs habló de la necesidad de la paz entre 



EIv;jCAKÁCTER DE ARTIGAS 51,5 

hermanos; les prometió villas y castillos; les protestó 
su amor a Artigas, el grande hambre, el gran painota; 
aceptó todas las bases de pacificación por ellos pro- 
puestas; les manifestó su firme propósito de retirarse 
inmediatamente de Montevideo, para dejar a éste en 
poder de sus dueños naturales, y hasta les hizo pre- 
senciar el comienzo del embarque de sus tropas con 
destino a Buenos Aires. 

Fué aquello una parodia pintoresca. Las tropas 
bonaerenses salieron, efectivamente, de Montevideo; 
se embarcaron, en presencia de los delegados de Arti- 
gas. Pero, mientras éstos creían que zarpaban para 
Buenos Aires, aquéllas desembarcaron, por otro lado, 
en el mismo territorio oriental, en la Colonia. Como 
los comparsas de teatro. 

De allí, de la Colonia, Alvear, en combinación con 
el coronel Dorr^o, que había ido a situarse en el 
centro del territorio, se lanzó a destruir el campamen- 
to de Otorgues, que confiaba en los arr^los pendien- 
tes. Borrego cayó sobre él, lo sorprendió el 6 de octu- 
bre de 1814, en Marmarajá, lo hizo pedazos, le apresó 
artillería y bagajes, tomó entre los prisioneros a la 
misma familia del jefe oriental, que fué tratada inde- 
corosamente, y volvió vencedor a la Colonia, donde 
celebró, con no menoc falta de decoro, su fácü victoria, 
con la que creyó dejar aniquilado a Artigas para siem- 
pre. Aquellas fiestas han dejado recuerdo perdurable. 
No me parece conveniente recordar ahora sus detalles, 
que hacen sangrar el corazón. Aquí tenéis que leer 
sólo en el timbre de mi voz, amigos míos. ¡La pobre 
familia de Otorgues! Yo os hablaré de eso, de las 
costumbres privadas de aquellos jóvenes militares, lo 
menos posible; sólo lo indispensable para reivindicar 
la memoria de Artigas, del héroe más humano, más 



5l6 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

honesto 3' más caballeresco de América, cuando la 
calmnnia acose demasiado su ligura inmune. 

Esa era la realidad, la sola realidad; aquello era 
una conquista de la Provincia Oriental; en ésta va 
a jugarse la suerte de todas las argentinas, pues todas 
serán tratadas así, ni más ni menos. Ya lo veis, mis 
amigos; la guerra es inevitable, desgraciadamente. 
¿Quién podrá decir que es provocada por Artigas? 

Vamos a ella, pues; a la segunda independencia 
de la Patria Oriental. Es preciso que Artigas, que no 
ha quedado aniquilado, ni mucho menos, con el aleve 
golpe recibido por Otorgues en Marmarajá, cumpla 
su promesa a la Junta de Mayo: arriar todo pabellón 
extranjero de la ciudadela de Montevideo; todo pabe- 
llón extranjero. 



S'li 



CONFERENCIA XIV 

I,A SEGUNDA INDEPENDENCIA 



I<A CAMPAÑA DEl. «GUAYABO». — I,A GUERRA A MUERTE DE BUENOS 

Aires contra Artigas. — I,os orientales tratados como ase- 
sinos E incendiarios. — Campaña de exterminio. — El pueblo 
oriental se defiende en masa. — Soler y Borrego. — Otor- 
gues. — Rivera y I^.avalleja. — I,os dos vastagos de Artigas. 
— lyA campaña. — Carácter de la guerra. — I,a batalla del 
♦Guayabo». — I<a derrota de Dorrego. — Entrega de Monte- 
video. — Retirada del hermano conquistador. — Despojo y 
explosión. — I,A patria libre por fin. — Su pabellón y su 
escudo en la ciudadela de Montevideo. — «Con libertad 
NI ofendo ni temo.» 



Mis amigos: 

Desde el momento en que penetra Alvear en Monte- 
video, ha terminado la primera campaña de Artigas, la 
empeñada contra la metrópoli española. Hemos visto 
cómo ha comenzado la segunda, la inevitable, la do- 
lorosa contra Buenos Aires. Esta campaña, que lla- 
maremos del Guayabo, jjor la gloriosa batalla que le 
puso t él- mino, duró sólo ocho meses: Alvear entró en 
Montevideo en junio de 1814; la batalla se librará 
en enero de 1815. Pero esa empresa de guerra no 



51 8 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

cede, en trascendencia y en gloria, a ninguna de las 
de la historia militar del héroe. 

Imaginaos por un instante a Artigas muerto, o 
vencido por Buenos Aires, en esta campaña, con su 
pueblo; suponed a las provincias argentinas con solos 
sus letrados coloniales, y faltas, en ese momento his- 
tórico, del núcleo de cohesión y de acción formado 
por el héroe y el Pueblo Oriental, y al Paraguay aga- 
rrotado por Rodríguez de Francia. Es evidente, de 
toda evidencia, que, sojuzgadas las provincias por la 
comuna porteña, y triunfante el espíritu de ésta, 
la RepúbUca Argentina no hubiera nacido entonces; 
la Oriental hubiera podido ser provincia portuguesa, 
como el Paraguay. Todo hubiera dependido de lo que, 
en París, resolviera la Santa Alianza. En estos mo- 
mentos, precisamente. Posadas envía a Europa a 
Sarratea con ese objeto; irán en seguida Rivadavia 
y Belgrano. Y Alvear, por fin, destruidos sus planes 
por Artigas, irá a confesarlos a Río Janeiro; a decir 
a España que jamás dejó de ser vasallo de Fernan- 
do VII, su solo señor y dueño. 

Esa verdad, mis queridos artistas, como las cosas 
que van saliendo de la nebhna cuando ésta se disipa, 
ha ido surgiendo de la historia, cada día más clara: 
estábamos al lado de ella y no la veíamos; oíamos su 
voz y no la reconocíamos. 

I^a nación argentina, por iniciativa de Buenos Ai- 
res, va a reunir el memorable Congreso de Tucumán; 
memorable, porque en él se declarará (9 de julio 
de 181 6) la independencia de las Provincias Unidas. 
En ese Congreso estallará la pugna entre las tenden- 
cias federalistas de las provincias y las centraHstas 
de los patricios de Buenos Aires. Allí se verá, con toda 
evidencia, cómo el espíritu de Artigas es el de toda 



I, A SEGUNDA INDEPENDENCIA 5IQ 

la nación argentina, excepción hecha de los ilustres 
conservadores del viejo espíritu colonial, simples re- 
formadores de la hispánica monarquía; allí se mani- 
festará y estallará la antipatía de las provincias con- 
tra la comuna bonaerense. Ésta representa, en ese 
Congreso, el espíritu m.onárquico; Belgrano y San 
Martín son sus sostenedores más gloriosos. El grande, 
el honrado Belgrano, se estremece ante la idea de que 
pueda ser proclamada la república en el Congreso 
de Tucumán; para él, la república significaba la ruina 
de la patria, la pérdida de toda independencia. El 
Congreso comparte esa idea; uno solo de sus miembros, 
fray Justo de Santa María de Oro, la rechaza. 

Sólo el instinto popular salvó entonces la democra- 
cia republicana, la plena independencia; pero es in- 
dudable que sólo Artigas salvó al instinto popular. 
Éste estaba disperso, difuso, incoherente, en la masa 
argentina inorgánica; hubiera sido aniquilado por el 
organismo político de Buenos Aires, cuyo espíritu 
triunfó en el Congreso, si otra entidad, también orgá- 
nica, viva, no hubiera existido frente a él. Esa enti- 
dad viviente era el Pueblo Oriental, que circulaba en 
las arterias de Artigas, y que, en esta campaña del 
Guayabo que os voy a relatar, contrapesaba y ven- 
cía al Directorio de Buenos Aires, y a Belgrano, y 
a San Martín, y al Congreso de Tucumán, y, como 
agente de aquel instinto, salvaba el fundamento de 
lo que, al fin, ha predominado, y llamamos patria. 

Veamos, pues, esa Campaña del Guayabo. 



II 

Alvear, vuelto de Montevideo, en que queda de 
gobernador el coronel Soler, estaba en Buenos Aires 



520 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

desde octubre de 1814. Allí predominaba en la Asam- 
blea constituyente e inspiraba al director Posadas, 
a quien pronto sucederá. Bien comprendía éste, ocu- 
pado entonces en redactar las instrucciones con que 
Belgrano y Rivadavia iban a Europa en busca de un 
rey, bien comprendía que la campaña que debía ini- 
ciarse contra Artigas y sus orientales era el paso pre- 
vio indispensable para traer al monarca. Artigas y 
sus orientales eran el obstáculo. Esa campaña era de- 
cisiva. «Es necesario, oficiaba Posadas, el manso y 
amable Posadas, al coronel don Miguel Estanislao 
vSoler, nombrado capitán general del ejército y gober- 
nador intendente de Montevideo, es necesario que 
todos los elementos se concentren, y que esa cam- 
paña se concluya en tres meses. Los orientales de- 
ben ser tratados como asesinos e incendiarios... Todos 
los oficiales, sargentos, cabos y jefes de partida que 
se aprehendan con las armas en la mano, serán fusi- 
lados, y los demás (es decir, el Pueblo Oriental) 
remitidos con toda seguridad a esta parte del 
Paraná, para que sean útiles a la patria en otros 
destinos.» 

Creo que nada puede darse de más categórico, como 
programa de exterminio; el mismo será enviado a 
las provincias argentinas, como veremos. 

Soler comunicó a sus subalternos la decisión su- 
perior, 3^ adoptó medidas complementarias, para su 
fiel ejecución: muerte, a las cuatro horas de ser apre- 
hendido, a todo el que, directa o indirectamente, 
auxiliara al enemigo; a los que no comunicaran a la 
autoridad su proximidad; a los que condujeran plie- 
gos de los sublevados. Confiscación y destierro a los 
que tuvieran correspondencia, de palabra o por escrito, 
con Artigas; a los que ocultasen caballos, etc., etc. 



I<A SSGUNDA INDEPENDENCIA 52 1 

Si el reo fuese una mujer, se la enviaría a Buenos 
Aires, para ser encerrada allí en un hospital. 

.Bra la guerra a muerte declarada al pobre hermano 
demócrata. Éste comprendió que en esa lucha le iba 
la vida. 

El odio al nombre de Buenos Aires, y a su ejército, 
levantó de nuevo en masa al Pueblo Oriental; los ve- 
cinos que no estaban en armas huían a los montes, 
a la aproximación del ejército enemigo; arreaban el 
ganado e incendiaban los campos, para privar de 
alimentos y forrajes a los porteños y dificultar sus 
marchas. 

Todo el mundo, incluso las mujeres, era auxiliar 
de Artigas, y enemigo del invasor, al que desorienta- 
ban Y extraviaban hasta los niños: se repetía la resis- 
tencia al portugués en el éxodo. Soler escribía al di- 
rector: «Nada podemos contra un enemigo protegido 
por toda la población, que mira a nuestra tropa como 
extranjera». Desertaban los soldados y los oficiales, 
tenientes, capitanes, sargentos mayores; las partidas 
exploradoras no volvían; las tropas se pasaban a 
Artigas en el momento del combate; los soldados 
españoles que, por violación de la capitulación de 
Montevideo, habían sido incorporados a las filas de 
Buenos Aires, dejaban éstas y se amparaban a las 
orientales. 

Observad esto, am.igos artistas, y no lo confundiréis 
con una guerra civil: tiene todo el carácter de una 
guerra de independencia. Aquí es el caso de que recor- 
déis todo lo que hemos visto en el fondo subterráneo 
de nuestra América. IvOs historiadores argentinos su- 
perficiales han ensalzado a los caudillos argentinos, 
y hasta los han sobrepuesto al procer oriental, porque 
aquéllos, cuando menos, dicen, si bien odiaban el cen- 



522 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

tralismo de Buenos Aires, no tendían a la separación 
definitiva. Pero precisamente ésa es la gloria de Ar- 
tigas; eso lo que hace de éste una entidad distinta 
de aquéllos; el fundador de una patria destinada a 
llenar una misión propia en la historia de los pueblos 
argentinos: la de unirlos precisamente, no la de sepa- 
rarlos. El solo separatista esencial era Buenos Aires, 
como lo veis. Vosotros ya sabéis por qué Artigas no 
es ni Güemes, el caudillo local, ni Alvear, el príncipe 
excéntrico; él es la realidad futura: la patria ar- 
gentina confederada; la Patria Oriental indepen- 
diente. 

Ya hemos estudiado por qué Córdoba o Mendoza 
no podían ser naciones, y el Uruguay debía serlo: 
éste tenía una misión propia, inalienable, que cum- 
plir en el concierto de todos aquellos pueblos. Va, 
pues, a jugarse, en la campaña del Guayabo, la suel- 
te de la Patria Oriental y la de la democracia pla- 
tense. Artigas, en ese período de nuestra historia, 
toma un aspecto de serenidad maravillosa. No ha^í- 
en él rencor; hay sólo una triste amargura, porque él 
ama, como nadie lo ha amado más que él, ni tanto 
como él, al pueblo argentino. Cuando toma oficiales 
enemigos prisioneros, los mira sin odio; les hace leer 
en su presencia el decreto de guerra a muerte de Po- 
sadas, y los pone en seguida en libertad. No derrama 
una sola gota de sangre, ni una sola, fuera del campo 
de batalla. 

El héroe oriental se ha colocado, para dirigir la 
campaña, en el Norte, sobre la costa del Uruguay. 
Desde allí, ve la región occidental al otro lado del río, 
donde sus legiones se dirigen a Buenos Aires, y la 
oriental, en que sus hombres tienen'en vista a Mon- 
tevideo. 



I^A SEGUNDA INDEPENDENCIA 523 

Las fuerzas del Directorio están bajo el mando su- 
premo del coronel don Mguel Estanislao Soler. El 
coronel Dorrego, jefe valeroso en las batallas de Sui- 
pacha, Salta y Tucumán, carácter altivo e insubor- 
dinado, uno de los militares más brillantes y animo- 
sos del ejército argentino, pero de pocos escrúpulos en 
su conducta, debe ser el principal ejecutor del plan 
de campaña; el coronel Ortiguera le secundará. Las 
huestes de Artigas son mandadas por Otorgues, Ri- 
vera, Lavalleja, Bauza... 

Conozcamos, amigos artistas, a estos nuevos pro- 
tagonistas de nuestra historia: Otorgues, Rivera y 
Lavalleja. Os es ya familiar la fisonomía del pri- 
mero; pero estamos en el momento, que os anun- 
cié al trazaros su semblanza colorida, de completar, 
con nuevos datos, el estudio de ese carácter, en con- 
traste con el de sus dos compañeros de armas. Lo 
conocimos cuando Sarratea buscaba en él el ins- 
trumento de sus insidias en 1813; lo encontramos 
después, 1814, en tejemanejes directos y clandes- 
tinos con Vigodet, el español; con Romarate, el ma- 
rino, etc.; lo hemos visto, por fin, llamado por Al- 
vear, caer en la trampa que éste le tendió en Las 
Piedras y en la no menos traidora de M armar aja. 
Desde ese momento (junio de 1814) hasta el actual 
en que lo hallamos, con Rivera y LavaUeja, atento 
al clarín de Artigas, ese tortuoso personaje, más 
inconsciente, quizá, que maUntencionado, ha sido 
consecuente consigo mismo. No ha estado quieto, por 
cierto; las brujas de Macbeth lo han seguido por los 
campos; se las ve detrás de él, y se las reconoce por 
el parecido que tienen con el demonio que Posadas 
cree sentir bajo su siUón de director. 



524 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

¿Por qué boca hablan? Hay un personaje, emi- 
nente por cierto, que solemos ver cerca de ese cau- 
dillo: es aquel doctor don laucas Obes que, en 1810, 
pareció el más indicado para secundar en Montevideo 
el movimiento de Mayo. Era Obes, efectivamente, el 
congénere oriental de los prohombres de Buenos Aires. 
Discípulo apasionado de Bentham, el patriarca uti- 
litario, fué de los adictos, con Belgrano, Moreno, Puey- 
rredón, Castelli, Viej'tes, Saavedia, García, etc., a la 
coronación aquí de Carlota, la hermana de Fernan- 
do VII; fué siempre monárquico, y no es de maravi- 
llarse que esperara hallar en Otorgues, como Belgrano 
en Güemes, un instrumento de sus planes. No pensó 
para ello en Artigas, a buen seguro. Que todas las 
brujas, las chicas y las grandes, huían de éste, como 
el diablo de la cruz. 

Inspirado, pues, en ellas, el oriental Otorgues, como 
el salteño Güemes, se ha convertido al monarquismo; 
quiere ser un fiel vasallo de Femando VII, como 
Güemes delinca-braganza de Belgrano. Se ha dirigido, 
por su cuenta y riesgo, al representante del rey de 
Bspaña en Río Janeiro, y le ha ofrecido la devolución 
a su dueño de la Provincia Oriental, a cambio de la 
protección que se le preste contra los insuriectos de 
Buenos Aires. Nada sería eso, si se presentara como 
inspirado sólo de sus brujas familiares; pero el muy 
inocente se dice nada menos que «autorizado por mi 
general don José Artigas, como su segundo en el mando 
de este ejército oriental, y coronel de dragones del 
mismo». 

I/OS detalles de esos curiosos negociados, que debe- 
mos a la investigación inteligente de Hugo Barba - 
gelata, son de leer. El 13 de septiembre de 1814, 
desde su Campo Volante de Casupá, lejos de Artigas, 



I,A SEGUNDA INDEPENDENOA 525 

escribe Otorgues su carta a Yillalba, el agente es- 
pañol en Río Janeiro, y expide sus credenciales c 
instrucciones a los embajadores que le envía. Son 
éstos dos inocentes personajes, el presbítero don 
Bonifacio Reduello, cura del Arroyo de la China, 
y el a3'udante mayor de artillería, don José de Ca- 
rayaca, que. Según sus instrucciones, deoen pre- 
sentarse, en primer término, al gobernador capitán 
general de Río Giande; si éste no tiene facultades 
bastantes para tratar, debeti ir en busca del príncipe 
regente a Río Janeiro, y de la infanta Carlota, y del 
embajador de la Gran Bretaña, y de cualquier otro 
que esté dispuesto a ayudarlo en su empresa de devol- 
ver a Fernando VII usta su alhaja», la Banda Orien- 
tal, que los de Buenos Aires le han quitado. 

Y allá fueron los origmales embajadores, diciendo 
haber tenido conferencias con varios, y hasta con el 
mismo Artigas, que, en esos momentos precisamente, 
rechazaba con aquel «yo no defiendo a su rey» que 
conocemos, la embajada del virrey de Lima. Se pre- 
sentaron primeramente al capitán general de Río 
Grande, que los envió a Río Janeiro; aquí acudieron 
a ViUalba, al príncipe portugués, a Carlota, la infanta 
serenísima; hicieron valer en favor de Otorgues el 
recuerdo de los auxihos prestados por éste a Roma- 
rate, sus buenas relaciones con Vigodet, su lealtad 
española, sobre todo, la lealtad al rey, que expresan 
en términos casi idénticos a los que Alvear empleará, 
con igual propósito, y ante los mismos personajes, 
dentro de unos meses. 

Y lo más interesante del caso es que fueron aten- 
didos: Villalba se dirigió a su ministro de Estado; 
la infanta escribió sobre el asunto a su amado her- 
mano Femando. Es muy curiosa, entre otras, la carta 



526 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

en que Villalba dice a los diputados de Otorgues que 
hagan saber a Artigas la llegada a Río, de paso para 
Europa, de los enviados de Buenos Aires, Rivadavia 
y Belgrano; es un dato muy curioso. Aquello fué 
tomado a lo serio: la grande importancia política del 
muy inocente de Otorgues. Aun en el momento en 
que estamos, en que éste ha vuelto a su puesto, y 
está atento al clarín de órdenes de Artigas, sus emba- 
jadores siguen ofreciendo el vasallaje de todo el mundo 
a nuestro señor Fernando, y sólo desisten cuando 
Villalba, el 2 de enero de 1815, precisamente cuando 
Artigas triimfa en el Guayabo, y va a enarbolar su 
bandera en Montevideo, les dice que no deben espe- 
lar auxilios del príncipe portugués, porque éste vio- 
laría con ello el armisticio que celebró con Buenos 
Aires, y hasta invadiría atribuciones de España. Y 
todo paró en eso. 

Creo que no es necesario que 05 diga, amigos artis- 
tas, que en los papeles de esos tales negociados otor- 
gúenos no aparece ni la sombra de una firma de 
Artigas: vosotros sabéis lo que éste firmaba en esos 
momentos. 

Y con lo dicho podéis dar por terminada la sem- 
blanza de Fernando Otorgues, y quedaréis curados 
de espanto para cuando, dentro de dos años, lo veáis 
de nuevo en connivencias clandestinas con Buenos 
Aires para obligar a Artigas a entrar en el orden y 
cumplir con su deber. 

Miraremos, en cambio, para darles sin reservas 
nuestro afecto, a esos otros dos intrépidos capita- 
nes, Rivera y Lavalleja, que aparecen ahora como 
protagonistas en nuestra historia, y que, al contrario 
del otro, que se disipa pronto, permanecerán en ella 



LA SEGUNDA INDEPENDENOA 527 

y en el culto de la posteridad. ¡lyos bravos^ héroes! 
¡Hombres de bien! 

El predominio en esta nuestra tierra de esos dos 
jóvenes soldados fieles de Artigas, amigos míos, tiene 
un significado más que histórico, sociológico. Tiuc- 
tuoso Rivera y Juan Antonio Lavalleja son hijos, 
como su jefe, de primitivos pobladores del país. El 
segundo lo es de doii Miguel Pérez I^avalleja, funda- 
dor de la villa de la Concepción de Minas, allá por el 
año 1780; Rivera, de don Pedro Peraíán de la Rivera, 
vastago dilecto de antigua estirpe esclarecida, que, 
con su esposa doña Andrea Toscano, se establece en 
Montevideo en 1752. Artigas, como sabemos, era se- 
gunda generación de criollos; estos sus dos predilectos 
capitanes fueron el tipo de la primeía, es decir, de 
la en que se hacía más sensible la ruptura entre padres 
e hijos, exigida, como el más duro holocausto, por la 
independencia de estes pueblos. 

El caso de Rivera es clásico. Su padre, caballero 
acaudalado, empecinado español, resuelve, en 1810, 
después de producido el movimiento de Mayo, enviar 
a Europa a este su hijo Fructuoso; educarlo fuera del 
ambiente americano. El viaje, bajo la dirección de 
don Manuel Duran, y en compañía de I^uis Eduar- 
do Pérez, estaba resuelto y preparado; fué preciso, 
sin embargo, desistir de él, porque Fructuoso Rivera 
cayó enfermo, enfermo de tristeza por dejar su 
tierra. Duran lo restituyó a su padre: no era humano 
llevar en tales condiciones aquel muchacho todo 
corazón. 

Y ahí lo tenéis, algunos meses después, soldado de 
Artigas en el campo de Las Piedras; va en el mismo 
escuadrón de caballería en que su amigo Juan Anto- 
nio I^avalleja sirve la causa de la patria; los dos han 



528 tA EPOPEYA DE ARTIGAS 

acudido de los primeros, con casi todos los miembros 
de sus familias, desde siis hermanos mayores, al lla- 
mado del capitán de blandengues; los dos van unidos, 
después de ia batalla, a los puestos avanzados de la 
línea sitiadora de Montevideo. Rivera conduce las 
guerrillas de la extrema derecha; I^avalleja, según 
nos lo describe la tradición doméstica, se acercaba 
entonces a las murallas, en las horas de la noche, 
y cantaba, desde los fosos, al son de la guitarra, 
coplas irrespetuosas, para molestar a los sitiados. Y 
dicen que, en el silencio de la guardia, se solían oir 
las carcajadas con que contestaba a los disparos que 
se hacían sobre su voz en la obscuridad. 

Y allá van los dos, Rivera y I^avalleja, en la grande 
caravana del Éxodo; son de los que despejan el camino 
de la patria fugitiva con sus sables, y de los que 
sobrellevan las penurias del AyiU, y de los que regre- 
san en la repatriación, y ponen el segundo sitio. Son 
de los primeros, por fin, que siguen a Artigas, sin 
vacilación en la fe, cuando éste se separa, con su 
visión secreta, de la línea sitiadora; de los condeiíados 
a muerte, pues. Y aquí los tenemos, preparados a la 
campaña del Guayabo. 

Eran dos tipos, esos dos hijos de Artigas; pudiera 
creérseles antagónicos, pero son complementarios. 

Difícilmente veríamos a este joven Rivera mejor 
que al través de la impresión que produce en el pres- 
bítero don Dámaso I^arrañaga, cuando éste lo ve, 
por vez primera, al llegar a Paysandú, poco después 
de esta campaña del Guayabo. «Observamos, dice en 
su Diario, que llegaba al pueblo, en tres colunmas, 
la división que forma la derecha de vanguardia del 
ejército oriental, al mando del señor don Fructuoso 
Rivera, y que éste, dirigiéndose al puerto en una 



I,A SEGUNDA INDEPENDENCIA 529 

canoa pequeña, y puesto de pie dentro de ella en 
compañía de un oficial, venía hacia nosotros. Yo de- 
seaba mucho conocer este joven, por su valor y buen 
comportamiento. Él fué quien en Guayabo derrotó 
las fuerzas de Buenos Aires mandadas por Dorxego. 
Me pareció de unos 25 años, de buen personal, cari- 
rredondo, de ojos grandes y modestos, muy atento, 
y que se expresaba con finura. Su traje era sencillo: 
de bota a la inglesa, pantalón y chaqueta de paño 
fino azul, sombrero redondo; sin más distintivo que 
el sable y faja de malla de seda de color carmesí. 
Y este traje vestía también su ayudante.» 

Ese es el Rivera, efectivamente, que vive en la 
imaginación popular. Era fino, de vivísimos ojos ne- 
gros, de correcto perfil caucásico; de carácter jovial, 
decidor, manirroto. Dicen q;ie fué dado al juego, y 
no lo juzgo inverosímil; para él, el dinero no tenía mal- 
dita la importancia; iba y venía como un huésped 
del servicio, que se despide sin pena y se recibe sin 
amor. Hablaba con facilidad y hasta con elocuencia; 
era amigo de las arengas, de los brindis chispeantes 
en los banquetes, de las frases espirituales en los 
corrillos. Había, sin embargo, mía cierta melancolía 
en su mirada amable. Rivera sufrió mucho en la vida, 
y murió solo y triste, cuando su patria lo llamaba de 
nuevo, después de un destierro, 

I^avalleja era otra cosa; más normal, más metó- 
dico, menos original. Era de talla regular, más bien 
baja que alta, pero de recia contextura. Sus ojos cla- 
ros, benevolentes, casi apagados e inexpresivos en 
la vida ordinaria, se hacían fosforescentes en la pelea; 
desgarbado cuando andaba a pie, su figura a caballo, 
firme en los estribos, pero movida en la montura como 
si anduviera sobre ella, cobraba un carácter que lo 

Tí Iv36